¡He vuelto!

Actualizar en menos de una semana, eso se merece un premio, ja ja ja . Bueno, aunque la verdad es que sí hay una buena razón para ello y es que vuelve a ser mi cumple, ¡yuju! Ya hace un año desde que publiqué el capítulo 8, mi favorito. Voy a convertir en tradición esto de publicar algo por mi cumple. Este año también vengo con un capítulo especial que sin duda va a condicionar muchas cosas, pero no digo más.

Gracias a los comentarios del capítulo anterior y a las visitas rápidas que me hacéis de vez en cuando, ver que no os olvidáis de mí se agradece.

Disfrutadlo y nos vemos prontito.


Vacío. Eso es lo que siento al mirarme en esos ojos que me dan la bienvenida de todas las maneras salvo calurosamente. Siento como si estuviera cayendo por un pozo sin fondo, sin nadie que me dé la mano, sin nadie que me lance una cuerda para salir de aquí. Me siento sola en esta celda a pesar de que tras el cristal mi compañera pelirroja me mira asustada y angustiada, pero lo único que puedo sentir ahora mismo es cómo esos ojos que se acaban de abrir ante mí devoran mi espíritu sin piedad. Por primera vez en mucho tiempo, me siento abandonada, indefensa, aterrorizada por perderlo todo, otra vez. No veo ningún tipo de luz al hundirme en esas pupilas, toda esperanza se ha desvanecido cual madera consumida por las llamas, toda clase de sueño que hubiera podido albergar mi corazón ahora no es más que un puñado de cenizas frías en sus manos, ya no creo que ni ella ni yo podamos nunca salir de aquí con vida aunque tampoco es que antes contase con esa posibilidad. Ya entiendo el porqué de tu reacción, Nami, pero yo no voy a dejarme llevar, no puedo porque tengo una promesa que cumplir aunque para ello tenga que darle la razón a la parte de mi corazón que más me asusta.

Una parte de mí confía en que hay algo escondido que mis ojos no saben ver y que debe de darle una explicación racional a todo esto, mantiene el espíritu curioso que me caracteriza como arqueóloga, solo busca la verdad sin importar el precio. La otra, en cambio, ha sufrido una muerte súbita, ha vuelto a llenarse del dolor, la tristeza y la soledad que guiaban mis actos antes de ser una Sombrero de paja. Ya no me importan pasado, presente o futuro; no me importa saber la verdad o seguir siendo una figurita en el juego de mesa del universo; no me importa luz u oscuridad; no me importa vivir o morir, todo está perdido. ¿Qué más da estar aquí dentro o allá fuera? Para mí ya todo es lo mismo.

De repente, me libero de los ojos que me tenían atrapada y la veo, a Nami, llorando por mí, por lo que todo esto significa; sufriendo por mi corazoncito sin salvación; dándome fuerzas desde su dolor. No, nunca te dejaré sola.

«¡No, Robin! Tienes que ser fuerte, se lo has prometido a Nami. Dale una razón para vivir.», me digo a mí misma ante la negativa de creer lo que mis ojos ven pero por otra parte, tampoco hay manera lógica de negarlo. Los hechos hechos son y no puedo verlo de otra manera a cómo está todo ante mí.

No puedo moverme, no puedo hablar, algo presiona mi pecho con fuerza desde mi interior, mis pulmones se han quedado sin aire, mi corazón se ha olvidado de cómo latir. No sé qué hacer ni qué decir. Nadie nace preparado para algo así. Un escalofrío baja por mi columna vertebral como un rayo helado. Este es el estímulo que me hace reaccionar.

—¿Qu... Qué pa... Pasa aquí? ¿Qué es...?

Su dedo índice se posa sobre mis labios suavemente y me corta la palabra. Con su mirada glaciar y su gran sonrisa blanca se inclina lentamente hacia mí.

—Sé que tienes muchas preguntas, pero déjalas para luego. Ahora respóndeme, ¿dónde está el chico de goma?

Su olor se queda pegado en mi nariz, su tacto es candente en contacto con mi piel, su voz es tan sedosa que podría confundirse con el ronroneo de un gatito indefenso. Su presencia me envuelve y me ahoga al mismo tiempo.

Ante mi silencio, se aleja un poco de mí y comienza a pasear lentamente por la habitación. Primero me mira fijamente a los ojos pero a los pocos segundos baja la cabeza y comienza a moverse mientras escruta el suelo con sus pupilas. Su paso es tranquilo y confiado. Se le ve muy seguro de sí mismo deambulando a mi alrededor con las manos tras la espalda y silbando una melodía que me trae muchos recuerdos.

Mirando a los ojos de Nami, trago saliva y tomo una bocanada de aire. Entonces, entorno poco a poco los párpados e intento hacer que todo resquicio de miedo se vaya de mí. Si deseo conocer la verdad, debo ser lo suficientemente valiente como para afrontarla y enfrentarme a sus consecuencias por mucho daño que me hagan.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué vistes esa ropa?

Levanta la mirada del suelo y me observa como si no hubiese oído mi pregunta. Como si hubiera estado demasiado absorto en sus pensamientos como para molestarse siquiera en escuchar una palabra de lo que digo. Su odio, la manera en cómo me ignora, que me trate como al enemigo que hay que aniquilar es otro modo de tortura para mí, siempre lo ha sido.

—¿Qué haces aquí?

Quizás he sonado más dura de lo que debería, pero a fin de cuentas, no es él el que está aquí atado. No les debo nada, ya han tomado bastante de mí amargando mi existencia durante estos últimos años. Primero me quitan a mi madre, luego mi tierra, mi libertad, mi alma y ahora esto. A lo largo de estas dos décadas he ido perfeccionando mi máscara de indiferencia y hieratismo como quien pone muros cada vez más gruesos alrededor de su casa. De hecho, ese se convirtió en mi objetivo principal cuando me di cuenta de que nadie en el mundo se iba a molestar en abrirme su alma y dejarme pasar. Tenía que proteger mi corazón a toda costa, y de momento lo había conseguido, hasta hoy.

Su risa me arranca de los pensamientos en los que estaba comenzando a perderme. Ahora su mano derecha se esconde en el bolsillo de su pantalón negro, conjuntado en color con los zapatos y con la camisa de mangas arremangadas que ostenta en el pecho izquierdo un bordado azul turquesa con el símbolo de la Marina. La otra mano descansa sobre la hebilla plateada de su cinturón cuando suspira y me responde con su sonrisa intacta en los labios.

—Habría jurado que eras mucho más inteligente. Tú deberías saber mejor que nadie qué hago aquí, reina de la traición y el engaño.

—¿Estás diciéndome lo que creo que estás diciéndome?

—¿Qué pasa, pequeña? ¿No puedes creer que los demás sepamos jugar también a tu juego?

Su rostro es altivo y su mirada irradia una mezcla de odio, desprecio y superioridad. Nunca pensé que sus ojos pudieran brillar con tamaña oscuridad. Nunca creí que sus ojos volverían a odiarme, a tratarme como a un demonio.

Todo aliento de vida escapa de mi ser, ya no queda ni un solo sentimiento en mi marchitado corazón. No siento alegría, no siento pasión, no siento diversión, no siento tristeza, no siento odio, ya no me acuerdo de qué es eso del amor. Ya no siento nada porque al fin lo comprendo todo.

—Dime que no es cierto, que esto son solo alucinaciones por la droga.

—¿Alucinaciones?¿Droga?

Ríe con su sonrisa torcida y se inclina frente a mi cama metálica. Está a escasos centímetros de mí, puedo respirar su aire, sentir su calor, ver en sus ojos que no me miente. Una de sus manos está apoyada al lado de mi cabeza mientras la otra acuna mi rostro con delicadeza y lo acaricia con dulzura. Para otra persona puede que esto sea contradictorio y derrumbe sus barreras ante este contacto, solo yo sé que me está manipulando. Primero hace que confíes en él, te hace sentir una falsa seguridad y luego te descuartiza por dentro, te hace añicos cuando ha conseguido lo que quiere. Yo solía tratar así a la gente que me rodeaba, por eso nadie mejor que yo sabe en qué consiste esta técnica.

Sus labios se aproximan a mi oído, su aliento me provoca un estremecimiento que atraviesa mi espalda de parte a parte.

—Esto no es ninguna alucinación, cariño, todo esto es real. Si crees que es tu imaginación, es porque ese es el efecto que provoca en los usuarios de la fruta inyectar extractos de esa misteriosa piedra llamada kairoseki.

—¿Kairo...?¿Kairoseki?

Asiente sin decir palabra, besa suavemente mi cuello y se reincorpora para mirarme de frente, la punta de su nariz tocando la mía. Con la mano que tenía en mi rostro, aprieta mis mejillas con fuerza aunque ya no siento nada. Me mira a los ojos pero ya no hay nada más que ver aquí. Si es verdad que en mis venas hay kairoseki, no tardaré mucho en morir. Ahora sí que es el fin.

—Una buena idea, ¿verdad? Es un método limpio, discreto y elegante de acabar con los demonios como tú. Así que si no quieres que tu última visión de este mundo sea la de tu amiga muriendo por tu culpa, habla. No te queda mucho tiempo. Dime dónde está Sombrero de paja.

—No lo dices en serio. No le harás nada a Nami.

—¿Pones en duda mi palabra?

Entorna los ojos y su desprecio me golpea directamente. A continuación, voltea la cabeza hacia el cristal desde donde se ve a Nami y gesticula moviendo la barbilla hacia delante.

Un puñal aparece de repente en escena y se queda alojado en el brazo izquierdo de la navegante, que cierra los ojos con fuerza mientras grita al cielo intentando contener infructuosamente su dolor. Ahora sé que sus amenazas son ciertas, si tienen que matarnos aquí, no dudarán en hacerlo, ya nada significan los lazos que pudieron unirnos.

—La próxima vez cree lo que te digo.

—¿Cómo te atreves a hacernos esto? ¿Por qué quieres entregar a Luffy?

—Bueno, no es muy diferente de lo que tú hiciste con Crocodile, ¿no?

—No lo compares.

Cuando te vi por primera vez me pareciste un chico curioso, enseguida quise averiguarlo todo sobre ti: cuáles eran tus sueños, tus miedos, tus aspiraciones, tu pasado. Pronto me di cuenta de que no solo quería eso, sino también pasar más tiempo a tu lado, que confiaras en mí, quería que me amaras como yo te amaba, quería ser parte de tu futuro y que tú me acompañaras en el mío. Me hundí en tus ojos, reviví con tus caricias y te entregué mi corazón incondicionalmente, sin un pero sin ningún miedo. Quería abrazarte, besarte, pasar el resto de mi vida contigo, quería protegerte y sentirme protegida por tus brazos. Hubo un tiempo en que tus ojos eran lo único que podían hacerme sonreír, sentir ese sentimiento tan extraño llamado felicidad. Nunca pensé que todo pudiera ser artificial. Creí llegar a conocerte, a sentir tu alma bailando con la mía. Creí que tu amor era lo único sincero que había en mi vida.

Ahora sé que fui una idiota. No sé cómo pude pensar que alguien podía amarme de esa manera tan dulce, tan tierna, tan verdadera. ¿Quién va a querer un corazón como el mío? No merezco ser amada, no merezco vivir, no merezco nada.

Si lo único que creía que era cierto en mi vida no era más que una artimaña, ¿qué me queda? Si tus ojos eran un engaño, si tus besos eran una trampa, si tus caricias eran una mentira, ¿mis razones para seguir viviendo son también una farsa?

¡Oscuridad, qué familiar me eres! Y pensar que hubo un tiempo en que creí decirte adiós. Nunca te rendirás, ¿verdad? Me seguirás adónde quiera que vaya, dañarás a los que me rodeen, seguirás inundándome como un río desbocado hasta el fin de mis días, te apoderarás de las personas a las que más quiero.

—¡Habla! —me gritas enseñándome los dientes.

—Nunca entregaré mi familia a alguien tan miserable como tú.

—¿Qué acabas de decir? —tu voz es todavía más amenazante, más terrorífica.

—Eres despreciable, no mereces haber compartido techo con ninguno de los Sombrero de paja.

—¡Ah! ¿Y tú sí, demonio de Ohara?

—Tú no sabes nada de eso. ¡Cállate!

Tus pupilas se contraen, una fina capa de sudor comienza a perlar tu frente mientras se frunce tu entrecejo. Aprietas los dientes, tus músculos se tensan, puedo sentirlo. Tu cerebro manda una orden y tu puño acaba golpeando mi cara con la fuerza de una bala de cañón.

Abro los ojos aturdida y noto cómo de mi nariz sale sangre a borbotones, el mismo líquido que se encuentra ahora alojado en mi boca. Escupo y me vuelvo para mirarte. Eres un tigre a punto de descuartizarme.

—Los criminales como tú me dan asco. El mundo sería un lugar mucho mejor sin vosotros.

Veo cómo te giras y vas hacia un armario que hay en un rincón, lo abres y sacas algo de él. Cuando vuelves hacia mí, miro lo que sostienen tus manos y me doy cuenta de que eso era lo único que había de verdad en ti. Lo único sincero de tu ser que compartiste con lo que una vez llamaste "familia".

Vuelvo a hundirme en tu mirada como hice tantas veces en silencio. Te vuelvo a mirar y solo veo odio y sed de sangre. No hay en tus ojos nada que me recuerde a las esmeraldas de las que una noche me enamoré allá en el puesto de vigilancia. Algo dentro de mí cruje con fuerza y se desintegra a la vez que la hoja de tu katana aparece ante mis ojos. Tal vez sea mi amor por ti.

Nunca más.

Esta lágrima que recorre ahora mi rostro herido es la última que lloraré por ti, Zoro.


Podéis matarme si queréis, odiarme para siempre o iros a leer otro fic, pero que sepáis que esto no es el fin y todavía pueden pasar muchas cosas.

Por cierto, ZoroRoronoaForever, ¿eran ciertas tus sospechas? Espero no haberme quedado corta con tus expectativas ni con las de nadie.

Érika Peterson

21/09/13