¡Hola a todos! (aunque creo que hay más "todas" que "todos", mmmm)

Aquí estoy de nuevo con otro capítulo, que es que no me lo creo ni yo. Aunque lo he conseguido no sin superar ciertos obstáculos como que no me gustaba lo que escribía o eso que todos creemos que no nos pasa hasta que nos pasa: se me estropeó el ordenador, el disco duro para ser exactos, pero por suerte lo estaba escribiendo desde el móvil así que mini-punto para mí jajajajajaja.

Bueno y ahora ya centro la atención en vosotras (para qué disimularlo, aquí más del 80% debemos de ser mujeres, eso es mayoría). Gracias por el apoyo que recibí en el capítulo anterior, soy unos soles. Me habéis animado mucho a no ir dejando el capítulo colgado y obligarme a superar las rachas de "¡no sé escribir!". Gracias de verdad :D

Todos los reviews pertenecían a usuarias de Fanfiction, así que los he respondido vía mensaje privado. Y sin más dilación, os dejo con el capítulo (creo que algunas cosas van a ir quedando más claras conforme avancemos con los próximos, o eso espero).


CAPÍTULO 19: No te saldrás con la tuya

Hacía pocas horas que había amanecido en aquella isla veraniega. El sol todavía no calentaba demasiado y muchos de los habitantes estaban comenzando a despertar, pero para ellos era como si el día ni siquiera hubiera cambiado. Había sido una noche frenética y confusa en muchos aspectos. No se podían ni imaginar que solo unas pocas horas atrás hubieran estado luchando por sus vidas, tomado decisiones difíciles y hecho sacrificios inimaginables. Pero perder a Robin, no, eso en ningún momento había figurado entre una de sus posibilidades. Por eso ahora se apresuraban a llegar al lugar de donde la habían rescatado.

—Nami, ¿qué es lo que le pasa?¿Qué ha pasado con Robin?—preguntó el doctor mientras corrían.

—Kairoseki.

Al llegar al barco, solo le habían dicho que Robin necesitaba asistencia médica. No habían dado más detalles aunque a él tampoco le habían hecho falta para tomar su bolsa y salir como una exhalación en busca de la morena. Pero eso del kairoseki... No acababa de entender muy bien qué quería decir.

—¿Cómo que kairoseki?

—Dice que le han inyectado kairoseki.

Chopper se quedó sin palabras ante esta aclaración ya que en absoluto esperaba obtener esa respuesta. Bien sabido era que la Marina investigaba desde hacía ya mucho tiempo las aplicaciones del mineral en cuestión, que lo usaran también para matar era totalmente nuevo para él.

Debía llegar cuanto antes, y el Walk Point sería un buen aliado para esa misión. En cuanto sus cuatro pezuñas entraron en contacto con los adoquines de la carretera, el olor de Robin llegó a su nariz azul como un puñetazo invisible que se le incrustó en lo más profundo del cerebro. Esta forma le permitía captar mejor los olores y no pensaba desaprovechar esta capacidad ahora que sus conocimientos iban a ser de primera necesidad para salvar una vida.

—Ya sé dónde está, Nami. Me adelantaré y la iré atendiendo—dijo Chopper apretando el paso mientras se giraba a mirar a la navegante.

—¡De acuerdo!¡Date prisa!

A los pocos minutos ya habían perdido de vista al doctor. Por desgracia era todavía demasiado pequeño para montar en él. Así que ellos tendrían que seguir a pie aunque eso supusiera ampollas en los pies. Pero eso no significaba que fuera a rendirse, por ello, viendo que estaba retrasando la marcha, Nami se detuvo un instante y se quitó los zapatos.

—Así mejor.

—No, Nami, así mejor. Agárrate fuerte.

Sin previo aviso, Luffy tomó a la pelirroja, la puso a su espalda y estirando mucho los brazos se sujetó a dos farolas de la calle.

—¿Dónde, Nami?

Ella respondió sin pensar detenidamente lo que su respuesta podía implicar y al segundo ya estaban los dos volando para donde había indicado el dedo de la pelirroja.

Todo estaba muy tranquilo aquella mañana, los pajaritos cantaban, el sol brillaba, las copas de los árboles se mecían con la brisa. Cuando de repente, ...

—¡Luffy!

El rugido que dio la navegante por poco hace que se tambaleen los edificios. Aunque esta vez, la reprimenda no era en absoluto en vano, pues el último Rocket de su capián los había lanzado sin querer contra un edificio, que por suerte el joven había logrado esquivar a tiempo, dejándolos a los dos ahora en tierra firme.

—Da igual, seguiremos corriendo, no todos tenemos la cabeza de goma como tú.

Así, de una manera mucho más lenta pero infinitamente más segura, ambos se aproximaron al edificio del que habían salido para ir en busca del médico.

—¡Chopper! ¡Chopper!—iba gritando Luffy mientras se dirigía a la habitación donde habían encontrado a Robin— ¡Chopper, ya hemos lle...!

Al atravesar el umbral de la puerta vieron algo que en ningún momento esperaban hallar.

—¿Qué ha pasado aquí?—se alarmó la navegante al llegar junto a su capitán.

—¡Por fin llegáis! ¿Veis la llave de esto por ahí?

Encima de la única camilla que había en la sala, se encontraba Zoro sentado encadenado a un pilar con las manos a la espalda y sin poder moverse. Sus espadas estaban tiradas por el suelo lejos de su alcance y un gran candado mantenía la cadena unida y fija alrededor de sus brazos.

—¿Han atrapado a Robin otra vez?—preguntó la pelirroja al no verla por ningún sitio— ¿Y Chopper? ¿No ha llegado todavía?

—Argh... ¿Chopper? No, sois...—aclaraba Zoro mientras intentaba en vano romper las cadenas con su propia fuerza— Sois los primeros y únicos en llegar... Esto... ¡argh! ¡Imposibles de romper!—y volvió a fijar la mirada en sus compañeros— Esto me lo ha hecho ella. Se marchó hace ya rato.

—¿Cómo que...?—comenzó la chica realmente confusa.

—Veréis, cuando salisteis...

Los ojos de la historiadora parecían verdaderas estacas de hielo, realmente amenazadoras e indudablemente mortíferas.

—Nunca creí que fueras capaz de caer tan bajo—su voz no era menos intimidante—, no sé qué les habrás dicho o hecho para que confíen en ti otra vez, pero a mí no me vas a engañar, sé lo que pretendes y no podrás salirte con la tuya.

—Robin, ¿qué te pasa? No... no entiendo nada ¿Qué te han hecho?

—¡¿Que qué me han hecho?! ¡Como si no estuvieras bastante al corriente de todo esto! Disfrutabas viéndonos sufrir, ¿verdad? Y encima tienes la poca vergüenza de mentirme tan abiertamente mirándome a los ojos. Eres repugnante.

Con cada palabra, la morena avanzaba un paso y el peliverde retrocedía otro. Nadie podría creer que el temido cazador de piratas Roronoa Zoro se achicara ante alguien y se pusiera a la defensiva. Pero ahora no se estaba enfrentando a un pirata, se enfrentaba nada más y nada menos que a Nico Robin. Tal y como él había deseado tiempo atrás, en una época en que no sabía nada de ella.

Nunca la había visto así, ni cuando se enfrentaba al enemigo. Ahora mismo, Robin daba verdadero miedo, sobre todo por el hecho de que parecía ser capaz de hacer cualquier cosa ya que en su corazón solo había ahora cabida para el odio y la venganza, sentimientos de los que ahora él era el objetivo.

—¿Yo? No sé qué quieres decir, pero no tengo nada que ver con lo que te hayan hecho. Robin, tranquilízate por favor.

El espadachín, instintivamente, se acercó a ella para tranquilizarla, pero en cuanto las yemas de sus dedos rozaron el hombro de la mujer, se dio cuenta del grave error que acababa de cometer.

Treinta fleurs—susurraron aquellos labios felinos.

Tal y como se podía esperar, treinta manos brotaron del cuerpo del espadachín y de una camilla cercana. Sorprendido, aunque preparado en cierto modo, Zoro vio venir el dolor que iba a sentir en breves momentos cuando la morena realizase su famoso Clutch con él. Tomó aire para poder soportar el dolor, pero este nunca llegó.

Rope—musitaron los labios de ella a continuación.

Y las manos se tomaron unas a otras haciendo que el espadachín acabase sentado en la camilla de donde habían aparecido antes las manos.

—¡Robin! ¿Qué haces? ¡Suéltame!—dijo el chico cuando volvió de su sorpresa.

Dos fleur.

Y dos manos más aparecieron al costado del joven para soltarle las espadas del fajín y lanzarlas al otro lado de la habitación.

—Robin, déjame ir. De verdad, no pretendo herirte.

—No te preocupes por eso, ya lo has hecho.

Él comenzó a moverse de un lado a otro para intentar hacer desaparecer los brazos que lo comenzaban a estrangular como una pitón.

Aquel forcejeo no le estaba llevando a ningún sitio y además el agotamiento de aquella frenética noche había comenzado ya a hacer mella en sus fuerzas.

—¡Robin, deja de comportarte así o...!

—O... ¿qué? ¿Me violarás? ¿Me entregarás a la Marina? No..., mucho mejor, me ejecutarás públicamente para que todos vean lo fuerte y viril que eres, ¿verdad?—ella se había aproximado y su nariz casi tocaba la del espadachín. Su ceño fruncido y sus ojos entrecerrados le daban un aspecto aterrador.

—¡Robin! ¿Qué te crees que estás haciendo? ¿Por quién cojones me tomas?

Algo en lo que había dicho la arqueóloga o en su mirada o tal vez en su manera de comportarse había acabado por agotar la paciencia del espadachín. No sabía qué le habían hecho y le gustaría saberlo porque no le estaba haciendo ninguna gracia la visión que tenía ella de él ahora mismo. Puede que tuvieran razón al llamarle demonio, cuando desenvainaba sus tres espadas y desataba el pañuelo de su brazo, todos sabían que tarde o temprano sus aceros harían que la sangre corriese. Pero de eso a herir, y mucho menos ejecutar o violar, a alguien indefenso había un largo camino. Su escala de valores estaba demasiado bien definida como para siquiera replantearse atravesar cualquiera de sus límites. Tenía que parar esto y en seguida porque odiaba que ella lo viera así, no quería convertirse en aquella persona tan repugnante. Se había prometido que mientras tuviese el mínimo aliento de vida en su cuerpo, ni él sería el sujeto que llevaría a cabo esos actos ni iba a permitir que actos así quedasen impunes. Tenía que hacérselo saber antes de que todo se le fuera de las manos y ella, de su lado.

—¡¿Que por quién te tomo?! Pues por quién eres: un hipócrita y un falso. Aunque debo reconocer que el papel del fiel segundo al mando se te daba muy bien. No sé todavía cómo pude creerte y caer en todas tus artimañas. Lo del puesto de vigilancia, la cocina, la habitación fue siempre pura palabrería, ¿verdad?—en ese momento pareció resquebrajarse y a punto de romper a llorar justo antes de volver a ponerse su máscara de hielo— Bueno, tampoco me importa ya. De lo único que me arrepiento es de no haber hecho las cosas cómo debía en el pasado. Pero ahora el destino sí me ha brindado la oportunidad de acabar con esto de una vez por todas.

Aprovechando la cercanía a la que se encontraba, la morena tomó con una mano el rostro del joven peliverde y apretó sus mejillas con fuerza mientras le clavaba los ojos en el alma y la destrozaban sin piedad.

Clutch.

Las manos que lo tenían amarrado comenzaron a tirar de sus miembros y por un momento pensó que acabaría hecho pedazos a manos de su compañera cuando, de repente, esta cerró los ojos y suspiró agotada antes de aflojar el agarre pero sin dejarlo libre del todo.

—Podría matarte aquí mismo de una manera dolorosa, lenta y cruel. Pero ¿sabes qué? Aunque mi corazón ya no pueda sentir por ti lo que sentía antes, quiero enseñarle al mundo que la venganza no es la solución. Que se equivocaban al juzgar a la niña demonio.

Se había alejado un poco y lo miraba seria y concentrada en cada palabra que sus labios articulaban. Él, por su parte, no entendía nada y estaba empezando a sentirse cada vez más culpable por no haber podido protegerla de aquellos que la habían hecho sufrir así.

—Te ataré con esto para que no te molestes siquiera en seguirme. ¡Ah! Y si estás pensando en venir a por mí al Merry, tampoco me busques allí, dejo la tripulación, será mejor para ellos si yo no ando cerca—dijo ella sosteniendo unas gruesas cadenas y un candado casi oxidado que había por la sala—. Adiós, Roronoa.

A continuación, tras sujetarlo a un pilar cercano, se alejó de él y le lanzó una última mirada de odio justo antes de cruzar el umbral de la puerta.

—...de eso hará unos 45 minutos más o menos—el tono del espadachín intentaba ser indiferente o tal vez un poco airado, solo Nami se dio cuenta de que realmente estaba intentando esconder su dolor.

El relato los había tomado por sorpresa, a pesar de que en él el espadachín solo hubiera hecho mención a los detalles más importantes. Había preferido suprimir partes como la declaración de que la arqueóloga dejaba la tripulación o las que se referían de forma más explícita a su relación más íntima con ella e incluso a sus propios sentimientos. No quería que sus compañeros viesen la vulnerabilidad que Robin le había hecho sentir con sus palabras y sus actos, se debía mantener firme por sus compañeros, por eso también estaba intentando que no se sintiesen traicionados por la marcha de la morena. Debían darse prisa y encontrarla cuanto antes si no querían perderla para siempre.

—Debemos encontrarla rápido. Todavía no sabemos si lo de la inyección de kairoseki es cierto y si lo es, estamos en un problema...—la navegante pensaba con frialdad desde la puerta de la sala.

—Muy buena lógica, Nami, pero aquí tenemos otro problemilla...—respondió el peliverde mirando significativamente las cadenas que lo rodeaban.

—¿Sabes si el candado lleva llave?

—Debería, pero a saber dónde anda...

—¡No hay tiempo para buscar!—interrumpió impetuosamente el capitán— ¡Vamos a romper las cadenas!

—Pero, Luffy, ¿no ves lo gruesas que son?—intentó razonar la chica.

Haciendo oídos sordos, Luffy se acercó a su compañero y tiró de las cadenas con todas sus fuerzas en un intento de que se desprendiera algún eslabón o de que se rompiera el candado, pero no surtió ningún efecto. Bueno, uno sí: un chichón por cabezota que el chico de goma se llevó de su navegante.

Al girarse hacia su compañera vio las katanas del peliverde en el suelo y se le encendió una bombillita en la mente.

—¡Ya está!—exclamó golpeando la plama de su mano con el lateral del puño cerrado de la otra— Corta las cadenas, Zoro.

—Pero, Luffy, no puedo moverme... Además tengo las manos aprisionadas.

—Todavía tienes la boca libre. Así que hazlo, soy tu capitán y es una orden—insistió el moreno aproximándole a Wadou desenvainada y colocándosela en la boca.

—Ero, Uhi...

—Calla y hazlo, a fin de cuentas eres el mejor espadachín que conozco, deberías ser capaz de hacer esto.

Las palabras de Sombrero de paja por simples que fueran, solo por la sinceridad con que eran concebidas, eran siempre capaces de animar a sus compañeros y armarles de valor, justo como le sucedió al espadachín en aquel instante. Si su capitán confiaba en él como espadachín, él debía demostrarle que podía estar a la altura y de repente pensó en su tripulación y en que debía cuidarla a toda costa. Esas cadenas no eran nada comparado a lo que se habían enfrentado antes como piratas. Debía demostrarle a su capitán que en el tiempo en que habían estado juntos se había vuelto mucho más fuerte y que sería capaz de liberarse a sí mismo de unas cadenas de hierro con solo una katana y las manos inmovilizadas. Una fuerza casi desconocida empezó a correr por sus venas. Una fuerza que podría llevarle a límites insospechados. Respiró una bocanada de aire.

—Ittoryu Sanjuuroku…

Nami y Luffy miraron concentrados desde una distancia prudencial pero pasaron los segundos y nada había cambiado en la situación de su compañero.

—…Pondo Hou.

El estruendo que siguió a estas palabras fue tan fuerte que capitán y navegante se vieron obligados a cerrar los ojos. Cuando los abrieron, Zoro estaba de pie tomando la katana blanca de su boca con la mano junto a un amasijo amorfo de hierros que una vez habían sido una cadena, un candado y una camilla.

—Tenías razón después de todo, Luffy—admitió mientras envainaba la espada y la sujetaba al fajín de su cintura.

—Jajajajaja, te lo dije—sonreía el moreno con las manos tras la nuca.

—¿Nos vamos?—dijo el espadachín acabando de tomar sus katana del suelo de la habitación.

—Espera un momento. Antes de salir debemos saber por dónde buscar, ¿no te dijo nada, Zoro?

"... si estás pensando en venir a por mí al Merry, tampoco me busques allí, dejo la tripulación", estas palabras retumbaban en su cabeza como queriendo explotar y empaparlos a todos con su amargo sabor.

—No, no dijo nada, no sé dónde puede haber ido, Nami.

No podía, bajo ningún concepto, dejar que supieran las verdaderas intenciones de la arqueóloga y se derrumbaran. Pero debían dar con ella antes de que fuera demasiado tarde y aquella declaración se volviera realidad.

—Si cree que vas a hacernos daño, lo más probable es que haya ido al Merry a "avisarnos" de la situación. Así que volvamos al barco primero de todo—sugirió la navegante.

—¿Y si no está allí?

—Recorreremos cielo y tierra hasta que la encontremos—se anticipó el capitán.

La determinación de aquel muchacho parecía no tener límites. Así, con un asentimiento, los tres piratas salieron en busca de una amiga, una hermana y una compañera.

14 de julio de 2014

Erika Peterson