EN CAPÍTULOS ANTERIORES DE HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE…

Perdido en sus pensamientos como iba, el pequeño doctor peludo no se dio cuenta de que de una de las casas abandonadas había salido alguien y se iba a interponer en su trayectoria. Sin poder evitarlo, se chocó con ella y acabaron los dos rodando por el suelo.

—¡Ay, qué daño! —se lastimaba el bulto debajo de él.

Cuando reconoció a la persona que tenía debajo, instintivamente volvió a su Brain Point.

—¡Nami! —exclamó sorprendido.

[…]

—¿Estás bien, Nami? ¿Y Luffy dónde está? —se preocupaba él mientras comenzaba a examinarla.

—No, a mí lo que me gustaría saber es dónde te habías metido tú —apuntó ella de rodillas acusadoramente—, dijiste que ibas donde estaba Robin y ya no te encontramos. Es que ni siquiera llegaste al lugar en que estábamos nosotros y ahora no la traes contigo.

—¡Pero sí estuve con ella! Hasta que la perdí de vista...

[…]

—¿La hueles desde aquí? Pues vamos a por ella, ¡corre, Chopper! ¡Debemos encontrarla rápido!

—¡Robin! —exclamó el peliverde sorprendido y aliviado al mismo tiempo.

Habiendo ubicado la fuente de la voz y del olor, Zoro caminó hacia una de las esquinas más alejadas. Sin embargo, la voz le hizo detenerse al instante.

—No te acerques a mí, te lo advertí antes y ya has visto de qué puedo ser capaz. Deja de perseguirme o esta vez no tendré miramientos contigo.

[…]

—Robin, no sé qué te hicieron cuando te atraparon, pero tienes que creerme: nadie de la tripulación te haría nunca nada parecido. No tenemos nada que ver con ellos.

La profundidad en la mirada del espadachín la sobrecogió, pero fue capaz de recomponerse enseguida, de una manera tan rápida que por un momento el peliverde creyó soñar que ella se había estremecido bajo sus dedos.

—Dame un motivo para que crea que no estás implicado y para que acepte compartir techo contigo —dijo ella fríamente sin romper ni el contacto físico ni visual.

—No podría soportar ver cómo te hieren ni cómo te vas de mi lado porque yo... —hubo una pequeña pausa en la que él intensificó su agarre— Yo te quiero.

[…]

La rodeó con firmeza mientras sentía que su hombro se empapaba cada vez más de los sentimientos ocultos de la morena. No intercambiaron ninguna palabra, tan solo los sollozos de ella con las caricias de él.

—Dame tiempo, por favor —susurró ella separándose un poco con los ojos cerrados y mirando al suelo con rostro dolorido.

Y él, simplemente, rompió el abrazo. Solo sus manos permanecieron entrelazadas.

—Perdóname por lo que siento, Robin —confesó él mirándola fijamente.

Abrió los ojos y lo vio armado de seguridad, apoyo y amor. Todo para ella. Sin precios, sin intereses, sin letras pequeñas, sin muros ni cadenas. Sus lágrimas cayeron más furiosas que nunca, su sonrisa estaba quebrada y algo dentro de su pecho crujió con fuerza cuando sus manos se separaron.

—Perdóname tú a mí por no poder sentir lo mismo.

[N/A: No es un resumen muy detallado, así que si os veis con ánimo releed el anterior, pero si os acordáis bien, pues nada]


HOY EN HISTORIA DE UN AMOR IMPOSIBLE…

Veinte años habían pasado ya, pero nada había cambiado. Ni la sociedad ni ella. Todo seguía igual salvo que había aprendido a forrar su corazón con piedra para que nada llegara a importarle demasiado. Cuando huyes del mundo, cualquier sentimiento que te ate a algo o a alguien puede convertirse sin previo aviso en una soga alrededor de tu cuello. En el momento en que te das cuenta de que todas las manos tendidas hacia ti se acercan para ahogarte, tus jornadas se resumen en correr, esconderte, mentir, robar y en todo aquello que alargue tu vida un día más. No puedes confiar en nadie, no hay nadie mejor que una misma para cubrirte las espaldas. Ya no tienes compañeros de viaje con quienes compartir experiencias, son solo las lágrimas y los recuerdos de tiempos mejores los que te arropan antes de dormir, si es que alguna vez llegas a permitirte tal lujo. Cuando los párpados caen pesados sobre tus ojos, te abres a un mundo peor que el de la realidad, te abres a un mundo en que navajas de recuerdos te desgarran el alma y emponzoñan tu corazón con un dolor viscoso que poco a poco te pudre hasta convertirte en quién eres hoy. Una amenaza. Un demonio. Un alma errante.

Ese mismo dolor que ahora se le clava en piernas, brazos y cabeza mientras corre descalza hacia un destino incierto. Aunque su pasado es oscuro y su futuro invisible hasta el momento, brilla como un ángel sin alas bajo el sol de la mañana. Su cabello ondea como una bandera azabache y cada centímetro de su piel expuesta reluce como la arena del desierto. Cicatrices curadas, heridas abiertas, contusiones violáceas. En su mente, imágenes nítidas entre recuerdos borrosos. En su sangre, adrenalina.

Adrenalina.

«Algo no va bien. Esto no es kairoseki, puedo tocarte sin problema, así que esto es otra cosa, esto es... adrenalina.»

¿Por qué su voz seguía anclada en su cabeza sin querer irse? Maldito reno con sus conocimientos interminables y su aspecto de cachorro abandonado. Habría sido mucho mejor no habérselo tenido que encontrar. Aunque al menos ahora sabía que se encontraba a salvo.

El sol no acababa de despuntar en el horizonte cuando había salido, sin detenerse a mirar atrás, por la única puerta trasera de aquel maldito edificio perdido en medio de ninguna parte. Se encontró perdida y desorientada al flanquear el umbral. Tras un rápido vistazo, a pesar de que todavía no había amanecido totalmente, distinguió un camino desdibujado, que por la orientación, parecía dirigirse hacia el casco abandonado de la isla. No dudó un segundo. Era ahora o nunca, nadie podría atraparla ni a ella ni a sus amigos. Debía avisarles cuanto antes de la amenaza que el espadachín suponía para ellos antes de que lograra soltarse de su prisión de cadenas.

No sabía demasiado bien dónde estaba ni adónde se iba a dirigir, así que simplemente echó a correr en línea recta. Poco le importaba herirse los pies en su carrera mientras lograse alcanzar su objetivo a tiempo. Un susurro de ramas y arbustos la devolvió a la realidad. El sonido era intermitente y se intensificaba poco a poco; no podía tratarse de un animal, ellos son muchísimo más sigilosos y cautos, esos ruidos despreocupados y apresurados solo podían provenir de un humano, tal vez excursionistas o alguien que se hubiera perdido, pero fuera quien fuere ella simplemente no podía dejarse ver bajo ningún concepto, quienquiera que estuviese por allí también intentaría atraparla cuando la reconociese, algo no muy difícil dada su reputación mundial. Sin otorgarle un segundo pensamiento al asunto, dejó que su instinto tomara el control. Así es cómo acabó intentando fundirse con la copa del árbol donde se encontraba agazapada ahora.

Contuvo la respiración unos segundos como temiendo que aquella persona pudiera descubrirla solo con oír el aire salir y entrar de sus pulmones. No fue plenamente consciente de ello hasta que, reconociendo a la persona que acababa se hacer su aparición en el claro, soltó en un suspiro todo el aire que había estado conteniendo. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Por qué tenía que encontrarse precisamente con él? Ahora toda la determinación y la valentía que había conseguido reunir se irían al garete en cuanto le mirase a los ojos. Intentó camuflarse entre la espesura lo mejor que pudo pero vio que por mucho que lo intentase había algo que nunca lograría esconder: su olor. Desde una rama lo vio detenerse, girar la cabeza en todas las direcciones posibles y olfatear el aire. Pronto la reconoció.

¿Robin? ¿Estás aquí? —preguntó él a lo que podría considerarse nadie.

Ella no se descubrió, pero sí se rindió a la posibilidad de que si lograba encontrarla debería hacer un esfuerzo sobrehumano para separarse de él.

¿Robin? —repitió aquella voz tan dulce.

Y en cuanto sus miradas se encontraron, no tuvo más remedio que hacerse a la idea de que tendría que estar preparada cuando le dijese adiós a la tripulación. Pero todo es más fácil de decir que de hacer y así lo probaron sus paralizados miembros, que le obligaron a quedarse allí mirando al pequeño reno mientras este intentaba trepar al árbol, siempre sin éxito, para alcanzar a su compañera. Una caída tras otra presenció ella sin ser capaz de inmutarse hasta que sintió que una profunda sensación de agobio la embargaba y que debía salir de allí cuanto antes. Sin una palabra y tan solo con un par de movimientos, logró poner los pies en el suelo.

Se mantuvo todo lo alejada que pudo, pero había una fuerza entre ellos que la obligaba a acercarse poco a poco a él. Una fuerza a la que el joven doctor no se resistió cuando se precipitó a los brazos de su compañera, para él segunda madre o hermana mayor.

La abrazó en silencio durante más de un minuto, que fue el tiempo que tardaron en brotarle las lágrimas. Ella, sin embargo, se mantenía inmóvil, así la despedida sería más fácil, o eso creía ella. Motivo por el que se esforzó en mantenerse ajena a todo con las emociones fluyendo por su interior y el semblante de hielo.

Lo apartó poco a poco, le plantó un beso en la frente y se dio la vuelta. Sin decir palabra comenzó a alejarse.

¡Robin! ¿Qué te pasa? ¿Qué te han hecho? Debo hacerte un examen médico para saber cómo estás.

Ella siguió avanzando sin volverse o sin dudar.

Era su misión como doctor detenerla y ofrecerle atención médica antes de que fuera demasiado tarde. Lo había jurado a su profesión y a sus compañeros: él sería el que salvase la vida de todos y cada uno de ellos. Pero para él sería totalmente imposible detener a una mujer de metro noventa en su Brain point, por una vez debía usar su Heavy point para detener a alguien contra su voluntad. La abrazó por la espalda y la obligó a detenerse. No quería, bajo ningún concepto, tener que mirarle a los ojos, solo intentó brotar manos para deshacerse del agarre. Pero nada ni nadie podría detener a un doctor con la determinación de atender a alguien. Con sus musculosos brazos la rodeó y la obligó a girarse.

Debo saber qué te pasa -dijo con determinación mirándola a los ojos.

No, tú lo que debes hacer es salvar tu vida y dejarme en paz.

Su tono era frío e hiriente, pero eso no consiguió deshacer el agarre del joven doctor.

Nami me ha dicho que te han inyectado kairoseki. Así que no me iré de tu lado hasta que esté seguro al cien por cien de qué es lo que corre por tus venas. Hemos estado buscándote toda la noche y ahora que te he encontrado tengo que asegurarme de que estarás bien.

¡Que me dejes! ¡Déjame morir en paz!

El pequeño doctor dio un paso atrás por el impacto de aquellas palabras. Dolían y escocían, como poner sal en una herida abierta. Pero algo había aprendido durante el tiempo que llevaba siendo un Sombrero de paja: nunca se abandona a un compañero y mucho menos si su vida corre peligro.

No, no morirás mientras yo pueda impedirlo.

La tomó de un brazo mientras ella intentaba alejarse hacia el otro lado y cuando la consiguió retener contra su pecho, tomó su rostro con la mano que tenía libre y la miró a los ojos, desorbitados, con las pupilas dilatadas, mirando frenéticos en todas direcciones. Su cuerpo temblaba levemente pero estaba tenso al mismo tiempo, sus movimientos eran bruscos y una capa de sudor frío bañaba todo su cuerpo a pesar de ir casi desnuda. Con uno de los dedos que tenía bajo el mentón le encontró el pulso y detectó una aceleración de las pulsaciones cardíacas así como también una ligera hiperventilación.

Algo no va bien —susurró Chopper visiblemente preocupado—. Esto no es kairoseki, puedo tocarte sin problema, así que esto es otra cosa, esto es... adrenalina.

Adrenalina.

En algún lugar había leído que la adrenalina se manifestaba en situaciones de pánico y que era un mecanismo natural para reaccionar contra amenazas. Era una hormona que mantenía el cuerpo totalmente alerta en situaciones de peligro y que daba el estímulo suficiente para poder afrontarlas cuando el tiempo corría en contra.

Chopper sabía ahora que su primera tarea para poder atenderla en condiciones sería tranquilizarla y ver por qué se habían disparado de repente los niveles en sangre de la hormona. Pero al igual que nadie puede detener a un doctor que está realizando su trabajo, nadie puede detener a una fugitiva mundial si su primer objetivo es huir de todo y de todos y desaparecer sin más. Correría por la espesura hasta dar con el casco antiguo, donde habría de encontrarse, no mucho después, con el espadachín peliverde.

Ahora, sin embargo, sus pies desnudos vagaban por el empedrado desgastado de las calles, con una sudadera ancha azul marino como única vestimenta y con dos besos en los labios.

Los recuerdos se atropellaban unos con otros y se entremezclaban formando un complejo mosaico con escenas de la cubierta del Merry, de la cocina, de la habitación de hotel, de la discoteca, de la sala de tortura, del bosque y de la casa en ruinas. Hacía unos minutos la única idea que llevaba en mente era huir, pero ahora ya no lo tenía tan claro porque el espadachín no cesaba de confundirla y ya no sabía si debía creer lo que había visto o lo que había sentido. Poco o nada guardaba algún sentido y los únicos que tal vez pudieran responder a sus preguntas eran sus compañeros, a los que tanto ansiaba ver y de los que tanto le dolería separarse.

.

.

.

—¡Vamos, Chopper! Eres el mejor, tú puedes encontrar a Robin.

—Porque me digas esas cosas no me haces feliz, idiota.

—Pues venga, deja el bailecito y encuéntrala rápido.

—Vale, vale, pero no es tan fácil, hay otro olor que la tapa —alegó olfateando el aire—. Ese olor tan fuerte a acero...

—¡Zoro! ¿Puedes olerle?

—Sí, creo que es él. Vamos, no está lejos.

—Míralo, si está allí —señaló la pelirroja entre ruinas y árboles a una cabeza verde que caminaba sin rumbo fijo.

—¡Zoro! —gritó el reno emocionado mientras corría hacia el susodicho.

Iba perdido en sus pensamientos caminando hacia ningún sitio cuando oyó su nombre de repente y dio un respingo. Al reconocer de dónde provenían las voces, o mejor dicho de quiénes, detuvo su marcha y esperó a que llegasen a él.

—¡Zoro, Zoro, Chopper dice que ha visto a Robin! Y que puede seguirle el rastro. ¿No es genial?

—Yo también la he visto y he estado hablando con ella.

—¿Sí? ¿Qué te ha dicho? ¿Por qué no está contigo? ¿Y adónde ha ido?

—No lo sé —respondió con boca pequeña alzando los hombros y dando por zanjadas todas las demás preguntas.

Algo en sus gestos, o en sus ojos, le dijo a Nami que había pasado algo entre ellos, algo que no le apetecía compartir.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó el más joven un poco desesperanzado.

—¿Todavía puedes olerla?

—Sí, pero en la ropa de Zoro —dijo él mientras se acercaba con la nariz a olfatear la camiseta del espadachín.

—Ahí ya te digo yo que no está —apuntó la navegante enarcando una ceja.

—Esperad —dijo mientras olía el aire y el suelo— creo que ya sé por dónde ha ido.

Y sin previo aviso echó a correr. Zoro iba a arrancar justo tras él, pero Nami lo retuvo un instante por el brazo y lo obligó a mirarla a los ojos.

—No te preocupes, te prometo que la encontraremos —aseguró la navegante mostrando un poco del espíritu de Luffy en su mirada.

El otro solo asintió en silencio antes de girarse de nuevo.

El rastro de la historiadora les llevó por todo el casco abandonado y hasta en algún punto llegaron a perderlo, pero los ánimos de la pelirroja, silenciosamente motivados por la ansiedad de los ojos de Zoro, le daban fuerzas al joven reno para que diera lo mejor de sí mismo en aquella misión ya que, aunque no era un perro y no tenía ese sentido tan finamente entrenado, podía averiguar un poco grosso modo la trayectoria de su compañera. Por suerte, su relación con los demás animales era buena y le proporcionaban valiosa información sobre el paradero más reciente de la arqueóloga. Así que si su nariz no le engañaba ni los animalillos del lugar tampoco, Robin se encontraba unos metros más adelante, justo a la distancia que les separaba ahora de un barco en la lejanía.

Tras un último acelerón, detuvieron sus pasos, confundidos y aliviados, ante la figura inequívoca del barco al que todos ellos reconocían como su hogar. No cabía duda, todos los indicios llevaban a pensar que Robin acababa de embarcar en el Going Merry.


Seis meses después… Nada raro en mí, la verdad, lo que sí me extraña es ver que hay gente que quiera seguir leyéndome jajajaja.

Antes de que se me olvide… ¡Feliz año nuevo! Jajajajaja.

Bueno, si has llegado hasta aquí, mil gracias, de verdad, y si has estado esperando a que actualizase, debo decir que estás más cerca de que te erija una estatua.

Ya sabéis que me gusta mucho eso de ir mezclando narrativa de diferentes personajes y de diferentes momentos, así que espero que la cursiva os haya ayudado (donde empieza es donde empieza el recuerdo de Robin de su encuentro con Chopper).

Si hay algún error o algo que no haya quedado claro, pido disculpas, me ha costado la vida estar medio satisfecha con este capítulo y después de la tercera lectura no me apetecía retocarlo más.

Recomendación del día (o del mes): el fic The City of Mirrors de Yaliachan.

Érika Peterson

22 marzo 2015