Anteriormente en Historia de un amor imposible…
Y diez manos brotaron a pares esparcidas por el torso y espalda del peliverde.
—Cl...
—Si vas a matarme, hazlo. Pero mátame con tus propias manos.
Otro ataque interrumpido. Otro ataque interrumpido por la nobleza y el honor del espadachín de Sombrero de paja. No mentía, una parte de su alma le decía que no le estaba engañando. Simplemente, no temía morir. Nunca lo había hecho, al menos desde que lo conocía. Y eso era algo que, de alguna manera, siempre había admirado de él.
"Sigues temiendo.", la voz de su interior la estaba sacando de quicio, "Sigues temiendo admitir que le amas. No puedes negar lo que sientes cuando le miras a los ojos porque el Zoro que tienes aquí delante es al que siempre has querido."
—Robin, no sé qué te hicieron cuando te atraparon, pero tienes que creerme: nadie de la tripulación te haría nunca nada parecido. No tenemos nada que ver con ellos.
La profundidad en la mirada del espadachín la sobrecogió, pero fue capaz de recomponerse enseguida, de una manera tan rápida que por un momento el peliverde creyó soñar que ella se había estremecido bajo sus dedos.
—Dame un motivo para que crea que no estás implicado y para que acepte compartir techo contigo —dijo ella fríamente sin romper ni el contacto físico ni visual.
—No podría soportar ver cómo te hieren ni cómo te vas de mi lado porque yo... —hubo una pequeña pausa en la que él intensificó su agarre— Yo te quiero.
Y una corriente de sensaciones se desbordó en su interior cuando los labios del espadachín peliverde acabaron tomando los suyos con decisión. Eran suaves, eran cálidos, eran húmedos y carnosos, eran eléctricos pero también salados como el mar. Tener aquellos labios dándole tantas razones para vivir libre y tanta seguridad para su alma era reconfortante, era nuevo y era maravilloso sin lugar a dudas. Igual de maravilloso que sus manos fuertes bajo su mentón y sobre su espalda y su corazón de guerrero latiéndole desbocado contra el pecho.
—Perdóname por lo que siento, Robin —confesó él mirándola fijamente.
Abrió los ojos y lo vio armado de seguridad, apoyo y amor. Todo para ella. Sin precios, sin intereses, sin letras pequeñas, sin muros ni cadenas. Sus lágrimas cayeron más furiosas que nunca, su sonrisa estaba quebrada y algo dentro de su pecho crujió con fuerza cuando sus manos se separaron.
—Perdóname tú a mí por no poder sentir lo mismo.
[…]
—No te preocupes, te prometo que la encontraremos —aseguró la navegante mostrando un poco del espíritu de Luffy en su mirada.
El otro solo asintió en silencio antes de girarse de nuevo.
El rastro de la historiadora les llevó por todo el casco abandonado y hasta en algún punto llegaron a perderlo, pero los ánimos de la pelirroja, silenciosamente motivados por la ansiedad de los ojos de Zoro, le daban fuerzas al joven reno para que diera lo mejor de sí mismo en aquella misión ya que, aunque no era un perro y no tenía ese sentido tan finamente entrenado, podía averiguar un poco grosso modo la trayectoria de su compañera. Por suerte, su relación con los demás animales era buena y le proporcionaban valiosa información sobre el paradero más reciente de la arqueóloga. Así que si su nariz no le engañaba ni los animalillos del lugar tampoco, Robin se encontraba unos metros más adelante, justo a la distancia que les separaba ahora de un barco en la lejanía.
Tras un último acelerón, detuvieron sus pasos, confundidos y aliviados, ante la figura inequívoca del barco al que todos ellos reconocían como su hogar. No cabía duda, todos los indicios llevaban a pensar que Robin acababa de embarcar en el Going Merry.
―¡Luffy! ¡Usopp! ―gritó Nami desde el caminillo de tierra.
Pasaron unos minutos y no obtuvo respuesta, solo un poco de barullo en cubierta. Volvió a gritar un poco más fuerte pero el resultado fue el mismo.
―¡Robin mía, ábreme por favor! ¡Soy tu Sanji!
―¡Eso es que sí ha llegado! ―apuntó el doctor dirigiéndose hacia la nave.
Tampoco pudo hacer mucho más porque si los del barco no les lanzaban una escalerilla no habría manera de que pudieran subir.
―¡Ceja rizada! ¡Deja de pasear el culo por cubierta y tráenos la escalera! ―exclamó visiblemente airado antes de añadir por lo bajo― Tu Robin te voy a dar yo a ti.
―¡Para ti ni agua, cabeza de musgo! ―gritó asomando la cabeza de repente por cubierta.
―¡¿Que qué?! ¡Cuando suba, vas a ver tú!
―¡Pues va, sube, listo! ¡A ver si tienes narices!
―¡Serás ca...!
―Sanji, ¿y nosotros podemos subir? ¿O tampoco?
―¡ Nami de mis amores, perdona mi poca cortesía! ¡Adelante, subid! ―dijo con una reverencia.
―Muchas gracias, ¿podrías prepararme una infusión mientras tanto? ―preguntó forzando un tono acaramelado.
Chopper no lo pensó un segundo y en cuanto la escalerilla estuvo a una altura razonable, embarcó de un salto y desapareció junto a Sanji.
―Ahora ni una palabra de lo que me has visto hacer o de lo que hayas oído salir de mis labios. Yo también sé muchas cosas ―avisó amenazadoramente la pelirroja mirando fijamente a Zoro antes de subir.
―En el fondo sigues siendo la misma bruja de siempre.
Nami paró su avance y se giró un momento para lanzarle una sonrisa ladeada.
Si desde fuera el jaleo parecía considerable, al ver lo que realmente pasaba en cubierta pudieron corroborar que no era para menos.
El suelo estaba cubierto por diferentes y numerosos artefactos, seguramente todos de Usopp, quien se encontraba ahora intentando evitar que Chopper entrase en la enfermería porque según él podía sufrir un accidente. No explicó más, así que el doctor, que debía entrar para tomar su instrumental, abrió la puerta y recibió de lleno una explosión de colores naranjas, negros y rojos. Todos gritaron menos Luffy, que se hallaba a una distancia prudencial ataviado con ¿una armadura de samurái? Mejor dejarlo para luego.
Cuando Chopper intentó abrir los ojos, dio un estornudo y se llevó la pezuñas a la cara cubierto en lágrimas.
―¿Qué era eso? ¡Escuece! ¡No puedo abrir los ojos!
―Era mi repelente secreto contra maleantes. A que funciona bien, ¿eh, Chopper?
―¡Escuece mucho!
―¡Usopp! ―gritó Nami― ¡Ya estás acompañándole al baño ahora mismo para que se quite esa porquería! ¡Lo necesitamos en plenas facultades!
―Sss... Sí, señora ―respondió el francotirador con un saludo militar.
―¿Y tú qué haces así vestido, Luffy?
―¿Yo? Esperando por si volvían a atacar el...
―¿Están por ahí la canela, el pimentón y la pimienta? Los necesito para cocinar ―interrumpió Sanji de repente.
―Pregúntale a Usopp ―respondió el espadachín escuetamente señalando hacia el baño.
―Vale, gracias. Ah, y por cierto ―añadió volviendo atrás sus pasos―, ¡¿qué le has hecho a Robin, maldito cabeza hueca?! ¡Insensible!
―¡¿A qué viene eso ahora, cejitas?!
―¡Pues a que...!
―Sanji, ¿no estabas buscando tus especias?
―¡Ay, sí! ¿Qué haría sin ti, Nami? ―comentó el cocinero yéndose enamorado.
―¿Qué ha pasado, Luffy? ¿Por qué le ha dicho eso Sanji a Zoro?
―Ah, pues porque cuando ha llegado Robin venía diciendo no sé qué de Zoro, pero no sabemos qué decía. Nada más ha llegado ha ido directa a la habitación y no habla ni abre la puerta.
―Conque esas tenemos... ―susurró la navegante―. Luffy, ve al baño a ayudar a Usopp con Chopper y quítate esa cosa de encima.
Sin hacer mucho caso a lo de quitarse la armadura, Luffy fue hacia el baño y se quedaron solos Nami y Zoro en cubierta.
―Súbete al puesto, necesitas un poco de aire fresco para despejarte. Mientras yo iré a hablar con Robin.
Le pasó una mano por el hombro y se dirigió sin mirar atrás al camarote femenino.
―No tengo por qué recibir tus órdenes ―dijo mientras tomaba una de las cuerdas del mástil y se encaramaba hacia el puesto de vigía.
―Ya, ya, claro ―respondió sin girarse y ladeando la mano quitándole hierro al asunto.
Estaba sentada en su cama con la espalda apoyada en la pared y la cara hundida en la almohada cuando a sus oídos llegó el sonido de unos nudillos golpeando suavemente la puerta del camarote. No quería contestar ni ver a nadie, quería estar sola con su dolor y su confusión. Se acurrucó un poco más contra el muro y cerró los ojos. Los nudillos volvieron a golpear de nuevo la madera.
―Robin, soy Nami. Ábreme por favor.
Levantó la cabeza un poco y se incorporó lentamente. Con el cojín bajo el brazo, se deslizó descalza hacia la puerta sin hacer ruido y, una vez allí, apoyó la frente en ella sin llegar a abrir. Sus dedos se entretuvieron siguiendo las vetas de la madera.
―¿Nami? ―susurró en un suspiro.
―Sí, Robin, soy yo. Déjame entrar ―pidió suavemente.
―¿Estás sola?
―Bueno, los chicos están por aquí, pero los tengo a todos ocupados. ¿Puedo verte?
La puerta siseó al rozar con el suelo. De entre la oscuridad de la habitación, aparecieron unos ojos zafiro. Nami sonrió dulcemente y la saludó con un abrazo mientras entraba en el camarote cerrando la puerta tras de sí. Permanecieron un momento inmóviles hasta que Robin comenzó a temblar entre sus brazos. La estrechó un poco más fuerte y el aire caliente comenzó a golpearle el cuello y la oreja.
―Estábamos muy preocupados, menos mal que ya estás a salvo otra vez en el barco.
―Nami... perdóname...
―¿Qué? ¿Por qué?
―Porque por mi... Porque yo no... ―habló entre sollozos.
―Ven, siéntate. Tenemos que hablar.
Ambas se sentaron cara a cara en una de las camas, Robin abrazando todavía el almohadón.
―Nami, tengo miedo ―confesó sin mirarla a los ojos.
―¿De qué?
―No sé qué me está pasando, no lo entiendo. En mi cabeza...
―No, Robin, a tu cabeza no le pasa nada. Solo es que hay cosas que no sabes. Tal vez cuando lo entiendas decidas que no quieres irte de la tripulación.
La arqueóloga la miró con culpabilidad.
―Me lo ha dicho Zoro, los demás no saben nada.
―Zoro ―Su mirada era turbia.
―Debes saber qué ha pasado, luego ya decides qué harás con él.
Nami estaría hablando con Robin en esos momentos, había visto desde el puesto cómo Robin le había abierto la puerta y habían entrado las dos de nuevo al camarote. Odiaba admitirlo, pero Nami se estaba portando muy bien con todo aquello, solo esperaba que todo fuera sincero y no le cobrara intereses por su ayuda. No, no podía ser tan rastrera, después de todo se veía que Nami había llegado a querer a Robin y que su amor era correspondido.
Apretó un poco más fuerte la empuñadura de Wadou, la katana de Kuina. Kuina... Todavía la echaba de menos y en momentos como ese, le habría gustado tenerla a su lado. Ella le había dado un sueño, ella le había hecho crecer y había sido su estrella guía, pero él lo único que había hecho por ella era apagarla cuando más brillaba. Sabía que no había sido su culpa, ni la de nadie, pero a veces se preguntaba si lo podría haber evitado. Tal vez habrían seguido creciendo juntos, tal vez se habrían echado juntos al mar y entonces no habría conocido ni a Luffy ni a ninguno de sus compañeros. Las cosas habrían sido diferentes, eso sin duda. Y sin embargo, allí estaba él, en la tripulación del que iba a ser el próximo rey de los piratas, persiguiendo la perfección con sus katanas, siendo llamado el Cazador de piratas, sentado en el puesto de vigilancia con el cuerpo magullado y dolorido por la noche anterior. Ahora tampoco había podido proteger a Robin, tan apenas había podido protegerse a sí mismo, de alguna manera había perdido el norte y se había vuelto vulnerable, algo que no podía permitirse con tantas cosas importantes que defender en su vida. Por primera vez en mucho tiempo se había sentido impotente, débil e inútil al verla amarrada a aquella camilla con tanta sangre por todas partes, sin saber si volvería a ver sus ojos pero sabiendo que podría haberlo evitado, esta vez sí. Tendría que ser mucho más fuerte para poder estar a su lado. No podía permitirse perder a otro ser querido, ya no más.
Lágrimas de rabia intentaron brotar en sus ojos, pero se dijo que los hombres no lloraban, como si esa fuera una de las máximas que hacía que el mundo rodase, aunque la verdad es que ni él se la creía. Necesitaba llorar, golpear algo y gritar, o quizás solo necesitaba a una de ellas dos a su lado para decirle que todo iba a ir bien. Solo necesitaba que alguien le abrazase. Pero ahora no era momento de mostrar su debilidad, debía entrenar, ahora más duro que nunca, y cuanto más rato pasaba allí arriba sentado, más tiempo que perdía.
―Tienes que hacerlo cuanto antes.
―Sí, debo decírselo ya. Pero ¿cuándo?
La voces del camarote de las chicas salían muy amortiguadas, solo con dificultad se podían distinguir unas cuantas palabras de todo aquel murmullo.
―No lo sé, hoy, mañana. Pronto le toca guardia.
―Estoy lista para enfrentarme a él.
―¿Enfrentarse? ―se preguntó desde cubierta.
Su intención no había sido la de escuchar conversaciones ajenas, de hecho, estaba dando un paseo para estirar las piernas ahora que ya podían descansar todos en el barco. Sin embargo, al pasar ante el camarote las había oído hablar y no había podido resistir la tentación de escuchar lo que decían.
De repente, oyó unos pasos acercarse hacia donde él estaba y, disimuladamente, prosiguió con su camino.
Primero haría algo de meditación y luego haría algunos ejercicios de tonificación, haría meditación en la respiración para poder concentrarse mejor y luego comenzaría a desarrollar una nueva técnica que le permitiese multiplicar su poder. El ejercicio le despejaría la mente.
La puerta se abrió a su paso y salió Nami seguida de una Robin extremadamente seria.
―Hola, Zoro. ¿Sabes si Chopper ya está en la enfermería?
―Hola ―dijo mirando a Robin sin cambiar la expresión antes de girarse hacia la pelirroja―. No lo sé, supongo que sí, el baño ya estaba libre.
―OK, gracias ―respondió Nami arrastrando a la morena a la que llevaba cogida de la muñeca.
Chopper no encontró ni rastro de kairoseki en la sangre de Robin, tan solo cantidades muy pequeñas en su piel que no deberían de tener ningún efecto adverso importante, con un par de duchas se irían fácilmente. Lo que sí le desconcertaba eran las marcas de quemaduras que rodeaban sus muñecas y tobillos, el día anterior no estaban y ahora parecían haber cicatrizado casi por completo. Le cerró un par de heridas abiertas en los pies causadas por la carrera descalza por el bosque y le recomendó que fuera a bañarse y que pasara la noche lo más tranquila posible.
Pero Robin tenía un concepto de tranquilidad muy diferente y prefirió hacer la guardia de esa noche. Todos se opusieron rotundamente, menos Zoro, que solo le lanzó una mirada preocupada cuando anunció su decisión durante la cena. Nami lo miró intentando decirle que no iba a pasar nada, pero él no las tenía todas consigo.
La noche no era especialmente clara porque una capa de nubes cubría el cielo y el viento era bastante fresco. La bandera ondeaba furiosa sobre su cabeza y la manta que había subido comenzaba a parecerle pequeña. Sin embargo, el café le ayudaba a aliviar tensiones y le proporcionaba algo de calor. Necesitaba pensar en muchas cosas; tantas, que se sobresaltó cuando lo vio allí arriba. Por un momento, pensó que sería él, como antes, con su manta y su sonrisa, con su silencio y su mirada. Sin ninguna palabra ni amable ni descortés, pero no eran ni su mirada, ni su manta, ni su sonrisa. No, no era él. Solo se sentó a su lado y simplemente se miraron en silencio. Su mirada se mostraba agotada pero seguía siendo tan alegre y optimista como siempre.
No sabía cómo no se había dado cuenta de que había salido alguien del camarote. No había pegado ojo todavía, pero estaba tan abstraído en lo que había sucedido la noche anterior que era como si estuviese en un mundo al que no pertenecía. Al salir, el viento frío se le clavó en la piel aunque en ese momento aquella era la menor de sus preocupaciones. Sus pies comenzaron a moverse como por voluntad propia hacia el palo mayor. Cuando se dio cuenta, paró en seco y se quedó mirando hacia el puesto intentando distinguir su figura entre la oscuridad. Solo deseaba verla, pero sus temores eran mayores que sus deseos. Mayúscula fue su sorpresa cuando vio que no estaba sola, así que a punto estuvo de subir a ver qué pasaba, hasta que averiguó de quién se trataba. No se había opuesto mucho con la decisión de Robin, pero seguro que querría echarle un ojo para ver cómo estaba. Con una leve sonrisa, se giró y fue hacia la cocina.
―¿Cómo estás?
―Bien ―dijo sonriendo levemente―, Chopper me ha dicho que no tengo nada grave y Nami me ha explicado lo del kairoseki.
―Robin, sabes que puedes confiar en mí para lo que sea, ¿verdad? ―preguntó haciendo caso omiso a lo que había dicho la morena.
―Claro.
―Si tienes algún enemigo al que enfrentarte sabes que yo te defenderé ―aseguró sacando al hombre que llevaba dentro―, que para eso soy tu capitán.
―Sí, lo sé. Y gracias por venir a buscarme anoche.
El joven de goma respondió con una sonrisa y al rato un rugido se apoderó de él.
―No tendrás algo de comer ahí, ¿no?
―No, lo siento ―respondió la otra riendo suavemente.
Si no podía concentrarse en nada, lo mejor que podía hacer era dejarse llevar y centrar sus esfuerzos en desenmarañar lo que le pedía su mente. Entró dispuesto a hacerse un té, puesto que el sake lo único que haría sería distraerlo más todavía, así que puso agua a calentar pero no llegó al armario de las infusiones porque en el camino se topó con sus carteles de búsqueda sobre la encimera y se quedó ojeándolos. Solo había tres, el primero el de Luffy, con su eterna sonrisa y sus sueños inagotables, era un cabeza loca pero viendo su cartel no cabía duda de por qué era él el capitán. Bajo este, se encontraba su propio cartel y si el de Luffy mostraba el carácter del joven, el suyo también, en él se podía ver su poder, su fuerza, su honor y los rasgos tan duros y marcados le daban un aspecto imponente y digno de respeto. Finalmente, estaba el cartel de Robin, eso sí, veinte años atrás. Una pequeña arqueóloga de unos ocho años con una mirada tan impenetrable como la que tenía cuando la conoció casi dos décadas más tarde. No sabía bajo qué circunstancias había sido tomada aquella fotografía pero lo que sí podía asegurar es que por aquel entonces Robin ya mostraba una fuerza y una determinación que muchos adultos no llegaban ni a conocer siquiera pero que ella ya había hecho suyas. Solo él pudo adivinar que tras todo aquello se escondía una niña triste, sola y asustada que solo pedía un poco de amor y tal vez alguna muestra de cariño. Aquella era una niña que, con el paso de los años, había aprendido a ocultar sus sentimientos y el oscuro secreto que amenazaba con aplastarla con su peso. Nadie con ocho años es perseguido por el Gobierno Mundial si no es que guarda algo muy tenebroso.
Se acordó entonces de la vez en la que ella había subido a verle al puesto. Todavía no podía borrar su risa de la cabeza, deseaba volver a verla tan feliz porque en momentos así es en los que estaba verdaderamente viva. Deseaba dejar de verla sufrir y de verla esconderse, a sí misma y a sus sentimientos; deseaba dejar que Robin se abriera sin temor a salir más dañada. Quería evitar que Nico Robin se arrepintiese de sentir las cosas bonitas de la vida. Casi la había perdido la noche anterior y no quería volver a perderla nunca.
―Voy a averiguar qué escondes y juro que te protegeré aunque me cueste la vida ―dijo tomando el cartel de Robin en sus manos mientras hacía una promesa con ella, consigo mismo y con el mundo.
El silbato de la tetera le devolvió a la realidad e invadió la noche. Por eso no oyó el crujido de la puerta al abrirse. Cuando levantó la mirada tras verter el agua hirviendo en un vaso, se sorprendió un poco al verlo casi tragado por el frigorífico.
―¿Qué haces?
―¿Go? Ma'a ―respondió girándose con un gran trozo de pastel en la boca.
―Pues yo te veo bastante ocupado.
―Ef gue emgo hambgue, Góbim mo pemía ma'a 'e 'omeg.
―¿Qué?
―Gue Góbim...
―¡Que dejes de hablar mientras comes! Traga y me lo dices.
Dicho y hecho, la comida de tres platos trincheros desapareció en un periquete.
―Que tenía hambre porque Robin no tenía nada de comer allí arriba.
―¿Has subido solo para pedirle comida? ―preguntó incrédulo.
―Pues espero que no, porque te has comido casi la mitad de mi cena ―dijo una voz desde la puerta.
―Nami, pero es que...
―Ni es que ni es ca, me la vas a tener que pagar.
En cuanto oyó aquello, Sombrero de paja salió corriendo como alma que lleva el diablo para no tener que hacer ningún trato con la Gata ladrona, aunque realmente ella no buscaba eso en absoluto en ese momento.
―Hola, buenas ―dijo cerrando la puerta tras de sí.
―Hey ―saludó el espadachín escuetamente desde la mesa―, ¿té?
―Nah, estoy bien, gracias. Había salido un momento a echarle un ojo a Robin, pero he visto que Luffy se me ha adelantado. ¿No duermes? ―preguntó sentándose frente a él.
―No puedo ―Bajó la mirada hacia su vaso muy serio.
―¡¿Qué?! ¡No puede ser! Repite eso ―comentó Nami exagerando una mueca de sorpresa y poniendo las manos muy abiertas sobre la mesa.
―Que no puedo dormir ―repitió con cara de molestia.
―¡Dios mío! ¡El fin del mundo se acerca!
―Nami, ya vale ―la cortó él fríamente.
―Vale, perdona.
―¡Madre del amor hermoso! ¡Nami pidiendo perdón! Repítelo ―se burló él.
―Si quieres que lo repita son 100 belis ―Extendió la mano abierta frente a ella.
―Tan bruja como siempre.
―Sí ―dijo sonriendo antes de cambiar de tema―. Es por Robin, ¿verdad?
No sabía a qué venía aquella pregunta. Claro que confiaba en él, si no, ¿qué motivos tenía para volver con ellos? Tampoco tenía ningún lugar al que ir y hasta que decidiese quedarse para siempre o no en esa tripulación podía pasar bastante tiempo.
El viento soplaba cada vez más frío y no tenía la cabeza para ponerse a leer. Sus pensamientos empujaban unos a otros, pero ninguno se marchaba.
Tomó un sorbo de café antes de estirarse bajo la manta. Se levantó e inspiró con fuerza el aire helado y húmedo que le perforó los pulmones. Cuando lo dejó salir por la boca, lo hizo en forma de gran nube de vaho. Se apoyó con las manos sobre la barandilla del puesto y se inclinó un poco hacia adelante. Vio a Luffy salir de la cocina corriendo antes de que Nami cerrase la puerta. El barco estaba bastante tranquilo y el resto del mar también. Habían estado navegando un poco durante la tarde mientras Chopper la curaba y a estas horas ya estaban en alta mar. Nami no quería que pasar demasiado tiempo en aquella isla les cambiase la ruta de la brújula magnética, que señalaba a otro destino.
Alzó la vista al cielo y pudo distinguir alguna pequeña estrella entre los claros, la luna simplemente atravesaba el suave manto de nubes y dejaba caer algún que otro rayo de luz sobre el mar.
Se masajeó los hombros antes de volverse a echar la manta por encima y su mente le recordó el tacto de las manos del espadachín sobre ellos. Tampoco podía describirlo muy bien, tal vez como cálido y firme, como una especie de golpe seco. Le había dicho que la quería, pero ¿cómo sabía si era verdad? Tendría que esperar un poco para saberlo. Desde luego, las palabras del espadachín no podía ser más suyas: breves, directas e irreversibles, como sus estocadas con la espada.
A decir verdad, todo en aquel momento había sido bastante extraño, como sacado de alguna novela o de una historia adolescente. Todo era demasiado... ¿romántico? Tal vez fueran imaginaciones suyas o es que necesitaba descansar un poco. Pero los labios de él no la dejaban en paz, aquel beso podía describirse de muchas maneras y de ninguna al mismo tiempo. Solo sabía que no había podido resistir devolvérselo y que aquello tampoco le había hecho tanto bien. Las llamas de Ohara habían inundado sus recuerdos y en sus dedos solo podía sentir el tacto de todos aquellos a los que el mundo le había obligado a dejar atrás. Lo único que podía ver era a una pequeña niña que, subida en una balsa y siguiendo un estrecho sendero de hielo en el mar, se alejaba del fuego que consumía su hogar ante sus ojos infantiles bañados en lágrimas, las mismas que habían rodado por sus mejillas solo unas cuantas horas antes.
Perdida en sus pensamientos, Nico Robin no se dio cuenta de que la noche había comenzado a mecerla en el puesto de vigilancia.
Me ha vuelto costar actualizar, pero bueno, esta vez es porque he estado escribiendo. Participé en un reto del Foro One Piece: Grand Line de aquí de Fanfiction y estuve escribiendo dos one-shots que, para quienes no los hayan leído, tratan de historias de la infancia de Nojiko y de Chopper. Si os interesa leerlas, están en mi biografía; son Aquel día y Cura.
Habréis podido corroborar que me encanta dar saltos en la historia, ¿eh? Espero que eso no os haya mareado para entender qué pasaba.
Gracias a los nuevos seguidores y a los comentarios de los capítulos anteriores.
Guest: Perdona que no te contestara en el capítulo anterior, es que se me pasó, algo imperdonable. Bueno, muchas gracias por comentar y me alegra muchísimo que te haya enganchado tanto la historia, espero no bajar el nivel, lo único que ahora sí te pido es paciencia porque yo actualizo de uvas a peras. Un saludo desde España (está bien tener lectores del otro lado del Atlántico jeje).
Como habréis visto he añadido portada a la historia, espero que os guste, si queréis comentar algo al respecto, también podéis hacerlo.
Un beso a todo el mundo y en especial a mi lectora-amiga-troll Ro-chan, que aguanta el tipo como una valiente cada vez que le mareo la cabeza y empiezo a enviarle mil mensajes sobre esta historia. Te prometo que voy a morderme la lengua un poco más si no, un día acabarás lanzándome algo a la cabeza, aunque sé que con amor jajajajaja. De momento y como lo prometido es deuda, te dedico este capítulo (ha quedado una dedicatoria un poco sosa, ¿no?).
¡Ah! Por cierto, ya pasamos las 14 200 lecturas de este fic, ¡muchísimas gracias!
¡Nos vemos en el próximo!
Érika Peterson
12 de junio de 2015
