Nota: ¡Este capítulo va para Lima!
Capítulo dos:
Perlas a los cerdos
Los mensajes que habían decodificado eran, por lo demás, crípticos.
Hacía años que intentaban captar los mensajes de los Akagi. Nadie lo sabía, pero cada kage – especialmente los de Konoha – había esperado con ansias descubrir alguna noticia de la extraña familia que vivía en las afueras de la aldea de la hoja. Era uno de esos muchos secretos de aldea, de los que se podrían hacer tomos si se los listara.
Este secreto en particular era uno que si bien para el pueblo era clasificado, rondaba hacía siglos por las mesas de las cabezas de aldea, que cada vez que encontraban algún dato nuevo saltaban de sus asientos impulsados por la codicia.
Porque los Akagi eran… especiales.
El primer mensaje, como sucede habitualmente, fue el más difícil de decodificar. En primer medida por las palabras escritas en él, que tardaron dos meses en aprender a leer. En segundo lugar, porque primero debían averiguar la procedencia. Durante el primer mes se sospechó que podría ser un mensaje de un Akagi, pero cuando esto se confirmó luego de exhaustivos estudios al papel, la tarea de traducción se volvió de prioridad y eso aceleró el proceso.
Un mes para tres palabras.
'Todo está listo'
El tiempo apremiaba. Cada segundo contaba, si la intención era hacerse con el secreto de la leyenda de los Akagi.
Tres meses después, en la aldea secreta de la hoja se logró interceptar otro mensaje. Habiendo adquirido ya el lenguaje de decodificación, no tardaron más de medio día en presentarle a Sarutobi una fiel traducción que decía las palabras que todos habían querido leer.
'La Fuerza y la Fuente florecieron'.
No fue necesaria confirmación alguna para que la aldea de la hoja, con la codicia a flor de piel y la intención de adelantarse al resto, comenzara a mover sus peones. Era una buena oportunidad para probar las aptitudes del prodigio Uchiha, que iba a ser según los planes establecidos el líder de la misión.
Con el equipo armado, las instrucciones de secuestrar a las dos personas que respondieran a esos títulos, Fuente y Fuerza, y con ello ponerle fin al secretismo de los Akagi con respecto a su legendario ritual, lo único que restaba era esperar a que un tercer mensaje sea mandado, y con ello lograr ubicar la guarida del clan. El problema de no poder interceptar el mensaje, por tener que dejarlo seguir su curso, y por ende no saber su contenido, sobrevolaba por encima de los directivos de Konoha como una nube negra, pero preferían correr el riesgo a perder la oportunidad de interferir en el ritual.
Tenían noticias del mismo una vez cada veinte o veinticinco años, pero los mensajes siempre estaban protegidos de manera tal que nunca habían podido interceptarlos o descifrarlos.
El hecho de que esta vez el objetivo se hubiera logrado con más facilidad los perturbaba, pero la ambición de desnudar el secreto los cegaba más que mil soles.
Pero habían construido un castillo de naipes, y cuando el equipo de Uchiha Itachi llegó con las noticias de que todo el clan había sido asesinado, excepto una niña de 10 a 12 años, sintieron derrumbarse todas sus esperanzas.
~-...-...-~
Ninguno de ellos atinó siquiera a intentar evitar que el cuerpo de la chica colisione contra el suelo. Ninguno hizo un mínimo gesto. Ninguno movió un dedo. Simplemente la vieron caer. No es que se tratara de malas personas o de que fueran indiferentes, sino de lo irreal de la escena. Parecía un escenario tomado de una obra de teatro, y ellos eran los mudos espectadores.
Si bien habían encontrado a los cadáveres de toda la familia desperdigados por la casa, estos parecían algo así como naturalezas muertas - ¡irónico! - , y no cosas que realmente hubieran estado vivas. En cambio, en el santuario, la luz de las velas, el olor penetrante de los inciensos mezclado con el óxido de la sangre fresca, las decenas de cadáveres que rodeaban un altar donde, en la imagen más tétrica, una niña yacía parada en el medio del horror, frente a un cadáver de otra niña de cabello rubio.
Era demasiado como para reaccionar de forma rápida.
En el momento en el que el cuerpo de la niña se encontró con el suelo, hicieron falta unos segundos para que los selectos shinobis miraran a su líder. La pregunta estaba implícita. ¿Era ella la culpable del asesinato de todos los Akagi? ¿Una niña? ¿Debían acercarse con cautela? ¿Apresarla? ¿Intentar reanimarla?
Itachi se acercó a paso lento a ella, pero la pelirroja seguía igual de inconsciente.
Él sabía más que nadie que no tenía por qué bajar la guardia. ¿O era él el único que era consciente de que tenía la misma edad que ella y de que tenía la habilidad suficiente para cargarse a casi toda su familia si se lo propusiera?
Hizo un gesto con la cabeza y al instante tuvo seis personas a su alrededor, que rodearon el cuerpo de las niñas. Algunos ahogaron un quejido de sorpresa al verlas.
– Es… – comenzó uno, sin encontrar palabras.
– Son idénticas.
Restando el color de cabello y la ropa, las dos eran completamente iguales. La muerta tenía el cabello rubio, de un tono dorado, y un kimono negro; y la que estaba inconsciente tenía el cabello rojo oscuro y un kimono blanco. Al ver el parecido Itachi comprendió entonces por qué había creído ver el cadáver de la misma mujer dos veces en distintos puntos de la casa, y habló.
– … La Fuente y la Fuerza son gemelas.
'La pregunta es si son estas gemelas', pensó sin atreverse a hablar.
Miró el rostro inconsciente de la pelirroja por unos segundos, estudiando sus facciones, mientras que escuchaba de fondo los ruidos de sus compañeros chequeando a los cuerpos de alrededor.
Con un gesto seco de la cabeza, el Uchiha ordenó que uno de sus compañeros la levante en brazos para transportarla fuera de allía, pero casi la dejó caer al tomar contacto con ella.
– N… No es nada. Me pareció… – titubeó, acomodándola nuevamente entre sus brazos – No, olvídenlo.
Todos abandonaron la sala con paso cauteloso, y el grupo entero se encontró en el camino que daba al santuario. Algunos cuchicheaban, otros miraban a su alrededor como esperando que el verdadero asesino del clan Akagi aparezca de la nada, y otros, los que no habían entrado al santuario, preguntaban abiertamente quién era la que traían con ellos.
Un hombre que aún no se había quitado la máscara dio un paso adelante y comenzó a hablar.
– Por las ropas, asumo que los que estaban ahí adentro eran los de la rama principal de la familia. Todo el bonito escenario de velas y telas me dice que hoy era día de ritual… Y que no les salió demasiado bien.
En cuanto comenzó a explicar lo que habían encontrado en el santuario para los que no estaban, Itachi dejó de prestarle atención y se volteó para hablarle a la compañera que tenía más cerca.
– Todos los pergaminos y libros que encuentren.
No hizo falta más, y un grupo de diez personas desapareció dentro de la casa en llamas.
– Itachi…
La voz de Kakashi resonó en sus oídos. El ninja había venido por pedido expreso del Hokage.
– ¿Hn?
– ¿Qué vas a hacer con la otra?
La mirada escarlata se movió con parsimonia a la puerta del santuario. ¿Eran ellas dos la Fuente y la Fuerza de la que hablaba la leyenda? Si lo eran, ¿a cuál de las dos tenían? ¿y qué hacían con el hecho de que una de ellas estaba muerta y la otra yacía inconciente en brazos de un shinobi?
– Vamos a dejar todo como está. – ordenó, luego de pensarlo un rato.
– Si nosotros tardamos más de un siglo en encontrarles el rastro, no creo que de un día para el otro vayan a aparecer los carroñeros.
Itachi frunció el ceño y Kakashi notó la congoja. El pequeño Uchiha era más listo a los trece años de lo que lo habían sido todos sus familiares juntos en siglos de historia. Ya había notado que todo había sido demasiado fácil: los mensajes interceptados, el seguimiento al cuervo que transportaba el mensaje de respuesta a los Akagi…
Había dos posibilidades. Número uno, los habían conducido como al ganado y estaban en la boca del lobo, esperando a una trampa que todavía no había sido, o bien una trampa que estaban por llevarse a la aldea. Número dos, aquel había sido un ritual precipitado. Algo los había hecho perder ciertas precauciones. El tiempo o el contexto los apremiaban, y así fue como cometieron los errores que los llevaron a la exposición.
– Veamos qué nos dicen en Konoha. Mañana podemos volver a ordenar el desmadre de la señorita. – suspiró Kakashi, como quien no quiere la cosa.
Sonrió bajo la máscara y observó con gusto como todos, incluido el líder, asentían. El grupo que se había separado para apagar el fuego volvió casi al mismo tiempo que la unidad que Itachi había dispuesto para recuperar los pergaminos. Todos escucharon con aparente calma cómo la biblioteca había sido una de las primeras víctimas de las lenguas ardientes que habían consumido la casa. Agregaron, además, que no había ningún superviviente en toda la casa.
El líder de la partida dio órdenes en voz queda para ordenar la formación que escoltaría a la niña a Konoha. Dispuso escoltas para el shinobi que la llevaba en brazos, que de vez en vez tomaba bocanadas de aire como para decir algo pero al rato elegía el silencio. En la retaguardia apostó a los más hábiles en técnicas y combate, y en la vanguardia a aquellos que distinguían trampas y genjutsus. Se tomó su tiempo para dar la orden de partida, dándose unos minutos para observar los restos de la mansión.
Itachi recapituló su situación:
Habían encontrado a los Akagi… Muertos.
Habían encontrado la biblioteca con los datos que necesitaban... Prendida fuego hasta los mismos cimientos.
Habían encontrado a una superviviente… que estaba inconsciente, y por si eso fuera poco, ni siquiera tenía idea de si era alguna de las dos personas que debía encontrar.
… Simplemente genial. Se imaginaba una conversación de la índole '¿Viste cuando me pediste que te traiga a la Fuente y a la Fuerza? ¡Pues te traje a una niña inconsciente, de la que no tengo la más pálida idea de quién se puede tratar, pero que probablemente se haya cargado a todos los Akagi!'. Rió solamente por no llorar.
Durante todo el camino de vuelta, mientras saltaba de árbol en árbol, repasaba mentalmente la situación en la que había encontrado a la chica, intentando reparar en aquellos detalles que a priori podría haber olvidado, sin poder apartar el pensamiento de que habían logrado alcanzar el lugar sin demasiada resistencia.
~-...-...-~
Casi no quiso preguntar qué sucedía cuando vio el gesto compungido de Rei, uno de sus compañeros en ANBU. Su menguado humor no iba a soportar más golpes. Dio unos pasos dentro del salón y se paró frente a la figura encorvada de la chica, que parecía una marioneta rota a la que habían soltado de golpe. Tenía el cuerpo completamente doblado hacia adelante, y sus manos reposaban en su falda, atadas con sogas de distintos tonos de rojo, que hacían un lúgubre contraste con su kimono manchado de sangre.
– No importa cuántas veces lo haga…
No había pedido una explicación, pero iba a recibirla de todos modos.
– No puedo conseguirlo.
Estaba en ANBU desde que tenía once años, y todos sabían que era un muchacho de pocas palabras. Desvió la mirada de la chica y clavó sus ojos de ónix en su compañero. No hizo falta que le preguntara a qué se refería, ya que el shinobi tomó un pergamino de la pila que tenía a su alrededor y, recitando palabras y formando sellos, le envolvió las muñecas a la pelirroja. El Uchiha reconoció esos alargados escritos como restrictores poderosos de chakra.
Se mantuvieron cinco minutos en silencio. Luego de ese lapso, Itachi notó que el papel de los pergaminos comenzaba a cambiar. Por zonas parecía como si lo hubiesen rociado con agua y por otras comenzaba a mostrar grietas, como una tela estirada que muestra sus intersticios.
El muchacho pensó que, por lo menos, eso confirmaba algunas de las dudas que tenía y contestaba algunos de sus interrogantes.
Bastaron dos minutos más para que los bordes del pergamino comiencen a amarillentarse hasta comenzar a consumirse como si los hubiera besado el fuego, quedando reducido en cuestión de segundos a cenizas a los pies de la chica.
Rei se encogió de hombros.
– Las sogas van a tener que bastar.
Itachi no le respondió, sino que movió la cabeza hacia la puerta. La presencia que había sentido se manifestó unos segundos después, abriendo la puerta para hablar apresuradamente.
– La asamblea está lista.
Diez minutos después, las mayores autoridades de Konoha, los shinobis más expertos y las cabezas de las familias más importantes de la aldea estaban dispuestos en una especie de anfiteatro que tenía como centro la figura destartalada de la pelirroja que parecía insignificante ante la inmensidad de la sala. La niña, inconsciente aún, respiraba con una cadencia irregular pero calma, sumida en una profunda inconciencia, ignorante de todas las miradas que la escudriñaban preguntándose quién era.
¿Era la perla, o una roca más? ¿Era lo que buscaban, o una mera superviviente de una masacre?
Itachi se empotró en un rincón apartado, cerca del centro del anfiteatro pero en un lugar bañado por las sombras, de modo que nadie recatara en su presencia.
Ante una orden silenciosa de Sarutobi, el tercer Hokage, un ninja médico se acercó a la silla donde se encontraba la protagonista de la noche. Mientras éste revisaba a la chica, el hombretón que la había cargado en brazos durante todo el viaje explicó las condiciones en las que la habían encontrado. Dio una explicación detallada, escabrosa en cierto punto, donde relataba la lluvia de cadáveres que habían encontrado y la extraña situación en la que habían tomado contacto con la… ¿invitada? ¿prisionera?
El medininja habló repentinamente.
– Creo que puedo hacerla despertar.
Le tomó unos minutos hacerla beber un líquido de un frasco, para lo cual tuvo que sostenerle la cabeza por el cabello. Le colocó las dos manos alrededor de la cabeza, con los pulgares apretados con fuerza en el punto donde se acercaban sus cejas, y luego de murmurar unas palabras la muchacha comenzó a temblar. Se alejó para darle espacio y al mismo momento, Sarutobi se puso de pie.
La pelirroja temblaba de una forma tan violenta que parecía convulsionar. Las rodillas se le movían con ímpetu, y luego de fracasados intentos, pudo levantar un poco la espalda y enfrentarse a los cientos de pares de ojos que la miraban.
– ¿Quién eres, niña?
La voz de Danzou se impuso por encima del murmullo de las masas. La pelirroja lo miró por unos arduos segundos que parecieron horas, pero mantuvo el silencio. El cuchicheo volvió a hacerse notar, mientras se cernía sobre todos un manto de duda.
– Nadie va a hacerte daño. Estás a salvo – dijo Sarutobi tratando de sonar reconfortante.
Pero la pelirroja no dio señas de haberlo oído. Sus ojos se movían frenéticamente, buscando entre la multitud, algo complicado ya que desde donde estaba ella todos parecían bultos negros con ojos cuestionantes.
La chica movió las manos aparentemente sin reparar en el hecho de que estaban atadas. El cuerpo le tembló con violencia por el esfuerzo. Las extendió hacia adelante, tanteando a la nada.
Itachi tenía una palabra trabada en la garganta.
Frágil.
Parecía que se iba a romper en cualquier momento. La respiración era agitada e irregular, su espalda se movía de formas extrañas, como si no tuviera la suficiente fuerza para mantenerse erguida, sus rodillas no podían quedarse quietas…
Tan pálida. Tan frágil. Tan pequeña. Era una muñeca a punto de romperse.
Dio un paso hacia adelante, abandonando su cobertura. Los claros ojos miel que buscaban con frenesí se toparon con la obsidiana de los de él, y no se separaron.
– ¿Itachi…? – preguntó Danzou, acostumbrado a la actitud del muchacho de no intervenir ni hacerse notar en ningún tipo de reunión en la que estuviera presente.
Pero la aparición del chico se vio opacada por el hecho de que aquella fue la primera vez que escucharon la voz de la cautiva.
– … Itachi… sama.
Repitió su nombre con cautela, como si fuese la primera vez que utilizaba su voz. Aquella muestra de conciencia por parte de ella despertó nuevamente la curiosidad de todos los presentes, y el murmullo sólo se acalló cuando el Hokage volvió a dirigirle la palabra.
– ¿Quién eres, pequeña? – cuestionó.
– ¿D- Dónde… estoy…? ¿Quién…? – preguntó ella, luego de varios segundos de silencio, levantando las manos para acariciarse la cabeza, sólo para notar que las tenía atadas con fuerza – ¿Por qué…?
Bajó la cabeza y volvió a buscar con la mirada los oscuros ojos de Itachi, que estaban clavados en ella con intensidad. La respiración errática se volvió más rápida y de un momento a otro, la chica se irguió en su silla y su cabeza cayó hacia atrás, volviendo al estado de inconciencia.
La sucesión de hechos dejó a todos los presentes con miles de preguntas atragantadas y con incertidumbre. Todo era impredecible.
Kakashi bajó su libro con pereza, dejando que su único ojo destapado se concentre en la figura de la chica inconsciente. Parecía que la pelirroja iba a ser una caja de sorpresas.
Y mucha razón tenía, ya que una risita proveniente de ella terminó de desconcertar a todos.
Cuando la Akagi movió su cabeza para volver a sentarse erguida, el gesto de incertidumbre había sido reemplazado por una sonrisa sínica. Sus ojos brillaban de una manera distinta, y el temblor había desaparecido. Miró a su alrededor en un gesto tranquilo.
– Oh, genial. Simplemente genial. – dijo, con un tono menos agudo que antes, alzando el dedo índice frente a ella – Déjenme adivinar… Konoha, ¿no?
Ya nadie sabía cómo prepararse para lo que venía. Del tartamudeo al tono de prepotencia, del temblor a la postura rígida, de la incertidumbre al sarcasmo.
– En efecto. – le respondió Sarutobi, moviendo la mano en un gesto displicente para evitar que los shinobis que perdían la paciencia la abrumaran.
La chica asintió con la cabeza varias veces y en un gesto rápido, se cruzó de piernas. Los escudriñó a todos con la mirada, midiéndolos.
Kakashi sonrió bajo la máscara. De golpe, la tímida y asustada chica había dado paso a una mujer que se sentaba en la destartalada silla como si fuese un trono.
– Eres una Akagi, ¿no es verdad?
– Tsk, y yo que pensé que empezaban las preguntas inteligentes – se lamentó la pelirroja, mirando risueña sus muñecas atadas, como si fueran lo más divertido que le había sucedido en años.
– Tu clan fue masacrado. – acotó de golpe Danzou, apoyando un brazo sobre la mesa.
Un medininja entornó la cabeza para mirar con espanto a Danzou. La chica acababa de despertar de un período largo de inconsciencia probablemente causado por el shock que había vivido y todos tenían expresas órdenes de no alterarla ni abusar de sus recuerdos.
– Soy consciente de ello. – respondió ella secamente.
Itachi arqueó una ceja, cruzándose de brazos a la vez que se apoyaba con desdén contra la pared.
– Eligieron un pésimo momento para el secuestro, chicos. Realmente. – agregó ella, tironeando de las ataduras.
Sarutobi se aclaró la voz.
– Sabrás disculpar lo de las sogas, es que…
– Es que son idiotas, hasta ahí creo que tengo entendido.
El murmullo de desaprobación comenzó a inundar la sala. Algunos cerraban el puño para contenerse. La pelirroja arqueó una ceja al notar la ira que había despertado. Se acarició el puente de la nariz con el índice y el pulgar, irritada, y comenzó a hablar despacio, como si se explicara a niños.
– Oh, vamos… Estoy rodeada por la élite de una aldea entera, probablemente hasta tenga al Kage, a las fuerzas secretas y a los líderes de familia. De paso, por si eso les parecía poco, tengo doce, y hace horas que estoy inconsciente. – tomó aire, arqueando ambas cejas en un gesto de exasperación – Si represento una amenaza, es que Konoha está muy pero muy mal.
– Pero eres la Fuente.
Itachi habló por primera vez, sin moverse de la posición en la que estaba.
– Bueno, por lo menos no son todos idiotas.
La pelirroja cerró los ojos y extendió las manos, respirando de forma regular, concentrada. Tenía toda la atención de la sala puesta en ella, para variar. El único ruido que se oía era el de su respiración acompasada. Abrió los ojos de golpe y sus muñecas se iluminaron, cortando las sogas que la retenían pero abriendo terribles heridas en sus antebrazos.
La Akagi chasqueó la lengua, y murmuró algo que contenía la palabra 'descostumbrada'.
Makoto, el medininja que la había despertado, se apresuró a vendarla. Algunas miradas de desaprobación se habían transformado automáticamente en miradas de terror. La chica lo miró, desganada, como si estuviera acostumbrada a las atenciones inmediatas. El médico le apoyó las manos en las heridas y comenzó a emanar chakra, curándolas hasta dejar una leve cicatriz que parecía tener muchos días. El agotamiento del chico mostró que las heridas eran más graves de lo que en un principio se podría llegar a pensar.
La muchacha, que no se molestó en agradecerle, miró a todos los presentes, que claramente esperaban una explicación, y algunos parecían particularmente alarmados por el hecho de que no tuviera ataduras. Suspiró, claramente exasperada. Al rodar sus ojos con hastío notó la mirada de Itachi clavada en ella y, entretenida, le devolvió la gentileza.
– Notaste que el flujo de chakra de este cuerpo es inusual.
Algunos asintieron, aunque la afirmación había estado dirigida a Itachi.
– Probablemente hayan intentado ponerme pergaminos restrictores de chakra, y no les haya funcionado…
Dos ANBU se miraron entre ellos. Itachi no se movió de su lugar ni hizo gesto alguno.
– Esas cosas pasan cuando tienes a la Fuente de los Akagi.
La chica parecía divertida con la reacción de todos. Notaba cómo los ojos les brillaban con la ambición de tener algo que no comprendían del todo pero que conocían en su naturaleza y sabían que podía servirles como arma.
– ¿Podrías explicarnos un poco más de esa tradición…? ¿Qué es… exactamente lo que puede hacer una fuente?
– Siendo que soy la única que queda, no es un 'podrías' sino más bien un '¿nos darías voluntariamente la explicación aunque podríamos sacártela por las malas?'.
– Basta de juegos, niña. – murmuró con desaprobación uno de los presentes.
– Soy la que tiene la información, por ende llevo las de ganar. – se reclinó en los apoyabrazos de la silla, acostándose mientras balanceaba las piernas en el aire.
No tuvo tiempo de tomar una bocanada de aire en esa posición, ya que en un abrir y cerrar de ojos tenía un kunai en el cuello, sostenido por una figura menuda que se encontraba detrás de ella.
– ¡Itachi! – repitió Danzou, en un intento de reprenderlo.
Fugaku se cruzó de brazos y, sin emitir sonido alguno, observó el accionar de su hijo.
La chica, por su parte, no parecía asustada. Más bien parecía… decepcionada. Se mordió el labio y entronó la cabeza para mirarlo, pero recibió como respuesta el frío filo del kunai aún más apretado contra su pálido cuello.
– Habla. – ordenó el Uchiha.
– No tengo otra opción. Las amenazas son ilógicas a este punto.
De nuevo sintió el filo, pero ahora aún más clavado.
– Habla.
Luego de un silencio, la chica comenzó a hablar.
– Soy la descendiente de la rama principal de los Akagi. No servimos a ninguna aldea, de forma tal que nuestro secreto esté resguardado en nuestro prado.
Itachi se alejó unos pasos de ella, manteniéndose a una distancia prudencial, llegado el caso de que tuviera que volver a convencerla de no hacerlos perder el tiempo. La observó tomar un mechón de su propio cabello y mirarlo con interés.
– Como quizás notaron, muchos Akagi son gemelos. Es algo genético… Y un requerimiento. – se estiró donde estaba, inflando el pecho – Cuando la familia principal tiene gemelos, algunos desarrollan habilidades particulares…
– ¿Qué clase de habilidades?
– Si no me dejan terminar, no voy a poder explicarles. – espetó, torciendo el labio en un gesto de desagrado – En fin, algunos de estos gemelos manifiestan desde pequeños ciertas habilidades. Uno, usualmente el mayor, muestra más aptitudes en jutsus en general, y el otro, usualmente el menor, es una fuente de chakra. La Fuerza, con habilidades superiores, y la Fuente, con chakra superior. Una vez unidas ambas partes, esos poderes se compaginan y complementan.
El murmullo se volvió tal que si Sarutobi no se hubiera hecho escuchar, hubiera tapado toda explicación.
– ¿Una… fuente de chakra? ¿La… La fuente? ¿la de la leyenda? – preguntó una mujer anciana, luego de unos segundos.
– No lo creía hasta que no la sostuve en brazos. – dijo el hombre pelado que la había llevado en brazos.
Itachi volteó para mirar a su compañero. Recordó cuando casi la había soltado al tomar contacto con su piel. La niña, por su parte, estiró una mano hacia adelante.
– ¿Por qué no se fija usted misma, abuela?
La mujer caminó a paso lento hasta ella y en cuanto tomó contacto con los dedos de la chica, dio un respingo.
– Sarutobi… – murmuró, sin poder creer lo que había sentido.
– ¡Ya basta de secretismos! – Hiashi Hyuuga le dio un golpe a la pared y se incorporó – No vamos a desfilar para tocarla y comprender. ¿Qué es lo que eres, niña? ¡Las fuentes de chakra son un mito, una leyenda!
La pelirroja arqueó una ceja, mirándolo.
– Odio que me levanten la voz. Y odio aún más que me traten de fabuladora.
– Tu insolencia es más de lo que puedo soportar. – gritó un shinobi desde las gradas superiores, levantándose para tomar cartas en el asunto.
La anciana se paró frente a la niña con los brazos abiertos, dispuesta a defenderla con su cuerpo.
– Emana chakra. Infinito. – explicó, con tono pausado – Hiashi, el byakugan.
El hombre activó el byakugan a regañadientes pero cayó sentado en su silla cuando centró su mirada en la chica.
– ¿Ahora entiendes? – preguntó la anciana.
– Es… Es imposible. – replicó Hiashi, viendo con ayuda de su kekkei genkan que los usuales canales por los que circulaba el chakra estaban multiplicados a un número que no podía calcular, y que en vez de ver un flujo más bien parecía que de su pecho brotaba... – Una fuente.
– Usualmente es tanto que el portador no puede usarlo, pero se convierte en un elemento útil para su hermano, si se realiza el ritual correspondiente. – explicó la pelirroja, sentándose derecha nuevamente.
La Akagi les permitió unos segundos para que digirieran la idea. Muchos parecían emocionados con la idea de haber puesto las manos en una fuente de chakra. Se imaginaban los múltiples usos que podían darle a esos poderes. Si encontraban una forma de canalizar ese chakra, las posibilidades eran infinitas. Ella podía ver la ambición reflejada en sus ojos, exactamente como le decía su madre, cuando le hablaba de los peligros de mostrarle al mundo aquellos poderes.
– En el caso de mi familia se dio al revés. La Fuente es la mayor y la Fuerza resultó ser la menor.
– Entonces… – comenzó Sarutobi, entrelazando los dedos frente a su rostro – Los Akagi suelen tener gemelos. Una persona especialmente habilidosa en combate y jutsus, y una fuente de chakra…
La chica asintió.
– ¿Cómo es que se unen estas dos características? Hablaste de una unión.
La sonrisa que les mostró la muchacha los dejó helados.
– Eso es un secreto.
Itachi apretó entre sus dedos el kunai, dispuesto a sacarle la información a la fuerza. Su padre habló, interrumpiendo su torrente de pensamientos.
– Lo único que se sabe de la fuente de chakra, según la leyenda, es que es energía infinita e inestable.
– Eso es verdad. De hecho me sorprende que todos los Akagi no hayan muerto antes por un exabrupto de algún capricho de una Fuente. – la chica bajó la cabeza para mirarlo tras las pestañas – Si tu pregunta es si toda esta aldea está en peligro porque estoy aquí, la respuesta es sí. Tan en peligro como yo misma.
La revelación despertó un murmullo tenso en la sala. La pelirroja parecía encantadísima con el revuelo, y muy relajada como para ser alguien que acababa de confesar que podía morir junto a toda una ciudad.
– Pero la niña va a morir, ¿no es cierto?
La voz de un infante se alzó por encima del resto. La mayoría volteó para mirarlo, sin comprender su frase, y principalmente sorprendidos de que hubiera un pequeño en una reunión tan importante.
– ¿Por qué dices eso…?
El niño la señaló y habló como si su deducción fuese lo más lógico del mundo.
– Tiene un kimono fúnebre.
La chica se heló en el lugar, y a los pocos segundos esbozó una sonrisa torcida, que no mostraba arrepentimiento alguno.
El grupo ANBU que había estado en la expedición miró a la chica, como si repararan por primera vez en el hecho. A Itachi le desfiló por la mente la imagen de la muchacha rubia, idéntica a la pelirroja, echada a sus pies, muerta.
– Tienes que matar a la otra parte. – dijo, luego de unos segundos.
La pelirroja se volteó para mirarlo por un rato, incitándolo a seguir. El resto de los que habitaban la sala miraron el intercambio con múltiples interrogantes suspendidos en la nada.
– No, no. – se corrigió – La Fuerza tiene que absorber el poder de la Fuente. La Fuente debería estar muerta. La otra. La rubia. Ella es la Fuerza… Por eso ella tenía un kimono negro. Ella debía matar a la Fuente. Pero la Fuente la mató a ella.
Itachi casi podía sentir el sonido de las piezas del rompecabezas encajando unas con otras.
– … Salió mal. El ritual.
– Y no te imaginas cuánto.
