Nota: ¡No puedo creer que haya gente que realmente sigue esta historia! Les agradezco de todo corazón a los que favearon y pusieron en alert, y al lindo review que recibí (al cual respondo: ¡podría ser Shikamaru! ¿por qué no? No me lo puse a pensar... ¡qué bueno que te gustó la historia!)... ¡Así que actualización rápida, porque me emocionaron! Me divirtió mucho escribir este capítulo.

Gracias nuevamente a todos los que efectivamente están leyendo esto. ¡Se lo dedico a Bian, que sin gustarle la serie igual se está leyendo esta historia! Hay que quererme, ¿eh?


Capítulo tres:

A grandes males, grandes remedios


Dos cosas quedaban claras de esa reunión: la primera era que la chica era, sino la asesina de su familia entera, por lo menos la que le había quitado la vida a su propia hermana.

La segunda era que los tomaba a todos por imbéciles.

Sarutobi se colocó en el lugar donde la Akagi había estado hacía pocos minutos. Le había tomado unos segundos caer desmayada otra vez, y la mantenían, inconsciente, en una habitación apartada.

– Estamos en presencia de una criminal. – explicó, recapitulando los hechos sin preámbulo alguno – Pero esa criminal es una fuente de chakra, perseguida por siglos. Podemos condenarla por sus crímenes, o investigarla. Es una leyenda viva, y una asesina.

Nadie se atrevió a hablar.

– No sabemos si van a venir por ella. No sabemos si el día de mañana tiene un exabrupto y deja a nuestra aldea reducida a un cráter en el paisaje.

Tomó aire para continuar su monólogo. A la vista de todos, Sarutobi parecía haber envejecido un siglo.

– No sé qué hacer. – confesó, apoyando las manos en el respaldo de la silla donde había estado sentada la Akagi – Quedárnosla es un peligro y una tentación.

– Hay que tener cuidado de no hacerla enojar y ya… – murmuró alguien del clan Akimichi.

– La Fuente puede llegar a tener una fuga de chakra sin estar sometida a ningún tipo de presión – explicó, tranquilamente, la anciana que la había tocado para corroborar que era una fuente. En la espalda de la abuela se lucía el abanico de los Uchiha.

Muchos la miraron desconcertados, hasta que la vieron incorporarse y hablarle directamente al Hokage.

– Mi esposo era de las ramas más inferiores, secundarias, del clan Akagi. – un murmullo comenzó a crecer ante la confesión de la mujer – No, no llevaba el apellido ni me contó demasiado de sus costumbres, pero… Él fue el que me contó la leyenda. Me dijo que hacía años que esperaban que una Fuente y una Fuerza nacieran, pero que el destino les negaba la chance.

Sarutobi entrelazó los dedos de sus manos a la altura de su vientre y la miró. Lo que decía no era ninguna novedad, cosa que explicaba por qué no había hablado antes.

– Ofrezco el complejo de los Uchiha para resguardar a la Fuente.

El murmullo se convirtió en un griterío general. Hombres y mujeres cuestionaban la inocencia del ofrecimiento de los Uchiha. '¿Cómo van a quedarse a la fuente para ellos solos?!', '¡Esa chica significa la destrucción de la aldea!', 'Los Uchiha simplemente quieren acrecentar su poder'…

Sarutobi llamó al silencio levantando una mano.

Se acarició la barba con tranquilidad, sopesando sus posibilidades, mientras Fugaku conversaba entre susurros con la anciana que había ofrecido su hogar como refugio para lo que parecía una, en pocas palabras, bomba de tiempo con cabello rojo y muy malos modales.

El Hokage llegó a la conclusión de que, técnicamente, tenía sentido que se quedaran con la Fuente.

Primero: los Uchiha estaban apartados de la aldea. Llegado el caso de que la fuga de chakra de la joven fuera menor – es decir, que no destruyera a la aldea entera – las bajas descenderían abruptamente.

Segundo: la anciana parecía saber lo que decía y, aunque fueran mínimos, tenía más datos sobre los Akagi que todos ellos.

Tercero: ante cualquier eventualidad, la chica tenía como guardias a LOS Uchiha. No a cualquier clan, tenía a uno con cientos de pares de sharingans.

Estaba pensando en que lo malo que era darles en bandeja de plata un arma poderosa, si los rumores de un golpe de Estado eran ciertos, pero antes de verbalizar sus preocupaciones, Danzou comenzó a repetir los tres aspectos que él mismo había pensado. Uno por uno. Como si le hubiera leído la mente. Las voces de protesta no tardaron en hacerse escuchar, más que nada de parte de aquellos que no estaban dispuestos a correr el riesgo de tener a la Akagi en la aldea.

Una hora tardaron en debatir hasta que al menos dos tercios de la habitación estuvieron de acuerdo con que, bajo ciertas condiciones, los Uchiha le dieran asilo a la pelirroja. La primera condición era que siempre debía estar acompañada por un ANBU o un Jounin designado por el Hokage, tanto para su protección como para evitar que su único contacto fuera con los portadores del sharingan; la segunda era que tenía que ser sometida a un entrenamiento de sus habilidades (no tenían muy en claro si eso ayudaba a evitar una posible fuga, pero por lo menos era hacer algo); y la tercera era que debía prestar sus servicios a los shinobis de la aldea como fuente de chakra sin establecer ningún tipo de condición.

Una vez puntualizado esto, todos los shinobi de renombre que se encontraban en la sala empezaron a desconcentrar la reunión. Los únicos que permanecían en el lugar eran Danzou e Itachi.

– Porque necesito que la controles sin levantar sospechas, Itachi. – respondió el hombre, adelantándose a la pregunta no formulada.

Aquello era costumbre en Danzou. El hombre sabía que la primera pregunta de Itachi sería por qué diablos había elegido su propia casa si sabía lo que su familia estaba planeando. Les estaba entregando un arma.

– Tienes que decirme todo lo que averigüen de ella. Sospecho que hay más de lo que estamos viendo. Veremos cómo manejarnos una vez que consigas la información.

Itachi abandonó la habitación con el pensamiento clavado en la mente de que el pequeño experimento de Danzou podía costar vidas.


Fugaku Uchiha miró por arduos minutos a la que no era más que una niña. Se preguntó cómo se tomaría el resto de su familia la noticia de que una fuente de chakra iba a vivir bajo su mismo techo. Para evitar más discusiones – entre el consejo con el hokage y el que se iba a llevar entre Uchihas era más que suficiente – se había ofrecido a alojarla en su propio hogar. Sabía que Mikoto no iba a poner peros, pero el resto de la familia quizás fuera más complicada de convencer. Se acarició las sienes. El medininja había prometido que la despertaría para el viaje pero sus intentos habían sido en vano, ya que la chica continuaba en el séptimo sueño.

Los planes que tenía para los Uchiha… Todos podían cumplirse sin necesidad de agotar a sus familiares a nivel energético. Todos los jutsus que eran descartados por su gran gasto de chakra… ¡Podía lograr todo si la tenía a ella!

… ¿Pero a qué precio?

– ¿Estás segura de esto?

– Fugaku… – respondió la anciana, con los ojos clavados en la niña – La gloria que nos fue arrebatada es una enfermedad, y la cura reposa sobre esa cama. – movió el cuerpo ligeramente para enfrentarse a él, leyendo el miedo en sus ojos – Vale la pena el riesgo.

Fugaku decidió que no iba a volver a cuestionarla. Se mantuvieron en silencio por arduos minutos hasta que un ANBU entró a la habitación.

– Voy a escoltarlos hasta su hogar. – explicó, mientras dos de sus compañeros ingresaban en el recinto.

– Lleven a Itachi con ustedes. – dijo, o más bien ordenó Fugaku.

Como si lo hubiera llamado, su hijo apareció de golpe y asintió con la cabeza.

El medininja se apartó y el ANBU que había entrado en primer lugar tomó en brazos a la Akagi. Como todos, dio un respingo al tomar contacto con su cuerpo, sintiendo la descarga de chakra. Itachi guió la partida, eligiendo las zonas protegidas por las sombras. Ahora que la chica era una novedad en la aldea, existía la posibilidad de que alguien en su ambición intentase quedársela. Por esa razón fue más precavido que de costumbre.

Media hora les tomó llegar a los terrenos de los Uchiha. Los ANBU intercambiaron algunas palabras y desaparecieron, dejando a la niña en manos de una mujer Uchiha que los esperaba en la entrada de los terrenos. La mujer caminó junto a Itachi por las calles que los conducirían al edificio donde vivía su familia. La caminata pareció una suerte de desfile tétrico, ya que todos salieron de sus respectivos hogares a observar a la novedad de la aldea. Los rumores eran más rápidos que la luz. Sin embargo nadie cuchicheaba ni murmuraba: el único sonido que se escuchaba era la respiración de la Akagi.

Caminaron hasta el umbral de entrada de la casa. Itachi extendió los brazos para cargar a la chica inconsciente, y la mujer se acercó a él para entregársela hasta que voz suave y tersa los hizo detenerse.

– ¿Itachi…?

El aludido se dio vuelta con calma, reconociendo el tono de la voz de su madre. Supo que no tenía que explicarle nada. Su madre miraba a la pelirroja con determinación.

– Me gustaría que la lleves a mi cuarto. – dijo, hablándole directamente a la mujer.

Su hijo la miró algo extrañado, pero no objetó. Las mujeres desaparecieron dentro de la casa, por el pasillo que daba a las habitaciones, a la vez que el Uchiha sentía unas pisadas suaves que reconoció como las de su padre. Segundos después el hombre se paró frente a él, con el ceño fruncido.

– Va a haber un consejo. Si conservo mi cabeza para cuando pase la media hora, vas a tener que venir a explicar las condiciones en las que la encontraste.

Itachi asintió.

– Quieren que hagas la primera guardia. En la habitación del ventanal, la del ala izquierda. No desactives eso – murmuró, señalándole los ojos rojos – No nos podemos permitir un desliz.

Su hijo volvió a mover la cabeza en asentimiento, sin intercambiar palabras pero acatando las ordenes.


Mikoto dejó caer la esponja que llevaba en la mano cuando vio que desde la bañera la observaban un par de aterrados ojos color miel. La forma en la que el agua describía círculos alrededor de su cuerpo le daba a entender que la chica estaba temblando violentamente.

Se acercó a ella despacio. No es como si no la entendiera: había pasado de ver a toda su familia, que yacía muerta a sus pies, luego la habían arrebatado de su hogar, había despertado en una aldea desconocida y ahora volvía a despertar en una bañera desconocida, desnuda, rodeada de tres mujeres que la estaban limpiando. Mikoto supuso que era suficiente como para hacerla llevarse en susto de su vida.

La pelirroja era tan pequeña que aunque estuviese inconsciente, mover su cuerpo para bañarla no había sido tan complicado. Los ojos oscuros de la Uchiha vieron el terror reflejado en los ojos grandes. Para su sorpresa, no hizo gesto de querer cubrir su desnudez.

'No, no es eso por lo que teme'.

Los bonitos ojos comenzaron a mirar hacia todos los rincones con puro, puro miedo.

– Mi nombre es Mikoto. Estás en la residencia de los Uchiha.

La chica la miró por un solo segundo, antes de volver a mirar hacia todos lados frenéticamente. Y Mikoto dijo lo primero que se le vino a la cabeza.

– Soy la madre de Itachi.

Una reacción.

No había dejado de temblar, pero había obtenido toda su atención. Los ojos miel se fundían con los negros, la miraban con interés.

Con que así era.

– Mi hijo va a escoltarte en una habitación – dijo, sin estar muy segura de si su afirmación era cierta.

De todos modos debía haber sonado muy convincente porque la niña empezó a cooperar. Los movimientos que hacía casi disimulaban los temblores que todavía la sacudían.

Con la ayuda de las otras dos mujeres, la muchacha estuvo lista en cinco minutos. Llevaba unas vendas en torno al pecho, unos shorts negros y una yukata negra sobre todo aquello, que le cubría la totalidad del cuerpo. La Akagi estaba arrodillada en el suelo de la habitación, y detrás ella Mikoto, que le peinaba en cabello con pausa y agrado.

– No recuerdas tu nombre. – dijo, más para romper el silencio que otra cosa, porque ya sabía de antemano la respuesta.

La pelirroja negó con la cabeza.

– ¿Tu familia…?

Vio que aquellos ojos grandes suyos pestañeaban, y luego cómo fruncía el ceño. Estaba intentando recordar, y hacerlo le provocaba mucho dolor. Le apoyó una mano en el hombro, cosa que hizo que la niña voltee para verla directamente. Mikoto negó con la cabeza y le sonrió. No era necesario forzarse… no con ella, por lo menos. Supuso que los hombres la iban a someter a algunos interrogatorios que no le iban a resultar placenteros. Ella no pretendía agregarle peso sobre los hombros.

Una vez decidió que su cabello estaba completamente arreglado, Mikoto la acompañó hasta el cuarto donde le habían dicho que iba a quedarse. La ayudó a sentarse con cuidado sobre el futón en el que iba a dormir y le dio un suave apretón en el hombro. Al hacerlo notó que la chica temblaba cada vez con más violencia.

Iba a intentar calmarla pero fue interrumpida por el sonido de la puerta.

– Itachi…

El Uchiha hizo un movimiento con la cabeza para saludar a su madre y desvió la mirada para encontrarse nuevamente con los claros ojos marrones de la Akagi. La niña lo miraba, quieta, sin ningún tipo de emoción reflejada en el rostro. Notó que sus ropas eran distintas.

– Estaba manchada de sangre, ella y su kimono. – se justificó.

El muchacho asintió, comprendiendo finalmente por qué su madre había decidido llevarse a una completa desconocida a su habitación. Mikoto, por su parte, paseó su mirada de su hijo a la chica.

– Itachi… Hijo…

Un par de ojos oscuros y otro par de ojos de un rojo carmesí, idénticos en la forma, se encontraron.

– No te alejes de ella. – sentenció, con aparente tranquilidad – Simplemente… No lo hagas.

El chico quiso protestar, pero su madre le sonrió y volteó sobre sus talones, abandonando la sala.


La habitación era grande, más grande que algunas casas que había visitado. Los tatami eran de color oscuro, a juego con las paredes, y aquello le daba a la sala un tono lúgubre. El único detalle de color allí eran sus ojos y el cabello rojo de su acompañante. La luz que se filtraba por el amplio ventanal que adornaba la habitación bañaba los pocos muebles que reposaban en sus espacios ancestrales, indemnes, y les hacía cobrar un tono anaranjado.

– Toma, Matchie-chan – le dijo, sonriente, Wataru Uchiha. Itachi se cruzó de brazos, viendo como su familiar parecía muy pagado de sí mismo. La conversación que habían tenido cuando la chica se estaba cambiando con Mikoto, su madre, todavía le resonaba en la cabeza.

'¿Cómo la llamaste?'

'Matchie… Es que… ¡Espera, no te rías! ¡Realmente es…! Es como un fósforo. Es tan pálida y tiene el pelo tan… rojo. ¡Un fosforito!'

'Oh… Match es fósforo en inglés'

'Matchie-chan'

No llevaba ni medio día en Konoha, ni una hora con los Uchiha… y ya tenía apodo.

La chica cerró las manos en torno a la taza de té, murmuró un agradecimiento y miró las oscilaciones del líquido como si fuesen lo más interesante del mundo. El muchacho aprovechó esto y la miró con desoculto interés. ¿Cómo podía ser que la chica que se mofaba de todos en la reunión se hubiera convertido en una temblorosa y casi muda niña sentada en un futón de su casa? Y lo más grave de todo, ¿cómo preguntárselo sin dañarla? "Hey, ¿tienes doble personalidad o algo así?". Porque no encontraba otra explicación que no fuera esa, siendo que el cambio era tan abrupto. Decirle aquello, no obstante, era el equivalente a tratarla de loca, y el muchacho asumía que a nadie que saliera de un trauma así le gustaría oír algo semejante.

Algunos mechones de cabello rojo se escaparon de detrás de su oreja, cayéndole al rostro con gracia, enmarcando sus facciones. No hizo ningún esfuerzo para moverlos. Itachi pensó que parecía alguien en un estado de sopor, como si le diera igual todo lo que sucediese a su alrededor. Los ojos miel parecían vacíos, clavados en la nada. Tenía unas facciones muy bonitas: labios más bien finos, ojos grandes, nariz pequeña y el rostro tenía más de alargado que de redondo. El cuerpo, oculto por la antigua yukata negra de su madre, era tan pequeño que la hacía ver aún más joven de lo que era, con una piel extremadamente pálida que le hacía honor al apodo que los Uchiha le habían puesto ante la falta de memoria con respecto a su nombre. Estudiarla con el sharingan, que mantenía prendido a pedido de su padre por si surgía alguna eventualidad, hacía que se viera distinto a analizarla con sus ojos normales. Podía percibir los movimientos con lentitud, y notaba con más detalle los temblores.

– Itachi-sama…

El aludido arqueó las cejas levemente. Su voz era aguda, pero dulce. Entre las cosas que hacía por no incomodarla también estaba el hecho de no preguntarle por qué utilizaba ese honorífico con él, ya que no encontraba causa alguna. La vio abrir los labios para hablar pero al instante fue interrumpida por el sonido de la puerta corrediza abriéndose, dando paso a dos de sus primas. Las mujeres de cabello negro estaban ataviadas como si fuesen a la guerra en ese preciso instante, pero el rictus de seriedad se desvaneció cuando, evidentemente saciando su curiosidad, vieron a la chica.

– ¿Ella es? ¿Ella es?

– ¡Es tan… linda! – dijo una de sus primas de golpe, acariciándole a la chica las hebras de cabello – Y tan… pequeña.

Quizás su prima esperaba que se tratara de una fiera kunoichi con músculos de acero. Grande fue la sorpresa de la Uchiha cuando ella, como él supuso, comenzó a temblar. Itachi las fulminó con la mirada pero no dijo nada. Bastante le molestaba tener que quedarse con ella por una extraña acorazonada de su madre como para obrar de protector.

– ¿No recuerda su nombre? – cuestionó una, la que se había mantenido en el umbral.

Itachi contuvo un 'pregúntaselo a ella', pero Wataru contestó por él.

– No, pero le digo Matchie y no parece molestarle.

'Oh, claro, está saltando de felicidad. Los temblores y espasmos son pura emoción'.

– Match… – la mayor deslizó los ojos por la chica y soltó una risotada que logró que la pequeña se mueva, incómoda en el almohadón en el que estaba, corriéndose a un lado – ¡Oh! ¡Sí, es verdad! – exclamó, una vez que se dio cuenta de la -supuesta- reminiscencia de la chica con un fósforo – No te molesta que te digamos así, ¿verdad?

La Akagi alzó la cabeza para mirarla y se mantuvo en silencio. La Uchiha hizo una mueca de desagrado ante la falta de respuesta. Itachi rodó los ojos. Estaba secuestrada, no de vacaciones, no podían pretender que estuviera dispuesta a hacer nuevas amistades y se deshiciera en modales y protocolo.

Y vamos, ¿es que a nadie se le había ocurrido llamarla Akagi-san?

Supuso que el demasiado poblado cuarto era suficiente protección como para seguir con sus tareas diarias, ya que se había atrasado bastante en la redacción del reporte y todavía quedaban cabos sueltos con los directivos de Konoha. Caminó decidido, pero en el momento en el que iba a abandonar la sala recordó las palabras de su madre y se volteó ligeramente para ver si tenían sentido.

… No debía subestimar a Mikoto Uchiha, nunca más.

El cuerpo de la pelirroja había comenzado a temblar, tanto que Wataru tuvo que sacarle la taza de las manos sin poder evitarle algunas quemaduras en los dedos. Se movía en espasmos violentos, mientras su mirada se mantenía clavada en la puerta. No lloraba, no extendía los brazos, no suplicaba, no lo miraba con deseo, no gritaba… Simplemente temblaba.

Dio dos pasos dentro de la habitación de nuevo, dentro de la cual los ocupantes guardaban un respetuoso silencio, observando el intercambio entre los dos.

La miró y vio en sus ojos el terror que sentía. Sólo pudo decir una frase, que le salió de forma tan natural que no supo que iba a pronunciarla hasta que lo hizo.

– No voy a irme a ningún lado.

La relajación fue tan inmediata, tan tangible, que no dejaba lugar a posibles conjeturas acerca de por qué había temblado como lo había hecho. Las dos mujeres y el restante Uchiha tenían la boca entreabierta.

A la Fuente le aterraba la idea de separarse de él.

En unos segundos Itachi había elaborado aproximadamente cuatro teorías al respecto, siendo la más plausible la que atribuía su miedo a que él fue lo primero que vio antes de desmayarse. Él era la única cara conocida antes de desmayarse y ser usurpada de su hogar, y supuso que después de todo lo que había pasado, se aferraba a él de la misma manera que se aferraría a su pasado, si este fuera un ente tangible.

El resto parecía haber llegado a la misma conclusión porque la miraban con cierta pena.

El gesto de terror se evaporó sin más, y su rostro volvió a reflejar la nada misma. El sol se había puesto hacía una hora, y la residencia de los Uchiha estaba reducida casi a la penumbra.

– Necesitas descansar un poco… – dijo una de las mujeres, la menor, sin acercarse ni invadirle el espacio.

Wataru arqueó las cejas mirando a Itachi.

Oh no, definitivamente no. Él no iba a dormir con ella. Eso estaba fuera de discusión. Se cruzó de brazos, recostando la cabeza contra la pared. El problema no era el hecho en sí de dormir en la misma habitación o cama, ya que eso lo tenía sin cuidado. Dormir era una necesidad y podía hacerlo sólo, acompañado de una mujer, un hombre, una niña, un pez espada o una tabla de madera. El problema era acrecentar el tiempo que pasaba con ella. No iba a convertirse, bajo ningún punto de vista, en su niñero personal. Algo en la pequeña le despertaba cierto instinto protector, pero tenía que ver con que toda su vida había estado rodeadas de mujeres Uchiha, tan fuertes que en contraste, hacían ver a la chica como una muñeca de porcelana en un tifón.

Las horas pasaron más rápido de lo que creyó. La habitación se vacío a la misma velocidad que la taza de té que la chica sostenía en las manos. Los dos se mantenían en silencio, sentados en las dos puntas opuestas del cuarto. De vez en vez alguien entraba para corroborar que los dos estuvieran a salvo, se intercambiaban algunas palabras, y luego, cuando volvían a quedarse solos, se mantenían en la misma posición. Itachi aprovechó el momento para repasar mentalmente cómo tratar con su familia aquel terror que la chica parecía mostrar al separarse de él. Había intentado, durante esas horas, acercarse a la puerta sólo para medir su reacción y el efecto era el mismo. La reacción parecía meramente física, como si al irse él le quitaran a ella el oxígeno.

El silencio sólo fue roto por el sonido de la cerámica de la taza estallando contra el suelo. El cuerpo de la chica se dobló momentáneamente e Itachi se incorporó, asustado. Notó al hacerlo que, por tener el sharingan activo tantas horas, las reservas de chakra de su cuerpo comenzaban a menguar.

No llegó a acercársele y menos que menos tocarla, ya que de la misma forma que se dobló, se volvió a incorporar con gesto aterrorizado. Estaba rígida, asustada, y eso se le notaba en el rostro, pero era de esa clase de gestos que expresan un miedo que excita, un miedo que da deseos de enfrentarlo.

– Vienen aquí. No tengo tiempo… De verdad no tengo tiempo para explicártelo, chico. – dijo, la voz nuevamente perdiendo el tono agudo, como había pasado en el consejo.

¿Chico?

– ¡Ay de mí! Vienen por ella, y termino con un clan tan lleno de inútiles que no pueden percibirlo ¡Argh, demonios! – se pasó la mano por el cabello, tirándolo hacia atrás – ¡Tienes que prometerme que, dentro de los límites de tu inutilidad, vas a protegerla!

– ¿De qué…? – comenzó él, al borde de perder la paciencia.

La chica comenzó a articular una palabra pero se le cerraron los ojos de golpe, y cuando los volvió a abrir no continuó. Pestañeó un par de veces, mirándolo con desconcierto.

– ¿Qué…? – comenzó.

Itachi pensó seria y definitivamente en irse de la habitación y dejar que otro se haga cargo de la impredecible chica.

Era linda pero no lo suficiente como para valer el dolor de cabeza.

Cambió de opinión en el momento en el que un hombre encapuchado quiso cruzar el umbral del amplio ventanal. Lo primero que el ANBU pensó fue que no debía subestimar a su enemigo bajo ningún punto de vista, ya que el extraño había podido entrar a los terrenos sin ser detectado por ninguna de las trampas y controles que los Uchiha habían puesto en los alrededores.

Pese al desconcierto, reaccionó rápidamente, colocándose frente al cuerpo de la chica. Era más alto que ella y erguido podía cubrirla en su totalidad.

– Un solo guardia. – dijo el hombre, hablando claramente para los que lo precedían.

Itachi sospesó sus posibilidades. Su chakra estaba por agotarse y no podía dar aviso a los demás desde allí. Debía actuar rápido, tomar a la chica en sus brazos y escapar a algún lugar más poblado de la casa. No porque temiera, sino porque sabía que tenía que estar en plenitud de condiciones si quería enfrentarse a alguien lo suficientemente hábil como para burlar todas las protecciones de la zona de los Uchiha.

– ¡I—Itachi-sama! – exclamó la chica, asustada, con la voz aguda y quebrada por el pánico.

Se movió ligeramente para cubrir con su cuerpo lo más que podía a la muchacha, todo lo que su tamaño le permitiera.

– ¿Quiénes son? – espetó, con tono aparentemente calmo.

– ¡¿Cuál de ellas es?! ¡¿Cuál de las dos?! – se escuchó desde afuera, con una voz desesperada y algo infantil.

– Es ella, señor.

Sabían que la chica era la Fuente. Y, si no sabían de la matanza, no tenían idea de cuál de las dos hermanas era. Lo lógico, pensó él, sería que quisieran secuestrar a la Fuerza y no a la Fuente, que era inestable y peligrosa, pero el hombre parecía muy satisfecho con haberla encontrado a ella. Itachi echó mano de su portakunais con seguridad, empujando sus cavilaciones y teorías para otro momento, y tiró uno en dirección al hombre, que lo esquivó con facilidad. El Uchiha se apresuró a aprovechar la postura en la que lo había obligado a ponerse para asestar una patada a su costado, que el encapuchado bloqueó.

La falta de chakra comenzaba a nublarle la vista. El extraño hombre quiso devolverle el ataque sosteniendo su pierna donde estaba, pero Itachi era mucho más rápido. Se agachó y girando sobre el pie que tenía apoyado en el suelo, usando la pierna que el hombre intentaba sostener, lo tiró al suelo.

El encapuchado no se rindió y desde esa posición comenzó a formar sellos con sus manos. Hasta el taijutsu habían estado equiparados, pero sin su chakra…

– ¡Itachi-sama!

Oh, por DIOS, si no se callaba, iba a…

Se volteó a verla, y la imagen, ciertamente, lo desconcertó.

La pelirroja tenía los brazos alzados. Estaba parada sobre sus dos piernas – algo que no había visto desde que la había encontrado en el santuario – y lo observaba con gesto decidido. Se había quitado la yukata, que yacía abandonada en el suelo, quedando con los shorts y las vendas anchas en torno al pecho, que la cubrían hasta la cintura. Mantenía los brazos extendidos hacia él, invitándolo a un… ¿abrazo?

¿De qué iba todo aquello?

El hombre que había venido con intención de secuestrarla retrocedió algunos pasos. Aquel gesto de la chica lo aterraba, y el Uchiha no necesitó más confirmación. Si la conocía, y se asustaba, es que aquello era peligroso para él. Y peligro para su enemigo era una frase que le sentaba de maravilla en aquel momento de desventaja. Avanzó hasta ella, y se paró a pocos centímetros.

En ese mismo momento la pelirroja le rodeó el cuello con los brazos con absoluta tranquilidad, como si aquello fuera lo más común del mundo, e Itachi no pudo explicar la sensación que aquello le causó. El flujo puro de chakra, que emanaba cada espacio de piel expuesta de la chica, se trasladó a él y le embotó los sentidos. Cada fibra de su cuerpo recibió un choque de energía pura, como si se la hubieran inyectado directamente en las venas.

Itachi Uchiha comenzaba a entender por qué el mundo podría llegar a entrar en guerra por una fuente de chakra.

Sin pensarlo dos veces, la tomó por la cintura y de un empujón la alzó. La muchacha, que respondía de manera automática a los comandos no verbales, enredó sus piernas en torno a su cintura, sosteniéndose por su propia cuenta con sus brazos y sus piernas. La sostuvo con fuerza con un brazo mientras con el otro, luego de luchar un rato, arrastraba al intruso fuera de la habitación, por el enorme ventanal, que trasladaron con facilidad. Allí encontró a cinco encapuchados, sin ningún hitai-ate que los identificara como parte de una aldea, que por el gesto de horror claramente habían estado esperando algo muy distinto a lo que tenían en frente. Itachi miró por un segundo al primer secuestrador y aquello fue suficiente para que éste cayera al suelo, abrazándose con pánico. Quitó lentamente el brazo que rodeaba a la pelirroja, queriendo asegurarse de que estaba bien sujeta a él, y con las manos ahora libres comenzó a formar los sellos correspondientes. Y continuó. Y las técnicas fluyeron como agua de un manantial, casi sin sentir el peso extra de la chica prendida a él.

Los cinco cayeron al cabo de pocos minutos, deshaciéndose en un 'puff'.

'Clones.' pensó él, pasando las manos por la cintura de la chica para ayudarla a volver a pararse sobre sus pies.

Sabía que debía caer exhausto después de aquello. Sabía que ese esfuerzo lo llevaría a sentir un dolor insoportable. Pero no. Todas las partes que tenían contacto con el cuerpo de la Akagi llenaban sus reservas de chakra casi instantáneamente después de usarlas, y aquello aceleraba cualquier otro proceso, mientras él supiera cómo canalizar esa energía.

– ¡Itachi! – se oyó, y como si fuese un coro, las voces de algunos Uchiha comenzaron a escucharse, repitiendo el mismo nombre, obligándolo a salir de la admiración en la que se había sumergido.

Su padre, el único Uchiha mayor que se había permitido abandonar la reunión, miró con cierta extrañeza la escena. El hombre tirado en el suelo, claramente en sufrimiento producido por un genjutsu de su hijo, había logrado burlar las defensas de la zona de los Uchiha, probablemente para secuestrar a la Fuente. Además de eso, como si la situación no fuera suficientemente extraña, su hijo mayor sostenía a la niña en brazos, que estaba bastante menos vestida que la última vez que la había visto. Más que sostener, la chica parecía prendida a él. Tres Uchiha se encargaron de sostener y apresar al secuestrador que ahora yacía inconsciente.

– Usualmente es más cómodo luchar por la novia sin tenerla a cuestas… – murmuró una voz detrás de Itachi.

Shisui contuvo una risotada cuando Itachi lo miró arqueando una ceja, como si no hubiera comprendido la gracia de todo aquello.

– Creo que así es como le enseñaron a trasladar el chakra. – explicó, más para el resto de su familia que para su amigo.

– Es la forma más… rápida. – respondió ella, tímidamente, asintiendo con la cabeza.

Cuando se dio cuenta, tenía la mirada de todos los Uchiha sobre ella. No habían podido escuchar demasiado su voz, y estaban claramente interesados… No en ella, sino en la naturaleza de su poder. Avergonzada, aprovechó la posición en la que estaba y escondió su cabeza en el hombro del chico, acto que sorprendió tanto a Itachi como a ella misma.

Aquello era un recuerdo. Era mucho más de lo que les había dado hasta ahora.

Itachi sintió como las uñas de la muchacha se afianzaban en su ropa. Comenzó a temblar ligeramente pero se incorporó un poco, con gesto decidido. El Uchiha la ayudó a pararse sobre sus pies, y la oyó explicarse.

– No recuerdo… nada más. Lo siento. – tartamudeó, tragando saliva como si estuviera digiriendo su propio miedo – Pero siento algo parecido a una memoria corporal. Fue… instintivo. – tomó aire, y se acarició las sienes – Y—Yo…

Recordar le estaba costando un enorme esfuerzo, y todos los que la estaban rodeando en ese momento lo notaron. Fugaku arqueó una ceja ante los buenos modales de la chica, algo que en nada se parecía a lo que le había escuchado hasta el momento. Una puntada particular la hizo doblarse del dolor, soltando un gemido de frustración. Caminó algunos pasos y ahogó en su garganta algunos sonidos de dolor. Algo de todo aquello a Itachi le resultaba familiar. Cuando se volvió a incorporar miró a sus alrededores como si en cualquier momento alguien fuera a saltarle encima.

– No puedo controlar esto, ¡no puedo! – la voz con la que habló tenía un tono mucho más frío que el tartamudeo anterior.

'Tienes que protegerla'. Otra vez el cambio. Esta vez, Itachi no iba a quedarse con la pregunta atragantada. La había escuchado hablar de sí misma en tercera persona y tenía que develar el misterio de por qué lo hacía.

– ¿Quién eres?

La Akagi le mostró una risa cínica que sabía que la otra no esbozaría jamás.

– No es mi nombre el que quieres saber.

Movió la mano con displicencia hacia Shisui, la persona que tenía más cerca, pidiéndole que se acerque como si llamara a un sirviente. Él, algo extrañado, obedeció. Itachi la miró por arduos segundos. Trataba de devanar misterios y allí aparecía la otra ella y creaba nuevos.

– Vas a tener que sostenerme. – murmuró la chica, mientras las rodillas comenzaban a fallarle y empezaba a ver puntos blancos por todos lados.

Shisui asintió obedientemente y apoyó una mano en la curvatura de su espalda, preparado para sostenerla cuando se desmayara. La chica, sin embargo, se aferró a los últimos segundos de conciencia que sabía que le quedaban.

– Cumpliste con lo que te pedí. La protegiste. – dijo, e Itachi supo que se refería a él aunque no lo mirara directamente, cosa que hizo a los pocos segundos, con gesto de burla – Gracias, Itachi-sama.

Rodó los ojos al agregar el honorífico, como si algo de aquello le sonara muy cómico, y acto seguido, cayó desmayada en brazos de Shisui, que casi la suelta al tomar contacto más cercano con su cuerpo.

– ¡E—Es verdad! El chakra…

Itachi no tenía tiempo para prestarle atención al descubrimiento de su amigo. Su mente estaba inundada hasta todos los rincones accesibles, y sentía la necesidad de desentrañar todos los interrogantes. La chica era un completo dolor de cabeza pero las preguntas seguían apareciéndosele en la conciencia.

– Va a ser mejor que expliques todo en la reunión, Itachi.

Siguiendo el comando de su padre, el Uchiha caminó dentro del edificio principal y en unos pocos minutos estuvo parado frente a una enorme mesa repleta de hombres y mujeres de edad adulta que lo miraban expectantes.

Explicó con calma y en tono monótono la forma en la que la chica le advirtió del ataque, que se refirió a sí misma en tercera persona, y la manera en la que le transmitió el flujo de chakra que emanaba.

La conversación, como había imaginado, se desvió rápidamente del tópico sobre la Akagi y pasó a ser acerca de cómo habían logrado burlar la seguridad de los Uchiha.

– ¿Dijiste que oíste una voz más, Itachi? – preguntó una anciana encorvada, mirándolo directamente a los ojos, ignorando las discusiones sobre los guardias de las murallas.

¡Al fin alguien que comenzaba a preocuparse por ello! La idea le estaba dando vueltas por la cabeza y no lograba quitársela. Había escuchado a un chico. Alguien de la misma edad que él y la pelirroja, o menos. Cuando iba a responder, el sonido de la puerta corrediza lo hizo detenerse.

Shisui entró en la habitación con gesto casi fúnebre. Fugaku Uchiha se acarició la frente, en un gesto de frustración. Eran demasiados problemas con los que tratar y Shisui no parecía venir con buenas noticias.

– Matchie está dor- Akagi-san duerme – dijo, haciendo uso del apodo que ya se estaba haciendo eco en la casa. Por lo visto el consejo ya sabía sobre él porque nadie preguntó a qué se refería antes de que reformulara y la llamara por su apellido – Pero el tipo… El tipo desapareció.

Los ojos onyx se clavaron en el relieve en forma de abanico que adornaba la sala de reuniones. El murmullo que se extendió a partir de las noticias de que el secuestrador no sólo había burlado la seguridad al entrar sino que también al salir, ya que se había podido escapar, no permitía concentrarse en una sola voz. Muchos insistían en que jamás tendrían que haber permitido traerla. Otros, no obstante, decían que esto era prueba suficiente de que tenían una joya y no debían perderla. Escuchó múltiples peroratas sobre 'la asesina de los Akagi', 'una bomba de tiempo', 'la que nos va a terminar matando a todos', 'una chiquilla sin importancia', y su favorito, 'el arma de los Uchiha'. Cada uno tenía opiniones distintas sobre la chica y a él lo tenían sin cuidado.

Itachi explicó una vez más los hechos a pedido de su padre y cuando terminó, fue excusado.


Una vez en su habitación, se permitió recapitular las cosas que sabía y las que no: la chica era una fuente de chakra, pertenecía al clan Akagi, por su poder era perseguida por otras aldeas, y parecía sufrir alguna especie de trauma cuando él no estaba presente. En el plano de las conjeturas, se encontraba lo que él suponía que era una segunda personalidad que había desarrollado la chica para protegerse. Aquello explicaba por qué le pidió que la protegiera, en tercera persona, y también por qué le dijo que no era su nombre el que quería saber.

Hizo una nota mental acerca de que, cuando la situación la estresó lo suficiente, la Akagi recordó cómo hacía para trasladar chakra a otra persona. Llegado el caso de que fuera necesario obtener más información sobre ella, sólo tenía que someterla a presión, cosa que no parecía difícil ya que una de sus primas la había alterado simplemente tocándole el cabello.

Se metió dentro de su futón casi sin hacer ruido. Chequeó el kunai y los shuriken que tenía ocultos en distintas zonas cercanas a él, por si recibía algún presunto ataque, y se soltó el cabello. Cerró los ojos para dormir pero frunció el ceño al notar una presencia más que se había deslizado dentro de la habitación casi sin ser percibido.

– Me dijeron que casi le da un ataque cuando quisiste irte de la habitación, cuando estabas de guardia.

– Hn. – respondió Itachi, y supuso que Shisui lo tomaría como un asentimiento.

Hubo unos segundos de silencio y el ANBU casi podía oír los engranajes mentales de su mejor amigo trabajando.

– ¿Le gustas o algo?

No iba a dignificar esa pregunta con una respuesta.

– Me pregunto… – continuó Shisui, e Itachi recordó por qué se llevaba tan bien con él. Shisui nunca cuestionaba sus silencios, ni pretendía respuestas para todas sus preguntas – … Me pregunto qué va a suceder cuando se despierte y vea que no estás ahí.

– No voy a estar con ella todo el tiempo.

Su amigo cambió de tema rápidamente.

– Ese poder… ¿Sentiste lo que era? Quiero decir… sé que lo sentiste. ¿No es… no es increíble?

Itachi asintió con la cabeza en la oscuridad. Jamás había sentido un flujo de chakra tan puro y constante, y jamás había terminado tan descansado luego de enfrentarse a cinco enemigos a la vez, que habían opuesto mucha resistencia. El poder que tenía la chica era sorprendente, sí, pero inestable. La había visto cortarse las muñecas gravemente por utilizarlo para zafarse de las sogas.

Su amigo volvió a cambiar de tema.

– Hay algo que no entiendo. ¿Por qué dijo que no podía controlar… algo? Antes de pedirme que la sostenga.

– Creo que tiene doble personalidad.

Su amigo se removió en su lugar, mirándolo con ojos saltones.

– ¡¿Qué?!

Itachi detestaba explicarse tanto. Casi estuvo a punto de espetarle que se retractaba de lo que había dicho sobre no querer estar con ella todo el tiempo, ya que casi comenzaba a extrañar la compañía de la Akagi, que por lo menos se mantenía calladita.

– Por momentos habla como dos personas completamente distintas.

El ANBU le explicó parte de su teoría, ahorrando detalles y remitiéndose puntualmente a los aspectos que le daban esa impresión.

–Tartamudea y tiembla, de golpe tiene un espasmo y se empieza a comportar como la reina del lugar. – dijo Shisui, resumiendo – Sí… Escuché que durante el consejo con el Hokage pasó algo así… Pero… ¡waw! ¡doble personalidad!

Itachi no entendía por qué su amigo hablaba con fascinación de esa condición que a él, francamente, le parecía absolutamente siniestra. De hecho no le gustaba en lo absoluto cuando la otra trataba a todos con tanta superioridad.

– Menuda novia, Itachi.

– Puedo ahorcarte con… al menos tres de los objetos que tengo a mano. Para empezar.

– Yo también te quiero.

Esbozó una sonrisa juguetona y abandonó el cuarto con el mismo silencio con el que había entrado, dejando solos a Itachi y a sus cavilaciones.

Había algo dentro de su propia teoría que no cerraba. Faltaba una pieza. Y sabía que la pieza estaba ahí… sólo tenía que encontrarla.


'Tienes que protegerla'

'No puedo controlar esto, ¡no puedo!'

'No es mi nombre el que quieres saber'

'Cumpliste con lo que te pedí. Gracias, Itachi-sama'