La Última Noche
II
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El rayo de sol que se filtró por la ventana repicó sobre sus párpados, despertándole al instante. Dirigió la vista al reloj colgado en la pared.
– Oh, por Dios, de nuevo tarde—susurró mientras se sentaba sobre el borde de la cama desperezándose. Luego tomó la bata levantadora dirigiéndose aun somnolienta hacia el cuarto de baño. Se detuvo por un instante para observar el reflejo de su rostro en el espejo y notó que su cabello había crecido
—Esto es inadmisible— pensó. Dejó caer la bata y se quitó la ropa de dormir. Ahora el espejo le devolvía la imagen completa de su cuerpo desnudo. Le fue imposible no fijar su atención en la figura que tenia ante sus ojos y concluyó que definitivamente no había cambiado. Esbozó una sonrisa coqueta cuando cayó en la cuenta de que su cuello aun conservaba la delgadez de un cisne y que a pesar de la miseria que le rodeaba seguía ostentando esa elegancia de cuna.
Esa mañana se miró como hacía tiempo no lo hacía, estudiando cada centímetro de su ser para detener sus manos a la altura del pecho. Acarició sus senos delicadamente, sintiendo con anticipación el dolor que le produciría aplastarlos con la maldita faja. Llevaba años soportando el mismo sufrimiento, pero para asumir el rol que al que estaba obligada era absolutamente necesario.
—Esto es lo que me recuerda que soy una mujer—Se dijo así misma con los ojos melancólicos. De súbito recordó que le quedaba poco tiempo y se duchó en segundos. Luego tomó su traje, se peinó perfectamente y abrió las cortinas de su habitación de par en par. La mañana soleada que iluminaba la ciudad de Múnich le brindó la energía que necesitaba para empezar el día, pero antes de salir de su pequeño departamento ubicado en el centro de la ciudad, disfrutó de una taza de té exquisito que no podía faltarle jamás. Por su mente se cruzaron las imágenes de su familia, recordando especialmente la sonrisa de su hermano. – Que buenos momentos—Dejó salir con nostalgia. Echó un vistazo al reloj mientras tomaba el último sorbo de su tasa, se aperó el abrigo y salió corriendo por los pasillos de la residencia.
—Hey, Iván—Gritó desde una escalera la mujer regordeta dueña de la propiedad — ¿A dónde vas con tanta prisa muchacho?, ¿Otra vez te quedaste dormido?
Tuvo que detenerse para contestar.
– Sí, me quedé dormido y llegaré tarde.
—Muchacho, ¡Es que duermes muy poco!—Le dijo la mujer acercándose presurosa – Cariño, llegas muy tarde todas las noches y no te duermes en seguida. Si he visto la luz en tu departamento encendida hasta el alba. Tienes que cuidarte, eres un chico muy guapo y esas ojeras no te lucen.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Vera ante el comentario de la mujer.
– Señora Spackman, le agradezco su preocupación, pero ahora debo irme.
— ¡Aguarda querido! — Replicó la mujer enérgicamente, mientras sacaba del bolsillo un sobre con estampillas – Aquí tienes, esto llegó ayer en la tarde. No te vi llegar, por eso preferí esperar hasta hoy.
Vera recibió el sobre en las manos analizando con la vista las estampillas que no logró reconocer.
—Es la Reina María Teresa de Austria—Dijo la señora Spackman con picardía - ¡Quiere decir, que es la carta que estábamos esperando!
—Es cierto - Repuso Vera impresionada. – Pero ahora no podré leerla, lo haré en cuanto regrese. Gracias señora Spackman — le dijo con rapidez mientras enfundaba la carta entre las carpetas que llevaba.
— ¡Hey, un momento! , ¿Te irás sin darme un beso? Ya hice mis deberes como secretaria, creo que me lo debes.
Levantando la vista al cielo le dejó el ansiado beso en la mejilla.
A unas veinte cuadras de la pensión, dos gemelas de siete años esperaban al profesor Iván Kuznetzov para dar la lección de la semana. Vera llegó agitada hasta el portón de la casona ingresando estrepitosamente en el salón.
—Dobroye utro, uchitel'(1) —Dijeron las niñas al unísono, poniéndose de pie como soldaditos.
—Khoroshiye studenty den (2) – Respondió maquinalmente dejando sobre el escritorio las carpetas. — Muy bien, hoy tomaremos el examen oral de ruso básico. Tendrán que utilizar el vocabulario que estudiamos en la última clase…
Vera Yusúpova había aprendido a ganarse la vida asumiendo con entereza la personalidad de Iván Kuznetzov. Había conseguido emplearse como profesor de ruso en las mañanas y desde el medio día hasta la media noche lavaba los platos en un importante club en el centro de Munich. Por aquellos días la situación financiera que atravesaba Alemania afectaba especialmente a quienes habitaban las grandes urbes, y el escaso dinero que obtenía por ambos empleos le alcanzaba apenas para pagar la renta y sobrevivir. Pese a sus evidentes problemas económicos, soñaba con regresar a su Rusia natal para buscar y encontrar a Liudmil.
Otro aspecto que no había cambiado en ella era su carácter austero. Sabía mantener la distancia con sus vecinos, no confiaba en nadie y tampoco tenía amigos. Aun así había logrado ganarse la simpatía de sus vecinas, las que no perdían oportunidad de abordarle con la intensión de ganar sus favores. Pero lo cierto es que a ella eso poco y nada le importaba. Incluso cuando salía a media noche de su trabajo pasaba de mirar lo que ocurría en las calles. Las prostitutas que cruzaban en su camino la miraban con desprecio, pues "El príncipe alado" —como le llamaban— jamás volteaba a mirarlas.
Llegaba a su humilde departamento casi siempre después de la media noche. Le costaba muchísimo conciliar el sueño, pues los recuerdos de su vida anterior no siempre eran agradables. Pero aquel día decidió abandonar la rutina. Tenía una razón muy importante para hacerlo.
Luego de atravesar sigilosamente el umbral de la puerta se sentó en la sillita que acompañaba el samovar carcomido por la polilla. Se sacó los zapatos y la faja que le oprimía el busto. Buscó entre sus carpetas la carta, y excitada despedazó el sobre y leyó:
Estimado señor Kusnetzov.
Mi nombre es WilhelmBackhaus, y he leído con atención la solicitud que nos envió.
Expongo en estas líneas mis más sinceros agradecimientos por la molestia, y de paso, le comunico que estoy interesado en contratar sus servicios como profesor de ruso.
Le envío junto a esta carta los boletos de tren para que se presente en mi residencia dentro de las siguientes tres semanas. Una vez estemos reunidos, le daré más detalles sobre sus honorarios que incluyen alimentación y estadía.
Por otra parte, tendrá la oportunidad de conocer al jovencito que será su alumno; él es un muchacho muy respetuoso, y modestia aparte, una promesa europea del piano.
Desde ya le reitero mis agradecimientos y lo estaremos esperando en Viena.
Con distinguido respeto…
—¡Oh, por Dios!—Exclamó saltando de la silla cual resorte — ¡Es la oportunidad que estaba esperando!
Con el dinero que obtenga podré viajar a Leningrado y buscar a mi hermano. Sé que no me será fácil, pero estoy segura de que lograré hallarlo. Tengo que decirle que jamás me olvidé de él, y que me perdone por no haber comprendido sus sentimientos—Apretó la carta contra su pecho y se dejó caer sobre la cama— ¡Leonid, si estuvieras conmigo! ¡Sino hubieras tomado esa terrible decisión!
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Un silencio incomodo reinó por algunos instantes en la habitación sesenta y seis del hospital de Helsinki. La jefe del servicio de enfermería conservó la calma al cuando notó lágrimas en los ojos de su paciente más difícil. Decidió no preguntarle nada al respecto.
—Entonces, ¿Qué sucedió después del recibir el disparo?—Preguntó con ávido interés.
— Me desperté aturdido—Respondió él, secándose las lagrimas.
El carruaje en el que íbamos se sacudía con el trote de los caballos. Junto a mi estaba sentado el General Von Sternberg y uno de los soldados que sostenía entre las manos una compresa
—No se altere—me dijo cuando quise levantarme de la improvisada cama.
—Ya estoy bien—Le contesté a secas.
Con una mirada le indico al soldado que nos dejara solos. - Muy bien, compañero—Me dijo encendiendo un puro — Es el momento de hablar con franqueza.
—Ya lo creo— contesté mirándolo directamente a los ojos.
—Se estará preguntando por que le salvé la vida -agregó con tranquilidad dejando salir el humo de su boca.
—Así es—Le respondí sin titubeos.
—Nunca estuve de acuerdo con los procedimientos de Grigori Semionov. Pero tampoco estoy de acuerdo con el proceder del General Kolchak. La única persona que tenia ideales honorables para Rusia era el difunto General Kornilov; por tal motivo es que usted y yo debemos retomar sus huellas.
—Permítame que dude de sus palabras, general—Le dije con aspereza—Pero usted era el hombre de confianza de Semionov cuyo proceder es diametralmente opuesto a del General Kornilov.
— Mi alianza con ese ignorante fue por mero interés—Agregó enérgicamente arrojando el puro encendido por la ventanilla. — En aquel momento no podía establecerme solo. Primero, era necesario reunir a un grupo importante de seguidores para poder alzarme en contra de su tiranía. Pero todos mis planes cambiaron cuando usted se enlistó entre nosotros. Fue entonces cuando decidí aguardar el momento más oportuno.
Me quedé mirándolo intrigado.
—Yo sé quién es usted, lo he sabido siempre—agregó clavándome los ojos. — No tiene por qué dudar de mis intenciones, yo jamás lo delataré, marqués Yusúpov.
Cuando lo escuché pronunciar mi verdadero nombre me turbé; ¡Cómo era posible! Pensé cayendo preso del miedo. Sin embargo, mantuve la calma ante su mirada escrutadora y solo atine a preguntar:
—¿Quién le informó mi verdadera identidad?
—Su rostro es inconfundible—Me respondió. — Usted era uno de los oficiales de confianza del Zar Nikolai II, y además, el objeto de odio de muchos nobles en la corte. Quizá no me recuerde porque mi lugar no estaba en los pasillos del Palacio de Invierno, sino en el ejército. Seguramente habrá obtenido informes sobre mí cuando ocupaba el cargo de Yesaul (5) durante el movimiento de tropas en 1917.
—No lo recuerdo — Respondí confundido — Pero, ¿Qué es lo que se propone?
— La cosa no es tan sencilla, marqués. Lo único que busco es que lamonarquía vuelva a ser el sistema político en nuestro país. Estoy plenamente convencido de que es de la única forma en la que podremos salvar lacivilización occidentalde la corrupción y la autodestrucción. Solo re estableciendo la figura dominante del Zar lograremos vencer a los bolcheviques. Incluso venceremos a todo aquel que se atreva a cuestionar su autoridad soberana.
— ¡¿Pero, como pretende vencerlos?! — Le pregunté alarmado.
—Con su inteligencia—Me respondió. — Usted saber mentir muy bien, Yusúpov. ¡Mírese! si fue capaz de escaparse en las narices de esos bastardos, imagine todo lo que podríamos lograr juntos.
Me quedé hipnotizado por la forma en que se expresaba, poseía la pasión de un militar verdadero.
—Ya tengo la cantidad suficiente e hombres para tomar Petrogrado — agregó — Solo hace falta entrenarlos. Tenemos que organizar una estrategia militar que nos lleve a la victoria. Necesitamos toda su sagacidad para emprender esta campaña. ¡Lo necesitamos entre nosotros, Yusúpov! —Enfatizó a voz en trueno
En aquel momento sentí que mi fuerza regresaba avasallante. Las palabras del General revivieron mis esperanzas. Debo confesar que no estaba del todo convencido, pero era la primera vez desde la muerte de Kornilov que me sentí parte de una causa, y entonces le estreché la mano emocionado.
— Cuente conmigo, General — Reconozco que me encegueció la desesperación.
Varios días después llegamos a Mongolia. Este era el territorio dominado por el General en donde había logrado reunir a un ejército de más de cuatro mil hombres. Él me encomendó como primera medida entrenarlos para que se convirtieran en un ejército letal. Por otra parte, me había expresado su admiración en repetidas oportunidades por lo que se me nombró como consejero máximo en asuntos militares. Asumí con gusto esa responsabilidad.
Por aquellos días sucedió que el ejército chino quiso invadirnos, pero Von Sternberg logró expulsarlos y hacerse con el poder absoluto. Fue entonces cuando se nos comunicó a todos los oficiales organizar una operación militar en la población para capturar a todos los civiles que estuviesen escondiendo rebeldes orientales, o que tuvieran algún tipo de relación con los bolcheviques. Aquella orden me tomó de sorpresa, y por ello solicité una reunión privada.
— ¿Qué lo trae por mi despacho, General Katrov? — Me saludó haciendo una reverencia en frente de los comandantes que estaban con él.
—Quisiera intercambiar algunas palabras, Von Sternberg —Le dije con aspereza.
Entrecerró los ojos cuestionándose en secreto el tono de mi pregunta.
—Déjennos solos—Ordenó a sus subordinados, los que obedecieron en seguida, y se sentó en el sillón del despacho—Tome asiento, mi querido Yusúpov.
—Prefiero mantenerme de pie, Fiódorovich— Le respondí.
El me miró desconcertado.
– Puedo percibir molestia en tu visita, ¿Acaso sucedió algo en el campo de entrenamiento?
—El campo no presenta novedades—respondí de inmediato—Solo he venido a preguntarte ¡¿Por qué ordenaste un ataque en contra de los civiles?!
El se puso de pie y me respondió con aplomo.
—Para restaurar el honor de nuestro país es necesario desaparecer a todos los traidores y mercenarios. Parece que no te has dado cuenta que en la población se han alzado alborotadores. Eso es algo que no podemos permitir, Leonid.
Endurecí el rostro y me senté frente a él. Lo miré directamente a los ojos.
- Estuve de acuerdo con la expulsión de los ciudadanos chinos, pero atacar a los civiles no tiene sentido. No nos servirá de nada. Si no desistes de esa orden, esparciremos aquí la misma de semilla de odio que brotó en Petrogrado.
Pero lejos de entender mis razones, Von Sternberg se encolerizó. Sus ojos se encendieron y se clavaron en los míos.
— No te salvé el pellejo para que cuestiones mis decisiones. Tú eres uno de mis Generales y como tal debes obedecerme.
— ¿Acaso esto es un ajuste de cuentas? — Le pregunté con ironía.
—Tómalo como quieras—Me respondió poniéndose de pie, indignado – La orden ya fue dada.
Me quedé petrificado y no lo detuve cuando abandonó el despacho, dejándome solo, con un nudo en la garganta.
Entonces comprendí que yo solo era una pieza de su rompecabezas y que me había estado usando para saciar su sed de poder. Comprendí, que "mi salvador" quería alzarse como un dictador cruel y despiadado. Él mismo quería ser el nuevo Zar, y debe saber que no hubo y no habrá otro señor para mí que no sea el Zar legítimo. Pero en ese momento ¿Qué podía hacer yo? Él sabía que mi destino estaba en sus manos.
Esa noche regresé a mis aposentos embravecido. Estaba airado conmigo mismo por no haber identificado sus planes desde el principio. Me ahogué en alcohol, y en aquel deprimente estado, recordé su tristeza y la maldije…
Pasaron varias semanas desde mi reunión con él, cuando se me informó que los hombres a mi cargo habían sido asignados a otro regimiento. Sospechaba que lo peor estaba por venir, y no estaba equivocado.
Salí de las barracas y noté que habían iniciado la instalación de un campo de prisioneros. Vi llegar a mis hombres arrastrando a familias enteras por el barro, arrojándolos como animales al dichoso campo ordenado por el General en jefe.
Me mordí los labios por la ira que me provocó pensar en las infamias que se estaban cometiendo en nombre de Zar. Definitivamente tenía que hacer algo. Yo tenía que impedir que ese maldito ambicioso se saliera con la suya, y no tuve mejor idea que infiltrarme en la patrulla que salía esa tarde para el control de la población.
—¡Soldados!—Gritó el Yesaul a cargo – Hoy iremos a la región de Huree (4). Tenemos información de que dos familias de campesinos ocultan soldados chinos en sus granjas. La orden del General es capturar vivos o muertos a todos los traidores.
Mientras el Yesaul hablaba, alcancé a ver desde mí puesto a Román Fiódorovich descendiendo de un carruaje ataviado con un Deel mongol (5). En el hombro izquierdo llevaba la insignia que lo identificaba como General en jefe.
La sangre me hirvió de nuevo cuando vi junto a él a dos militares extranjeros. Me visualicé hundiendo mi espada con firmeza en su pecho. Pero no perdí el control de mis emociones, pues era consciente de que no podría atacarlo yo solo. Entonces partí con el regimiento, con la viva intención de escapar.
Media hora después llegamos al poblado en donde solo se observaban construcciones consumidas por las llamas. El olor a muerte envolvía todo el lugar convirtiendo el paisaje en un verdadero infierno. De repente se nos ordenó avanzar hasta la campiña e ir en busca de las familias acusadas de traición. Avanzamos al galope por en medio de la ruinas hasta que llegamos al campo. Estando ahí se dividió la patrulla en dos grupos.
Cuando nos acercábamos a la entrada una cabaña, un hombre salió corriendo llevando consigo una escopeta.
—¡Sabemos que están adentro traidores de Rusia! ¡Salgan con las manos el alto!—Gritó el Yesaul, pero de la cabaña no salió nadie, ni se escuchó respuesta alguna.
Mi corazón se agitó cuando con un gesto nos ordenaron irrumpir en la propiedad.
Uno de los soldados abrió la puerta de un puntapié dejando expuesto ante mis ojos al hombre que nos apuntaba con su escopeta, y en esa posición, sin darle tiempo de rendirse, los soldados que estaban junto a mí le dispararon repetidas veces. En cuestión de segundos el cuerpo del hombre se desplomó ante la mirada expectante de esposa y de sus hijos. El Yesaul extasiado por la matanza, le propinó a cada uno de ellos un disparo en la frente.
No entendí que fue lo que me sucedió en aquel momento. Todo había ocurrido ante mis ojos y no había hecho nada, era como si mis pies estuvieran atados al piso. Salí de mi estupor cuando escuché gritar
—¡Quemen todo!
Pensé que esa era la oportunidad ideal para evadirme, por eso me aproveché la agitación y me escondí en un compartimiento contiguo a la cabaña. Ya estaba fuera de la vista de los soldados, cuando escuché que alguien se arrastraba cerca de mí. Agucé el oído y me asomé por una rendija, y fue entonces cuando la vi.
Eran los pasos de una jovencita que se acercaba a la escena de la matanza con el rostro desencajado. Se puso de rodillas frente a los cuerpos inertes y dejó salir un grito desgarrador. Yo seguía observando, y los soldados aun no se habían ido, entonces motivado por un impulso que me sería imposible describir, me puse de pie y corrí hasta donde ella estaba. Le tapé la boca y la arrastré hasta que logré sacarla del fuego. Cuando estuvimos a salvo detrás de una colina cerca del incendio le dije que no le haría daño.
Ella me miró con los ojos bien abiertos. Eran tan expresivos ¿Acaso era una visión? Pensé.
— ¿Tú…Eres tú?—Le pregunté emocionado, pero ella no me respondió.
— No, no es ella — me dije.
Dejé de lado mi impresión, al escuchar los gritos de victoria de los soldados que parecían bailar arriba de sus bestias, como demonios danzantes sobre las llamas. No tuve más opción, y me quedé observándolos desde mi escondite hasta que se retiraron.
— ¡La jovencita! ¿Qué sucedió con ella? — Interrumpió la enferma el relato alarmada.
Leonid tomó una bocanada de aire y continúo:
Esperé la obscuridad de la noche para salir del escondite. Llevé a la joven en brazos por un desolado camino hasta que llegamos a otra cabaña. Por el desorden, deduje que los soldados también habían estado ahí. Coloqué a la joven en el suelo y rápidamente recogí agua del pozo. Luego corrí hasta las caballerizas, - Los muy estúpidos habían dejado a los animales- de modo que tomé a uno de los caballos. Luego, al galope, nos internamos en el bosque.
Aquella noche luego de que la muchacha durmiera un par de horas, se despertó sollozando. Le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Katia, aunque su mirada era desconfiada. Yo preferí no decirle más, pues no podía siquiera mirarla de nuevo a los ojos. Me perturbaba que fuera tan idéntica a ella.
Un rato más tarde des pues de nuestro pequeño intercambio de palabras nos sentamos frente al fuego. La muchacha temblaba y de repente se echó a llorar desconsoladamente. Me acerqué y la abracé por instinto, acariciándole los cabellos. La consolé en silencio hasta que finalmente se quedó dormida.
Recorrimos por semanas el largo camino que de Mongolia conduce a Vladivostok. Katiuska parecía sentirse segura a mi lado. Nunca me habló más de lo necesario y yo tampoco le insistí. Hacíamos todo en silencio. Cuando acampábamos cerca de la rivera del rio Udá (6) escuchamos el trote de unos caballos. Rápidamente apagamos la fogata y nos escondimos detrás de unos arbustos. Desde ahí, logramos divisar a un regimiento del General armado hasta los dientes.
— Tengo que sacarla de aquí, ese demente ya debe estar buscándome- me dije preocupado- No puedo permitir que nos encuentre. Y tomé la decisión de separarme de Katiuska.
Nos desplazamos con cautela hasta que llegamos al camino que conducía a la estación de tren. Me detuve a mitad de camino y le dije:
– Ha llegado el momento de separarnos.
Ella volvió sus ojos hacia mí, me miró con dulzura y asintió.
Busqué entre mi ropa uno de los anillos que había conservado y se lo entregué en las manos.
– Esto te servirá para comprar un boleto y sobrevivir un tiempo. Tienes que alejarte cuando antes. Comprende que no debes seguir a mi lado, porque es mí a quien el General busca.
Descendí del caballo y le ofrecí mi mano. Cuando estuvimos en pie, uno en frente del otro, se abalanzó sobre mí y me abrazó con fuerza. Luego se puso en puntas de pie, me acarició el rostro y posó sus labios sobre los míos.
— Spasibo, moy spasitel' printsa (7) — dijo. Aquel momento, y su rostro alejándose jamás podré olvidarlo.
Retomé la marcha con algo de tristeza, pues Katiuska a pesar de ser una jovencita, había logrado despertar en mí, sentimientos que había erradicado de mi vida. Nuevamente vinieron a mí memoria los recuerdos de la mujer que amo y entendí que era el momento de buscarla.
Emprendí la marcha sin detenerme, pero noté que dos hombres me seguían a caballo. Agité el paso, pero ellos hicieron lo mismo. Miré hacia atrás y fue cuando empezaron a dispararme. Mi caballo se asustó y me arrojó al suelo dándoles la oportunidad de alcanzarme. Cuando estuvieron sobre mí, me golpearon y me llevaron a un lugar desconocido con los ojos vendados.
— Cof cof cof — Un fuerte espasmo le cortó el habla.
— Respire — dijo la enfermera poniéndose de pie — Le serviré un poco de agua.
— ¿Por qué lo hace? — preguntó Leonid retomando el aire.
– Porque es mi deber - respondió la enfermera, quien le entregó en las manos el vaso.
— No es necesario — repuso el paciente clavándole sus ojos cual serpiente.
— ¿Por qué le interesa saber? ¿Por qué se interesa en mí?
— Créame que no es por simpatía — dijo ella mientras ponía sobre el cabezal de la camilla una bolsa de suero — Pero usted se ha convertido en una persona especial. El progreso de la medicina es extraordinario en usted. Es por eso me interesa conocer al detalle toda su historia, necesito encontrar la raíz de su enfermedad.
— Usted está loca — dijo mirándola con desconfianza. — Ya entiendo, usted intenta engañarme para entregarme a los rojos. Que es lo que espera, ¿Por qué no lo hace de una vez? Ya le confesé quien soy en realidad, no tiene por qué seguir disimulando.
— No estoy interesada en que lo maten marqués Yusúpov — respondió ella con firmeza, frunciendo el entrecejo ofendida — Puede estar seguro que no le diré a nadie su secreto. Solo necesito que permanezca en este hospital.
Leonid guardó silencio y no apartó su mirada de ella.
— ¿Quién la envió? – preguntó.
— Nadie.
— Pero usted… ese acento. ¿Usted es alemana?
– Sí, pero eso no tiene importancia. Entienda que he buscando a una persona con sus características durante mucho tiempo. Si usted no me ayuda, nos será imposible salvar millones de vidas.
Ese brillo en sus ojos. El ímpetu de sus palabras. Esa intensidad. ¿Por qué me inquieta?, ¿Qué es lo que tiene esta mujer?
— ¿Por qué dice eso?, ¿Qué quiere decir con "salvar millones de vidas"?
La enfermera lo miró con angustia.
— ¿Qué es lo que me sucede? – Preguntó alarmado.
La mujer apretó los labios, lo tomó de la mano y le respondió.
– Usted padece de tuberculosis. Ha permanecido en esta institución desde el día que lo encontré desmayado en un callejón. Ese día usted ardía en fiebre y su ropa estaba bañada en sangre. Lo primero que pensé era que estaba herido, pero después haberle practicado los estudios de rigor fue que descubrí su enfermedad.
Leonid abrió los ojos de par en par conmocionado por la noticia.
– Tuberculosis…— Balbuceó incrédulo.
— Por eso es necesario que permanezca en este hospital — Agregó la enfermera tomándole de las manos con vehemencia.
¿Qué me sucede? ¿Qué es esta sensación tan extraña? ¿Por qué este hombre…?
— ¿Quiere decir que tarde o temprano moriré? — Preguntó él mirándola angustiado, sacándola de sus pensamientos.
— No lo dejaré morir — Exclamó. – Se que no morirá, el tratamiento esta funcionado mejor de lo esperado. Es casi imposible de creer, pero ningún paciente ha reaccionado favorablemente en tan poco tiempo. Es por eso que debe ayudarme, créame que con este descubrimiento lograremos encontrar un tratamiento más afectivo para ayudar a quienes padecen esa terrible enfermedad.
— Pero usted… no entiendo, las enfermeras no hacen ese tipo de trabajo. ¡Usted me está engatusando!
— Es cierto, este no es el trabajo habitual para una enfermera- Dijo con tristeza retomando su lugar junto a la camilla — Pero no lo engatuso. Todo lo que le dije, es la verdad.
Leonid permaneció en silencio.
Todo esto de la tuberculosis no puede ser; esta enfermera no es más que es gran mentirosa. Nada de lo que me diga logrará que modifique mis planes. Sin embargo, es gracias a ella que aun estoy vivo. De haber permanecido por más tiempo en las calles…
— ¿Me contará el resto de su historia?— Preguntó con los ojos iluminados.
Él volviendo de sus pensamientos se soltó de sus manos y continuó con el relato.
Los hombres que me capturaron me condujeron encadenado por horas. Me llevaron a una celda en la cual hacía mucho frío y no había luz. Yo sabía que iban asesinarme, teniendo en cuenta que Von Sternberg seguramente se los habría ordenado.
Minutos después, escuché en medio de la penumbra una voz conocida.
— Es una verdadera lástima que encontremos en estas circunstancias…
Se me heló la sangré cuando apareció ante mí el rostro del General escasamente iluminado.
—Finalmente me atrapó— dije esbozando una falsa sonrisa.
— ¿Acaso pensaste que podrías abandonarme así nada más?
—Digamos que decidí hacer las cosas a mi manera—respondí con sarcasmo.
— Usted es un malagradecido—Dijo el general encolerizado, quien preso de la ira me tomó por el cuello de mi abrigo.
—¡Que es lo que no puedes entender! — grité – Eres peor que los rojos. Vas arrasando pueblos enteros. Tus hombres abusan y asesinan familias, como si de eso se tratara todo. ¿Acaso tú crees que con eso lograrás obtener el control de Rusia? ¿Acaso crees que los rusos te perdonaran la alianza con otros países, que solo pretender invadir nuestras tierras?
—Eso a ti no te interesa—Dijo enfurecido, soltándome con violencia. — He venido antes de ordenar tu ejecución. Es tanto mi aprecio, que he decidido darte una última oportunidad. Quiero que me digas en donde está el tesoro.
—¿Qué tesoro?
—No te hagas el estúpido, Yusúpov. Yo sé que el tú eras el hombre de confianza del Zar y por eso sé que tú conoces el paradero del tesoro Romanov, por eso Nikolai te encomendó retener a esa chica… la alemana.
Solté una carcajada, pero en mi fuero interno los nervios me invadían.
— ¿Así que eso es lo que quieres Román Fiódorovich?—dije, altivo. - ¡Prefiero morir antes de pronunciar una silaba!
—¡¿Ahora tienes la desfachatez de burlarte de mí?!—Gritó el general fuera de sí, ejerciendo más fuerza sobre el cuello de mi camisa.
—Jamás te diré nada—respondí — Puedes hacer conmigo lo que quieras.
El rostro del General denotaba la ira que lo poseía, me miró con odio antes de abandonar la mazmorra.
Al cabo de algunas horas, escuché unos pasos que se acercaban a mi celda, estos no se asemejaban al firme taconeo de las botas militares, sino al suave caminar de una mujer. Nuevamente una luz apareció en medio de la oscuridad delante de los barrotes. Como una ilusión, apareció ante mí una mano delgada que se introdujo en la celda. La misteriosa mano, me dejó en el suelo una alforja con agua y un trozo de pan duro.
—¡Espera!—Grité cuando vi que la luz se levantaba. Nuevamente la mano se introdujo y me extendió un bultito de tela sucia. Cuando lo tomé entre mis manos la luz desapareció. Aquella mujer me entregó envuelto en un trapo lima de hierro, herramienta suficiente para escapar.
Al día siguiente el General regresó y me hizo la misma pregunta sobre el tesoro. Pero soporté guardando silencio sepulcral todos sus interrogatorios. El sabía muy bien que no le sería fácil sacar algo de mí, por eso, ordenó que se me torturara sistemáticamente hasta que mi cuerpo no aguantara más. A veces eran golpizas; otros días latigazos, y descargas eléctricas. Debe saber que nada de eso me afectaba.
Lograba evadir el dolor físico, recordando los escasos momentos en los que había sido feliz.
Mi padre… él era un hombre silencioso y correcto en todos los sentidos. Delante de mi madre se comportaba como si estuviese en la presencia del zar, pero jamás se mostró cariñoso. Con todo, él fue un padre excelente. Cuando cabalgábamos en las inmediaciones del palacio de invierno, o cuando nos íbamos de campamento en verano cerca del lago Baikal, él me enseñaba lo que era el honor, el compromiso y la entrega.
Tenía catorce años cuando mi madre dio a luz al último de mis hermanos. Después ella enfermó, y ha de saber que no hubo médico en Rusia capaz de hallar una cura para su mal. Falleció en pocos meses. Para nosotros su muerte fue un golpe terrible, sobre todo para mi hermana, quien tuvo que hacer las veces de madre. Después de un tiempo, mi padre decidió aceptar el cargo que el Zar le asignó en Moscú. Pienso que lo que él quería era escapar de nosotros, sobre todo de Liudmil, que era la viva imagen de mi madre. Sufrí mucho cuando él nos dejó, pero entendí que a partir de ese momento mis hermanos eran mi mayor y más grande responsabilidad. Me juré, que mientras estuviese vivo, nada ni nadie les haría daño. Mi padre nunca dejó de comunicarse con nosotros, pero jamás lo volví a ver hasta el día que se ordenó mi matrimonio.
Yo no estaba muy entusiasmado con la idea de casarme, de hecho, jamás había tenido contacto estrecho con alguna mujer a excepción de mi hermana. Todo aquello me parecía una pérdida de tiempo, pero entendía que ese compromiso era necesario. El propio Zar me lo había solicitado como un favor personal.
Después de que se anunció mi compromiso en el palacio, mi padre que había estado presente, se acercó a mí y me abrazó en público por primera vez. Luego me hizo un gesto indicándome la salida, por lo que tuve que abandonar a mi prometida y a los invitados que nos saludaban. Cuando estuve en el jardín fue que me encontré con él a solas y me dijo:
— Hijo mío, me siento tan orgulloso. Hoy has renovado tu compromiso con la patria y con tu señor el Zar. Nunca olvides que esa ha sido la mayor y más grande responsabilidad de la familia Yusúpov desde su origen. Hoy te has comportado como un verdadero hombre, aceptando el compromiso con esa hermosa dama. Te conozco, y sé que la idea no te entusiasma; pero no debes preocuparte por esos detalles, yo sé que con el tiempo te vas a enamorar.
– Padre — dije con firmeza — Para mí no hay mayor honor que seguir la tradición de la familia. Pero… el mayor de mis compromisos, lo asumí desde el día que tú nos dejaste.
– ¿Tienes algo que reprocharme, Leonid? — Preguntó con esa tranquilidad que me sacaba de quicio, a lo que no respondí, sólo me quedé observándolo detenidamente para que él mismo se diera una respuesta.
Su expresión tranquila cambio por completo, ahora estaba irritado.
– ¡¿Tienes que mirarme así?, ¡Con esa maldita mirada de hielo…! ¡Dime que hubieras hecho tú en mi lugar! … tu madre me abandonó, ¡Se llevó a la tumba todas mis ganas de vivir! – Bajó el rostro, su respiración agitada, la voz se le quebró —Tu madre, a quien amé con locura, sólo me dejo tres hijos para restregarme en la cara que hasta su último día fue una mujer infeliz, que jamás conoció el amor. Ella supo reprochármelo toda la vida clavándome esa mirada que ahora tú tienes, con esos ojos que me apuñalaban cada vez que la tocaba ¡¿Qué más quieres de mi, Leonid?!
– Debe ser que el amor no se obliga — dije, sintiendo el corazón oprimido.
– ¡Pero tú eres un Yusúpov! — dijo él retomando su voz autoritaria — ¡Tu naciste sin derecho a escoger!
–Tienes razón padre, ¡Yo soy un Yusúpov!
Esa fue la primera y la última vez que hablamos sobre mi madre. Un par de meses después se cumplió la voluntad del Zar. Me casé como todos los nobles, y la celebración se prolongó durante varios días.
– ¿Entonces… usted es un hombre casado? — Preguntó la enfermera interrumpiendo el relato, pero no exaltada como la primera vez, sino confundida.
–Fui un hombre casado— respondió —El mismo Zar que ordenó ese absurdo matrimonio, aprobó sin titubeos el divorcio que solicitó Adel. Yo nunca me propuse ser su marido y creo que nunca lo fui. Aunque ella bien sabe que a mi manera, la quise. Debo decirle que había otra mujer a mi lado cuando me enteré del asesinado a mi padre. Me sentía muy atraído por ella, a pesar de ser un hombre casado, de todas formas, había hecho un gran esfuerzo por mantener a raya mis deseos, logrando reprimir mis sentimientos hasta ese día. Quién sino yo, conocía el sufrimiento que mi padre había padecido en vida por una mujer. Por eso tenía miedo de sentir el mismo dolor en carne propia. Usted entiende, hablo del amor, eso de lo que siempre huí. Aquel sentimiento, se había apoderado de mí sin darme cuenta, y por primera vez, entregué mi alma en un beso apasionado, que no le di jamás a otra, sino solo a ella…
– ¿A quién se refiere?
– No es algo que le importe — Respondió él mirando a la enfermera con desprecio. Una alemana con tú, pensó.
La enfermera suspiró dominando su deseo corresponder con el mismo enojó, pero prefirió volver al relato, que en definitiva era lo único que le interesaba.
– ¿Quiere que le diga cómo me escapé? — Le preguntó él, eludiendo el tema romántico.
–Por favor—Respondió ella retomando el interés.
Estudié durante semanas todos los caminos que conducían al patíbulo del recinto y la rutina de los hombres que me vigilaban. Von Sternberg dejó de interrogarme después de que resistí cinco reuniones con él. Supuse que había dejado Vladivostok, porque le encargó a su hombre de confianza la vigilancia de mi celda y los interrogatorios sub siguientes. Me sentía muy débil, pero cuando tenía oportunidad utilizaba la lima para debilitar los barrotes.
Creo que habían pasado más de ciento veinte días cuando trajeron otro hombre al calabozo. A este le asignaron una celda contigua a la mía. Yo no le vi el rostro cuando llegó por la tremenda obscuridad, pero si escuché sus gemidos durante horas. Al día siguiente, cuando me sacaron de la celda, alcancé a ver que se trataba de un hombre de mediana edad. Su cabello era obscuro y tenía bigotes.
– ¡No te rindas Camarada! — Me gritó cuando pasamos delante de él.
Me regresaron a las tinieblas casi arrastrando después de que los guardias me aplicaran el acostumbrado castigo. Por primera vez dejé salir mis lágrimas, pues durante la tortura, me habían informado que ya estaban tras la pista de mi hermana.
– No te doblegues ahora — dijo el hombre en susurros al verme llegar – Ellos utilizaran cualquier artimaña para hacerte cantar. No dejes que se salgan con la suya. Acércate a los barrotes.
Obedecí.
– Toma. Esto te lo envían de afuera — dijo mientras me entregaba en la mano un pedazo de pan y una cuerda – Mañana regresará Von Sternberg, es por eso debes huir esta misma noche.
- ¿Tú que sabes? — Le pregunté conmocionado.
– ¡Haz lo que te digo! – Me reprendió.
– ¡¿Qué pasa?! — gritó desde el fondo del pasillo uno de los guardias a toda voz acercándose hasta las celdas. Iluminó con su lámpara primero la celda del hombre y la revisó con la vista. Luego hizo lo mismo con la mía.
De súbito, el hombre encerrado sacó las manos por en medio de los barrotes y tomó por el cuello del gabán al guardia quien dejó caer su lámpara. Éste intentaba soltarse, pero el preso era más fuerte y alcanzó su garganta, asfixiándolo. En el forcejeo apoyó los brazos sobre los barrotes de mi celda y uno de ellos cedió. Entonces, tomé la cuerda y la lima, y empujé con toda mi fuerza hasta que logré salir de mi encierro.
Entre tanto, el guardia y el preso continuaban enfrascados en su lucha, el preso logró arrojar al suelo el arma con que el guardia intentó dispararle dándole una patada. Pero no pudo evitar que alcanzara un cuchillo que también llevaba al cinto, y que le apuñalara repetidamente con él. El prisionero le soltó y yo aproveché el momento para abalanzarme sobre el guardia y fracturarle el cuello de un rápido movimiento. Tomé las llaves que llevaba en el cinturón y abrí la celda del prisionero. Quise levantarlo, pero él me dijo con la voz entrecortada:
– ¡Vete, vete ya!... Pero antes lleva esto contigo, te hará falta – dijo entregándome un pequeño estuche de cuero que sacó con dificultad de la suela suelta de su bota.
–Gracias — le susurré en la obscuridad, sintiendo como la sangre de mí salvador me empapaba las manos.
Cuando el hombre expiró, me vestí con la ropa del guardia, tomé su arma, y oculté mis prendas bajo el abrigo. En seguida me dirigí con apuro a la puerta ubicada al final del pasillo, que daba a una salita contigua en donde un grupo de vigilantes jugaba a las cartas. Uno de ellos, me vio llegar y me preguntó de un grito:
– ¿Cómo están los difuntos?
–Bien—Contesté a secas, desde lejos y con la cabeza gacha.
–Ve a limpiar el despacho de mi general y prepara su escopeta para mañana — ordenó otro guardia que lustraba sus botas.
Yo asentí con la cabeza y con lámpara en mano me dirigí al improvisado despacho. Una vez allí, busqué salir por una ventana. Luego corrí hasta una alambrada y con la lima abrí un agujero en el medio. Después me coloqué mi ropa y a toda prisa me alejé de lo que parecía una prisión clandestina, que data de la época de Iván el terrible. Llegué a la estación de tren y en ella se había formado una larga fila de hombres de aspecto deplorable. Uno de los guardias me tomó por la espalda y le gritó al que controlaba la fila:
– ¡Aquí queda otra sabandija!— Me empujaron hasta el vagón sin revisarme.
Cuando metí mis manos en los bolsillos, me encontré con la identificación de mi salvador. El hombre que había dado su vida en la mazmorra era nada más y nada menos que un miembro del partido bolchevique… un tal, Fiodor Zubovski.
-Ya veo, así fue como usted llegó a Finlandia, y de ahí su nombre – Dijo la enfermera quien había hilvanado los hechos que su paciente le había contado después de una terrible crisis febril.
El marqués asintió, mirándola directamente a los ojos.
Son muchas las peripecias que ha tenido que vivir. Supongo que habrá contraído la enfermedad en circunstancias muy difíciles – pensó la enfermera, contemplando con admiración a su paciente - Pero, si llegó hasta aquí… él no debería rendirse.
– ¡Usted tiene que seguir adelante y luchar! —Exclamó con fervor – Si no lo hace por usted, hágalo por esa mujer a la que ama. Por favor, deme la oportunidad de salvarlo.
Sus palabras impetuosas, pronunciadas con ardor habían surtido un efecto en el fugitivo, quién no pudo apartar la atención del rostro de la enfermera, el cual se había iluminado de repente. A él le pareció que ella era sincera, y que además, no estaba lejos de lo que había estado pensando respecto de su vida.
¿Por qué no se daba la oportunidad que tanto había anhelado? Todavía amaba a Julius con la misma intensidad de aquella época en la que tuvo que fingir su muerte. ¿Qué le impedía entonces buscarla y darse una nueva oportunidad?
Su mirada de pronto se ensombreció, cuando recordó el día que tomó una de las decisiones más importantes de su vida.
La noche del 29 de agosto de 1917, Leonid ingresó en su despacho con el rostro desencajado. El día anterior, Aleksandr Kérenski había descubierto su plan golpista, el cual había llevado a cabo con la ayuda de general Kornilov.
El por entonces jefe de gobierno del estado provisional, había logrando desbaratar su complot cuyo objetivo principal era frenar el avance de este inescrupuloso político y también, se buscaba eliminar de la escena a los bolcheviques.
Pero todo había sido un rotundo fracaso, él ya no podría proteger a Julius ni a su familia del peligro, y sencillamente lo había perdido todo. Era evidente que se encontraba en una posición desventajosa y porque no decir, desesperada.
Pensó en el suicidio como la solución más fácil, pero ¿cómo podría escapar de la situación, dejando a su señor cuando más le necesitaba? Ya había arriesgado el futuro de su nación por una mujer cuando no ejecutó la orden del zar meses atrás. ¡La traición! Ese acto despreciable. ¿Cómo no sentirse un Judas cuando te han dado semejante orden y te niegas a cumplirla? ¿Y después de eso? ¿Abandonaría a su soberano a su suerte?
Todas estas interrogantes eclipsaban la conciencia del marqués, cuando encerrado en su despacho derramaba lágrimas empuñando un revólver.
— Disculpe que le interrumpa, señor — Dijo el mayordomo del palacio Moika al ingresar en sus aposentos – La señorita Vera ya salió en compañía de la señorita Julius y el teniente Rostovski. Han seguido sus instrucciones al pie de la letra.
Leonid apartó el antebrazo que le cubría los ojos y miró a su mayordomo lleno de tristeza y desesperanza.
– Ha sido lo mejor para ellas. Cuanto más rápido abandonen Petrogrado, serán mayores las garantías que tendrán para atravesar la frontera sin dificultades. – Se limpió la lágrimas y se sentó en el sofá — Serguéi, ¿te preguntó algo inusual?
—No lo creo mi señor. – Respondió el sirviente – El teniente estuvo aquí esperando a que usted le atendiera, mientras conversaba con la señorita Vera. Lo noté perturbado. Como le dije que usted no le podía atender, me pidió que le dijera, que fuera a donde fuera, él seguiría siempre a su servicio. La mirada de ese hombre me dejó muy preocupado, señor. Parecía abstraído de la realidad. ¿El sabe algo de lo que hemos planeado?
— Él no sabe nada todavía—Dijo Leonid mientras se levantaba del sillón, más tranquilo, y entreabría la cortina de su despacho para observar cómo se alejaban Vera y Julius simulando ser hombres. – Después del funeral, debes reunirte con Serguéi y decirle la verdad—agregó.
—Sí, señor — Respondió el mayordomo, dejando sobre el samovar la taza de té que le había traído.
Leonid cerró la cortina y se calzó su guerrera de gala. Acto seguido, se sentó en el sillón frente al escritorio.
— ¿El hombre aún respira por sí mismo?– Preguntó con interés superlativo.
— Sí, señor. Bien valió los quince mil rublos que pagué para desaparecer del hospital de campaña a un soldado en coma, que posee la contextura ideal para lograr nuestro objetivo. Nadie sospechará nada — respondió el mayordomo.
—Bien. Ya es hora de trasladarlo al despacho.
El mayordomo asintió. Pero recordó que esa misma tarde había telefoneado Adel Románova, de modo que decidió informar la novedad, suponiendo que ella sería la primera en presentarse cuando se hiciera de público el deceso del marqués.
– Señor, la señora Adel le llamó esta tarde cuando estaba encerrado en el despacho con la señorita Vera. ¿No ha pensado en que quizá ella exija ver "su cuerpo"?
Leonid abrió ampliamente los ojos, alarmado. El mayordomo tenía razón. Adel era capaz de mover cielo y tierra por él, detalle que ponía en un nuevo peligro su plan de escape.
El mayordomo observó su reacción, y se mostró dispuesto a salvar la situación.
- Será conveniente no utilizar su revólver, sino un arma de mayor calibre para… - pasó saliva - es imperioso que el rostro quede completamente desfigurado. Yo daré aviso a la policía e identificaré el cadáver.
Leonid escuchaba atento el acote de su sirviente.
–Si la señora Adel exigiera verlo, me opondré considerando que luego del divorcio perdió sus derechos de esposa, y en última instancia, porque una escena tan horrible podría afectar su sensibilidad femenina. Si pese a todo consiguiera la autorización de la policía para verlo, debemos asegurarnos de que su rostro quede irreconocible, que pueda inducir a error a alguien que le conoce tan bien como ella.
—Has pensado en todo — Dijo Leonid después de permanecer en silencio por algunos segundos - ahora traigámoslo y comencemos esto de una vez.
Ambos se dirigieron a una habitación ubicada en el mismo pasillo, de la que sólo ellos tenían llave. Sobre un catre de campaña reposaba un hombre de unos treinta años, quien vestía un uniforme de gala idéntico al que portaba el marqués. Junto al catre, una silla de ruedas era el único mobiliario. El mayordomo quitó con manos trémulas el vendaje que rodeaba la cabeza del soldado, descubriendo ante la mirada fría de su amo una herida casi cerrada.
- No tiene más daños, lo que es muy conveniente - comentó con nerviosismo. - El médico me aseguró que aunque la herida ha cerrado casi por completo, es improbable que recupere la conciencia. Su cerebro resultó seriamente afectado y aunque despertara, el daño neurológico es contundente. Lo más seguro, es que este hombre jamás podrá valerse por sí mismo. Concluyo mi señor, que en cierto modo resulta casi piado…
- Dmitri - le interrumpió Leonid molesto - Como sea es un asesinato. Tengamos al menos la decencia de admitir nuestros pecados.
El mayordomo bajó su cabeza avergonzado.
En silencio acomodaron al hombre sobre la silla de ruedas y lo trasladaron rápidamente hasta el despacho. Nadie los vio, pues los sirvientes del palacio Moika estaban ocupados empacando las pertenencias de la familia y las propias, presintiendo que lo peor estaba por venir.
Leonid se cercioró de colocar al soldado en la pose clásica en la que solía sentarse. El mayordomo descendió al recibidor, luego de ocultar la evidencia en el entrepiso, deduciendo que nadie se atrevería a buscar allí.
Todo marchaba según el plan, lo único que faltaba era el acto canalla, pero imprescindible.
El marqués respiró profundo al apoyar el cañón del arma sobre la cabeza del desdichado y de un solo disparo le voló los sesos. Luego se ocultó en un cuarto de servicio, donde debería permanecer hasta que la policía concluyera con todos los trámites posteriores al suicidio. Dentro del cuarto – que era obscuro y en donde escasamente podía moverse – reflexionó sobre sus actos, entendiendo que a partir de ese momento su vida había cambiado para siempre. Ahora tendría que ocultarse del mundo, sabe Dios por cuánto tiempo.
Se sintió fuera de sí por algunos instantes, pero recobró la calma cuando vinieron a su memoria las imágenes del general Kornilov y sus hombres, en los cuales él había depositado plena confianza. El primer intento había sido un fracaso, pero la guerra aún no estaba perdida, y desde luego, él no estaba dispuesto a rendirse.
De repente escuchó el ruido de un coche que se acercaba. Desesperado por saber quién podría poner en peligro su plan, entreabrió la ventanilla que servía de claraboya para el cuarto de servicio. Desde allí, pudo observar que el coche en el que se habían ido Julius y su hermana acompañadas por Rostovski había regresado. Vera – vestida de hombre – descendió del coche a toda pisa desoyendo los gritos de Serguéi que corría tras ella.
– ¿Qué hacen aquí? – Pensó Leonid preso del pánico.
Aun no abandonaba el miedo cuando escuchó un bramido que provenía de su despacho. Volvió a mirar por la claraboya y alcanzó a ver a Julius que miraba la fachada del palacio con extrañeza. Su corazón se estremeció al pensar que quizá era la última vez que podría admirar su rostro. Segundos después, vio salir a Vera envuelta en llanto, quien se detuvo en la escalinata de la entrada para enjugar sus lágrimas. Luego subió nuevamente al coche abandonado al fin la propiedad, esta vez para siempre.
Leonid desde su escondite, dejó salir amargas lágrimas diciéndose que todo lo hacía por ella y por Julius.
Allí lo encontró Dmitri al cabo de unos minutos, demostrando gran nerviosismo y temor. Le explicó apresuradamente que los fugitivos habían regresado, pero que gracias a la oportuna intervención del teniente se había podido salvar la situación. Seguidamente, se llevó las manos al rostro compungido y exclamó:
— ¡La pobre señorita Vera!, ella llegó y le vio. Es decir, se encontró con el cuerpo del soldado cuyo rostro quedó desfigurado y se horrorizó. Tuve que sujetarla para que no se abalanzara sobre él, ¡se imagina!, ¡habría sido el fin! Pero lamentó comunicarle que también le vio el teniente.
–Lo sé. No esperaba su regreso –Dijo Leonid echando un vistazo a la claraboya. – De todas formas, no debes perder el control Dmitri — agregó recobrando la actitud de un hombre dueño sus emociones — Si continuamos con el plan inicial, todo saldrá bien.
La policía no tardó en llegar luego de que Dmitri les hubiese notificado el suicidio de su amo.
Como era de esperarse, el gobierno provisional envió a un emisario para constatar que evidentemente se trataba del marqués. A Leonid se le hicieron eternas las horas que tuvo que esperar escondido en el cuartito hasta que concluyeran los procedimientos de rigor. Finalmente, el mayordomo le anunció que ya todo estaba hecho, y que para su suerte, no había nadie dentro del palacio, pues los sirvientes habían huido como ratas en un naufragio. Acto seguido, le llevó hasta los jardines, donde le esperaba su caballo cargado con un sencillo equipaje.
- Buena suerte, señor - dijo el mayordomo tristemente.
Sin embargo, Leonid no alcanzó a responder, pues un estruendo les sobresaltó. El ruido provenía del otro extremo del Jardín, por lo que pensó que podría tratarse de un ataque. - Espera aquí - ordenó al mayordomo, fustigando el caballo.
Rápidamente se internó en la espesura del jardín vigilando con cautela los ruidos y movimientos de la naturaleza a su alrededor. Decidió buscar a pie entre los arbustos, cuando inesperadamente se encontró con el cuerpo sin vida de Serguéi Rostovski. Se horrorizó al ver a su más grande aliado, y porque no decir, a su más grande amigo, el más leal que jamás hubiese tenido, tendido sobre un charco de sangre con el rostro desfigurado. Se hincó en frente de su cuerpo y le cerró los ojos, pero no pudo evitar que su alma se sobrecogiera.
— Nos volveremos a ver – Dijo – y Juro por lo más sagrado, que en esa nueva vida seré yo quien te sirva.
- ¡Oh, por Dios! - exclamó a sus espaldas el mayordomo, que lo había seguido desobedeciendo sus instrucciones – ¡¿y ahora qué haremos, señor?!
- Llamarás nuevamente a la policía.
- ¿A la policía? Pero…
- Kérenski sabe que Rostovski era mi hombre de confianza. Su muerte por mano propia será la confirmación de que ambos hemos terminado con nuestras vidas por el fracaso de mi plan.
El mayordomo entendió el mensaje e hizo como se le ordenó.
Mientras la policía regresaba al palacio, el marqués se alejaba de su hogar a toda velocidad. Había preparado un pequeño departamento de antemano, considerando que no le sería fácil abandonar Petrogrado. Exhausto, tomó un trago de vodka de la bota que se había llevado y brindó en silencio a la memoria de quien tanto le sirvió. Allí esperó a Dmitri, quien llegó al día siguiente con provisiones y noticias del impacto que había causado su supuesta muerte.
—Contrario a lo que pensaba, la señora Adel guardó la compostura cuando le di la noticia — Dijo mientras le afeitaba el rostro a Leonid. Notando el desconcierto que se adueño de él; pero prefirió no atormentarlo preguntando nimiedades.
– ¿Entonces nadie sospechó nada? – Preguntó mirándole de reojo.
—Nada, mi señor — Respondió el mayordomo alcanzándole una toalla – Lo que si fue inevitable —continuó— fue que la señora se hiciera con el derecho de organizar su velorio. Me dijo que no vendría mucha gente, porque ella le conocía y entendía que a usted no le habría gustado estar en boca de la corte, ni siquiera muerto. Si me permite decirlo, es una buena mujer después de todo.
– Siempre lo fue - murmuró Leonid, poniéndose de pie.
— ¿Qué haremos ahora sin el teniente Rostovski, mi señor?
—Seguiremos con el plan. Serguéi me hará falta, pero puedo hacerlo solo.
Y así fue. Dmitri se aseguró de que todos los asistentes al velorio y posterior entierro del marqués quedaran plenamente convencidos de que había terminado con su vida aquella tarde de octubre. De ahora en adelante, Leonid empezaría a recorrer un camino aun mas difícil que el anterior, pues al enterrar el cuerpo de aquel infortunado soldado el también había enterrado con él su pasado.
Un tiempo después, se encontraría con el General Kornilov asumiendo la personalidad del soldado Katrov. Los sucesos posteriores, ya se los había revelado a la enfermera, pero en silencio se arrepintió de haberle contado toda su vida a una desconocida, recriminándose el hecho de no haber refrenado su lengua en una de sus fiebres.
Abandonó su debate interno cuando escuchó un golpeteo en la puerta de su habitación.
–¿Quién es?—Preguntó la enfermera, exaltada.
Desde el otro lado de la puerta se escuchó una voz grave.
– Soy yo, Henry.
Leonid clavó sus ojos de serpiente en la puerta y tomó con brusquedad el brazo de la enfermera.
– ¿Quién es ese hombre? — Preguntó amenazante.
–Es Henry. Henry Schultz… el Doctor Schultz — contestó ella con el rostro desencajado – ¿Qué está haciendo aquí? – susurró.
–Es un alemán. ¿Me entregarás ahora a la gente de tu país, Catalina Brenner?
–No diga estupideces —Respondió soltándose de la mano de Leonid que le apretaba el brazo. —Henry Schultz, es un profesional de la salud y no está involucrado en problemas de ese tipo.
– ¿¡Estas ahí!? — Se escuchó de nuevo la voz desde la puerta.
–Si, ¡ya voy!—Contestó ella de un grito.
–Usted me prometió… – dijo Leonid mientras la miraba caminar hacia la puerta.
–Henry, no esperaba tu llegada — exclamó sorprendida cuando se encontró con figura del hombre en el umbral.
–Vine en cuanto me fue posible—Contestó el recién llegado, con una amplia sonrisa en su rostro de intelectual.
– Recibí tu carta hace un mes, y solo hasta ahora pude llegar. La frontera, la gente… todo es un caos en Europa. Pero gracias a cielo ya estoy aquí. He venido por el paciente que está reaccionando satisfactoriamente al tratamiento. Es un avance asombroso…
Catalina esbozó una leve sonrisa y miró hacia atrás a Leonid. Él no le había quitado los ojos de encima mientras hablaba con el intruso que había llegado en el momento menos oportuno.
–¿Es él? – Preguntó el Doctor que había ingresado en la habitación sin que nadie lo hubiese notado.
–Es él — Contestó ella cerrando la puerta.
Ambos se dirigieron a la camilla y observaron a Leonid por varios segundos en silencio.
–¿Cómo se siente, Fiodor Zubovski?—Preguntó por fin el doctor interrumpiendo el silencio que se había suscitado, cuando el paciente le había dirigido una mirada llena de odio a su enfermera.
Impactado por lo que sus oídos acababan de escuchar, Yusúpov contestó con la voz entrecortada.
–Co… ¿Como sabe usted mi… mi nombre?
–La doctora Brenner me escribió contándome sus progresos
Catalina miró alterada al doctor.
—No me mires así. Yo sé que no quieres que te llame doctora, pero eso es lo que tú eres. Por favor, conmigo no debes hacerte la modesta. En este hospital eres solo una enfermera, pero él y yo sabemos que tú haces mucho más que todos los doctores juntos. ¿No es así, camarada?
Leonid se molestó con el comentario y no le contestó.
– Creo que no es prudente que te aparezcas sin avisar Henry. Puede ser peligroso – Dijo Catalina caminando presurosa hasta el botiquín que estaba junto a la ventana.
El doctor dejó de observar al paciente y la alcanzó.
– No estoy aquí solo por él — Hablo en voz baja, aunque Leonid alcanzó a escucharlo.
– ¿Entonces por qué otro motivo has venido? — preguntó ella sin dejar de revolver el botiquín.
– También vine porque necesitaba verte — agregó el doctor en susurros.
Catalina empezó a temblar y bajó el rostro enseguida. De inmediato miró de reojo a Leonid quien seguía muy atento la conversación.
– No te lastimes más Henry — dijo ella con la voz inaudible sin levantar el rostro.
El doctor le tomó el mentón buscando sus ojos.
Catalina dejó caer dejó caer deliberadamente el frasco que había tomado del botiquín al suelo, que causó un estruendo al quebrarse.
– ¿Se encuentra bien enfermera? — Preguntó Leonid desde la camilla.
Nuevamente se escucharon golpes en la puerta. Esta vez llamaba la voz alarmada de una mujer –¡Señora Brenner!, ¿Se puede pasar?
– Adelante — Contestó Catalina poniéndose de pie, agradeciendo en silencio la milagrosa interrupción.
La mujer, que también era una enfermera del hospital, entró agitada blandiendo un sobre, el cual Leonid seguía con la mirada insistentemente, ya que había identificado el sello de la Unión Soviética.
– Señora, ha llegado esta carta para usted. Como me encargó que se la entregara personalmente, pues aquí está – Le extendió el sobre depositándolo en las manos de Catalina.
Catalina se estremeció al escuchar estas palabras - La leeré más tarde. Gracias —Dijo ella apartando la vista de su paciente.
–También le han telegrafiado, mi señora. El mensaje es de Alemania, es un hombre – esto último lo dijo con picardía, buscando una reacción en el doctor Schultz, pues la enfermera conocía el pasado de su superiora — Es un telegrama de Isaac Gotthilfe Weischeit.
– ¿Isaac, el músico de Ratisbona? — Preguntó el doctor, sin disimular la molestia que le produjo la noticia.
– ¡Isaac! — Exclamó Catalina olvidándose del frasco roto, de la súplica implícita de Leonid, y de la presencia de su ex marido. – Disculpen — Dijo ella avanzando hasta la puerta — Iré a recibir el telegrama. Regresaré más tarde. —y salió por el pasillo casi corriendo a la oficina de comunicaciones.
El doctor Schultz se quedó en la habitación con el paciente, pero su expresión bonachona cambió sustancialmente por una llena de odio. Situación que no pasó desapercibido para Leonid.
No está demás decir que a Catalina le alegraba volver a ver a Henry Schultz, porque con él trabajaba en el tratamiento que buscaba paliar las consecuencias y el avance de la tuberculosis. Pero también era cierto, que a ella le molestaba muchísimo que él siguiera insistiendo en una relación que ya no tenía razón de ser. Catalina Brenner quien en alguna época había sido una casta hija de familia, se había entregado por completo a su trabajo científico. Durante los escasos años que estuvo casada, había dedicado gran parte de su tiempo a estudiar con dedicación la influencia química de ciertas plantas que había cosechado junto a su marido y un colega español; estaba empecinada en ahondar en la medicina para buscar curas a las enfermedades mortíferas que afectaban diversos países europeos, pero su pasión por la investigación, hicieron que poco a poco descuidara su matrimonio.
Cuando descubrió accidentalmente que su esposo estaba dolido por el abandono, y que había buscado consuelo en los cabarets, ella decidió dejarlo en libertad para que él rehiciera su vida y encontrara en otra persona todo el amor que ella no había podido darle.
Catalina había sido la primera en solicitar el divorcio, y Schultz se lo había dado sin vacilaciones en un arranque de orgullo. De eso hacía poco más de un año, pero la medicina seguía uniendo a la pareja. Ella era consciente de que no podía prescindir de conocimiento de Henry quien en el último tiempo le había ayudado con el tratamiento que estaba empleando en "Fiodor Zubovski" para la compresión del Lector, estamos hablando de Leonid Yusúpov.
¿Una carta con el sello de la Unión Soviética? — Pensó el marqués en su fuero interno – ¡Esta maldita alemana!, ¡Maldita mujer!... ahora que sabe todo me delatará. No, no puedo permitirlo. Tengo que encontrar a Julius. Por lo menos tengo que verla antes de que me maten.
– ¡Já! ¡Miren este desastre! — Dejo salir la enfermera que le había llevado el sobre a Catalina irónicamente echando un vistazo a los vidrios rotos y al líquido esparcido en el suelo – Tendré que venir a limpiar los desatinos de esta mujer.
– ¿Cómo dice? — preguntó Leonid, abandonando sus conjeturas al escuchar la voz de la mujer.
– Nada, nada — rezongó ella — Volveré mas tarde para dejar su habitación en condiciones. ¿Necesita algo, señor?
–No nada, gracias. – Contesto él con indiferencia.
La enfermera finalmente dejó la habitación y cerró la puerta con seguro. Acción que dejó perturbado a Leonid. Era evidente para él que la enfermera jefe había dado esa orden. Ya no le quedaban dudas de que le querían entregar.
-Tengo que ser más astuto— se dijo— Tengo que encontrar el momento más oportuno… esta no es la primera ni la última vez que tenga que escapar ¡Pero algún día me la vas a pagar, enfermera del demonio!
En la sala de comunicaciones, Catalina recibía con emoción el telegrama que le había enviado Isaac.
/ Te necesito en Viena, punto. Jubel tiene problemas, punto. Llegaré en dos semanas, punto. Importante que hablemos a solas, punto. No me falles, punto. Con afecto, Isaac. punto. /
Jubel, mi niño, ¿Qué es lo que pasa contigo?, ¡y yo aquí, atada a esta responsabilidad! Ahora que conozco la verdad sobre este hombre no podré irme. No lo puedo abandonar… estará pensando que le mentí, y sin él, no podré seguir avanzando con el tratamiento… ¡¿Qué hacer, Dios mío?! Mi niño me necesita, pero mis pacientes también.
Apoyó los codos sobre la mesa preocupada – Lo siento Isaac—Se dijo a sí misma.Echó un vistazo al reloj que marcaban las cuatro de la tarde. Recordó la carta y se apoderó de ella el deseo incontrolable de leer su contenido. Caminó presurosa hasta la estación de enfermería, tomo su abrigó y se retiró del hospital sin avisar a nadie.
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– Has visto lo desvergonzada de esa alemana… y el director del hospital ha tenido la desfachatez de ponerla como jefa de enfermería – Comentaba la misma enfermera que había salvado a Catalina de la conversación con su ex marido, mientras levantaba los vidrios de la habitación sesenta y seis – Hoy ha venido su ex esposo, y además anda recibiendo telegramas de otro hombre. Ahora no me caben dudas que esa no es más que una oveja con piel de zorra.
– No exageres, Gertrudis – Dijo otra de las enfermeras que ayudaba a la indignada a levantar el desorden. — Ni el doctor ni el músico le roban el sueño a esa tontarrona. No ves que todos en este hospital le han pretendido, pero ella no toma dimensión de lo que logra en los hombres… ¡Ay…! – Suspiró – Si yo tuviera su suerte, ese cuerpo y esa edad…
– No es tan linda, después de todo — Dijo con desdén. – Pero este ruso —Repuso con malicia, mirando la camilla en donde estaba acostado Leonid, que las había estado espiando simulando estar dormido – ¡Este patán le ha hecho ver estrellas y se las ha cobrado todas! ¿Recuerdas aquella vez que la insultó diciéndole que era una inútil, una estúpida…? ¡Cómo gocé en la central cuando la vi entrar llorando, haciéndose la víctima!
– Lo recuerdo — respondió la enfermera bonachona. – También recuerdo la vez que la zarandeó y la empujó afuera de esta habitación, hasta le gritó que era una puta. No entiendo de dónde saca el aguante esa muchacha. Yo ya le habría sacado los ojos a este condenado ruso.
– Porque a ella le gusta que la traten así — continuó la indignada. – Si la tratan bien, como la trata el doctor Schultz que es un sol de hombre, ella lo ignora. Pero si la tratan como un trapo sucio, como lo que es… pues ahí la ves, tendida como tapate, para que le pasen por encima. Hoy se la pasó atendiendo a este patán, descuidando al resto de los pacientes. Ahí ves que a ella no le importa nuestra gente. Ese es el problema con los extranjeros.
–Yo no lo creo así, esa chica, o la oveja con piel de zorra, o como tú quieras llamarla, es la primera que llega y la ultima que se va. Y si atiende a este canalla, es porque tiene un corazón de oro. Todas sabemos que antes que entender a un ruso altanero, y que además no tiene dinero, atenderíamos a un finlandés, aunque estuviese en las últimas.
– Eres muy ilusa — Contestó la enfermera que odiaba a Catalina poniéndose de pie, dirigiéndose a la camilla para reemplazar la bolsa de suero de Zubovski — Para mí que a esa la han metido aquí de espía, los alemanes no son ningunos tontos, "mandemos a una mujer bonita, que parezca inocente" pero esa es una incompetente, hasta los frascos se le caen de las manos. Para mí que su interés en este condenado ruso, es para entregárselo a los rojos.
– ¡Como puedes hacer una acusación de semejante calibre! — Exclamó la otra enfermera juntando en una caja el resto de los desechos.
–Tengo razón en lo que digo. Si hoy mismo le entregué una carta que le enviaron de Leningrado.
– Estás completamente envenenada por los celos — Dijo ahora con indignación la enfermera que apreciaba el trabajo de Catalina como voluntaria — Saldré a tirar esto… ¿Tienes la llave?
–Sí. Termino de colocarle la intravenosa y me voy.
Apenas Leonid sintió que una de las enfermeras había salido de la habitación, abrió los ojos asustando a la otra que estaba a punto de introducir en su brazo la jeringa intravenosa. La enfermera que había despedazado en pocos minutos el prestigio de Catalina, profirió un grito alarmante cuando vio que el paciente le arrebató la jeringa, la tomó por el cuello y la amenazó de muerte sino le entregaba su ropa y las llaves.
Horrorizada y avergonzada, la enfermera accedió a las exigencias del condenado ruso, como le llamaba.
Cuando Leonid obtuvo lo que necesitaba para salir, golpeó a la enfermera con el caballete que sostenía la bolsa de suero, y la dejó tendida en el suelo. Se vistió rápidamente, y abandonó la habitación dejándola encerrada bajo llave.
–Eso te servirá de lección, se dijo así mismo cuando estuvo afuera del hospital.
Un par de horas después, se escuchaban por el pasillo los gritos y golpes de Gertrudis que provenían de la habitación sesenta y seis. En esos momentos, Catalina había regresado y se dirigía a la habitación predicha. Al escuchar los gritos acudió a toda prisa, y abrió la puerta con su copia de las llaves. Cuando ingresó, su compañera se abrazó a su cuerpo, llorando desconsoladamente. Pero Catalina se desprendió de la gruesa mujer, y buscó por todos lados a Leonid sin hallarlo.
En el hospital, se disparó la alarma y todo el personal – incluyendo al recién llegado doctor Schultz – se abocó a la búsqueda de Fiodor Zubovski, pero parecía que se lo había tragado la tierra.
Esa misma noche, la enfermera Brenner regresó a su casa muy preocupada. Temía por la vida de su paciente, y sobre todo, tenía miedo de que lo encontraran sus persecutores. Ella sabía que no debía involucrarse en demasía con sus pacientes pero el sentimiento que le despertaba él marqués era superior a sus reglamentos autoimpuestos. Catalina había sido capaz de ver su sufrimiento detrás de esa actitud hosca e insoportable incluso mucho antes de conocer su historia, y le era imposible no conmoverse. ¿Acaso no había sido su afán por paliar el sufrimiento humano lo que la motivó a ser enfermera? Por eso también había intentado aliviar el dolor de su alma, pero todo había sido en vano. Le dolía este fracaso, sin embargo, si Leonid Yusúpov había elegido arreglárselas por su cuenta, ahora ella era libre de abandonar Helsinki para acudir en ayuda de Jubel, su niño, al que extrañaba con desesperación.
Corrió hasta la estación de comunicaciones ubicada junto a la estación de trenes y desde ahí telegrafió a Isaac.
/Estaré en Viena, punto. Espérame ahí, punto. Saluda a todos en Ratisbona, punto. Con cariño, Catalina, punto/
Leonid desde la estación del tren la vio salir. Apretó los puños reprimiendo la ira que lo invadió. Tenía deseos de ir tras ella y decirle que ya la había descubierto, pero se contuvo. Había robado con disimulo el dinero de un transeúnte distraído, que para su suerte tenía la cantidad suficiente que le servía a para comprar un boleto de tren. Tomó el de las cinco de la mañana del día siguiente. No sabemos exactamente hacia donde fue, lo que si sabemos, era que abandonaría Finlandia, e iría en busca del amor.
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El detective Rassen había iniciado la investigación preliminar sobre la muerte del marqués Leonid Yusúpov. Entre los muchos documentos que le habían entregado los emisarios de Kíril Romanov, había varios recortes de diarios en donde se había anunciado su muerte; pero lo que más llamó la atención del detective, fueron las copias burdas de expedientes secretos, en donde se mencionaba la relación del militar con reconocido político ruso Aleksandr Kérenski.
David era un investigador minucioso, perspicaz. Se lo conocía en el ambiente como un profesional astuto y decidido. Tenía fama de utilizar "métodos sutiles" para obtener información crucial en lugares impensados. Gozaba de una excelente reputación, lo que le permitía tener conexiones en casi todo el continente y Rusia no era la excepción. Nunca había sacado provecho de dichas relaciones, pero teniendo en cuenta que el caso Yusúpov representaba para él, no solo una salida económica importante, sino que era la oportunidad de averiguar qué había ocurrido con Aleksei Mijaílov y con Julius, se había tomado la molestia de hacer uso de un colega en Leningrado.
El contacto en Rusia le había enviado además otro tipo de información. No de carácter oficial como la que entregaron los enviados del "nuevo Zar" sino información de las calles, del partido, de los bolcheviques.
Había varias cuestiones que analizar para entender la psicología del marqués. El porqué fingiría su muerte en el preludio de la revolución, el porqué había mantenido cautiva a Julius por tantos años y por qué había sido él quien precisamente había organizado la huida de la mujer de un bolchevique. Bolchevique que además, había salvado en una ocasión la vida a Liudmil, –Hermano menor de Leonid— y por qué ahora este último, pertenecía al movimiento revolucionario socialista. Era evidente que todos los datos tenían un hilo conductor que develaría el misterio. Pero David, quiso detenerse en el informe sobre su querido amigo Aleksei.
Aleksei Mijaílov fue muerto en circunstancias confusas. Se dice que él habría recibido una carta de su mujer a la que le faltaba poco tiempo para dar a luz. Fiodor Zubovski, miembro del partido y amigo personal de Aleksei, le habría recomendado no ir a su encuentro, luego de que ambos confirmaran que efectivamente Serguéi Rostovski se habría infiltrado en las filas bolcheviques como espía de Yusúpov. Lo cierto es – seguía leyendo David—que Julius Leonhart Von Alensmeier, habría llegado al país en busca de Mijaílov, pero al poco tiempo fue recluida en el palacio del marqués. Después de varios años, Julius se reencontraría con Aleksei, y según dicen los que le conocieron, la pareja se estableció en un pequeño departamento lindante al que ocupaba Zubovski y su mujer, quien fue asesinada durante un pogromo, en penosas circunstancias en las cuales también se había visto involucrada "La alemana". Los allegados a Mijaílov, desconocen el motivo por el cual él sostenía una relación amorosa con la mujer que había estado tanto tiempo junto al militar de confianza del Zar. No era un detalle menor para los camaradas, ya que muchos pensaban que en realidad la señorita Julius era la verdadera espía enviada por el marqués. Incluso han llegado a la conclusión de que ella habría fraguado un plan secreto para que emboscaran a Mijaílov y le dieran muerte, como ya dije, en circunstancias confusas, cuando el se dirigió al domicilio en que su mujer se encontraba supuestamente oculta, disfrazado de anciano para burlar la seguridad del lugar.
David hizo una pausa y apoyó los codos sobre su escritorio tomándose la cabeza con las manos. Sus ojos se inundaron de repente, cuando recordó la época en la que había conocido Aleksei.
En realidad David no sabía cuál era su verdadera identidad hasta que Klaus – Como se hacía llamar en la escuela de música — le confesara que era un revolucionario ruso, y que se estaba escondiendo de sus perseguidores, haciéndose pasar por un estudiante cualquiera. Aquella confesión selló una increíble amistad entre ellos, pero ambos supieron que el momento de regresar a la lucha se habría acercado, cuando apareció en escena Alraune, quien en realidad nunca fue prometida de Aleksei, sino de su hermano mayor, Dmitri.
¡Como le habría gustado al detective haber evitado una tragedia en la vida de Julius y de su querido amigo! Siempre soñó viéndolos juntos, felices, realizando su amor libremente y a la vista del mundo.
–Pero ese amor estaba destinado a un desenlace fatídico—dijo David – La ventana de Orfeo había sellado sus destinos para siempre.
Cerró la carpeta con los informes y la guardó en el cajón de su escritorio bajo llave. Algunas lágrimas se le habían escapado de los ojos pero las secó en seguida y cerró su despacho. Llegó a su casa a eso de las diez de la noche. Cenó con su esposa y luego se dirigió a su habitación. Pero en su mente seguía repasando las líneas que había leído.
–Mañana tengo que ir a una reunión importantísima con unos inversores extranjeros—Dijo María Bárbara entrando en sus aposentos – Será una dura negociación, pero si obtenemos este contrato lograré conseguir el dinero suficiente para levantar los negocios Alensmeier. Es como una especie de milagro que alguien quiera invertir en nuestras empresas con semejante crisis…– Enmudeció esperando algún comentario de su esposo, pero este, no emitió ninguno.
– ¿Sucede algo David? — preguntó sentándose en la cama.
– No pasa nada, mi amor—Respondió bajando la mirada – solo estoy cansado.
María Bárbara le tomó el rostro con la manos y le obligó suavemente a mirarle – ¿Es solo cansancio?... Veo tristeza en tu mirada.
David esbozó una leve sonrisa.
– Solo es cansancio. Mañana estaré como nuevo — agregó depositando un beso en sus labios.
Al día siguiente, cuando David y María Bárbara estaban sentados a la mesa desayunando, una de las doncellas les informó a que el señor Kippenberg le había telefoneado. Inmediatamente María Bárbara se puso de pie y levantó el teléfono.
– Entiendo Moritz — escuchó David desde lejos — Sí, sí… Despreocúpate, deja todo en mis manos. No gracias yo sabré como llegar, explicaré la situación a los inversionistas. No… Te dije que no es necesario. Te hablaré cuando esté de regreso. Saluda a tu esposa de mi parte. Adiós.
- ¿Sucede algo con Kippenberg? — Preguntó David cuando ella regresó al comedor refunfuñando frases inentendibles.
– Moritz no vendrá conmigo a la reunión. Uno de sus hijos ha tenido un accidente y su esposa entró en shock. ¡Esos muchachos son incontrolables! Quería enviarme un chofer para que me lleve, pero prefiero no molestar en este momento. ¿Podrías llevarme hasta allí?
– Claro que sí — Respondió él terminando su taza de té.
Durante el trayecto David permaneció en silencio. No había podido dormir bien, pues durante la madrugada habían retumbado en su mente todas las frases vertidas en el informe que leyó sobre Aleksei y Julius. No quería sentirse triste, pero el sentimiento era más fuerte que su voluntad. Su esposa, que siempre reparaba en sus expresiones, notó que no solo era cansancio lo que tenía, sino que era algo más. Pero decidió no preguntarle, esperaría el momento oportuno. Había mucha gente en las calles de Ratisbona, el pueblo se estaba preparando para celebrar una fiesta popular, por lo que María inició la conversación aludiendo la fiesta.
– ¿Has visto como pintaron las fachadas de los viejos edificios?... ¡Han quedado preciosos! Ningún visitante se podría dar cuenta de que vivimos una de las peores crisis de las últimas décadas. Está guerra nos empobreció a todos, pero nuestro pueblo sigue festejando… como si nada.
–Sí, como si nada – Respondió David maquinalmente a las apreciaciones de su esposa.
– ¿Todo anda bien por el despacho?
–Sí normal…
María Bárbara miró con molestia hacia la calle por la ventana, tragándose las ganas de hablar con ironía. Pasaron en frente de la capilla, y de repente recordó que el domingo tendría que ir al cementerio.
–Amor, el domingo deseo ir a visitar a mis hermanas y a mi padre. No sé si lo recuerdas, pero es el aniversario de la muerte de… Herman, también quiero dejar flores en su tumba. Espero que no te moleste acompañarme.
– Julius — Dijo él con renovado interés, ignorando la petición de su esposa — ¿Nunca te habló de la familia Yusúpov, o de sus amigos en Rusia?
María Bárbara se sorprendió con la pregunta y se agitó. Evadió nuevamente a David mirando por la ventana y contestó nerviosa – No.
– ¿No? — Preguntó el nuevamente sin apartar su atención del volante.
–Es decir – las manos de María empezaron a temblar — creo que alguna vez lo mencionó, pero nada concreto. Recuerda el estado mental de Julius… divagaba, decía frases sueltas, la verdad no estoy muy segura.
Te conozco María, y sé que me estas ocultando algo. He notado como te pones cuando te hablo sobre el tema. Para mi desgracia he confirmado lo que tanto me temía. Hubiera preferido que tu desconocimiento fuera real. No te presionaré y trataré de mantenerte al margen de todo esto. Pero ahora más que nunca debo llegar a fondo de este asunto. Ahora más que nunca tengo que encontrar a Yusúpov. Solo él podrá decirme si Julius traicionó a Klaus y …
¡Plaf! Un ruido como de explosión se escuchó desde afuera, apartando a David bruscamente de sus reflexiones.
María Bárbara dejó salir un grito.
– ¡Que fue eso!
El automóvil se detuvo unos segundos después.
David descendió rápidamente y corrió hasta la parte delantera. Levanto el capó buscando alguna falla en el motor, pero todo estaba en orden. Revisó también las ruedas delanteras, perfectas. Caminó desconcertado hasta la parte de atrás y ahí encontró el problema.
– ¡Una rueda! –Exclamó.
María Bárbara en el interior del coche inspiró profundo, como si el alma le volviera al cuerpo.
David de deshizo del sombrero, del saco y dobló hasta la mitad del antebrazo los puños de su camisa. Sin reparos, empezó a desarticular la rueda en problemas.
Dos mujeres jóvenes que pasaban por ahí se detuvieron al verle. Cabe mencionar que las mujeres en cuestión se dirigían a descansar a su casa. Y es que la noche anterior había estado agitada en el cabaret "Le Rouge". Los parroquianos "habitue" habían iniciado una pelea, y los trajes sugestivos de las damas se habían llevado la peor parte. María Bárbara que las vio primero, cuando pasaron por delante del coche, las miró indignada y volteó la cabeza.
– Desvergonzadas — pensó.
– ¿Qué hace un hombre como usted debajo de un coche? — Preguntó una de las muchachas a David que había introducido la mitad de su cuerpo por debajo del automóvil.
De inmediato, David abandono su tarea y se puso de pie.
– ¡Caroline, Sofía! ¡Como están! – Las saludo con alegría.
– Oh, no muy bien — Contestó molesta Sofía cruzando los brazos.
– No le haga caso detective — Repuso Caroline – Sucedió lo que sucede siempre en el bar. Un borracho con manos de pulpo…
David dejó salir una carcajada, la que escuchó María Bárbara que curiosa miró por el retrovisor. Ahí se dio cuenta de que las "desvergonzadas" hablaban con su marido. Su rostro se enrojeció de ira y bajó del coche sin pensarlo dos veces. A zancadas llegó hasta donde estaban ellos conversando y se dirigió a David.
– ¿Podrías decirme quienes son estas señoritas? — preguntó con aplomo, simulando no sentirte molesta.
Caroline que notó el esfuerzo de la recién llegada por disimular la histeria que le salía por los poros, le susurró a su compañera.
– ¿Y esta mujer quien será?
—Debe ser una tía, o su hermana mayor. Si fácil debe rondar los cincuenta– contesto Sofía también en susurros dejando salir una sonrisita.
–En ese caso tenemos que ser amables y presentarnos.
La muchacha se acercó a María Bárbara y le tomó la mano de sorpresa, agitándola de arriba abajo violentamente.
–Señora, mi nombre es Caroline, y ella es mi… hermana.
— Somos amigas del detective — agregó Sofía.
– Mucho gusto — Dijo María Bárbara desconcertada.
– Nos habías dicho, bribón, que no tenías parientes en la ciudad. Y mira, hoy hemos conocido a tu tía – Dijo una de las muchachas apretando con sus dedos una de las mejillas de David.
–No, no. – Repuso nervioso con los ojos clavados en el rostro de María — Ella es mi esposa. Chicas, les presento a mi querida María Bárbara.
– ¿Su esposa? — Dijo Caroline en un hilo, avergonzadísima. – Perdone usted mi imprudencia señora de Rassen — agregó bajando el rostro. Sofía hizo lo mismo.
– No se preocupen — Dijo al fin María Bárbara mirando con desdén a su esposo — Perdonen la interrupción. Te espero en el auto.
Cuando vieron que María Bárbara ya no les escuchaba, Caroline exclamó llevándose las manos a la cabeza.
– ¡Detective, qué vergüenza!, de haber sabido que era su esposa… Es que es tan mayor…
– Hey chica — Dijo David en tono conciliador – Mi esposa es algo mayor, pero no lo es tanto. Es una mujer muy bella, en apariencia y sentimientos.
– Es cierto – dijo Sofía codeando a su hermana. – Has visto el porte que tiene. Parece una actriz de cine.
– Bueno – repuso Caroline—Nosotras nos vamos detective, esperamos no haberle traído más problemas.
–Claro que no – dijo echando un vistazo al retrovisor, encontrándose con los ojos de su esposa que echaban fuego – Nos veremos después – Concluyó.
Las mujeres huyeron rápidamente del lugar como si las hubieran echado. David terminó de cambiar la rueda del automóvil y tomó nuevamente su posición frente al volante.
– Así que no tienes familia — Dijo María Bárbara con ironía.
–Así es. No tengo familia parental en Ratisbona, pero para nadie es un secreto que soy un hombre casado. Incluso ellas lo saben.
– No entiendo porque tienes que tratar con esa gente. O me vas a decir que esas señoritas son trabajadoras, o doncellas… Semejantes casquivanas, atrevidas ¡Es indignante!
–Contrólate María – Dijo mirando de reojo a su esposa – Relacionarme con toda clase de personas hace parte de mi trabajo. No soy un policía, soy un detective, y dependo de gente como ellas para obtener información. De modo que me harías un gran favor entendiendo este aspecto de mi profesión, que nada tiene que ver con mis sentimientos y mi lealtad hacia ti.
Las palabras de David apagaron los reclamos de su esposa.
– Es aquí — Dijo ella cuando diviso a escasos metros el edificio en donde la esperaban los inversionistas. Descendió del auto a toda prisa, pues tenía un nudo en la garganta que le ahogaba.
– ¿Quieres que pase recogerte para almorzar? – Pregunto David desde el auto.
– No — Respondió ella de inmediato. – Después de esta reunión tengo que ir a enviar un telegrama, y después de eso, seguramente tendré que informar a Moritz lo que suceda en la reunión. Nos veremos en casa.
– Está bien, mi amor — Agregó él con una sonrisa y se alejó a la vista de María Bárbara que le observaba desde acera.
Entró al lobby con el nudo en la garganta que no había desaparecido. Se anunció en la recepción y pidió que le indicasen en donde estaba el toilette. Corriendo llego al servicio y cerró la puerta con seguro. Dejó caer su bolso y se llevó las manos al rostro dejando salir el llanto que le oprimía. Los sollozos le sacudían el pecho.
Como puedo ser tan ingenua, tan estúpida. Solo en mi mente de adolescente puedo llegar a pensar que un hombre como David puede tener por única mujer a una persona como yo. Es obvio que su cuerpo y su juventud necesitan de lo mismo. El anhela todo lo que yo ya no puedo darle. ¡Y es que tiene un corazón tan generoso! No me abandona porque sabe que estoy condenada a la soledad, por compasión. Pero yo soy una mala mujer, egoísta. Porque le amo, y por qué no puedo vivir sin él.
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Pasaron dos semanas desde que Isaac enviara a Catalina el telegrama. La escuela estaba en orden y ya tenía todo listo para viajar. En Austria le estaría esperando Wilhelm y Jubel. Pero Isaac también sabía que pronto llegaría Catalina y el solo hecho de acordarse de ella le ruborizaba. Estaba contento, aunque sabía que su viaje no tenía tintes festivos ya que los problemas de Jubel continuaban. Con todo, no pudo ocultar lo grato que le parecía volver a Viena. Allá donde trascurrió la etapa más agitada de su vida, donde vivió con Roberta, donde conoció la gloria…
Llegó a la estación de tren en compañía de Moritz que lo acercó hasta allí. Al despedirse, el millonario le guiñó un ojo y le dijo:
– Tomate tú tiempo, todo el que necesites, pero no dejes escapar semejante oportunidad.
Isaac le miró con extrañeza.
– No te hagas el ingenuo "Romeo".
– Qué cosas dices, Kippenberg — Dijo sonriendo ante el comentario.
El tren que partió con escasos pasajeros desde Ratisbona con destino a Viena, realizaría varias paradas en distintas estaciones, la primera de ellas seria en Múnich.
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La señora Spackman llegó con un delicioso pastel de avena a la puerta de Iván Kusnetzov a las ocho de la mañana. Golpeó repetidas veces, hasta que le abrió.
– Niño, estoy tan triste… te me vas lejos — Dijo ella con pesar, abrazándose al delgado cuerpo del joven — Pero es por tu bien — Agregó apartándose apenas. – Mira, te he traído este pastel para el viaje, para que te acuerdes de mí.
– Gracias señora Spackman — Respondió Iván estirando los brazos, apartándola discretamente.
– ¡Pero aun en pijamas! — Exclamó la mujer cuando reparó en la vestimenta de su inquilino – ¡Vamos, a la ducha!, serás necio chiquillo. El tren partirá en menos de dos horas y tú sigues aquí tan tranquilo.
Verá miró con los ojos entreabiertos el reloj, y pudo corroborar que su casera tenía razón. La pereza desapareció al instante. Corrió por encima de la cama y de un brinco estuvo en el cuarto de baño.
Mientras se duchaba, la señora Spackman ingresó en la habitación y abrió el armario de par en par. Dos trajes colgaban de los ganchos junto a dos pares de zapatos – maltrechos y con agujeros—que estaban en suelo. — ¡Ni siquiera preparó su equipaje! – Exclamó en su fuero interno, con los brazos en jarra.
La mujer abrió además los cajones, y empezó a reunir en un maletín viejísimo las escasas pertenencias de Iván. Estaba en esa tarea, cuando se le cayeron de las manos las vendas que Vera utilizaba para…
–¡Pero qué es esto!—Exclamó ahora a viva voz Emma, cuando se percató de lo que realmente era aquello.
Vera, que ya había terminado de ducharse, alcanzó a escuchar el grito, y envuelta en su bata, salió del cuarto de baño pensando que alguna desgracia le habría ocurrido a su casera. Cuando vio que las vendas estaban en el suelo se puso nerviosa, y sin pensarlo dos veces se tiro de bruces y las agarró.
– ¿Qué está haciendo con eso Iván Kusnetzov? — Preguntó aun sin salir de su asombro.
– No, no es nada – Respondió Vera desde el suelo acostada sobre las vendas
–A mí no me vengas con esos cuentos de que no es nada, se perfectamente lo que es, y para que se usa. Ponte de pié muchacho.
Vera obedeció con lentitud y fuero interno pensaba. – Estoy perdida, ahora que me podré ir de este país. ¡Qué haré, Dios mío!
Cuando finalmente estuvo frente a la mujer, esta le tiró de la bata con violencia.
La señora Spackman estuvo a punto del desmayo cuando observó el cuerpo desnudo la del inquilino al que había creído un hombre hasta ese mismo día.
– ¡Una mujer! ¡Una mujer! — Gritó horrorizada
Vera se cubrió de nuevo y le tapó la boca.
– No grite señora, por favor. Escúcheme, le explicaré todo, pero calle, calle. Se lo suplico.
La mujer se llevó las manos al pecho sin apartar sus ojos desorbitados del rostro de Vera.
–Siempre sospeché que usted tenía algo extraño, pero pensé que usted era… ya sabe, que le gustaban los hombres – susurró – ¡Y yo que me había propuesto enderezar su camino!, ahora entiendo todo, sus modales, su caminar… ¡Pero qué tonta he sido!
– Le ruego que por favor me escuche — Dijo Vera sentándose junto a ella tomándole las manos con fervor — Usted sabe que Iván Kusnetzov es ruso. En eso no le mentí, yo también soy rusa. Iván no existe, de modo que no estoy suplantando a nadie. Pero tiene que saber porque tengo que parecer un hombre y ser Iván – bajó la mirada y trago saliva—Tuve que salir de mi país porque iban asesinarme. Ya ve usted qué clase de persona dirige hoy los destinos de Rusia… pues bien, yo pertenecía a una familia noble, zarista, y usted sabe que los comunistas nos odian. Por eso, no me quedó más alternativa que disfrazarme de hombre para huir, y vivir como tal para sobrevivir.
– ¿Pero, su familia? ¿Por qué le abandonaron? O acaso ellos…
–Ya no tengo familia—Dijo Vera con tristeza. – Solo tengo un hermano, pero él se dejó envolver de los rojos, y ahora les pertenece. En cuanto al dinero – agregó mirando con disimulo su ropa en el maletín – No tengo acceso a él. No sé en qué manos estará. Y créame, porque eso ya no me importa.
La señora Spackman se soltó de las manos y guardó silencio pos unos minutos, luego se puso de pie y mirando el rostro de Vera que tenía los ojos inundados de lágrimas le preguntó:
– Su nombre verdadero, dígamelo...
– Vera Yusúpova – Contestó sin apartar la vista, dejando escapar una lágrima.
– Anda, niña — Dijo segundos después la mujer, tocándose la frente – Me hubieras evitado este susto si me lo hubieses dicho desde el principio. No diré nada a nadie, pero ten mucho cuidado. Vamos, te ayudaré con esto.
Era la segunda vez que Vera había tenido que revelar su verdadera identidad. Aun así, se sintió algo aliviada, pues la casera era la única persona que le había ayudado cuando nadie más lo hizo. Y le pareció correcto compartir tan importante secreto con ella.
Una hora después salió de la posada con el bolso en la mano rumbo a la estación de trenes de Múnich.
–Que vayas con Dios mi niño – Le dijo la señora Spackman al despedirse en el umbral de la puerta.
Vera asintió y se alejó corriendo por las calles. Su rostro estaba radiante, y a pesar de que tan solo unos instantes atrás había tenido que confesar su más grande secreto, estaba dichosa. Le entusiasmaba muchísimo el trabajo que Wilhelm Backhaus le había ofrecido en Viena.
¡Austria! Ahora estaré un tanto más cerca de ti Liudmil.
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–Dobroye utro, uchitel'- Доброе утро, учитель'- Buenos días profesor
–Khoroshiye studenty den - Хорошие студенты день- Buenos días estudiantes
Yesaul: Designa a un fuerte militar y a un rango en las unidades militares cosacas. La palabra deriva del turco yasaúl, "jefe"
Región de Huree: Nombre de la región en la que se ubica la actual capital de Mongolia- Ulán Bator.
Deel mongol:es la vestimenta tradicional usada comúnmente desde hace siglos por los mongoles y otras tribus nómades de Asia Central, incluyendo varios pueblos turcos, se puede fabricar de tela de algodón, seda o brocado. Es similar a un caftán o a una túnica y suelen llegar hasta las rodillas; se abren en abanico en la parte inferior. se usa generalmente con un gran cinturón de seda. Tienen un bolsillo grande donde los mongoles llevan múltiples elementos, inclusive una botella de vodka
Rio Udá:es un río asiático que discurre por la parte suroriental de la Siberia rusa, muy próximo a las fronteras con China y Mongolia.
Spasibo, moy spasitel' printsa: - Gracias, mi príncipe salvador.
Notas del autor: Agradecimiento especial a mi amiga, Krimhild por sus excelentes aportes como Beta Reader, por la paciencia, entusiasmo e invalorable colaboración. ¡Millones de Gracias!
Fertuliwithejarjayes- 05/2014
