Lo sé, tardé mucho en actualizar, pero es que soy una imbécil que… bah, solo soy una imbécil que no tiene justificación u.u Espero que me perdonen por eso u.u
Yo amablemente les traigo un nuevo capítulo de esta historia que a lo mucho, tendrá uno o dos más por delante u.u Las actualizaciones no creo que sean frecuentes pero trataré de no hacerlas largas como esta última vez u.u Y si no cumplo, Gillies es fea u.u
Les dejo con la lectura y les invito a pasar a leer las actualizaciones de los otros dos fanfics que tenía pendientes, así como los nuevos que he escrito basados en Frozen; si a alguno de por aquí le gusta la pareja elsanna pues… ahí hay algo sobre ellas publicado (u.u)/ Cuídense, mi gente.
Disclaimer: VicTorious no me pertenece, es de Dan y Nickelodeon, yo solo cumplo mis fantasías aquí u.u
Chapter 12.
Nunca me he considerado la chica más inteligente del mundo, pero vale, que tampoco diré que soy estúpida… porque no lo soy. El hecho es, que a pesar de saber que tengo un cerebro trabajando en mi cabeza, lastimosamente, también tengo que reconocer que mi corazón dicta mayor autoridad a mis acciones, y por eso a veces no pienso. A veces no puedo pensar, o simplemente los sentimientos me constriñen de tal modo, que actúan como una camisa de fuerza haciéndome presa de la inconsciencia, apresando mi razón.
Por eso aquella noche ignoré todo argumento negativo reflejado en la cara de mi hermanastra de los ojos azules. Sabía bien que la estaba fastidiando, pero vale, que era eso lo que quería, ¿no? Desde que acepté salir con Beck la intención no fue otra que dar de bofetadas a esas pálidas mejillas de la chica que yo quería, de la mujer de la que tontamente me había enamorado, como una cría sin experiencia.
Ah, si tan solo me hubiese dado cuenta a tiempo de lo idiota que puedo ser a veces, habría evitado todo aquello. Pero no, toda mi autosuficiencia estaba enmarcando mi altivo rostro cuando bajé las escaleras ataviada en ese lindo vestido rojo que me comprara más temprano.
Me dejé el cabello suelto y usé zapatillos a juego con el vestido elegante de talle ceñido y ornamentos de plata, delicados, colgando de una limpia y llamativa abertura en "v" del cuello que permitía un poco la vista de mis pechos. También olía a perfume.
Sus ojos se clavaron en mí, igual que los de Trina, y los de mamá y Víktor. Me miraron con fascinación, admiración tal vez, porque, para ser sincera, me veía hermosa, porque, para ser más sincera, el propósito era verme hermosa, pero no por Beck, sino por ella. La atención que más me interesaba recibir esa noche era la de Jade, y lo había logrado; los ojos que más atentos estaban en mi andar seguro por las escaleras eran los suyos, eran sus orbes claros.
Me había llevado horas estudiar la manera como me presentaría a la familia antes de que Beck llegara por mí. Imité mil formas de modismos clasistas en actrices de televisión, me paré frente al espejo y me hablé a mí misma sensualmente, aprendiendo trucos, tenía qué conseguir mi propósito. Me armé de toda seguridad que pude encontrar descrita en San Google… pero poco me valió, porque tan solo al pasar a su lado, bajando las escaleras, sus palabras hicieron que mis piernas flaquearan casi al borde del desvanecimiento.
—Parece que vas más bien a una cita sexual que a una presentación en el teatro. Estás vestida como una de esas chicas que cuelgan su foto en la Internet para cazar hombres a cambio de una buena noche.
Tuve qué sujetarme del barandal, porque me estaba desarmando, pero no abandoné la postura que mucho había ensayado para lucir autosuficiente, justo para un momento como el que, de manera temprana, ya se me estaba presentando, con la arrogancia dibujada en todas sus facciones.
Giré mi rostro y la encaré, con una sonrisa tan falsa como todo lo que llevaba puesto encima.
—Tal vez lo que quiero es seducir a mi acompañante.
—Espero que no vomite —respondió ella —porque tu perfume no resulta para nada agradable. Huele como a… como a perra en celo.
La habría abofeteado, la habría abofeteado ahí mismo si no estuvieran todos esperándome abajo, mirando hacia nosotras, ansiando que llegara hasta ellos para alabar lo linda que me veía esa noche. Y solo ella no lo veía.
La única persona a la que deseaba impresionar, era justamente la única que me estaba criticando. Y con debida razón, he de reconocer, porque estaba en lo cierto, yo misma me sentía asqueada de mi persona; no era típico de mí, no lo haría de otra manera. Pero vale, que yo solo había comenzado a hacer tantas cosas desde que Jade West apareció, cosas de las que no presumiré jamás contento, cosas que probablemente no volvería a hacer. Pero mi orgullo momentáneo me hizo interpretar sus palabras como simple displicencia de su parte, celos, tal vez, y por un momento eso me valía para continuar bajando mis pasos y mantener la vergonzosa actitud por la que ya había apostado para vencer.
Al llegar al pie de las escaleras, mi madre me tomó de las manos y se alejó para poder observarme desde los pies a la cabeza, maravillada.
—Estás divina, cielo. Me encanta cómo te luce cada cosa, y… —se acercó para olfatearme —hueles maravilloso.
—A mí me parece que el rojo no te favorece para nada.
—¿Qué dices, Trina? El rojo le queda espectacular. Beck es un afortunado al llevar del brazo a tan hermosa chica.
—Es cierto, Tori, te ves muy hermosa.
Víktor envolvió a mi madre en un abrazo indirecto, como si con eso le agradeciera por ser la encargada de traer a mujeres tan guapas al mundo, esas no son exactamente palabras mías, sino que las leí en los ojos de aquél amable hombre. Ah, si tan solo su hija fuera un poco como él.
—Prometo llegar temprano, es decir, a la hora justa para partir mañana.
—Confiaré en ti, y en que Beck será responsable.
—Lo será —sonreí, pero no era más que otra sonrisa falsa, con las que ya comenzaba a familiarizarme.
El timbre rompió las alabanzas y cuando Alex abrió la puerta, un elegante y bien trajeado Beck apareció en el umbral. Nunca supe exactamente qué veían las chicas en él, su aspecto jamás me pareció atractivo. Tal vez se deba a mis "gustos especiales", pero constantemente me preguntaba qué podía tener de bello un muchacho que parecía tan poco aseado a mi gusto; el cabello largo en los hombres siempre me pareció un poco… bueno, no era lo que me volvía loca. Un buen corte y un buen peinado me daban confianza. Además Beck era cero elegante y tenía ese andar desgarbado que lo hacía lucir menos fenomenal a mis ojos. Creo que eran las mismas apreciaciones que tenía Jade sobre él, la escuché decírselo cierto día a otra persona.
Pero bien, era el momento. Él estaba ahí para recogerme. Iríamos al teatro a pasar una bonita noche, o esa era la intención. No había nada peligroso en eso, ni nada que no pudiera sobrellevar. Solo ir al teatro, dos horas de función. Tal vez luego me llevaría a cenar, podía con eso, algo ligero y frío, entonces él me regresaría a casa antes de las doce; un bonito plan, ¿no? Eso parecía, ¿no?
Pues no. soy una estúpida la mayoría de las veces.
Lancé una lánguida mirada hacia las escaleras antes de salir, mi hermanastra seguía en la misma posición desde la cual me había hablado cerca del oído. Tenía el rostro serio, pero no expresaba nada más, ni indignación, ni frustración, ni enojo. Solo un rostro serio.
Pasé a través de la puerta y suspiré hondo. Aquí comenzaba.
xxx
Volví cerca de las doce a casa.
Sola.
El vestido lo tenía hecho girones del lado izquierdo y sucio de las puntas que caían desgarradas a los lados y se arrastraban por el suelo húmedo. Los pies me dolían por la caminata nocturna. Llevaba una zapatilla roja en la mano, ignoro dónde había quedado el par, tal vez lo perdí en el camino, tal vez lo dejé olvidado en aquél inhóspito lugar cuando salí huyendo.
Jade había tenido razón.
Las intenciones de Beck no fueron buenas, no después de la cena. El plan que había trazado funcionó según mis planes hasta el momento en que subimos al coche tras salir del restaurante. La charla había resultado amena si bien yo no tenía ningún interés en mantener una conversación con Beck, pero respondía a sus preguntas y de vez en cuando hacía comentarios para no verme descortés.
Él me preguntó si podíamos detenernos a comprar cerveza en el camino. Por supuesto que le dije que no, pasaban de las once y era muy extraño que sugiriera aquello.
—¿Por qué no? —Preguntó con esa detestable sonrisa coqueta en la cara, con la que siempre intentaba hacer caer a las chicas, por supuesto, él se estaba equivocando conmigo —Aun tenemos tiempo para divertirnos un rato.
—En realidad, debo ir a casa, cuanto antes, mejor. Sabes que mañana tenemos un viaje largo y…
—Tu madre dijo que podía regresarte a las doce.
—… S-Sí… ya te lo dije, mientras más temprano… Escucha: —me giré completamente hacia él para mirarlo a la cara, tenía la vista fija en la carretera pero algo en sus facciones me hizo sentir dudosa de repente, y yo no solía ser así —la he pasado muy bien a lo largo de esta noche, Beck, en serio. La obra estuvo encantadora y la cena deliciosa, que yo recuerde, el restaurante fue una novedad para mí. Me encantó. Tu compañía fue buena…
—Pero Jade te lo advirtió, ¿no es cierto?
Callé.
—Ella te dijo que no me tuvieras confianza.
—N-No no es por eso. Quiero decir, sí me lo dijo pero, no es por eso, yo… En verdad necesito llegar a casa temprano.
Proferí, con la voz y la mirada más enternecida posible, era mi último recurso. Él guardó unos segundos de silencio y luego me miró, seriamente, lo cual inconscientemente me hizo temblar —Solo compraremos cerveza, ¿está bien?
—Beck —suspiré, no quería entrar en pánico pero eso ya me estaba dando muy mala espina —yo solo…
—Me besaste al salir del teatro, Tori.
Es verdad, lo hice. Y no podré sentirme más arrepentida por aquello.
—Me disculpo —, repliqué, sintiendo que estaba perdiendo la batalla; si él intentaba cualquier cosa, estaba a su merced, no soy buena luchadora me esforzara lo que me esforzara, y además estábamos en su coche —no quise hacerlo en realidad.
—¿No? Piensa —. Argumentó mi amigo o… quien una vez lo fuera, prestando atención en ambas partes: la carretera, y yo —Lo hiciste porque estás enojada con Jade, así que puedes darle celos conmigo. Piénsalo, nos podemos divertir. Te acuestas conmigo, y la pones celosa.
Si yo me sentía estúpida, era claro que no era la peor.
—No —le dije claramente, lo suficientemente claro como para que él detuviera el coche a la orilla de la carretera, cerca de un motel, a pocos metros de entrar a la congestión de la ciudad. Hasta entonces me di cuenta que llevaba veinte minutos sorteando caminos que no eran los ideales para que una persona vulnerable en ese momento como yo, se encontrara —Quiero volver ahora, por favor.
No había marcha atrás, ya lo había dicho y ahora debía esperar las consecuencias de aquello.
—Pues yo creo que es mejor divertirnos. Tomaremos lindas fotos y se las enviaremos por whatsapp, ¿qué te parece? ¿Te gusta que te metan cosas por el trasero? Ya sabes, objetos sexuales y eso.
—No te atrevas, Beck. Mi padre es comandante de la policía y no te irá nada bien.
—Si encuentran tu cuerpo, quizás.
Un automóvil pasó a toda prisa a nuestro lado, apenas tuve tiempo de reaccionar —. No seas idiota, todos saben que me fui contigo.
—No desde las nueve.
Cogió el teléfono y me mostró la actualización de su estado en facebook:
En casa mirando televisión, qué bien se ve la lucha libre desde la perspectiva cómica. Aburrido luego de abandonar la función del teatro a la mitad. Manden inbox para comentar la lucha.
—Todos creen que te sentiste mal y tuve qué llevarte a casa a las nueve y media. Incluso pasamos por ahí a esa hora, hay registro de los sitios donde hemos supuestamente estado.
—Eres un maldito.
—Hasta ahora te diste cuenta —el vehículo comenzó a retroceder.
—No te saldrás con la tuya.
—Lo estoy haciendo.
El coche se dirigía al estacionamiento del motel, todo se veía terrorífico desde esa perspectiva. Mi cuerpo comenzó a temblar.
Antes de abrir la puerta para bajarse, el asqueroso de Beck deslizó una mano por mi pierna y sonrió —Por cierto, no te lo dije antes, pero estás hermosa vestida de zorra hoy, hasta parece que me quisieras seducir. Qué buen banquete se come la señorita West cada noche. Podríamos hacer un trío. Avísenme cuando así lo quieran —. Y el maldito me hizo un guiño.
Aunque nunca había sido una creyente formidable, en ese momento bajé a todos los santos del cielo e invoqué a los dioses de otras culturas. Les pedí que me ayudaran a asestar el golpe en alguna parte sensible de mi raptor, si fuera posible, la más sensible de todas. Rogué por una buena puntería, porque el chico fuera delicado, porque el pavimento ayudara en mi carrera, porque la noche no me engullera, porque no apareciera otro Beck en el camino…
Y funcionó. Él abrió la puerta del lado del copiloto y me tendió cortésmente una mano para ayudarme a bajar, se había quitado el saco y estaba ahora aflojándose la corbata. Salí del auto con el temor reflejado en toda mi cara, si Beck fuera una serpiente —que no estaba lejos de serlo— podría olfatear mi miedo.
Me empujó contra el coche y metió una pierna entre las mías, empujándola hacia mi parte íntima, cosa que me hizo estremecer, pero no de gusto. Clavó los dientes en mi cuello y atinó una mordida suave para luego besarme en los labios. Su aliento me provocó náuseas. Cuando una de sus manos bajó por mi pierna izquierda y se abrió camino para llegar a mi zona íntima, me armé de valor y coraje. Tampoco la tendría sencillo, mi padre, en alguna ocasión me enseñó algo de defensa y para mi buen uso, varias veces fui testigo de los entrenamientos de Trina en karate. Sabía qué hacer, cuánto y cómo.
Y lo hice.
Un rodillazo lo más rudo posible se estrelló contra sus bolas y al agacharse para dolerse le asesté un puñetazo fuerte en la cara. También llevaba el gas pimienta en el bolso. ¿Milagro? No lo sé, siempre lo llevaba conmigo como insistencia de papá por lo que se me hizo una costumbre.
Y como eso no fue suficiente, ver al chico sobre el suelo, gritando insultos, me llevó a patearlo todavía más, como si de un saco de excremento se tratara.
— . —mordí —Y esto por mí.
Me aparté un poco para ver mi obra y me sentí complacida. Pero cuando iba a emprender mi marcha el alcanzó a tomarme por el vestido, rasgándolo, con lo que consiguió derribarme al suelo junto con él, intentando dominarme, pero me resistí como si me abrasaran llamas de fuego; mi contribución ayudó menos pues en mi furia y temor poco me importó quedarme desnuda. Halé y supongo que entre esa lucha perdí una de las zapatillas, así que me descalcé la otra y seguí luchando, haciendo uso de nuevo del milagroso gas pimienta que lo obligó a soltarme. Esta vez, no me detuve a mirar mi obra, corrí lo más rápido y lejos que pude.
Sin pensar en que las cosas podrían complicarse realicé la parada a un taxi y me subí, intentando regular mi respiración. El conductor me preguntó si quería ir a un hospital o a la jefatura de policías. Me negué a ambas. Le di la dirección de mi casa y él solo condujo en silencio.
Lo sé, era absurdo, lo correcto habría sido solicitar la justicia, mi padre estaría de guardia y Beck no tendría escapatoria, pero como dije antes, hay momentos en los que yo simplemente no puedo ponerme a pensar y actúo como una infante inexperta creyendo que afuera soy tan fuerte como para sortear a los dinosaurios.
Pensé en las palabras de Jade, en su enojo, en su negatividad. Tenía toda la razón al decirme que no confiara en Beck, pero estaba tan cegada por la ira hacia ella, que solo pensé en darle esos malditos celos, y el tiro me había salido por la culata. ¿Qué pensaría ella de mí si llegaba en aquellas condiciones a casa? ¿Qué pensaría papá? ¿Qué pensaría mamá? Beck diría que me vestí para él, que lo besé, que estuve provocándolo toda la noche. Y yo no podía verme muy limpia discutiendo lo contrario.
Simplemente no podía clamar por justicia así nada más, tal vez haría algo cuando aclarara mis ideas. Ahora solo tenía miedo de todo.
Bajé del taxi y me dirigí sin prisa hasta la puerta de la casa. Afortunadamente, conservé el bolso conmigo y pude pagarle al conductor que se fue poco convencido de dejarme en aquellas condiciones pero al final aceptó retirarse. Me dejé caer en los escalones antes de encontrarme con la puerta y permanecí algunos minutos ahí, doliéndome de mis heridas. Sentía las plantas arder a causa de los cortes que me había hecho en la carrera, pero más me dolía mi fracaso. Me sentía humillada y era peor que tal vez si hubiera terminado siendo violada, porque el ultraje tuvo un principio y no me lo quitaría de la cabeza por un buen tiempo.
Entré a la casa con el mayor de los silencios, pero me llevé la peor de las sorpresas cuando en medio de la oscuridad, las voces en la sala me paralizaron los sentidos. La televisión estaba encendida y el pánico no me abandonó cuando comprobé que solo eran los infomerciales de medianoche a volumen moderado, ella estaba ahí. Jade.
Tenía una manta echada sobre sus piernas y los ojos cerrados, envuelta en una imagen etérea que bajo otras circunstancias, me habría quedado a admirar, pero tristemente no era la ocasión para eso. Me debatí por unos segundos entre huir a mi habitación o cerciorarme de que estuviera dormida; si lo estaba, sería un golpe de suerte para mí, si resultaba lo contrario, las explicaciones no podrían omitirse, ni evadirse, ni ocultarse. Me acerqué lentamente y asomé por encima del sofá. Escuché su respiración pacífica. Dormía.
Me alejé cuanto antes porque todavía sentía el aliento de Beck en mi nariz y creía que su olor se me había impregnado por el resto del cuerpo. Me sentía nauseabunda, así que subí las escaleras y me encerré en mi habitación, respirando agitada. Me recargué unos segundos siendo apenas consciente de la feroz batalla que había librado probablemente con ayuda de los santos. Por poco, por poco y ya no estuviera en este mundo.
Pensé en todas las cosas que pudieron haber dejado de existir en ese letargo de mi caída a pique en la oscuridad eterna. Lo primero que vi fueron los ojos de Jade, azules, sonrientes, eran el color más vivo que podía hacerme estremecer y respirar la naturaleza a mi alrededor. Me pintaban el mar y el cielo, las plantas, los nubarrones de verano, las algas, me transportaban a las aguas verde azules de aquella piscina de esa vieja casona donde hicimos el amor por primera vez. El olor de Jade, como a menta y café. El suave tacto de su piel como las finas sedas de Arabia, el color negro de su cabello que me arrullaban como la noche, y esa piel nívea que me recordaba la existencia de los ángeles en la tierra…
Luego estaba Trina, mi madre y papá… todas esas personas que amaba y que pude haber perdido en instantes, tan solo por un capricho que me había salido demasiado caro.
Me limpié las lágrimas y corrí al baño, asegurándolo por dentro. Dejé que el agua corriera por mi cuerpo haciéndome sentir viva, como si hubiese salido de un fango cenagoso lleno de los más viles excrementos humanos. El olor a champú me quitó esa sensación nauseabunda del aliento de Beck y sentí la suavidad del jabón pasando por mi cuerpo, nunca antes disfruté un baño como ese. Todo me resultaba glorioso y vivo.
Jade se sorprendería cuando mirara la hora y se diera cuenta que ignoró mi llegada. Podía imaginar el surco en su frente a causa del enojo. Por si acaso, no puse el seguro en la puerta de mi habitación, ella podría entrar más tarde y darse cuenta que no me quedé con Beck a pasar la noche, y que había regresado sana y salva a casa.
Probablemente se sentiría frustrada por haberse equivocado respecto Beck, pero aliviada al mismo tiempo de que nada hubiera pasado entre nosotros.
Y me dormí conformándome con eso.
xxx
Llegó tarde, por lo que pude notar. Si hubiese llegado temprano de seguro habría hecho todo lo posible por llamar la atención y presumir la bonita noche que había pasado con el asqueroso de Oliver, pero no fue así, llegó tarde, y sabrá Dios en qué condiciones. Por eso optó por ir directamente a su recámara. Ya me imagino el estado en el que el simio con fisonomía humana la trajo a casa.
Me asomé a su alcoba a eso de las cuatro, ella dormía plácidamente, con el rostro vuelto hacia la ventana y la espalda descubierta. Me sentí tentada a ir a cobijarla, pero sabía que eso no podía terminar bien de ningún modo, así que opté por dejarla pescar un resfriado, de seguro su linda noche culminaría con una mala experiencia mocosa.
Jamás en la vida me quedé esperando por alguien previo a Vega. Algunas veces me quedaba dormida en la sala para escuchar el arribo de papá, pero no porque estuviera preocupada, sino por mera costumbre, mi habitación se había convertido en una cueva a la que recurría frecuentemente para aislarme del mundo, y cuando Alex dormía y mi padre no se encontraba en el departamento, yo me abría espacio en la sala para mirar películas en el reproductor o escuchar música con los audífonos puestos. Mi padre jamás me dio razones para preocuparme por él, y con Alex en casa y todo tranquilo, la paz resultaba terapia para mi propio relajamiento. Y era feliz.
Ahora odiaba a Vega por las ojeras que tenía bajo mis ojos. Intenté disimularlas con unas enormes gafas para sol mientras bebía mi café en la cocina. Todos estaban vueltos locos con el equipaje, pero yo no. Cualquier cosa que me pudiera hacer falta, mi padre la supliría. Si íbamos de compras a Nueva York, no veía la necesidad de llevar equipaje. Eso nunca me preocupó. Era privilegiada, tal vez, y un poco vanidosa y bizarra, pero tampoco era mi culpa, así fue como me educaron. Mi padre siempre dijo que nada me haría falta jamás, ni a mí, ni a Alex, así que yo siempre le tomaba la palabra antes de que se arrepintiera.
—¿Cómo puedes estar tan tranquila ahí parada? Deberías estar calculando el peso de tu equipaje, vamos a Nueva York —pitó la hermana mayor de las Vega, la molesta, la fastidiosa, a la que cada mañana era ardiente el deseo de verterle el café caliente por toda la cara —Nueva-York —repitió, como si yo no lo entendiera.
—Tengo mi equipaje listo.
—¿Seguraaa? ¿Llevas calzado para toda ocasión?
—Sí.
—¿Y si se nos ocurre salir a correr?
—Yo siempre estoy preparada para todo.
Deposité la taza sobre el fregador y me dediqué a evaluar el desastre en el que se había convertido la sala de ese hogar, parecía una escena noventera de Home Alone, todos yendo y viniendo, por todos lados.
—Alex, ¿llevas tu chaqueta de invierno?
—No es invierno.
—Nunca se sabe en Nueva Yor. Anda por ella.
Observé al pequeño escarabajo y me burlé de él sacándole la lengua, el idiota me mostró el dedo grosero y cuando iba a hacer lo mismo apareció la persona que yo más quería ver ese día.
Llevaba unos simples pantalones de mezclilla como tanto me gustaba ver en ella, unos tenis converse y una sudadera abierta a medio pecho y recogida hasta los codos con el cabello suelto, enmarcando, como particular detalle, su rostro en gafas gruesas para sol, como justo yo hacía. Intuí, para mi desgracia, que se debía a la noche de desvelo, y mi mente giró retorcida a qué tipo de noche de desvelo había mantenido con el cara de árabe.
La seguí con la vista mientras bajaba a duras penas una pesada maleta de piel atigrada, bastante fea, y solté una risita cuando el artículo cayó con un sonido seco a mis pies.
—¿Es todo? ¿Has empacado por fin la casa? ¿No te llevas también mi coche?
Ella me miró bufando, y me lanzó una respuesta fría que no era como aquellas que acostumbraba, tenía una entonación diferente, como si de verdad estuviera procurando que cerrara la boca —. No estoy para bromas, Jade.
¿No? ¿Y la bonita noche qué? ¿Acaso no se divirtió anoche con el estúpido simio canadiense? Sin duda parecía haber sido todo lo contrario, aunque me reservé las conclusiones hasta que mis siete sentidos lograran atar todos los cabos.
—¿Están todos listos?
—Más que listos.
—Vámonos ya.
Cogí el único equipaje de mano que llevaba, ante la sorpresa del resto de la comitiva, sobre todo la de la fastidiosa hermana mayor.
—¿E-Eso es todo lo que llevarás?
—Veamooss… —respondí, sopesando el peso del equipaje —Laptop, celular y auriculares. Sí, lo llevo todo.
—¿Y tu ropa?
—En el armario.
—¿No empacaste ropa, Jade?
—Papá, sabes que pocas veces lo hago, de todos modos, no estaremos más de tres días en Nueva York y quien duerma conmigo, tendrá que soportar mi dulce olor.
—Yo no dormiré contigo.
—Yo tampoco —dijo Alex.
—Ah, tendrás qué reservarme habitación para mí sola. Andando, que aun debemos pasar por Cat.
Mejor la hubiésemos olvidado, no imaginé lo fastidiosa que resultaría esa chica en el vuelo, para colmo, se sienta a mi lado, si mi padre sabe perfecto que no consiento a la gente cerca de mí a menos de diez kilómetros a la redonda, siempre debe adquirirme dos asientos para evitar que alguien me moleste cuando quiero levantarme y estirar las piernas, pero esta vez no, esta vez Cat ha ido a sentarse en el asiento vacío y ha pasado todo el camino contándome las sucias anécdotas de su hermano esquizofrénico. A la menor oportunidad, rompería la ventana y la echaría en picada fuera del avión… Por supuesto que eso era solo un sueño, un sueño muy lejano que me encantaría poder realizar, y no solo con ella.
—¿Sabes por qué mamá coloca recipientes por la noche en la cocina?
—No, Cat, no lo sé —. Respondí, con la cabeza descansando fatídicamente contra la palma de mi mano derecha —¿Por qué?
—Porque mi hermano, algunas veces, se levanta a medianoche y le da por comerse las cosas del refrigerador, las que ya tienen días almacenadas ahí…
Mi cerebro dejó de procesar las palabras de la pelirroja, las que, después de todo, ni siquiera estaba escuchando con atención. Tori se levantó de su asiento para dirigirse al baño.
—Y entonces mamá luego dice que no debo tocar cualquier cosa que amanezca dentro de los recipientes al otro día, sobre todo si es de color verde.
—Sí, muy bien, Cat, hazle caso a tu mamá. Ahora vuelvo.
Sin perder dos segundos, me dirigí a paso raudo hasta alcanzar a mi hermanastra, que ya estaba entrando al pequeño W.C.
—¿Qué haces? —Protestó, mientras que yo pasaba el seguro por la puerta.
Me volví contra la puerta y crucé los brazos —¿Qué pasó anoche con Beck?
Ella me miró, como si no creyera que fuera yo quien le estuviera preguntando aquello —. En serio, Jade, no tengo nada de ganas de hablar sobre lo que hice anoche
—¿Por qué no? No te ves muy contenta. ¿Te hizo algo?
—¡No! ¿Qué cosa me iba a hacer?
—No lo sé. ¿Por qué no te quitas el suéter?
—Tengo frío.
—La temperatura está bien.
—Solo no quiero, ¿de acuerdo? Ahora sal de aquí.
La observé, tenía algo en la mirada, algo distinto que no estaba dispuesta a dejar a pasar. Ella no era la misma, algo en sus ojos había cambiado. Notaba una opacidad en los que antes eran unos ojos fulgurantes.
—Dímelo.
Ella resopló, fastidiada —No es nada, ¿de acuerdo? Solo… quise intentarlo, pero al final no pude.
—¿No pudiste qué? ¿Qué quisiste intentar?
Sus irises marrones me miraron de nuevo, como si se empeñaran en sembrar en mi una respuesta que yo no pudiera refutar de otro modo.
—Intentamos tener sexo, pero al final me arrepentí.
La solté, porque hasta entonces fui consciente que la había estado tomando fuertemente del brazo.
—No es cierto. Tú no… Tori, tú no.
—Sí, yo sí. Te dije que no eras dueña de mi vida, que tú no tienes autoridad sobre mí y que por tanto yo puedo hacer con mi vida lo que quiera y si anoche quise estar con Beck es porque yo quise estar con Beck y tú no ibas a impedirlo.
—¿Y por qué no estás contenta?
Tragó, seguramente porque le asesté un derechazo que no podía esquivar.
—Porque si lo preguntas, es cierto, estoy enamorada de ti y simplemente no puedo ir a meterme con otra persona solo para olvidarme que ese amor es imposible.
Y me devolvió el puñetazo. Sentí mis piernas tambalear pero como yo no era una blandengue, solo no iba a darle el lujo de que me viera en ese estado de estupefacción y deseo trémulo por ella. Intentó huir, pero la atrapé por la muñeca.
—También te amo, Tori. Pero no quiero que hagas estupideces solo porque no podemos estar juntas.
—Solo porque a ti te gusta ser masoquista.
—Solo porque tu madre se cruzó en la vida de mi padre.
—Solo porque tu padre tuvo la brillante idea de venir a Los Ángeles.
—Solo porque… —solo porque mi madre murió, pero no lo dije, la verdad, era más mi culpa que suya, pero no lo iba a aceptar —Me alegro que no lo hayas hecho con Beck.
—Sí, pues ganas no me faltaron —si hubiera sido Pinocho, el avión habría sufrido una descompensación de aire porque su nariz habría perforado los tanques de oxígeno y atravesado la lámina de seguridad; se le notaba en toda la cara que estaba mintiendo, pero yo no era nadie para hacérselo notar. No ahora, la torturaría con eso después, el tiempo sobraría para ambas.
Acaricié los dedos de la mano que sostenía todavía entre una de las mías, y de inmediato sentí ese choque eléctrico que conectaba nuestros cuerpos como si fueran uno solo. Ella se tensó, poniéndose rígida, y balbuceando cosas sin sentido sobre que la dejara salir del baño, pero no lo iba a hacer, no hasta que cualquiera de mis movimientos le dejara claro que tal vez yo sí era alguien en su vida, que tal vez yo era la única persona que podía crearle un cielo a mitad del infierno.
Llevé sus dos manos por encima de la cabeza y la besé, para entonces ya caían perlas de sudor dentro de su pecho descubierto, estaba temblando y a punto de desmayarse cuando empujé sus caderas con un movimiento de mi pierna entre su intimidad, empujando hacia arriba. Ella lanzó un gritito ahogado y exhaló profundo. Tenía miedo, lo podía ver en sus ojos. Ella podría dejarse hacer cosas por mí en ese reducido lugar, pero aun podía sentir ese "no sé qué" que me impedía de cierta manera, forzarla a algo.
Necesitaba comprobar qué tan dañada por lo de Beck estaba ella, así que decidí arriesgarme. Metí una mano por debajo de su suéter, acariciando su estrecha cintura. Ella cerró los ojos y se quedó quieta, no le molestaba, pero tampoco lo estaba disfrutando del todo.
—Tori, ¿qué te pasa?
Su repuesta fueron solo suspiros, suspiros que me quemaban el alma.
—Tal-vez, no sea buen momento ahora —dijo ella, aun sin abrir los ojos, pero yo solo no podía dejarla ir sin que ella me dijera lo que estaba pasando.
Bajé la palma de mi mano hasta su zona íntima y la acaricié, ella volvió a estremecerse, pero se contuvo, apretando más los párpados. Yo me separé un poco de ella para mirar su gesto, me sorprendió verla como si estuviera rezando, en un estado fuera de lo ordinaria que ella solía ser; así que estaba dispuesta a dejarla ir, cuando su par de ojos marrones se abrieron y me observaron a plenitud. Una mano delgada de la morena se abalanzó contra mi cuello y succionó, mientras su mano buscaba un hueco entre mi nuca para halarme a ella y besarme en los labios, yo estaba dispuesta a enredar mis manos en su cintura cuando escuchamos la voz inoportuna de alguna sobrecargo llamando a la puerta.
—Disculpen, señoritas, pero es hora de que alguien más haga uso del baño.
En mi imaginación, volé la cabeza de aquella rubia con una bomba molotov, pero al final de cuentas, humanamente, tuve qué obedecer, así que me alejé de Tori, quien se había quedado aferrada a mis brazos y le susurré, solo para ella y nadie más en ese espacio galáctico en el que volábamos ahora, escuchara.
—Quizá no podamos estar juntas, por lo pronto, pero siempre que necesites satisfacer tus… necesidades básicas, nadie dijo que no puedes buscarme y divertirnos juntas. ¿Qué te parece?
—Yo solo quiero estar contigo.
—Y yo contigo, pero nadie más debe saberlo, ¿está bien?
Ella me miró, con los ojos comenzando a cristalinizarse, intentando descifrar la verdad detrás de mis palabras.
—Eso significa.
—Ssht —la silencié —será nuestro secreto.
Una débil, pero sincera sonrisilla, se le dibujó en el apesadumbrado rostro, y de pronto la opacidad que la embargaba había desaparecido. Los ojos marrones de mi bella hermanastra, volvieron a su fulgor.
—Salgamos de aquí antes de que se nos arme un escándalo —dijo ella, tomándome de la mano. Todavía me preguntaba cómo demonios iba a mirar a quien sea que estuviera esperando afuera, porque quien sea que estuviera esperando afuera, sabría que no estuvimos ahí solo para contarnos secretos.
Tori abrió la puerta metálica del baño y nos encontramos de frente con una linda sobrecargo rubia.
—¡Hola, Jade! Qué casualidad encontrarnos de nuevo en un vuelo.
Sonrió, en toda su perfecta dentadura.
—Stephanie —murmuró Tori entre dientes.
Creo que ella tomó mi tarjeta.
xxx
Eso es todo por esta vez u.u Los tomatazos a la salida, por favor u.u Los autógrafos, a cambio de un review u.u Se les quiere, mi gente (u.u)/
Saludos especiales a mis lectores fieles a esta historia, y a los nuevos, y a los que comentan, y a los que me agregan a favoritos, y a los que solo leen en el anonimato.
Mis agradecimientos especiales a:
PanxaaaxD; Chaneque; LaOdisea; Misticgwen; Some Anonymous; Mart; Wiltamber; vaniap0211; Guest1; Guest2; Guest3; angels- inu; Gabbana; Guest4; HayateMapacheYagami; Guest5; tasia; Ross; Jessie Montoya y Guest5 por comentar esta historia, enormes besos para cada uno.
LindsayWest les manda abrazos y un saludos de Elizabeth Gillies hasta su casa ;—) La revedere, mis amados :v /
