—¿Has vuelto a ver a esa mujer?

—Sí, pero ya no es lo mismo.

—La has olvidado…

—No exactamente.

—¿A qué te refieres?

—Cuando eres adolescente y te enamoras de esa manera tan vehemente, creo que jamás lo olvidas, no del todo.

«Ella, en cambio…».


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


III


Entró y observó la casa de forma circular en su totalidad: los libros tapaban todas las paredes de la sala principal. Qué impresión le daba y cuánto le recordaba a la pared de libros de su abuelo, el Dr. Brief. Gohan sí que era un erudito. Sonriendo, caminó despacio hacia el modular, donde apreció una foto de Pan, toda pequeñita e imposiblemente tierna sentadita en una roca. Al lado de la niña, notó la foto de casamiento de Gohan y Videl. Siempre sonreía al ver esa foto; la veía feliz y eso lo hacía feliz. Al sentir la presencia de Videl tras él no fue capaz de hacerlo, sin embargo. Quería tocar su mano.


—No quiero que esto termine… —dirá, apretándola amorosamente contra él.


Por la preocupación y por la necesidad de tocarla; para eso había ido cada día de la semana al lugar prohibido, a Paoz. Bien sabía que caía en picada, que cada vez podría soportarlo menos, pero la angustia de Videl era tan palpable y tan constante que no podía hacer más que mantenerse cerca. Su amor adolescente, además de su sana tozudez, de su obstinación innata, hacía que no fuera capaz de seguir su camino sin saber antes que ella se encontraba bien. El espiarla cada día desde la ventana de Goten, la devastadora imagen de ella atisbando el cielo con tan doloroso gesto era suficiente para él: había llegado el momento de indagar. Aunque no tuviera derecho a ello, lo haría.

Recordó al papá de Goten combatiendo contra Hildegan: «si yo no lo hago, nadie lo hará», había dicho. Nadie parecía notar el estado de Videl, ella parecía disimularlo con magistrales actuaciones. ¿Pero por qué Gohan no lo notaba? Lo había cruzado el miércoles, lo había saludado, le había preguntado cómo estaba todo; Gohan había respondido «muy bien», palabras acompañadas por una de esas sonrisas serenas de él. Notarlo tan tranquilo lo había irritado en demasía. Y Videl, la que todo lo merecía, tristeza pura al atisbar el cielo. Algo era injusto. Así que haría lo que Goku recomendaba en sus recuerdos: si nadie nota lo que le pasa, entonces yo me ocuparé.

No quería verla llorar nunca más.

—Siéntate donde quieras —dijo Videl unos minutos más tarde mientras él divagaba, trayendo café en una bandeja.

Trunks vio lo que iba sobre la bandeja: dos tazas, una azucarera, una pequeña lechera para cortar el café. Ni lo pensó:

—Permíteme ayudarte.

Sujetó la bandeja. Al hacerlo, rozó por un instante las manos de Videl, que sostenían a cada lado. Las miradas se cruzaron un significativo segundo en el que Videl se sintió extraña, justo como desde el primero de esos particulares encuentros con Trunks le venía pasando. Cuando Trunks bajó la mirada, ella se relajó. Él elevó la bandeja y, así, se la quitó. Llevó el café hacia la mesa, apoyó la bandeja y se sentó delante del televisor. Al notar su ubicación, Videl, ya alejada del lapso anterior, habló por cortesía:

—¿Quieres ver alguna cosa en la tevé?

—N-no.

—¿Seguro? Eres libre de…


—… pedirme lo que quieras, Videl.


—… de hacerlo, de mirar lo que desees.

Trunks disintió. No quería hacer nada más que derribar el muro que lo hacía ser nadie para ella en pos de poder acercársele, de poder ser imprudente, de poder ayudarla en lo que estuviera a su alcance, todo con tal de detener su palpable dolor. Miró la taza, se perdió en la oscuridad del café, contuvo el maldito rojo que ella le plasmaba en las mejillas. No podía animarse. La incomodidad dio inicio; ni uno ni otro emitieron sonido. La televisión se encendió de un segundo al otro. Trunks se fijó en Videl y ella rio apenas.

—¡Veamos qué hay de interesante!

Videl, más nerviosa de lo que creía estar, fue de canal a canal. ¡Cualquier cosa mejor que el silencio! Cualquier cosa menos una mención a su llanto del domingo. Muy segura estaba, pensando en la empatía tan notoria de alguien como Trunks, que él aprovecharía la soledad para preguntarle si necesitaba algo, para ofrecerle ayuda una vez más. Ella, por supuesto, no quería algo semejante. La frustraba pensar en que alguien pudiera ir más allá de su muro de fortaleza —fingida a tremendas alturas— y ver fisuras en ella. Videl no era alguien a quien le agradara, en absoluto, denotar debilidad.

Estaba tan concentrada en sus pensamientos que parecía prestar total atención al televisor que tan fijo miraba, algo que de ninguna manera estaba sucediendo. Trunks se fijó en ella. Pronto, cayó en el conocido lapso de toda la vida: la escrutó como tanto deseaba hacerlo, enteramente y frenos, sin prisas. La miró sin temer que alguien descubriera su fijación. Estudió la piel: era blanca como la nieve. Sus ojos, tan bien conocidos ya, eran de ese color celeste exquisito, tan grandes y redondos esos ojos que todo parecían provocarlo. Su cabello, que no llegaba a los hombros, tan distinto al corte masculino que tenía cuando la conoció en el torneo, tan negro y brillante como la noche. Las manos, de dedos largos y delgados, de uñas cortas aunque prolijas que imaginaba deslizándose por su piel.

Su boca se entreabrió.

Las uñas, filosas uñas, deslizándose por su espalda. Luego por su pecho, luego por su estómago. Un escalofrío lo atravesó; se sumió en un momento surreal al morderse el labio. Juró estar a solas con ella en un lugar oscuro, sintiendo la suave respiración chocando contra su piel. Juró estar junto a ella, abrazándola, apretándola contra su cuerpo.

Se mordió más.

Juró que ella lo abrazaba, en respuesta; que todo se lo contestaba. Y las uñas resbalaban y la respiración aceleraba.

Y más. Se mordió aún más.

Juró que los labios se pegaban a los labios, las pieles a las pieles y las almas a las almas. Y la respiración, con el apretar impetuoso de las uñas sobre la piel, era sucedida por un sonoro, erótico, grito.

Se mordió el labio de nuevo, tanto que, pronto, se lastimó.

—¡Ah! —siseó.

Videl dejó de pasar de canal, largó el control sobre la mesa y atisbó a Trunks. Los ojos saltaron de ella.

—¡¿Qué te pasó?!

Trunks despertó, se llevó una mano al labio, tocó y luego estudió sus dedos: sangre. Se insultó a sí mismo, ciertamente impresionado por esto que acababa de pasarle, el viajar libre de sus ojos por el cuerpo más deseado de su vida transformándose en un anhelo que, en su mente, había pasado como una película. Videl salió corriendo para el baño, y él, solo, se odió por su extrema imprudencia. Ahora, su cuerpo estaba prendido fuego.

—Maldita sea… —farfulló nervioso.

Cómo deseaba a esa mujer.

Había mezclado todo: se había dejado llevar por el deseo olvidando el verdadero motivo de su visita, indagar. No sólo no lo había hecho, sino que además se había prendido como el maldito adolescente que era. ¡Felicidades, Trunks!, se dijo con odio. Quería irse. Sujetándose el labio, maldiciéndose y aguantándose las ganas de tocarse para aplacar el calor que lo domaba, Trunks se vio incapaz de hacer nada. Con la piel erizada y la mente imposibilitada de razonar, se limitó a esperar. Videl apareció con un botiquín.

—Permíteme, Trunks.

Videl apoyó el botiquín en la mesa, sacó algodón, lo humedeció con alcohol y lo apoyó en el labio inferior de Trunks, que al sentir el espantoso ardor se hizo hacia atrás, apretando fuertemente los párpados. Sin darse cuenta, por puro acto reflejo, sostuvo las muñecas de Videl para alejar el algodón de él. La tensión cayó sobre los dos. Videl se paralizó un momento; al siguiente, reaccionó. Sonrió con cierta pena.

—¿Fui brusca? —inquirió al retirar el algodón.

Los ojos de Trunks se abrieron. A centímetros de él, encontró la mirada de ella. Sin siquiera parpadear, enamorado demencialmente de ella y la dulzura que acababa de regalarle, susurró un tímido «no». Y allí mismo se perdió; traspasó toda barrera intraspasable por tratarse ella de la esposa de Gohan al quedarse clavado a su mirada y no abandonarla más. Estaba obnubilado, fascinado por la belleza de Videl. Ella sintió —las miradas son las únicas que lo hacen sentir— la intensidad que él puso a su contemplación. Eran los mismos ladrillos del primer encuentro. La piel de los dos se erizó, más al notar que él la estaba sujetando aún pese a que ella ya había alejado el algodón. Confundida, Videl entendió que era un lapso idéntico al de las manos tomadas de días anteriores, ese lapso que había dejado atrás a la fuerza.

¿A la fuerza?

Alejó sus manos hasta que Trunks terminó por soltarla. Despertaron al mismo tiempo.

—Quédate quieto para que pueda curarte, ¿sí?

Trunks tragó saliva, revolviéndose en la silla. Otra vez la había tocado y otra vez se había terminado antes de cuando él lo hubiera querido. Mucho antes.

—Sí…

Echó hacia atrás su cabeza, con Videl de pie a su lado. Abrió apenas la boca, y ella limpió la sangre del labio. Ella escrutó el rostro de él: mejillas rojas, agitación, ojos entrecerrados apuntando hacia el extremo opuesto de donde ella se encontraba. La estaba evitando.

¿Por qué?

¿Qué eran todas las actitudes sospechosas que le notaba últimamente?

¿Qué eran esos lapsos de quietud que la atacaban cuando estaba ante él?

—Ya. No sangra más.

—Gracias, Videl.

Ella ni lo miró; tomó el botiquín y lo guardó en el baño. Retornó, como si nada, a la sala. Trunks miraba la taza que no había tocado, abstraído, hasta bloqueado, asustado. Se sentó junto a él pero él no la observó.

—¿Cómo te cortaste? —preguntó, más por compromiso que por algo más, Videl—. ¿Qué ocurrió?

—Me mordí el labio sin querer. A-a veces me pasa…

—¿Ah, sí?

—Sí…

No la miraba; su mundo era la taza y de allí jamás se alejaron los ojos. Videl sintió que el momento se extendía por la eternidad. ¿Qué magia extraña paralizaba así el tiempo? Vio a Trunks como un adolescente con todas las idas y vueltas que uno que se precie tiene impregnadas al alma. Le pareció frágil, en conflicto consigo mismo. ¿Cuándo Trunks, que siempre le había parecido tan encantador muchacho, que toda la vida parecía barrer con su personalidad, había sido eso que ella estaba notando? Estaba en shock.

Todo cuanto sucedía era por demás inesperado.

Necesitando cambiar de tema, ella dijo lo primero que se le ocurrió:

—Supongo que… los saiyajin tienen problemas con eso de la fuerza.

Trunks, por debajo de la mesa, apretó los puños. Era un volcán de confusión, anhelos y culpa.

—Sí, muchos. Todo el tiempo…

—A veces me pasa. O me pasaba, mejor dicho… —La mirada resplandeciente de Videl, apagada en los últimos tiempos, menguó aún más—. En la época en la que alcancé mayor fuerza, a veces, si por ejemplo me enfadaba y daba un portazo, rompía la puerta. —Pese a los nervios y el recuerdo de algo que hacía siglos no le sucedía, una anécdota de la Videl que ya no era, pudo sonreír.

Trunks sintió cómo esa suerte de ímpetu arrasador que lo tenía subyugado bajó a la tierra. Sin más, lejos de aquella imagen sugestiva que tan bien había plasmado en su mente, se dejó llevar por ella.

—Me pasó mil veces —comentó él, permitiéndose reír un momento—. Supongo que es normal. La naturaleza saiyajin no es adecuada para la vida en la Tierra.

—Aunque debe ser peor para Goku y Vegeta, ¿verdad?

—Claro. Ellos son puramente saiyajin. En cambio, Gohan, Goten, yo…

—Lo noto en Pan. A veces jugamos en el jardín y ella es tan bruta. ¡Me deja moretones!

—Eso no es nada: mi hermana se hizo la costumbre de rasguñarme.

—¡Te debe dejar todo marcado!

—Sí. La odio…

Cuando se quisieron dar cuenta, el diálogo había fluido tan bien que se encontraron riendo, juntos, mirándose a los ojos, relajados.

—Creo que no le tienes mucha paciencia a Bra.

—¡Claro que se la tengo! Pero ella es un diablo. Como todos la consienten y la tratan de princesa, piensa que se le tiene que cumplir cualquier capricho.

—A mí me parece muy linda. Cuando nos juntamos y Pan, Marron y ella se ponen a jugar, siempre se le ocurren unos juegos muy originales. ¡A la vuelta, Pan siempre habla y habla de esos juegos!

—Del endemoniado guerreros y princesas…

—¿Ese cuál es?

—Bra agarra sus mil millones de muñecos y peluches, los lleva al sótano de casa e inventa que estamos en una misión de conquista como las de mi papá. Ella es la princesa y, junto con sus soldados, tienen que conquistar el planeta.

—¿«Estamos»?

—Oh, sí. Cuando Goten viene a casa, él es su mano derecha. Siempre viene a molestarnos para que juguemos con ella…

Videl se mató a carcajadas. Qué niña particular era Bra. Notó el fastidio meramente fraternal de Trunks y un recuerdo la acechó de repente.

—¡Pero tú no eras muy distinto a ella! Siempre andabas jugando a la guerra con cientos de robots. ¡Y es más! Cuando pasó lo de Tapion, siempre andabas cortando cosas con la espada que te regaló.

Trunks se mató de risa junto con ella. ¡Qué pena que recordara algo semejante! No obstante, lo tomó con humor:

—Hasta que le corté un mechón de cabello a Goten sin querer…

—¡Ah, sí! Chichi te persiguió por toda tu casa. ¡Lo recuerdo! Estaba furiosa. ¡Hubo que cortarle el cabello muy corto a Goten! Lloraba, pobrecito…

—Desde ese día, mamá no me permitió jugar más con la espada.

—¡Menos mal!

Rieron de nuevo. Trunks recordó el café. Tocó la taza: estaba tibia. Se bebió todo el líquido de un trago. Cuando lo hizo, Videl rio aún más. Se respiró un ambiente tan distendido que él, casi sin darse cuenta, lo dijo:

—Te noto… mejor que la última vez. —Se rascó la nuca, nervioso—. Me alegra mucho.

Videl no fue la misma desde ese punto en adelante: paralizada ante él, con las mejillas rojas y el ceño fruncido, se sintió tremendamente avergonzada.

—Viniste porque te quedaste preocupado, ¿verdad? —dijo sin mirarlo a los ojos, mirando su taza, la bandeja y la nada misma; todo el universo, menos él.

Trunks notó su cambio. Se odió por haber hecho semejante comentario.

—Disculpa, no quise…

—No. —Videl dio énfasis a su respuesta moviendo su cabeza a un lado y al otro, en negación—. Es… muy noble de tu parte. Te lo agradezco… Fue muy infantil de mi parte llorar así el otro día. Tú no tienes nada que ver.

—Lo sé. Pero… Videl, tú… —Trunks, con la mano aún en la nuca, se tironeó del cabello. El labio aún le ardía, así como el corazón; un poco de valentía bastó y sobró para proseguir—. Tú siempre te preocupas por todos y eres fuerte y decidida…

Y perfecta, tan endemoniadamente perfecta que no tolero mirarte, agregó Trunks en sus pensamientos; eres tan perfecta que no soporto estar ante ti.

—Tú eres distinta, no eres de las personas que lloran por cualquier cosa…

Videl se asombró al escucharlo. Nunca, estaba segura, había hablado tan en profundidad con él. Se dijo que estaba conociendo una faceta de Trunks muy sensible, delicada y también admirable. Le pareció adorable. Detrás de ese muchacho que bromeaba y se hacía el líder, el portador de la sangre real saiyajin, había un muchachito que observaba el entorno y no dejaba escapar ningún tipo de detalle. Trunks era un muchacho atento, amable y educado. Era reconfortante hablar con él así por primera vez.

—Gracias por ver eso en mí —dijo ella, emocionada.

Trunks la miró a los ojos. Videl, al sentir el peso de los ladrillos tirando bajo tierra su cuerpo y su ánimo, se tapó la boca con tres dedos, el codo apoyado en la mesa.

—Es la verdad, nada más.

Los dedos apretaron la boca; las miradas se mantuvieron pegadas por interminables, sofocantes, segundos. Un nuevo lapso se manifestó: Trunks notó que era mentira, que la verdad era la imagen de ella atisbando el cielo con aquel devastador semblante; Videl supo que Trunks le leía la mirada con pasmosa facilidad. ¿Por qué? Él también se halló asombrado por un momento mas no para siempre: leo sus ojos porque ella me importa, porque siento algo inmenso por ella, porque me importa más que la mayoría de las personas. Lo hago porque ella es especial para mí.

¿Por qué Gohan no nota algo tan obvio?

Trunks frunció el ceño que bastante fruncido tenía per se por aquella inexorable herencia paterna que lo hacía ser un muchacho caprichoso, obstinado, orgulloso también. Sintió un pinchazo de furia hacia Gohan; lo alejó en un santiamén. Quizá, como se había dicho antes, ella no dejaba notar lo que, para él, tan evidente era.

Pero, si ella tenía un problema, ¿por qué no lo hablaba con su marido?

Videl no pudo más, el peso de la mirada y la debilidad que no le permitía mantener la fachada la vencieron: lloró. Se levantó de la silla y dio vueltas por la sala, descontrolada. Su muro acababa de derribarse y ahora se sentía desnuda ante una mirada demasiado intensa como para ser tolerada. Unas manos apretaron sus hombros y fue en ese mismo momento donde la situación cedió.

No podía callarlo más: su dolor era evidente y Trunks lo sabía tan bien, quizá mejor, que ella. Por algún motivo, hasta entonces desconocido, él sabía más de ella de lo que ella pensaba y esperaba.

—Videl, no sé qué te sucede. ¡Y sé que estoy siendo entrometido, perdóname!, pero no soporto verte así… ¡Es como si te estuvieras tragando todo, y no lo entiendo! ¡Si necesitas hablar con alguien, por favor, cuenta conmigo! Si no tienes con quién hablar ¡yo te escucharé encantado! —Las manos apretaron más los hombros amados, soñados; la boca expulsó todas las palabras contenidas durante años—: ¡Quiero que cuentes conmigo! ¡Yo te escucharé! ¡Lo haré!

Ella giró sobre su eje, haciendo que las manos se soltaran de sus hombros. Tapándose la boca, sólo tuvo que mirarlo un segundo a los ojos para poder permitirse, por primera vez, ceder ante su intensidad adolescente: su rostro avanzó hacia el hombro de Trunks, se recostó en éste y los ojos bien cerrados, al fin, liberaron las lágrimas que derramaba cada noche; a diferencia de cuando lloraba junto a su marido, dormido él y despierta ella, ahora sí hizo ruido. Chilló con todas sus fuerzas.

—¡Lo siento…! —susurró entre lágrimas una y otra vez.

Trunks, que creyó que le explotaba el corazón por tenerla llorando así, apretada a su hombro, la abrazó con todas sus fuerzas.

—No pasa nada, no pasa nada… —farfulló, loco de ira, amor y empatía, acunándola dulcemente.

En el futuro, él lamentará haberse comportado así. Se dirá que su imprudencia no tiene perdón, que por ser tan entrometido y caprichoso había perdido mucho y ganado poco, sólo un puñado de recuerdos asfixiantes que jamás lo dejarían y la sensibilidad ante ciertos aromas, ciertas texturas, cierto tipo de luces. Y nada más. Pero no podía volver al pasado, no a solucionar el error que cometió cuando dijo lo que dijo:

—Te escucho, Videl…

Ella, sin parar de sollozar, apoyada aún en el hombro de él, tembló al escucharlo. En su fuero interno, deseó lo que tanto desearía al atarse a Trunks: gritar. Debía gritar, debía decirlo todo, largarlo, escupirlo. ¡Debía sacarse el dolor de adentro, gritar cuánto lamentaba sentir que Gohan ya no le inspiraba el mismo amor del pasado, por el desgaste de la relación, por sus estudios y su trabajo y todo eso que hacía mientras ella atisbaba el cielo sin más, sin sueños, sin libertad! Sin alas para volar.

Ella también se arrepentirá. Antes del final, lo hará.

—No aquí —dijo, desconociéndose, Videl. Ya no tenía nada que perder—. No puedo hablar aquí…

—Torre Satán, cuando tú quieras.

Impresionada, ella indagó:

—¿Torre Satán?

Trunks intentó, como pudo, no sonrojarse. La apretó más fuerte. Una sonrisa se plasmó en su rostro: qué bien se sentía ese calor. Era mejor que en la más clara de sus fantasías.

—Recuerdo cuando Gohan tenía que cuidar a Goten y nos llevaban a los dos a los videojuegos frente a la torre… ¿No es un buen lugar? Que sea donde tú digas, entonces.

Que él recordara algo semejante la enterneció. Su cuerpo dejó de lado la tensión ante la ternura que le recordó quién era Trunks: un muchacho, el amigo de Goten. Nada más, nunca.

Se separó de él y se limpió las lágrimas con los dedos. Sonrió y asintió.

—Mañana por la tarde…

¿Qué estaba haciendo? Videl se arrepintió justo después de aceptar. Trunks se mostró tan aliviado al escucharla —¿por qué?— que no pudo contradecirse en cuanto quiso hacerlo. Concordaron un horario exacto, los dos visiblemente emocionados por todo y por nada, por el pequeño aunque significativo momento que habían compartido. Quiso, ella, decir algo más, lo que fuera; no llegó. Se escuchó un motor proveniente de afuera. ¡Goten, ayúdame con las bolsas, no te vayas para adentro, oye! Eran su suegra y su cuñado. Trunks le hizo una educada reverencia.

—Mañana por la tarde, Videl.

No la miró. Trunks abrió la puerta y corrió hacia Goten. ¡Eh, te estaba esperando! ¡Trunks, pero…! ¡Bah, bah! Me quería ir de casa, el día no estaba para esperar adentro. Videl me invitó un café mientras esperaba. ¿Qué te pasó en el labio? Nada, nada… ¡Señora Chichi, yo la ayudo! ¡Oh, Trunks! ¡Qué amable eres! ¡Está posando, mamá! En realidad es diabólico. ¡Diabólico!

Videl observó la escena desde el umbral de la puerta. Trunks llevaba las bolsas en las dos manos, Goten le hacía caras y él le sacaba la lengua, burlón. Goten terminó por adelantarse, y cuando nadie más que Trunks permanecía en el exterior, él volteó hacia ella. Videl se paralizó cuando él la miró fijo, muy fijo, demasiado fijo. Una pequeña, casi imperceptible sonrisa decoró el rostro de Trunks antes de dejar de observarla.

Cuando ya no pudo divisarlo más, ella se sintió sumida en la misma cotidianeidad de cada día. Atisbó el cielo con el mismo gesto que ya se hallaba inmortalizado en el recuerdo de Trunks. Se sintió patética, tanto que, furiosa consigo misma, se adentró en su hogar, se empapó de la insatisfacción que la embargaba y dio lugar a un nuevo latido de la angustia. Pronto, estaba desolada como antes de hablar con Trunks.

Por la noche, luego de acostar a Pan, al echarse en la cama junto a Gohan, que leía un complicado libro junto a la lámpara de noche, lo observó en el peor de los estados.

Tenía ganas de tener sexo.

Un sexo tan pasional que fuera capaz de hacerla olvidar de todo en un momento. ¡Sí! Quería ese sexo hecho fuego, ese fuego hecho pasión, de quienes se unen porque el amor que se tienen los hace sentirse uno. ¡Uno! Quería recobrar la unión natural de su cuerpo y el de Gohan, recordarla, instaurarla y perpetuarla. ¡Para siempre, Gohan! Para siempre la chispa de su amor en armonía con la chispa de su pasión. La misma chispa dividida en dos, dualidad de dulzura y erotismo la de una relación verdadera. Se dio vuelta, sin embargo, segura de que Gohan no aceptaría. Cuando no hay voluntad, tampoco hay esperanza. En el fondo de su ser sabía que estaba siendo una estúpida, que debía hablar con Gohan y no con Trunks; pero no quería hablar con Gohan, ese era el problema. Porque el problema era ella. Irle a Gohan con sus dramas, a los cuales ella no les daba el valor que tenían, no era algo que estuviera dispuesta a hacer. Era un lapso: pronto, volvería a unirse apasionadamente a Gohan. Podría recomponer la relación esforzándose al máximo. Sólo debía reunir fuerzas. Quizá, si tomaba a Trunks por un confidente, si se expresaba y expulsaba todo el dolor, podría fortalecerse. Nada más que eso le hacía falta para recuperar la salud de su matrimonio.

¿Realmente?


Cuánto le había costado dormir. Había pensado en ella hasta gastar todos sus recuerdos, hasta distorsionar todas sus fantasías. Pero finalmente había logrado conciliar el sueño. Al despertar, Trunks, tan feliz que la sonrisa era incontrolable, hizo sus actividades —era asistente de su madre en el laboratorio— a la velocidad de la luz. Se largó sin dar demasiadas explicaciones, entusiasmado por serle de ayuda a Videl, por haberse ganado su confianza. ¡Quería verla bien! Nada deseaba más.


—Te quisiera hacer muy, muy feliz…

—No podrías —dirá ella, sin embargo—. Eres muy joven, Trunks. No lo entenderás, no ahora. Pero no es tu culpa…

»La culpa es toda mía.


Voló a Satán City chocándose de lleno con el cielo y, ante la torre, se cubrió lo mejor posible con gorra y lentes oscuros. Esperó.

Videl no venía.

Trunks la buscó con la mirada. Nada. La buscó, al fin, con el ki. Cerca de la torre, media hora después de la pactada, la encontró en una de las tres fuentes de la plazoleta, de espaldas al lugar de encuentro. Como si no quisiera ser vista. Preocupado, Trunks la sorprendió sentándose junto a ella.

—¿Videl?

Ella se sobresaltó. También usaba un gorro y unos lentes. No le respondió; los nervios se le notaban a la legua. Trunks, intentando animarla, bromeó:

—¿Verdad que es molesta la gente y la prensa? Ser heredero de algo es una mierda.

Videl, hasta escucharlo tapada por la bola de angustia que ahora había tomado la forma de su sombra y la había cubierto por completo, se permitió reír en un amargo intento de resistir.

—Es muy, muy molesta —aseguró, limpiando con inmenso disimulo sus lágrimas.

Él, al ver tanta ternura en ella, en sus gestos, en su estado, se vio abrumado por la atracción. La locura empezó, sin más, a florecer.

Después de la pausa que tanta perfección le provocaba, dijo:

—¡Al fin alguien me entiende! Odio ser Trunks Brief y tener que andar cuidándome de los malditos periodistas de esas ridículas revistas de espectáculos. ¡Ya quisiera yo poder hacer lo que se me venga en gana en el momento en el que se me dé la gana!


—… Estar así para siempre.

Así, desnudo como lo estará, encerrado con ella como lo estará, atado invariablemente a ella como lo estará. Estar así, desnudo y ella desnuda, desnudos y en carne viva.

Perdidos.


Ella rio apenas. Sí, claro que se sentía identificada con él. ¿Cómo no? Si lo pensaba, ellos eran ciertamente parecidos: hijos de gente importante, familia adinerada, desprecio por la fama, atracción por las artes marciales, ansia de vidas con perfiles más bajos que los de sus progenitores. Si había alguien que podía entenderla siendo Videl Satán en persona, ese era Trunks Brief, heredero de la Capsule Corp., la compañía más poderosa del mundo.

—¿Te arrepentiste, Videl?

¿Qué clase de capacidad tenía ese joven con ella, que le presentía todo y jamás le erraba al clavo? Videl, anulada, asintió. Se había arrepentido con una enorme facilidad. Al despertarse, se sentía llena de energía, dispuesta a hablar y descargarse en pos de fortalecerse; con el avanzar de la jornada, la minimización de su problema la llevó a decepcionarse: ¿de qué le iba a servir hablar con un adolescente que seguramente terminaría riéndose de sus problemas? Había ido porque algo dentro de ella anhelaba contar lo que le sucedía; no lo había enfrentado por no soportar su imperdonable debilidad.

—Yo jamás le cuento a nadie lo que me pasa —aseguró, seria. Las lágrimas, de momento, quedaron atrás—. Lo siento, pero no puedo decirte nada, aunque quiera.

—Eso no es bueno —respondió Trunks. Se mostraba, pese a los nervios que Videl le generaba, convencido. El problema era, ¿de qué? Ella no tenía idea; él jamás había estado tan seguro de algo como de esto: ayudarla a ella, servirle a ella, ser usado por ella para que pudiera estar bien—. Vivo rodeado de gente extraña que nunca dice lo que piensa o siente, sino que lo expresa con sus comportamientos. Siempre me ha irritado eso de mamá y papá: deberían ser más francos y no esperar a que uno les lea el pensamiento. ¡Como si eso fuera posible! Siempre intenté ser distinto a ellos, por lo menos en ese aspecto. Pienso que decir lo que nos pasa es algo… sensato.

Videl rio por tercera vez.

—Es muy sensato, sí. Eso habla… bien de ti, Trunks.

Sacando pecho, contando cada esbozo de sonrisa que ella le regalaba, él prosiguió:

—¡Es que no lo entiendo! Todos pasamos por malos momentos, ¿qué tiene de malo admitirlo? Videl, no te preguntaré qué te sucede, ¡juro que no insistiré más!, pero sí te recomendaré que hables con alguien de confianza. ¿Lo has hablado con Gohan?

Videl negó, su boca entornando un amargo gesto. Trunks notó el ceño fruncido por debajo de los lentes, el apriete que las manos de Videl ejercían sobre del borde de la fuente en la que estaban sentados, el tiritar irregular de su cuerpo, la palidez.

El problema se llamaba Gohan.

Trunks, aun cuando la añoraba con cada molécula de su ser, aun cuando sentía por ella un gran cariño atado a una eterna admiración platónica, se lamentó de la situación. ¿Gohan y ella con problemas? Creerlo le costaba sobremanera. Ellos dos formaban la pareja ejemplar, el ideal a seguir, la perfección. Ellos y Pan eran la más dulce de las familias, la más pura de las que integraban los Guerreros Z.

No era posible.

Trunks dejó de cavilar cuando Videl se puso de pie. Se disponía a marcharse. Sujetándola del brazo, él no se lo permitió. De pie ante la fuente, se miraron. Por debajo de los lentes oscuros, lo hicieron con extrema fijeza. No había contacto directo entre sus pieles, mas bastaba estar en contacto al fin. Una pequeña nueva revolución se suscitó entre los dos.

—¿Por qué no tomamos algo? No te preguntaré nada más, lo prometo.

—¿Para qué tomar algo juntos si no vamos a hablar?

—No quiero que te vayas así.

—¿Así cómo?

—¡Triste!

—Trunks, no somos más que conocidos. ¡¿Qué te importa lo que me sucede?!

En el tono, Trunks percibió el carácter. ¡Era la vieja Videl! ¡La que nada se callaba, la que todo lo admitía! Aguantándose sonreír, hizo lo que debía para despertarla: provocarla.

—¡Yo sólo estaba siendo cortés! ¡¿No te parecería muy frío de mi parte que te viera triste y no quisiera animarte, siendo que nos conocemos hace más de diez años?! ¡Bah! Mujeres…

—¡Mujeres, dices! ¡Pero mira qué machista resultó el niño!

—¡Si somos amables, nos critican! ¡Y si no lo somos, también!

—¡Bah!

Videl se desasió de él. Trunks, al verla cruzada de brazos, ofendida por demás con su actitud, sonrió notoriamente, sin aguantarse más.

—Ésta eres más tú —dijo en tierno tono.

—¡¿Acaso dices que no soy más que una histérica?!

—Digo que no te quedas callada cuando algo te molesta; eso es muy propio de ti. No tragarte lo que te pasa como estabas haciéndolo hace un momento.

Al entender la intención de Trunks, revivir a la Videl de siempre a través de la muestra de su carácter, ella se derrumbó. Quizá el método había sido un tanto burdo, mas la intención había sido buena.

Y aunque no venía de su marido, era la intención que necesitaba que tuvieran para con ella.

—Me rindo. Confiaré en ti…

Porque Videl ya no tenía nada por perder. Su alma estaba apagada, la pasión se le había borrado del espíritu y la relación entre Gohan y ella agonizaba. Y eso, se juró por enésima vez, ante aquel con quien sería infiel, no iba a suceder. Porque ella iba a luchar.

O eso pensaba, de momento.


~Continuará


Nota final III


¡Gracias, gracias, gracias por leer! Por sus hermosos comentarios y los favoritos también. Estoy muy contenta por la respuesta que tuvo este pequeño experimento. ¡Estoy muy entusiasmada!

No tengo mucho para decir más que agradecerles puntualmente a Dev, LDGV, Akadiane, Dika, SteelMermaid, Mikamitta666, Loregar, Ardisha (XD), TourquoiseMoon y Fiorella por sus reviews. A las últimas dos, a Fiorella y Tour, les quiero dedicar este capítulo, porque SIEMPRE están, porque siempre me incentivan a mejorar y son dulces y hermosas. ¡Las adoro, chicas! ¡Muchas gracias por todo!

Steel Mermaid, espero no caer en los lugares obvios. Tengo mi perspectiva sobre esta clase de temáticas, pero creéme que apuesto a describir esto desde cómo puede pasarle a cualquiera. No quiero que haya ni buenos ni malos, no quiero que todo se reduzca a la insatisfacción sexual de Videl y nada más; aspiro a otra cosa, a algo más grande y profundo. ¡Espero mi planteo vaya tomando más forma con el correr de los capítulos! Mil gracias por estar desde hace años del otro lado, linda. =)

Gracias Dev por darme latigazos virtuales para seguirlo. ¡Me encanta que me leas! ¡No sabés cuánto! Te quiero, amiga.

Y eso… ¡Gracias por leer! Sé que esta insistencia de Trunks es un poco pesada, pero me parece que era necesaria: Videl no iba a ceder fácilmente, no va con ella hacerlo. A partir de acá, como decimos en Argentina, «se pudre todo». XD ¡Espero hacerlo lo mejor posible! Voy a esforzarme. =)

Gracias Kawaii por tu entrevista. ¡Te recontra mega admiro, Emperatriz! Sos la mejor.

¡Ah! Y en el prólogo dije que esto iba a durar unos siete capítulos. Creo que me quedé corta. Por mis cálculos, serán unos diez u once. Por ahora. ¡Luego veremos! No me voy a presionar mucho con eso. ¡Quiero disfrutar y nada más!

Besos a todos, nos leemos. =)


Dragon Ball © Akira Toriyama