—¿Te pasa que ciertos ambientes te recuerdan sensaciones?

—Sí.

—Esta luz, por ejemplo…

—Me trae recuerdos, sí.

—A mí también, Trunks. Me trae recuerdos…


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


IV


No hablaron, no cruzaron ni una palabra, no hasta ese momento. Ante el café que ella pidió, al igual que él, en una modesta cafetería ubicada a mitad de cuadra en una pequeña calle de Satán City, Videl no tuvo más opción: debía mostrar las cicatrices, debía confesar sus sentimientos. Debía admitir la verdad:

—Gohan y yo no estamos en buen momento. —No miró a Trunks al decirlo; fijó la vista en la cuchara que estaba junto a la taza, sobre el platito. Sollozó y se arrepintió de decirlo—. Lo siento…

—¡Videl, no! No pasa nada, no te disculpes. Lamento escuchar esto.

Lo hacía. Si bien pronto protagonizaría el gran desliz de la vida de esa mujer, si bien era ella única e irrepetible para él, lamentaba el mal momento que atravesaba con su marido. Admiraba a Gohan, lo hacía desde siempre por verlo como ese hermano mayor que nunca había tenido y siempre había deseado, un hermano admirable, perfecto. Recalcitrantemente perfecto. Un instante de furia convulsionó sus facciones. Videl lo escrutó, impresionada. ¿Por qué, a Trunks, todo lo que le dolía a ella parecía dolerle por igual? Muy poco le faltaba para entenderlo.

Por desgracia.

Para Trunks, escucharla le significaba entender todo. Con razón atisbaba así el cielo, con razón contenía las lágrimas, con razón era tan palpable su tristeza. Se sintió terrible al entender que ella sufría por el quiebre de su matrimonio.

—Nunca, en más de diez años, tuvimos una crisis… —agregó ella, más avergonzada que nunca por su dolor.

—Por eso no hablas con él…

—Quiero hacerlo, pero no me sale. Lo veo tan maduro y tan ocupado… Lo mío es estúpido, un capricho.

Y no mentía, realmente lo pensaba. Trunks notó que ella estaba convencida de sus palabras. Impetuosamente, largó lo primero que se le ocurrió decir. Lo dijo apresurado, deslizándolo con urgencia:

—No es estúpido que te sientas en crisis con tu marido.

Videl, observando la cuchara, esbozó una resignada sonrisa.

—No es su culpa, ¿entiendes? Soy yo… —Fingiendo toda la convicción que no portaba, Videl tomó, con gesto amargo, uno o dos sorbos de café. Dejó la taza en el plato, lo cual provocó un sonoro ruido. Videl, entendía Trunks, estaba furiosa—. Quizá estoy un poco desencantada de mi vida en Paoz… Todo es tan perfecto, tan endemoniadamente perfecto, que me da nostalgia y empiezo a rememorar cosas del pasado. Como cuando peleaba con los delincuentes entre clases…

Trunks, al captar la frustración de Videl, no pudo hacer más que experimentar una pequeña muerte. Al estar por primera vez tan en confianza con su más inmenso amor platónico, se daba cuenta de que ella, quizá, le gustaba más de lo que creía. Mucho más.

—Tanto que de sólo pensar en que esto se termine… ¡Tanto que…! —balbuceará encima de ella, sensualmente unido a ella, tan devastado por el inminente final como ella.


Clavándole las uñas en los hombros, ella contestará en un absurdo intento de traerlo y traerse a la realidad:

—Terminará…

—¡Pero no quiero…! ¡QUIERO ESTAR CONTIGO!

Y llorarán juntos, de ahí en más, él en ella y ella en él, dos cuerpos formando uno hundidos en una bruma de culpas, pasión y desolación.

Terminará, sí.

Quieran o no, terminará.


Una nueva punzada de odio hizo suyo a Trunks. Habló sin pensar, de nuevo:

—¿Extrañas eso?

Videl esbozó la misma sonrisa resignada de antes. La dejó fija en su rostro en lo posterior.

—Extraño todo. —Y no supo cuánto hasta admitirlo. La llenaron abrumadoras sensaciones que pusieron en peligro la entereza que, con gran esfuerzo, estaba luchando por mantener. Por un momento, pensó en levantarse e irse. ¡Y cuánto se arrepentirá en el futuro por no hacerlo! Permaneció ante Trunks sin más, entregada—. Extraño… No sé, extraño muchas cosas.

—¿Cómo cuáles?

—Sentirme útil, dar todo de mí por todo cuanto creo que debe hacerse.

—¿Por la justicia?

—Por el bienestar de las personas. Extraño… —La sonrisa la abandonó—. Extraño ser la de antes, esa Videl que peleaba con criminales y daba todo y más de sí en pos de lograr que las vidas de las personas fueran por lo menos un poco mejores. Extraño la adrenalina, las peleas, la emoción. Extraño mucho a esa Videl…

Trunks se dijo, internamente, que extrañaba lo mismo. Al sentir esa suerte de nostalgia por esa mujer de carácter y altruismo que había conocido, lo invadió una gran tristeza. La veía apagada, indefensa, desdibujada, en diametral oposición a esa que solía ser su amor platónico.

Era cierto: Videl ya no era la del pasado.

Creer muerta a la de sus recuerdos era como una estaca en medio del corazón.

—Era una Videl genial —dijo, convencido.

Videl vio la intensidad que él expresaba. Notó un algo poderoso en Trunks: parecía profesarle un inquebrantable respeto, incluso un ápice de admiración. Contrariada por la actitud cada vez más sospechosa de su joven confidente, pensó en la que solía ser. Más palabras brotaron de ella:

—Extraño estudiar.

—¿Estudiar?

—Pensaba seguir una carrera. De joven, lo anhelaba mucho.

—¿Qué carrera?

—Policía.

—Vaya, va mucho contigo.

—Pero no lo hice porque papá no estaba de acuerdo. Gohan, de alguna manera, tampoco: cuando creces, casi inconscientemente, deseas corregir en tu vida los defectos de tus padres, como tú, que no quieres guardarte las cosas así como ellos lo hacen. —Trunks, que la escuchaba atentamente, asintió—. Siempre me molestó la mentira de papá.

—¿La de Cell?

—Sí. Como mamá murió cuando yo era una niña fue inevitable aferrarme mucho a papá, así como él lo hizo conmigo. Me molestaba, por quererlo tanto, que justamente él se hubiera adjudicado algo que no había hecho. Yo deseaba ayudar de verdad, adjudicándome sólo mis propios logros. De alguna manera, lo que quería era corregir los errores de papá. No literalmente, no por reprocharle algo, pero…

—Nos pasa a todos, supongo… —Trunks se rascó la nuca—. Admiro demasiado a mi papá por todo lo que vivió en su vida, por haber aguantado humillaciones de ese tirano para el que trabajaba y por haberse sacrificado por todos contra Majin Buu, entre tantas otras cosas que le admiro, como su poder, su inteligencia y su carácter. Pero esas pequeñas cosas que también tiene no son las que le prefiero, ciertas actitudes, tú sabes. Inconscientemente, tal vez, quiero hacer las cosas mucho mejor que él.

—Exacto, Trunks. Me pasa con Pan: quiero que ella me supere en todo, que no cometa mis errores, que tome mis defectos como ejemplo para hacer las cosas mejor. Pero no me siento, ahora, un ejemplo digno de ella…

La tristeza tapó el rostro de Videl. Trunks observó la mano posada sobre la mesa. Qué ganas de estrecharla y darle calor. Qué ganas de besarla, de amarla, de jamás dejarla ir.

—Papá me insistió para que no siguiera esa carrera porque no creía que fuera para mí. Él siempre quiso que yo fuera una princesa, supongo; que no moviera un dedo para nada. Y Gohan…

—¿Dijiste que de alguna manera tampoco estaba de acuerdo? ¿Por qué?

Videl terminó el café. Apretando los párpados, armó las oraciones antes de proferirlas:

—Gohan quería mantener a la familia. No quería que yo trabajara; quería hacerlo todo él. Con una buena intención, por supuesto, porque Gohan es una buena persona. —Abrió los ojos; sonrió un mero instante a su interlocutor—. Gohan, como sabrás, admira mucho a su mamá, así como Goten lo hace.

—Goten la ama más que a nada en el mundo. Chichi es admirable.

—Lo es. Aunque a veces reñimos por tonteras, créeme que la aprecio enormemente. Ella dio todo por sus hijos. Luchó por ellos cuando Goku no estaba, procuró que nunca les faltara nada, fue madre y padre al mismo tiempo. Gohan quería arreglar el error de su papá. No me lo ha dicho nunca, pero entendiendo la relación que tengo con mi papá, me parece algo evidente: Gohan quiere todo para mí y para Pan… Insistirme para que no trabajara tenía que ver con una clase de vida «ideal» que ansiaba darme, no con prohibirme lo que yo quisiera hacer.

Trunks estaba admirado. Qué observadora era Videl, qué bien parecía analizar las cosas. Todo cuanto decía tenía mucho sentido. Todo se lo admiraba.

—Pero lo hizo.

Videl apretó sus manos, ahora entrelazadas entre sus rodillas, bajo la mesa.

—Sí. La intención de darme una vida relajada fue buena pero fue mala también. Nada me entusiasma, mi vida en Paoz es demasiado calma para mí. Quisiera hacer mucho, mucho más…

Trunks sentía la furia viajándole por las venas. Se contuvo de decir con palabrotas lo que pensaba; suspiró y fue lo más educado posible. Estaba colérico.

—Videl, discúlpame… Pienso que… Eh… —Un suspiro más profundo. Debes contenerte, no te vayas de boca, no seas imprudente—. Gohan tendría que haber pensado más en ti. Digo… Él te conoce, él sabe cómo eres. ¿No era muy obvio que no era esa la vida que deseabas? Para mí…, si me dejas decirlo…, es obvio.

Al final, el rostro de Trunks ardía en un adorable tono carmesí. Videl sintió una suerte de ternura. Era como si el que le hubiera dicho esas palabras fuera Goten. Le dio esa ternura de hermano menor, de niño, de muchachito. Y cuánta razón, si lo pensaba, tenía. Trunks tenía la verdad de su lado: ella era apta para otra clase de vida, sus ideales no hacían juego con los de una vida recluida en las montañas. Gohan no lo había notado, había mantenido en alto la idea que tenía de la familia perfecta y la había llevado a cabo casi a la perfección. Salvo por la infelicidad de Videl, todo había salido perfecto. Gohan no había errado en nada.

Gohan sólo sabía tener buenas intenciones.

—Es culpa mía, en realidad —exclamó ella de un segundo al otro, jugueteando nerviosamente con un sobre de azúcar, sus manos nuevamente sobre la mesa—. Es culpa mía porque no estoy afrontando la vida como debería hacerlo. Debería aceptar todo y seguir luchando por mi familia. ¿Qué más puedo hacer?

—Eso, siendo que deseas otra cosa, sería resignarse. Tú no eres esa clase de mujer.

Esas palabras sonaron como música para Videl. Se emocionó sobremanera al captarlas, al recibirlas mientras miraba el dulce rostro del adolescente. Videl deseó abrazar a Trunks. Necesitaba un abrazo fuerte, comprometido. Necesitaba amor. Al pensarlo, al sentir aquella tan puntual necesidad, rompió el sobre de azúcar sin querer. Rápidamente, derramó el contenido en la taza vacía, aunque eso no evitó que también cayera sobre el platito y la mesa. Sus manos eran un manojo de nervios, temblaban así como toda Videl lo hacía. Había algo que ella no estaba entendiendo, tanto en sus reacciones como en las de él.

No se percataba del amor pasional y desmedido que él le tenía.

No se percataba de la alegría que Trunks le provocaba con su compañía.

—También pensé en ser abogada —comentó, necesitada aún de decir todo lo que tanto había callado durante meses, durante años.

—Va contigo, como lo otro.

—Pero es una carrera muy extensa, lleva tiempo y… no tengo ese tiempo. No puedo dejar a Pan sola. ¿Y si tengo un examen y ella está enferma? ¿Y si tengo una jornada de clase muy extensa y no puedo darle su almuerzo, su merienda, ni siquiera el desayuno? ¿Y si no me queda tiempo para jugar con ella en el jardín, como tanto nos gusta hacer? No puedo ni tampoco quiero perderme a Pan.

—Pero sus abuelos…

—No es lo mismo. Quiero estar con mi hija, necesito a Pan. Si no fuera por ella…

—¿Ya te hubieras ido?

Videl sollozó al responder mentalmente la pregunta.

—Sí.

—Pero no es justo que te frenes por ella.

—No eres padre, Trunks —sentenció Videl, un tanto molesta—. No lo entenderías. Y aunque lo fueras, tampoco lo harías.

Al escucharla, él se sintió un tanto menospreciado. Al segundo, pudo comprender la naturaleza de las palabras. Comparó situaciones y, al fin, tuvo su respuesta:

—Sé que una mamá es una mamá. Mi mamá trabaja muy duro y aun así jamás la sentí ausente, porque cuando ella no estaba o no podía, ahí estaba mi abuela y mi abuelo. Quizá…, no te digo que lo hagas conscientemente, pero (espero no te ofendas) como tu mamá murió cuando eras niña, no quieres que Pan…

Trunks no pudo hablar más: Videl se quitó los lentes y lo contempló con fijeza, impresionada por el análisis que su confidente acababa de hacer.

En el clavo.

—Nunca lo había pensado de esa manera, Trunks. —Los ojos se llenaron de unas lágrimas que ella bien limpió antes de seguir. Ya no las dejaría caer. Ya no. En cambio, se esforzó por sonreír—. Mi mamá murió muy joven. Tenía mi edad, más o menos. Casi no la recuerdo.

—Te aterra que Pan no te recuerde.

—Me aterra, sí. Y me aterra vivir una vida vacía, siendo que tengo salud. Mamá no tuvo una oportunidad. Yo la tengo y… y no la aprovecho… ¡Estoy desperdiciando mi salud…!

No más fortaleza: ante el recuerdo y la verdad, se tapó los ojos con las manos, apoyó los codos en la mesa y lloró. Trunks se paralizó; no sabía qué hacer. Quiso levantarla y sentarla sobre él, estrecharla en sus brazos, mecerla como si ella fuera una muñeca. Quería besar esas lágrimas y borrar todo sufrimiento de su rostro. Se contuvo de sujetar sus muñecas para destaparle el rostro y entonces notó el entorno: las dos o tres personas que tomaban café en el casi vacío establecimiento quedaron absortas ante la imagen de los dos. Debía llevársela, ¿pero a dónde? Tanteó en su bolsillo su caja de cápsulas, la abrió y se resignó: no había llevado la casa-cápsula. No tenía ningún lugar al cual llevar a Videl.

La contempló. Lloraba sin detenerse. Sin pensarlo, dejándose llevar y nada más, se levantó y arrastró su silla junto a ella. Se sentó a su lado y la jaló hacia él. La abrazó con todas sus fuerzas. Videl se dejó hacer. Contra su oído, sintió el latir exacerbado del corazón de Trunks, quien también estaba agitado, a quien ella parecía haberle contagiado el temblor. ¿Por qué?

—Videl…

—Lo siento…

Ella intentó desasirse; los brazos de él no lo permitieron.

—Llora todo lo que quieras. Estoy aquí.

—Me estoy abusando de tu confianza. ¡Y lloro por verdaderas tonterías!

—No son tonterías: todo lo que te pasa puede pasarle a cualquiera. Que te preocupe tanto la gente y tu familia, que pienses tan poco en ti y tanto en los demás dice muchas cosas buenas sobre ti.

—Son trivialidades…

—No lo son. Te duelen, así que son cosas serias.

—Eres demasiado joven, no lo entiendes…

—¡Oye! No soy un niño. Tengo un año más que Goten.

Trunks rio luego de decir lo último. Videl, aún entre lágrimas, se contagió. Con debilidad, pero lo hizo. Notando cómo menguaba segundo a segundo el tiritar del cuerpo de Videl, sintiendo cómo ella dejaba paulatinamente de sollozar, él habló y habló todo lo que pudo, intentando incentivarla:

—Deberías buscar algo que logre emocionarte, alguna actividad entretenida. ¡Eso hago yo cuando me harto de trabajar con mi madre en el laboratorio! Porque no te das una idea de lo insoportable que es. Entre mi mamá que grita, mi abuelo que no para un minuto de fumar, Tama de hombro en hombro, mi abuela y sus dulces y refrescos, las mil millones de mascotas del jardín interno… ¡El maldito dinosaurio! ¡Siempre se comía mis tareas, me hacía rehacerlas una y otra vez…!

Videl rio más. Sin darse cuenta, se sentía de maravillas en brazos de él. No lo notaba, porque su mente estaba en otra parte, pero se sentía bien y a gusto en brazos de Trunks. Sentía que nada malo podía pasar. Pese a su juventud e inmadurez, Trunks la hacía sentir protegida. No era una sensación que la antigua Videl hubiera elegido: ¡ella no quería ser protegida; quería proteger! Pero en ese momento, sintiéndose tan débil, tan desmoronada, nada podía ser mejor que la sensación reconfortante que podían dar dos brazos y un pecho del cual brotaban vehementes latidos.

Era todo cuanto había necesitado: un abrazo, un consuelo, un momento de satisfacción.

Era en los brazos de la persona equivocada.

—¿Y si entrenas con tu hija?

—No hay nada que yo pueda enseñarle a Pan.

—Mmm… ¿Y si vuelves a ser El Gran Saiyaman Nro. 2?

—¡Ya estoy vieja para esas cosas! —Videl largó una potente carcajada.

No obstante, permaneció hundida en el pecho de Trunks. No se daba cuenta de que la satisfacción no era «normal».

—¿Vieja? Videl, eres muy joven aún. ¡Tienes veintisiete, no ochenta y ocho!

Videl frunció el ceño. Se supo sonrojada. Recordó su imagen avejentada ante el espejo y, ante un Trunks exaltado por tenerla pegada a él, negó con la cabeza.

—Estoy fuera de forma.

—¿Ya no entrenas?

—No.

—Deberías retomar.

—Ya no soy la de antes.

—¿Y si sales más seguido con tus amigas?

—¿Amigas…?

—¿No tienes?

—No muchas…

Ninguna, de hecho. Había perdido todo contacto con Iresa, la única amiga «verdadera» que había tenido en la secundaria. La vida, las cosas, los ideales las habían distanciado. Por tenerla en sus contactos en la red social que prácticamente no usaba, sabía que Iresa tenía un muy buen puesto en una importante compañía, que tenía buen pasar y mantenía aquella elegancia y belleza que tanto la caracterizaban. Por lo demás, la desconocía por completo. Y quizá era mejor así. Trunks rio apenas; el movimiento de su pecho, por la risa, la relajó de alguna forma mágica e inexplicable.

—¡Videl, por favor! Enseña artes marciales en alguna escuela de tu padre, busca alguna actividad entretenida, haz ejercicio, date ratos para estar sola (mamá lo hace y dice que la ayuda a no volverse —tan— loca), mira películas, adopta algún pasatiempo inesperado… ¡No sé! Pero haz algo por ti, algo que te dé adrenalina y que te llene de energía. Cuando tú estés bien, podrás estar bien con Gohan.

—No es tan fácil… ¡No hay tiempo! ¡Lo que me pasa no es importante; es…!

—Eres muy buena persona: es hora de pensar en ti.

Se miraron sin soltarse, él con lentes y ella no. Videl, la parte dulce de ella, sonrió con franqueza. Por algún motivo, el diálogo entre ellos era fácil, se daba de manera sencilla.

Era un placer hablar con Trunks.

Él, ante esa mirada y esa sonrisa, se sintió infantilmente enamorado. En el punto más recóndito de su alma, presentía que debía alejarse de ella lo antes posible por la mera existencia de Gohan, que amenazaba desde la nada misma con destruirlo todo; no era capaz de alejarse, sin embargo. Sentía que si la soltaba se le derrumbaría el mundo entero. Fatal, exagerado, pasional, pervertido; todos esos sentires y más eran los que formaban el amor que experimentaba por esa mujer.

—Así crecí, perdiendo clases sin que realmente me importara para irme a trabajar con la policía.

—Derrotando criminales.

—Rechazando los lujos que papá intentaba darme. Prefería donar esa ropa carísima que me daba, esos vestidos que yo jamás usaba. Aunque no voy a mentir: nunca le rechazaba las naves…

—¿Quién lo haría? ¡Las naves son las naves!

—¡Trunks!

Rieron medio minuto. Videl lo escuchó suspirar.

—Ni siquiera ibas a un colegio privado. Ibas a la escuela del Estado.

—Porque quería ser una más. No Videl, la hija de Mr. Satán…

Trunks sintió que era él quien hablaba, no ella. ¡Se escuchó a sí mismo! Era él, desinteresado de todos esos lujos que el dinero bien hubiera podido darle, concentrado en cosas que le gustaban de verdad —las motos, la mecánica, las salidas, los viajes, la libertad— y no en posturas y apariencias. Conmovido por sentir que ella hablaba usando sus palabras, sintiéndose un calco masculino de ella, levantó una mano. Amagó con acariciar la mejilla de Videl; su mano permaneció suspendida en el aire, a medio camino. Se identificaba con ella, lo hacía ahora mucho más que en otros tiempos. No recordaba, francamente, cuánto se parecía a ella. La mano se tornó puño; aún era capaz de domarse.

No por mucho.

—Tu sacrificio es noble. Eso te hace una persona demasiado especial, Videl. Pero… pienso que… es hora de que pienses en ti. Es injusto que no lo hagas, ¡no lo entiendo!

—Cuando eres adulto tienes que priorizar. No es como cuando eres adolescente, cuando tienes tiempo para todo; al crecer, al formar una familia, es ésta la prioridad, no tu propia vida.

—¡Pues no estoy de acuerdo! Si tú fueras mi esposa, no permitiría que me tuvieras como tu prioridad. Para mantener la familia pondría todas mis energías contigo, no permitiría que tú sostengas algo sin mi ayuda ni viceversa. Eso te daría tiempo a tener tus cosas… porque…

La culpa calló a Trunks. Videl se paralizó al escucharlo y un denso silencio se produjo, cortado por los autos, por la cuchara revolviendo el café, por el sobre de azúcar al abrirse, por el hombre pidiendo la cuenta al camarero; todo lo que acontecía aparte del mundo que eran los dos. Trunks sabía que había hablado de más y ese error no pasaría desapercibido. Tarde o temprano, el castigo llegaría.

—¿Qué cosas dices…? —susurró Videl.

Trunks no pudo contestar. La soltó y retornó la silla a su lugar de origen, ante ella. El mundo se iba a derrumbar y él se merecería cara escombro sobre el cuerpo. ¡Estaba abrazando a una mujer casada en crisis con su marido y le estaba asegurando que si él fuera su esposo no le permitiría olvidarse de ella misma…! Estaba admitiendo todo lo que sentía, incluso las partes aún incomprensibles de su vasto sentir. Y estaba criticando sin querer —también queriendo— al marido de Videl, a Gohan en persona, al nunca criticable y perfecto ser.

—Lo siento —dijo.

Videl, al verse despojada del enternecedor calor, se sintió contrariada. Una subyugante ansiedad la invadió. Observó a Trunks, percibió sus nervios, su edad y sus buenas intenciones. Percibió algo más a lo cual no pudo etiquetar. Quiso abrazarlo de nuevo, quiso indagar: ¿por qué me sueltas? Estábamos riendo, estábamos bien. ¿Por qué cortaste eso, esa paz tan bonita…? Al contener las preguntas, al saborearlas, toda ella se sonrojó.

¿Qué se suponía que estaba haciendo?

—¿Trunks…? —susurró, confundida. Sujetó su hombro. Al notar cómo él le evadía la mirada, traspasó la barrera al quitarle los lentes y dejarlos caer sobre la mesa. Como una madre a punto de retar a su hijo, lo obligó a mirarla tomándolo del mentón—. ¿Qué te pasa?

La pregunta quebró todo al unirse al tacto y la contemplación. Trunks se vio incapaz de contestar y de reprimir. Su sangre fluyó a mayor velocidad, su corazón se aceleró, su piel se sensibilizó junto con su olfato, con su vista; todos sus sentidos se vieron afectados por ella, potenciados en lo consecuente. A Videl, sin darse cuenta, le pasó lo mismo, se vació de reacción y se entregó a la inercia, que no era inercia y nada más: era su instinto en esplendor. Trunks, sin más aire ya, sin más frenos por el deseo que lo recorría, sujetó la mano de ella, que continuaba en su mentón. Una mano rozó a otra en medio del espacio que los separaba, ahora sobre la mesa, y ese roce bastó para electrificarlos. Videl no fue consciente de la situación, no inmediatamente. Petrificada delante de Trunks, perdió, así como él, todo el aire que contenía. Trunks, delirando, excitado, sintiendo la sangre concentrándose en sus más sensibles puntos, no pudo ni quiso detenerse: el dedo corazón y el dedo índice de su mano viajaron juntos sobre la superficie de la mano de Videl, que no se movió un ápice. Subieron hasta la muñeca a un milímetro por hora, bajaron incluso en más pronunciada lentitud, en hipnótico movimiento. El tinte en las miradas cambió así como la naturaleza de la caricia, que no era tierna; era erótica. Los dos corazones latieron a la velocidad de la luz, desbocados, acalorados. El solo hecho de tocarse les había significado perderse, perderse a sí mismos, al resto del universo; a todo, menos al otro. ¿Cómo podían erizarse así, cómo podían experimentar esos escalofríos tan tremendos, cómo podían sonrojarse hasta lo obsceno por una efímera caricia que por lo erótica que se sentía resultaba inolvidable?

Un descubrimiento, el entendimiento de lo que les estaba sucediendo, los sacudió al mismo tiempo: había piel. Sí, la había como a veces la hay con determinadas personas que jamás elegimos, que nos parecieran predestinadas. Cuestiones químicas que desplazan a la razón, atracción irracional hacia otro ser, deseo sexual nacido de la nada misma por la compatibilidad que existe entre dos cuerpos; sexualmente, ellos, quisieran o no, eran compatibles. Ambos comprendieron todo cuando sus instintos demandaron acariciar más, cuando los dedos se entrelazaron; cuando los dedos, calientes así como rojas las pieles de los rostros, provocaron más escalofríos por lo voluptuoso de la caricia.

Trunks entendió, sin dejar de mirarla, sin dejar de acariciarla, que así como se sentía implicado e identificado con ella en lo emocional, se sentía también sexualmente atado a ella. Lo hacía por algo que era tan inexplicable como evidente: ella siempre le había provocado calor, atracción. Ahora, lo único que hacía era expresar esa inspiración que toda ella engendraba en su ser. Quien jamás lo había notado, mucho menos sentido, enamorada y sólo con ojos para su marido desde hacía más de una década, era Videl, que en ese Trunks que se le presentaba como un hombre, un adulto, vio el mismo deseo que ella sentía por la caricia de los dedos. Una fuerza incontrolable, impetuosa, la llenó. Se creyó capaz de todo por el ardor que su sangre propagaba por su cuerpo. ¡Estaba viva! Esta mujer está viva, siente y puede, también, hacer sentir. Esta mujer tiene fuerza, juventud, energías para todo, para demasiado.

Esta mujer siente pasión.

Escrutó, fuera de sí, olvidando al entorno y a la realidad, los ojos, la boca, la piel de Trunks y, por un enigmático segundo, se imaginó besándolo, desvistiéndolo, rozándolo con los labios.

Intimando con él.

—¡No!

Videl se soltó en un violento ademán. Sin emitir palabra, salió corriendo de la cafetería. Trunks respiró hondo, intentando calmarse. El mundo se derrumbó, sin más. Pidió la cuenta, se acomodó la ropa, se puso los lentes y salió tras ella. En la puerta de la cafetería se concentró. Fácil fue hallar el intermitente ki de Videl, nervioso, subiendo y bajando en total exaltación. Vertiginosamente, enceguecido por la cortina de deseo que lo cubría, corrió en dirección a ella. Deseaba llegar a su casa y tocarse para saciar el hambre sexual que lo acechaba, como tantas veces lo había hecho, pensando en ella y en nadie más. Pero no: deseaba saciarse debajo de ella, ser su instrumento de liberación, su inyección de peligro y vida.

Quería ser de ella.

Gohan se le desapareció. No lo recordó más, no con semejante hambre a cuestas. Quería ser engullido en cuerpo y alma por Videl.

Ahora.

Llegó a un callejón. Al fondo, en la oscuridad, Videl lloraba tapándose la boca con ambas manos, su espalda pegada a la pared de una vieja fábrica abandonada. Al verlo, ella no se contuvo. Gritó:

—¡¿Qué mierda te pasa, chiquillo?! ¡¿Acaso me crees una de esas niñas con las que de seguro te besas cuando sales con Goten?! ¡Tengo marido! ¡Y LO AMO! ¡¿Cómo te atreves a…?!

Trunks, movido por su lado más irracional, en celo tanto como platónicamente atraído se sentía, se quitó los lentes, fue hacia ella, destapó la boca sujetando las muñecas y tomó una mano entre las suyas. Retomó, como en la cafetería, la caricia: hizo exactamente lo mismo, ascender y descender, hipnotizar con el tacto y la mirada a la mujer que lo volvía loco.

—Dime que no sientes nada y me iré… —farfulló en un trémulo hilo de voz—. Dilo y te juro que jamás volveré a molestarte…

Videl se vio arrinconada. ¡Claro que la volvía loca esa caricia! ¡La volvía loca como nada que hubiera experimentado alguna vez! Era la caricia más erótica y asfixiante que había sentido. ¡Y se odiaba por haberla sentido así, tan a la perfección! Luchando contra el deseo que le nació por él, por todo ese cuerpo joven de prohibido muchacho de mirada penetrante, su razón trató de imponerse. ¡¿Qué mierda haces, mujer?! ¡Es un adolescente y tú estás casada! Los dedos ascendieron y descendieron sobre su palma en amatorio vaivén, y la razón de Videl se esfumó.

En su vida había sentido tal necesidad de otro ser.

—¡Dime que no sientes nada y me iré!

Videl no emitió palabra. Toda su piel estaba erizada; todo su deseo, exacerbado. Quería hundirlo en ella y gozar. Nada más.

Negó con la cabeza.

—¡¿Qué me estás haciendo…?! —chilló sin más escapatoria que chocar contra ese cuerpo que, sin decirlo, exigía el de ella.

Trunks llevó la mano a su boca. Besó delicadamente cada nudillo, cada uña, cada punta de cada dedo. Besó, apasionado, la palma. Intensos escalofríos lo recorrieron. Se sentía más excitado que nunca en su vida. Era ella, la de tantas fantasías; era ella y el aire era de carne, y las curvas eran tangibles, y la redondez era genuina.

Era ella.

—Me fascinas, Videl.

—¿Trunks…?

Él, ido, abandonado en las sensaciones, en las necesidades, besó el dedo corazón. Besó con su boca cerrada, regó diminutos besos que, de haber sido abandonados sin más y no depositados con tal delicadeza, no hubieran tenido ningún tinte distinto a la ternura; por ser lentos, pausados, insinuados, resultaban sensuales. Había voluptuosidad absoluta en los labios del adolescente, que por estar Videl tan encerrada en sí misma parecía, por el momento, el más experto. Y no lo era. Claro que sí tenía experiencia, una «normal» a sus diecinueve años; no era tanta como para comandar la situación con una mujer mayor. Sin embargo, así estaba, demandando todo, montado al deleite de besar la piel que había añorado desde que había descubierto la sexualidad que portaba.

La boca dejó de besar y se limitó, cerrada, a deslizarse a lo largo del dedo corazón. Todo Trunks temblaba, los nervios que el peligro generaba eran extremos; la boca se mantenía en tal concentración que parecía tener vida propia. Los labios se separaron y fue el inferior el que, esta vez, acarició. Fue, vino, de la punta del dedo a la base y viceversa. Videl no reaccionaba; gozaba hundida en y manchada por la subyugante culpa que le florecía del centro del pecho. De repente, los labios dejaron de acariciar: succionaron suavemente cada rincón del dedo. Y la lengua humedeció el entorno, intrusa. Y los dientes intentaron contenerse, ¡no lo hagan, por favor, no! Pero lo hicieron: mordieron la piel del dedo corazón de Videl. Al sentir cómo los dientes se clavaban despacio y apenas en ella, al escuchar el gruñido adolescente de Trunks al hacerlo, al escucharse jadear a sí misma, Videl al fin fue capaz de reaccionar. Retiró su mano, miró a Trunks a los ojos y le dio una sonora cachetada que retumbó en todo el callejón.

Trunks levantó la mirada. Se veía, más que ofendido, más que furioso, triste. Videl vio su edad, su falta de experiencia, su ímpetu y deseo en las pupilas. Tardó un segundo en sentirse culpable por golpearlo, al notar el rojo del golpe trazado perfectamente en la mejilla. Sin pensar, perdida ya toda su capacidad para luchar, lo sujetó de los hombros y lo atrajo hacia ella, como si él fuera un niño que se hubiera portado mal y ella una madre que, luego de reprenderlo, hubiera terminado por sentirse culpable.

Era lo mismo.

Pero al juntarse pecho con pecho, había algo más.

Trunks intentó respirar, en entrecortadas inhalaciones y exhalaciones, contra ella. No la abrazó, no se movió un ápice: estaba aterrado. Era ella quien lo estrechaba amorosamente, era ella la culpable.

—Lo siento… —lo escuchó susurrar, apenas—. Yo no…

—No pasa nada, Trunks…

Sí, sí pasaba. ¡Por supuesto que pasaba! Un muchacho de diecinueve años acababa de amar a su mano como un amante, perdido en las sensaciones que toda ella le desataba. Lo había sido, en realidad: un amante en plenitud, un amante embelesado por su objeto de deseo, por la provocadora de su profundo, tierno, erótico, amor.

Las respiraciones se descontrolaron aún más. Tiritaron los dos, uno contra el otro, seducidos por el calor que los aprisionaba. ¿Por qué temblar, si hacía tanto calor? Lo hacían por miedo: el deseo era tan gigantesco que parecía incontrolable. Los seducía el calor que conformaban juntos, la oscuridad, el ambiente viciado por el aroma de los dos, el fuego de cada extasiado aliento. Era la novedad el condimento extra del todo. Los seducía estar juntos, uno contra el otro.

Trunks tragó saliva. Moría desde siempre por esa mujer. Ella lo volvía loco, lo sacaba de sus casillas, le hacía experimentar las más tiernas y perversas sensaciones, tanto que bien a propósito se había alejado lo más posible de Paoz. Ella le disparaba al infinito la imaginación. Sin poder guardarse más el más inconfesable de sus secretos, lo dijo:

—Me gustas mucho.

La voz se despidió de él con dulzura, con timidez. Videl sintió ternura ante la confesión, una ternura tal que ella no fue capaz de pensar en lo indebido del sentir que el muchacho le profesaba.

—¿Por qué? —inquirió ella.

—Porque eres la mujer.

—¿Eh…?

Videl lo estrechó más. Trunks, hasta ese momento congelado, inamovible como una estatua, levantó sus brazos. Juntó sus manos detrás de ella, sobre el contorno de la cintura, allí donde la curva se pronunciaba de tan femenina forma.

—Siempre me gustaste. Quizá fuiste la primera chica en gustarme… —Sin darse cuenta, sus cuerpos abrazados se balancearon, como si la suavidad de una melodía sublime resbalara sobre el aire, en torno a los dos. Un escalofrío nació en él y se reprodujo en ella—. Cuando era niño pensaba que ninguna era como tú. Al crecer… lo seguí pensando… ¡Lo siento…! —Pronto, él se soltó de ella. Le dio la espalda a Videl—. Estoy haciendo cualquier cosa, estoy diciendo tonterías y me estoy comportando como un crío.

Es que él no era así. Él era soberbio, frontal, creído, aplastante, genial. Él era el de potencial de líder, el cerebral, el galán, el príncipe. Él era único. Ahora, ante su punto débil —Videl lo era, lo será—, se comportaba como un infante de primaria, como un niño enamorado de una encantadora profesora, como cualquier cosa menos él mismo, ese que creía ser, ese del que se jactaba ser. Es que ella, realmente, lo sumía en un estado involucionado: lo convertía en un niño tímido y sensible. Y odiaba eso. Odiaba que Videl, a la que jamás podría pertenecerle, fuera la única y máxima en tener tal poder sobre él. Videl, de repente, le sujetó los hombros. Ella hundió el rostro en la espalda de él. Lloraba; los espasmos irregulares de su cuerpo lo atestiguaban.

—¿Por qué lloras?

Un espasmo. Dos, tres. Videl lloraba porque por tan sólo escuchar tan conmovedoras frases había sentido una caricia del pasado, la resurrección de un momento, la familiaridad. Videl había evocado su adolescencia al lado de su novio, del antiguo Gohan. Practicaban coreografías, paraban y se besaban. La pasión arrasaba con sus cuerpos y dejaba intactas, aunque prendidas fuego, las almas, que al verse despojadas de sus límites se veían capaces de soñar y ser una en lo consecuente. Videl lloraba por la caricia del pasado, una que la había llenado de deseos de retroceder.

Quería ir hacia atrás.

Quería volver.

—Trunks… —Un espasmo más, uno inconsciente: volvía atrás por fin, sí, pero pronunciando el nombre equivocado—. Yo…

»Voltea…

Las manos apretaron los hombros, instando a Trunks a obedecer. Él, domado por ella, domado como imaginaba serlo por ella, obedeció finalmente. Volteó, y al mirarse a los ojos se produjo una nueva revolución, la definitiva.

Adiós a los frenos, a las cuerdas opresoras, a la moral y las buenas costumbres, a la sanidad de la fidelidad. Adiós a todo, menos a la electricidad.

Las bocas se atrajeron por instinto. Los labios se aproximaron a los labios en medio de una batalla de respiraciones fuertes e irregulares. Se rozaron, se hundieron en el otro y el mundo, tras ellos, desapareció. Se besaron en evidente salvajismo, en ineludible necesidad. La vehemencia quedó denotada por la velocidad y el ahínco. No podían respirar, pero jamás, pese a ello, se separaron. Videl olvidó todo, a Gohan y al mundo, así como Trunks, y gimiendo en la boca del otro, saboreando los labios y percibiendo el aroma del otro, los dos se perdieron en la piel que los atraía naturalmente. Trunks la estrechó conteniendo una fuerza que no podía controlar. Hizo viajar sus manos por la espalda urgido de aguantar, de no perder el control, de disfrutar ese instante como si fuera el último de su vida; Videl ató sus brazos tras la nuca y apretó sus puños hasta provocarse dolor con las uñas, intentando contenerse, luchando imperiosamente contra la necesidad de tocarlo, de exigirle un más allá, de retenerlo hasta el delirio total. El movimiento amatorio inconsciente dio inicio, y Trunks embistió hacia ella su excitación, y Videl embistió hacia él para saciar tanta necesidad. Animal fue la velocidad de las embestidas, así como la humedad del asfixiante beso, así como la obstinación de las manos por contenerse y no desnudar el otro cuerpo, así como el acelere descomunal de sus respiraciones. Videl soltó la boca de Trunks para aspirar todo el aire que había perdido; él deslizó sus labios hacia el cuello, donde se perdió. Ella sintió los besos, también el calor del aliento golpeando contra su piel cada vez que esa endemoniada boca adolescente se abría. El gemido que no pudo contener, que liberó por accidente, por obviedad, se convirtió en una alarma.

Despertó.

—¡No! No, no, no…

Él prosiguió como si no la hubiera escuchado. No lo había hecho, en efecto; iba a la velocidad de la luz, se dirigía rumbo a la tierra de las fantasías donde ella interpretaba a todas las mujeres que lo encendían. Porque ella era la única y las demás meras imitaciones. La adoraba, la deseaba, la todo lo que existía. ¡Todo! La quería y querría como a ninguna otra mujer. La querrá.

—Videl… —jadeó, anestesiado por el placer.

—¡No!

Se separaron cuando ella, con inhumanas fuerzas, lo empujó. Trunks cayó al suelo sin poder evitarlo, sorprendido por ese empujón que jamás esperó. Videl se apoyó en la pared, mareada. Ni siquiera miró a Trunks, ni siquiera le dijo o no le dijo; se fue corriendo, sólo que, esta vez, él no la siguió.

Trunks, solo, permaneció en el suelo, en shock. Es que, cuando algo transcendental nos sucede, el miedo es el primero en aparecer. Nos domina, nos hace suyos. El miedo había abusado de los dos y, por ahora, reinaría. Los separaría por unos días, mas no para siempre.

La próxima vez, bajo el dorado que tanto evocaría en el futuro, no habría interrupción. Piel, culpa, placer y nada más.


~Continuará


Nota final IV


¡Gracias, mil gracias por leer! Esto va avanzando. Disculpen el capítulo un poco más largo que de costumbre, pero cortar el final no me parecía indicado.

Corrigiendo una parte me acordé de algo que había escrito en Triángulo. Después de romperme el coco para recordar dónde estaba (?), lo encontré, y me di cuenta al releerlo que esta idea de Videl planteada acá me nació en esa escena, cuando Pan analiza a sus padres y siente a Videl inmersa en el gris. Entre esa y una escena de Pecados en la sangre donde el Príncipe Trunks se siente atraído por la madre de Pan por un ínfimo instante estuvieron las culpables de que terminara escribiendo esta historia y su hermana del futuro, Tres formas de unión.

No es lo mismo escribir a Trunks con Marron, con Pan, con Mai, con Goten (?), con quien sea, a escribirlo con Videl; cada pairing es un universo de posibilidades, y escribiendo estos dos fics me estoy divirtiendo muchísimo. Era lo que necesitaba, divertirme y no exigirme, aprender a disfrutar más y presionarme menos al escribir. Me han dicho, en reviews, que el disfrute se nota. No sé si será así o no, pero créanme que estoy muy contenta de escribir esta historia. =)

No me estoy presionando en nada, más que en pasarla bien.

Por eso, agradezco el quíntuple sus lecturas, su apoyo, sus comentarios que tan enriquecedores me son. Muchas gracias por leerme, GRACIAS.

Gracias a M Briefs, DaiozArlert, Mikamitta666, Skipper1, TourquoiseMoon, Genialfic, ChocolateMint, Fiorella, REXRS6, Ashril, Kikky, KawaiiDestruction, LDGV y Dev por sus reviews. Quisiera dedicarle este capítulo tanto a Skipper1 como a LDGV por darme otro punto de vista sobre esta historia en sus maravillosos comentarios. Muchísimas gracias a los dos, de verdad.

A los que les gusta escuchar música (?), Madonna y Michael me hicieron compañía muy grata. Son los mejores.

Y eso. ¡Nos leemos en el V! =)


Dragon Ball © Akira Toriyama