—Sentíamos mucha culpa. Cada vez que lo hacíamos era peor: por un lado, sabíamos que la situación era delicada y que seguir viéndonos era una pésima decisión; por el otro, era tal la piel que había entre nosotros que no podíamos parar.
—Niño perverso…
—Lo sé, lo sé… Suena tonto, cliché, como quieras decirle. Pero es cierto: cuando tienes tanta piel con alguien, separarte es casi imposible. Yo no podía: la quería a todas horas, todos los días.
»No podía vivir sin ella. Estaba en jaque.
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
V
La ducha que se estaba dando era tan violenta como aquel beso que se habían dado hacía una hora. Tapando su boca para que nadie oyera sus alaridos, con la luz apagada para no poder mirarse al espejo, Videl se limpiaba con ímpetu, se refregaba salvajemente, obsesionada con limpiar la culpa como si ésta fuera una mancha del cuerpo y no del alma. La severidad se agravó entre sus piernas: se aseó una y otra vez, por minutos enteros, sin ser consciente del espacio y el tiempo, sólo del asco que sentía por sí misma. Es que percibía el aroma a hombre, aquel particular aroma que, con una pared construida con culpas sobre la espalda, simbolizaba sus más nefastos errores. Cuando la velocidad aumentó y el aire se le fue, cayó al piso de la ducha. Abrazando sus piernas, lloró.
¡¿Qué mierda hice?! Se tapó la boca con las dos manos, toda su piel roja. ¡Tiene diecinueve años! ¡Es un niño! ¡Es amigo de Gohan, casi su otro hermano menor! ¡Es el hijo de Bulma! ¡Estoy loca! ¡Loca!
—Loca…
—Y amo que lo estés.
Se deshizo en llanto. Qué insoportable le era la culpa. ¡No podía más! ¡Se moría! ¡Se iba! ¡No lo soportaba! Gritó contra sus rodillas, y el aroma de hombre, de un hombre que no era cualquiera sino Trunks y nadie más, parecía impregnado a todo su cuerpo. ¡Era excesivo! Esa culpa no era para alguien así, de principios como ella. Y ya no podía deshacerlo. Lo hecho, hecho estaba. Había besado a Trunks, había refregado su cuerpo contra él y, de no haberse ido, habría tenido sexo con él.
Se había excitado en brazos de él.
Al pensarlo, limpió entre sus piernas una vez más. No supo cuándo ni cómo ni por qué, pero en algún momento salió de la ducha. Con todas las luces apagadas, con las cortinas cerradas, se metió a la cama y fingió dormir. Rezó para que Pan no fuera a verla, para que su pequeña no la viera así. ¡No podía permitir algo semejante! No era, ahora, la mujer que deseaba ser para su hija; era un ente que nada más que el desprecio merecía. Gohan apareció primero, aquel al que jamás quería volver a ver y al que más necesitaba suplicar: perdóname, Gohan. Perdona mi impudicia, mi instante de debilidad con ese chico que podría ser tu hermano. Perdona a mi alma por no poder ser feliz en la vida que tan detalladamente planeaste.
Perdóname por desear más, por necesitar mucho más para ser feliz.
—¿Videl?
—¿Sí…?
—¿Qué sucede?
—No me siento bien…
—Déjame revisarte.
—No…
—¿Por qué?
—Sólo necesito dormir. Nada más…
—Videl…
—Ya se me va a pasar…
—¿Segura?
—Sí…
—¿No cenarás? ¿Quieres una sopa?
—No… No quiero que te preocupes por mí…
—Le haré algo rápido a Pan y vendremos a verte. ¿Quieres?
—No quiero que me vea enferma…
Porque olía a hombre, a traición. A Trunks.
—Bueno, bueno… Pero ella…
—Dile que mamá la verá mañana por la mañana y que le hará un rico desayuno… ¡Dile que la quiero!
Aunque ya no fuera capaz, nunca, de mirarla a los ojos de nuevo. Porque los ojos de su hija eran del mismo negro característico de Gohan. Los ojos de ella eran los ojos de él.
—Bueno. Si se te ofrece algo, ya sabes. Descansa, Videl.
La puerta se cerró. El tiempo, a partir de ese momento, pareció no transcurrir. Videl vagó en confusos pensamientos, en recuerdos por demás difusos: contra la pared refregándose con un adolescente y deseando en lo más íntimo de su cuerpo una feroz invasión. ¡Sexo! Eso había deseado al besar y tocar y percibir entero y perfecto a Trunks, a un niño de diecinueve años que ni cerca estaba a su edad de entender lo grave de la situación. ¡Si no era más que un chiquillo caprichoso que andaba por la vida sin dificultades, sin grises! Un muchachito inmaduro con la piel sin curtir.
Todo lo que Gohan no era.
Cuando más moría por gritar sus angustias, Gohan reapareció. No hizo ningún ruido al llegar. Cerró la puerta, se desvistió, se puso el pijama y se acostó junto a ella. Videl tembló completa al sentir cómo la abrazaba. El calor de Gohan, el mismo calor que todo lograba al quemarla a ella, ahora no tenía ningún efecto.
Y la respiración de Trunks, contra ella.
—Mi amor, ¿mejor?
—Más o menos…
Y su respiración, al compás de la de Trunks.
—Tienes un hilo de fiebre.
—Abrázame, Gohan…
Y sus sexos, vestidos y violentados, embistiéndose en mutuo deseo.
—Videl…
De los dos.
—Abrázame…
Y cállate, y no me digas todo esto ahora, cuando ya no me sirve. Y no me abraces ahora, cuando tu calor no tiene efecto en mí. Ya te engañé, Gohan. Es tarde. Ya se terminó. En cuanto lo sepas, me dejarás y tendrás razones para hacerlo. No seré para ti más que la imagen del concepto que encierra la palabra «traición».
—Abrázame, por favor…
Haz que lo olvide, haz que ya no pueda pensar en lo ocurrido. Haz que Trunks se me vaya y que lo nuestro renazca, para que la vida vuelva a tener sentido, para que mis sentimientos se vuelvan a encarrilar.
Para que este deseo que me quema como tú ya no lo haces me deje de subyugar.
Acurrucado en la cama y con los ojos bien abiertos, no lograba moverse. No tenía hambre, no tenía sueño; tenía ira, mas no culpa. ¿Por qué no tenía culpa? ¡Era la mujer de Gohan! Pero también era Videl, la de toda la vida, el amor platónico de siempre. Y de sólo pensarla, y de sólo evocar los oscuros recuerdos, el calor se le disparaba y la temperatura le subía. Era Videl, esa que le gustaba desde hacía tanto.
Era la química que los había atraído tan mortalmente.
—Debe odiarme… —se dijo en un murmullo—. Debe pensar que soy un hijo de puta.
Pero ella había correspondido el beso, ¿o no?
—Videl…
¿Qué hacer? Era una mujer ocho años mayor; era bella, madura, decidida, rebelde, de gran carácter y carisma. Él era un maldito adolescente. Y ella era casada y tenía una hija. Estaba seguro de que lo acontecido, el pasional beso en el callejón, no era más que un desliz, un momento de debilidad suscitado en ella por un sencillo motivo: se sentía triste por la crisis de su matrimonio. Qué evidente resultaba todo al pensarlo con una frialdad que milagrosamente aún podía dominar: Videl, quizá, necesitaba compañía, cariño, calor. Quizá necesitaba pasión. Y ahí tuve que aparecer yo, se dijo, listo encima de la bandeja, fácil y entregado a la chica que más me gusta en el mundo. Que nos hayamos besado, por más caluroso que haya sido el beso, no significa nada. Ella no va a dejar a Gohan para estar conmigo, ella no va a deshacer su vida tan prolijamente tallada por un mocoso hormonal que nada de esto entiende, porque nada sobre esto sabe, más que adora a esa chica y sólo aspira a tenerla en sus brazos y verla sonreír. Nada más podría pedir, verla feliz en mis brazos y que nada pueda angustiarla.
Tenerla en mis brazos y saber que nunca se irá.
Pero no. Es hora de asumirlo: no hay futuro. Revolviéndose en el colchón, loco de ira y de excitación pero no de culpa, jamás de ella porque se trataba de Videl y no cualquier otra mujer, se lo repitió como una suerte de rezo: no hay futuro, Trunks. No hay futuro.
Pero él, el Trunks caprichoso y pasional que era, recordando el calor que los había apresado, rememorándolo con sus autocomplacientes manos, quería imaginar que sí. Quería imaginar que más, mucho más, era posible entre los dos.
Se tocó. La palma cerrada contra la más sensible piel bien sabía qué hacer. Apretando los párpados muy, muy fuerte, dejándose llevar por el infinito violáceo que en el apriete vislumbraba, la vio: Videl lo besaba una vez más. Videl apretaba sus caderas contra las de él al ritmo de la mano, hacia el frente, hacia atrás. Videl respiraba cada vez más rápido, así como él lo hacía. Videl deliraba en el ir y venir y sus ropas se desprendían de ella, resbalaban por su piel así como la seda. Y por el movimiento insistente de su mano, de su cadera, de todo su cuerpo, la sábana caía a un lado de la cama y su ropa interior terminaba a la mitad de sus muslos. Videl, entonces, brillaba: qué esplendor el de ese cuerpo blanco tallado por dioses, qué fastuosidad expresaba tan detallada belleza. Jadeando por el placer que la imagen le brindaba, vio cada rincón de piel, lo blanco, lo rosado. Las partes visibles y las ocultas. Y ella iba hacia él, sonriendo. Hazme olvidar, Trunks. Quiero olvidar. Quiero sentir. Necesito sentir. Las piernas de ella se separaban; las de él ya separadas per se, las rodillas flexionadas, los pies apoyados en el colchón para impulsar los violentos movimientos que golpeaban el denso calor que lo asfixiaba al contenerlo, el aire, la nada. Y Videl de pronto apoyada entera sobre él, piel contra piel. Gimió, febril, sumido en el goce. Videl, experimentada mujer, asumía el mismo rol de cada fantasía que había tenido con ella alguna vez, el dominante. Juró quedarse quieto y aguardar a que ella hiciera todo, juró sentir al fin cómo Videl se ocupaba de la situación. Qué hombre se sintió. Y su mano bien lo simulaba todo, a la par de su encendida imaginación.
Al borde de la explosión, una serie de imágenes estáticas se le manifestaron en el inconsciente. Las imágenes se movieron a compás de su urgida mano, de su urgido sexo. Vio poses, vio cuerpos desnudos, vio una luz dorada en torno a los dos; vio el futuro.
Vio, sin saberlo, todo lo que sucedería a partir de su próximo encuentro, una serie de encuentros que sacarían tanta pasión de ellos que poco tardaría en gastarlos. Se iban a cansar muy rápido del otro. Pero en el pequeño lapso de intensidad desmedida que tendría su relación, cada imagen sucedería. Y la culpa iría de la mano con la satisfacción.
Cuando ya no pudo imaginar más, cuando las más retorcidas imágenes se le desdibujaron, el placer alcanzado se encargó de todo lo demás.
Videl llamó a su padre la mañana siguiente, cuando Gohan le avisó que iría de compras junto a Pan al pueblo. Al final no le había hecho el desayuno a su hija.
No era más que una mentirosa.
Aguardó con el oído pegado al tubo por ser atendida. En esos meros segundos, intentó calmarse; no lo hizo. Cuando Satán atendió y la voz salió de ella, ésta no era más que un ruido incomprensible, fino y derruido por la angustia. No era una voz; era llanto.
—Papá…
—¡Videl!
—Papá, necesito un favor. Necesito dejar la casa por unos días.
Porque si se quedaba un minuto más, explotaría. No podía mirar los ojos de su familia. ¡No había manera! No iba a soportarlo, ya no tenía fuerzas.
—¡¿Qué?! ¡¿Dejar tu casa?! ¡¿Acaso sucedió algo con Gohan?!
—Necesito… estar sola.
—¡Pero…!
—¡QUIERO ESTAR SOLA! ¡Necesito tiempo para mí! Y no tengo a dónde ir, ¡y no quiero que nadie me moleste! ¡NADIE! No es Gohan; soy yo. Necesito irme unos días a alguna parte a estar sola.
Al decirlo, la invadió otra sensación: Pan. Su hija la llenó con tal ímpetu que se vio imposibilitada de decir algo más. ¿Dejar a su niña? ¿Alejarse de ella? ¡No! No quería, no podía. ¡¿Cómo se iba a alejar de Pan?! No existía forma de cortar ese lazo natural con aquella que venía de su propio cuerpo, aquella a la que su unión con Gohan le había dado vida. No se podía. Pero tampoco se podía ser madre así, cargando tan pesada culpa sobre los hombros. Videl no estaba en condiciones de cuidar a su hija como su hija merecía. Primero lo primero: debía confesarle lo sucedido a Gohan, decirle fui infiel, fui infiel y me arrepiento de ello. Porque ella era, ante todo, honesta. Es que si no se lo decía, jamás podría volver a mirarlo a los ojos, ni a él ni a Pan. Entendiéndolo, dijo:
—Sólo un fin de semana, papá…
Para poder pensar bien en cómo decírselo a su marido.
—¡¿Quieres que te busque un spa?! ¡Para que te relajes…!
—¡Sabes que odio esas cosas! Tienes propiedades, muchas…
—Y tú tienes la llave de todas si lo necesitas. Elige y podrás ir, hijita. ¡Pero con una condición!: ¡quiero verte antes!
Sin más opción, necesitada de expresarse verbalmente aun cuando su padre no fuera el más indicado para tremendos menesteres, Videl le dijo que sí, que fuera inmediatamente a verla. La voz, justo antes de cortar, se le quebró. Mr. Satán llegó cuarenta minutos después, poco antes de que Gohan y Pan volvieran del pueblo. Al verse en la puerta, él notó su tristeza y se volvió loco. Videl cortó por lo sano:
—¡CÁLMATE! —gritó—. No estoy para estas cosas, por favor… —Abrazó a su padre, cerró la puerta y se entregó al llanto—. Ayúdame, papá…
—¡Claro que sí, mi amor! Sólo dime qué debo hacer.
—Habla con Gohan, invéntale que debo cuidarte una propiedad, que debo representarte en alguna parte… ¡No sé! —Chilló más contra su padre—. ¡Invéntale algo y dile que me tengo que ir y que no puede venir a visitarme porque no quiero verlo porque no me sale…! ¡No quiero verlo…! ¡NO QUIERO!
Satán, que amaba en exceso a su única hija, que veía en ella lo mejor de sí mismo, su mejor virtud, luchó por mantener la compostura. Si preguntaba algo a Videl, si indagaba el porqué de su estado nervioso, ella dejaría de confiar en él. Era mejor no preguntar; acatar.
—¡Quédate en el viejo departamento de Satán City!
—Sí…
—Lo tendrás para ti sola.
—Te lo haría en cada habitación. ¿Puedo? —preguntará, pícaro, el adolescente—. ¿Puedo, Videl…? ¡Será divertido!
—Gracias… ¡Gracias…!
Lloró en el pecho de su padre como ni de niña lo había hecho. Ella era autosuficiente, jamás pedía ayuda mas sí la brindaba, porque ella pensaba en los demás, no en sí misma. Ahora, era momento de pensar en su matrimonio, en su familia, en cómo confesarse, en sus errores.
Pensar en cómo recomponer lo que había destruido.
Sin parar de llorar, Videl se dijo que era curioso: un ínfimo beso había bastado y sobrado para arruinar su vida. Y la culpa era de ella, no de Trunks. Se mordió la lengua al mencionarlo en su mente. ¡Qué dolor más grande el de haberse entregado de tal forma a un simple muchacho ocho años menor a ella! ¡Ella, casada! ¡Casada! No tenía sentido lo que había hecho.
—Mejor hubiera sido huir…
—¿Huir? ¡Huir no sería propio de ti! Y tengo razón, Videl. Esto tenía que suceder: era inevitable y lo sabes tanto como yo. ¡No íbamos a aguantar! Yo no iba a aguantar…
No había forma de justificarlo. ¿Insatisfacción? ¿Cansancio? ¿Aburrimiento? Nada justificaba lo hecho, la infidelidad que había cometido contra aquel que no la merecía. Gohan era el ser más bueno del universo; ella, una traidora. Pensó en los tiempos que corrían en el año 785: para la juventud, para personas que no eran como ella, que no tenían su sentido de la fidelidad y justicia, un beso no significaba absolutamente nada. ¡Y cómo no! Para ella significaba todo. Era imperdonable.
Por la noche, luego de pasar el resto de la jornada con la familia de su hija, de distraer con sus monerías a su hermosa nieta, de aguantar la tristeza de ver cómo Videl le evadía la mirada a todo el mundo, Mr. Satán habló en privado con Gohan. Satán, que durante muchos años había mantenido en pie la mentira del siglo, no tuvo problemas en mentir una vez más: debo viajar por unas charlas que me han encargado en distintas escuelas de la Capital del Oeste sobre la importancia de blablablá y blablablá, necesito que Videl me acompañe porque esto y aquello y lo uno y lo otro y todo eso y más. Con lo que no contaba Satán era con que Gohan no le creyera una palabra. El híbrido disimuló, no obstante, que sí. A Gohan le bastó con notar el nerviosismo de su suegro y la actitud de Videl en los últimos días, que había pasado de lo peculiar a lo incomprensible: día a día, ella parecía un poco más lejos. Desde el hilo de fiebre del día anterior, él se mantenía más alerta que nunca: ya no era verla un poco apagada, como a todos nos pasa de tanto en tanto, así como días anteriores; ella no lo miraba a los ojos. ¿Cuándo Videl había dejado de mirarlo, si ella jamás le había ocultado nada, si ella era la mujer más sincera que hubiera conocido en su vida y justamente por eso, y por más, la amaba con tanta profundidad?
¿Qué le ocurría? Decidido, esperó el momento propicio para indagar.
Por la noche, cuando Pan ya dormía y su suegro ya se había marchado, invitó a una nerviosa Videl a caminar por el bosque aprovechando la frescura del clima. Ella supo, ante la actitud seria, entre comprensiva y preocupada de él, que sabía que todo era mentira. No se equivocó.
Caminaron bajo las estrellas, bajo la luna llena, sin tocarse ni mirarse. Gohan mantuvo, por varios minutos, el silencio y la compostura. Al ver unas viejas rocas en las cuales solía sentarse de pequeño para estudiar los astros con la mirada, invitó a sentarse a su mujer. Él hizo lo propio justo a su lado. Suspiró. Habló.
Dijo lo que Videl sabía que diría:
—¿Por qué quieres irte? Quiero saber el verdadero motivo, Videl. —Suavemente, Gohan sujetó su mano.
Videl se desasió con la misma suavidad.
—No estoy bien…
—¿Por qué? ¿Qué sucede?
Te fui infiel con un niño.
—No es nada. —Videl se detuvo abruptamente. Cuando pudo retener el aire suficiente, siguió—: Gohan, es que… necesito tomarme unos días.
—¿Cuál es el motivo? Siempre hemos sido honestos el uno con el otro.
Videl apretó los párpados. No quería volver a abrirlos jamás.
—No estamos bien…
Y lo dijo por fin. Gohan frunció el ceño; de alguna forma, había presentido esa respuesta. Al escucharla, cada actitud de Videl en los últimos tiempos tomó un significado diferente: lo apagada que estaba, lo silenciosa, lo tranquila en exceso, lo poco sonriente.
Se odió. ¿Cómo no lo había notado antes? ¿Cómo no había considerado lo atípico de la situación? ¿Cómo no le había dado la importancia merecida, como si no fuera nada del otro mundo? Al verla junto a él se odió más al comprender que ya no tenía caso entenderlo. Era tarde.
—Podemos solucionarlo —largó, convencido. Gohan, ante todo, era una persona de enorme positividad—. No es necesario que… —El corazón pareció detenérsele, sin embargo. Los brazos de Gohan, hasta entonces alzados hacia ella, cayeron.
No lo podía creer.
¿En qué momento su relación con Videl se había derrumbado así? Un atisbo de furia, tan imponente por venir de nadie más que él, asomó; no duró más que unos ínfimos segundos. Señales, pensándolo en más detalle, habían sobrado: hablaban poco, ya no eran románticos, ya no salían, ya no compartían nada. ¡Ni siquiera compartían momentos con Pan! Él se enfocaba en su trabajo, en sus estudios, en su eterna capacitación intelectual y profesional. Videl había dejado todo por Pan, a quien habían recibido orgullosos, con los brazos abiertos y resplandecientes de amor. Videl había dejado todo por criarla, para ocuparse de la casa, para ser los andamios de la familia mientras él se ocupaba de traer el dinero. ¡Él le había lanzado todo sin más, le había lanzado todo para ocuparse de sí mismo! Y no lo pensó en otra perspectiva más que la propia, nunca. Hasta este instante de reflexión, había creído estar en lo correcto: dejar a Videl en casa y mantener económicamente la familia él. Y Videl lo había hecho, había dejado todo atrás, incluso sus ideales, esa energía que siempre la sobrepasaba, esa inteligencia que de todo era capaz. La vio: Videl era una sombra de lo que había sido, estaba destrozada y ya no era la de antes, esa adolescente tan distinta y tan única, tan maravillosa y perfecta. Pero aún sentía todo y más por Videl. Aún la amaba. Lo hacía con todo su corazón.
No obstante, sí: la había descuidado. En el amor, en el compañerismo, en la amistad, en la paternidad, en la cama.
En todas partes.
—Videl…
Un nudo en el pecho, un nudo inmenso e insoportable, se le materializó. Gohan pensó en Goku, en su propio padre, en cuando por entrenar se iba al diablo, en sus ausencias, en las imborrables ausencias, en cuando Gohan lo necesitaba y no podía más que evocarlo, nunca tenerlo. Sobre todo, pensó en los siete años de muerte, en los momentos de crecimiento donde tanto lo había necesitado, a solas con su madre en perpetuo duelo y su hermano recién nacido.
Nada.
Pensó en su madre, férrea desde y para siempre Chichi luchando hasta el fin por él y por Goten.
¿Acaso estaba haciendo lo mismo? ¿Estaba dejando sola a su mujer?
¿Tan egoísta había sido?
Videl, por su parte, sentía la culpa de tal forma que ya no se sentía capaz ni siquiera de respirar. No podía más. Aferrándose al amor que sentía por su marido, ese amor que ya, pensaba, no merecía sentir por su traición, lo dijo:
—No te quiero dejar, no te voy a dejar… ¡No puedo! Sólo dame unos días para pensar… Necesito estar sola. ¡No te sirvo así! Ni a ti ni a Pan…
Lloraron ante cada palabra; lloraron sin poder evitarlo, por esencia, por instinto.
—Videl, no…
—¡Lo siento…! —Se abrazaron, llorando, sollozando, temblando—. No puedo, no entro en mí… ¡Dame unos días, por favor! ¡Necesito estar sola! ¡NO SOPORTO MÁS ESTAR AQUÍ! ¡Dame una semana! ¡Por favor! ¡POR FAVOR! Déjame, debo pensar mucho… Cuando recupere fuerzas, volveré y hablaremos y veremos qué hacer con nosotros…
—Pero Pan…
Videl chilló en el pecho de su marido, que al sentirla tiritar creyó volverse loco. La estrechó rebalsado de amor.
—¡No les sirvo así…! ¡NECESITO ESTAR SOLA!
Porque no podía mirarla a los ojos, ni a la pequeña ni a Gohan. Porque había traicionado a su matrimonio y ya no sentía derecho a nada.
Alejarse sería, sobre todo, su castigo.
—Está bien —dijo Gohan, acongojado, deshecho por los errores que apenas ahora notaba—. Si es por tu bien, no tengo forma de impedirlo. Lo acepto. Tómate todo el tiempo que necesites… Lo… respetaré…
Porque él se sentía y creía el culpable de todo. Y no lo era.
La culpa de todo, pensaba Videl, la tenía ella.
Abrazados, se lamentaron en silencio. Alguna vez habían sido una pareja ejemplar: estudiaban juntos, trabajaban en pequeñas cosas, combatían el crimen, planeaban un futuro a la medida de ambos. Ensayaban los ridículos bailes, se detenían y se besaban. Y ella siempre tenía ideas, y ella siempre ostentaba carácter y fuerza. Ahora, Videl vivía en la tranquilidad, una que él siempre había anhelado darle a una mujer; una que no era compatible con ella, con la elegida, con la Videl que estaba hecha para otra clase de vida. Qué obvio era todo y qué tarde era para recomponerlo.
Qué tarde parecía para absolutamente todo.
Y lo era: nunca había sido más tarde para reparar lo destruido. Nunca se habían desencontrado de tal forma en el camino que desde hacía tanto caminaban juntos. Las manos ya no estaban entrelazadas.
Y quizá nunca volverían a estarlo.
—O quizá sí.
Atendió el móvil aquel martes por la mañana, debajo de una nave que su abuelo le había pedido que reparara. Quien aguardaba del otro lado era Goten.
—¡Eh! —exclamó confundido, fingiendo una calma que no tenía. Salió de debajo del vehículo y permaneció sentado en el piso.
Desde lo de Videl que Trunks no se había siquiera atrevido a contactar a su mejor amigo. No tenía cara. Tres días después, al fin se atrevía a atender el teléfono. Seguía furioso, excitado y sin culpas. Hasta escuchar a Goten, no las tenía.
—Eh, Trunks…
El saludo de Goten careció de energía, de carácter, de frescura; de todo lo que Goten siempre transmitía. Trunks supo que algo ocurría. Se lo preguntó. Goten, en respuesta, dijo:
—¿Sabes? Disculpa, sé que sonará tonto, pero estoy preocupado por Gohan.
Trunks palideció.
—¿Gohan?
—Videl se fue hace dos días. Se tomó un tiempo con mi hermano.
—… Voy para tu casa.
Lo hizo después de ducharse a la velocidad de la luz. Voló, y mientras lo hacía repasó en detalle la escena, se recordó en el callejón con su amor platónico, recordó la fría despedida, el final, el llanto de ella. Recordó a Gohan.
La culpa lo cubrió finalmente, así como a Videl.
Llegó donde los Son y, encerrados en el cuarto de Goten, éste dio detalles: parece que no están bien. Videl le pidió un tiempo, se marchó unos días para pensar. Mamá no lo sabe, pero Gohan me lo contó de todas formas: nunca vi tan destrozado a mi hermano. Me duele. No lo soporto, Trunks.
—Si alguien no lo merece, ese es Gohan.
Y Trunks tenía la culpa.
Desesperado, disimuló lo mejor que pudo para hacer lo que debía. Pidió un vaso de agua, Goten fue hacia la cocina a buscarlo y dejó sobre su mesa de luz el móvil. Trunks lo tomó, importó el contacto a su teléfono y dejó todo como estaba. Al volver, Goten le habló de otras cosas, intentando distraerse con su mejor amigo. Por la tarde, Trunks se marchó.
En pleno aire, la llamó:
—¿Hola…?
—Videl, no me cortes… Tenemos que hablar.
~Continuará
Nota final V
¡Muchas gracias por leer, de verdad! Sigo impresionada y contenta por la respuesta de esta historia por la cual no esperaba la cantidad y calidad de comentarios que estoy recibiendo. La arranqué con tanto capricho que sentía que a nadie le iba a resultar interesante. Gracias a todos y cada uno de los que me lee, los que comentan y los que no, por el apoyo. De corazón, gracias.
Es lindo compartir este entusiasmo tan grande que siento con Uds.
Gracias a LDGV, Karepink, Dika, SteelMermaid, Mikamitta666, Dev, Lady'zPhantom, DaiozArlert, Akadiane, REXRS6, Skipper1, Fiorella y MBriefs por darse un minuto para comentar. ¡Mil millones de gracias! Dedico este capítulo a Dika por recordar este fic el otro día (?). XD ¡Te quiero, perra! XD Sos hermosa, Dikis.
M Briefs me había preguntado por la canción que escucha Trunks en el capítulo II. A quien le interese, era Even flow de Pearl Jam. Al escribir este capítulo, me fui a los 80s para escuchar How soon is now de The Smiths. La letra es bellísima, trasciende escalofriantemente lo que intento decir a través de esta historia, va más allá, inspira mucho más, pero esa melodía me transmite sentimientos tan grandes que escucharla cuando tengo cierto tipo de humores es inevitable para mí. La escuché cada segundo.
Y eso. Hice la cuenta de cuántos capítulos va a tener el fic haciéndome un pequeño resumen de los sucesos que tengo planeados. Deberían ser 13 capítulos más el epílogo. A lo mejor son menos; no creo que más. Pero nunca se sabe. ¡Es lo de menos! Quiero disfrutar hasta el final.
Besos a todos, los leemos en el VI. ¡Gracias por todo! =)
Dragon Ball © Akira Toriyama
