Desnuda, observa el techo. Observa las paredes, los defectos. Desnuda, observa a quien duerme.

Se pregunta: ¿será que podré perdonarme? ¿Será que podré perdonarlo? ¿Será que podré olvidarlo?

Qué dulces son sus gestos, lo lacio de su cabello, lo juvenil de sus facciones. Lo siente un pequeño dios, una escultura de mármol, una pintura de otros tiempos. Lo siente bello.

Prohibido.

Piensa: esto es un error. Las paredes de este cuarto lo saben; son nuestras silenciosas testigos. Lo saben los muebles, las sábanas que huelen a los dos. Lo sabe esta luz dorada que nos alumbra, inefable luz que nos hace ver en los ojos ajenos, inefable luz que nos recuerda que esta pasión debería ser en brazos de alguien más.

Pero no se puede.

Llora. La certeza se le clava en el alma en forma de estaca.

Nunca lo olvidará.

Jamás lo superará.

Siempre lo añorará.


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


VI


Hasta el llamado de Trunks, dos días había pasado consigo misma. No habían sido días sencillos, pero por lo menos estaba sola. Eso era lo fundamental. No tenía que fingir; podía llorar, lamentar y maldecir a gusto. Podía tener las ojeras en su esplendor, los párpados irritados por el llanto, la cara roja y derruida. Podía no fingir para que su familia no se preocupara.

A solas, tenía derecho a estar mal.

Sin embargo, sí tenía algo vedado: pensar en Trunks. Eso no lo hacía pese a la lamentable necesidad que la acosaba día y noche, una necesidad que era más inconsciente que consciente, que se sacudía en su interior en total silencio, apresada con poderosas cadenas. A solas en la cama matrimonial en la cual dormía, en el centro del viejo departamento que su padre conservaba de la época donde aún no había sucedido lo de Cell, lo evocaba sin querer. De repente se le venían sonidos, aromas, delirios. Se le plasmaban, en el inconsciente, reminiscencias del callejón que no la dejaban escapar, el choque amatorio de los cuerpos, las respiraciones violentas, el sabor de los labios. Enloquecía cuando los ojos intensos brillaban en azul hacia el final de su ser, en sus recuerdos.

Sí se había permitido lo obvio: pensar en su marido. Videl estaba decidida a no retornar a su hogar hasta indagar apropiadamente en sus sentimientos. Si quería ver a Pan cuanto antes, ordenar su realidad era menester, porque su hija la necesitaba entera y fortalecida, hecha de hierro. Para ayudarse, reflexionaba: evidentemente, es mi culpa. Se supone que debo aceptar las cosas como son: Gohan, Pan y yo viviendo juntos en la paz de las montañas Paoz. La calma no está equivocada, Gohan tampoco; soy yo. Yo y nadie más. Yo y mi inmadurez. Es que no puedo creer que me deprima por ansiar cosas que ya quedaron atrás, que como adulta ya no debería añorar. En mi actualidad, mi prioridad es el bienestar de mi familia, no el mío. Eso es: ¡ya no estoy sola! Debo dejar de lado este lapso de egoísmo para así entregarme a mi familia: basta de pensar en estudiar, en trabajar, en volar por los cielos, en atrapar criminales, en hacer cosas que dejé de hacer hace tanto. ¡Mi familia primero! Es inútil pensar en alguien que ya no soy, en el bienestar de una Videl que ya no recuerdo, que hace tanto dejó de ser la del otro lado del espejo. Es inútil todo cuanto haga: ¡basta de mí! Gohan es mi marido.

Es tarde para todo lo demás.

Al final de la reflexión reía amargamente. Se estaba intentando convencer de patrañas. ¿Aceptar esa vida? ¡No! No quería, francamente. No quería clavarse a esa vida como si fuera la única posible. Más reflexionaba, más lo entendía: no quería aceptar algo semejante. Tenía que haber desvíos en el camino que transitaba, es decir su propia vida construida con sus propias decisiones. ¿Acaso su alma era tan cuadrada que ni un desvío ostentaba? ¡Eso no era posible! No podía ser ese el único camino.

Tenía que haber más.

Entendiendo lo último —o queriendo entender, o queriendo convencerse de lo contrario—, retomaba su reflexión en pos de hallar otra respuesta, la genuina, improvisando distintos enfoques de lo mismo: me siento insatisfecha. No era esto lo que quería para mí, aquello que me soñaba en la juventud. ¡Eso siento! Pero no puede ser culpa de Gohan; es mía. Él no me obligó a nada, simplemente ejerció fuerza sobre mi mano al encaminarse por esta ruta que compartimos, una fuerza que yo, más inmadura y perdida y ansiosa y obstinada que él, no tuve el carácter de ejercer. Era mentira que yo era una mujer de carácter; tomada de la mano del hombre de mi vida, del padre de mi hija, no soy más que una mujer que ama y que lucha por lo que ama. ¿Qué tiene eso de malo? Chichi luchó toda su vida por su familia y es una mujer admirable. ¿Por qué, entonces, denigro a las mujeres como ella casi sin querer? Porque al decir que merezco «más», tácitamente dejo en claro que soy «más» que una ama de casa. Y qué creída resulto ser al asegurar semejante cosa.

Será que no soy más; soy distinta. Siempre fui distinta, ¿o no? Nunca me conformaron cosas que a otras mujeres sí y viceversa. Tal vez, el matrimonio no era para mí, la felicidad rosada de un cuento juvenil no era para mí. Tal vez, sólo tal vez, yo debía tomar otro camino. Pero cansada y aburrida y vacía como lo estoy ahora, a mi corta edad que parece más edad de la que es, ya no tengo manera de encontrar ese camino que dejé atrás. Me dejé llevar por el amor y me sumí en una relación duradera, próspera, clásica con un hombre maravilloso, el príncipe que cualquiera podría desear. Pero qué patético resulta, al final, mi comportamiento, por no poder aceptar lo que es, por no poder apreciar al marido que tengo aun cuando todo evidencia que no podría estar yo en mejor situación. Qué poco nos satisface lo ideal cuando no es lo ideal lo que deseamos en lo más íntimo de nuestro ser.

La verdad es que no soy más que una infeliz. Nada me agrada, me emociona, me inspira, me nada. Nada. No soy capaz de aceptar esta vida al lado de Gohan, la vida que él me propuso, donde soy su reina y él me protege del universo.

Quisiera sentir peligro.

Peligro, sí. Quisiera adrenalina, quisiera experimentar nuevas emociones. Quisiera saciar a la Videl de mis recuerdos, alimentarla con todas mis energías. Quisiera gritar con todas mis fuerzas. ¡Gritar! Y lloro porque lo único que tengo en la vida, esta mujer que soy al lado de mi marido, me es intolerable. Y por perderla a ella me perdí a mí. Porque asomé la cabeza.

Porque miré a Trunks.

¿Lo miré? ¿O él me hizo mirarlo? Me miraba fijo, serio, lo hacía al otro lado de la mesa. No lo había hecho nunca, ¿o sí? Si hago memoria, creo que ya había notado otras miradas intensas de él. Quizá sólo es mi imaginación, pero juraría que él, alguna vez, ya me había mirado así. En un cumpleaños de Goten, a lo mejor. En algún Año Nuevo, en su casa o en la nuestra.

¿Por qué lo besé…? ¿Por qué arruiné todo? ¿Por qué me dejé llevar por él?

Cerró los ojos; la respuesta bailaba en la punta de su lengua, lista para lanzarse al mundo. Ella no la dejó saltar. Empezó la reflexión definitiva sin saber que en una hora más lo escucharía al otro lado del teléfono: me atrajo. Él, Trunks, me atrajo. No sé por qué, no sé cómo, pero cuando me miró así y cuando se preocupó tanto por mí, cuando me permitió llorar en su hombro y me dio tantos ánimos para que hiciera algo por mí, me atrajo. Puede que necesitara eso, puede que ansiara sentir a alguien preocupado por mí. Gohan estaba ocupado; yo estaba ansiosa. Quería que alguien me mirara. Extrañaba sentirme…

—Especial…

Lo besé porque quería saber qué se sentía rebobinar. Quería sentirme esa adolescente que ya no soy una vez más. Quería experimentar una adrenalina que fuera capaz de hacer correr vertiginosamente mi sangre. Quería rebelarme, portarme mal.

Qué estupidez.

Un adolescente no es el camino a seguir para alegrar mi vida, no es una opción coherente. Un adolescente no es el fin de mis problemas. Un adolescente, a mis veintisiete años, es un acto de rebeldía y nada más.

—¿Por qué mierda lo besé…?

Limpió las lágrimas ante el espejo. Acababa de salir de la tina donde había pasado más de media hora inmersa. Dejó que la toalla cayera y estudió minuciosamente su desnudez, una que hacía mucho, muchísimo tiempo que no contemplaba en su totalidad, de pies a cabeza. Negó: ya no soy la de antes. Videl, esa Videl que todos ven en mí, ya no existe. Y me extraño, pero ya no puedo ser la de antes.

Trunks desea un maldito espejismo.

Se preocupa por la de antes, la idealiza. Dice que ella «le fascina». Le fascina porque ella era una adolescente rebelde, algo que a cualquier adolescente puede fascinar, ese afán de rebeldía reflejado en otro ser. Le fascina eso y nada más, la idealización.

Tocó su cuerpo, paseó sus dedos por la piel. Años sin entrenar; sus contornos ya no estaban tan definidos, ya no tenía esa marca del ejercicio en el estómago. Era puro blanco. Era una sola piel blanca que cubría con pasmosa naturalidad su carne. No se sintió mal al descubrir sus pechos más voluminosos, su cadera más ancha, alguna estría perdida en su estómago. No estaba mal. Para una mujer de su edad madre de una pequeña saiyajin, no estaba nada mal. Pero no vio, en el reflejo, a la adolescente que se había cortado el cabello por recomendación del único hombre que había movido su mundo como un peligroso terremoto.

Ya no era ella.

Al pensarlo, todo pareció claro: no se hallaba en su relación con Gohan porque no había evolucionado junto a él. Como ser humano, hacía años que se había estancado. En algún punto del camino, las manos se habían soltado. No conocía a la del reflejo, no sabía nada de ella. No quería conocerla, tampoco.

No le parecía interesante.

Eso es, se dijo: no le he dado una oportunidad. Me he pasado los últimos años entregándome a los demás, aferrándome y amando a mi hija, complaciendo a mi marido y dándole su espacio para él. Me olvidé de mí; me olvidé de que el tiempo nos pasa a todos por igual, que Gohan ya es un adulto responsable y Pan una niña que muy pronto será como yo fui: rebelde, fuerte, de carácter. Me quedé anhelando un pasado del cual ya me alejé demasiado y al cual no tengo manera de retornar.

Lo arruiné.

Besar un adolescente fue el colmo, el límite. Besar a Trunks fue un último suspiro de tonta rebeldía adolescente que de nada sirve. ¿Para qué suspirar a través del tiempo, si el suspiró se prolongará desde el presente hasta el futuro y jamás hacia el pasado? La nostalgia es el sentir más inútil. De nada sirve. No es más que un eterno espejo retrovisor recordándonos algo que jamás volveremos a vivir.

¿Para qué besé a Trunks?

Se sonrió por primera vez desde su partida de Paoz.

—Para volver…

Pan no es el problema. Ella me hace feliz y su existencia le da el significado definitivo a mi vida. Nunca fue Pan el problema; es Gohan, es la incompatibilidad con ese Gohan que trabaja, estudia, se esfuerza y nos mantiene. En esta vida tan monótona y tranquila con la cual no me identifico. Es ese Gohan que no me he permitido conocer, el hombre en el que se convirtió al madurar. Quizá, besé a Trunks porque extraño al viejo Gohan, ese muchachito tan tímido y tan valiente, tan bueno y tan inteligente. Tan bello. Extraño a Gohan así como me extraño a mí. Tuviera la vida que tuviese, siempre tendría a Pan conmigo; teniendo esta vida que tengo con Gohan, ya no deseo seguir.

Me quiero separar de Gohan.

—No… —susurró ante el espejo.

Tremenda frase no era más que una puñalada. Pero qué genuina y necesaria era, porque la sinceridad era fundamental para solucionar todos los problemas que arrastraba. Se la repitió: me quiero separar de Gohan, y al decirlo el corazón palpitó desbocado.

Frunció el ceño.

Pero, se dijo, ¿sin intentarlo? No sería propio de mí no hacer un último intento. Debo volver a Paoz, debo luchar y debo mantener esta relación. Gohan no es un hombre obstinado; él entenderá todo, aprenderá junto a mí y juntos lograremos el equilibrio que pueda mantener en pie nuestra relación.

Quizá, una relación duradera es como un ave fénix. Hay que resurgir de las cenizas en cada encarnación. Amo a Gohan, pero hoy por hoy no siento compatibilidad con él. De adolescentes, de jóvenes adultos, éramos compatibles. Ahora, hastiada como me siento, falta de voluntad como me siento, no puedo seguir. Debo hablar de esto con él, debo decirle todo, debo explicarle que necesito que los dos nos esforcemos. El esfuerzo no debe ser de uno solo. Trunks tenía razón en eso. Por el bien de nuestra relación y sobre todo por el bien de Pan, que merece crecer al lado de sus padres unidos, debemos esforzarnos. Gohan debe señalar mis defectos y yo señalar lo suyos. Siendo honestos y esforzándonos, todo saldrá bien.

—¿Pero por qué besé a Trunks…?

Justo cuando estaba a punto de llegar al verdadero resultado por medio de la introspección, una melodía llegó a sus oídos. En el cuarto, sonaba su móvil. Había pedido a Gohan que no la llamara a menos que fuera una emergencia; había pedido a Pan hablar cada día y lo habían cumplido, las dos. Ya había hablado con la niña por la mañana.

¿Quién era, entonces?

Se vio desnuda por última vez antes de ponerse la bata y encaminarse al cuarto. Atendió sin mirar, intrigada.

—Videl, no me cortes… Tenemos que hablar.

Su piel entera se erizó al escuchar la voz de Trunks, aquella voz adolescente que tanto, más de lo que recordaba o bien quería admitir, había susurrado en sus sueños. No contestó; permaneció sentada junto a la mesa de luz, con todas las luces apagadas, iluminada nada más que por el atardecer que se colaba en el cuarto gracias a la ventana.

—¿Videl…?

Nada.

—Videl, por favor…

Nada.

—De acuerdo… —Un ápice de tristeza, de fastidio, entintó la voz—. Si no quieres hablarme, entonces escúchame, por favor: siento mucho lo que hice. Acabo de enterarme de que te fuiste de Paoz, de que le pediste un tiempo a Gohan. Yo no quería eso; lo único que quería era ayudarte, apoyarte, escucharte. No quería verte triste…

Nada.

—¿No me hablarás? Bueno, bueno… —Un carraspeo y continuó—. Videl, en caso de que lo estés pensando, no fue tu culpa; fue mía. Hace años que te miro de otra manera y no tienes ni tendrás la culpa de eso. Incluso, aunque no lo sepas, intento ir poco a Paoz para no verte. ¡Lo intenté! Te evadí por mucho tiempo y prometo que te seguiré evadiendo, que jamás te molestaré. No lo recordarás, Videl. Te lo juro. Pero, por favor, no te culpes. Sólo fue un beso.

—¿«Sólo un beso», dices?

Al otro lado de la línea, Trunks sintió un escalofrío. La voz era cualquiera menos la de la mujer que tanto le provocaba con su mera existencia.

—Sí: un beso y nada más. ¡Ya pasó! ¡Ya no volverá a suceder! Todos cometemos errores, ¿no?

—¡Fue más que un error! ¡Fue imperdonable…!

—Videl…

—¡FUE ALGO HORRIBLE, TRUNKS!

Videl separó de su oído el móvil y lo mantuvo segundos enteros sobre la palma de su mano. El pulgar temblaba delante del botón que le permitiría cortar la comunicación. Pero no cortó.


—En el fondo, deseaba hablar contigo.

—¿Por qué?

—Porque te necesitaba mucho, Trunks…


—Videl, escúchame… —La voz de Trunks casi no es escuchaba. Estaba quebrada—. Sé que fue un error…, pero creo que te culpas demasiado cuando no fue tu culpa. ¡Fui yo! Yo te besé.

Videl puso el móvil en altavoz. Observándolo, inerte en su mano, contuvo un sollozo y sonrió forzadamente.

—No mientas.

—¿Mentir, Videl?

—Yo también te besé. No me obligaste.

Silencio. Trunks se tomó diez segundos antes de llenarlo:

—Necesito verte.

—No.

—Por favor, Videl. Me siento demasiado culpable e incómodo. ¡No entiendo nada! Esto es… nuevo para mí.

Videl apoyó el móvil junto a ella, sobre la cama. Se entregó a un silencio que Trunks, esta vez, no cortó. Apretujó con los dedos las sábanas a un lado y el otro de sus caderas. ¿Qué era esa sensación de que la piel del rostro se le despegaba, de que la piel saltaba de ella y se lanzaba al frente, dejándola en carne viva? ¿Qué era ese impulso?

La reflexión se le drenó del cuerpo. Nada quedó en ella capaz de frenar la situación.

—Por favor, Videl. ¡Por favor! ¡Quiero disculparme, quiero jurarte que nunca más…!

Se sujetó el rostro, necesitada de mantener la piel pegada a ella.

—Sólo quería despertarte…

Vislumbró el móvil entre lágrimas.

—¿Despertarme?

—Quería ayudarte, no perjudicarte…

—¿Ayudarme…?

—Pero no aguanté, lo siento. Es que… me gustas muchísimo… ¡Pero lo olvidaré, lo prometo! Ya nunca te molestaré.

La voz aniñada le retorció el corazón, la conmovió de una forma muy especial. La culpa por herirlo le pesó por primera vez, así como la mirada ya le pesaba per se. Se dijo, con fingida convicción que sumida en tremendos nervios no podía tener, que si él necesitaba pedir disculpas para así cerrar la herida que tan sanguinariamente habían abierto los dos, entonces estaba bien. Ella también debía disculparse: al escucharlo, entendió que Trunks no era más que un muchachito con el cual había tenido un desgraciado impulso de rebeldía. Él, entendió, no era culpable de nada. Se merecían una última charla. Nada tenía de malo, siendo que ella tenía en claro lo que pasaba y qué actitud debía tener. O eso creía, ilusamente.

—Ven, Trunks…

Se sujetó la cara nuevamente, así como a su pecho para que el corazón no saliera despedido por la vehemencia de los latidos. No se había dado cuenta de su error, no aún: lo había invitado a verla pensando equivocadamente que verlo de nuevo no significaría nada, y sí lo haría. Verlo de nuevo sería terminar de ceder ante la tentación de rebobinar, de rebelarse, de liberarse de esa Videl que era y que nada le inspiraba. Al otro lado de la línea, el muchachito al que se le caían todas las lágrimas adolescentes que tenía y más pudo sonreír. El corazón aceleró.

—Dime a dónde.

Ella se lo dijo.

—Ahora —pidió Videl antes de cortar.

Sola, impulsada por violentas emociones, escondió el móvil bajo la cama, harta no de Trunks, sino de sí misma. Se levantó, se vistió con una blusa celeste que le quedaba inmensa y unas calzas negras gastadas por varios lavados que usaba de entrecasa. Las pantuflas y nada más. Lista, se sentó en el sofá de la pequeña pero acogedora sala de anticuada decoración. Observó a su alrededor y notó la oscuridad. Encendió una lámpara y el ambiente se tornó dorado.

Por primera vez.

Salió al balcón, atisbó el cielo con el mismo gesto de melancolía que Trunks tan bien le había captado en Paoz, anulada, sin pensamientos, sin sentires, sin nada más que los nervios y la culpa. Una luz blanca resplandeció en el cielo. Si hubiera sido de noche, hubiera parecido una estrella fugaz. La luz se dirigió al balcón, se escabulló en éste y se materializó. Videl se tomó un minuto para girar hacia él. Cuando lo hizo, Trunks incrustó sus ojos en ella. Estaba agitado, despeinado; parecía tener frío aun cuando afuera de los dos era primavera. Les bastó mirarse para experimentar una nueva revolución. No quisieron aceptarlo, pero era claro como el agua: habían subestimado la situación.

Era mentira que verse de nuevo no significaba nada; significaba todo.

Videl abrió la puerta del balcón y, con señas, le indicó a su invitado que entrara. Trunks fue tras ella. Solos en la sala, Videl cerró las blancas y gastadas cortinas que debían tener quince años allí. Avanzó hacia el sofá y sólo al hacerlo Trunks se percató de la luz tenue, dorada, que los envolvía. Transmitía calor, intimidad. Era la luz de esas fantasías que tenía con ella. Se sonrojó y se excitó por igual.

—Siéntate —pidió Videl.

Trunks lo hizo a su lado, en el mismo sofá. Los separaba medio metro. Se produjo un nuevo silencio mientras se acomodaban. Videl cruzó sus piernas y sujetó sus rodillas con ambas manos; Trunks entrelazó los dedos entre sus piernas a medio abrir. Los dos miraban al frente.

—Perdóname —dijo Trunks. El tono hablaba por él, evidenciaba que la aflicción era genuina—. No quise.

—Sí quisiste. Y yo también.

Videl lo sorprendió sobremanera tanto con sus dichos como con la rigurosidad de su voz. Intentando no ilusionarse con un algo que de ninguna manera debía acontecer, Trunks se tragó todas las frases que se le ocurrieron. Miró sus dedos y se mantuvo lejos de los ojos celestes.

—Pero yo…

—Trunks, no te voy a mentir: me sentí atraída. —Videl habló despacio. Entre oración y oración se mordisqueaba los labios y en la parte interna de las mejillas—. El problema soy yo, no tienes la culpa de nada más que de tener buenas intenciones.

—Pero no aguanté.

—Yo… tampoco lo hice. Estaba confundida. Acepto tus disculpas y tu arrepentimiento, pero por favor, no te cargues la culpa tú. Es mía. Tú no tienes nada que ver en esta historia. Perdóname tú a mí por meterte en este embrollo que no es tuyo, sino nuestro, de Gohan y de mí.

—¡No! No tengo nada que perdonarte… Yo quería que tú te descargaras, que charlaras conmigo si necesitabas hacerlo con alguien. Lo demás fue…

—No importa. Lo entiendo, ya no lo expliques más.

La voz de Videl denotó cierta violencia.

—Lo siento.

—Yo también lo hago.

No dijeron nada más en los siguientes minutos. Ni siquiera sospechaban que, en cuanto el atardecer diera paso a la noche, sus cuerpos se atraerían mortalmente hacia el otro. Se atraerían y ya nada podría detenerlos. Pero cuando se ignora lo que pasará, las mentes se sienten inquietas. Sus mentes estaban inquietas y no podían decir nada más, porque el reencuentro no había sido sólo entre ella y él, sino que sobre todo entre piel y piel. Trunks suspiró. Estaba en jaque, se sentía seducido como jamás en su vida. Todo cuanto lo rodeaba parecía excitarlo física y emocionalmente. Mordiéndose el labio, la miró de soslayo. ¡Oh, no! Ahí iba de nuevo. La deseaba. Quería besarla hasta perder la consciencia. Quería estrecharla contra él, sentirla fría y transmitirle calor. Quería protegerla y jamás dejarla ir.

Movió los ojos hacia sus propios dedos una vez más.

El aire empezó a calentarse; las respiraciones se agitaron paulatinamente. Videl sabía que debía dar fin a la conversación y pedirle que se retirara; los nervios que paso a paso se le sumían más en el alma se lo pedían. Debía decirle vete, vete ahora mismo, mas no podía. La sensación del desprendimiento de la piel le retornó. Deseaba algo, ¿pero qué? La piel entera se le erizó. Sujetó su rostro así como ya lo había hecho. Como pudo, dijo lo que consideraba que tenía que decir:

—Eres muy joven y no lo vas a entender. No te culpo: es algo «normal» a tu edad. Cuando pasó lo que pasó, ansiaba cosas de antes, emociones que no se corresponden con mi edad, conmigo, sino con la que era de adolescente. Ella ya no soy yo: ahora soy una adulta y estoy convencida de portarme como tal desde el día de hoy. Volveré con Gohan e intentaré, junto a él, recomponer nuestra relación.

—¿Y te dejarás marchitar?

Las miradas se encontraron, lo hicieron de soslayo. Trunks se arrepintió un ápice de su última oración, proferida con la impulsividad que lo caracterizaba en momentos tensos. Los ojos de Videl parecieron chispear, mirad por la furia, mitad por el dolor.

—Crecer no es marchitarse. Ese pensamiento es muy propio de un adolescente. Hablas con inmadurez, Trunks.

La impulsividad intentó responder pero la razón se impuso y tomó el control. Trunks sentía que deseaba que Videl abriera los ojos, que no aceptara lo que se le imponía. En su evidente inmadurez para con las relaciones de pareja, en su desconocimiento y en el absurdo de ver al mundo como la sumatoria de blancos y negros y nunca grises, vio en Videl a una víctima y a Gohan como victimario. No era así y tendría que pasar por la tormentosa relación que se le avecinaba para comprenderlo; Videl y Gohan no eran la buena y el malo. Esto no era un comic de superhéroes; era la vida real llena de grises, de cosas buenas, de cosas malas, de defectos y virtudes y errores y aciertos en todas las personas, todas, sin excepción. Pero él era tozudo, vivía inmerso en una vida demasiado tranquila y sin sobresalto alguno, donde todo parecía bueno y donde todo era posible. Y no.

—Perdón.

Vivía una vida muy naif. Era millonario, trabajaba en el laboratorio cuando se le antojaba, sin cumplir horarios y sin presiones, más por placer que por necesidad. No sabía qué era una vida sacrificada, qué eran las carencias, qué eran los dramas. No sabía nada de eso. Vivía sin curtirse.

No tenía la madurez como para ver las cosas de otra forma.

—Está bien, Trunks. Ya. Perdóname por haberte contado esas cosas y por meterte en mis problemas.

Sin embargo, tenía la empatía necesaria como para entender que en Videl no había convicción alguna. Lo de Videl no era voluntad; era obstinación. Videl se iba a entregar a una vida que no la satisfacía.

Y ni la propia Videl lo entendía del todo aún.

Trunks abrió la boca pero no profirió palabra alguna. Se rascó la nuca, se revolvió en el asiento y, finalmente, se levantó. No podía más.

—Ya me voy. Perdóname y gracias por aceptar que viniera.

Caminó hacia el balcón sin mirarla, concentrado en las antiguas cortinas. ¡No voltees! ¡Si volteas, querrás abrazarla y nunca dejarla ir! Si volteas, querrás abrirle los ojos y ningún derecho tienes a meterte. Videl, que prácticamente no lo había mirado durante la charla, no en detalle, lo hizo cuando él le dio la espalda. La sensación de la piel la abrumó una vez más, tanto que tuvo que apretar sus mejillas con los dedos, tanto que su respiración se agitó con exageración.

Tanto que lo llamó:

—Trunks…

Él se detuvo a un paso de las cortinas. Ella notó el temblor de él, que giró y la observó. Videl se puso de pie cuando captó la ternura propia de su edad en la intensidad de sus ojos.

Gohan nunca la había mirado así.

¿O sí? Ya no lo recordaba. Hacía meses, quizá hacía años, que Gohan y ella no eran los de antes. Cotidianeidad, obligaciones, calma y el fuego no había soportado la tormenta. Una última reflexión le brotó del alma, entonces; se le manifestó como una epifanía, le dio la respuesta definitiva a todo: no añoro a Gohan. No lo extraño, no lo ansío, no lo amo más. Amo a un Gohan que ya no existe, así como él ama a una Videl que tampoco lo hace. Amamos la nostalgia, no a nosotros. Ya nos soltamos. Estamos solos, uno por un lado, otro por el otro, en el gran camino que es esta vida de los dos, de todos.

Una lágrima cayó de ella. Había besado a Trunks por su intensidad, por haberse sentido especial, única, ante él. Porque sus pieles se atraían y ninguno de los dos podía volver a ceder.

Él enloqueció al ver la lágrima.

—¿Por qué lloras?

Videl secó la lágrima.

—Porque tienes razón.

Trunks volteó del todo. Frente a frente, se estudiaron el uno al otro. Videl esbozó una sonrisa.

—Me voy a marchitar…

Trunks frunció el ceño. La contempló extrañado.

—«Crecer no es marchitarse», dijiste.

—Pero permanecer al lado de una persona que ya no amas sí es marchitarse.

Trunks avanzó un ínfimo paso.

—¿Ya no lo…?

Ella negó con la cabeza.

—Desde que me fui que me he obligado a pensar en él, a extrañarlo, a rememorar cosas… ¡Pero no gano nada! Hace meses que podría haber hablado con él, que podría haberle pedido que nos esforzáramos para arreglar nuestra situación, pero no lo hice. Él tampoco notó que algo estuviera mal. ¡No lo hizo hasta que se lo dije antes de irme! Ni él ni yo hemos puesto voluntad… ¿Eso es amar?

—Quizá sólo es una etapa. —Confusos, los ojos azules viajaron por toda la sala. Al retornar a Videl, brillaron en absoluta incertidumbre—. No sé qué decir…

Videl forzó una nueva sonrisa que ni ella se creyó.

—Hace demasiado tiempo que estamos así, no hace días. Cuando decidí irme, él lo respetó, pero… ¡Pero quizá yo no quería que lo respetara! ¡Quería otra reacción de su parte, una reacción más apasionada, más obstinada! ¡Quería que me detuviera! ¡Y NO ME DETUVO…! —Sus piernas flaquearon y terminó por sentarse en el sofá. La garganta, sin más, lo dejó ir—: ¡No me siento amada como antes! ¡Ya no es lo mismo! ¡A su lado, no soy más que una persona inferior! ¡Me siento tan inferior a él, que es tan adulto y tan asquerosamente perfecto por todas las maravillosas virtudes que tiene, que ni siquiera doy importancia a mi insatisfacción, porque la siento un capricho ante sus obligaciones! —La furia se mostró más fuerte que la tristeza, que quedó en segundo plano en una Videl que, en su manifestación, mostraba su acostumbrado carácter. La garganta continuó liberando todo y más—: ¡EXTRAÑO SENTIR PASIÓN! Extraño sentirme amada por él… ¡Gohan sentía eso por mí, lo hacía antes, cuando aún no éramos los que somos ahora! ¡Y no lo soporto…! ¡YA NO LO SOPORTO! ¡Quiero algo más…!

Trunks intentó contenerse pero hacerlo fue imposible. Corrió hacia ella, se sentó junto a ella, la asió contra su pecho, la apretó con todo el amor que sentía. Estaba aterrado, confundido, ansioso, expectante. Estaba enamorado de Videl, que lloró contra él no sin antes devolverle el abrazo. Se balancearon dulcemente, él necesitado de animarla y ella necesitada de conservarlo. Ella no quería que él se fuera y admitirlo le dolía más que la infidelidad en sí. Realmente lo necesitaba.

La piel se les erizó por igual: estar pegados era suficiente para los dos. Cayeron en lo mismo: la agitación, los escalofríos, la mayor sensibilidad, el redondeo de los contornos, el mismo anhelo de pasión. Morían de deseo, lo supieron al mirarse. Trunks vio las lágrimas, observó a un centímetro los inmensos y enrojecidos ojos de Videl. Ella vio todo el amor, la pasión y la admiración que hacía tanto, o bien nunca, había visto en Gohan.

Necesitaba a Trunks.

Porque Trunks, ese adolescente, ese muchachito, ese chico inmaduro que la encerraba en sus brazos, tenía toda la intensidad que ella ansiaba sentir.

Entonces, él lo preguntó:

—¿Qué es lo que quieres?

Los ojos de Videl parecieron desorbitarse. La respuesta se deslizó sola de ella:

—Gritar.

Afuera, detrás de las cortinas, llegó la noche. Bajo la luz dorada de la lámpara, azul y celeste se vislumbraron fijamente. Las respiraciones chocaron, las pieles se encendieron, la química se encargó de atraerlos y sus labios se ensamblaron. Sollozaron sin soltar la boca ajena, la abusaron sin culpas. Los brazos siguieron aferrados al otro, compartiendo un único y gran temblor.

Cuánto habían ansiado besarse una vez más.

A veces, no somos conscientes de cuánto deseamos algo hasta que ese algo sucede, se produce, se manifiesta y genera todo, hasta lo impensable, en nuestro ser. Ninguno de los dos había sido consciente de ello hasta hacerlo al fin, y cuando las bocas ansiaron más que a su igual, cuando viajaron, extasiadas, por los mentones, las mejillas y cada parte de los rostros, él liberó la garganta así como ella lo había hecho al confesarle la realidad de sus sentimientos. No más frenos; pura y adolescente impulsividad:

—Puedes… pedirme lo que quieras, Videl. —Trunks se sintió lleno de adrenalina. Se sintió más hombre, más experto, más encendido de lo que alguna vez se había sentido. Nunca había deseado con tanto ahínco unir su cuerpo al de otro ser—. Puedes pedir lo que quieras… y gritar sobre mí.

Las mejillas de Videl, rojas de por sí, multiplicaron el tan particular tono. La voz de Trunks había sido tan dulce al proferir tan voluptuosas palabras que envalentonarse hacia él resultó una consecuencia natural. Sintió cómo su piel despertaba de un largo sueño, cómo el tan olvidado deseo se activaba. Vio los labios de Trunks, vio todo su cuerpo, vio la evidente excitación. Ella la sentía de la misma forma.

No respondió con palabras, sino con gestos. Se besaron como dos amantes al reencontrarse en la vida siguiente, cumpliendo la promesa de amor eterno. No notaron nada en el otro: Trunks no notó la experiencia de Videl; Videl no notó la falta de experiencia de Trunks. Faltaba poco para que la notaran: por ahora, el beso era tan imperfecto, tan violento, tan pasional, que parecía perfecto pese a su imperfección. Era perfecto por las sensaciones que provocaba, por la excitación que disparaba, por los sentimientos que hacía florecer. Era perfecto porque el deseo era descomunal.

Por un momento, mientras se besaban y apretaban, mas no se acariciaban, la culpa quedó de lado. La química, al atraerlos, ganó la batalla contra la lógica.


~Continuará


Nota final VI


Gracias por leer. ¡Muchas gracias! Sí: Videl se está mandando una casi incorregible y Trunks se dejó todo. ¡Lo sé! Pero pensé esta historia de esta manera. Esto iba a pasar. Mil millones de gracias por leer. Me encanta compartir esta historia con Uds.

Agradezco con el alma sus reviews. Gracias a Mikamitta666, Dika, Dev, el chino (?), LDGV, Steel Mermaid, Mailen, Guest, Fiorella, NebilimK, Lady'z Phantom, M Briefs, Tourquoise Moon y Skipper1por sus mensajes. ¡Aprecio con el alma que se tomen un minuto para comentar! ¡Gracias! También gracias a mi amore Kattie por los ánimos, a la gente del FB por el apoyo a la historia.

Y eso. Será hasta el VII. Me encanta el 7 romano. Me recuerda al Final Fantasy VII, a Cloud, Cid, el chocobo dorado, el día que vencí a Omega y Ruby Weapon (los hice mierda a los dos XD) y la canción de Nibelheim que tanto miedo me daba. Perdón, deliré. XD

Besos y gracias.

¡Nos leemos!


Dragon Ball © Akira Toriyama