Sentada junto al velador, abandonada sobre el sofá, sujeta con una mano el interruptor. Prende; el dorado llena el salón. Apaga; por el anochecer, el espacio pareciera azul.

Azul.

Frunce el ceño. No importa si prende, si apaga: la embarga lo mismo, esa angustia en el pecho, ese llanto que de la nada sale, ese dolor que no tiene manera de explicarse, que se siente y ya, que aprieta el corazón y ya.

Y apaga, y prende, y apaga.

Y algo le falta.

Y él no está.


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


VIII


Abrió los ojos despacio, sin apremio. Lo primero que vislumbró, la vista aún difusa, fue lo más maravilloso: ella. Desnuda, Videl dormía de espaldas a él, destapada. Desde su posición, Trunks podía atisbar su espalda, muslos, glúteos, nuca. Su cabello corto y despeinado. El silencio imperaba, y él se sentía, al contemplar a Videl, sumido en un sueño majestuoso. No quería moverse, tampoco deseaba respirar; quería helar la escena y nunca despertar. Quería dormir para siempre y soñar para siempre con la desnudez de Videl.

Maldita realidad, se dijo; maldita eres por existir, por obligarme a ver esta imagen en este maravilloso instante para después, en unos minutos, tener que abandonarla. Porque Videl va a despertar; despertará y me odiará, y me echará de esta cama, de este cuarto, de este sueño. Me expulsará de su vida, lo sé.

Y yo no lo superaré jamás.

Qué drástico es el adolescente: cree que el mundo explotará por lo exacerbado de sus sentimientos, por la efusividad con la que vive la vida, por la intensidad con la que dota su mirada. El adolescente cree que el dolor es el fin de la historia, la desaparición del universo.

Y no lo es.

El sufrimiento no es más que el viento que nos frena, el viento que pega de lleno contra el ser para intentar barrerlo, detenerlo. El adolescente palidece ante la mínima brisa porque está en su trágica naturaleza hacerlo. Trunks estaba pálido ante Videl, enamorado y aterrado por igual. Ella jamás me perdonará, aseguró a sus dispares sentires; no importa cuánto la ame.

Ella no me querrá a su lado jamás.

Contuvo el llanto que deseaba proferir. ¿Y qué haré cuando eso suceda? ¿Dónde me meteré? ¿Qué cosa tendrá sentido para mí? El adolescente, ante la felicidad, se apresura: no la disfruta, sino que se adelanta a su final.

Y el cuerpo de Videl, inmaculado ante él, se movió. Ella había despertado; el final había llegado y nada más podía hacerse. Trunks tragó saliva. Observando su propia desnudez, la rigidez de su sexo, se tapó lo más rápido posible, intentando disimular su estado, avergonzado por sentirse el más inútil de los críos. Ella, cuando sintió los movimientos detrás, se lamentó. Había sucedido, había tenido sexo con Trunks.

No había sido un sueño.

Despabilada por los nervios, Videl rememoró la noche anterior. Los besos, las caricias, la cama, la luz que nunca había apagado, que seguía iluminando desde la lámpara. Recordó la sensación de sentir a ese chico dentro de ella, saliendo, entrando, respirando sin respirar. Después, el techo, el placer, el grito final. Luego de este último, el recuerdo se le difuminaba. Juraba haber caído sobre él, haberlo abrazado y haber llorado. Quizá, luego de lo último, se había dormido. No estaba segura y, de ser sincera, tampoco quería pensarlo en detalle. ¡No! Estaba casada con Gohan y había cometido adulterio. Ella, que tanto creía en la justicia. Ella, que jamás había traicionado a nadie. Y ya lo había hecho: había traicionado de la peor forma a Gohan.

Se golpeó el rostro. Se enderezó y volteó despacio, hasta contactarse ocularmente con su amante: Trunks lucía estremecido, la miraba con temor, con amor, con respeto. Verlo fue suficiente para ella: se levantó, se cubrió con su bata blanca y salió del cuarto para dirigirse al baño. Allí se encerró dando un sonoro portazo. En el cuarto, Trunks se levantó. Bordeó la cama avergonzado de su desnudez, de la maldita erección matutina que no hacía más que molestarlo y dolerle. Se sentó de espaldas a la puerta, al lado de donde la ropa había caído de los cuerpos. Junto al velador estaba su bóxer. Estirando una pierna, lo atrajo, lo tomó en sus manos y se lo puso levantándose. Se sentó una vez más, contempló la ropa de Videl tirada en el suelo, junto a la de él.

¿Por qué, si tanto la amaba y tanto la había deseado, se sentía tan endemoniadamente triste?

¿Por qué la felicidad nunca es completa?


—Porque esto es un error, Trunks —dirá ella.


No pudo contenerse más: lloró. Lloró como un chiquillo luego de una imperdonable travesura, como un adolescente barrido por el viento. Era una basura. Cuando instantes de su vida compartidos con Gohan interceptaron sus recuerdos tuvo que taparse con las manos para acallar los sollozos. Entrenamientos, paseos, sonrisas, diversión. Verlo junto a Goten y sentir envidia. Yo quiero un Gohan en mi vida, un hermano mayor con el cual jugar todos los días. Quiero que Gohan sea mi hermano, no de Goten.

Quiero un hermano igualito a Gohan, tan genial como Gohan.

Lloró más, se maldijo. En el baño, Videl lo empapaba todo con el agua del grifo. El espejo, el piso, las paredes se vieron atacadas por su vehemencia; ella misma también. Había traicionado a Gohan, sí.

A un Gohan que no amaba.

Algún significado tiene que tener todo esto, se dijo empapándolo todo aún, mojando su cuerpo para bajar el calor que la acechaba, que la cubría y asfixiaba; ya no amo a Gohan, ya no quiero volver con él. Y no, no volveré con él. ¡No quiero! Porque ya no es lo mismo, porque él ya no puede darme lo que necesito, la intensidad, la libertad, sentirme viva de una maldita vez.

Pero tener sexo con un adolescente tampoco es la solución.

—Demonios…

Se miró al espejo. El recuerdo de la noche anterior aceleraba su sangre, erizaba su piel. Ese muchachito le había dado una noche adorable. Temblaba en sus brazos, gemía en exceso, penetraba desprolijamente. Pero había voluntad en él; había sensualidad en su inexperiencia. Le había parecido apasionado, honesto, subyugado por poderosos sentimientos. Hermoso, esa era la palabra.

Sonrió apenas, en un casi imperceptible esbozo.

La noche anterior había sido hermosa.

Porque ella, la Videl que ya no amaba a Gohan, había encontrado no la solución a sus problemas, sino el consuelo que necesitaba para acumular fuerzas y seguir.


—Eso era para ella: una vía de escape, un mata-tensiones —contará él en el futuro—, un chiquillo con el cual podía desahogarse.

—¿Y eso te duele?

—¿Que no haya sentido nada por mí? Pues…

»Sí.


Se iba a separar de Gohan; no había retorno. Le dolía en el alma por Pan, pero ella se ocuparía con toda su dedicación de que fuera la niña más sana y feliz. Pan no sentiría jamás la ausencia de su padre, porque ella se ocuparía de que lo viera, de que pasaran todos los momentos posibles juntos. No le arrebataría eso a Pan. Pero no iba a permitir que Gohan le arrebatara su vitalidad.

No, no se iba a marchitar.

Trabajaría y se esforzaría por ser una mujer independiente, haría todo para que su hija fuera feliz. Y ella, al ver bien a la niña, sería feliz también. Porque el problema era Gohan y esa vida monótona en Paoz, el malgasto de energía que ya no toleraba sentir. Si ella se mantenía activa, que lo haría sin dudas en una vida independiente de su marido, todas sus inagotables energías estarían depositadas en el lugar indicado. Ya no habría tiempo para lo demás, sólo para dedicarse de lleno a la crianza de su hija y a todo lo que tuviera que hacer para hacerla feliz. Qué vida imperfectamente bella le pareció esa.

Estaba hecha a su medida.

Sin embargo, ¿en dónde encajaba el adolescente que estaba desnudo en el cuarto? ¿En qué lugar de la maqueta de su nueva vida debía ser colocado?

La sonrisa se fue, la abandonó en lo posterior.

Retornó a la fatídica realidad: seguía casada y su amante era conocido de su marido, era un niño de diecinueve años con adictivos ojos e irrefrenable intensidad. Era Trunks, el hermano del alma de su cuñado Goten. Habían tenido sexo y habían gozado desbocados, los gemidos de ambos retumbando contra cada pared del cuarto. Había química.

La seguía habiendo.

El deseo actuó sobre ella así como la ansiedad actúa sobre un fumador cuando la tensión llega y prender un cigarro es necesario para lograr una ficticia relajación. Consuelo. Cuando los nervios llegaron y la tensión la ahogó, nada pudo hacer más que salir del baño. Al abrir la puerta, antes de lo esperado, se topó con Trunks.

—¿P-puedo pasar? Por favor —preguntó el joven, sonrojado. No la miraba. Estaba en ropa interior y se tapaba la entrepierna con las manos entrelazadas delante de él.

Ella, anulada por el simple hecho de verlo de nuevo, se hizo a un lado.

—Claro, pasa.

Se marchó al cuarto, se sentó en el mismo lugar donde Trunks había estado sentado, miró la misma ropa tirada en el suelo. Sintió cómo la incertidumbre la acechaba. Miró la cama, allí donde lo habían hecho, el mismo sitio, del lado izquierdo, junto al velador que continuaba encendido. Respiró fuerte y rápido. Lo deseaba. Frunció el ceño ante el más funesto pensamiento. No podía desearlo, pero él había sido su consuelo y ella aún se sentía desconsolada.

Y en el baño, Trunks se humedecía igual que Videl: mojó su rostro, su pecho, su cabello, sus hombros. Se sentía acalorado, incómodo por el sudor que aún perlaba su piel. La deseaba. Y la amaba, por supuesto. La química, para él, era tanto sexual como emocional. Cuando uno es adolescente, no analiza las situaciones con prudencia, busca la intensidad y no la complementación. Él se sentía obnubilado por Videl. No se había relacionado en profundidad con ella como para sentirse tan enamorado como se sentía y como estaba, pero verla en el altar platónico y tocarla en el lecho de los amantes era suficiente para sentir la trágica verdad: si la perdía, no lo iba a soportar.

Así de obstinado era su amor.


Ella era la mujer perfecta —dirá a su interlocutora once años después—, la amaba como nunca amé a nadie, con la potencia que sólo la inmadurez puede lograr. Cuando eres un adolescente y te enamoras así, crees que el mundo se terminará cuando ella no esté.

—Pero el mundo no se terminó para ti, niño.

—Si algo te sucede y no dejas que ese algo influya en ti, entonces lo viviste en vano.


¿Cómo voy a perdonarme esto? ¡¿Cómo?! No soy mala gente, ¿o sí lo soy? Se sujetó la cabeza, y al verse al espejo no se sintió ni un ápice de orgulloso. Se sintió un imbécil, un ser equivocado. Lo maduro era ir al cuarto, tomar la ropa, vestirse, pedir perdón e irse; lo inmaduro era decirle cuánto la amaba, lanzarse a sus brazos y pedirle una vez más, dos veces más, mil veces más. Déjame hacértelo de nuevo. Quiero escucharte gritar una vez más.

Quiero hacerte el amor un millón de veces más.

Sollozó sintiéndose tan excitado como patético. Lo maduro era irse y eso haría; se iría. Decidido, salió del baño. Al llegar al cuarto, la vio sentada en el mismo lugar que él había ocupado, mirando la misma ropa, conteniendo el mismo llanto. Al verla tan inmaculada, recordó: ella dijo que ya no lo ama, que permanecer al lado de un ser al que no ama significa marchitarse.

Ella no quiere marchitarse.

Sacudió la cabeza. ¡No! Esa no es la solución, tampoco la respuesta. Trunks, sé un hombre de una puta vez: agarra tu ropa, pídele perdón y vete. ¡Vete! ¡Vístete y vete!

Es por el bien de los dos.

… Pero no.

Se acercó a ella, se agachó delante de ella y, denotando los profundos nervios en el temblequeo de sus manos y el rojo de sus mejillas, separó la ropa de ella de la de él. No la miró; ella sí lo miró a él, lo hizo con gesto inmutable. Impertérrita, vacua. Con la ropa en mano, Trunks se enderezó, y cuando se dispuso a voltear hacia el lado contrario de ella para continuar evitándola y no caer en la irremediable tentación, una mano, la blanca mano de Videl, lo sujetó. Al sentirla, al sentirlo ella, las pieles se erizaron. En un segundo, antes de que azul y celeste se contactaran de mirada a mirada, los dos, por el roce de las pieles, sufrieron una poderosa revolución. Poses, fuego, gemidos, desnudez. Ir y venir, vaivén amatorio, hombre y mujer, sexo y sexo unidos en una perfecta complementación. Las respiraciones aceleraron como ya era costumbre.

Trunks la vio. Videl lo miraba desesperada. No: la palabra es «desconsolada».


—Me miró desconsolada —relatará él, falto de aire, falto de razón. Borracho, excitado— me miró y me suplicó: quédate. Eso parecía decirme. Y yo, que me pensaba ir, que realmente estaba dispuesto a irme…


No se fue.

Cuando se miraron, el silencio pareció aplastarlo todo, incluso las respiraciones agitadas por el roce. Trunks dejó que la madurez se le drenara. Hipnotizado, hizo justo lo que la mano de Videl demandó: de pie ante ella, confundido y excitado y emocionado, se desnudó. Se sonrojó por completo al sentirse observado. Ella lo estudió, paseó sus ojos por todo el cuerpo adolescente. Seguía siendo hermoso, seguía siendo Trunks, seguía siendo lo que su piel suplicaba tener por irracionales motivos, por culpa de la maldita química que tenían y que no tenían manera de controlar. Sin pensar, silencio total en la habitación, en las mentes y en los corazones, ella abrió la bata. Él la contempló como quien contempla una obra de arte, boquiabierto, embelesado. Enamorado. Ella sujetó una mano de él, lo acercó, lo jaló hacia ella. Él obedeció. Las rodillas de él se hundieron en el colchón, las piernas de ella se separaron, los dos cuerpos se dejaron llevar. Se deseaban. Los dos se deseaban con la misma intensidad denotada en las miradas.

Se deseaban como jamás volverían a hacerlo.

Ella, bajo él, acarició el rostro con las dos manos, el silencio siempre imperando. Asió el rostro hacia sus pechos y, con voz trémula, lo pidió:

—Bésame…

Trunks, el más irracional de sus lados, lo hizo: besó un pecho, besó el otro, besó entre los dos. Ella, perdida en las sensaciones, abandonada sobre la cama, se retorció por causa del beso dado en la zona más erógena que se conocía de su cuerpo. Las piernas se separaron más, los sexos se sintieron listos y las pieles tiraron de la otra: unidos en lo mismo, él dentro de ella al igual que la noche anterior, danzaron un vehemente acto. Sentados, abrazados, chocaron sus cuerpos demencialmente, él para retenerla, para ser el mejor hombre de la historia de esa mujer; ella para consolarse, tomar fuerzas y continuar.

Puras mentiras.

Se apretaban para saciarse las carencias y para nada más.

Gimieron febrilmente entregados al acto, él entrando y saliendo, conteniendo todo, delirando mientras besaba los pechos blancos de su amor platónico; ella apretándolo con todas sus fuerzas, retorciéndose de placer, enfurecida consigo misma. Qué placer. Qué equivocación.

Qué consuelo.

¿Mentira o verdad? Nunca está claro cuando es el sentir el que domina, cuando ese sentir no sabe la verdad de lo que experimenta.

Cuando él escuchó el gemido de ella y percibió el placer de intimidad a intimidad, se abandonó a su propio goce. Al final, ella subía y bajaba despacio aferrada al cuello de él, y él con el rostro hundido entre los pechos, las manos en los glúteos, se dejaba. Cuando alcanzaron la quietud, ella se recostó al lado de él, quien había caído hacia atrás, exhausto. Respiraron interminables minutos.

Era miércoles. Trunks ya no sabía que los días existían y el mundo giraba; sabía que Videl estaba desnuda junto a él y que era adicto a esa inmaculada desnudez. Pronto, el móvil lo trajo de vuelta a la realidad: en la habitación sonó el tema punk de moda, la ruta solitaria es mi casa porque es la única que alguna vez conocí, o algo así. Videl se cubrió con la bata. La canción no paraba de sonar porque Trunks no hacía nada por detenerla.

—Anda, atiende —dijo Videl, su voz un esbozo de aquella llena de actitud del pasado.

Ya no era la misma.

—B-bueno…

Él tampoco.

Levantó el pantalón del suelo, sacó el celular y lo atendió.

—¡¿Dónde estás, jovencito?!

Se sonrojó por completo. Estar desnudo junto a Videl y escuchar la voz de su madre al mismo tiempo era casi una pesadilla.

—Mamá, yo…

—Son las ocho y treinta. A esta hora deberías estar pasando la puerta del laboratorio. Como no apareciste en el desayuno, fui a tu cuarto y nada. ¡Te fuiste ayer por la tarde! ¡¿Dónde estás?! ¡¿Qué te he dicho sobre salir entre semana?!

Trunks se deslizó hacia el suelo y adoptó la posición de una pelota. No quería que Videl lo viera y escuchara lo que Bulma le decía, Videl, que seguía desnuda junto a él. Esto era bochornoso.

—Ya voy para allá… —farfulló, la voz ronca. Continuaba agitado, sudado e insatisfecho.

—¿Estás con una chica?

Cuando la voz de Bulma pasó del reproche a la complicidad, Trunks deseó desvanecerse del mundo. Para siempre.

—No…

—¡Lo estás! ¡Es tan obvio! Ay, hijo… ¡Qué difícil es verte crecer! Pero está bien, vuelve luego. Sólo te pido que te cuides, usa protección.

El corazón de Trunks pareció dejar de latir.

—Ma…

—¡Besos!

Y Bulma cortó. Trunks dejó caer el móvil junto a él. Miró su desnudez. Los nervios que lo invadieron eran más fuertes de los que hubiera experimentado alguna vez.

—Videl… No… Yo no usé…

—Tomo pastillas.

Él se sujetó el pecho. Suspiró.

—Ah… Yo… —Tragó saliva, se despeinó el cabello, se sintió terrible—. Siento no haber preguntado antes, juro que no me di cuenta. Fue… desconsiderado de mi parte.

¿Cómo lo iba a pensar estando ante ella, que le quitaba toda capacidad de razonamiento? Jamás le había pasado algo así, nunca había olvidado usar condón. Un motivo más para sentirse culpable: no la había protegido tanto como se suponía que debía hacerlo.

Videl se levantó de la cama, pasó junto a él y se detuvo bajo el dintel de la puerta.

—Será mejor que te vayas, Trunks.

Videl siguió su camino: se metió en el baño una vez más. Trunks miró hacia atrás. Se sentía tan incómodo que no se toleraba a sí mismo. Contuvo la angustia, se vistió a la velocidad de la luz y se fue. Antes, frenó ante la puerta del baño. Atisbó el picaporte conteniéndose de abrir. Al otro lado, la lluvia de la ducha se entremezclaba con el suave llanto de Videl. La situación era peor que mala; era devastadora.

Para los dos.

Fue al balcón y desde allí voló. Cuando Videl sintió el ki alejarse, se abandonó en brazos del más fervoroso llanto.


Trunks entró por la puerta de la cocina. Bulma fumaba un cigarrillo y leía una revista. Seguramente era su break de media mañana. Pasó junto a ella intentando no llamar su atención; la llamó por completo.

—¿Has estado llorando?

Bulma sujetó su brazo. Trunks no tuvo manera de desasirse de su madre.

—Mírame —pidió Bulma.

—No quiero.

Bulma se levantó del taburete que ocupaba ante la mesada. Sujetó la barbilla de Trunks y lo contempló. Un pinchazo de maternal preocupación se convirtió en su mundo.

—Tú no eres así, cariño.

Trunks contuvo las lágrimas. La culpa era demasiado pesada para sus hombros. Bulma entendió que él no le diría nada, no ahora.

—Date una ducha y duerme un rato.

—Pero el trabajo…

—Luego. Anda, báñate.

Le dio una palmada en la espalda y siguió con lo suyo: cigarro, revista, break de media mañana. Trunks corrió a su cuarto e hizo lo que su madre recomendó: se duchó, se secó, se vistió con ropa ligera. Ante el espejo empañado de su baño personal vislumbró el chupón que tenía cerca del hombro derecho. Acomodó su ropa para no verlo nunca más. Ya en la cama, se sentó junto al velador. Tomó el móvil y puso la canción que usaba de ringtone. Camino, camino y camino, camino con mi sombra y nadie más. Cantó desordenadamente, hasta olvidar la letra gracias a la tristeza.

Cuando se entregó al llanto poniéndose boca abajo en la cama, Bulma entró. Él se levantó presurosamente.

—¡¿Qué haces, mamá?!

Ella rio, como divertida con la situación.

—No habrás pensado que no iba a preguntar, ¿verdad? Trunks, soy tu mamá: sé cómo eres y sé que lo que te ocurre no es cualquier cosa.

Él sintió que la odiaba. Siempre se da cuenta de que me pasa algo. ¡Siempre me descubre! No sé cómo mierda haces, mamá, pero jamás le erras. Y siempre me dan ganas de llorar cuando estoy triste y eres tú quien está junto a mí. Me siento un niño ante ti. Me siento inferior. Me siento el peor.

—No quiero hablar.

—Pero tienes que. Eres saiyajin: nunca es buena idea que te tragues tus problemas, luego desbordas de maneras no muy adorables.

—¡Mamá!

—¡Ay, anda! Si es sobre una chica, sabes que confías en mí.

La sonrisa de la madre recordó algo al hijo: ella podía sacarle todo, porque era su madre y sabía cómo mirarlo, cómo hablarle, cómo hacerlo emocionar hasta el llanto, cómo extirparle sus problemas. Trunks no podía hablar con Goten, y Goten era el único con el cual hablaba de sus problemas, su único amigo de verdad. Nadie más era confiable, nadie más en el mundo le era interesante. Menos su familia, su mejor amigo y ella. Y Videl desnuda en la cama luego de tener sexo con él.

Necesitándolo, lo dijo:

—Es una mujer mayor —Apretó las sábanas a cada lado de su cuerpo.

—¿Qué tan mayor?

—Siete años más.

Eran ocho, pero no daría ni la mínima pista de Videl a su madre. Ni a ella ni a nadie.

—Ajá. ¿Y qué pasa?

—Es casada.

Los ojos de Bulma no ocultaron la sorpresa, se abrieron exageradamente al escuchar a Trunks. Bulma recordó el triángulo amoroso que había protagonizado con Vegeta y Yamcha en el pasado, el engaño al segundo con el primero. Y a Vegeta jamás le había provocado culpa porque era un saiyajin y no estaba en su naturaleza sentirse mal por un engaño, no si había sido por relacionarse con una mujer con la que tenía una profunda química, piel e intelecto ideales a ojos del otro. Pero Trunks era un humano también. Pese a ser un saiyajin y tener necesidades, reacciones y comportamientos de un saiyajin, había crecido como un humano «normal». Era humano y llevaba tatuadas la moral y la ética de uno. Jamás pensó que Trunks pudiera verse involucrado en una situación así.

Pero hay una diferencia, se dijo.

—Trunks, tienes diecinueve años. Ella tiene veintiséis, ¿no? Es una mujer adulta, no una muchachita como lo eres tú. Si fueran dos niños esto sería una tontera; si fueran dos adultos, cada uno tendría su responsabilidad y nadie más tendría derecho a meterse, porque nadie además de ustedes debería hacerse cargo. Pero tú eres un muchacho y ella una adulta. Ella no tiene derecho a involucrarte en algo tan delicado. ¡Eres demasiado joven!

Trunks frunció el ceño. Ella no era mala, ¡Videl no tenía la culpa de nada! No creía en las palabras de su madre, no lo hacía ni lo haría. Videl no tenía la culpa; el culpable era él. Apretó los puños.

Y el culpable era Gohan por no hacerla feliz.

—Cariño… —Bulma lo sujetó de las mejillas. Lo miró sonriente—. Eres guapo, eres inteligente, eres encantador y carismático y especial, Trunks. Podrías tener a cualquier chica, ¡si hay tantas! La que tú quisieras estaría a tus pies.

Y él quería a Videl. Y quien estaba a los pies de Videl era él.

—Mamá, sé que hay muchas chicas y todo eso, pero…

—Lo olvidarás pronto.

Se soltó del agarre de su madre.

—No la voy a olvidar.

—Es la edad la que te hace responder así. —Bulma se puso de pie—. No te involucres con una mujer que te mete en un conflicto así. Olvídalo, Trunks. Lo único que harás, a tu edad, será sufrir. —Posó una mano en la cabeza de su hijo y lo peinó con los dedos. Su cabello lila aún estaba húmedo, por lo cual parecía más oscuro de lo que era—. Sé que lo entiendes. Eres muy inteligente, como mamá. —Él ni se inmutó—. Sabes que no vale la pena involucrarse en una situación así, que el problema no es tuyo y no tienes por qué estar en medio. Cuídate. Sé que lo harás porque sé que lo entiendes.

—Sí, mamá.

Cuando Bulma cerró la puerta al marcharse, Trunks volvió a poner la canción de su ringtone. Camino, camino, camino solo. Se dejó caer en la cama, angustiado. Quería llamarla y decirle cuánto la amaba. Yo te protegeré, Videl. Si me necesitas, yo estaré contigo. Te escucharé, te apoyaré, te amaré todos los días. Serás libre.

A mi lado, no te marchitarás.

Boca abajo, paseó sus labios por la almohada. Soy un tonto, se dijo; debería haberla besado más, debería haberla acariciado más despacio. Me aceleré, tendría que haberme calmado. Lo hubiera hecho de a poco, besarla, acariciarla, apretarla contra mí.

Si hubiera una sola oportunidad más, lo haría mucho mejor. La haría muy feliz.

—Ya no sucederá…

Cerró los ojos y, exhausto de pensar, de sentir, de desear y amar a esa mujer, se durmió. En sus sueños, la luz dorada y la figura inmaculada contorsionándose por el placer se repitieron un sinfín de veces.

Nada deseaba más que eso, que repetir. Que ser el mejor hombre para la mejor mujer.


Después de la ducha habló con su hija. Pan le había preguntado lo mismo de siempre: ¿cuándo vuelves, mami? ¡Apúrate, te extraño!

—El lunes, mi amor.

Esa había sido su respuesta. Era miércoles; el lunes por la mañana saldría para Paoz. Hasta entonces, meditaría cómo hablar con Gohan para anunciarle la separación. La realidad era que no se sentía capacitada para volver aún. Era como si una parte de mente estuviera dormida y no hubiera forma de despertarla.

Y al pensar en ello, asomaba él, el que había dormido desnudo a su lado hacía tan sólo unas horas.

Sentía culpa, pero no la sentía. Era una sensación demasiado extraña y por demás inesperada: sentía un profundo rechazo hacia Gohan. Estar con Trunks, es decir estar con otro hombre, le había reforzado el rechazo que sentía per se, el mismo rechazo, que, aunque sólo ahora fuese consciente de ello, la había llevado a irse de Paoz. No quería pensar en su esposo; quería evadirlo todo lo que se pudiera. No soportaba pensar en Gohan.

Pero en cambio…

Eran las ocho de la noche. Con todas las luces apagadas, pensaba sin pensar, sentía sin sentir. Sabía, desconsolada, qué deseaba con cada fibra de su ser.

Minutos pasaron y ella no se movió un ápice de su lugar. El silencio, la oscuridad y el griterío que se suscitaba en su inconsciente eran lo único que existía. Y la piel tiró, y ella intentó detenerla pero no pudo porque no quería. Cuando debemos hacer algo, cuando es menester hacerlo, no lo hacemos a menos que queramos. Con las pasiones, los amoríos, así es. Prendió el velador, tomó el móvil y, sin más, se dejó fluir. La adulta no tenía fuerzas; la Videl rebelde que había sido una vez también era caprichosa y no dejaba ni dejaría que las cosas quedaran así.


Se había despertado hacía dos horas. Desde entonces, miraba el microblogging en su celular. Las tendencias del día hablaban del concurso de baile del primetime de ZTV, del partido del deporte favorito de todos, del video erótico prohibido de la actriz más conocida, de tonterías que no le interesaban en lo más mínimo. Mientras, sonaba la misma maldita canción, camino solo, camino por el único camino que conozco. Miraba su perfil, las fotos que se sacaba con Goten en las distintas fiestas, los comentarios huecos que hacía para ser popular y tener muchos seguidores; estupideces adolescentes. Cantaba la canción, se veía en fotos con novias ocasionales, con herederas de otras fortunas que cruzaba en bares, con mujeres que nada le generaban porque nada le inspiraban. Y no las quería.

Quería a la única mujer que no podía tener.

Quería dejar de ser un adolescente, ser un adulto y ser el hombre indicado para la única mujer.

Quería madurar.

De repente, todo lo que veía en pantalla se borró. «Videl» se leyó, la canción al principio, vuelta a empezar.

Se agitó. Pronto fue como si la luz bajara, como si el clima cambiara, como si la vida dejara de ser adolescente y se volviera adulta, prohibida. La vida se sintió sensual, como ella lo era.

Tragó saliva; atendió.

—Ho-hola…

Se maldijo por sonar como un crío cuando quiso, en realidad, sonar como un adulto.

—Perdóname —dijo Videl al otro lado—. Te metí en una situación horrible.

—No, no es tu culpa. No te culpes. Soy yo…

—Eres muy joven y…

—¡Entiendo lo que sucede! —sentenció, molesto con la situación, jamás con ella—. No soy tonto: estás casada, eres mayor que yo, tienes una hija y yo soy un crío. Pero aunque sea un crío, tengo cerebro: sé que esta situación apesta y que debes estar destruida y… ¡Sé que lo que pasó fue horrible y de seguro debes estar arrepentida, pero…!

—No estoy arrepentida, Trunks.

Al escucharla, él se sintió aún más sumido en la adultez. Era un mundo oscuro, perverso, denso. Era un mundo que, de ahora en más, ya no le sería más ajeno.

Quisiera o no, a los golpes o no, acababa de crecer.

—¿No…?

—No. Trunks. No es tu culpa: hace meses que lo mío con Gohan venía en picada. Y estuvo mal lo que hicimos, no lo niego, pero… ya… ¡Ya no quiero saber nada con Gohan! Lamento haberme dado cuenta de la peor forma, pero es mejor así que nunca. ¡Todo lo que pasó me sirvió para entender lo que me sucede! No es para mí: la vida que Gohan me planeó no es para mí y ya no la quiero más.

Trunks se mordió la lengua. No debía decirlo, no tenía voz en tan compleja situación. Y sin embargo lo dijo, porque aunque ya estuviera en proceso de maduración, seguía siendo un impulsivo adolescente:

—Entonces, si no es para ti, que no lo sea y ya.

No lo sabía aún, pero Trunks se arrepentiría de ese y muchos diálogos. Todas las palabras que pronunciará con torpeza la hartarán. Pero qué inevitable decirlas sintiendo todo lo que sentía por esa mujer.

Una risilla de Videl le iluminó los ojos.

—Lo haces ver tan fácil…

—Cuando se trata de cosas que están en nuestras manos decidir siempre es fácil.

—No estoy de acuerdo, Trunks. Decidir no siempre es fácil, ¿sabes? —Algo en la voz de Videl sonó irritado. Asomaba, de a esbozos, la Videl llena de carácter—. Puede ser decirnos «haré esto» y ya, pero hay cosas más allá, factores que influyen. Están mis años de matrimonio, la familia de los dos y, sobre todo, nuestra hija. No se avecinan tiempos fáciles, una decisión no me arregla la vida ni me saca todo el sufrimiento.

¿Acaso ella aseguraba que se iba a separar? Conteniendo con tozudo ahínco la ilusión que de repente intentó florecerle en el centro del corazón, maldiciéndose por desear algo tan horrible con tanto egoísmo, carraspeó. Dijo lo que pensó, hablando con una medida objetividad:

—Pero todo tiene un principio. Decidir es lo más difícil de todo y tú… ya decidiste.

Ella demoró en responder. Unos segundos y lo hizo:

—Puede ser…

—Quiero verte, Videl.

Una nueva risa de Videl exudó resignación.

—Tu mamá dijo que no salgas entre semana.

—Una hora. Me iré rápido, lo prometo.

Videl rio a carcajadas y el mundo pareció, por una maldita vez, un lugar bello. Pareció haber una suerte de futuro.

—De acuerdo —dijo ella. Y cortó.

Trunks vio la pantalla: retornó la canción desde donde se había quedado, retornó el microblogging. Sumido aún en la nueva adultez, se dijo que era infantil todo cuanto hacía: un hombre no hace estas estupideces. Decidió: apagó la canción, cerró su cuenta de microblogging. Se metió el móvil en el bolsillo no sin antes silenciarlo —cualquier cosa antes que contestarle un llamado a su madre ante Videl otra vez—, se puso zapatos y salió por la ventana. Voló a la velocidad de la luz, y cuando se quiso dar cuenta ya estaba allí. Videl, vestida con un sencillo vestido de algodón, lo recibió en el balcón. Aterrizó ante ella, se midieron de mirada a mirada y se lanzaron a los brazos ajenos con pasmosa entrega, igualdad de ansiedades y deseo. Atropelladamente, entraron en el departamento, donde la luz dorada los aguardaba. Contra una pared, Trunks se juró que sería el mejor hombre.

Ya no más un crío.

La besó apasionadamente, calculando cada movimiento de sus labios y su lengua. Ella lo apretaba contra sí misma. Inquieto, presuroso, lleno de deseos y rebalsado de fantasías, él recordó una que lo había tenido obsesionado una noche luego de un cumpleaños familiar, quizá el de Chichi, quizá el de Yamcha. Él, mirándola toda la fiesta, había imaginado lo que hizo en ese mismo momento: se arrodilló ante ella, subió la falda, bajó la ropa interior y dejó que su boca se encargara del placer. No era su especialidad o eso creía, pero quería hacer todo con ella.

Porque hacer todo le permitía demostrarle su obstinado amor.

Videl, sobrepasada de sensaciones, hundió los dedos en el cabello lila. Desordenadamente, demarcó un ritmo lento aunque intenso, tan intenso como ese muchacho lo era. Cerró los ojos: ¿en qué lugar de la maqueta de su nueva vida iba Trunks? No podía hacerlo su pareja y no podía hacerlo su amante. Al sentir la insistencia de la boca contra su intimidad, supo que no tenía manera de pensar en la respuesta a esa pregunta, no ahora, con él esforzándose tan maravillosamente en darle placer. A eso se habían reducido: eran dos cuerpos ansiosos que sólo deseaban una cosa: la piel del otro.

Echando hacia atrás la cabeza, gimió.

No tenía caso pensar: confusa como se sentía, desbordada y llena de irracional deseo inspirado por ese adolescente, sólo podía hacer eso que tanto necesitaba aún, gritar.

Desahogarse.

Olvidar.

Gozar con Trunks y dejar atrás todo lo demás.


~Continuará


Nota final VIII


Holis. Mil millones de gracias por leer. El fic entra en sus momentos hot (?), aunque, si ya me leyeron, saben que no tiendo a enfocarme tanto en eso como en el desarrollo de la relación en sí. Me interesa mostrar cosas mientras atraviesan la etapa íntima de su relación. Lo de este capí era sentar bases para lo que sigue. Creo que apenas en el IX se va a entender mas esto que intento decir. Las cosas se están sucediendo rápido; está cantado que esta suerte de plenitud que viene no les va a durar. Veremos qué pasa. Me gusta que pasen por etapas, que la cosa vaya y venga, que haya cierta irracionalidad en sus acercamientos.

Watching me fall de The Cure acompañó como ninguna en este capítulo. Espectacular canción que les recomiendo con el alma. Es de esas canciones hela-piel. Robert Smith, al escribir, es una de mis más fuertes influencias. El poder de sus frases me resulta hipnótico. Lo amo.

La canción que Trunks escucha es una de Green Day que me encanta, Boulevard of broken dreams. Me parece que lo que refleja es algo con lo que un adolescente puede identificarse. Cuando yo era adolescente me llegaba mucho esa canción. Por eso la elegí.

Muchísimas gracias por leer y por sus maravillosos comentarios. A Dev, TourquoiseMoon, Akadiane, LDGV, Skipper1, Steel Mermaid, Lady'zPhantom, MBriefs, VanneeAndrea y Fiorella les agradezco con el alma tomarse un minuto para comentar y enriquecerme tanto. GRACIAS.

Sigo sin saber si van a ser 12 o 13 capítulos. Sólo sé que de esos no pasa. Falta poco.

Saludos y gracias. Nos leemos en el IX. =)


Dragon Ball © Akira Toriyama