Lo ve andar, fumar, pensar a lo largo y ancho de la sala, abstraído de ella y del mundo. Lo ve sumirse en el recuerdo como si éste fuera un cuarto en el cual sólo bastara ingresar, abrir la puerta y hundirse en la oscuridad.

Prender las luces y vivirlo de nuevo, una vez más.

Nota la sonrisa nostálgica con un fondo de dolor. Ve sufrimiento en los ojos azules de quien es su pareja.

La interlocutora, ella, que esta noche ha prestado el oído a su esposo para que él le relate la historia que nunca se atrevió a rememorar, que ha dejado atrás por once largos años, empieza a entender el porqué.

¿Por qué nunca me lo contó?, se preguntaba un tanto incrédula, celosa, al principio.

Ahora, lo entiende.

Ahora, lo sabe.

No lo hizo para no delatarse, se dice en su fuero interno.

No lo dijo para no mostrarme esto que le pasa: el amor que aún siente, que está dedicado a otra mujer.

—La sigues amando, niño —dice, resignada.

Él frena.

—Ya te lo dije: una parte de mí nunca la olvidará, porque fue algo que me sucedió en la adolescencia, porque ella fue la primera que me hizo sentir algo así.

Ella sonríe, victoriosa. Él frunce —más— el ceño.

—¿Qué? —pregunta él, curioso por la sonrisa que su interlocutora, su Mai, su mujer, le dedica en ese preciso momento.

—Me río.

—¿Por qué?

—Porque te estás subestimando a ti mismo, niño.

»Estás negándote algo que es evidente.

Él pierde la convicción. A sus treinta años y por un instante, se siente de diecinueve de nuevo. Eso es, quizá, lo que le gusta de su mujer: ella logra lo que sólo la del recuerdo logró, hacerlo sentir frágil, vulnerable. Hacerlo sentir un eterno adolescente.

Hacerlo sentir vivo.

—¿Qué cosa es evidente?

La sonrisa de ella se amplía.

—Que no es una parte de ti; eres todo tú.

»La sigues amando, Trunks.

»La sigues amando y no entiendo por qué no haces nada por recuperarla.


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


IX


Abrochó el pantalón desganado no por lo que acababa de hacer; lo que lo desganaba era la idea de irse. Es que Videl le quitaba la energía o eso sentía: cuando estaba en sus brazos, nada más podía desear que aferrarse a ella tanto, tanto hasta acoplarse a ella, hasta que de la nada, por arte de magia, pudiera convertirse en una parte más de ella. Sin embargo, se estaba yendo. Dos horas con Videl habían equivalido a dos minutos. Minutos si se era optimista. Dos segundos, así se habían sentido.

Dos segundos y la insatisfacción era alevosa.

Giró hacia ella: Videl, de espaldas a él, se abrochaba el sostén. Trunks no pudo detener sus manos cuando decidieron, por motus proprio, acercarse a la espalda, apoyarse a cada lado de la cintura y apretar la blancura con los dedos. La boca besó el hombro, la nariz se llenó del aroma ajeno y la voz, temerosa, se contuvo de salir. Trunks no debía decir nada. Nada era necesario decir.

Al sentirlo tras ella, Videl se estremeció. Ahora que lo habían vuelto a hacer ya no había explicación posible: ya no era un desliz, tampoco un acto por el cual se pudiera culpar al instinto; todo era a consciencia. Había piel y tocarse era electrocutarse; autoflagelación. Videl ya no podía ocultar cuánto la estremecía sentir una mera caricia de Trunks.

Ya no tenía forma de resistir.

Videl sujetó las manos que le apretaban la cintura y se dio la vuelta. A un centímetro del otro, se miraron. Las bocas dejaron ir aire al mismo tiempo, en total mimetización. Ella estudió la adolescencia plasmada en el rostro, la dulzura involuntaria. Allí, al fondo del azul, vio carácter. Entrecerró los ojos, y los de él se incrustaron en los labios de ella. Sin pedir permiso, Trunks la besó.

Besarse era adictivo como todo cuanto les pasaba con el otro lo era. Videl aún no lo sabía, pero si algo terminaría fascinándole hasta lo obsceno de él, eso serían sus besos. Esto lo descubriría en un par de días más, durante la intensa madrugada del domingo que no sería humanamente posible olvidar. Por lo pronto, esos besos que Trunks le daba, condimentados por un fabuloso «no sé qué», le resultaban embriagadores. Él sentía lo mismo, que besarla era tan necesario como respirar. Cuando el aire escaseó y las bocas se separaron, respiraron sobre el otro, los ojos fijos en los labios. Era hora de decir algo, ¿pero qué? ¿Qué debía decirse en tales circunstancias? No había, realmente, mucho por decir.

Había demasiado por hacer.

Los ojos de Trunks se desviaron hacia la pared, donde un reloj con marco de madera ciertamente anticuado con sus números romanos marcaba las diez y media de la noche. Debía irse; a su madre no se le pasaría inadvertida su ausencia en la cena.

Retornó a Videl. No se frenó; cada vez nadaba con más confianza en ese mar celeste que lo vislumbraba con tintes de culpa. Besó a Videl una vez más, la embriagó con su magia. Se besaron largamente.

No.

Los ojos de Videl se abrieron exageradamente, sin dejar de besarlo ni por un momento, hasta que lo frenó. La culpa acababa de clavarse en la espalda de Videl así como un puñal. Se incrustó, la hirió de muerte. Cuando la sangre fluyó, sin aire y sin fuerzas, derrotada, lo dijo:

—Vete, por favor.

—Pero…

Ella le dio la espalda.

—¡VETE!

Videl tomó asiento junto a la mesa de luz, en la cama. Se cubrió la cara con las manos. El puñal también se clavó en Trunks, lo hizo al traspasarla a ella para dirigirse directamente a él, que merecía tanto como Videl experimentar esa hoja envenenada que quería sentir junto a ella, para acompañarla y no abandonarla nunca.

Trunks se alejó de ella casi sin hacer ruido. Se vistió a la velocidad de la luz. Cuando supo que él se había marchado ya, Videl suspiró. Se le había ido de las manos y ya no le importaba un comino. Era maravilloso y horripilante semejante sentir. Era patético. Que la relación de diez años con Gohan acabara así era patético, no hacía justicia al pasado, a los buenos recuerdos.

Así lo había querido Gohan, no obstante.


—Pero ahora entiendo que me equivoqué —dirá Videl pronto, las emociones a flor de piel ante su amante y la inminente despedida—, que juzgué mal la situación, a ti, a mí y especialmente a Gohan. ¡Fui demasiado injusta con Gohan…! ¡Y de sólo pensar que cargaré con esta culpa para siempre, yo…!


Contempló la pared dorada. Rodeada de silencio, apresada en el exceso de calma del entorno, se sintió como en Paoz, sumida en una paz que no era para alguien como ella. La piel pareció desprendérsele en una nueva oleada de insoportable sensación, una que bien sabía qué significaba. No quería pasar la noche sola. Quería gritar, quería la piel contra la piel, quería besos interminables. Quería partir la realidad con el puño, como si la realidad ni fuera más que un cristal.

Quería química.

Pensó en la última. Qué misterioso es el cuerpo humano, se dijo; por más avances, por más moral, las personas continúan cayendo en actos que más tienen que ver con el instinto que con la razón. Aún hay cosas que no podemos controlar.


—Eso es sano, Mai. —Tanto su interlocutora como él reirán después de esta oración—. La vida sería muy aburrida sin esos destellos de pasión que, como personas, no podemos controlar. Es fantástico que haya algo en la vida que nos haga perder el dominio de nosotros mismos. Es como cuando no puedo controlar al saiyajin que tengo adentro: es maravilloso que el instinto exista y que podamos sacarlo sin miedo.

»Siempre y cuando no dañemos a nadie, liberar el instinto es algo positivo.

»Hace que sintamos una genuina libertad.

Claro que este caso es justamente uno donde alguien salió dañado, se dirá para sus adentros él. Este caso es uno donde dar rienda suelta al instinto fue el peor error.


Ahora, Videl estaba entregada a un adolescente y era incapaz de huir de él, así como era incapaz de volver con su marido. Al principio, al notar que el matrimonio se desmoronaba, ella había entendido el motivo racional del problema; al desesperarse por la piel de un adolescente, el instinto le había dicho todo lo demás. El instinto le había confirmado incluso lo que no se atrevía a pronunciar: estaba harta de Gohan, del Gohan esposo, compañero, amante; de ese Gohan que no la hacía sentir especial. Estaba tan harta de Gohan que sólo podía desear evitarlo hasta el fin de los tiempos, hasta olvidar su existencia, hasta alcanzar la vida independiente que tanto anhelaba para sí.

Hasta arrancarlo de su vida para siempre. Así de cruel era con su marido en este punto de la historia. Luego, todo, incluso sus sentimientos, virará.


De vuelta en su casa, en su cuarto, en su cama, totalmente cubierto por las sábanas, asfixiado bajo ellas en plena noche así como lo había estado junto a Videl, Trunks se sentía insatisfecho a un nivel alevoso. ¡No se soportaba! Quería a Videl inmediatamente, Videl desnuda en la cama, sobre él. Quería a Videl desnuda y abrazada a él, durmiendo en total tranquilidad. Quería a Videl con él para siempre.

Pero ella lo había echado, aparentemente decidida a dar fin al idilio.

Al no tenerla a su lado y pensar en la posibilidad de no volver a estar con ella nunca más, la desesperación lo subyugó. Su vida se transformó; la existencia se le tornó un peligroso círculo vicioso donde todo cuanto acontecía lo remitía a ella, a Videl y a él desnudos en la cama, ensamblados los cuerpos extasiados mientras las almas, libres, revoloteaban por toda la habitación, iluminadas por las conmovedoras luces doradas del departamento de Satán City.

Se fue la semana y ninguna noticia tuvo de ella, sin embargo. En el pecho, algo parecía desquebrajársele. Sentía cómo el alma se le llenaba de fisuras incurables. ¡Era insoportable! Miraba el móvil a cada rato, verificaba que estuviera prendido, que la señal estuviera presente. Verificaba que ningún factor externo pudiera alejarlo de ella. Y resultaba ser que todo el exterior afectaba, porque lo que estaban haciendo, dejarse arrastrar sin más por el deseo, era el más nefasto error.

El viernes por la tarde, Bulma se lo preguntó:

—¿Seguro que ya no te verás más con esa mujer?

—Seguro, mamá…

¿Acaso eso no era cierto? ¿Acaso, luego de que ella lo echara, alguna esperanza permanecía en pie? El miércoles, al llegar del departamento de Satán City, Trunks había asegurado a su madre que acababa de terminar con esa mujer mayor de la que le había hablado y que ya no la vería porque no era buena idea hacerlo. No obstante, Bulma lo notaba disperso, como perdido en perturbadores pensamientos que el adolescente no podía controlar. Por eso la pregunta el viernes, porque la actitud de Trunks era por demás sospechosa. No parecía que eso hubiera terminado.

Al contrario.

—Estás raro.

—Ya se me va a pasar, ¿sí? —respondió él, un tanto exaltado—. Un par de días y estoy perfecto.

Mentiras, mentiras, mentiras.

El viernes tenía el cumpleaños de una conocida. La idea original era ir con Goten; no fueron. Trunks suspendió la salida. Su amigo, que sólo podía ir con él porque era Trunks el nexo que tenía con ella, primero le protestó, luego le lloró, luego lo aceptó pero insistió en hacer otra cosa. Trunks dijo que no.

—No me siento bien, me quedaré en casa.

—¡Voy para allá y jugamos al Pro Evolu…!

—¡No estoy de humor! ¡No quiero jugar! Bye, Goten.

Le cortó. Goten lo mató a mensajes chillones que ignoró olímpicamente. Solo, se tapó la cabeza con la almohada. ¡No quería volver a tontear! Ya no quería comportarse como un adolescente sino ser un adulto, ese que Videl, tan triste por la separación, necesitaba a su disposición. Eran las siete de la tarde del viernes y seguía sin saber nada de ella. Se dijo que era obvio, que era inevitable. Videl no dejará a Gohan, no puede. No lo hará y mucho menos por mí. Ya la perdí y, lo peor de todo, es que jamás debí tenerla.

¿Realmente la tuve?

—Soy un idiota…

Sujetó el móvil. Por instinto, abrió la red social que había cerrado hacía días, la del microblogging. Al notar la mecánica elección, cerró la aplicación controlando lo más posible la fuerza del pulgar al deslizarse por la pantalla. Los celulares no estaban hechos para saiyajin.

Se levantó, vagó por la casa sin rumbo aparente, terminó en el cuarto de su hermana.

—¡Juega conmigo, Trunks!

Bra había organizado un consejo interplanetario de comercio con sus peluches. Trunks asistió en calidad de asistente de la princesa de Vegetasei. Debatieron sobre los nuevos planetas a conquistar y pelearon con el enorme panda-general por diversos desacuerdos de índole territorial. Al final, Bra estaba de lo más feliz. Al verla contenta por poder jugar con él, Trunks al fin pudo sonreír. Recordó, no obstante, a Videl en Paoz, hablando los dos aquella vez del café, la mordida y el abrazo. Videl tenía razón, Bra podía ser un diablo, pero era linda. Muy.

Cenaron. Trunks vio una película en la sala, esa del superhéroe que usaba una compleja armadura creada con última tecnología y era multimillonario. No le divertía mucho ver algo tan corriente (un saiyajin ve corrientes cosas que otros seres no), pero por lo menos le ayudaba a no pensar, a sacarse el cerebro y dejarlo a su lado, inservible. Sin embargo, cuando volvió a su cuarto y se vio en medio de la cama leyendo un complicado libro de ingeniería para matar el tiempo, vio algo muy distinto a lo que era antes de Videl. Nunca hubiera pasado un viernes por la noche a solas con un libro de ingeniería en su cama. Sus intereses parecían endurecerse, madurar. ¡Qué tonto se sentirá algún día al recordar tan patética reflexión! Estar en casa y no en una fiesta no lo hacía más maduro. Eso no significaba nada.

Pero aún creía que sí.

Pero la melancolía, el añoro, la preocupación por Videl, hacían que viera más allá de lo que acostumbraba. Es que él era un chico «normal» con un lunar llamado Videl que no paraba de expandirse y adueñarse de su piel. Él era noble, tenía empatía, pero eso no quería decir que fuera por la vida tomándose las cosas tan en serio. Ahora sí. Ahora, se tomaba muy en serio a Videl, lo hacía de una forma más madura de la que, de momento, se creía capaz. Por eso se aguantaba las ganas locas de llamarla e indagar, de preguntarle cómo se encontraba. Ella necesitaba su espacio y ellos dos, juntos, no eran nada. ¡Nada! No podía llamarla, no tenía ni derecho ni un porqué demasiado claro como para hacerlo. Tenía que esforzarse en comportarse, en no arruinarlo todo con su siempre inoportuna impetuosidad: basta de ser un crío, de creerme capaz de todo, de ser tan intenso e idiota con ella. Basta de ser un adolescente distraído por la nada, ¡basta, Trunks! Es hora de dejar de lado todo eso. No quiero esas tonteras de las redes sociales, distraerme en Internet, andar en fiestas y en relaciones superficiales que no me dejen nada. No quiero llamar la atención, tampoco quiero esforzarme más por algo que nada me dejará. Quiero esforzarme por ella.

Lanzó a un lado el libro. ¿Qué era esa insoportable inquietud, esa necesidad de hacer algo urgentemente, ya, ahora, todo con tal de sacarse el cerebro y dejarlo a su lado, inservible, inerte? ¡Necesitaba distraerse! Pero no: ahora que estaba en la vida después de haber tenido a Videl en sus brazos, todo lo demás pasaba a segundo plano.


—Un pensamiento muy adolescente —dirá once años después, convertido ya en un adulto—. Para el adolescente, todo aquello que representa el exterior, todo aquello que no se relaciona con eso que tanto interés provoca, sume en una suerte de soledad. Al no poder compartir lo que sientes, al yacer contra el piso aplastado por tan pesado ladrillo, te sientes solo. Todo, a tu alrededor, parece accesorio, aburrido, fácil, tedioso.

»Sin ella, todo me aburría. En ese momento y durante mucho tiempo rocé la obsesión. Estaba loco por ella, Mai. Luego de tenerla, de estar íntimamente con ella, perdí la cabeza. La situación se me fue de las manos por dos motivos:

»Ella me hacía sentir más hombre. En un adolescente, sentirse varonil es una sensación intensa que sube mucho la autoestima. Yo siempre he sido como soy, burlón, impertinente, soberbio… ¡Pero ella me reducía! Me sentía un niñito. Que ella me mirara me hacía sentir un hombre hecho y derecho, me instaba a esforzarme y a querer ser mejor.

»Ella me hacía sentir especial. Creo que esta sensación es una de las más buscadas por un adolescente, saberse único y con identidad propia. Yo sentía que ella me había tratado con seriedad; merecerme su seriedad me hacía sentir que tenía algo distinto al resto, algo distinto que ella era capaz de verme y que, como era ella y nadie más que ella quien lo veía, efectivamente existía en mí.

—¿Existía eso, niño? —preguntará su interlocutora.

—No lo sé. De mi parte había fuertes sentimientos; de la suya, sólo había piel. La química que había entre los dos hacía del otro una droga y de uno un adicto. No puedo explicarlo… Necesitábamos tocarnos, sentirnos. Ella lo necesitaba tanto como yo, pero por obvios motivos su situación no era tan sencilla como la mía. A ella la aplastaba una culpa que yo ni siquiera llegaba a entender en lo más complejo de su magnitud.

»Ella tenía todo para perder y yo sólo podía ganar.

»Por eso la harté. Por eso y por mucho más.


Suspiró. Esa era la sensación que lo tenía postrado en la cama, sin ganas, sin nada: sentía culpa por ser como era. Se recordó con Videl la noche del martes, en brazos de ella, desesperado por llenarla de besos, caricias y satisfacción, esforzándose con tanto detalle por encantarla, complacerla. Esforzándose por hacer el amor como un adulto, no como un adolescente. Y ahora que estaba lejos de ella se sentía más adolescente que nunca; y no, no quería sentirse así.

Quería crecer.

Tenía una extraña sensación, era como si de repente se sintiera un inútil y anhelara una gran responsabilidad. Al pensar en su vida «normal» de adolescente, experimentaba una intensa insatisfacción. Era como si ya no pudiera ni quisiera volver atrás.


—Yo ya había cambiado —dirá al rememorar—. Me frustraba sentir que ya no era el Trunks que había sido hasta entonces. De alguna manera, deseaba deshacer lo sucedido con ella y volver a insertarme en esa vida fácil y sin sobresaltos, volver a ver las cosas con simpleza, ser caprichoso, obstinado e inmaduro. Deseaba ir a bailar con Goten a alguna fiesta, emborracharme y besar hasta cansarme a la chica de turno sólo para cambiarla por otra la próxima vez. Deseaba volver a querer eso, ser un muchacho y jugar a los videojuegos, divertirme y distraerme. Pero no.

»Necesitaba la intensidad. Necesitaba sentirla en cada milímetro de mi piel.

»Ya no quería distraerme más.


Su vida post-Videl era diferente. Ahora se sentía a miles de kilómetros del muchacho que era. Quería dejar atrás la superficialidad del adolescente en pos de vivir la intensidad del adulto junto a la mujer de sus sueños. Quería cuidarla, acompañarla y verla volar por los cielos, libre. Quería hacer feliz a Videl.

No pedía nada más.


—Pero me había olvidado de un detalle: lo que le gustaba de mí a ella era mi juventud, mi forma adolescente de ver al mundo. Le gustaba de mí que yo aún no me hubiera marchitado, que estuviera lleno de deseos, fantasías y anhelos imposibles de cumplir. Le gustaba mi punto de vista adolescente del mundo. Al desear ser adulto, lo arruiné: por esforzarme tanto para mostrarme adulto para ella la harté.

»Porque no estaba siendo yo mismo, quizá.

»Porque estaba posando con el único propósito de agradar. Agradarle a ella y agradarme a mí mismo.

»Intentar agradar es algo muy adolescente. Y muy adulto también.

»Es algo estúpido.


Al día siguiente, sábado al fin, sintió en su pecho la necesidad de ser productivo, de concentrarse, de no pensar en tonterías. Con el móvil en su bolsillo, todavía implorando un llamado salvador de Videl, fue al laboratorio, se sentó en la mesa de trabajo que acostumbraba usar y puso manos a la obra. Desde hacía siglos que fantaseaba con diseñar y construir su propia moto; había llegado el momento. Dibujó un bosquejo con más obstinación que habilidad, lo llenó de detalles, hizo todas las anotaciones pertinentes.

—¿Una moto, muchacho?

Entusiasmado, giró hacia su abuelo. Brief sonreía.

—¿Qué te parece?

—Se ve muy bien. —Brief acomodó sus lentes y se acercó más a la mesa para leer los detalles técnicos—. Interesante, buen trabajo. ¿La harás para ti?

—Sí.

—Eso es fantástico. Aún recuerdo cuando me hice mi primera moto… ¡El estéreo sonaba increíblemente bien!

Las palabras de su abuelo le inflaron el pecho, lo llenaron de orgullo; las palabras indicadas en el momento indicado. Continuó trabajando en el diseño el resto de la tarde, recorrió el laboratorio, buscó piezas, recolectó algunas, tomó más notas. Evitó atender a Goten como nunca lo había hecho, decidido a ocuparse de sus asuntos y no tontear más. Pasadas las seis de la tarde, cansado, se dirigió a la cocina y se sirvió jugo. Vio el paquete de cigarros de su madre abierto en medio de la mesa. Al desear uno de una forma casi sexual, al necesitar fumar un cigarro tan imperiosamente, se supo mucho más nervioso de lo que creía estar. Miró sus manos y éstas temblaban.

Necesitaba hablar con ella.

Todo cuanto estaba haciendo era evadir ese deseo.

Le dijo que no al cigarro; eso era algo que hacía muy de vez en cuando e intentaba, por aquellos años, no volverlo una costumbre. En vez de fumar fue a su cuarto, se encerró y miró el número de Videl en el móvil. Se refregó el rostro con las manos, respiró a mil por hora, golpeó el colchón con los puños a cada lado de su cuerpo. No debo, se dijo; no debo, ella no quiere verme. Ella no quiere porque esto está mal, porque por más piel que haya, seguimos siendo conocidos, sigo siendo amigo de su cuñado, sigo siendo un crío y ella una mujer casada. No está bien, es algo malo, es algo imprudente y estúpido. Es un error…

Pero la llamó.

Suspiró contra el móvil, se tapó los ojos.

Ella atendió.


Por su parte, Videl había pasado los últimos días en perpetuo silencio, echándole leña al fuego y convenciéndose de patrañas para justificar lo injustificable: esto tenía que pasar, necesitaba consuelo, necesitaba sentir, experimentar la intensidad. Necesitaba sentirme viva y gritar mi libertad. ¡Gritar la ira de vivir en una intolerable monotonía al lado de un hombre que se mantiene demasiado concentrado en todo, menos en nosotros como pareja! Estaba más que convencida de dejar a Gohan, pero entonces asomaba la culpa y la abofeteaba con todas sus fuerzas. Era terrible lo que hacía, consolarse en unos brazos adolescentes, mas era imposible soportar la soledad que no sabía sobrellevar. Necesitaba a Trunks y no podía frenar el deseo irracional, el mismo «no sé qué» que destacaba en los besos de él, que la subyugaba con semejante naturalidad.

Un cuerpo reclamaba al otro y viceversa.

Cuando no podía retener a su piel, cuando ésta amenazaba con despegársele del todo, Videl salía a correr. Cerca del departamento había un hermoso parque que abarcaba entre cuatro y seis manzanas, un lugar más que indicado para hacer ejercicio y dejar de lado los pensamientos. Le costaba tanto dormir que cansarse era menester. Corrió, entonces, cada día; corrió mañana, tarde y noche con ropa deportiva, con la capucha del buzo cubriéndola, volviéndola una anónima. Pensaba en Pan mientras lo hacía. La víctima de esta historia no soy yo, se decía; no es Gohan y tampoco es Trunks; es Pan. Pan será la gran víctima y no lo puedo permitir. Tengo que hacer algo, tengo que encontrar el equilibrio, no puedo llevarme el mundo por delante cuando el mundo, para mí, es mi hija. Ella no tiene nada que ver con mi hastío y con mis problemas de pareja con Gohan. Ella es lo único bello, puro y maravilloso que tengo en la vida.

Ella hace que todo valga la pena.

Corría más que nunca al sentir la ausencia de su hija, aceleraba el paso, apretaba los dientes y aguantaba. Quería volver a Paoz sólo para abrazarla, pero para permitirse el privilegio de hacerlo debía estar bien. Videl era orgullosa, mas no era el orgullo aquel que la frenaba; no quería que Pan la viera mal porque sabía que su hija sufriría por ella. Y eso sí que no, se decía al borde del colapso, corriendo a una velocidad casi irreal por el parque; Pan me necesita fuerte, no así como estoy ahora. Pan necesita una madre que la proteja, que sea de hierro, no esta sombra que soy ahora.

Necesito recuperar fuerzas para ella. Para ella y para nadie más.

Retornaba al departamento, se duchaba y la llamaba. Mi amor, volveré el lunes temprano, ¿sí? No veo la hora de verte. Y Pan hablaba como perico: ¡mi abuelito me enseñó una nueva técnica! Quiero mostrarte, mami. ¡Me mostrarás todo lo que aprendiste, mi amor! Y pelearás conmigo, estoy haciendo ejercicio, me estoy preparando para ello. Cuando vuelva entrenaremos, ¿qué dices? ¡Sí, mami! ¡Quiero! ¡Siempre quise entrenar contigo! Lo haremos, mi amor.

Mamá estará ahí para ti, siempre.

En la cama, antes de dormir, pensaba en Trunks. No quería, intentaba obligarse a no hacerlo, se instaba a pensar en otras cosas; no se podía. Él se le venía a la mente cada noche, cada mañana. ¡¿Por qué?! Si esto se trata de mí, no de él. Si no soy más que una egoísta y me dejé llevar porque necesitaba inyectarme pasión. ¡¿Por qué no puedo dejar de pensar en él, por qué?! ¡No quiero pensar más en él! ¡Quiero pensar en mí, no en él! ¡Él no tiene nada que ver con lo que me pasa a mí!

¿O sí?

No aceptaba la vida como lo que era, la rutina, Gohan y el silencio de Paoz. No aceptaba tampoco la soledad a la que se condenaba en ese departamento. ¡No lo aceptaba! ¡Quería más! ¡Quería no sólo gritar, sino además rugir, salir de ella, dar vuelta su piel como a una blusa, mostrar su carne y sentir directamente en ésta la intensidad del mundo! ¡Quería escapar! ¡Quería una segunda oportunidad! Y era inútil, se lo dijo el sábado al mediodía, intentando almorzar una sopa que no podía tragar por causa de la angustia: es mentira que Trunks no tiene nada que ver. Aunque me diga que es casualidad que se trate de él, que esto pudo haberme pasado con cualquiera, eso es mentira. Trunks tiene algo que me atrae: es su libertad, su ímpetu, su pasión. Es la pasión y el instinto que me hace sentir compatible con él el problema, el meollo de esta situación. Algo me debilita cuando lo tengo al frente. Es como cuando nos tocamos por primera vez esa noche en Paoz: tocarlo me consume los pensamientos. Quiero controlar esta sensación; no puedo. No puedo controlar algo que no tiene explicación.

Hay piel.

Hay piel y no soporto no ceder ante él.

La situación en la que estaba inmersa, se decía entonces, constaba de dos problemas elementales:

Su hastío de Gohan.

La pasión que Trunks le inspiraba.

Y la última era la sensación más peligrosa de todas.

Hizo ejercicio el resto de la tarde, en el parque. Cuando volvió, después de ducharse, el teléfono sonó. Ansió que fuera Pan, que fuera su niña y la alejara de todo, que fuera la pequeña y le dijera que la extrañaba y le contara lo que su abuelo le había enseñado ese día. No quería que fueran los problemas, que fuera Gohan o que fuera Trunks.

Y era el último.

Se refregó el rostro para contener a la piel. ¿Qué era ese asqueroso calor en su pecho, esa sensación de ansiedad tan asfixiante que se le desataba por el simple hecho de leer ese nombre en la pantalla de su teléfono? Miró la cama, tras ella, que estaba ante la ventana del cuarto: juró verse desnuda sobre él, moviéndose, desatada. Juró escuchar sus propios gritos. Al volver hacia la ventana, sosteniéndose aún el rostro, atendió.

—¿Para qué llamas?

Al escucharla, Trunks palideció.

—Te necesito, Videl. ¡Discúlpame, pero ya no puedo más! ¡Quiero verte! ¡Iré ahora mismo! ¡Por favor!

Los ojos de celestes se desfiguraron en el reflejo de la ventana.

—¡Basta, Trunks! —pidió, la voz entre el grito y el susurro—. Fue un error. Ya caí dos veces y no debo caer más. ¡Esto está mal! ¡Ya no quiero saber más nada! ¡Ya basta de esto!

—Pero dijiste que no estabas arrepentida. ¡Lo dijiste!

—¡No lo estoy! O sí, o no sé… ¡Yo qué sé! Ya no sé qué mierda siento, Trunks. Sinceramente, ya no lo sé, ya no entiendo nada, ya… —contuvo el llanto tapándose la boca un ínfimo segundo—. ¡Ya no sé qué quiero! ¡No sé nada! ¡YA NO QUIERO SABER NADA! Sólo quiero concentrarme en lo que tengo que hacer: volver el lunes a Paoz, hablar con Gohan, decirle que me rindo y que ya no quiero vivir la vida que me eligió y largarme de allí para siempre junto con mi hija. ¡Eso es lo que quiero! ¡Eso es lo que tengo que hacer! ¡Dedicarme a Pan, no a tener sexo contigo como si tuviera tu edad! ¡No dejarme llevar por esto, Trunks! ¡Ya no debe suceder! ¡Ya basta! ¡BASTA…!

Al final, la voz se quebró. Videl se tapó la boca de nuevo, pero ni esto ni nada pudo evitar que Trunks la escuchara. Ella se deshizo en llanto, porque la piel se le despegaba y el orgullo se encogía ante sus instintos. Quería piel, quería besos, quería al chico que le decía que la necesitaba tanto como ella lo necesitaba a él.

Quería un abrazo y un susurro de amor.

Quería un susurro proferido con la adolescente voz de Trunks.

Y él la dejó ir, impetuoso:

—No quiero que sufras más… Quiero estar contigo, Videl. Si me necesitas, quiero estar ahí… Y abrazarte, y besarte, y cuidarte, y hacerte sonreír…

Besos, esos besos dotados de ese «no sé qué».

Esos que ella tanto se moría por recibir.

—¡¿Qué cosas dices?! ¡Trunks, no!

—¡Sí! Quiero estar contigo. Todo me aburre, todo es tan aburrido aquí… Lo único que hago es intentar pensar en otra cosa y no lo consigo: me acuerdo de ti y me vuelvo loco. ¡Necesito verte! ¡Ahora!

—¡No!

—¡Nadie lo sabrá! ¡Es la última vez, lo juro! ¡Pero déjame, por favor! ¡Me iré rápido!

—¡Lo mismo dijiste la última vez!

—¡Hablo en serio!

—¡No lo haces!

—¡Videl, yo…! ¡Una última vez!

—¡No te lo crees ni tú!

Porque si a él se le hacía tan imperioso verla, porque si él sentía lo mismo que ella, ese despegar de la piel, entonces no podría dejarlo luego de una última vez. Eran adictos; esto no se solucionaba con un simple «no».

—Lo sé, pero… —La voz de él se quebró del todo, al fin. Trunks no pudo contenerse más. Al otro lado de la línea, Videl tiritó—. Videl, quiero estar contigo…

—No podemos, Trunks…

Lloraban los dos. En el llanto del otro, pronto, encontraron la verdad: los dos lo deseaban, los dos sentían el despegue de la piel, los dos ansiaban lo mismo y en el mismo momento: verse, tocarse, hundirse en el otro ser.

Pero sólo uno lo reconocía.

—Entonces… —Ciertamente furioso, Trunks intentó no decirlo; no pudo. Lo tuvo que decir para no enloquecer—: ¡Dime que no sientes lo mismo y no te molestaré más! ¡Anda, es fácil! ¡Dilo y lo olvidaré!

Justo como en el callejón: el pedido de reconocer algo que Videl era incapaz de pronunciar.

Porque era mentira.

Porque ella sentía, aunque su mente la obligara a creer que no, lo mismo que Trunks.

Horrorizada, Videl cortó la comunicación.

Trunks, al percatarse de que ella ya no estaba del otro lado, sintió en su pecho cómo se abría una nueva herida, una hendida ensangrentada abierta en el centro del orgullo. ¡Esa era la respuesta! Ella no podía decir que no le pasaba lo mismo que a él. ¡Ella no lo reconocía; le pasaba lo mismo que a él! ¡Lo mismo! Encolerizado por verse desprovisto de la mujer que amaba con aplastante intensidad, caprichoso como él solo, salió disparado hacia Satán City. Al mismo tiempo, Videl salía disparada al parque con ropa deportiva, discreta. Para cuando Trunks llegó al departamento y se percató de que ella no estaba allí, Videl iba corridas una decena de vueltas a la superficie del parque: corría como sin intentara escaparse de alguien, de la situación en sí, de Gohan y de Trunks, de todos menos de su hija. Corría para huir del deseo, para no ceder, no caer, no errar de nuevo. Y quería: nunca había deseado tanto cometer un error, ¡y qué error! Un error adolescente que le anestesiaba la cabeza, que le despertaba deseos profundos e intolerables. Un adolescente que representaba al terremoto, a eso que sucedía en su interior y que no podía detener con nada.

Trunks sintió su ki cerca, muy cerca del departamento. Aterrizó en un callejón y corrió por la ciudad. Llegó al parque que sólo era iluminado por las luces de la calle y la luna, que estaba más oscuro que claro, tan dorado como el cuarto donde la intimidad había florecido. Emocionado por la belleza de la noche, corrió siguiendo al ki. La sensación de libertad que experimentó le llenó el pecho, le incrementó el amor que sentía por ella: juraba que, si cerraba los ojos, podría alcanzarla. No necesitaba verla para dar con aquella de la cual venía tanto calor, la que inspiraba tanta pasión. Dio con ella: corría delante de él evidentemente agotada. Frenó un momento; al siguiente, corrió más rápido que nunca. Dos segundos, y en medio del vacío parque, bajo las luces de la electricidad y de la luna, blanco y dorado entremezclados, la atrapó. Al sentirse rodeada por los brazos del adolescente, ella no hizo ni dijo nada; respiró agitada, tan agitada como si continuara corriendo. Estaba sorprendida, que él estuviera allí era inesperado, pero qué fortuna, le susurró al oído el instinto, sensualmente: qué fortuna que Trunks está aquí, que vino por ti, que vino y está dispuesto a todo por ti. Qué fortuna que él dio el paso que tú jamás hubieras dado, buscarte, encontrarte, atraparte.

Enloquecerte.

En su oreja, después, susurró él:

—No me rechaces, por favor…

Videl observó la luna, las luces de los faroles, las hojas oscuras de los árboles, las manos aferradas a su cintura. Era un barco a la deriva y él el océano que la alejaba de la orilla, de lo debido, de lo correcto, de lo que debía hacer. Trunks era el océano que, apasionado, la llevaba a donde quería, que la movía a su antojo con la fuerza de su naturaleza, que la sumía en las lejanías de su propia alma, en eso de ella misma que ya no recordaba, la mujer que ansiaba la pasión en cada pequeño detalle de la vida.

Trunks miró el cuello blanco y lo besó; ella se dejó. Él deslizó lentamente sus labios, deleitado. El cuerpo entero le temblaba, porque quería todo, porque contenerse era menester. Debía disfrutar de esa mujer como el tesoro que era, que le representaba a su corazón.


—Porque ella era un sueño. Y yo me iba a despertar, Mai. Y no quería… —La voz se quebrará, los ojos resplandecerán. Su interlocutora notará todo, incluso lo que ni él notará de sí mismo; que continuará amando, siempre, a la mujer del relato. Siempre, hasta el final—. No me quería despertar y sabía que sucedería eventualmente.

»Y saberlo me devastaba.


Suspiró el nombre de Videl contra el cuello, lo cual provocó un escalofrío en ella. Trunks la volteó, la abrazó, la miró a los ojos con una profundidad tal que ella creyó desvanecerse. Videl se había dicho que no, que no era lo que debía hacer, que debía huir, que Trunks no tenía nada que ver, pero el mero tacto de sus cuerpos la estremecía y no podía frenarse más. Era adictivo, sentirlo tocarla y morir segundo a segundo por causa de la electricidad que el toque provocaba. Quieta, sin moverse, respirando agitadamente y nada más, ella cerró los ojos y bajó el rostro. Así, se rindió. No lo hizo, no lo besó, no lo tocó, no nada más que permanecer en sus brazos, ante él, con él, junto a él, aquel que no debía ser. Y Trunks, enamorado, la besó.

Besándose, cayeron. No volaban por los cielos, no eran libres, no estaban desatados, desnudos y liberados; caían por un precipicio y nada más importaba que sostenerse el uno al otro, que besarse, besarse y besarse, tocarse, gozarse hasta que sus cuerpos colisionaran con el piso. Hasta ese momento límite, se disfrutarían culposos, devastados, llenos de instintos y rebalsados por la piel que había entre los dos.

Chocaron con la corteza de un árbol y sólo allí ella despertó. Videl intensificó el beso, lo tornó demencial, violento, ansioso. Las manos tocaron, las bocas se abrieron, las lenguas danzaron y ya nada importó. Habían vuelto a caer.

Y esta caída sería la definitiva.


—Y la noche que siguió es la que jamás podré olvidar.

Prenderá un cigarrillo, se levantará del sofá, caminará por el salón, el vicio en su boca. Su interlocutora lo estudiará, lo verá andar, lo verá meditar. Su interlocutora sonreirá con cierta resignación por diversos motivos, uno de los cuales será el entendimiento: él la sigue amando. Trunks no ha olvidado a esa mujer.

¿Pero por qué nunca ha luchado por ella?

¿Pero por qué no hace algo por recuperarla?

¿Pero por qué sigue conmigo, si es ella la mujer que le significa todo?

Y entonces se decepcionará: ¿Acaso no tienes el valor, la capacidad para luchar, niño? ¿No tienes armas? ¿No tienes forma? No lo creo de ti, niño, que eres tan especial, tan obstinado e insistente. No me creo eso de que te has resignado.

Pero hay un motivo, y tal vez él se lo dirá en algún momento.

De momento, no lo hará.

Porque el motivo, once años después, seguirá siendo poderoso.

Seguirá siendo invencible.

El motivo seguirá pesando más que el amor que sentirá hasta el fin por la única, por la verdadera. Por Videl.

Por la que mujer que no…


~Continuará


Nota final IX


Buenas. Ante todo, gracias por leer. Espero no estar aburriéndolos en exceso con mis locuras. Disculpen también que tardé en actualizar, pero sufrí una fuerte gripe por la cual estuve varios días en cama. Además, no tuve ánimos de escribir, si les soy sincera. No tuve ánimos debido a, entre otra cosas, la muerte de mi héroe máximo de la música, Gustavo Cerati. Aunque pueda parecer extraño, siendo que crecí con Soda Stereo, su muerte me pegó durísimo. Mi papá fue músico en su juventud, mi novio lo es y tanto ellos como mi hermano mayor son fanáticos de la música, así como yo lo soy. Vivo este arte con particular intensidad, por lo cual siento la muerte de Gustavo muy cercana, demasiado.

Gustavo siempre hablaba (y hablará para siempre) de caminos, de avanzar, de seguir y no detenerse por nada, ni siquiera por los vacíos del entorno. «Estoy moviéndome con mis propios latidos… ¡Llenando vacíos!». Hay que seguir adelante.

Siempre te voy a amar, Gustavo. ¡Gracias por llenarme el alma con tu música! Aunque no sea más que una de millones de fans, por el amor que te tengo te dedico este capítulo. Gracias por inspirarme tanto, mi amor.

Y la dejo acá. Sé que este capítulo es extremadamente introspectivo y reconozco que relatar esta clase de cosas es casi un fetiche para mí. Al escribir, me vuelve loca y me llena escribir estas reflexiones. Por eso quise darme el momento de incluirlas. El capítulo me había quedado muy largo (unas 9 mil palabras), así que opté por cortar en dos.

Y eso. Gracias a LDGV, Fiorella, Dev, MBriefs, Kikky, Lady'zPhantom, Skipper1, TourquoiseMoon y mi amore Kattie por sus maravillosos comentarios. ¡Con el alma, mil gracias!

Faltan poquísimos capítulos. Finalmente, creo, serán 13 más el epílogo.

Nos leemos en el X, que lo tengo casi terminado ya. Mil millones de gracias por leer mis tonteras. «Gracias totales», como diría Cerati.

Besos. =)


Dragon Ball © Akira Toriyama