—Y yo no lo podía permitir.
A la última oración le sigue el silencio. Mai, sentada en la silla como lo ha estado toda la noche, observa la espalda de Trunks. Todo parece «normal», pero no.
Un espasmo.
Un sollozo.
Una revelación.
Mai se levanta de la silla. Camina, da zancadas hacia Trunks. Llega a la espalda, la toca, se aferra. Cuando aprieta el rostro contra Trunks, él da libre albedrío.
Llora.
—No me mientas más, chiquillo. —Mai luce y suena tranquila; por dentro, la ira se contiene—. Ya lo entendí…
—No —dice él sin dejar de llorar, sin dejar de odiarse por hacerlo—. No entiendes nada…
Mai ríe.
Ama a ese niño.
Lo ama más de lo que se siente capaz de reconocer.
—Me subestimas —dice.
»Aún la amas, Trunks.
»Anda, admítelo…
»Aún la amas, como antes, como cuando tenías diecinueve…
»Entonces… ¿Para qué pierdes el tiempo conmigo?
»¿Por qué no luchas por ella?
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
XI
Vueltas y vueltas y vueltas. Esa misma mañana la había acariciado justo antes de irse, enamorado de ella con una inquebrantable pasión; ahora, solo, no se soportaba a sí mismo. Trunks moría por llamarla, por escucharla, por verla y abrazarla y besarla y todo y más. Sentía cómo la desesperación lo llevaba del cabello, y lo arrastraba, y lo domaba a su antojo, como a un esclavo.
La necesitaba cada maldito minuto de su vida.
Miró el reloj del celular: las once y cuarto de la noche. Presentía que esta noche sería igual a anteriores. Otra vez sería un zombi en el laboratorio. Bebería mil litros de café, robaría mil cigarros a su mamá, terminaría con los ojos rojos y un dolor de cabeza capaz de destruir el planeta. Otro día más así, navegando los asquerosos mares de la incertidumbre, los únicos mares existentes dada la indeseable situación que de ideal no tenía un pelo. Todo era un maldito error, el error más hermoso de la historia. ¿Qué podía hacer para remediarlo, para encontrar un alivio lejos de Videl y de todo el amor que le tenía? Sabía que debía terminar, que ya no debían verse, por lo menos no hasta que Videl terminara con Gohan, pero… ¿Eso iba a suceder? Sólo sabía que no tenía idea de absolutamente nada. Lo único que sabía era que la magnitud de sus sentimientos era incalculable.
Sacó la mano de abajo de las sábanas, manoteó en el eterno desorden de la mesa de luz. Nada. Abrió el cajón, revolvió. Nada. Exasperado, llevado por unas ganas desconocidas, prendió el velador.
¿Por qué la luz era blanca? ¿Por qué no podía ser dorada?
Ante el recuerdo de la luz, quiso llorar. ¡Llorar! Se maldijo: no es mi estilo, yo nunca lloro, yo no soy esa clase de chico que lloriquea. Ese es Goten; yo no soy así. Yo soy fuerte, soy engreído. No puedo llorar por esto…
Pero no es cualquier cosa; es Videl.
—Y lloras al hablar de ella porque aún la amas, niño —dirá la interlocutora, Mai, su mujer, once años después.
»Y lloras porque, por algún motivo, no tienes agallas para enfrentarla.
¡Pero es Videl! Es Videl. Por ella sí vale la pena llorar. ¿O no? ¿O qué estoy diciendo?
¿Por qué tengo tantas ganas de llorar…?
Suspiró. Con luz, fue capaz de hallar, en su cajón, un viejo anotador. Buscó un lápiz, abrió el anotador e hizo algo que jamás había hecho.
Escribir.
Videl:
No puedo dormir. Es que no importa hacia dónde mire; estás en todas partes. Necesito abrazarte, besarte, tocarte… ¡Quiero tocarte! Quiero hacértelo, quiero que grites y que te vuelvas loca, sobre mí, junto a mí, debajo de mí, de todas las formas en las que pueda suceder. Lo imagino y me encanta, hacerlo y después dormir, que duermas en mis brazos y nunca más te vayas. ¡En mis brazos, para siempre!
¡No quiero! No te vayas nunca, ¿qué haré sin ti? Videl… Quiero besarte y mandar al diablo a todos aquellos que intenten separarnos. Les borraría la memoria como quien borra un archivo de la computadora; les formatearía el cerebro y volvería a empezar junto a ti.
Y te amaría y serías libre junto a mí.
Y te haría la mujer más dichosa del universo.
Y te haría el amor todos los días…
Y te haría sentir viva cada minuto de nuestra existencia.
Te amo, Videl…
—Dame una oportunidad… —dijo y escribió.
No te imaginas lo feliz que te haría. Me esforzaría al máximo para darte todo, para que seas la mujer más feliz, y lo único que te pediría a cambio sería que te quedaras conmigo, sosteniendo mi mano justo antes de dormir, apretando mi mano para siempre. No pediría nada más. ¡Sería la persona más…!
—Qué mierda estoy escribiendo… —espetó, furioso consigo mismo.
Dejó caer el anotador al piso, el lápiz dentro marcando la hoja. Se revolvió en la cama y dio vueltas y vueltas y vueltas. Apagó la luz y en menos de un minuto, incapaz de soportar el silencio y la oscuridad, la soledad, la prendió. Tomó el anotador y escribió más:
¿Por qué tiene que pasarme esto? ¡Yo no soy así! Videl, sé que es un error, sé que lo único que logro es lastimarte y confundirte, pero…
—Pero…
No soporto estar sin ti.
¿Qué me hiciste? ¡¿Cómo mierda logras esto?! ¡No soporto más nada, a nada ni a nadie! ¡Todo es intolerable! ¡Me haces llorar como un imbécil! ¡¿Por qué?! ¡¿Cómo lo logras?!
¡No soy yo, Videl!
No soporto haber estado contigo. Sólo pensar que en cualquier momento puede terminar me destruye…
Lloró. Lanzó el anotador por los aires y apagó la luz. Escuchar su propio llanto, proferido contra la almohada, de alguna forma le provocaba consuelo: era mejor escuchar el descargo que aguantar el silencio, la vida sin ella, sin su respiración, sin su goce, sin sus gritos de pasión.
Mentalmente, escribió el final de la carta:
Te amo tanto que ya no lo soporto, Videl.
Te amo tanto que lo único que quiero es estar abrazado a ti para siempre.
Borrarles la memoria y hacerte feliz a espaldas de todo el mundo, Videl. Seríamos muy, muy felices así…
—¡Mi abuelito dice que soy mucho más fuerte que él a mi edad!
—Eso es fantástico, mi amor.
De eso se trató la primera cena en familia desde su regreso: Pan contando todo y más, Videl acotando y Gohan, ante ellas, en silencio, fingiendo una sonrisa que sólo tenía un motivo: su hija.
No Videl.
Videl no era, ahora, motivo de sonrisas; tenerla enfrente era como tener un fantasma, un espíritu perdido en las montañas. Tenerla enfrente era sólo poder verla, porque por más que ella estuviera ante él y pareciera real, tangible, no lo era. Videl, el corazón de Videl, estaba a un millón de kilómetros, y no importaba cuánto corriera él; ella se alejaba más y más.
Dejó los cubiertos sobre el plato. Ella no lo miró en ningún momento. Gohan corroboró el sentir que lo había inundado cuando ella llegó: la perdí.
La perdí y ya no puedo hacer nada.
—Yo lavo —dijo, y comenzó a retirar los platos de la mesa.
—No es necesario, Gohan. Yo lo haré.
Dolor. Odiaba escuchar su nombre pronunciado por la voz de su mujer. Es que Videl, en la juventud, cuando más enamorada estaba de él, lo llamaba «mi amor». ¿Cómo olvidarlo? Cuando Dende y ella anunciaron el embarazo, él la tomó en brazos, y todos lloraron de emoción, y ella lo llamó «mi amor». Como los meses anteriores a ello, como cada vez que hacían el amor, una vez por noche, dos, tres, mil. Hacían el amor porque sentían todo por el otro, porque perderse en el otro cuerpo era desahogar todo sentir. La miraba a los ojos y la tomaba con fuerza y con miedo, porque ella era su reina y él sentía temor de lastimarla con su poder. Y ella reía y le decía que no, que era fuerte, que él no tenía que tener temor de nada. Porque me amas, Gohan.
Porque me amas y te amo, «mi amor».
¿Cuándo Videl se había vuelto incorpórea ante él? ¿Cuándo había empezado a cometer el error?
—No, Videl. Tú quédate con Pan; yo me encargaré de limpiar.
Mirada al suelo. Videl no lo había mirado a los ojos en toda la noche. Videl, que tan frontal era, que nada se callaba. Estaba muda y no lo miraba más.
La perdí, sí. La perdí.
—Está bien.
Gohan retiró la mesa y, ante el lavabo de la cocina, lavó. Unos pasos le dijeron que ella se alejaba; volteó y vio cómo Videl se llevaba a la cama a una adormilada Pan. Retornó la mirada a los platos sucios y se perdió en el accionar. Un plato, un tenedor, un cuchillo, un vaso. Otro plato, otro más…
Lloró.
Sosteniéndose del borde del lavabo, lloró petrificado, como intentando contenerse, las lágrimas saltando de los ojos, no resbalando por su rostro. Y el agua corría, chocaba contra lo que faltaba lavar. Y él se iba con el agua, entero.
Hasta que el timbre sonó.
Exaltado, mojó sus manos y refregó su rostro. Apagó la canilla y se secó con un repasador. Suspiró y fue a abrir.
—Mamá…
—Gohan.
Chichi, la indomable, la invencible, la inmortal. Chichi le sonrió, ella afuera, él adentro de la casa. Cargaba una vieja canasta de paja, esa misma que usaban los tres, los padres y el hijo, cuando Gohan era pequeño y comían a la luz de las estrellas, antes de Raditz, Vegeta, Freezer y todos los demás. Paz absoluta, y su madre le decía el nombre de cada estrella, y Goku inventaba formas uniendo los puntos y su mujer lo corregía. ¡No es eso! ¡Es otra cosa! Y los tres se reían, juntos.
Qué armonía le hacía evocar esa tierna canasta. La misma armonía que había dejado de reinar entre Videl y él.
—¿Qué se te ofrece, mamá?
Chichi entornó una sonrisa plagada de convicción. Gohan parpadeó repetidas veces, confundido.
—Hace décadas que estoy con tu padre, hijo —dijo ella—. Y, además, soy tu mamá. Te conozco lo suficiente como para saber lo que no me dices.
El rostro de Gohan se derrumbó. Una madre tiene ese efecto sobre un hijo. Chichi pronunció la convicción en su sonrisa.
—Cuando Goku volvía de pasar mucho tiempo afuera, lejos de nosotros, yo buscaba la forma de reconectarlo con nuestra familia. Para hacerlo, buscaba recordarle lo fundamental.
Extendió la canasta. Gohan la abrió y observó su contenido. Contuvo la emoción; esa canasta contenía el pasado.
Contenía la clave.
—Cuando las cosas están mal y el amor no alcanza, hay que buscar en los recuerdos. Los recuerdos ayudan al amor, hijo.
—Mamá…
Ella sujetó su mano.
—Somos raras, nosotras. Las mujeres necesitamos recordar. Ustedes no son buenos en eso, ¿sabes? —Rieron juntos—. Recuérdale a Videl por qué la amas tanto, Gohan. Toda pareja atraviesa crisis y toda crisis tiene solución.
»Dáselos y recuerden los viejos tiempos.
Gohan sintió que su madre crecía, que se volvía de cinco metros y él se reducía a uno. Ante ella, siempre sería el niño que preguntaba los nombres de las estrellas.
—Gracias…
Ella besó su mejilla y se fue.
Entró con la canasta en la mano. Arriba, se escuchaba la voz de Pan. También se escuchaba la dulce risa de su mujer, una risa que, así como toda ella, incorpórea como un espíritu, ya no le pertenecía. Cargó la canasta hasta el cuarto y la dejó escondida de su lado de la cama. Se puso el pijama y se acostó con un libro en mano. Sin prestar atención a lo que leía, aguardó.
Ella llegó.
Al verlo en la cama, Videl tragó saliva. ¡No podía mirarlo, no podía soportar su presencia! Pero era su marido, el padre de su hija. Gohan, además, era una gran persona. Suspiró, dejó el móvil en su mesa de luz y, a espaldas de él, se desnudó.
Gohan, como si observara ese cuerpo por primera vez, contempló a Videl con vehemencia. Hacía diez años que habían perdido la virginidad juntos, diez años de la primera vez que había visto ese cuerpo, y el corazón latió igualmente desbocado. Recordaba; su corazón tenía memoria y estaba rebalsado de amor justo como en la primera vez. Vio en la desnudez de Videl una belleza atemporal, eterna. Ella era una diosa y él se sentía el hombre más afortunado del mundo, justo como a los diecisiete años, como si fuera un adolescente…
Y él lo recordaba también. El cuerpo de Videl desnudo, convulsionándose. Los senos rosados por tantos besos, así como la boca, así como los párpados y el cuello y las manos y la cintura donde tanto amaba marcar sus dedos. Y él, tocándose con sus adolescentes manos, la veía al evocarla. Videl, dorada como una estatua, brillante y perfecta, decía su nombre.
Trunks.
Y lo gemía.
Y lo gritaba fuerte, tan fuerte que sus jadeos de placer se perdían en el tiempo, en el espacio, en la mera contemplación.
Trunks no se daba cuenta de que gemía demasiado fuerte considerando que no vivía solo, de que eran sus manos quienes provocaban ese placer extremo, de que ella no estaba allí.
Trunks veía lo que sentía, y lo que sentía era a la Videl dorada, perfecta…
La Videl de la primera vez, inmaculada, sin defectos en su cuerpo, ese que era una tela blanca con pliegues suaves, uniformes. Quería hacerle el amor, lo supo al verla desvestida, sólo con las bragas puestas. Quería quitárselas despacio, muy despacio, y tumbarla en la cama y abrigarla con su cuerpo. Entrar, salir, escucharla jadear suavemente, cada vez más fuerte, cada vez más rápido. Quería que gritara, no su nombre, sí «mi amor».
Al verla ponerse el camisón, la desolación cayó sobre él.
Era su mujer desde el primer beso que se habían dado, a escondidas en el templo de Kamisama luego de la derrota de Majin Buu. Era su mujer y la amaba más de lo que podía soportar. Y sin embargo ella era un espíritu. Se desoló al entender que ya no tenía derecho a tocarla, a que ya no podía acceder a ella con la naturalidad de saberla suya y saberse de ella. No podía acercársele, desnudarla y amarla con intensidad; podía mirarla, nada más.
No tenía derecho sobre Videl.
Suspiró fuerte, tanto que Videl, quieta y de espaldas a él, se estremeció. Ella había esperado ese momento todo el día, acostarse junto a él y decírselo: Gohan, se terminó. Ya no siento lo mismo, ya no soy feliz aquí.
Llegó la hora de separarnos.
Pero al escucharlo suspirar de esa forma tan sentida supo que no podía, que no tenía coraje ni fuerzas para abandonarlo. ¿Por qué? ¡Tenía que hacerlo, era lo mejor! Lo mejor, sí.
Se acostó a su lado. Sentados bajo las mismas sábanas, que tapaban la mitad de sus cuerpos, lo dijo:
—Gohan, yo…
Él, al saber qué le diría, despertó en su interior la misma convicción de las más cruentas batallas, esa que su mamá tenía siempre estampada en el rostro. Era la convicción del Gohan que dormía en su interior, esperando el momento propicio para despertar; era el carácter de Gohan en su máximo esplendor. Tomó la canasta, sacó la caja y se la dejó en el regazo.
—Para ti —dijo.
El silencio imperó y también la quietud. Videl acarició la caja de cartón forrada con papel dorado y se transportó en el tiempo. No se dio cuenta, pero sonrió. Al notar la sonrisa, Gohan se sintió un centímetro más cerca de ella. La sensación lo alivió un poco.
—¿Recuerdas? —preguntó Gohan.
Videl contuvo el llanto.
—Sí…
—Ábrela, por favor.
Videl lo hizo, y allí estaban, a los diecisiete años, bajo las estrellas de Paoz. No había nadie en la casa; Goten estaba con Trunks en la Capital del Oeste y Goku y Chichi estaban en Kame House de visita. Era la oportunidad, la única, la última, de intimar por primera vez. Por eso, Gohan la había invitado a comer bajo las estrellas, como sus padres lo hacían con él de pequeño. Como obsequio, Gohan le había dado una caja casi idéntica a esa. Eran unos bombones de chocolate caseros, preparados por Chichi. Eran, desde ese día, los bombones favoritos de Videl.
Al verlos, ella se desmoronó. La lengua ya no pudo decir lo que se suponía que debía decir. Justo como le había pasado ante Trunks: ya no dijo nada más.
—Anda, pruébalos. De seguro están deliciosos.
Al escucharlo, Videl lloró con todas sus fuerzas. Se cubrió el rostro con las manos y se dejó hacer cuando Gohan la abrazó y la besó en la frente. Él, que al fin sabía qué debía hacer para recuperar el derecho sobre su mujer, la acunó dulcemente.
—Gohan…
Debía hacerla recordar.
—Shh… No digas nada, dejémoslo así por hoy.
Sin voluntad, destrozada por todo el dolor que la llenaba, Videl asintió. No podía hablar, no ahora. No tenía manera de hacerlo. Se limitó a llorar y llorar, hasta que la cabeza terminó por adolecerle. Cuando las lágrimas se terminaron y ya nada más que el dolor quedaba de ella, Gohan tomó un bombón de la caja y se lo ofreció, igual que a los diecisiete años.
—Toma —susurró rebalsado de amor.
Videl dejó que Gohan le diera el bombón en la boca. Lo saboreó, y el chocolate la transportó en el tiempo una vez más. Después de ingerirlo, sin mirar ni un segundo a los ojos a su marido, dijo lo que necesitaba decir, la única palabra que era capaz de pronunciar, la única que existía en su vocabulario:
—Perdóname…
Gohan limpió sus lágrimas con una atención conmovedora.
—No. Tú perdóname a mí.
Él la abrazó. Videl se dejó acunar por él y no dijo nada más. Pero su corazón sí habló, lo hizo en su interior: perdona tú, que tienes por esposa a una traidora.
A una infiel.
Videl se durmió en brazos de Gohan. Cuando él notó que ella dormía, llevó los bombones al refrigerador. De vuelta en la cama, se echó junto a ella y la contempló hasta dormirse también, convencido. Sabía el camino y no le importaba cuántos kilómetros le faltaran para alcanzarla. Estaba convencido de intentarlo. ¡No iba a dejar las cosas así, sus errores destrozados en el suelo! Iba a luchar por Videl, a hacerle recordar cuánto se habían amado una vez.
Cuando ella despertó en plena madrugada, le dio la espalda. Gohan no merecía leer la mentira que se hallaba en sus ojos, en sus facciones deformadas por la tristeza. Él merecía algo mejor. Ese detalle había sido maravilloso, ¿cómo negarlo? Pero el problema era ese, que ella no se lo merecía. Triste, tomó el móvil sólo para ver la hora.
Encontró mucho más.
No puedo dormir, no dejo de pensar en ti y en cómo estarás. Te besaría hasta morirme, Videl…
Lloró silenciosamente al ver el mensaje enviado hacía menos de media hora, alrededor de las tres y cuarto de la mañana. Lloró y, así como Trunks y a diferencia de Gohan, no pudo dormir más. En lugar de dormir, pensó, evocó. La caricia mientras ella fingía dormir, la sensación de los párpados transparentes, la ternura de la caricia…
El amor.
A la mañana siguiente, rutina. Pan iba a un colegio en Satán City, cerca del hospital donde Gohan trabajaba, cerca de la universidad donde Gohan buscaba una nueva maestría para su colección de diplomas. Él llevaba a la niña. Por lo general, Goku la buscaba al mediodía, Pan comía con su mamá y luego iba con su abuelo, que se la llevaba a entrenar hasta la tarde.
Decidida a no pensar, Videl buscó estar lo más ocupada posible: para empezar, preparó un asombroso desayuno para los dos saiyajin con los que vivía. Cuando se marcharon y después de un beso en la mejilla que Gohan le dio y que amenazó con derrumbarla, se apuró: lavó ropa, la tendió en el jardín, barrió toda la casa, limpió los vidrios de las ventanas, cambió todas las sábanas y preparó un exquisito almuerzo. Cocinó en tal cantidad que Goku aceptó ayudar a devorar. Pan y él comieron y se marcharon a las montañas, donde abuelo y nieta solían entrenar.
Y la soledad, de nuevo.
Había hecho tantas cosas y tan rápido que ya no tenía nada por hacer; estaba exhausta y vacía de ideas, llena de culpa y frustración. Caminó por la casa con la misma sensación que la acechaba en el departamento esos días de alejamiento: no pienses, no hagas nada. ¡No pienses en eso, en él, en Gohan, en…!
No pienses en esa caricia.
Frenó junto al sofá y se dejó caer sin más, derruida su mente, casi tanto como el corazón. Gohan y ella, sacando lo de la cama, prácticamente no habían hablado. ¿Pan lo notaría? Esperaba que no. Delante de ella, al desayunar y al cenar, había disimulado lo mejor posible, había charlado sonriendo, a Pan sinceramente; a Gohan no. No lo toleraba, no soportaba tenerlo cerca. ¡Y Gohan era tan maravilloso! ¡No merecía sufrir por ella! Pero no era por él, no lo despreciaba por él en sí; lo despreciaba porque Gohan era el recordatorio de que todo cuanto había hecho en las últimas semanas era el peor de los errores.
Y se sentía sola.
Y no soportaba más la presencia de Trunks hacia el fondo de sus pensamientos.
No era ciega. Gohan se veía triste, quizá tan triste como ella lucía sin desearlo. Ella, que se suponía que era fuerte.
Que ya no lo era en absoluto.
Vio el móvil sobre la mesa. Lo tenía silenciado desde su llegada a Paoz. De pronto, al vislumbrarlo, sintió cómo la piel tiraba de ella, cómo era atraída por el móvil, cómo la amenazaba con despegarse de ella y dejarla en carne viva. La desesperación la subyugó, y tomó el móvil y releyó el mensaje enviado a las tres de la mañana. Respondió:
Estoy bien, muchas gracias por preocuparte por mí.
En su corazón, agregó algo más: estoy mal, Trunks.
—Te necesito… —susurró.
Escondido detrás de una mesa, en el laboratorio familiar, Trunks leyó el mensaje unos segundos después. Al leerlo, pensó en todo lo que deseaba decir: te amo. ¡Deja a Gohan! ¡Déjalo y yo te haré feliz! ¡Porque por ti haré todo! ¡Maduraré! ¡Creceré! ¡Me convertiré en el hombre que te mereces!
Porque te besaría hasta morir, Videl.
Porque no voy a tolerar separarme de ti.
Agitado, respondió:
Te necesito.
Obnubilada, conmovida por cómo Trunks parecía leerle la mente, sin convicción ni fuerzas y amenazada por su propia piel, Videl lo dijo:
Yo también.
Sin aire, Trunks se levantó de un tirón. Corrió hacia su madre: mamá, volveré en un par de horas. ¡Trunks, estamos atrasados con los modelos de la próxima temporada! ¡Lo sé! ¡Tranquila! Volveré y trabajaré hasta medianoche si es necesario, te lo juro.
—¿A dónde vas, Trunks?
Él no volteó. Continuó dándole la espalda a su madre. Porque si ella lo miraba a los ojos lo descubriría todo.
—Un amigo me necesita…
—¿Qué amigo?
—Uno…
—¿Trunks?
Y, sin más capacidad de mentir, de razonar, de concebir en su mundo algo que no fuera Videl, salió disparado de la casa. En el patio, levantó vuelo hacia Paoz. Incluso se transformó en Súper Saiyajin para ir más rápido. Media hora después, estaba allí. Aterrizó en el bosque, detrás de la casa de Videl. Escribió.
En su casa, Videl, que seguía abúlica en el sofá, conteniendo a su piel al apretarse el rostro con los dedos, recibió el mensaje:
Estoy en el bosque.
Impresionada por ver hasta dónde había llegado él por ella, necesitada de él y de su intensidad adolescente por más que nunca fuera capaz de reconocerlo, creyendo que él era una suerte de mago y que tenía la capacidad de leerle el pensamiento con pasmosa facilidad, salió de la casa.
Faltaban alrededor de tres horas para que Pan y Goku volvieran; unas cinco para el retorno de Gohan. Videl corrió sin energías, llevada por el viento, por la piel que la amenazaba e iba hacia el imán que la atraía, un espectro perdido en el verde puro de Paoz. Corrió llorando, temblando, maldiciéndose. ¿Y si alguien siente su presencia? ¿Y si piensan que está con Goten y notan que no y lo buscan para saber qué ha ocurrido? ¿Y si nos ven? ¿Y si alguien se entera?
¿Y si Gohan lo lastima por mi culpa…?
Sin tener idea de dónde estaba, atrapada en la profundidad del bosque como también lo estaba en la pasión y la culpa, se detuvo a respirar contra la corteza de un árbol. Unos inmensos universos azules la miraron a los ojos, al tiempo que unas manos sujetaban con confianza, con amor, su cintura.
—Videl… —susurró Trunks. La voz estaba tomada. Trémula, denotaba desesperación—. Ya no aguantaba más…
—Esto es un error, Trunks —dijo ella con el mismo tono de voz, trémula toda ella, trémulo todo él. Y las mismas palabras, otra vez.
—No me importa, no puedo más. —Besó el cuello—. Quería verte, quería…
»Tocarte…
»Quería estar contigo…
Ella suspiró su nombre. Trunks sintió cómo se le inflaba el pecho al escucharla. Lo siguiente sucedió fácilmente, porque los dos lo deseaban, porque ya no había forma de contenerse. Videl sólo tuvo que dejarse cuando Trunks la tomó en sus brazos y brincó hacia la rama más alta del árbol. Sentado contra la corteza y ella delante de él, de espaldas a él, Trunks se aferró a la cintura. Besó la nuca, refregó el rostro contra los hombros, puso a actuar sus manos.
—Videl… —suspiró.
Ella oponía resistencia, como siempre. Sin embargo, no tenía forma de frenarlo: él ya la conocía, ya había memorizado cada reacción, cada temblor, cada cambio en el ritmo de la respiración de Videl. Sabía cómo convencerla de recibirlo. Decidido, sin dejar de besar la nuca, él bajó sus manos en una intensa caricia hacia el bajo vientre. Buscó el borde de la blusa que llevaba y se escabulló debajo. Ascendió hasta los pechos, los capturó, los masajeó con ganas y con una experiencia notoria, de la manera exacta, justo como a ella le gustaba. Era asombroso: Trunks ya la conocía lo suficiente.
Ya sabía cómo hacer magia sobre ella.
Videl dejó de resistirse. Sujetó las caderas de él y las apretó. Trunks jadeó y ella también. Sin dejar de masajearle los pechos, una de sus manos bajó. Se perdió debajo de las calzas y la ropa interior, se pegó a la intimidad de Videl, la acarició con toda la palma y luego con el dedo corazón.
—¡No…! —jadeó ella, y después suspiró el nombre un millón de veces. Trunks, Trunks, Trunks.
Él sabía cómo hacerlo, cómo tocarla, cómo hacerla gozar apropiadamente. No se había limitado a gozar junto a ella: había aprendido de su placer. Sabía que no debía tocar directamente su punto más sensible porque a ella le era intolerable, sabía que debía acariciar alrededor, con suavidad y rapidez. Sabía que ella adoraba que le tocaran los pechos y que sentir el aliento de él en su nuca la enloquecía.
Tocó, lo hizo mirándola a los ojos, enamorado de ella como nunca antes. No había retorno: la amaba como jamás volvería a hacerlo.
—Sé que me quieres, que te importo y que estás conmigo porque soy especial para ti, pero sé que no sientes por mí lo que sientes por ella, Trunks —dirá Mai en el futuro, de espaldas a él, al llanto de él.
»A ella la amas con una desesperación que nunca te he sentido hacia mí.
»Que nunca te he sentido hacia nada.
La amaba porque era una diosa y él un súbdito orgulloso de servirle. Como si ella fuera la única en el universo. Y lo era.
Cuando ella estaba a punto de llegar, él la besó. Dotó, sin saberlo, del «no sé qué» al beso, un «no sé qué» que fascinaba a Videl como ninguna otra cosa. Ella llegó y gimió en la boca de él todo su placer. Quietos sobre la rama, se abrigaron en un fuerte abrazo. Trunks la acunó y ella se vio a sí misma la noche anterior, en la cama junto a su marido.
—Debes irte, ahora… —dijo ella. No había convicción en su voz.
No quería que él se fuera.
—¿Cuándo puedo verte?
No quería separarse de él.
—No lo sé…
No quería a Gohan.
—¿Mañana?
No quería nada más.
—Trunks…
Él sonrió. Había algo pícaro en su gesto. Pícaro, tierno, relajado. Había juventud.
—Mañana al atardecer, en el balcón del departamento. Estaré ahí mañana y todos los días, iré a esperarte siempre, Videl. Cuando quieras, siempre que puedas, ven…
»Y yo te haré feliz.
Esa misma noche, Gohan le llevó un bombón a la cama. Videl lo comió de su mano y, llevada por él, se dejó acunar en un tierno abrazo, el mismo de Trunks, el mismo del propio Gohan la noche anterior. A la mañana siguiente rompió la rutina: Gohan, me inscribí en un gimnasio en Satán City, cerca de la mansión de papá. Iré por las tardes. Todo lo dijo sin mirarlo ni un instante a los ojos. Él se alegró de que ella no se quedara encerrada en la casa. Era un buen síntoma.
Era pura evasión.
A veces, el ser sólo necesita evadir. Finge una felicidad que no siente, actúa por inercia ante todo y todos, se desconecta de la realidad para no pensar, para no experimentar nunca más el sufrimiento. El ser se comporta como un cobarde porque necesita dejar de sufrir, porque ya no desea experimentar dolor. Huye; el ser huye a toda velocidad de los problemas y lastima, en su trayecto, a las almas que intentan sujetarlo. El ser se equivoca.
Todos lo hacemos.
Videl huyó de Gohan. Él podía hacerla feliz, él podía recordarle cuánto la amaba y cuán feliz podía ser en sus brazos. Gohan podía recordarle que era él el amor de su vida; ella no quería que se lo recordara.
Videl quería huir.
Quería huir porque quería a Trunks.
Quería huir porque no quería soltar a Gohan, tampoco. No tenía agallas para ello.
—Ella no podía, Mai. No podía dejar a su marido…
»Ni por mí no por nadie podía.
Las siguientes cuatro semanas, sacando los sábados y domingos, Trunks esperó a Videl en el balcón del departamento cada atardecer. Lo hizo siempre, sin faltar ni un solo día. Y cada vez fue igual e incluso mejor: se abrazaban, se besaban y caían al suelo, apasionados. Y él se lo hacía como si no hubiera un mañana y ella desconectaba todo en su interior, menos la capacidad de gozar. Los cables se cortaban y ya nada dolía. Gritaba, lo hacía bajo el dorado de las luces, del azul de los universos. Debajo, encima, de lado, arriba, abajo, lo que fuere; ella gozaba y todo, menos Trunks, desaparecía.
En principio, él era el proveedor de placer, el muchacho-anestesia. Once años después, él continuará pensando que a eso se limitaba su rol en la vida de Videl: era su consuelo, su desahogo. Nada más veía piel en mí.
Y no.
Él no lo sabía aún, pero llegó un punto, en esas alocadas semanas de sudor, gritos y pasión, donde Videl vio más.
Ella lo supo a la cuarta semana. ¡Cuán obvio había sido y cuán cobarde había sido ella, al punto de negarse a reconocerlo! Gohan se esforzaba por reconquistarla y creía que lo lograba con detalles, abrazos y caricias, porque veía en ella más vigor, más vida, más color. La veía más feliz, bella y tranquila. Ya nunca había llorado ante él. Sin embargo, no.
No era por Gohan.
Era por Trunks.
Los amantes estaban en la cama. Lo habían hecho hacía diez minutos. Trunks descansaba sobre los pechos de Videl. Era feliz. De repente entendió que él era muy feliz así, sobre ella, aferrado a ella más que a la vida. Cerró los ojos y disfrutó la sensación de felicidad todo lo que pudo, deseando congelar el tiempo y que esa quietud jamás se terminara. Ella percibió la respiración apacible de él y, pensando que estaba profundamente dormido, con la naturalidad de una novia, lo hizo: peinó el cabello de Trunks con los dedos. La quietud compartida con él también la hacía feliz.
Demasiado feliz.
Trunks sintió cómo el corazón de Videl le martillaba los oídos. Era como el ronroneo de un gato, una vibración acogedora, sanadora. Once años después, recordará ese instante como el más maravilloso de su vida, el de la felicidad perpetua. Y no, porque el instante se magnificó aún más cuando Videl, que continuaba peinándolo con ternura, suspiró las más inesperadas palabras:
—Mi amor…
Al escucharla, los ojos de Trunks se abrieron de par en par. ¿«Mi amor»? ¿Acaso eso…?
¿Acaso ella…?
Cerró los ojos y dejó que la felicidad lo violara. Abúsame, no me importa nada, ¡no me interesa! Quieto, se dejó acariciar sin más. Que ella lo llamara así significaba más, mucho más de lo que imaginaba. Para él, era algo hermoso, la primera gran demostración de cariño que ella había tenido para con él desde que habían comenzado a verse a escondidas. Para ella, era el sello inconsciente.
Él la amaba, y ella, aunque aún no era capaz de admitirlo, empezaba a amarlo también.
Y ese instante, pese a cuán inmaculado era, a cuánta felicidad significaba, no era más que el principio del fin.
—No es falta de agallas —dirá él—; es falta de derecho.
»No tengo derecho a luchar por ella, Mai.
»Porque ya es tarde…
»Porque fue lo que yo elegí.
~Continuará
Nota final XI
Mil gracias por leer, ante todo. ¡Gracias!
Le hice una pequeña referencia a Triángulo porque eso de «ver lo que se siente» es algo en lo que creo casi obstinadamente.
Me percaté de que, técnicamente, Goku debería estar entrenando a Oob. o.o Emmm… XD Perdón por el error. Vamos a suponer que él volvió unos meses después y ya. ¡Ah! Me da coraje equivocarme, mil disculpas.
Admito que me había puesto un poco triste la baja de reviews, no porque los reviews lo sean todo y una escriba para recibirlos, pero dan ánimos, y me tenía triste haber perdido algunos lectores. Sin embargo, cada review que recibió el capítulo anterior fue maravilloso. Me dejaron sin aliento, ¿saben? No puedo dejar de decirles GRACIAS por la calidad de los reviews, por tomarse un momento para leer y comentar desde las sensaciones. ¡Gracias! Uds. todo lo valen y voy a esforzarme no sólo por mí y mi pasión a la hora de escribir esto, sino también para merecer por lo menos un poco de todo lo maravilloso que me dicen. Por eso, gracias eternas a LDGV, Dev, Zary, Skipper1, Maggie y Luli por tanto. ¡Mil millones de gracias! Prometo esforzarme al máximo para que el final de Química sea digno de tan maravillosos lectores. Mil gracias a todos.
De corazón.
Me faltó responder un par. Prometo hacerlo a la brevedad.
Les recomiendo muchísimo Bedshaped de Keane. Es una hermosa canción que, pienso, de alguna manera se ajusta a esta situación. Me hizo una fabulosa compañía mientras corregía.
Espero actualizar lo más pronto posible. Prometo esforzarme. Intentaré que sea antes de navidad. ¡Gracias por todo y más! ¡Gracias por permitirme compartirles esto!
Nos leemos. n.n
Dragon Ball © Akira Toriyama
