Ella hace un gesto.

—No deberías fumar.

Él no necesita una explicación.

La piel nunca, jamás, olvida.

La piel no olvida, porque la piel, a diferencia de la mente, siente.

Escalofríos, calor.

La piel arde, se congela, se disuelve.

La piel siente porque la piel sufre.

Adolece, disfruta, se emociona.

La piel sabe cuándo el ser al que encierra es feliz.


QUÍMICA


—una cuestión de piel—

XII


Qué simple parece la vida cuando somos felices. Al contemplar al mundo, sólo vemos luz, sólo escuchamos violines, sólo sentimos calor. La boca duele cuando se es feliz, lo hace porque está entornando una utopía. La boca duele porque el ser no está, nunca, diseñado para ser feliz.

¿Cómo perpetuar la sonrisa en nuestras bocas, si la felicidad no es un estado permanente, sino un cúmulo de sensaciones placenteras acaecidas en momentos específicos? Momentos, momentos efímeros que a veces duran días, a veces minutos, a veces segundos. Momentos que, aunque efímeros, saben perpetuarse en la matriz misma del ser, en el centro de su alma, incluso de su cuerpo, incluso de su corazón.

Pero el momento termina, como la vida lo hace.

El momento nunca dura para siempre.

Trunks y Videl, en la cama, desnudos. Trunks y Videl abrazados luego del placer alcanzado al mismo tiempo. En ese instante, fueron felices. Lejos de ellos quedaron los detalles, los terceros, los inconvenientes de su unión. Abrazados y desnudos, fueron felices un maravilloso instante. Ella dijo «mi amor»; él se dejó violar por la felicidad.

Él lo arruinó todo.


—¿Sabes cómo lo arruiné? ¿Sabes por qué? —le preguntará a su mujer, aún de espaldas a ella.

—No —responderá Mai, seria.

—Porque la harté, ¿recuerdas? La harté con mi intensidad, Mai.

»La harté por ser un maldito adolescente que nada del mundo, absolutamente nada, comprendía.

»Por arruinarlo todo con mi inmadurez, por eso la perdí.


En brazos de ella, él sintió una energía surgirle del centro de su alma. La energía pareció electrificarlo, provocarle una deliciosa mezcla de dolor y placer. Se agitó, los dedos de Videl peinándolo aún. Se odió por interrumpirla, pero lo hizo al levantarse, al mirarla a los ojos. Se conectaron; la luz dorada, tan amada, tan odiada, tan atesorada, los iluminó mejor que nunca. Los ojos de Trunks se abrieron en demasía; los de Videl lo siguieron. Se agitó y ella también lo hizo; se emocionó y ella también. Contempló el cuerpo y escuchó un tecleo en su cerebro, ¿era producto de la locura? Se le escribían poesías, se le tatuaban en la piel. Era ella, que lo marcaba entero, que inspiraba esas letras que se plasmaban en él.

Sólo en él.

En ese preciso momento, mágica la felicidad que juntos engendraban en su desnuda intimidad, algo se quebró dentro de él. Adoleció: no me ama. No le importo. Sólo soy anestesia flotando en el aire, anestesia que ella goza respirar. Goza, no ama. Goza, pero yo la amo.

¿Y de qué sirve todo esto, estos encuentros, esta relación, si ella jamás sentirá lo mismo?

Se lo dijo: la amo. La amo tanto que podría cometer una locura, cualquier cosa que sea necesaria para mantenerla a mi lado, para clavarla a mi cuerpo y no dejarla ir. Nunca, no dejarla ir nunca.

Quiero que sea mía. Mía y de nadie más. Quiero que me pertenezca, que nadie tenga derecho a ella, sólo yo.

Quiero que me ame.

Quiero amarla.

Quiero...

Se arrodilló. Seducida, hipnotizada, ella se dejó hacer cuando él le abrió lentamente las piernas, cuando se posicionó sobre ella, cuando clavó un codo a cada lado de ella. Los mechones de cabello lila, esos que él siempre llevaba sobre su frente, bailaron sobre la frente de ella, y ella, por la mera caricia del cabello contra su piel, se perdió. Los ojos de Trunks eran como un túnel en el cual era fácil perderse. Un tubo oscuro de paredes azules en el cuál perderse no sólo era fácil, sino también imperativo. Cuánta vida, cuánto carácter, cuánta juventud había en esos ojos. Ella, al perderse en él, lo asimilaba. Se sentía la del pasado, la joven siempre rebelde, siempre distinta. Perdiéndose en él, se sentía ella.

¿Ella?

Se sacudió, ella, al dudar por primera vez. Fue el principio del fin. El lapso de felicidad, como todos los lapsos ocurridos en todas las almas, terminó.

—Videl...

Al escucharlo, ella se sobresaltó. Instintivamente, soltó el cabello de Trunks, que hacía un momento había vuelto a sujetar, para peinarlo, para mimarlo, para sentirlo entre sus dedos, suave y tierno, dulce como todo ese adolescente lo era. Sin dejar de mirarse ni un maldito instante, quietos el uno sobre el otro, ella habló, preguntó:

—¿Qué?

Sintieron los latidos de sus corazones, acompasados, entonando la más dulce de las melodías. El instante pasó de feliz a irreal, a insoportable. Era como llegar al placer, como alcanzar el clímax más intenso. Sus cuerpos no estaban unidos y, sin embargo, sí lo estaban. Estaban gozando, llegando; se estaban moviendo el uno contra el otro a máxima velocidad. Estaban acelerando, sin vértigo; aceleraban a la locura unidos, dispuestos a todo, a demasiado.

Necesitaban alejarse de lo posible en pos de alcanzar una realidad distinta. Una donde lo que entre ellos sucedía pudiera suceder de verdad.

Y ese sitio no existía.

Saberlo fue el drama que se instaló entre los dos; la despedida debía acontecer.

—¿Puedo...?

—Sí...

Un segundo, y él estaba unido a ella, en lo más profundo de ella. Se movió despacio aunque intensamente. Pegó su boca a la oreja de ella y le habló en susurros. ¿Así? ¿Te gusta así? ¿O mejor así? Pídeme lo que quieras, haré lo que me pidas. ¡Lo haré! El techo del cuarto, dorado como ella, como él y como el mundo, dio vueltas sobre Videl, viró y viró sin parar, cada vez más rápido, de forma más confusa. Sintió que caía, que se hundía en sí misma.

¿En sí misma?

Gritó el nombre de Trunks, lo gritó y clavó sus uñas en él, desesperada. ¡Se hundía! ¡Se hundía y todo en ella se extinguía! Todo menos la capacidad de su cuerpo de gozar, la capacidad de su corazón de latir. Latió entera contra él, deliró viendo cómo el cuarto viraba y sus piernas también y los mechones de cabello lila también. Y él hablaba, repetía. ¿Te gusta, te agrada? Dímelo, dime que te gusta. La jadeante voz del adolescente se escuchaba como un eco que corrompía la razón de esa mujer. ¿Qué clase de sueño era este, qué significaba esa locura? Era un viaje provocado por una poderosa droga, la de gritar en brazos de Trunks; gritar como lo hizo en ese instante, con todas sus fuerzas. Eran las respuestas a las preguntas, las exclamaciones, los no, los sí, el girar de sus piernas y la destrucción de todo lo que había conocido.


—Fue la última vez que lo hicimos —dirá él, sollozando—. La última... —Y se tapará la boca y jadeará de dolor, y Mai lo volteará, y ambos caerán al suelo, y ella lo abrazará a él. Y él lo repetirá, lo hará hasta el fin—: la última... La que me hizo arruinarlo todo...

»La culpable de mi estupidez...


—Oh, Videl, Videl... ¡Videl...!

Lloraba y gozaba y repetía mil veces lo mismo, al borde, a punto, el ímpetu a mil kilómetros por hora. Ella, mientras tanto, deliraba con el virar del techo y el eco que no resonaba en sus oídos, sino en su corazón. La desesperación de él y de ella se unió en un único lamento. En medio del goce más extremo, se manifestaron los sentires esenciales. Se quebraron al mismo tiempo, los ojos desnudos así como los cuerpos.

—Me fascinas...

—Trunks... No...

Empujó los hombros de él, como intentando desprenderlo de ella, como tratando de lograr lo imposible: olvidarlo, dejarlo, apartarlo de su cuerpo así como de su corazón.

¿...De su corazón?

—Eres tan bella… —farfulló él, sin embargo—, ¡me vuelves loco...! Tanto que de sólo pensar en que esto se termine... ¡Tanto que...! ¡VIDEL...!

Ella apretó los hombros de él, resignada. Un destello de realidad la domó. Fue tan intenso, tan vapuleador el destello, que clavó sus uñas en los hombros una vez más. Trunks se elevó, apoyó las manos a cada lado de ella y siseó de dolor al sentir la herida en su piel. En su piel, la misma que no olvidaría, que añoraría por siempre eso, esto, a ella y él, la luz dorada y el goce, a la anestesia respirada, a la mujer que nunca le iba a pertenecer.

—Terminará... —dijo ella, y lloró.

Los ojos penetraron en los ojos. Él también lloró.

—¡Pero no quiero! —afirmó él, poniendo a su voz el mismo ímpetu que a sus caderas, que se agitaron contra ella, entre las piernas, convulsionadas por la tempestad que los ojos celestes transmitían—. ¡QUIERO ESTAR CONTIGO!

Una lágrima cayó de él y rodó en la mejilla de ella. El líquido de los dos se fusionó sobre la piel de Videl, se convirtió en una única lágrima, la última. Un mal presagio, sin dudas.

Trunks cayó sobre ella. Violentado, la penetró con más fuerza de la indicada. Y ella gritó ante cada embestida, sobrecogida por el llanto de él, por el suyo propio, por esa fusión del sufrimiento emulando la del cuerpo y la del alma.

Estaban unidos y no lo estarían más.

—Videl... Yo...

Y terminó.

Se abrazaron fuertemente, manteniendo unidos sus cuerpos. Con el pasar de los segundos y contrario a como debiera ser, se agitaron más, se apretaron más. Los llenaba lo mismo, el miedo, el terror a tener que salir de ese cuarto dorado y enfrentar la realidad, esa que tanto les dolía, porque en la realidad esto que pasaba entre ellos no era ni sería jamás posible.

Nunca.

Se aferraron al otro, a los brazos del otro, al cuerpo del otro, a la mirada del otro. Lloraron, como sabiendo.

¿Sabían?


—Lo sabía —dirá él, con su mujer apretándolo en un abrazo similar, un abrazo que no se merecerá ni en un millón de años—. Por eso lo arruiné, Mai...

»Porque sabía que la iba a perder.


Trunks, disfrutando cada latido del corazón de Videl como si fuera el último que le escuchara en su vida, como si ella fuera un sueño y él estuviera a punto de despertar, violado su cuerpo, tembloroso por los martilleos del pecho de ella contra el pecho de él, lo dijo.

Lo arruinó.

—No me dejes nunca.

Y el momento, así, pasó. Adiós a la felicidad.

El cuerpo de Videl se tensó. Trunks sintió la repentina tensión y la hizo propia por causa del miedo. Pasaron así tensos segundos, aterrados por igual, enamorados por igual, perdidos por igual. Nunca iba a haber futuro. Y sin embargo, él lo reiteró:

—Por favor, te lo suplico... No me dejes nunca, Videl. ¡No me dejes nunca...! ¡Nunca...!

—Trunks, aguarda...

—¡NUNCA!

El grito pareció desintegrarlos, reducir a cenizas lo que tanto había ardido entre los dos. Trunks lloró como ella nunca había visto llorar a un hombre. Ella lo sujetó, confundida, aterrada.

—Tranquilo...

—Nunca, nunca...

—Trunks...

—¡No me dejes nunca! ¡Por favor...!

Ella entendió, entonces: no tenía respuesta a ese pedido. Ni respuesta buena ni respuesta mala. No había manera de responder, porque por más que ese chiquillo le provocara tantos sentires, tan intensos y genuinos, había alguien más, un tercero en la cama, un tercero en su interior, cuerpo, alma y corazón.

Gohan.

Gohan y el hecho de que algo en ella, un lado de ella que aún latía con razón y no con locura, aún deseaba aferrarse a él, a su marido, al indicado. Un lado de ella que sabía que no, que en la maqueta de su nueva vida no había un lugar destinado a Trunks. Porque era imposible, no había forma de lograrlo: por las familias, por el contacto, por los lazos que los ataban era imposible que estuvieran juntos.

Jamás podría suceder. Aunque él lo deseara, no.

Aunque ella lo deseara, tampoco.

Saberlo era sellar el fin, era entender cuán inútil era lo que pasaba entre los dos.

—Trunks...

—Nunca...

—¡Trunks, yo...!

—¡Nunca...!

Era viernes. No se verían hasta el lunes. Videl y Trunks lloraron juntos hasta que se hizo demasiado tarde. Videl salió disparada del departamento; Trunks no. Ella lamentó tener que dejarlo en ese estado, con el rostro rojo del llanto, tembloroso, destrozado; tuvo que irse, no obstante. Trunks lo sabía, por eso la dejó ir sin más, sin mirarla, sin besarla. La dejó ir y se quedó en el balcón, solo. Abrazó sus rodillas y se lamentó. Ojalá las cosas fueran distintas, ojalá los demás no existieran.

Ojalá no los conociéramos, ni tú ni yo.

Ojalá sólo existiéramos tú y yo...

Con un cigarro en la boca, contempló el cielo desde su posición. «Nunca», repitió.

Nunca iba a amarlo. Ella nunca iba a elegirlo. Era saberlo aquel puñal que, al final del último sexo, lo había herido de muerte.

Y había dado lugar a la locura.

Era inútil, sí. No había, en la vida, algo más inútil que su unión. ¿Para qué tomar un atajo, si éste no conduce a ninguna parte?


Cuando llegó a Paoz, estaba destruida. Se había duchado e incluso maquillado antes de volver, pues las huellas del llanto proferido aún imperaban en su rostro. Ni hablar de sus sentimientos; estos lloraban como locos, sin detenerse ni un instante. Ella no lo sabía aún, pero había llegado al límite.

Estaba a punto de despertar del ensueño.

Devastada, al límite física, mental y emocionalmente, al cerrar la puerta de la casa mientras ensayaba disculpas absurdas dignas de una novela de la tarde, de un hombre y no de una mujer, nunca esperó descubrir lo que la esperaba.

—¡Videl! Estaba por llamarte, ya es tarde.

Sus ojos se abrieron al máximo.

—Siempre que haces ejercicio te entretienes, lo sé, te conozco. Por eso no me preocupé.

Su boca se entreabrió.

—¿Te encuentras bien?

Las lágrimas le iluminaron los ojos.

—¿Te gusta, Videl?

El cuerpo se le lanzó hacia Gohan, y los ojos se cerraron y las lágrimas cayeron y la boca liberó jadeos de angustia y toda ella tembló, como hacía una hora, pero en los brazos de lo posible, no de lo imposible.

—Videl...

Oh, Videl, Videl...

—¿Te gusta, mi amor? Dejé a Pan con mis padres. Quería hacerlo antes pero...

Oh, Videl...

—El trabajo y... ¿Videl...?

Oh, Videl... No me dejes nunca. Nunca, nunca... ¡Nunca...!

—¡Gohan...!

No me dejes nunca...

—Es hermoso, Gohan...

¡No me dejes nunca...!

—¡Gracias, Gohan! ¡Gracias...!

Lo demás se apagó. Los jadeos asfixiados, trémulos de Trunks bajaron de volumen y, eventualmente, desaparecieron. Algo en su interior estaba cambiando, algo había sucedido, algo la estaba zamarreando y se proponía despertarla, ¿pero de qué? ¿Pero para qué? No entendía lo que pasaba, sólo que Gohan había llenado de velas la sala, que la sala era dorada y una mesa exquisitamente decorada los esperaba. Sólo sabía que Gohan comprendía que no estaban bien, que su relación no funcionaba, pero que también sabía cómo lograrlo, cómo conseguirlo: hacerla recordar era el camino para recuperarla.

¿Ella deseaba ser recuperada?

Pensó en cada pregunta que se había hecho en brazos de Trunks, las unió a esta última pregunta. ¿Qué era ese viento que la sacudía de un lado al otro de la habitación, que la atraía a uno y a otro, a la posibilidad y a la utopía, a los hechos y lo inalcanzable? Unas manos levantaron su rostro y unos ojos negros apuntaron a ella, dispararon.

—Videl...

El mero movimiento de los labios de su marido significó para Videl una suerte de hipnosis. De pronto, supo que moría por esos labios, que ansiaba esas manos, que necesitaba a ese hombre con cada fibra de su ser. Porque era Gohan, el de siempre, el eterno.

Y ella una traidora.

El viento que la movía de escena a escena, metafórico viento que simboliza la desesperación, desató su máximo potencial. Era la razón, intentando prevalecer. Era la locura, debilitada por causa del amor.

¿...Amor?

Gohan la besó, la apretó, la levantó en brazos y caminó hacia el cuarto de los dos, hacia la cama de los dos, hacia el recuerdo del amor que tanto los había desesperado alguna vez. Videl se movía sueños, tribulaba. El volumen del recuerdo equivocado la acechó de nuevo, mientras Gohan la lanzaba a la cama y la desnudaba velozmente, presuroso por complacerla, por amarla justo como ella, según él, lo merecía.

Y no.

Estaban en medio de la cama. Videl escuchaba dos voces, lo juraba. En su mente, Trunks le suplicaba: no me dejes, no me dejes, ¡no me dejes! Y los ojos de Gohan, de otros modos, con otro lenguaje, con otros motivos e iguales, también, pedía lo mismo: no me dejes, Videl. No me dejes nunca.

—Gohan...

Él arrojó esperanza sobre ella, arrojó convencimiento y súplicas, miedo.

—Eres hermosa, mi amor —dijo él, la voz quebrada. Pareció sorprendido por el sonido adolecido de su voz—. Siento mucho haberte descuidado, haber arriesgado nuestra relación...

No me dejes, decían las dos voces al mismo tiempo; no me dejes nunca, Videl. ¿Qué haré sin ti? ¿Qué será de mí? ¿Qué va a pasar si nos separamos?

¿Qué haremos sin ti, Videl?

—Videl, eres la más hermosa... ¡Siento tanto mi ausencia! ¡Nunca quise...! ¡Nunca...!

—Lo sé —balbuceó ella, destrozada. Cada mano tiraba en sentido contrario; su cuerpo estaba por quebrarse en dos—. No lo digas, por favor...

Él acarició su rostro con una mano, limpió las lágrimas, provocó todo con muy poco. Esa simple caricia la había estremecido hasta los huesos. ¿Cómo?

¿Por qué?

—¿Puedo, Videl...? —dijo Gohan en la realidad y Trunks en sus sueños—. ¿Puedo hacerte el amor...?

La acarició en un nuevo intento; una mano provocó una revolución entre sus pechos al deslizarse suavemente, amorosamente, apasionadamente. Qué admiración vio en los ojos negros de su marido, tan profundos como el sentir que profesaban. La amaba más que a su vida y, así como ella, necesitaba recordar. Muchos años de trabajo, estudios, ocupaciones, títulos y libros y obsesiones. Y él también había olvidado cuánto la amaba, hasta sentir que la perdía lo había olvidado por completo. Ahora, recordaba.

Y debía hacerla recordar.

A veces sucede, pasa entre dos seres que llevan años unidos: el amor se torna costumbre y la debilidad se esfuma. Pensamos que ya no hay peligros, que la relación es sólida y ya no hay vértigo. «Nadie nos separará», nos decimos. Pero no: si el amor no se transforma, si la desesperación no se manifiesta, no durará. Sólo quienes crecen juntos y cuidan del amor, sin acostumbrarse, sin dar nada por sentado, prosperan.

Sobreviven.

Ella no había respondido su pregunta. ¿Tenía derecho a hacerle el amor? Continuaba sintiéndola un fantasma. Desesperó al jurar que ella no estaba ahí, debajo de él, tan resplandeciente en su conmovedora desnudez. Aterrado, volvió a tocarla, depositó su mano en la curva de la cintura. ¿Era real? ¿Existía? ¿Le pertenecía tanto como él a ella?

—¿Puedo...?

La misma pregunta. La misma. Videl lloró, estremecida por la mano que estrechaba su cintura. ¿Qué clase de poder tienes? ¿Cómo logras esto?

¿Por qué lo logras ahora? ¿Por qué no antes...?

—Sí.

La sonrisa de él pareció inundar de luz la habitación, una luz blanca; la claridad. Entró, y Videl se retorció al sentirlo dentro de ella, tan cálido como siempre, tan dulce como siempre, tan único y experto en todo lo que se relacionara a ella. Experto, justamente; esa era la diferencia de todo cuanto sucedía, de la voz del adolescente en oposición a la voz del adulto: su marido la conocía de una forma detallada, obsesa, íntima hasta lo indecible. Gohan sabía todo de ella, de su cuerpo, de sus reacciones, de sus gustos y la forma en la cual amaba sentir placer.

Amaba. Amaba porque era el placer que sólo él le sabía dar el que hacía vibrar el cuerpo y el alma, uno al compás del otro, al mismo tiempo y con la misma intensidad.

Gohan recordaba; era hora de demostrarle cuánto lo hacía.

Era hora de recuperarla.

Se movió despacio, vehemente, de memoria sobre su mujer. Lo hizo como bien sabía hacerlo, como más lo disfrutaba: desatando, con cada movimiento, oleadas de placer infinito en ella, que se retorcía, que se elevaba y se dejaba caer sobre el colchón, y mantenía las manos cerca del cuello de él, sujeta a él como a la vida, a la relación de los dos. Elevando sus gritos, gozando sinceramente tanto del sexo como del amor, Videl entendió todo: Gohan siempre había tenido esa extraña capacidad de reconfortarla, de explorar, de encontrar en ella todas las debilidades y fortalezas. Nunca había sido egoísta en la cama; siempre había pensado en ella. Jamás en él. Era ella quien pensaba en él y era él quien pensaba en ella.

Con Trunks, ella pensaba en sí misma y él pensaba en los dos.

Jadeó el nombre de Gohan al sentir cómo él la sujetaba con sus inmensos brazos y la elevaba, y la posaba sobre él como a una delicada flor. Se miraron a los ojos, se estrecharon; el llanto estalló en ella a la par del placer.

Le fui infiel, se dijo.

Le fui infiel y, si se lo digo, me dejará.

—¡No me dejes nunca...! —gritó ella, enloquecida. Acababa de despertar del ensueño, de la pesadilla, de los ojos azules de su inexperto amante—. Nunca, Gohan...

»Nunca, mi amor...

Gohan lloró con ella al escucharla. La apretó con fuerza desmedida. «Mi amor»; era el llamado que más había deseado escuchar. Era saber, por primera vez en mucho tiempo, que ella aún le pertenecía. Lo hacía, sí, así como él le pertenecía a ella.

Para siempre.

¿Por qué antes no y ahora sí? Videl lo entendió: porque Gohan, al comprender que la perdía, había recordado sus sentimientos hacia ella. Al recordar, la inseguridad del principio de toda relación había vuelto, y con éste el miedo al inevitable final. Gohan había aprendido de sus errores y su amor se había reformado, revitalizado. Ahora, él sentía una nueva encarnación de sus sentimientos hacia Videl. Ahora, la amaba más. Porque a veces debemos sentir el vértigo, sumirnos en distintas clases de crisis en pos de entender qué es lo esencial para nuestras almas: cuando el miedo nos acecha recordamos que estamos vivos y que tenemos corazón, que sentimos y que no queremos perder lo que amamos.

A Videl.

A Videl y a nadie más.

—Nunca, Videl... —le juró entre besos al terminar, acunándola en los brazos, igual que en la adolescencia—. Nunca te voy a dejar...


Al amanecer, se levantó. Bajó a la sala y se lamentó por no haber comido con él, por haber desperdiciado esas velas que él había encendido para ella. Con una pequeña sonrisa, se dijo que, de todas formas, había valido la pena.

Estaba despierta, al fin.

Algo en Gohan la había hecho despertar. No habían sido las velas, tampoco el sexo; era algo más. El amor renovado, el sentir renacido. Gohan había reencarnado en su corazón. La había ido a despertar.

Pero no todo era felicidad.

Dos problemas. Uno se llamaba «infidelidad»; el otro, «Trunks». ¿Cómo se lo decía a Gohan? Porque se lo iba a tener que decir; estaba segura de no soportarlo por más tiempo. Gohan debía saber la verdad; si ella no la decía, jamás podría volver a mirarlo a los ojos de nuevo, no en paz consigo misma, no con naturalidad. Ni siquiera con amor.

Amor…

Se cubrió el rostro con una mano. Su mente era un pinball; los pensamientos se iban a un lado, se iban al otro; unos se mostraban y otros…, otros no. Creía ver todo con claridad, pero no; en cuanto viera a Trunks, la claridad que juraba ver ante ella, iluminada con blanco y no dorado, con los ojos de su marido y no con los de su amante, se desvanecería. La claridad se iría ante Trunks.

Por eso, lo primero que debía haber, le dijo su razón, era terminar con Trunks.

Bajo su mano, que aún la cubría, rio. ¿Terminar? ¿Y cuándo había empezado? Antes de Trunks, su vida amorosa consistía en Gohan, en la formalidad, en los títulos, los aniversarios; no locuras. Nunca arranques, nunca falta de razón, nunca algo como lo que había entre Trunks y ella: convulsión, desorden, ahínco, asfixia.

Amor…

Los dedos apretaron el rostro y toda ella se rindió. Para mantener la claridad debía huir de la oscuridad. La oscuridad empezaba en aquel túnel azul infinito y terminaba… ¿dónde? ¿Dónde, maldita sea?

¿En sí misma?

—Trunks…

En sí misma, sí.

Y debía cortar el lazo. Si quería mantener la luz blanca encendida, Gohan debía ser lo único que sus ojos miraran.

¿Pero cómo?

—El lunes —dijo de pronto.

El lunes, en el mismo lugar y a la misma hora que las últimas semanas, Trunks estaría ahí. Ella lo invitaría a pasar al viejo departamento de su padre y hablarían: se terminó, diría ella. Ya, Trunks. No podemos seguir. Mi marido primero, debo recuperar el tiempo perdido, debo hacer reencarnar mis sentimientos por él y dejarme de huir como si fuera una chiquilla cobarde con la que jamás quiero identificarme.

No debo permitir que me distraigas más.

Que me anestesies.

Que me hagas sentir algo que ya no tiene caso seguir.

Añorar a quienes fuimos es estúpido. Permanecer en el mismo reglón de nuestras historias significa estancarnos, no evolucionar. Videl, gracias a Trunks, al intenso y pasional Trunks, había retrocedido no sólo reglones, sino páginas enteras de su historia. Todo por alcanzar a una Videl que ya no era y que nunca más sería. Todo para recordar sensaciones que, a su edad, ya no tenía caso buscar. La adolescente estaba muerta; revivirla a través de Trunks había sido un error.

—Error…

Un error, sí. ¡Un error! ¡El peor error! Si tan sólo fuera posible borrarlo, arrancar esa hoja del libro de su vida. Si tan sólo bastara con arrancar, la vida sería más sencilla. Nunca podemos arrancar la hoja de algo que hicimos: sin una hoja, sin un error, la historia no sería la misma.

Al final, nada de lo que somos tendría sentido.

Por eso, no debía arrancar.

Debía cambiar el final, nada más. Terminar con Trunks, confesarse con Gohan y esforzarse para que el último, el único que no lo era por más que ella quisiera que sí, no la dejara nunca.

Jamás.

Para que Gohan no la arrancara del propio libro de su vida.


—Ese fin de semana fue el preludio del fin. Miraba la carta que le había escrito y algo parecía pronunciarse en mi cabeza, unas palabras que no era capaz de entender, ideas que no tenía idea de cómo llevar a cabo…

Mai masajeará sus hombros. En la cama, él recostado boca abajo, ella sentada junto a él. Mai masajeará sus hombros y lo dejará llorar, resignada, furiosa con su marido. ¿Para qué me lo contaste? ¿Con qué fin? No quería tanta sinceridad, no quería sentirme un reemplazo para un vacío que jamás podrás llenar.

No quería esto, Trunks.

Y es, ahora, lo único que tengo de ti: recuerdos, lágrimas y el saber que nunca fui para ti lo que ella fue.

Y sin embargo, masajeará los hombros, instará a Trunks a continuar.

—¿Y cómo fue? Me refiero al fin.

Masajeará un minuto, dos. Tres, cuatro, cinco. Masajeará y él, de un segundo al otro, lo relatará.

Tenso, lo hará:

—Fue horrible.


Llegado el lunes, ambos sabían la verdad, que ya no había futuro, no luego del «mi amor», no luego del «no me dejes nunca»; no luego de percibir cuán grande era el vínculo de los dos y cuán imposible e inútil, al mismo tiempo, resultaba. Era saber que lo que sentían no tenía futuro aquel mal presagio a punto de cumplirse: ¡no había manera! ¡No tenían cómo! Porque no era como las palabras que la carta que Trunks no le había dado ni le daría; no podían fingir que nadie los conocía ni pretender ser otras personas; no podían hacer que el mundo lo olvidara sin más, que ella había sido la esposa de Gohan y él el mejor amigo de su hermano, que eran prácticamente familia y desearse como lo hacían era el más imperdonable error. ¿Cómo hacerlo? ¿Cómo seguir, si no estaban destinados a ello?

No lo sabían aún, pero había una forma.


—¿A qué te refieres?

—A lo que pasó luego de nuestra última discusión. Pero no, aún no te lo diré. Déjame ir en orden, por favor…

»Al final, te lo diré.

»Si me atrevo, lo haré.


Al atardecer, Trunks prendió un cigarro en el balcón. Atisbó el cielo que cubría la totalidad de Ciudad Satán con el peor presentimiento en el pecho. Durante el fin de semana, no había dejado de sentirse miserable, de sufrir, de imaginar cómo sería la vida post Videl. ¿Cómo sería? Horrenda, gris, vacía, devastadora. La vida post Videl sería injusta, y la más justa de todas al mismo tiempo. Haberse metido así con ella y con Gohan merecía un castigo, no era gratuito; el castigo sería el sufrimiento que lo acecharía hasta el fin.


—Y así fue —dirá él once años después.

—Y así es —agregará Mai, masajeando la espalda de Trunks.


Pese a ser un chico valiente, fuerte, decidido, la idea de separarse de Videl lo reducía a nada. Nunca había sentido algo así, un amor tan gigante y tan insoportable. Era incontrolable, imposible de domar. Era un sentir que se le iba por los poros y se le incrementaba al hacerlo, de alguna forma mágica. Era el hechizo de un mago, una obsesión, no un sentir «normal».

«Normalidad», ¿qué era la normalidad? Desde la génesis de su historia con Videl que se lo preguntaba. Seguía sin respuesta. Su sentimiento por Videl nunca había sido «normal». Tal vez, nada en la vida lo era.

A lo mejor, no existe la «normalidad», sólo la pasión de cada ser, el desborde de cada persona, la obsesión de cada corazón. Y él era un anormal y Videl también y todo el universo también. A lo mejor, lo que sentía por Videl, por ser «anormal», era más verdadero.

Era el sentir definitivo.

La «normalidad» no existe, se dijo; es en los lunares donde está el encanto de las cosas. En su mera imperfección. En su locura.


—En el amor verdadero, el que está lejos del que nos «enseñan» a sentir.


La mente se lo detuvo cuando el momento tan anticipado, tan temido, se dio. Unos pies aterrizaron junto a él. Trunks tomó el cigarro de la boca con dos dedos de su mano izquierda, índice y corazón. Videl carraspeó. Llevaba una falda larga color gris, una camisa blanca, unas botas, un abrigo azul, un bolso sobre el hombro, el que le ayudaba a fingir que iba al gimnasio ante los ojos de Gohan.

—No deberías fumar —dijo Videl, seria.

Trunks sabía que ella odiaba el cigarrillo. Siendo Videl tan sana, tan atlética pese a los años que llevaba sin entrenar apropiadamente, él jamás fumaba ante ella. ¿Por qué ahora sí? Tal vez porque ya no tenía nada que perder. O quizá porque el cigarro lo relajaba y le permitía anestesiarse ante los miedos y el dolor. Como si eso, anestesiarse, le dejara algo en verdad.

Y no.

Trunks lanzó el cigarro por el balcón. El atardecer era, por su belleza, poético.

El momento había llegado.

De pie, uno ante el otro, se miraron los zapatos, los propios y los ajenos. Los dos sabían y ninguno era capaz de empezar. Videl, pensando en Gohan, en la claridad y en lo que debía hacer para atesorarlo en su vida, juntó el valor suficiente. Habló:

—Entremos —dijo. Apretó los párpados al sentir la severidad de su tono—. Tenemos que charlar, Trunks.

Él no fue capaz de mirarla. ¡Sentía que la odiaba! ¡Sentía que no la soportaba! Y la amaba, lo hacía más que nunca. La miró un momento, ella lo esquivó y él empezó a recibir el castigo: sintió que no tenía derecho a tocarla, que Videl estaba a mil kilómetros de él. Que Videl no le pertenecía.

Era un fantasma. Justo como Gohan lo había sentido.

El castigo. Era eso, sí.

Entraron. Videl encendió la luz dorada del velador de la sala. Se sentó en el sofá donde tantos roces se habían producido y él hizo lo propio junto a ella, a medio metro de ella, cada uno en una punta distinta del asiento. No fue hasta acomodarse que la luz los indujo: se miraron y la magia pareció amenazarlos una vez más. ¡Nunca habían entendido la naturaleza de su mortal atracción! Aquella magia que se produce cuando una persona es compatible con otra: ese era el motivo máximo, el quid de la cuestión. Era la química, aquella maga intentando unirlos de nuevo, las pieles pegadas y los sexos ardientes.

¿Era la química y nada más?

¿Era una cuestión de piel, realmente? ¿Había algo más allá de la piel?

El silencio se pronunció por una verdadera eternidad. Ninguno dijo nada. Parecían no respirar, incluso. Así como en el balcón, fue Videl, una Videl que se indujo a pensar en Gohan para armarse de valor, quien quebró el silencio con su trémula voz:

—Esto debe terminar.

¿Qué metáfora podía describirlo mejor? ¿Un Final Flash de su padre? ¿Una Genkidama de Gokuh? No: ninguna servía. Cuando Videl pronunció esas palabras, él supo que no estaba preparado para escucharlas, que el dolor que sentía no podía compararse al que un ataque físico podía provocar. No estaba preparado ni lo estaría, nunca.

Se había terminado.

Abrió la boca y amagó con decir algo, profirió un sonido sin forma ni sentido, como un lamento, el anuncio del dolor infligido, de cuánto dolía la sensación que lo embargaba. Videl sólo necesitó escuchar el intento fallido para proseguir:

—Porque esto es un error, Trunks.

No lloró, no tembló, no nada; era una estatua apoyada sobre el sofá, sin color, sin vida, sin nada más que la nada misma. Nada en absoluto. Videl no lo miró, no a los ojos; observó las rodillas de Trunks y vio cómo las manos de él no apretaban la ropa, cómo el cuerpo de Trunks no denotaba tensión. Entendió que él no iba a decir nada; ella debía seguir hablando.

—Estuve ciega, fuera de mí. Todo este tiempo, Trunks… —Mirar las rodillas, no notar vida, seguir—: fui injusta contigo, con Gohan y conmigo misma. ¡Fui injusta con los tres! Pero Gohan es mi esposo y debo seguir a su lado, quiero seguir a su lado… ¡Lo quiero tanto…! Y Pan, y la familia que formamos los tres… ¡NO PUEDO DEJARLA IR SIN MÁS…!

Nada de vida, ninguna reacción. Ningún valor para mirar a la cara a Trunks, por lo cual Videl siguió:

—En vez de enfrentar mis problemas, lo único que hice fue huir de ellos. ¡Huir, yo! ¡Yo no soy así! ¡Yo no huyo; yo enfrento las cosas…! ¡Pero es que…! ¡Ese día…! —Mirar las rodillas, no notar nada aún. Jurar ver palidez en la piel de las manos que ninguna fuerza ejercían. Seguir—: ¡CUANDO TOCASTE MI MANO, TRUNKS! ¡Yo no…! ¡Yo no pude…! ¡Me fui de mí misma, aún no logro explicármelo con propiedad! ¡Y cuando fuiste a buscarme al callejón me dejé llevar y…! ¡Trunks…!

Basta.

Sujetó las manos de Trunks con todas sus fuerzas. Le clavó las uñas al apretar en demasía, salió sangre de más de un punto, pero Trunks no reaccionó. Videl notó la frialdad de las manos y toda la piel. No lo soportaba: en esa piel, en la piel de él en contacto con la de ella, jamás había frío. ¡Y era horrible! Sentir ese frío fue la cosa más horrible de toda la situación.

Y de mucho, mucho más.

—¡TRUNKS, PERDÓNAME! —gritó hundiendo el rostro entre las manos frías, sujetándolas contra su rostro, suplicando por una última pizca de calor de la piel, esa piel, la única piel, contra la de ella—. ¡Fue mi culpa, lo fue ese día! ¡Porque cedí! Si no hubiera cedido… Todavía no había caído. ¡Estaba a tiempo de no cometer este maldito error...! ¡PORQUE TODO ESTO HA SIDO UN ERROR, TRUNKS! —Lágrimas saltaron de sus ojos, lágrimas que humedecieron, mas no calentaron, las manos de Trunks, que continuaba sin vida, suspendido, en trance, en shock—. Pero ahora entiendo que me equivoqué —agregó ella, las emociones a flor de piel—, que juzgué mal la situación, a ti, a mí y especialmente a Gohan. ¡Fui demasiado injusta con Gohan...! ¡Y de sólo pensar que cargaré con esta culpa para siempre, yo...! ¡No lo soporto! —Lloró más fuerte, demandó más vida; nada obtuvo de la piel que más añoraba en el mundo más que frialdad—. ¡Me volví loca, Trunks! ¡Perdóname! ¡ESTOY LOCA!

—Y amo que lo estés.

Al fin, los ojos chocaron en medio del espacio. Le bastó a Videl con ver la vacuidad total de la mirada de Trunks para soltar las manos y aferrarse al cuello, para lanzarse hacia la boca y besarla con toda su pasión, para dejar que su piel hiciera lo que su cerebro no deseaba en absoluto: perderse en el adolescente, no en el adulto.

Renunciar a Gohan, no a Trunks.

Necesitaba sentirlo una vez más, perderse, evadir, ¡adiós! Necesitaba a Trunks, sus besos, su cuerpo, su piel. La química que los domaba y a la cual no habían podido escapar. ¡La química! No quería nada más.

Pero tenía que renunciar. Por Gohan, por Pan.

Trunks volvió a la vida, lo hizo cuando las manos de ella se deslizaron por el rostro, cuando la boca se incrustó en su cuello, cuando el aliento de Videl, dulce, maravilloso, calentó su piel. La abrazó, la besó, le quitó la camisa y el arrancó el sostén. Besó sus pechos, luego su ombligo, y al final la volteó. Se perdió en la blancura de su espalda abrazado a su cintura.

—No puedo dejarte ir… —susurró entre besos, deslizando sus labios, luego su lengua, luego sus dientes en la espalda de Videl, esa que tan inmaculada le era, tan blanca y perfecta. Nunca la había marcado.

Nada deseaba más en el mundo que hacerlo.

—Tienes que dejarme… —dijo ella, sin renunciar a los besos, las caricias de la lengua, las de los dientes. Quería sentirlo.

Quería ser marcada por él.

—Videl… ¿Acaso no lo entiendes…? ¡Lo intenté! —farfulló respirando irregularmente, deshecho contra la espalda, conteniendo las ganas locas que tenía de morderla y dejarle una marca suya en su piel—. Me has gustado desde niño, desde siempre. ¡Evité, durante años, ir a Paoz! Lo evadí cuanto pude, pero cuando te vi… ¡Cuando te vi tan mal, yo…! ¡Yo no concibo la idea de verte mal! No quería esto, te lo juro… ¡Pero sí lo quería! ¡Pero lo necesito! ¡Te necesito a ti!

La mordió apenas. Videl jadeó, perdida entre la culpa, la alegría y la más desoladora tristeza.

—Mejor hubiera sido huir... —susurró ella, anulada por completo, a merced del adolescente.

—¿Huir? —dijo él. Le dolía la mandíbula, o eso creía, por contener la mordida final—. ¡Huir no sería propio de ti! Y tengo razón, Videl. Esto tenía que suceder: era inevitable y lo sabes tanto como yo. ¡No íbamos a aguantar! Yo no iba a aguantar… ¡Aguanté años, pero ya no podía más! Cada fiesta, cada vez que visitaba a Goten, cada ocasión en la que te veía… Te miraba y…


—Y me decía que era la mujer perfecta y que por nada hubiera dado más que por ser él, su esposo…

»Ese hombre afortunado al que, sin que se lo merezca, tanto desprecio.


—Te miraba y no sabía qué hacer. Me paralizaba. Me embrujabas, Videl. Te miraba y no podía soportarlo… Me iba, escapaba, te evadía.

Confundida, a punto de enloquecer del todo, entre el blanco y el dorado, atrapada toda ella, Videl indagó:

—¿Por qué lo hacías? —preguntó, sintiendo el resbalar de los dientes por su espalda, conteniendo la mordida que se morían por ejecutar—. ¿Por qué hasta ese punto? ¿Por qué no lo soportabas? —Pensó en cuanta mirada le había detectado a Trunks antes de que la química se produjera—. ¿Por qué de esa forma tan…?

—¿No es obvio? —Trunks detuvo los dientes y sonrió contra la piel. Ya no podía ocultarlo más—. Te amo, Videl.

»Te amo desde siempre.

»Y nunca dejaré de hacerlo. Te amaré siempre, para siempre…


—La amas aún, sí.

—Te lo dije: jamás dejaré de amarla. Cuando eres adolescente y te enamoras de esa manera tan vehemente, creo que jamás lo olvidas, no del todo. Lo poco del Trunks que era a los diecinueve años que me queda siempre, siempre la amará.


Pero, aun cuando sabía —sabrá— que nunca dejaría de hacerlo, la soltó. Dejó a Videl sobre el sofá y asomó al ventanal. Miró hacia atrás por última vez, sonriendo. Ella no lo miraba.

—Nunca te voy a dejar de amar —dijo al voltear hacia ella, exhibiendo una extraña clase de tranquilidad ante la cual Videl no se vio capaz de reaccionar. Ella cubría sus pechos y miraba hacia la nada. Nada más hizo que escuchar: estaba sin capacidad de reacción—. Nunca, Videl…

»Así que…

»Bueno…

La sonrisa se agrandó. Videl nunca reaccionó.

Lo haré.

Se acercó a ella, la besó.


—El último beso. Si lo hubiera sabido, lo hubiera alargado por la eternidad…

—¿Si lo hubieras sabido? ¡Niño, a ver! No te estoy entendiendo…

Una sonrisa se manifestará en él. Mai no lo sabrá nunca, pero era la misma de aquel atardecer, la que había entornado ante aquella mujer.

—Ya lo entenderás. Si me atrevo a contártelo, te juro que lo harás.

»Falta poco, dame unos minutos más.


El beso fue corto, casto, más dulce que erótico. Un beso lleno de amor. Amor, sí. Se miraron a los ojos por última vez.

—Trunks…

—Te amo…

Un beso en la frente y él se marchó. Sólo al verse sola Videl reaccionó. Lloró como nunca lo había hecho, por lo menos no por algo que fuera amor.

Amor, sí.

Porque algo en ella, un lado, su piel, su órgano más importante, amaba a Trunks de la misma forma en que él lo hacía por ella.

Algo en ella amaba a Trunks.

Y lo único que podía hacer, ahora, era llorar.


—¿Qué hiciste? —preguntará Mai, la interlocutora que toda esta historia ha escuchado.

—Fui a buscarlo.

—¿Qué cosa?


Sonriendo, así hizo todo: se duchó, se vistió, se preparó. Vació la mochila y, sigilosamente para no ser descubierto por su familia, bajó al laboratorio. No tenía idea de dónde estaba, pero conociendo a su madre, debía estar en algún cajón de su escritorio.

Y ahí estaba: en el tercer cajón, al fondo.

Sonrió más al tenerlo en su mano y aún más incluso cuando lo accionó y comprobó su funcionamiento.

—No te puedo dejar ir… —Contuvo las lágrimas. Sonrió más y más y más—. No lo haré.

»No, mi amor. No lo haré.

Besó la pantalla y se marchó. Y en su cuarto, sobre su cama, bajo su almohada, abierta había quedado la libreta donde había escrito aquella carta para Videl. Con una lapicera roja que había encontrado en el desorden de su escritorio, antes de irse, había señalado una oración, la musa de su plan, la de la idea a la cual no había podido darle forma días anteriores.

La última oración.

Y el poder, la magia, de hacerla realidad.

—Y no perderla jamás…


~Continuará


Nota final XII

Escribo esto con los ojos llenos de lágrimas. La última escena me sobrepasó. Y Jeremy de Pearl Jam de fondo no ayuda, la verdad. ¡Qué emoción llegar hasta acá! ¡Qué difícil decirle adiós a este fic que tanto me ayudó en los últimos meses, que tantas ganas me dio de escribir luego de tantas otras cosas…! Cuando lo termine pienso dejar una extensa nota de autor donde voy a explicar de dónde salió Química y por qué me significó tanto escribirlo. Ansío llegar y al mismo tiempo me niego.

Qué jodido es esto, por dios.

Muchas gracias por llegar hasta acá. El siguiente será el último capítulo. A continuación de éste, vendrá un epílogo que terminará de cerrar la historia. Es decir: faltan dos entregas más.

Por cómo decidí contar este fic, casi todo el tiempo supimos el qué, supimos que esto terminaba mal entre Trunks y Videl. El gran misterio era el cómo. Ese misterio está por revelarse. Gracias por llegar hasta acá, por la paciencia y el respeto, por el cariño y el aliento que me dan. Nunca voy a ser capaz de explicarles con justicia cuánto significa para mí. Gracias por acompañarme desde el otro lado.

Intento mantener el misterio y creo que esta vez me salió mejor que con Triángulo: sólo una persona adivinó el final. A ver qué pasa ahora, en el siguiente se define todo. ¡Estoy muy ansiosa! Y triste, porque Química se me metió hondo en el corazón. Es uno de mis fics más queridos y uno de los que más disfruté escribir. Se va a mi altar personal, con Tri, con A salvo, con Roce y Goce, con Doble Vida. Es y será uno de los especiales para mí. No digo que sea el mejor, no lo es ni por casualidad, pero sí le tengo un afecto especial.

Espero se note.

Me encariñé a tal punto con esta pareja que, si en algunos meses le quedan fuerzas a Schala S, si ella aún logra sobrevivir en mi corazón, pienso despedirme de los fics usándolos por última vez, en un fic línea Mirai que hace años estoy planeando. Ojalá que Némesis vea la luz alguna vez, me encantaría. No pensaba meter a Videl ahí, la idea es reciente, pero agregarle ese condimento me permitió poder llenar los vacíos a los que no estaba encontrándoles solución. Ojalá salga. Ojalá.

Quiero hacer una dedicación muy especial para un maravilloso lector: LDGV, gracias por enseñarme tanto sobre Gohan y sobre Videl. Gracias por tu cariño sincero hacia ellos, por permitirme conocer ese cariño y por poder, a través tuyo, comprenderlo. Creéme que lograste que los quiera sinceramente, que entienda la magia de esta pareja, que sienta deseos de conocerlos más, que desee leer sobre ellos. Lograste que me encariñara con ellos de una forma dulce, genuina. Gracias miles, gracias perpetuas. ¡Gracias! Vos sabés por qué. Te aprecio mucho, muchas muchas gracias.

Gracias a él y a todos los que firmaron el capítulo anterior: Zary, Dev, Rex, veggilove, SpyroTJ, Fiorella, Dary, Connie23, Mikamira661, Skipper1, MBriefs y Tourquoise Moon. ¡Qué increíbles comentarios! ¡Me mataron de amor mil veces! ¡GRACIAS POR TANTO! Gracias por inspirarme de tal forma, son maravillosos y me siento afortunada por tenerlos del otro lado. Gracias.

Les recomiendo escuchar Glory Box de Portishead. Esa canción inspiró todo el capítulo, su atmósfera triste y erótica fue ideal para describir todo lo que pasó. Realmente, se las recomiendo. Y Jeremy de Pearl Jam, porque aunque la letra no tenga nada que ver con el fic, tiene algo que ver conmigo y siempre me provoca inmensas emociones escucharla. La tuve de fondo muchas veces escribiendo este fic.

Gracias a Dev por recomendarme canciones y a Outlander (?) por hacerme ver el videoclip que me hizo descubrir la canción de Portishead. ¡Ah! Espero no haber escrito «sassenach» por accidente. XD Me tiene mal Jamie Fraser, fue el culpable de la demora de este update. Sí, Dev... ¡Fue culpa de él! XD Insertá emoticón enojado. XD

También y sobre todo, fue mi culpa. Me cuesta mucho terminar mis fics, porque me encariño con ellos. Si ya me han leído otros fics extensos, sabrán que tardé meses en terminar Pecados… y casi un año con Doble Vida. Menos Triángulo, tardé con todos. Al final suelo bajar el ritmo por eso, por miedo, por tristeza. Terminar una historia representa un pequeño duelo que no se parece a ningún otro, que duele de una forma bastante particular y que sólo quien ama esto, escribir, supongo que entendería. O no, la verdad que no lo sé, no sé si es mío o es de muchos, pero terminar una historia es como pasar la página de la vida, y a veces no es tan fácil. Estoy aprendiendo a lidiar con eso. Disculpen mi absurda sensibilidad.

Mil gracias por leer, en serio.

Nos leemos. n.n


Dragon Ball © Akira Toriyama