—A ver, niño. —Mai se levanta de la cama, camina por el cuarto, va y vuelve de lo mismo a lo mismo una y otra vez, una mano sujetando a la otra a sus espaldas. Ya no entiende nada y la furia es grande; debe acelerar—. Hace minutos que me repites lo mismo: «si puedo, al final te lo contaré». «Lo haré si puedo». «Si me atrevo». —Frena junto a él, que sigue boca abajo sobre la cama, un tanto bebido, pasado de cigarros, casi sin voz al borde del amanecer. Él la mira; ella jamás le baja la mirada—. ¿A qué te refieres? ¿Qué fue lo que hiciste?
Él ríe. Eso la irrita, pero Mai no se resigna. Tanta charla la ha agotado, tiene en su mente demasiada información sin digerir, información que la confunde, información que la marea. Necesita saber, no porque él necesite expresarse; porque ella necesita entender a quién ha tenido a su lado los últimos once años.
¿Quién es él?
¿Qué somos nosotros?
¡¿Cómo pudo mentirme así?!
A mí, niño…
Justamente a mí.
QUÍMICA
—una cuestión de piel—
XIII
«Existe perfección en un cuerpo de mujer que nunca puede ser poseído ni conocido por completo, ni siquiera mediante la relación sexual».
(Anaïs Nin, Delta de Venus)
«Caminas por las calles sabiendo que estás loco, poseído, porque es más que evidente que esas caras frías, indiferentes, son los rostros de tus carceleros».
(Henry Miller, Trópico de Cáncer)
Entró rápido, como si detrás de ella viniera un monstruo invencible. Y venía, sí. Entró apresurada, sin aire, sin más lágrimas porque ya las había derramado todas. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ésta. Tembló desbocada, incapaz de dejar de hacerlo.
Se había terminado todo.
Se pasó una mano por el rostro, el flequillo revuelto y adherido a la piel por culpa de las lágrimas secas. Trató de regularizar la respiración inspirándose en la paz que le transmitía su hogar y quienes allí vivían, sobre todo, pero tan sólo verlo le inspiró lo más atroz: no te mereces nada de lo que hay aquí, ni a esa hermosa niña que es tu hija ni a ese perfecto hombre que es tu marido. No mereces esta vida que desperdiciaste al pegar tu piel a la persona equivocada. ¡No te mereces nada!
Sólo la expulsión de este paraíso; eso es lo que te mereces.
Entonces, refregó su rostro con las dos manos. Sentía esa vieja sensación del abandono de la piel. Se despegaría y huiría, no sin antes ahorcarla y darle muerte. Todo eso sentía, porque la culpa era extrema y no tenía ni la más remota idea de cómo evadirla, esquivarla en pos de salir viva de la compleja situación.
Pasa. Cuando algo ha terminado, algo que ha causado mucho daño al propio ser y otros más, lo único que se siente es desesperación. Es como ir en la parte trasera de un auto, sin entender dónde se está, a dónde se va, quién se es por la oscuridad que nubla los ojos. Ella se sentía así, sin rumbo, sin futuro, sin pistas para salir adelante.
Y Gohan apareció.
Bajaba las escaleras despacio, lo hacía antes de verla; cuando la vio, corrió. Videl se dejó caer contra la puerta y, cuando se quiso dar cuenta, no estaba ahí sino en los brazos de su marido. Sin hacer preguntas, sin cuestionar, sin nada más que estrecharla contra él, Gohan la condujo al cuarto, y ella lo abrazó con todas las fuerzas que tenía. No me expulses, suplicaba al mirar los ojos preocupados de Gohan; no me expulses, no me dejes.
Dame otra oportunidad.
—Por favor, mi amor… —farfulló, llorando sin llorar.
—Tranquila, Videl. Estoy aquí…
Desaparecieron tras la puerta del cuarto y, de ahí en más, sólo se escucharon llantos, voces, tristeza y súplicas. Del otro lado, por desgracia, alguien escuchaba todo cuanto sucedía. Si bien era medianoche, la pequeña estaba despierta, y sin poder soportar ni un sollozo más de su mamá, huyó.
La puerta principal de la casa se cerró tras su partida y nadie supo nada más. De momento.
—¿Qué es lo que hice, preguntas? —dirá Trunks, hundido en su almohada, hundido en ella así como en los más dolorosos recuerdos—. Bueno, hay dos cuestiones, Mai: lo que quería hacer y lo que debía hacer. Y el «debía» es relativo, porque probablemente no debía hacer lo que hice.
—¿Pero a qué te refieres? ¡¿De qué mierda hablas, niño?!
Él se levantará. Caminará por el cuarto, frenará ante su mujer. La tomará de los hombros, la mirará fijamente, dirá:
—Hablo de lo que sucedió la madrugada siguiente, casi a la hora del amanecer.
Él la acarició por horas, literalmente. Ella yacía en la cama, boca abajo, chillando. Él, mientras, susurraba:
—Estoy aquí, mi amor…
Una y otra vez, lo mismo: estoy aquí, mi amor. Estoy contigo, estamos juntos, estamos listos para afrontar lo que sea. Porque te amo, Videl; te amo y estoy dispuesto a todo con tal de pintar una sonrisa en tus labios, hacerlo y hacerte muy, muy feliz.
Ella lo escuchó atentamente, al tiempo que, en su corazón, la casa entera le hablaba: ¡traidora! ¡Adúltera! ¡Serás expulsada, porque no los mereces, porque lo arruinaste todo! Te irás, Videl; te irás porque ya no mereces permanecer un minuto más así, aquí, en brazos del hombre al que engañaste de la peor de las formas con un adolescente que nada que ver tenía en su situación, la de tu marido y tuya, la de dos adultos que, con diálogo y voluntad, ¡nada menos, nada más!, podían solucionar sus problemas.
Pero no quisiste.
Le diste el poder a tu piel y, así, lo arruinaste todo.
Sollozó una vez más. La cabeza le daba mil vueltas, dolía tanto como los ojos hinchados que eran más rojos que celestes. Una nueva caricia, y Videl pudo escuchar la dulzura y el reclamo como dos caras del mismo sentir. Entonces, la epifanía:
Había llegado el momento.
Tomó asiento. El cuerpo ahora temblaba no por la tristeza; lo hacía por el miedo. Sin embargo, la necesidad era tan fuerte, tan inquebrantable, que no podía frenarse ni un minuto más. Era hora, era tiempo.
Era imperativo.
Los ojos se clavaron en los ojos y Videl se sostuvo del cobertor para no desmoronarse. Estrujó la tela entre sus manos.
—Gohan…
—Dime, mi amor.
—Te fui infiel.
La nada siguió. ¿Es egoísta pensar en uno mismo? ¿Es egoísta hacer prevalecer el propio sentir? Videl se lo preguntó al apretarse el pecho con las dos manos, al sentir el latido desquiciado de su propio corazón; al ver el vacío que su confesión provocó en los ojos de Gohan, esos que eran tan negros y tan profundos, y de pronto se transformaron en dos cuencas muertas donde jamás había habido vida. ¡Jamás!
¿Es egoísta preferir el bienestar propio al ajeno? ¿Era egoísta Videl al confesarle su error a Gohan para así obtener el alivio que la verdad siempre brinda al ser?
¿Era egoísta preferir decirle la verdad que mentirle por el resto de sus vidas?
…¿Decir la verdad es un acto de egoísmo?
Gohan se puso de pie. Videl lo observó atentamente: caminó hacia la pared que estaba ante la cama y frenó allí, a espaldas de ella. Una mano se apoyó en la pared, los dedos de la mano se flexionaron y Videl experimentó un instante de terror: Gohan y su impulsividad, Gohan y esos ataques de furia que tuvo alguna vez, los que hacen que desbloquee todo el potencial de guerrero que posee. Gohan y lo impredecible que, en cierto punto, siempre ha resultado.
Gohan, al que acababa de apuñalar con la verdad.
La mano cayó. Ella vio como él apretaba el puño un instante; al siguiente, los dedos se relajaron, o no; los dedos murieron a la par del corazón.
—Gohan, yo…
—¿Tan ciego he estado, Videl?
Ella no dijo nada, porque el tono que Gohan utilizó al proferir esa pregunta le quitó la capacidad de hablar, de pensar. El tono no era violento, tampoco exasperado, tampoco furioso; era triste.
Gohan estaba devastado.
—Mi amor —dijo Videl. Se paró pero no caminó hacia él; permaneció junto a la cama—. No tengo nada que explicarte, porque de nada sirve y no tengo derecho… Pero…
—¿Tanto te descuidé, Videl? —preguntó él, y la respuesta jamás llegó—. ¿Tanto te he fallado, como para que…? No lo puedo creer... Yo…
—Gohan, no…
Sí: él lloraba.
—Es mi culpa —sentenció él. Su llanto era confuso, aniñado. Era tierno—. Tú jamás hubieras hecho algo así, Videl, no si yo hubiera… Si yo hubiera sido un mejor marido, tú no hubieras buscado a alguien que…
—¿«Buscar»? —Videl se llenó de energía. Corrió hacia Gohan y lo sujetó de los brazos. Esa palabra había detonado la bomba dentro de ella—. No lo busqué, Gohan; sucedió. No es excusa, te lo juro. Si te lo estoy contando es porque mereces mi verdad. Nunca me excusaría por esto ni por nada, pero... —La voz la abandonó. Carraspeó para ayudar a su garganta a proferir lo que debía—. Gohan, sucedió... Nunca busqué...
¿O sí? ¿O sí, y la palabra dolía por decir una verdad?
Cuando se quiso dar cuenta estaba mirando a Gohan a los ojos. Al fin. Qué horror; el negro no brillaba, era un punto dibujado en una hoja, no el ojo de un ser vivo. Era un ojo dibujado, no uno verdadero. Era un ojo hermoso porque era de Gohan, un ser resplandeciente como pocos en esta historia, pero no un ojo de una existencia intensa y errante, imperfecta, real, vigorosa. Gohan era un bosquejo.
Videl no podía permitirlo.
—Lo siento, Videl. —Gohan se desasió de ella suavemente. Se sentó en la punta de la cama—. No quise decir eso, no quise ofenderte.
Videl se sentó junto a él. Tomó sus manos y éstas, por el frío que ostentaban, la remitieron a aquel a quien ni en su mente quería volver a mencionar. Sacudió la cabeza para despintar la reminiscencia.
—Quien debería decir eso soy yo, mi amor, no tú. —Videl frotó las manos en pos de calentarlas; nada.
Gohan seguía siendo un bosquejo, no un ser humano.
—No. Tú no, mi amor —respondió Gohan. En sus ojos se atestiguaba la vida con las lágrimas sombreadas con lápiz celeste—. Es mi culpa, fui yo el que te descuidó, fui yo el que se concentró demasiado en sí mismo, fui yo el que no prestó atención suficiente a las señales. Si tú hiciste... eso... —La voz bajó su volumen como si un control remoto apuntara a su boca—. Si tú fuiste infiel fue porque yo, como marido, hice todo mal. ¡Más de diez años, una hermosa hija! Y me acomodé y pensé que todo estaba bien. —Las manos frías trazadas en lápiz frotaron las manos de Videl. El calor de su mujer no lo contagió. Kilómetros los separaban—. Y no... Y es mi culpa.
Videl observó las manos. Frías y trazadas con lápiz. Blancas, sin pintar. Sombreadas por un lápiz de punta blanda. Un 2B, quizá. ¿O era más? ¿Un 5B? ¿Más todavía? Videl observó los ojos y éstos tenían relleno de marcador. No decían nada más que lo obvio, lo evidente, la maldita moraleja otra vez diciendo lo mismo. Y no: ella quería volverlo corpóreo, verlo humanizado, latiendo, refulgiendo la vehemencia de su corazón en el centro del universo cubierto por el fuego. ¿Cómo no lo había pensado antes?
La reacción de Gohan era absolutamente predecible.
¡Claro que iba a culparse! ¡Claro que iba a quitarle toda responsabilidad a ella! Porque era un bosquejo que nada más que obviedades expresaba. Gohan era tan noble, tan bueno, tan perfecto que resultaba evidente, ahora que lo pensaba, la reacción adoptada: Videl, fui yo. Fui yo y todo te lo perdono, fui yo y...
—Basta, Gohan.
Él la observó sin expresión. La tristeza reinaba pero era la vacuidad lo que más latía en el papel. Un papel, vacío. Un papel donde no se ha expresado nada, esperando ser más que un blanco, esperando que alguien le inyecte vida con las manos. Gohan se le iba, se le consumía, se le hundía en el blanco y perdía contacto con él. ¿Por qué? Porque eran dos mundos distintos, un mundo imperfecto y real, crudo; un mundo perfecto e ideal, maravilloso. Está claro quién es quién.
Está claro que la vida no es perfecta, ideal o maravillosa.
—Gohan, fui yo, fue mi culpa, no tuya —farfulló Videl—. No te culpes, no lo soporto... ¡No tiene sentido! La que arruinó todo fui yo. Yo, Gohan. Yo lo busqué.
Los ojos negros se levantaron y la alcanzaron. Videl se sintió roja como la sangre. Quería sacudirlo, quería reanimarlo, quería que el frío transmutara a calor, que el bosquejo no fuera un bosquejo, que fuera carne, que su marido estuviera hecho de carne y no de papel. Quería realidad, no la perfección vacía de esa vida ideal, maravillosa que habían intercambiado por sus sentimientos. Porque en la perfección no hay alma. Porque la perfección no existe. Y está bien.
Ese era el error: haber buscado la perfección. La habían alcanzado juntos, sí, porque el amor que se tenían era infinito. ¿Pero qué queda cuando se alcanza la perfección? ¿Qué hay delante? Nada. Cuando llegas a la cima sólo puedes retroceder. Volver.
Al entenderlo, Videl pudo sonreír.
—Te estás culpando porque me idealizas, Gohan —sentenció. No se detuvo de allí en más; todo lo dijo con tono grave y entrecortado por la angustia, con lentitud, con cuidado. Dolor y verdad lo que expresaba y una sonrisa en los labios simbolizando la convicción que sólo lo real, la vida, lo humano, puede conferir al ser—. No soy perfecta; soy imperfecta, humana, y cometo errores. Yo fui infiel, yo estuve con otro hombre. Deja de culparte, porque si yo hubiera hablado antes contigo, si hubiera tenido carácter suficiente, nada de esto hubiera ocurrido. Y no hablo de la infidelidad; hablo de nosotros dos, de ti y de mí. Al final, todo esto se trata de ti y de mí.
»Nos casamos al terminar la secundaria, la edad a la que la mayoría de los chicos de hoy, como por ejemplo tu hermano, aprovechan a disfrutar, a salir, a experimentar... —Pausa, sollozo. Él nunca lo sabrá, pero ella estuvo a punto de nombrar al innombrable también—. Nosotros no hicimos eso; estábamos tan enamorados, Gohan, que nos dejamos llevar por la corriente, que nos enceguecimos, que nos encerramos el uno en el otro.
»Dejamos de lado a nuestros amigos de la secundaria, nos olvidamos de todo el mundo, ¡de todos! Tú seguiste estudiando y yo me dediqué a la casa: cocinar, lavar, limpiar, cambiar; cosas que jamás había hecho y que nunca me obligaste a hacer, pero que yo hice porque quería estar contigo y hacerte feliz. Por eso me ocupé de eso y de asegurarnos un primer techo gracias a mi papá, además de ayudarte con los gastos de tus estudios. Tú te sentías mal, ¿recuerdas? Te daba culpa que te ayudara pero yo te decía que no, que sólo pensaras en estudiar. Me ocupé de todo y te liberé el camino, mi amor. Quería un ambiente ideal para ti, quería que pudieras concentrarte en tus estudios, en todo aquello que te apasionaba, y como yo no seguí estudiando ni busqué un trabajo me dediqué a la casa y ya, y nada más. Me dediqué a mirar tu perfección, a idealizarte. Y qué bien se sentía, Gohan… Mirarte resplandecer me hacía pensar que yo resplandecía.
»Y no.
»Cambié el carácter. Casi de la noche a la mañana, lo hice. ¡Lo sabes! ¡Lo entiendes! Dejé de ser la que era, esa muchacha gritona y justiciera, y me relajé. Me concentré en ti y en nadie más que en ti. Se me drenó toda la personalidad. Era una esposa ejemplar, la mujer que quería ser para el hombre de mis sueños.
»Pero... Siempre hay un «pero», ¿no? Gohan, me relajé tanto y me concentré hasta tal punto en ti que me olvidé de mí. El día que nos casamos dejé de pensar para siempre en mí. Me olvidé de todo, dejé todo atrás, gustos, ideales, pasiones. Todo lo que era lo dejé atrás.
»Pero no, no fue tu culpa. La culpa sólo es mía.
»¿Se supone que eso debe hacer una mujer? No lo sé y no me lo voy a preguntar porque sólo obtendré más preguntas. Lo que sí sé es que, cuando sientes algo tan grande como lo que nosotros sentíamos, te encegueces. Lo único que quieres es sentir al otro junto a ti.
»Éramos unos niños, Gohan. Éramos niños y yo te amaba demasiado. Nunca dudé, nunca tuve miedo, nunca me reproché nada... ¡Es que eras tú! Tú, no cualquiera. ¿Cómo no dejarme llevar si te amaba con locura, Gohan? Estaba loca de amor. Loca. Todo lo que podía hacer por ti estaba bien y nunca noté que no me miraba a mí. Me entregué sin más al amor que te tenía. Quizá porque las cosas entre nosotros fueron complejas en el principio. Todos tus secretos, todas las intrigas que me producías, el torneo, mi pelea con Spopovich, la aparición de Babidi, creerte muerto...
»Eso me marcó, mi amor. Creerte muerto me marcó para siempre. Y morir, claro. Cuando Majin Buu me convirtió en quién sabe qué y me comió, cuando me sentí un alma en el otro mundo, cuando te creí perdido para siempre... ¡Gohan, casi enloquezco! Cuando te fuiste a pelear contra el enemigo me dije que ojalá todo saliera bien, así podría tener una cita contigo cuando volvieras. Y no: tú muerto, yo muerta.
»Desde ese día que me aferré a ti para no dejarte ir nunca más. Valoré mi vida y la tuya desde otra perspectiva y me dije que no debía volver a permitir que todo eso sucediera. No te quería perder nunca. Me olvidé de todo y me aferré a ti con todas mis fuerzas...
Las manos la apretaron. Ella no las miraba; sus ojos estaban en sus propias rodillas, en cualquier parte menos posados en su marido. Al sostenerla, sin embargo, Gohan hizo que ella girara hacia él; sus manos estaban calientes.
Estaba vivo.
La tristeza lo cubría; él era un espejo de ella. Los dos podían jactarse de estar vivos, de ser de carne y no de papel, de ser imperfectos y reales, crudos los dos, carne roja como la sangre que viajaba por sus cuerpos, que detonaba bombas, que producía química entre sus pieles. Porque ellos la habían tenido también, porque a veces en la vida las cosas sí son una cuestión de piel. La piel de ellos dos, el concepto de química, se había perdido hacía años, sí.
Porque los dos se habían convertido en papel.
¿Cómo puede haber química entre dos pedazos de papel?
—Nunca quise que te olvidaras de ti —dijo él, y las palabras denotaban tristeza pero también vida, pero los labios eran de carne, pero los ojos eran de verdad, no un bosquejo mal pintado con marcador—. Yo estaba esforzándome al máximo por ti, Videl. Yo quería dártelo todo, quería merecerte. —En un brusco movimiento, Gohan se quitó los lentes. Abandonados éstos en el centro de la cama, Gohan se despeinó, masajeó su frente, frunció y desfrunció el ceño. Pensaba, sentía, vivía—. Videl, esto no es culpa tuya; es culpa de los dos. ¡Y me reprocho tanto no haberlo notado antes! —Golpeó sus rodillas con las manos hechas puños. Apretó los dientes—. ¡Estoy furioso! ¡Conmigo! Y contigo, porque no me dijiste nada de esto a tiempo. ¡Si hubiéramos hablado, quizá…!
Videl sonrió. Lo perdía, pero era justo.
La verdad es una forma de justicia.
—Exacto, mi amor. Sólo dices la verdad.
—¿Quieres que te deje?
Lo preguntó mirando al vacío, los puños enrojecidos, la frente sudada.
—No, nunca. No quiero, Gohan.
»Quiero que aprendamos juntos, que salgamos adelante. Por nosotros y por Pan, por lo que somos los tres.
Las lágrimas cayeron de ella. También de él. Gohan se sujetó la cabeza y la hundió en sus rodillas.
—¡¿Por qué no lo dijiste antes?! ¡¿Por qué, Videl?! ¡SIEMPRE PUEDES HABLAR CONMIGO, SIEMPRE! ¡¿Por qué no me dijiste hasta qué punto llegaba tu frustración?! Hubiera hecho cualquier cosa, Videl... ¡Cualquiera! Lo que fuera, todo con tal de sacarnos adelante...
»Pero en vez de eso...
—Te engañé.
—¡¿Por qué?! ¡¿Cómo?!
—Nunca me amó, Mai. Nunca...
»Pero quería pensar que, si se olvidaba de él, podía mirarme a mí...
»Es patético. Somos muy patéticas las personas: en el fondo, lo único que anhelamos es sentir que somos especiales. Es una droga. Sentirse especial es una droga y sentirse un humano común y corriente es la peor humillación.
Videl se puso de pie. Ante Gohan, se estrujó sus propias manos. Luchó, luchó, luchó, pero no, pero nada. Lloró.
—Porque él me hacía sentir especial. Él me hacía sentir viva, me hacía sentir yo. Me sentía yo, Gohan...
»Era yo.
»Al fin, después de tantos años de no reconocerme, de sentirme tan insulsa, de no ser capaz de recordarme, de sentirme harta de todo y todos, podía sentirme yo una vez más, viva, latente. Podía existir.
»Él era un espejo. Podía verme de diecisiete años de nuevo. Y era lindo volver a ser ella...
»Pero no.
»Todo era mentira.
ȃl fue el error que tuve que cometer para entenderlo. Para mirarte a ti.
—¿Lo conozco?
Él la miró; ella no.
—No me lo dirás, ¿cierto? No me dirás nunca quién es.
—No vale la pena decirlo...
—Pero... Ustedes...
—Terminamos.
—Y lloras por él.
—Sí...
—Porque te encariñaste con él.
—No. Sólo era química. Yo no...
Gohan apareció ante sus ojos. La sujetó de los hombros con una delicadeza inaudita en tan tensa situación. Videl no se daba cuenta, pero su rostro era un mar de lágrimas. Era un exceso.
Era amor.
—Ya no me amas, Videl.
Los ojos cayeron al suelo.
—No...
—Lo amas a él.
—No... Yo no...
—¿No lo sabes?
—¡¿Entonces por qué no luchas por ella y pierdes el tiempo conmigo, Trunks?! ¡¿Qué te lo impide?! ¡¿Qué?!
—Te amo a ti. ¡A ti!
—No, no lo haces. Y está bien.
—Ella ya no sabe de mí, ese es el problema.
»Ella me olvidó. Para siempre. Por eso no puedo hacer nada por recuperarla. Porque ella no sabe nada de esto.
»Nada.
—Gohan, no...
—Basta. —Gohan caminó por el cuarto, de izquierda a derecha y viceversa. Sentía que el cuerpo le iba a explotar, que la energía era demasiada y lo traspasaría. Sentía que se le iba de las manos, todo, la vida, el amor, el rencor—. Videl... Sientes algo por él.
—No lo que siento por ti.
—No. Porque ya no sientes nada por mí. Y me lo merezco. —Sonrisa, la sonrisa de la convicción. Videl lloró al entender lo que pasaba, al saber—. Lo arruinamos, Videl. Los dos. Alcanzamos todo cuanto nos propusimos y nos dejamos consumir. Y lo siento mucho, de verdad...
»Hubiera querido que fuera de otra manera. Intenté, estas últimas semanas, alcanzarte, llegar a ti. Y nada. Te me volviste lejana, inaccesible. Y te veo a la distancia y te veo perfecta, mi amor... —La voz se quebró—. Es verdad: te idealizo. Y no veo fisuras en ti, porque ya no hay nada entre nosotros dos. Ya no hay intimidad... Ninguna, de ningún tipo. En conclusión... —Gohan se limpió las lágrimas. En vano, porque sin importar cuántas veces las secara, éstas continuaban cayendo. Ad infinitum—. Nos marchitamos. Los dos lo dejamos morir. Los dos, yo pensando en mí, tú pensando en ti, en reencontrarte. Ninguno de los dos pensó en el otro, por eso no me di cuenta antes de cuánto te estaba fallando, por eso terminaste con otro...
»Se acabó.
Videl se tapó la boca.
—No...
—Sí. O no, o no sé... —Gohan caminó en dirección a Videl, la alcanzó, la abrazó—. Deberíamos tomarnos un tiempo y pensar. Creo que es lo más sensato. Ahora no estamos listos para recomponernos, Videl... Ahora no vale la pena hacer nada. Pero si nos distanciamos un tiempo, tal vez...
—No me quiero distanciar de ti.
—Sí quieres. Lo necesitas y yo también lo necesito. No puedo perdonarte aún. Quiero, porque te amo, pero no puedo.
Videl apretó el rostro contra el pecho de Gohan. Sentir su aroma la encandilaba, sentir la textura de su piel, el latido de su corazón... ¿Era amor? ¿Era nostalgia? ¡Nostalgia! No tenía idea de nada, pero sí, sí de algo: Gohan no le generaba lo que Trunks solía.
Gohan no era Trunks.
Y ella añoraba a Trunks.
Contra su voluntad, sí, pero lo hacía. Por la piel, la misma piel que, pegada a la de su marido, pareció despegársele así como tantas veces, despegársele en pos de huir, en pos de alcanzar lo inalcanzable. Un pecho que no era ese.
El muchachito hermoso, imprudente y caprichoso que tan especial la había hecho sentir.
No quedó mucho por decir, sólo lo obvio:
—De acuerdo, Gohan. Tomémonos un tiempo. Es verdad: no me vas a perdonar de un minuto al otro. Es mejor… tomar distancia.
—Para que yo pueda perdonarte y para que tú decidas lo que deseas, estar conmigo o estar con él.
—Gohan, no...
Labios. Gohan la besó un instante, en un beso corto, intenso y demencial, doloroso. Al final, apenas manteniéndose en pie, tiritaban.
—Hazme caso, mi amor —dijo él, sonriendo, convencido, destrozado por la verdad y el peso que ésta ejercía en sus hombros—. Plantéatelo.
—No. Ya lo decidí.
—Entonces decídelo mejor. No luces tan convencida como crees... —Una enigmática risa acompañó la caída de una lágrima del ojo vivo de Gohan—. Eres caprichosa, mi amor.
Ella acompañó todo, entendiendo; acompañó risa y llanto a la par, las contradicciones humanas que atestiguaban los latidos de sus corazones.
—Lo soy...
Sin más, se apretaron. El abrazo duró la noche entera, primero ante la cama, los dos de pie; después sobre la cama, ella recostada sobre el pecho de él. Acariciándose como si fueran dos viejos amigos y no el amor de la vida del otro, lamentaron todo, cada error, cada silencio. Y la piel de ella luchó y luchó y luchó, y perdió. No lograba despegarse, no lograba ir a donde más deseaba, hacia ese cuarto dorado de Satán City, sobre ese cuerpo joven y prohibido, delante de ese espejo de mutua desnudez; se rindió y cayó, sin vida, sobre la mujer que ya había tomado la decisión.
Videl lloró su última lágrima al sentir la muerte de su piel. La haría recapacitar y, así, la resucitaría. Pero primero lo primero: extirpar los restos de la otra piel, la piel hermana, la piel amante, la piel dorada como la luz, la adolescente, la que nunca podría ser.
¿De quién era la culpa? ¿De Gohan, de Trunks o de ella? Habiendo derramado la última lágrima, se respondió: los tres.
Fue culpa de los tres.
Si así no lo fuera, si no hubiera sido tan tonta y tan visceral, mi piel no estaría llorando. Y llora.
Porque no será fácil olvidar a Trunks.
No, no lo será.
Nunca es fácil olvidar. No a aquello que te genera el sentir más fuerte que una persona puede sentir, el que cambia vidas, el que cambia el mundo, el que inspira, el que encamina nuestras existencias. No es fácil olvidar aquello que te hizo sentir pasión alguna vez.
Es una cuestión de piel: la piel no olvida aquello que la erizó alguna vez. La piel no olvida, y aunque yo olvide ella no lo hará. Cada vez que lo vea, cada vez que lo huela, que lo oiga, que lo perciba cerca, muy cerca de mí...
Ella recordará.
Mi piel nunca lo olvidará.
Nunca.
—¿A qué te refieres con eso? —preguntará Mai once años después—. ¿Qué quiere decir eso de que ella no sabe nada de esto?
Él se sentará en la cama e instará a su mujer a sentarse junto a él. Afuera, así como aquella vez, asomará el amanecer. Es hora de terminar, se dirá, y seguirá, lo hará:
—Eso, ni más ni menos.
»Que ella no sabe nada quiere decir que no sabe nada, punto.
Eran casi las cinco de la mañana. No le había llevado más que unas horas, pero listo, pero ya. Pisó el bosque que rodeaba las casas de la familia Son sintiendo la adrenalina en su máximo esplendor. ¡Faltaba poco! Poquísimo, y todo estaría bien.
Decidido, las sacó al abrir la mochila y derramarlas en la hierba. Al verse juntas, brillaron. Era como si reunirse les diera felicidad. Arrodillado ante ellas, Trunks sonrió.
Pese a la sonrisa, sin embargo, temblaba de un miedo que lo atravesaba como un rayo.
Intentando contagiarse ánimo, las rozó con los dedos. Siempre que veía las esferas del dragón se sentía un niño. ¡Eran tan increíbles! Daban esperanza, inducían magia y felicidad.
Y aun así temblaba.
Miró el cielo: faltaba poco para el amanecer o eso le pareció; debía llamar a Shenlong cuanto antes, pues si no lo hacía todos sabrían, por la noche que el dragón traía con su aparición, que alguien lo había llamado. Eso, obviamente, no era buena idea, no para sus planes, aquellos que tan ¿decidido? estaba a llevar a cabo.
Pensó, sin más, en la carta que le había escrito. «Les borraría la memoria como quien borra un archivo de la computadora; les formatearía el cerebro y volvería a empezar junto a ti», decía.
—¡Tienes que estar bromeando! ¡¿Contra su voluntad, niño?! ¡¿Borrarle la memoria para que no recordara a su marido y así tenerla siempre contigo?! Estás enfermo, ¡¿cómo se te pudo ocurrir algo así?!
—Estaba mal de la cabeza, lo sé. Pero, como te darás cuenta, no lo hice.
—¿Y qué te hizo recapacitar?
Él, en respuesta, sonreirá.
—El destino.
Tragó saliva y se refregó los brazos para mitigar un ápice el frío. Pronto la tendría junto a él y serían muy, muy felices los dos. ¡Sí! Sin ningún Gohan, sin tabúes, sin familia de por medio: les haría olvidar a todos quiénes eran ellos y volvería a empezar junto a ella una nueva y maravillosa vida. ¡Nada más necesitaba! Nada más que a Videl junto a él, hermosa, única, resplandeciente; su reina. Suya y de nadie más.
Locuras.
El destino jugó su carta con el ruido de unos golpes. En shock, sin lograr sentir ninguna presencia a su alrededor, temiendo ser descubierto, Trunks metió las esferas en su mochila de nuevo. Juraba que irradiaban electricidad con sólo tocarlas; eran imponentes. Respiró hondo al final. ¿Y si se trataba de un animal? Era lo más probable pero resultó ser más que incorrecto, lo hizo cuando un chispazo de ki se distinguió. ¿Acaso...? Sin reconocer la presencia que había desaparecido inmediatamente, Trunks se dejó llevar por el instinto. Casi no había luz, el cielo estaba apenas un poco más gris que hacía unos minutos. El amanecer era inminente, pero no podía llamar a Shenlong hasta saber qué había sido ese chispazo. Unos pasos más y descubrió a la dueña del misterioso ki:
Pan.
Anonadado, la observó forzando la vista: Pan golpeaba un árbol con los puños sin poner especial énfasis en cada ataque. La niña tenía puesto un adorable pijama de ositos infantiles. Lloraba.
Trunks dio tres pasos hacia ella. Por el ruido de sus pisadas sobre la hierba, ella lo descubrió a él.
—¡¿Trunks?! —gritó.
Él no lo notó, pero la niña se sonrojó de una manera absolutamente tierna.
Él se acercó a ella. Tenía que apresurarse.
—Hola, Pan. ¿Cómo estás?
Caminaron hacia el otro. La niña de seis años apretó los puños a cada lado de su diminuto cuerpo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó ella, y su tono denotó una clara aflicción.
¿Por qué?
Trunks apoyó la mochila en el suelo y se sentó junto a ésta. Abrió el bolsillo lateral y extrajo su móvil. Encendió el modo linterna y lo posó ante él. La luz blanca logró que se miraran. Para estaba roja y, efectivamente, las lágrimas que cubrían su rostro decían que había estado llorando por largo tiempo.
—Yo pregunté primero. ¿Cómo estás? Siéntate si gustas.
La pequeña, a regañadientes, se sentó. El celular parecía ser una fogata, la luz se interponía entre los dos. Pan se secó las lágrimas con la manga del pijama.
—Bien.
—¿Bien?
La niña frunció el ceño.
—Yo pregunté primero —espetó—. ¿Qué haces aquí?
Trunks rio. Pan era tan ingeniosa como Bra.
—Doy un paseo.
—¿Aquí, a esta hora?
—No, no, no. Niña, ahora respondes tú: ¿bien?
—Sí.
—No lo creo. ¿Por qué llorabas? ¿Por qué entrenas sola a esta hora en el bosque? Y antes de que me digas algo, te responderé: sí, doy un paseo aquí y a esta hora. —Sonrió, victorioso—. Te toca.
Pan miró sus manos. Jugueteó infantilmente con ellas.
—¿Me prometes que no le dirás a nadie? Si mi tío Goten se entera se burlará de mí, dirá que soy una niña llorona... —Trunks asintió, comprensivo—. Bueno, eh... Vine aquí porque no quería estar en mi casa.
Trunks abandonó la sonrisa. Los nervios lo desestabilizaron. Mal presagio.
—¿Por qué no?
—Papi y mami pelean mucho últimamente. Piensan que no me doy cuenta pero yo soy muy inteligente. ¡Sí! Y me doy cuenta de todo.
Más nervios.
—¿Pelean?
—Sí, y mami llora y papi, cuando mami no está, también. Y... Y tengo miedo de que no se quieran más.
—Sentí un puñal en el pecho cuando escuché a su hija decir eso. Mai, cuando la niña dijo eso no le demostré ninguna emoción, no me delaté, ni me inmuté, pero por dentro grité, lloré y maldije a toda la humanidad. Y eso no fue todo...
»La niña siguió...
—¿Qué pasará conmigo si papi y mami no se quieren más? Yo... ¡Yo no quiero que eso pase!
—Y siguió...
—No quiero que papi y mami se separen como se separan los papás de mis compañeros, Trunks. —Lloró—. No quiero perderlos nunca, quiero que se sigan queriendo, quiero que se queden conmigo. Los dos.
—Y esa fue la puñalada final.
»De niño solía sentirme triste cuando mis padres peleaban. Mamá y papá han peleado toda la vida y esa es su forma de amarse, pero cuando eres pequeño piensas que algo malo ocurre y no quieres, te niegas. Me vi en ella por un segundo y el mundo entero se me vino abajo. ¿Cómo podía hacer algo así, borrarles la memoria a todos y volver a empezar, si había tantas personas involucradas, si había tanto en juego? Al escucharla entendí que era un hijo de puta. No podía arrebatarle a su mamá. No podía arrebatarle su hija a ella. No podía destruir esa familia...
Se levantó de un tirón. Cuando Pan terminó de reaccionar, Trunks la tenía aferrada a su pecho. Como él le gustaba y era su gran amor platónico desde siempre, Pan no pudo evitar sonrojarse. La emoción imperó, no obstante, y se entregó a un sonoro llanto. Entre sollozo y sollozo lo repitió una y mil veces. ¡No quiero que se separen! ¡Quiero que estén juntos! Quiero que papi y mami se quieran para siempre. Y llorando en silencio, apretando a la niña para no caer, Trunks creció. Ese día, en ese instante, dejó de ser un adolescente y se convirtió en un adulto. No por madurar, sino por morir.
Al escuchar el dulce llanto de Pan, una parte de Trunks murió.
—Y entonces lo supe.
Debía usar las esferas, sí, pero para otra cosa.
—Para reconstruir esa familia.
Convencido, sonriendo con la misma convicción que la verdad les había dado a Gohan y Videl, llorando a lágrima viva sintiendo que se le drenaba la vida entera en cada gota liberada, Trunks sostuvo los hombros de Pan. Ella, al ver su llanto, apretó la camiseta de Trunks con sus manos.
—¡Trunks, lo siento! No quiero que llores...
Él amplió la sonrisa. De todas formas no lo recordará, se dijo. Apretó los hombros con más efusividad.
—Te prometo que todo saldrá bien, ¿sí? Te lo prometo, pequeña: todo estará bien.
»Te daré el final feliz que te debo.
—¿Que me debes?
—Porque me hiciste abrir los ojos. ¡Gracias, Pan! Todo estará bien, te lo prometo...
»Papi y mami estarán siempre contigo. Juntos...
Y soltó un hombro y golpeó suavemente la nuca con el dorso de la mano. Así, desmayó a Pan. La cargó hasta el árbol, la sentó con delicadeza. Después cayó hacia atrás y gritó con todas sus fuerzas.
—Se había acabado para siempre. No lloré, eso lo hice después, cuando volví a casa. Sólo grité, grité tan fuerte que sentí que se me desgarró la garganta al hacerlo. Tomé mi mochila y corrí. Pensaba que me estaba alejando de ella, de ella, pero no; me estaba acercando.
»La historia decía que debíamos vernos por última vez.
Despertó con el corazón acelerado. ¿Por qué? ¿Por qué no, considerando tanto? Gohan dormía. Sobresaltada, con la ropa del día anterior puesta y arrugada, Videl se levantó de la cama a toda velocidad. La llevó el instinto.
—¡¿Pan?!
Apretó el pomo de la puerta de Pan con tanta fuerza que lo rompió. La cama, vacía. Desquiciada, corrió escaleras abajo. Nada. Corrió arriba. Nada. Salió para afuera.
El cielo del amanecer rebobinó hasta perpetuar la noche de nuevo.
Se refregó los ojos para convencerse de que era verdad. A lo lejos, en el cielo, vio cómo Shenlong se enredaba en sí mismo en una espectacular aparición. Sin entender nada, corrió.
—¡PAN!
No vio a su hija, porque Pan estaba desmayada más atrás, apoyada en la corteza del árbol que había golpeado buena parte de la noche.
Sí vio a Trunks.
De pie en medio de una circunferencia bordeada por árboles que permitían vislumbrar el cielo pese a estar en medio del bosque, lo vio de espaldas y a Shenlong ante ella, ante los dos.
—¿Cuál es tu deseo? —inquirió el majestuoso dragón mágico.
—¡Deseo que...!
Sin entender nada, sin entender por qué, dejándose llevar por el impulso demencial de su piel, Videl corrió hacia adelante.
—¡TRUNKS!
Y él volteó.
—Cuando la vi se me deformó la cara. Casi me arrepiento, pero no. No lo hice, como verás.
»Si así hubiera sido estaría haciéndole el amor en este preciso instante, demostrándole todo lo que he aprendido estos últimos once años. Se lo estaría haciendo como nadie se lo hará jamás, siendo el hijo de puta más despiadado de la historia. Pero no: ella ahora está con su hija y es feliz, o eso creo. Lo importante es que está con quien debe estar, con la única con la que debía y deberá estar.
»Porque los hombres no significamos lo mismo para ellas cuando ese ser aparece entre los dos.
»El lugar de una madre es al lado de sus hijos y de nadie más.
Trunks apretó los puños. Gritó:
—¡Vete! ¡No lo hagas más difícil!
Pero ella no lo hizo; siguió corriendo y lo abrazó por detrás, y lo golpeó en el estómago, y lo hizo temblar de horror. Sentirse les revolucionó los sentidos, sobre todo el del tacto. Como siempre, la electricidad. Maldita sea, como siempre.
—¡¿Dónde está Pan?! ¡DIME DÓNDE ESTÁ PAN!
—¡Tranquila, está bien! Estaba triste, la encontré por casualidad en el bosque, hablé con ella y le prometí que todo estaría bien…
Videl no entendió nada. No tenía manera.
—¡¿Dónde está?! —Se enfrentaron con la mirada.
—Allá…
Videl se lanzó hacia adelante. Pasó por debajo de Shenlong y encontró a su hija dormida contra el árbol. Sus ojos estaban hinchados pero su rostro se veía tranquilo. La besó mil millones de veces. Acelerada, retornó a Trunks. Estaban uno ante el otro y Shenlong los contemplaba a los dos.
—¡¿Qué haces aquí, por qué llamaste a Shenlong?!
—¡Por ti!
—¡¿A qué te refieres?! —Videl observó pasmada el gesto serio y altivo del dragón. Estaba en una extraña pesadilla—. ¡¿Qué mierda estás haciendo?!
—¡Lo mejor!
—¡¿Qué es lo mejor?!
—Vete, lo hago por ti… —Le dio la espalda y miró a Shenlong—. ¡Mi deseo es…!
—¡NO!
Ella lo sujetó por detrás justo como al principio. La electricidad se repitió, idéntica.
—Videl...
Él sostuvo las manos de ella y se esforzó por recordarlo, por tatuarlo en su piel y no olvidarlo jamás, eso, lo que sentía al tocarla. Ella le clavó las uñas en el estómago y él sonrió. Agitado, enamorado como jamás volvería a estarlo, llevó las manos de ella bajo su camiseta. Apretó los dedos de ella contra la piel de su estómago, obligándola a clavarlo. Siseó de dolor.
—Gracias...
Mai no dudará: lo arrojará en la cama, se sentará a horcajadas sobre él y le levantará la ropa. Encontrará, así, las casi imperceptibles marcas sobre el estómago de su marido: dos uñas de un lado, tres del otro, las marcas formando una especie de paréntesis invertido. Un final y un comienzo al revés de como debieran ser. Y en sus labios, al mirarlo, encontrará una sonrisa.
Contuvo las lágrimas, levantó las manos de Videl y vio sangre en las puntas de sus uñas. Le besó la cara interna de los dedos apretando vehementemente las manos contra su boca. Giró, la miró.
—Te amo y te voy a amar siempre.
Sin más, la empujó. Ella cayó a un metro de él. Se enderezó lo más rápido que pudo, lo vio de espaldas. Gritó:
—¡TRUNKS, NO!
Y el «no» fue un «sí»:
—¡Shenlong, quiero que cumplas mi deseo! —Volteó hacia Videl, le sonrió por última vez, la señaló—. ¡HAZ QUE LO OLVIDE TODO, SHENLONG! ¡HAZ QUE VIDEL, GOHAN, PAN, MI MADRE Y TODOS LOS QUE SEPAN ALGO SOBRE ESTO OLVIDEN QUE ELLA Y YO ESTUVIMOS JUNTOS! ¡BÓRRALES LA MEMORIA! ¡A TODOS! ¡Menos a mí...! ¡A TODOS, MENOS A MÍ!
Videl gritó, y el grito atravesó el cielo como una bala.
—Aún retumba en mis oídos...
Antes de perderse a sí misma, de alcanzar la oscuridad, capturó la última imagen, una tan intensa que le pareció inconcebible la idea de olvidarla así sin más: Trunks iluminado por los ojos rojos de Shenlong, rojo todo él, rojo el mundo, rojo como la sangre que manchaba la punta de sus dedos, como la pasión, como la carne, como todo aquello que nos hace estar vivos.
Rojo, como el amor.
—Para siempre...
Y adiós.
—No sé si estuve bien. Yo…
—No lo estuviste. Pediste ese deseo para «hacerla feliz», pero olvidar que cometiste un error no te hace feliz, niño. ¡Nunca! Muy estúpida tu conclusión. Apuesto todo a que ella se divorció de todos modos.
—Eso te lo contaré después. Ahora me ducharé. ¡Fumé tanto que no me tolero ni yo! ¿Quieres ducharte conmigo?
Mai suspirará.
—Niño, no me hables como si me hubieras contado una tontera que hiciste con Goten en tu infancia. Estoy furiosa contigo.
—Lo sé, por eso quiero ir a la ducha contigo, para disculparme. Siempre nos amigamos en la ducha, ¿no?
—No quiero hacerlo contigo sabiendo que pensarás en ella.
—Estás muy equivocada, Mai.
»No te adelantes, no te he contado el final aún.
—Ah, ¿hay más?
Él la besará en los labios. Ella reconocerá, en el mero tanto de los dos, esa sensación descrita por él durante el extenso relato: piel, electricidad, fuego, pasión. Será lo mismo y ella lo sentirá. Y sabrá, al sentir las caricias de él en su espalda, amorosas pero no incitadoras, que no ha estado sola en este sentir.
No lo estuvo, no lo estará.
Nunca.
Pese a todo, nunca.
—Maldito niño depravado. Vamos y me cuentas el final.
Ella no lo sabía y jamás lo sabrá. Videl no tenía idea de que esa madrugada había cosas que, mágicamente, ya no le dolían más. Después de tanto, al fin había llegado a ese punto.
¿El dolor volvería alguna vez? Técnicamente, no. Nunca más lo sentirá.
O eso se suponía.
Giró hacia él y pensó: vislumbrar la boca en la oscuridad; una acción que se había vuelto costumbre. Tocar la boca, rozarla con la necesidad de sus labios; una acción que se le había vuelto imposible de concretar. ¿Cuándo Gohan se le había convertido en tan inalcanzable ser? Cada noche se preguntaba lo mismo, ante él, ante esa boca que, en el pasado, era parte de sí misma porque siempre, en la soledad, estaba sobre su cuerpo. Ahora, desde hacía tiempo, eso había cambiado. La situación se les iba de las manos.
—Gohan… —susurró. Bien sabía que él ya estaba dormido—. Gohan, oye…
Nada.
Giró en la cama una vez más, dejó de estar frente a él y pasó a estar frente al techo. Suspiró, y pasó del techo al borde de la cama, a la mesa de luz, a la ventana del cuarto, eterna en medio de la pared.
Ya no lo soportaba más.
Conteniendo la furia y las lágrimas, que en ella bien podían ir de la mano por la esencia que portaba, admitió lo que llevaba meses siendo evidente: Gohan y yo estamos en crisis. Ya no hay contacto, ya no hay ganas. Estamos en otra etapa de nuestra relación. Atrás quedaron esos besos que nos dábamos, esa necesidad de amarnos, esa costumbre del contacto y todo lo que éste provocaba en los dos.
¿Se acabó?
Acongojada, fue a la sala, se sentó en el sofá y encendió un pequeño velador. La luz dorada que iluminó el espacio fue como un puñal. ¿Por qué? Sin motivos, se deshizo en un llanto feroz. Sólo se detuvo cuando notó la sangre en las puntas de sus uñas.
—¿Qué es esto...?
Sin más, sintiendo una indescriptible sensación de desprendimiento en su piel, gritó.
~Terminará
Nota final XIII
El final. Acá estamos al fin.
Ante todo, perdón perdón perdón perdón perdón. ¡Este update se demoró demasiaaado! ¿Les soy sincera? Estaba desanimada y mi estrés en su pico máximo; febrero fue un mes muy complicado para mí por este estrés que me tenía a mal traer. Y cuando las ganas volvieron algo malo sucedió en mi vida, una situación familiar muy complicada a fines de marzo, y este capítulo (el que había retomado ese mismo día, casualmente) quedó en medio de un horrible recuerdo, atado a éste contra su voluntad. Costó mucho volver a Química, muchísimo. No pude volver hasta que ese problema se resolvió hace algunas semanas. Hasta entonces, era abrir este documento y recordar, y ver que las cosas no se resolvían, y sentir impotencia, odio, bronca, de todo. No había manera. Hasta verlos bien no tuve manera. Pero acá estoy.
Mil disculpas por no haber mantenido la regularidad. Quería, se los juro, pero cosas de la vida no me lo permitieron.
Y nada. La nota final quedó larga. Son libres de saltearla, ignórenme.
Sobre borrar memorias: sí, cuando este final se me ocurrió me dije que era la cosa menos original del mundo. Pensé en esas pelis famosas por el borrón de memoria, como Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (nunca la vi entera, la verdad) o El efecto mariposa (una peli que me encanta). Pensé también en otra versión de un posible borrón, como la poco conocida, poco valorada pero —a mi gusto— excelente Dollhouse, serie que tuvo la desgracia de morir demasiado pronto, habiéndonos dejado sólo dos temporadas. ¡Y debería seguir al aire hasta hoy, como Tru Calling y como Buffy, como todo lo que hace la grossa de Eliza Dushku! Pensé en todo cuanto pude pensar y me dije que el final que se me había ocurrido para este fic no era nada original.
Pero era el final ideal.
El final se me ocurrió en el mismo segundo en el que se me ocurrió el inicio, ese domingo en el que me había puesto a mirar DB en mi tablet tapada hasta las orejas en mi cama y me topé con el capítulo 289 de Z. Ese día nació Química dentro de mí, con su inicio y con su final justo como los pueden leer ahora. Y es cómico, pero los personajes mismos me dieron la idea: Trunks me dio la idea de estar enamorado en secreto de Videl por cómo se avergüenza al verla en el mencionado capítulo, y Videl me dio la idea del final por un diálogo que tiene con Trunks y Gohan unos minutos después, cuando menciona que las esferas del dragón borraron la memoria de todos cuando fue lo de Buu.
El propio DB trata el tema del borrón de memoria. Los juegos con la memoria, ni en los fics ni en cualquier otra cosa, tienen algo de originalidad. ¡Ni tampoco la infidelidad! Cuando lo entendí, me animé y lo hice así, no sin antes ensayar un par de finales distintos que terminaron desagradándome en extremo. Sé que no es original, sé que no descubrí América ni nada por el estilo, pero por las emociones expresadas en este fic me parecía un final a la medida. El fic es bastante humano, trata sobre cosas que pueden pasarle a cualquiera; este final era inesperado en este contexto, siento. Y esta cuota de fantasía desemboca en muchas posibilidades reales que espero expresar con justicia en el epílogo. En éste, la próxima y última entrega de este fic, vamos a ver en qué quedaron los personajes. Espero les guste. ¿Se separaron Gohan y Videl? ¿Mai castrará a Trunks en la ducha? XD
Sobre lo políticamente correcto o incorrecto... Nada. Después les cuento, en la nota final del epílogo (que escribí a principios de marzo, en una fecha muy especial para mí).
Mil gracias por los comentarios tan maravillosos, por la gente que elogia Química en el FB, por los que estuvieron desde el principio y los que se fueron sumando, por aquellos que señalaron cosas, que recomendaron, que analizaron las distintas situaciones. GRACIAS, porque veo que cumplí gran parte de mi objetivo, hacer una historia humana sobre gente imperfecta que se equivoca en situaciones más y menos límite. Ver que hay tantos lectores como opiniones sobre los personajes me deja saber que quizá no lo hice tan mal esta vez: yo no creo en los personajes buenos e idealizados, por eso me encanta que no estén de acuerdo con ellos, que haya TeamGohan, TeamVidel y TeamTrunks (?). Nadie es inocente en este fic.
Gracias por todo.
También les agradezco a los que no llegaron hasta acá por haberlo intentado, y les extiendo mis disculpas por no satisfacerlos con la lectura. Espero que la próxima vez que me lean les guste más. Ojalá.
Yo soy TeamMai. XD
Otra cosa: esta semana releí Química. Entero. Me demoró tres días pero lo leí de pe a pa y aproveché para corregirle pequeñísimos detalles de estilo (decir «aún» en vez de «todavía», es decir lo mismo dicho de otra forma, o bien sacarle comas que sobraban y sacar alguna palabra que se repetía mucho, como «paralizado», palabra con la que me obsesioné en un capítulo del principio XD), nada grave ni trascendental; retoques de rutina, diría. Ahora lo siento un poco más prolijo. Increíblemente pensé que iba a ser más complejo, pero no, nada. Fue algo muy sencillo. Espero haya quedado bien.
Química me hizo compañía durante un periodo de estrés bastante serio, un duelo mal resuelto, una crisis laboral, una pelea con una querida amiga —que finalmente tuvo un final feliz— e incluso estuvo ahí cuando mi héroe, Cerati, partió hacia la eternidad. También estuvo conmigo estos meses de distanciamiento, latiendo en mi corazón en contradicción con el penoso recuerdo que estaba atado a él por ese tema familiar que comenté más arriba. Me hizo compañía todo este tiempo y le estoy muy agradecida. Me hizo muy feliz.
Gracias por permitirme compartir esta historia con Uds.
Gracias a Zary, Guest, LDGV, Fiorella, Rex, Connie23, SpyroTJ, DeviDev, Skipper1, otroGuest, Hellracer, Yael, Manrica, MBriefs, TourquoiseMoon, Yumi-chan84, Diosadela muerte y otro Guestmás por tomarse el momento de leer y comentar. ¡Gracias miles a todos! Espero sigan del otro lado. Quizá no todos, pero espero la mayoría ande todavía por ahí y disfrute el final. Sus comentarios merecen todo mi esfuerzo, ¡merecen más que eso! Gracias. También a Gii del FB por tantos ánimos en aquella charla que tuvimos por privado. ¡Gracias por estar siempre! Un honor para mí, espero estar a la altura. Por último, a Ana (no pongo el apellido porque me parece que no corresponde) que hace unos meses me agregó al FB y me dejó un mensaje maravilloso en mi muro hablándome sobre todo de Química. Los dos fics que más me leen son Pecados en la Sangre y Triángulo, eso dice el Story Traffic cada mes. Cuando me dicen que uno que no es ninguno de los mencionados es el que más les gustó me pongo especialmente feliz. Un honor que me leas y muy agradecida por tu apoyo, Ana. Espero te guste el final.
Quiero dedicarle este capítulo a él, como lo prometí hace poco: Skipper, felicidades por la calidad de persona que sos, por los comentarios maravillosos que dejás, por tu sensibilidad tan especial al escribir, por el talento que tenés nato y que tanto disfruto leerte. Hace un tiempo, querido Oscar, en ese post de los autores favoritos de fanfiction en Por los que leemos Fanfics de Dragon Ball, me dijiste algo demasiado maravilloso que aún retumba en mi cabeza, porque no me lo creo. Espero algún día merecer lo que me dijiste, estar a la altura de que alguien tan talentoso como vos, a quien respeto muchísimo dentro de este fandom, me diga algo así. Gracias, Skipper. Mil millones de gracias. ¡Prometo esforzarme al máximo y luchar cada día en pos de crecer!
Mil gracias por acompañarme, ¡será hasta el epílogo! Voy a ponerme una fecha-objetivo: entre el 20 y el 26 de septiembre lo subo. =)
Nos leemos. n.n
Dragon Ball © Akira Toriyama
