—¿Por qué lloras?

La luz es dorada; el clima, íntimo. Llueve tras las ventanas, y la luz que los ilumina constituye el mundo, lo es, pues es el mundo lo que le genera el sentir.

—Pues…

»Me siento feliz, Gohan. Lloro porque aquí, así, soy feliz.


QUÍMICA


—una cuestión de piel—


Epílogo


«Quiero enamorarme de tal forma, que la mera visión de un hombre, incluso a una manzana de distancia, me conmueva y me penetre, me debilite y me haga temblar, aflojarme y derretirme entre las piernas. Así es como quiero yo enamorarme; tan fuerte que el simple hecho de pensar en el amado me produzca un orgasmo».

(Anaïs Nin, Delta de Venus)


«Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre».

(Henry Miller, Carta a Anaïs Nin)


La ducha, ese lugar de simbólica redención. Trunks sabe, mientras se desviste, que dista de ser el mejor hombre. No es el más inteligente ni el más apuesto ni el más bueno. Según la popular revista de millonarios, sí es el más rico al ser el CEO de la Corporación Cápsula, pero no, ser rico no tiene importancia en este caso. Ser rico no significa nada; lo otro, sí. Algunas cosas menos que otras, algunas más para el mundo y otras más para el ser, pero significan y él lo sabe.

No es el mejor, en definitiva. En nada.

Por eso es que la ducha es el recinto de la redención. Cuando su imperfección alcanza la cúspide, y erra, y la lastima, es allí donde se reencuentran, por más absurdo que algo como esto pueda sonar. Quizá porque su primera vez fue en una ducha, aquella vez hace tantos años, cuando él se le apareció allí, detrás, y le besó el cuello, y le corrió el cabello hacia el lado, y masajeándole la espalda le dijo lo que ya era una obviedad: te necesito, Mai.

Te necesito, ahora.

Ella temblaba; él lo hacía más que ella. Era la primera vez, luego de Videl, que compartía desnudez con otro ser. Y por fortuna sólo con ella la compartió de allí en más. Así es como la ducha simboliza para ellos algo parecido a lo que la luz dorada simbolizó para la adulta y el adolescente de los que ya nadie, más que él, se acuerda: es la reminiscencia, el reencuentro con todo cuanto significa su relación.

Ironías las de un hombre que, una vez, fue un adolescente que borró la memoria de su amante: la ducha es un recordatorio.

La luz dorada, también.

Mai está igual que en la primera vez: el cabello, húmedo, está pegado a su espalda y la cubre hasta la cadera; bajo el cabello, su piel es blanca y suave, de esas pieles que dan ganas de morderlas por lo curvilíneas, por lo femeninas. Él entra en la ducha y la abraza por detrás.

—Amor…

Mai se suelta.

—No te hagas el meloso, niño: sigo enfadada.

—Bueno, bueno… —Sin dramatizar en ningún momento, Trunks se lava el cabello debajo del agua. Hace buches para alejar al cigarro de su aliento—. Te entiendo, te lo juro, de verdad. Pero Mai, de todas formas…

—¿Qué?

—¿Hace cuánto que estoy contigo?

—¿Oficialmente? Como diez años o algo así.

—¿Y crees que te conté esa historia por qué?

—No habrás aguantado más o habrás necesitado decírmelo antes de separarte de mí. Bah, ¡yo qué sé!

—No fue por nada de eso.

Trunks masajea el cuero cabelludo de Mai con dedos expertos; ella apoya una mano en la pared para resistirse a la magia de ese maldito hechicero, como le gusta llamarle desde la génesis de su relación. Maldito niño depravado, hechicero de la perversión, susurra en su fuero interno; siempre me provocas lo mismo, siempre sabes dónde tocarme y cuándo tocarme, siempre me haces ceder…

Te odio, niño. Te odio con todo mi ser por tener tanta magia sobre mí.

—No te hagas el misterioso, niño. Anda, dilo. ¿Por qué, entonces?

Trunks hunde los dedos en la espuma que cubre el cabello de Mai. La limpia, primero allí, luego en la piel de la espalda, luego entre las piernas. Ella, con las dos manos sobre los empañados azulejos, lo odia aún más.

—¿Por qué, niño?

—¿«Por qué» qué?

—¿Por qué me mentiste así? Te lo dije todo, sabes de mí más que yo, te conté mi pasado como villana, mis planes junto al Gran Pilaf y cómo el papá de tu amigo nos arruinó todos. Te conté mi infancia, por qué uso ropa militar, por qué soy reservada, por qué pienso como pienso, por qué soy como soy. ¡Hasta te conté que pedimos de deseo rejuvenecernos! ¿Y tú?

»Me mentiste, Trunks. Me mentiste todo el tiempo.

Él ni se inmuta y eso la irrita. Este maldito hechicero no sólo sabe cómo tocarla; sabe cómo herirla.

Sabe cómo anularla.

—No te mentí, Mai. ¡Nunca te mentí! ¿Por qué dices eso? No te entiendo. No entiendo qué tiene que ver esa historia con las mentiras.

Basta, se dice ella. Voltea, lo observa, le clava el azul sobre el azul, idénticos los colores oculares de los dos. Trunks ve en ella todo lo que vio desde el primer minuto, cuando eran niños y ella salió corriendo por el pasillo. Su cabello, negro como la noche, bailó resplandeciente ante él, tan resplandeciente que hasta al diamante que él sostenía entre las manos opacó. Le sonríe; ella lo golpea en el pecho con un puño cerrado.

—Nunca me amaste. Nunca, niño.

»Nunca signifiqué nada para ti.

Él suspira. Ahora sí se inmuta, porque él sabe cómo tocarla y cómo herirla, sí, pero ella tiene en sus manos la misma clase de conocimiento; sabe lastimarlo como ninguna otra persona en el mundo. Serio, Trunks termina de asearse y sale de la ducha. Sus planes de redención han quedado truncos. Parece que las cosas serán más complicadas de lo calculado previamente. Tanto había temido esto, y sí, sucedió: Mai no toleró su historia.

Y quizá, se dice, no me la perdonará jamás.

—Malinterpretaste todo —le dice a Mai asomando por la ducha por última vez, tranquilo pese al reproche que sus palabras sugieren—. Si me permites explicar por qué te dije todo eso quizá me permitas explicar, también, por qué me estás malinterpretando. —Le da la espalda. Se aleja—. Tú eliges. Te espero en la cama.

Sola, Mai refunfuña con fuerza, apretando los puños, sus ademanes tan aniñados como siempre lo han sido. Sale minutos después, se seca ante el espejo, se envuelve en la bata y se va para el cuarto. Trunks está acostado y, a su lado, el velador arroja una luz blanca. Trunks tiene los brazos tras su cabeza, en cruz. Impertérrito, mira el techo. Cuando ella llega, él cambia el techo por sus ojos.

Sonríe, de nuevo.

—Ven —dice, y hace un gesto hacia el lado de la cama que no ocupa—. Charlemos.

Ciertamente a regañadientes, ella acepta. Se sienta de lado contrario de la cama y se quita la bata. Sabe que Trunks escruta la desnudez de su espalda; los ojos son dedos y la acarician en forma ascendente, luego descendente, luego ascendente una vez más. Los ojos son dedos, sí, y le provocan los más crudos escalofríos.

Mai se escabulle bajo las sábanas, desnuda aún, y se acuesta de espaldas a su marido.

Los ojos reiteran la caricia.

—Habla —pide ella, y ya no quiere ni puede decir más.

—Bueno… —Lo escucha suspirar, y los ojos se deslizan, y nada más que la pared observa ella de allí en más; sólo la pared, sólo el efecto de la voz que pareciera hacer temblar el cuarto y el mundo entero por el peso de sus palabras—. Nos quedamos en que pedí ese deseo, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando todo terminó, fui a casa y lloré como un crío. —Pese a lo triste que resulta aquello que dice, la voz de Trunks denota una especie de diversión. ¿Es esa clase de risa que reemplaza al llanto? ¿Es el célebre «reír por no llorar»?—. Tenía sangre en la camiseta, que me limpié como pude, pero nada. Y mamá vino a verme…

Él recuerda: su madre lo abrazó con todas sus fuerzas, lo acunó, le gritó, lo consoló. ¿Por qué lloras?, preguntó ella. Porque sí, respondió él. Cuánta impotencia saberlo: el deseo había funcionado y ella nada sabía de ese idilio entre su hijo y una mujer casada y mayor. El deseo había funcionado y Videl, entonces…

—Preguntó y preguntó pero no le dije nada. Mamá nunca ha olvidado esa escena, cada tanto me lo vuelve a preguntar: Trunks, ya pasaron muchos años. ¿Podrías decirme por qué llorabas? Y no. Nunca se lo diré.

»Se quedó conmigo. Al día siguiente, me bañé, armé un bolso y me fui a su laboratorio a despedirme. Le dije que me iba de viaje.


—¡¿Qué?!

—Mamá, tú te fuiste cuando eras más joven que yo. Sí, tenemos trabajo aquí, ya lo sé… ¡Pero necesito irme!

—No a menos que me digas qué te sucede.

—No puedo decírtelo, mamá… —Le dio la espalda—. Necesito irme, te lo suplico…

—Trunks… —Bulma tocó su hombro; él de desasió de ella.

—¡NECESITO IRME, AHORA!


—Y me fui. Le escribí una carta explicándole que estaría bien y me fui sin contar con su permiso. Al carajo todos: si me quedaba un minuto más, alguien me la nombraría, algo pasaría, y no, no podía permitirlo, porque si la veía me moría, Mai. No quería verla nunca más… —El tono se ensombrece hacia el final—. Lo mejor que podía hacer era dar un paso al costado, por eso me fui.

»El resto lo sabes bastante bien: me fui en moto a recorrer el mundo con todos mis ahorros en los bolsillos, sin teléfonos, sin nada, escondiendo mi ki y durmiendo a un lado de la ruta dentro de la casa-cápsula que le robé al abuelo. Comía lo que podía, paraba en gasolineras, no hablaba con nadie y pasaba mis días cantando todas las canciones que me sabía, hablando en voz alta de tonteras, riéndome de mis propios chistes, destruyéndome los tímpanos con la radio. Nada, no quería pensar en nada.

»Y pensaba.

»A veces, me detenía en un bosque y miraba el cielo durante horas. Pensaba en ella y sentía que me volvía loco. Se me desgarraba el alma, Mai. Recordarla iluminada por la luz roja de los ojos del dragón, recordarla llorando detrás de mí, recordar su grito y volver a escucharlo en cada maldita pesadilla que tenía me estaba alejando de la realidad.

»Ni te cuento cuando veía las marcas de mi estómago…


Se aseaba en la ducha con el volumen de la radio a máxima potencia. Cantaba cada canción a los gritos con la única intención de acallar a su mente. Cállate, maldita, eso suplicaba; cállate, no quiero pensar en eso, en ella, en la luz, en todo, en su piel.

No me hagas pensar en Videl, por favor.

Aléjala de mí…

Entonces, el jabón terminó sobre su estómago. Temblando, hizo lo que tanto deseaba hacer, lo que cada vez que se bañaba hacía: refregó, refregó, refregó, y arrancó las débiles costras de esas heridas provocadas por las uñas de Videl; y la sangre, roja como el mundo, como la pasión, como el amor, volvió a fluir a través de las heridas.

Observó el jabón: blanco, y lo manchaba un hilo de su propia sangre.

Cayó al piso. Sobre la losa, se abrazó. Desgarró su garganta al gritar y el resto del mundo desapareció, menos los pensamientos, menos el rojo, menos ella.


Un breve silencio. Mai se pregunta en qué piensa, qué cosa está recordando sobre las heridas, qué partes de la historia le está ocultando durante el relato. Él respira fuerte; a espaldas de ella, acaricia las pequeñas cicatrices con las yemas de los dedos. Sigue:

—Ese viaje no me estaba haciendo bien, en resumen; me estaba escapando de mí mismo y mis errores; así no se solucionan los problemas, sólo te condenas a una eternidad de amargura.

»Hasta que te encontré, Mai.

Ella traga saliva y frunce más el ceño al escuchar su propio nombre. Aprieta los párpados; no quiere escuchar lo que sigue.

—¿Lo recuerdas? —continúa él, sin embargo—. Hacías autostop en una ruta, cerca de donde había estado el castillo de Pilaf. Hacías autostop porque necesitaban dinero y decidiste irte para poder trabajar en algún pueblo cercano y acumular la cantidad suficiente para poder vivir cómodamente por un tiempo.

—Y a cambio de eso me encontré un niñito perverso.

Risas de los dos, las risas de dos personas que, tantos años después, se conocen la vida entera y se leen hasta en los silencios. Hay alguna clase de decepción en la risa de ella. Trunks no lo nota y prosigue:

—Aún recuerdo tu cara cuando me viste…


Plena tarde, el sol mataba con su intensidad en el centro del desierto. Frenó junto a la muchacha de chaquetilla militar que hacía dedo junto a la ruta. Al verla, al reconocerla, rio por primera vez desde el deseo, lo hizo con emoción genuina, porque el destino le demostraba una vez más cuán ocurrente podía ser.

—Disculpe —dijo ella cuando él frenó, y le hizo un millón de reverencias, nerviosa y exagerando cada ademán—. Necesito acercarme al pueblo más cercano y mi nave se quedó sin combustible. ¿Será que podría, acaso…?

Sin más preámbulos, él se quitó el casco. El lila de su cabello y el azul de sus ojos bastaron: Mai lo reconoció.

—¡Tú…!

—¿Qué tal, Mai? ¿Cómo has estado todos estos años?

—Niño, maldito seas. ¿¡Qué mierda haces aquí?!

—Te aviento al próximo pueblo. Anda, sube. —Le dio el casco. Mai lo sujetó sin ninguna convicción, hecha un manojo de nervios—. Y descuida: no te guardo rencor por desaparecer de un día para el otro y plantarme en el parque cuando teníamos trece años.


—Me costó convencerte, pero te subiste. El resto es historia, ¿verdad?

Mai suspira. Ese recuerdo, aunque aún hoy odie admitirlo, le encanta. Es uno de los recuerdos más felices de su vida, el reencuentro con ese noviecito que había tenido un tiempo mientras vivía en la Capital del Oeste junto al Gran Pilaf y Shuu, mantenidos los tres gracias al dinero que le habían pedido a Shenlong el mismo día en que unos extraterrestres pidieron de deseo revivir a un sujeto que volvió reducido a un puñado de trozos movedizos. ¿Quién era? ¿Quién o qué lo había cortado así al asesinarlo? Cuando el dinero se acabó, se fueron, y ella jamás se despidió de él.

Y lo había tenido presente por años.

Niña pese a ser una mujer, lo había recordado siempre.

—Viajamos juntos hasta el próximo pueblo —recuerda Trunks, y ella siente al escuchar su voz todo el amor que, aunque sea la peor a la hora de admitir, le tiene—. Fue como una semana de viaje en moto, creo.

»Tú no hablabas y yo tampoco, no de cosas íntimas, tú por reservada y yo porque estaba destrozado. Hablábamos de tonteras, torpemente, y fuiste la primera persona en sacarme una sonrisa después de todo lo que había ocurrido con ella. Eras una bocanada de aire fresco: me hacías bien. Me hacías reír, me hacías pensar en otras cosas, me relajabas, me hacías sentir un niño otra vez, ese niño al que le gustabas tanto. Me gustaba todo de ti, justo como cuando éramos niños y fuimos «novios» durante un tiempo. Tu carácter, tu mirada, toda tú. Y tu cabello; sabes cuánto me fascina tu cabello.

Mai siente el odio corroerla.

—¿Y ahora dirás que te hice olvidarla, niño? Eres cursi, me fastidias.

—No. —Trunks ríe, convencido—. Diré que me ayudaste a dejar todo lo sucedido atrás.

»Tu compañía era justo lo que necesitaba para evitar volverme loco en pleno viaje. Llegaste en el momento indicado y, cuando alcanzamos el próximo pueblo, te supliqué que no te quedaras allí, que volvieras conmigo a la Capital del Oeste.


—¡Ni loca! —respondió Mai—. No me voy contigo.

—¡¿Por qué no?!

—¡Porque eres un niño depravado y de seguro te piensas que aceptaré tener algo contigo! Pues no: no soy una chica fácil, niño.

—Ay, Mai… ¡No! Tú eres buena en electrónica, lo recuerdo bien. Cuando vuelva a la Corporación Cápsula tendré toneladas de trabajo acumuladas, y se me ocurrió que podrías ayudarme. ¿Qué dices? La paga es buena, te lo garantizo. ¡No pierdes nada con intentarlo! Si no te agrada el trabajo yo mismo te daré una de mis naves para que te vayas. ¡Anda, di que sí! Te lo prometo: harás buen dinero trabajando en la empresa junto a mí. No te arrepentirás.


—Y acepté.

—Y aceptaste.

»Por fortuna, diré: si me volvía a quedar solo, enloquecía.

Aún no se miran: ella mira la pared y escucha la voz de él, y tirita al sentir el aliento caliente en su piel desnuda, acariciada hasta el hartazgo por los ojos azules. Él libera una risilla.

—Hasta que lo dijiste no lo había pensado, ¿sabes? —dice él, y ella abre los ojos de par en par—. No había pensado en tener algo contigo; sólo pensaba en que me hacías bien, en que me alegrabas y eras la única persona cuya presencia era placentera para mí. Te necesitaba mucho y no podía dejarte ir.

»Volvimos. En total, estuve ocho meses fuera, cinco meses solo y tres meses contigo. Al volver, aparecí junto a ti y todos me querían asesinar. Papá me dio una paliza cuando entrenamos, mamá no me dirigía la palabra. Y Goten…

Frena.

—¿Qué pasó con Goten?

Trunks traga saliva: acaba de hablar de más. ¿Cómo lo disfraza? ¿Cómo evita que Mai sepa que ella, la mujer de la que han hablado la noche entera, se trata de la cuñada de su mejor amigo? Y lo que es peor: ¿Qué tan bien ha guardado el secreto durante su relato? Por un instante, al tiritar, no se siente lo suficientemente seguro de nada de cuanto ha dicho.

—Goten… —Suspira. Disimula, se pide a sí mismo; disimula y no permitas que ella lo sepa, porque si lo sabe no te lo perdonará jamás, y la perderás, y no lo tolerarás—. Goten estaba furioso conmigo por irme sin él. También estaba celoso, supongo: sólo te hablaba a ti. No le hablaba a nadie más.

»Eventualmente, en casa me perdonaron, y mamá empezó a hacer preguntas sobre nosotros: ¿es tu novia otra vez? ¿Qué pasa entre ustedes? Y yo recordaba eso que me habías dicho, eso de que yo quería tener algo contigo, y me daba cuenta, poco a poco, de que la idea no me desagradaba.

»Sin embargo, no. No estaba listo.

»Las heridas del estómago tardaron meses en cerrarse definitivamente: no las dejaba cerrarse, las mantenía rojas, vivas. Empezaron a cerrarse aun cuando yo no deseaba que lo hicieran, no obstante, y cuando eso sucedió entendí que el tiempo estaba pasando y yo no quería aceptar los hechos. Es como cuando estás triste y te obligas a escuchar una canción triste para hundirte aún más en el sentir. Bueno, yo hacía eso: me hundía. No quería estar bien. Inconscientemente, tal vez, sentía que no me merecía estarlo.

»Pero cada día, gracias a ti, sonreía un poco más.

»Me faltaba una sola cosa para salir adelante, entendí: saber de ella. Necesitaba saber de ella, algo, lo que fuera. No tuve que averiguar demasiado: un amigo que la conocía… —Aprieta el puño como si eso bastara para reforzar la mentira a medias— me dio información de un día para el otro.


—Gohan y Videl se separaron, Trunks.

Al escuchar ese nombre, el segundo de los que Goten había pronunciado, Trunks se perdió a sí mismo. Se alejó varios pasos de Goten, los dos encerrados en su cuarto a pedido de su amigo, quien había ido a visitarlo aduciendo tristeza. Estoy triste y necesito hablar con alguien, le había dicho Goten para convencerlo de pasar tiempo con él. Trunks, por supuesto si de Goten se trataba, no se había podido negar. Y entonces el baldazo de agua fría:

—Se separaron y Gohan está destruido. No sé cómo ayudarlo, no sé qué hacer…

Tratando de no enloquecer por causa de lo que escuchaba, reanimada la angustia, la desesperación y el amor que ese nombre despertaba en él, Trunks, sujetándose del escritorio, aún de espaldas a Goten, indagó:

—¿Qué sucedió? ¿Por qué… —Tragó saliva. Se moría— se sep…?

—Mmm… No debería contarte, pero eres tú, Trunks. ¡Necesito hablarlo con alguien! Discúlpame si hablo de más… Fue así:

»Hacía meses que no venían bien. Videl le planteó la posibilidad de separarse por lo menos por un tiempo, pero Gohan insistió en trabajar juntos para fortalecer la relación. Algo así me dijo Gohan anoche. Entonces, se dieron tiempo para estar juntos durante algunas semanas; no funcionó. Videl le dijo que lo quería, pero que ya no sentía lo mismo de antes. A pedido de Gohan, hicieron terapia de pareja. Nada. Videl se fue con Pan ayer por la mañana. Le dijo a Gohan que ya no era feliz con él, que ya no lo amaba, que ya no podía seguir con él en Paoz. Al parecer, ella se sentía muy apagada, muy incómoda consigo misma, y necesitaba cambiar muchas cosas de su vida para, según ella, «recuperar» su persona.


—Lo mismo —dice Mai conteniendo la risa—. Era obvio, niño: hacerla olvidar no la iba a hacer feliz. No ibas a evitar que se separara al hacerla olvidarte.

—Pero yo no lo entendí hasta que escuché sobre su separación —sigue él—. Hasta ese momento me volvía loco cada noche pensando en ella y su marido, pensando en lo felices que debían ser habiendo hecho lo que hice. Los imaginaba tan, tan bien…

»Y no.

»Se habían separado por el mismo motivo, sólo que yo no había existido en la vida de ella. Sin mí, las cosas habían sucedido con más lentitud, pero habían sucedido de igual forma.

»Me sentí el ser más infeliz del universo. Al mismo tiempo, sentí un rayo de esperanza.

—¿Acaso…?

Mai gira por primera vez. Trunks sonríe contagiado por una profunda emoción.

—Sí —dice. Pronuncia tanto la sonrisa como la emoción—. La busqué.

Él la abraza. La besa entre los ojos, en el ceño.

—Encontrarla no fue difícil: estaba en el mismo departamento donde tanto había sucedido entre nosotros. La conocía tanto que pronto me di cuenta de que podía leerle las actitudes, los movimientos. ¡Y qué extraña era esa sensación de saber tanto sobre una persona que no sabía nada de mí, que ya no recordaba nada sobre nosotros dos! La encontré en el parque una noche, ese parque donde ya la había encontrado una vez. Estaba haciendo exactamente lo mismo: corría vestida con ropa deportiva. Y yo…

»Yo…


Once meses sin verla. Once, y al sentir su ki sentía, a su vez, exactamente lo mismo: amor, locura.

Pasión.

Para tolerar todo cuanto la presencia le expresaba, se aferró a una corteza de árbol, que accidentalmente resultó ser el mismo árbol contra el cual, aquella vez, la había besado hasta el hartazgo, justo antes de ir al departamento para hacerle el amor con todo su corazón. Eso no iba a volver a suceder, se dijo, y el temblor que se apoderó de su cuerpo incrementó la fuerza del agarre.

Y la vio.

Supo que rompería el árbol, que era capaz de hacerlo, por lo cual cambió la corteza por la tela de su camiseta. La estrujó escondido tras el árbol, apretando los dientes, sosteniendo en su garganta el grito de amor que ansiaba proferir, el grito que su piel estaba bramando en un idioma ininteligible. Las rodillas cedieron cuando ella pasaba justo ante él. Se tapó la boca para no gritar, y cuando lo hizo, sólo al hacerlo, se percató de cómo lloraba.

Y ella frenó.

Trunks sintió que el corazón se le detenía así como ella lo había hecho. ¿Por qué justo delante de ese árbol? ¿Por qué en ese momento, con él detrás de la corteza escondido? Vio cómo ella observaba el entorno, cómo parecía estudiarlo. La vio dar vueltas en círculos, fijándose en detalles que él no era capaz de adivinar. ¿Qué significaba eso?

Unos minutos, y ella se fue.


—Pensé en hablarle. Me lo imaginé todo. —Trunks voltea a Mai y se apoya completo contra su espalda. La abraza y habla sobre su oído—. «¿Qué tal estás?», pensé en decirle. Ella me decía: «bien, ¿y tú?» Y me sonreía como ella suele sonreír, con esa empatía tan evidente. Entonces ella notaba mi llanto y me preguntaba qué me sucedía, y yo me confesaba y ella me abrazaba y al tocarnos ella me recordaba, a mí y a todo lo que había sucedido entre nosotros. Pero no…

»Eso no iba a suceder, sólo era ficción.

»Pero no pude resistirme: cada noche, cuando ella salía a correr, yo iba para allá a espiarla. La espié durante días, semanas, ¡no lo sé! La espié y la espié y retrocedí: volvía a añorar algo que jamás podría volver a suceder, volvía a arrancarme las costras de las heridas. No me permitía curarme. Cuando me di cuenta de cuán inútil era ir a verla, cuán mal me hacía, cuánto necesitaba sonreír y dejar esa historia atrás, me animé. Le hablé.

»No lo hice durante la noche en el parque; la busqué en otro horario. Un martes por la mañana vi cómo dejaba a su hija en el colegio. Con gorra y lentes, me hice el tonto y fingí cruzármela.

—¿Por qué? —pregunta Mai, anonadada.

—Porque si no asumía que ella ya no me recordaba nunca lo iba a superar.


La sintió venir. Controló los nervios, controló los temblores, controló a su piel, que parecía querer despegársele, y en la esquina, sintiendo el ki y escondiendo el suyo, la interceptó. Sin chocarla, sin siquiera rozarla, se frenó justo delante de ella. Al verlo, Videl, que iba cubierta por gorra y lentes así como él para así ahuyentar a los medios que bien sabían quiénes eran ellos dos, se mostró asombrada.

—¡Trunks! ¡Qué sorpresa!


—Me sonrió justo como lo había imaginado, con esa empatía tan de ella.

»Me sonrió, y supe que no se acordaba de nada; que yo, para ella, no era más que ese niño que conocía por gente en común.


—Ah, Videl… ¿Qu-Qué tal?

Ella parpadeó. ¿Qué le ocurría a Trunks? Bien lo conocía gracias a Goten: Trunks no era la clase de persona que expresara inseguridad. Era altivo, imponente, un Brief en lo más ortodoxo del concepto. Era un muchacho de gran actitud, de enorme personalidad. Era un líder nato, no ese chico que tan angustiado y pálido exhibía tantas dudas e incertidumbre ante ella.

Se preocupó.

—¿Te sucede algo? No sabía que habías vuelto. Antes de… —Su voz bajó un tono—. Antes de separarme, lo último que supe de ti fue que aún no habías regresado de ese viaje. Eso me contó Goten.

—Volví hace unos meses—respondió él con el tono muerto, sin atisbo de vida—. Estoy haciéndole trámites a mamá aquí, en Satán City.

—Ah… —Videl lo estudió: muy notorio era que algo le ocurría. Justiciera como ella sola, con la empatía en el cielo, buscó indagar más—. Oye, no te veo bien. Luces nervioso. ¿Quieres charlar o algo…?

—Quise, Mai. Quise decirle que sí, quise arrojarme a sus brazos y llorar y gritar y hacérselo y decirle y gritarle y asegurarle que la amaba y la iba a hacer feliz ahora que estaba separada. Me sentí tan incapaz de controlarme y me dio tanto miedo lastimarla, ¡lastimarla, sí!, que, sacando fuerzas de quién sabe dónde, me reprimí.

—No. Me peleé con mi… novia. Ya se me pasará… Gracias por preocuparte.

—D-de nada.

—Saludos a Pan. Nos vemos.

—Nos vemos…


—Cuando le di la vuelta a la calle corrí como en mi vida lo había hecho. Lo asumí: se terminó, no me recuerda ni me recordará. No hay lugar para mí en su vida, no existo para ella. No soy nadie.

»Estaba destrozado, Mai. Fue la peor época de mi vida. La peor.

—Nunca se te notó —afirma ella, y siente una aguda tristeza al pensar en lo difícil que habrá sido, para él, no contar con nadie en tan extraño y doloroso momento.

Él se ríe. Otra vez, y ella sabe que sí, que es cierto: ríe por no llorar.

Cuánta frustración.

—Soy un gran actor, Mai —asegura él, y ríe más al hacerlo.

»Me concentré en el trabajo, en mi familia, en Goten y en ti, especialmente en ti. Verla me ayudó, pude llegar a ese punto del sufrimiento donde te dices que es estúpido seguir hundiéndote, donde aún conservas el ápice de sentido común preciso para decírtelo. O me hundía y me perdía a mí mismo o salía adelante y volvía a ser yo.

»Salí. Salí pero nunca a volví a ser el que era. ¡Qué absurdo creer que volvemos a ser los que éramos al superar un dolor que llevamos incrustado en lo más hondo de nosotros mismos!

»Sin embargo…

»Me gustabas sinceramente, Mai. Me gustabas tanto que sonreír al pensar en ti era fácil. Acepté lo bien que me hacías con tu carácter y tus ocurrencias y tus exageraciones y todo cuanto te constituía y le dije adiós a ella. ¡Basta!, le dije; serás feliz en esa vida que habías planeado para ti misma, te recuperarás, dejarás de sentirte marchitada, pero yo no puedo ser parte de eso porque ya no te acuerdas de mí. Debo asumirlo: no te acuerdas de nada. ¡Así que basta! Basta: debo dejarte seguir tu camino y debo seguir el mío.

—¡¿Pero por qué no luchaste por ella, Trunks?! —exclama Mai en clara frustración. Es él quien la frustra; es su actitud ante la obviedad—. La amabas aún y ella estaba sola.

—En primer lugar, porque aparecerme ante ella y decirle «¿sabes?, fuimos amantes y te borré la memoria pensando que así podrías ser feliz» no iba a funcionar. Ella me trataría de loco, Mai. ¿No es obvio que no tenía sentido hacerlo?

—Lo es —admite Mai sin demasiada convicción—. Pero…

—En segundo lugar, no lo hice porque no tenía derecho. Yo le había hecho daño y estuve a un deseo de arruinarle la vida. No me lo merecía, Mai.

—No, no te lo merecías.

—Así que decidí merecerte a ti.

—¿Por eso…? —Mai ríe, odiándolo y amándolo. Sabe lo que sigue en la historia—. ¿Por eso es que tú…?

—Por eso es que me dediqué, casi de un día para el otro, a conquistarte. ¿Te acuerdas con qué insistencia te invitaba a salir?

—Sí…

—¿Y te acuerdas con cuánta insistencia te sacaba tema de conversación mientras trabajábamos en el laboratorio?

—Eras insufrible.

—¡Lo sé! Y tú eras un verdadero desafío, esa clase de chica por la cual hay que remar y remar en un mar de asfalto. Me costó demasiado convencerte, pero pude.

—Pudiste…

—Y te encaré en la ducha.

—¡Y te odié por ser tan pervertido!

—Pero me amaste después de hacerlo conmigo.

—Maldito niño…

Mai sonríe: él la había convencido porque ella estaba convencida per se. Le costó aceptarlo, mucho, muchísimo, pero él le gustaba. Era la primera persona, fuera del Gran Pilaf y Shuu, con la cual se sentía cómoda, por la cual se sentía valorada, con la cual sentía que podía hablar, en la cual se creía capaz de confiar. Trunks parecía inyectarle vida luego de años y años de estar entregada a una causa que la había sumido en la pobreza y sinrazón. Siempre tan puritana cuando de hombres se trataba, se había convencido de sus verdaderos sentimientos infantilmente: me gusta el niño, ¡y tengo como cincuenta años mentalmente! Y me hace sentir niña. Me hace sentir una niña, y también una mujer, y también me hace sentir valiosa, hermosa, inteligente, perfecta, ¡perfecta! Me hace sentir perfecta y me hace sentirlo mío. Y me siento de él. ¡Maldito niño, me siento tuya! Todo es sincero entre nosotros dos: todo es verdad.

Y entonces, la historia que le ha contado. Y entonces, las dudas sobre la relación que hace tantos años tienen y sobre la cual nunca ha sentido duda alguna.

Trunks la besa en el cuello y ella pierde la razón. Lo odia y lo ama más que nunca, todo a la vez.

—El resto lo sabes: compré este departamento y me casé contigo, y hace años que estamos juntos. Trabajamos en la empresa, yo soy el CEO, tú eres la Jefa del departamento de Electrónica y tramas conquistar el mundo a mis espaldas.

—¡No!

Trunks se ríe a carcajadas.

—Ya sé, ya sé, aunque a veces tengo mis dudas.

—Eso quedó atrás. El Gran Pilaf vive una vida tranquila.

—Y se mantiene cerca de ti.

—Si esperabas que renunciara a mi pasado por ti, te equivocaste.

—Y por eso te amo, tonta.

Mai siente un escalofrío al escucharlo, provocado por el aliento de él, que con cada palabra le acaricia el oído con aire incitador.

—No, no me amas.

—¿Por qué?

—Porque la amas a ella.

—Y ese es tu error, Mai. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

—Claro que sí tiene que ver.

—No, al contrario. Yo lo pienso así: si no la hubiera amado a ella y hubiera sufrido como sufrí, si no hubiera cometido todos esos errores imperdonables, nunca hubiera podido estar contigo como lo estoy. Esa historia constituye el porqué estamos juntos, tonta: ¡si no hubiera sido por esa historia no te hubiera encontrado haciendo autostop! Todo es por algo, las cosas suceden por un motivo, y si yo no hubiera madurado, y si yo no hubiera cambiado como cambié luego de ella… Mai, nunca hubiera estado contigo.

»Te cruzaste en mi camino en el momento indicado, eso intento decir.

»El amor que dura es eso, ¿no? Es cruzarte con la persona adecuada en el momento adecuado. Eso es amar para mí: merecer y que te merezcan en el espacio-tiempo indicado. Con ella no iba a ser posible, y yo, si luchaba por ella, me iba a condenar a una vida gris y vacía.

—¡Pero ella se…!

—Se separó, sí, pero yo la conocía lo suficiente para saber lo que pasaría.

Mai voltea de nuevo. Incrédula, indaga con los ojos. Trunks responde gesticulando una de esas intolerables sonrisas:

—Un año después de separarse volvió con su marido. Están juntos hasta el día de hoy.

Mai se tapa la boca por más motivos de los que Trunks supone a simple vista.

Sí, es ella.

—Sabías que ella volvería.

—Lo sabía.

—¿Cómo?

Ella y él son especiales. Hay cosas que no se pueden negar: cuando encuentras a esa persona que está hecha a tu medida poco podrás hacer para luchar contra ello. Tú eres esa persona para mí, y él es esa persona para ella. Podrán separarse mil veces como podría pasarnos a ti y a mí, pero él y ella siempre volverán a encontrarse, estoy seguro. Así como tú y yo, un día, nos volvimos a encontrar.

—Trunks…

Él la mira a los ojos. Está convencido de cada palabra que dice y ella es capaz de leerlo en su mirada: todo cuanto dice es cierto, lo piensa, lo siente. Hay gente a la que, de una forma u otra, estamos destinados a encontrarnos una y otra vez, y no es su destino volver a cruzársela a ella.

Y lo sabe.

—Sino mira a mis padres. Una millonaria terrícola y un príncipe de los saiyajin. ¡Ja! Se iban a encontrar, se tenían que encontrar.

—Nunca me percaté de cuánto crees en el destino.

—No creía en esas sandeces, Mai, pero vi al destino burlar a la magia, lo vi con mis propios ojos: ella se separó de él, ella volvió con él. Ella me vio y nada le pasó conmigo, nada le hizo ruido, nada se asomó en ella al verme llorar en medio de la calle. Yo no era su destino.

»Él sí.

—Pero todo lo que dices sigue sonando a que soy el premio consuelo, niño.

Trunks larga otra carcajada. Mai percibe cuánto se muere él por llorar.

—¿Por qué la gente es así? El pasado demarca el futuro, maldita sea. ¡Si yo no hubiera vivido eso no estaría viviendo esto! Si no fuera sincero lo que siento por ti hubiera mandado la vida misma a la mierda y estaría luchando por ella aún, haciéndome mierda contra ella una y otra vez, como si ella fuera una pared. Pero no debía, no podía y no quería. No quería, Mai.

»Quería ser feliz. Y nunca iba a ser feliz junto a ella.

—¿Y eres feliz junto a mí, niño?

Mirándose a los ojos, él no duda:

—Sí.

Y ella le cree. ¿Cómo no, si en sus ojos hay verdad? Si gritan verdades y nada parece posible cuestionarles. Ella sabe cuándo miente él, lo conoce lo suficiente; ahora no miente. No, porque sus ojos siempre lo delatan, porque es allí es donde siempre está su verdad.

—Entonces, me lo contaste porque…

—Es lo único de mí que no sabías.

»Como dijiste, yo lo sé todo de ti. A mí me faltaba decirte esto. Y te confieso que dudé mucho, por eso tardé once años en contártelo: temía esto, que pensaras que te mentí, que no te amo, que «te amo menos», que eres menos para mí por haberla amado a ella.

»Y no, Mai.

»No, nunca.

»Que hayamos amado una vez no quiere decir que no podamos volver a hacerlo. Que una parte de mí, ese adolescente que aún vive dentro de mí, en algún sitio, aún sienta algo por ella, como ya te lo dije, no significa que lo que siento por ti tenga menos valor. Al contrario…

»Me hace amarte mejor. Me hace amarte con madurez.

—Entonces, niño… —Mai sonríe. Ha esperado la noche entera este momento. Con las pruebas en las manos, segura de la conclusión que ha sacado, lo indaga—: ¿por qué no me dices que ella es Videl?

Trunks muta justo después de esa mención: se convierte en un adolescente cuando se la nombra. Mai ve al que fue el amante de esa mujer, lo ve como si fuera ella, como si fuera Videl: es un muchacho precioso. No apuesto; precioso. Es él; el adolescente está vivo en su interior, aún.

Y está más vivo de lo que él cree.

—Mai, yo… —La voz es adolescente, todo él lo es.

Cae la careta y él ya no puede mentir, reír, evadir. Está desnudo física y emocionalmente, brama sus angustias en un idioma que Mai es capaz de comprender.

—Te delataste demasiadas veces —le explica ella—. De hecho, contándome esto sólo me confirmaste una sospecha que tengo hace años, niño.

El rostro de Trunks pasa a ser blanco papel.

—¿Eh? —farfulla, confundido.

—Que lo he notado, Trunks —sentencia Mai—: cómo la miras, cómo la evitas cada vez que tu mamá los reúne a todos y cómo ella no parece comprender tu actitud. Si se presta la debida atención, se siente algo extraño en ti cuando ella está cerca.

»Aún la amas y lo haces con todo tu corazón, niño. Aunque no lo quieras, lo haces. Y está bien: me cuesta aceptarlo, apenas si estoy comprendiéndolo, pero entiendo lo que dices lo suficiente como para saber que sí, que es verdad: me amas, y una parte de ti la ama también.

Él lo pide con los ojos, entonces: abrázame, por favor. Ella lo hace, lo hunde en su pecho. Afuera, el amanecer es un hecho. Ha sido la noche más larga de toda su relación. Ha sido la más dolorosa de todas, también.

Especialmente para ella.

—Mai…

—No lo digas, niño. Lo sé: dices la verdad. Y es una verdad muy cursi, muy digna de ti cuando te pones sentimental: todo es por algo, las cosas ocurren porque deben, nada es en vano. Vivir unas historias nos habilita a poder vivir otras. Por eso funcionamos, porque viviste lo que viviste y porque viví lo que viví.

—Exacto…

—Así que llora y duerme, niño. Llora a Videl como tanto deseas hacerlo y deja de fingir que eres fuerte cuando, ante este tópico, no lo eres. Ahora que se lo contaste a alguien, que ya no es un secreto que sólo tú sabes, podrás llorar de verdad.

—Podré, sí…

—Podrás y yo estaré aquí, niño perverso. Estaré aquí como lo he estado todo este tiempo.

—Gracias, Mai…

Y llora, sin más. Y observa, sin dejar el pecho de Mai, la luz blanca del velador. Ya no es dorada. No lo es y no lo será. No, nunca más, porque la nostalgia es el sentir más inútil, porque no tiene caso luchar por algo que, a estas alturas, sólo es un recuerdo que a nadie más que a él pertenece, ese amor que sintió y que siente, ese amor que sólo él conserva, pues sólo de su parte venía.

Porque no era correspondido.

Recordar a alguien que no nos recuerda con el mismo cariño; la vida misma. No hacen falta borrones de memoria, magia, ficción, para que el recuerdo, en dos personas, sea dispar. Los vemos avanzar sin voltear hacia nosotros, los vemos alejarse de lo que sentimos, y al final sólo podemos decir una cosa: ¿por qué no te acuerdas de mí como yo me acuerdo de ti?

¿Por qué signifiqué menos para ti de lo que tú significaste para mí?

No hay dolor más grande para quien siente saber que no tiene significado propio en el recuerdo del ser amado.

No hay peor condena que aquella de carecer de un concepto.

Lo que queda en el pasado en el pasado bien está.


Mediodía. Él duerme, todavía; ella no. Ella mira el techo sin dejar de acariciar el cabello lila. Lo siente suyo, se siente de ella, pero la historia ha sido demasiado pesada y no puede hacer a un lado todo lo que ha sentido al escucharla.

Es verdad, reflexiona: él me ama aun cuando conserva, en el fondo de su ser, amor hacia ella. Sin embargo, hay algo sobre lo cual no ha hablado al hablar sobre mí, algo que no es casual que no haya mencionado en absoluto. No sé si fue consciente, inconsciente, pero así como él lo dice, todo es por algo.

Por algo no lo dijo.

—Piensas que soy tonta, niño —susurra mientras lo peina—. Me subestimas demasiado…

Lo hace, eso siente, pues ha esquivado el tema magistralmente.

—Aunque me ames, no soy yo la más importante para ti.

»Porque nunca tuviste ni tendrás conmigo, ni conmigo ni con nadie, la química que tuviste con ella.

Ahí radica la diferencia.

Ahí radica aquello que, probablemente, Mai nunca pueda perdonarle del todo, pues no ser los reyes absolutos en el corazón amado es el peor golpe al ego que una persona puede recibir.

Con amargura, lo acepta: ha ganado la batalla mas no la guerra.

Es ella la dueña de él. Es Videl y siempre lo será.


Falta poco para llegar. Al saberlo, al adivinarlo con ayuda del cielo que vislumbra, siente en su pecho una sensación bien conocida: angustia. No es cualquier angustia, por supuesto; no es esa que se siente ante un problema ni es la que genera una pelea, por ejemplo.

Es una angustia sin significado aparente.

Once años lleva sintiéndola, desde esa noche. ¿Por qué? Ante determinadas situaciones, una inmensa angustia la acecha. En su pecho se forma un nudo y la insatisfacción es absoluta. ¿Qué la genera? ¿Cuál es el motivo?

¿Qué es este sentir que pareciera no pertenecerle?

Mira a su marido y se lo pregunta otra vez: ¿por qué, Gohan? ¿Por qué, desde ese día, me siento una extraña en mi propio cuerpo al experimentar determinadas sensaciones?

¿Por qué, a veces, me siento tan desdichada?

Suspira. Masajea su frente.

—¿Estás bien, mamá? —pregunta Pan desde atrás.

—¿Te duele, mi amor? —pregunta Gohan a su lado, mientras conduce.

Suspira de nuevo.

—Estaré bien —exclama con una sonrisa.

La tensión que envicia el aire baja después de su respuesta; Pan vuelve a prestarle atención a la música y Gohan al camino. Luego de revolverse en su asiento, Videl intenta pensar en otra cosa, pero no, no puede. ¿Por qué?, se pregunta otra vez.

¿Por quién?, le pregunta al azul del cielo.

Rememora: todo se remonta a aquella crisis con Gohan. Ella no estaba bien, desde hacía mucho tiempo que se sentía marchita, desganada, infeliz, pues la vida de Paoz junto a su marido no la satisfacía por ningún motivo que no fuera Pan. Pero no lo asumió hasta esa noche, esa misteriosa noche once años atrás.

La recuerda como ayer: despertó y, más descorazonada que nunca, asumió que Gohan y ella estaban en crisis. Hasta ese momento, la angustia tenía significado. Después, bajó a la sala y prendió un velador que pintó de dorado el ambiente. Sintió ante la luz una emoción subyugante que, al igual que la angustia, no encerraba ningún significado aparente.

Luego, los vio.

—Llegamos —anuncia Gohan.

Bajan de la nave, la convierten en cápsula y caminan y caminan hacia donde les han indicado que acontece la fiesta, en el jardín exterior, hacia el fondo del espacio que ocupa esa monstruosa edificación llamada Corporación Cápsula. Gohan la sujeta del hombro durante el trayecto, la protege de manera especial, como lleva nueve años haciéndolo. Lo mira, y él le sonríe.

Entonces ese día, hace once años, los vio.

—¿Qué pasa, mi amor? —indaga su marido.

Los vio, recuerda: sus dedos, ensangrentados.

¿Por qué?

Sin prestar atención a su marido, concentrada en la remembranza, Videl estudia sus uñas al observarlas: para la ocasión, las ha pintado de celeste, como sus ojos. Mira el color, voltea las palmas y mira debajo de cada uña. Esa noche, hace once años, sintió la emoción sin significado y, luego de prender el velador, gritó al ver sangre en sus uñas, sangre, como si hubiera clavado en la piel a alguien.

¿A quién?

La angustia sin significado aparente latió en su interior por primera vez; la reconoció al notar que lloraba sin saberlo. Temblando profusamente, luego del grito, Videl pensó en las posibilidades: ¿de dónde viene esta sangre? ¿A quién pertenece? Se preguntó, llorando mientras temblaba, si acaso había lastimado a Gohan, pues ella no tenía ninguna herida en su piel. No era su sangre; no había sangre en ella. Era la sangre de alguien más.

Agitada, aterrada, gritó otra vez.

¡Videl!, sintió que gritaban desde el primer piso de la casa.

Gohan…, susurró sin entender nada de lo que ocurría.

Entonces un miedo que se manifestó con violencia pareció guiarla por la casa. En este acto no hubo ningún tipo de razonamiento; una fuerza superior la guiaba. Corrió a la pileta de la cocina y lavó la sangre con detergente, sin más. Por algún motivo, cree recordar, al escuchar cómo Gohan bajaba la escalera sintió que debía limpiar esa sangre, que debía borrar esa evidencia.

¿Pero cuál fue ese motivo?

—¿Mi amor? ¿Me escuchas? ¿…Qué pasa?

Y así ha estado los últimos once años, preguntándoselo.

—Nada, Gohan. —Le sonríe—. Pensaba algo.

Y así ha estado, sintiendo adentro un vacío al cual jamás ha podido dar explicación.

—¿Qué?

Frunce el ceño, se lo pregunta con marcada insistencia así como lo hace cada vez que la emoción sin significado, o bien la angustia, la asedia: ¿por qué? Rememora, mientras, cómo limpió la sangre y fingió calma cuando su marido apareció detrás de ella aquella noche: ¿Por qué gritaste?, indagó él. Creo que tuve un mal sueño, inventó ella.

—Que no me gusta cómo me queda este color en las uñas —responde, ausente de sí misma.

Gohan asiente, y una tristeza parece latir en su interior al hacerlo. Bien le conoce a Videl esta ausencia que denota. Desde ese día, sí.

—Combina con tus ojos —afirma él, intentando llegar a ella.

Porque cuando Videl se pone así, se dice, él la siente a mil kilómetros de distancia.

—Pero prefiero el rojo —contesta Videl sin observarlo. Está lejos, es inalcanzable—. Es un color más bonito, ¿no? ¿Tú qué piensas? ¿Qué color te gusta más?

—Me gusta el celeste; es el de tus ojos.

Ella se sonríe por el cumplido. A Gohan, por un instante, le parece que no la conoce. Con Videl, a veces es distancia y a veces es lo que es ahora, desconocimiento total: ¿quién es ella?

¿Dónde está mi mujer?

—Yo prefiero el rojo —insiste ella—, como el de aquel vestido con el demonio pintado delante, ¿te acuerdas? Adoraba ese vestido, también ese traje rojo que tenía, con el que fui al torneo una vez. Creo que ya no me va ninguno de los dos.

Ríen, lo hacen y se observan: están más grandes, treinta y ocho años. Bordeando las cuatro décadas, se les nota la madurez, a ambos, pero entre ellos parece imperar una mágica armonía, la de antaño. Pese a ello, los dos saben que parte de esa armonía es tan sólo una fachada.

Miran hacia atrás y buscan, así, el porqué: Pan camina con gesto despreocupado, vestida como muchachito y con auriculares a todo volumen en las orejas; de éstos se desprende una pesada canción de rock. No les hace caso, como cualquier adolescente que se precie, pero la siguen sintiendo lo mismo que siempre, el motivo, el significado mismo de su relación. Pan es todo lo que ha salido bien entre los dos, su motivo para ser uno los dos desde hace tantos años. El motivo por el cual volvieron a ser marido y mujer.

Pan era, es y será el nexo que los une.

Gohan estrecha más a Videl, quien no devuelve el gesto. Cada uno piensa en lo mismo sin sospechar que el otro lo hace de igual forma: nos queremos, nos adoramos y bien lo sabemos. Sentimos por el otro todo lo que una persona puede sentir por otra, toda la confianza, todo el agradecimiento, toda la empatía del universo. Pero algo es distinto, lo es desde la crisis que nos separó, lo es desde esa noche.

Gohan se lo dice: nunca he vuelto a sentir de parte de ella el amor que siempre me había hecho sentir.

Videl se lo dice, también: nunca volví a sentir por Gohan lo que sentía en mi juventud.

Un año duró la separación. Pan estaba triste, bien lo sabían, pero la desconexión entre los dos era tan notoria e invencible que no podían concebirse como una pareja de nuevo. No, de ninguna manera. Por eso, ese año se vieron lo menos posible, Pan el único gran motivo para hacerlo. Hasta que llegó el momento de hablar, de reencontrarse, pues Pan los necesitaba juntos y ya no toleraban ver dolor en la reina del corazón de los dos.

Hablaron durante horas y encontraron en el otro parte de lo que habían perdido al momento de separarse: compañerismo. Se sentían dos viejos amigos que todo podían compartirlo, que todo podían decírselo. La emoción los subyugó, y un abrazo les hizo saber cuánto se querían. Habían sido el primero y el único para el otro y estarían unidos de por vida por la existencia de la hija de los dos; había un vínculo y éste aún latía; quisieran o no, lo hacía. No obstante, no: ya no era lo mismo. Algo había cambiado para siempre.

¿Pero acaso no se adoraban? ¿Pero acaso no era el otro aquella mitad que todo les conocía?

Volvieron. Por quererse, por ser dos viejos amigos, pero sobre todo volvieron porque no se imaginaban con otra persona, porque todo se lo conocían, porque tenían una hija. Por Pan, por eso volvieron.

No por lo que él piensa.

Y así siguen hasta hoy. El compañerismo es algo importante en una relación, es uno de los pilares de una relación, y tienen con el otro un compañerismo envidiable, sienten por el otro un cariño profundo, pero algo falla, algo está ausente, lo mismo que se ausenta entre tantas otras parejas, aquello que tiende a apagarse porque tiende a menospreciarse, aquello donde también está involucrado el amor.

Ya no hay química entre los dos.

Ya no hay amor entre la piel que los cubre a los dos.

—Ah —exclama Gohan, y da así fin a la remembranza que comparten sin saberlo—, allá están todos.

Al fin, luego de caminar y caminar, llegan a la fiesta de cumpleaños de Bulma. Videl se entrega con inercia a la situación, domando lo más posible esta emoción sin motivo, esta angustia latente, que por algún motivo desconocido hoy, ahora, ha llegado a invadirla una vez más. Hola a Yamcha, Puar, el maestro Roshi, los padres de Bulma, Chaoz, etcétera. Hola a Mai, y el patrón cambia.

Mai observa a Videl de una manera muy extraña. Hay desprecio, un notorio desprecio en sus ojos.

—Videl, no le hagas caso —dice Gohan a su lado, alejándose ambos de la esposa de Trunks—. Mai siempre ha sido un tanto… ¿peculiar?

—Lo sé, pero tampoco para mirarme así —asegura Videl, ciertamente nerviosa—. ¿Quién se cree?

Gohan sonríe cuando ve cómo le asoma a su mujer aquel carácter tan bien conocido, el de siempre, el de la verdadera Videl, ¡porque esa era la verdadera, no la de ahora, la de este sábado de la nostalgia!; esa misma Videl que, a veces, cree perdida en el camino que han comprendido juntos a lo largo del tiempo. Esa Videl que, aun cuando la recuperó luego de un año de separación, todavía se le resiste.

Esa Videl que nunca ha vuelto a pertenecerle.

Le sonríe, y cuando ella le devuelve el gesto con aquella empatía que tan bien le reconoce, se dice que así está bien. El amor apasionado, el enamoramiento, no ha sobrevivido en su relación, no en la potencia del pasado, pero sin embargo sí sobrevive la amistad, el compañerismo. Haber permanecido juntos los últimos nueve años, luego de la separación, no ha representado para ellos ni una carga ni una obligación. No iban a buscar a otras personas, no era ese el motivo para separarse, sino la ausencia del enamoramiento, la pasión, lo inexpresable. Aprendieron, juntos, a vivir sin todo eso, a valorar otros motivos de su vínculo, y es por eso que han pasado de ser marido y mujer a ser dos viejos amigos. Por sobre todas las cosas, han pasado de ser marido y mujer a ser los padres de Pan. Es ese el significado de su nexo; es ese el motivo por el cual no imaginan la vida sin el otro, porque Pan existe y porque Pan los une. Porque si se trata de hacer feliz a Pan todo cuanto hagan está bien.

—Ya, ya… —dice él, y la estrecha más—. No pienses en eso.

Se sientan y ya no piensan más en el tema. En la fiesta de cumpleaños de Bulma todo es alegría, así. Bingo, comida, espectáculos, premios, un inmenso escenario. Videl disfruta, ríe junto a su marido; Videl los mira a todos, a los presentes y los ausentes. Roshi mira los senos de Marron, la hija de Krilin. Dieciocho lo golpea, lo manda a volar lejos. Todos ríen a carcajadas.

De un momento a otro, Videl no logra acompañar a los demás. ¿Cómo conectarte, si no eres parte de ellos aunque desees serlo? Si dentro de ti hay otra cosa, un enigma, un misterio, un vacío que nada ni nadie ha podido, en los últimos once años, llenar.

¿Por qué?, se pregunta, y lo percibe en su piel.

Es esa sensación, de nuevo.

Es esa mirada, otra vez.

Curiosa, abrumada por el contexto, mira rostro por rostro. Mira a Vegeta, Piccolo, Woolong, Tenshinhan. Se lo pregunta: ¿Dónde?

¡¿Dónde?!

Detrás de ella, una sombra se mueve. Videl voltea. ¿Acaso es…?

¿Quién? ¿Quién es?

Se levanta, nerviosa. Camina por los alrededores y esquiva a Gohan y a Pan, quienes no notan en ella anomalía alguna, pues la conocen: ella es así; ella, a veces, se ausenta de todo y todos y busca su propio lugar.

De pronto, es como si pudiera caminar con los ojos cerrados, como si fuera un metal y un imán la atrajera, la guiara.

Y más.

Llega a un pasillo dentro de la interminable mansión Brief, pasillo dorado por las luces tenues que lo iluminan, que hacen ver anticuado un sitio rebalsado en exceso por la tecnología. Allí hay una ventana que apunta al jardín externo; es un interminable pasillo que circunda los extremos de la mansión. Fuera, ya es de noche; sólo reina la luz dorada del pasillo y la luz plateada de la luna.

Como antes.

Videl mira sus uñas en un acto reflejo que bien se conoce desde hace once años. ¿Cómo antes?, piensa. ¿Qué antes?

¿Qué es esta absurda nostalgia que me llena y me hace enmudecer?

Ante la ventana, que tiene un vidrio corredizo levemente abierto, lo ve: Trunks fuma un cigarro ante la ventana, observa la luna y la naturaleza del bellísimo jardín en un gesto de evidente fascinación. Ella frunce el ceño.

¿Por qué?

Mira sus uñas, de nuevo. Después, mira a Trunks. Hace años que apenas si cruza palabra con él. En el fondo, cada vez que va a una reunión, se pregunta por qué pareciera él evitarla. No hay antipatía en sus saludos, jamás; se siente una suerte de incomodidad de él hacia ella. Nunca lo ha entendido. Al verlo a solas envuelto en esa luz, se lo pregunta por enésima vez: ¿por qué?

¿Por qué parece no soportarme cerca?

—Trunks…

Él pierde dominio de sí mismo con tan sólo escucharla; el cigarro cae al suelo. Lo levanta y lo lanza por la ventana. No la mira.

No debe.

—Videl…

Porque si la mira, caerá una vez más.

—Trunks, yo…

»Quisiera…

Ella no prosigue. Trunks se reprocha esta soledad en medio del pasillo, la siente un error. ¿Cómo no me di cuenta de que…? Es que hace tres noches ha hablado con Mai sobre ella, tres malditas noches, y aún siente la nostalgia que la charla le produjo en el corazón.

Desde hace tres días que no deja de pensarla; Videl ha estado en su cabeza cada segundo desde entonces. Nota en Mai cierto reproche y se siente triste por ello, pero, oh, no puede dejar de pensar a Videl. ¿Cómo, si contar lo sucedido entre ambos despertó en él tantos sentires dormidos? ¿Cómo, si Mai tiene razón y él la sigue amando en lo más recóndito de su ser? Tan embelesado estaba hace un momento ante el paisaje que divisa aún por la ventana que no notó a la protagonista de sus pensamientos: recordaba, hasta escucharla, esa noche en el parque, cuando corrió tras ella, cuando la abrazó, la besó y descendió al más maravilloso infierno junto a ella. La recordaba, ¡a ella!, y ahora la tenía enfrente y no sabía qué decir ni qué hacer.

Hace cálculos sin apartar la vista del paisaje que divisa: no habla con ella desde que la interceptó para cerciorarse de que ella lo había olvidado hace ya tantos años. Tiempo ha pasado, y al mirar sus manos y notar el temblor que ostentan, burlonas las manos que le recuerdan más y más situaciones protagonizadas por la piel de los dos, sabe que nada ha cambiado, que todo cuanto le ha dicho a Mai es cierto: una parte de él aún la ama y, probablemente, siempre lo hará.

Pero la nostalgia es el sentir más inútil, se repite como lleva once años haciéndolo. De nada sirve sentirla, porque sentirla significa frenar, estancarse; sentir nostalgia es negarse todo lo que podría ocurrirnos de mirar hacia adelante y continuar viviendo.

Sentir nostalgia es negar que estamos vivos, aún.

—Dime, Videl —dice, y la voz le tiembla más de lo que es capaz de soportar.

Ella lanza unas sílabas confusas. Él se prohíbe mirarla en lo consecuente.

—Eh, lo siento… No sé por qué te hablé —farfulla ella. La voz le tiembla o eso le parece a Trunks por un instante—. Me sorprendiste aquí solo, supongo.

—Ah, eso… —Trunks se golpea el pecho disimuladamente: el nudo que se le ha formado lo asfixia—. Estaba fumando y, bueno, Mai odia que fume. Vine acá para fumar en paz.

—Ah, ya veo…

Ella ríe: se ve que Mai estaba amargada por eso, se dice, y camina hacia Trunks. Frena junto a él y mira el mismo paisaje que él mira, el horizonte allá a lo lejos, infinito como los sentimientos lo son hacia ciertas personas fundamentales en nuestras vidas.

Trunks se aclara la garganta.

—¿Y tú…? —susurra—. ¿Y tú qué…?

—Eh, bueno… —Sin mirarla fijamente, haciéndolo lo menos posible, él nota que ella observa el suelo. Parece destilar una especie de vergüenza—. Estoy un poco pensativa y quise caminar un poco. Ya sabes, alejarme un poco de todos…

—Ah…

Silencio. Trunks escucha que Videl pronuncia una sílaba que no desemboca en ninguna palabra. La observa con la misma reserva de antes.

—¿Sucede algo, Videl?

—No, o sí. ¡Ah! —La escucha reír y siente que le hierve la sangre. No por furia, por supuesto; por felicidad. Escuchar su risa siempre le dará felicidad—. De repente me brotaron ganas de charlar, pero…

Él larga una risa que Videl, impresionada, reconoce como amarga.

—Puedes… decir lo que quieras decir, Videl. Te escucho.

Él traga saliva justo después de hablar sin pensar. ¿Por qué lo hace? ¿Por qué le dice que la escucha? ¿Por qué la nostalgia es tan inútil y tan adictiva a la vez?

Se miran de soslayo. Se sonríen por mera cortesía, y Trunks nota lo pequeña que ella le parece. Ahora es mucho más alto que a los diecinueve, ya no está en igualdad de alturas con ella. Y ella parece más pequeña, más delicada, más dulce y aniñada pese a esos signos que la hacen ver mayor. Trae el cabello corto y peinado hacia atrás, y lleva puesto un bonito aunque sobrio vestido gris, junto a unas botas de cuero y unas calzas negras. Al ver las últimas, él recuerda la primera vez; traía puestas unas parecidas.

El recuerdo lo despedaza. Videl lo nota.

—¿Sucede algo, Trunks?

Él sabe que está pálido. Posiciona su rostro de tal modo que le impide a ella mirarlo. Y se delata, sin embargo.

Y ella todo se lo percibe todavía.

—No… Eh… Miraba el cielo y… pensaba.

—¿Nostalgia?

Trunks aprieta los párpados. Siente cómo el corazón le acelera. Se lleva las manos a los bolsillos para que el temblor adolescente no quede en evidencia.

—Nostalgia, sí. Algo así…

—Es exactamente lo que siento ahora, ¿sabes? —comenta ella con inaudita naturalidad. Hay atropello en su forma de hablar; hay urgencia—. Hay días en los que siento una especie de nostalgia mezclada con otros sentimientos y no encuentro forma de dejar de darles importancia.

Trunks sacude el rostro como si acabara de recibir un golpe, sintiendo cómo le sudan la frente y las manos. Pensamos en lo mismo, farfulla para adentro; pensamos lo mismo y es insoportable.

—A todos nos pasa —contesta él en un hilo de voz.

Videl lo nota raro, pero continúa. Por algún motivo, tan carente de significado como la emoción y la angustia, siente la necesidad de hablar. Y no, no con cualquiera; con él.

¿Por qué?

—Sí, sé que a todos nos pasa, pero… —Videl se abraza a sí misma; ¿qué estoy diciendo, qué estoy pensando?, se pregunta—. Estos últimos diez años, más o menos, siento cosas que no sé si son «normales», a las cuales no tengo forma de darles explicación. Supongo que la separación tuvo que ver, no lo sé, pero me pasa: siento cosas que no puedo explicar, me emociono y me angustio con facilidad en ciertos contextos. Por ejemplo en estas reuniones: antes de venir, me lleno de todas estas sensaciones y me pongo así, como estoy ahora, y… ¡Ah, qué pena decirte todo esto!

Él traga saliva, de nuevo. La nostalgia es inútil, se repite.

La ilusión también.

—No te preocupes, Videl —responde él con más cortesía que convicción, sudando frío—. Di lo que quieras, insisto. No es molestia.

Ella ríe una vez más y él nota que esa risa tiene mucho de nerviosismo. Por un momento, jura que ella es un espejo de él.

—¡Debes pensar que estoy loca! Rara vez hablamos, no tenemos mucha relación, Trunks, y sin embargo te digo todo esto…

»No sé, es como si me sintiera… en confianza contigo.

»¿Te molesta?

Trunks traga saliva una vez más y contando, y juguetea con el encendedor encerrado en su puño. No la mira, no, nunca. Se muerde la lengua, y si bien por fuera aparenta con bastante éxito un estado de ánimo dentro de los parámetros de lo normal, por dentro es un volcán, una tormenta, una bestia, un monstruo. Es una bomba y siente que, en cualquier momento, explotará.

—No pasa nada, Videl —dice, y se odia al sentir el hilo nervioso que representa a su voz—. A veces es… refrescante hablar con otras personas, supongo.

—Sí, puede ser.

Entonces, Videl se percata de algo: el reflejo que el vidrio de la ventana le devuelve parece hablarle, susurrarle un algo sin forma ni sentido en voz baja. Se concentra en el tenue reflejo que le devuelven los cristales y un déjà vu estalla dentro de ella, la desestabiliza por completo. Trunks la observa de soslayo: en principio, ella parece prestar atención a algo en particular, y al notarlo siente un déjà vu, también: recuerda aquella vez que la volvió a ver, en el parque corriendo con ropa deportiva; ella había frenado para estudiar algo en particular, ¿pero qué? Estudia el reflejo que ella parece estudiar y la ve temblar de pies a cabeza con pasmosa notoriedad. Frenéticamente, mueve sus ojos hacia atrás, los apunta a la pared, luego al piso, luego a la mesa de vidrio decorativa. Sobre ésta, un velador los ilumina.

Y la luz es dorada.

Trémulo, con todas las emociones a flor de piel, devuelve la mirada a Videl: ella lo mira fijamente. Cuando los ojos y los ojos se encuentran, estalla la bomba en los dos.

—¿Trunks…?

—Videl…

—Yo… —Ella aleja los ojos de él. Trunks nota con qué fuerza se sujeta la cabeza—. Lo siento, nada.

La ve: se aprieta la cabeza con fuerza inaudita y aprieta los párpados de igual forma. Siente cómo le sube el calor por el pecho al notar que un fuerte dolor la aqueja.

—¿Estás bien?

—Sí…

—No, no lo estás.

Y ella se aprieta más, la cabeza con las manos y los párpados contra los párpados. Él se estruja la camisa que le cubre el pecho. Instintivamente, lleva su mano hasta su estómago. ¿Es posible que esté sucediendo lo que parece?

¿Es posible que ella, de alguna forma…?

—De verdad —agrega ella, y abre más la ventana. Se sujeta de los bordes y se refresca con el aire del exterior—. Lo siento, es que a veces me pasan cosas un poco… raras.

Trunks estruja más la camisa. Siente que las heridas le arden por dentro, no por fuera.

—¿Hace un momento dijiste que no es normal… lo que sientes?

¿Por qué se lo pregunto?, se dice él; ¿por qué tiemblo como un crío, otra vez? ¡¿Por qué no me voy, carajo?!

¿Por qué me ilusionas así, Videl?

¿Por qué me haces creer que tú…?

—No, creo que no —dice ella, y masajea su frente, como si intentara calmarse una jaqueca—. A veces siento que me miran, a veces juro que veo sombras, a veces…

—¿A… a veces?

—A veces me emociono sin motivo.

—Eso no es anormal. A todos nos pasa que nos emocionamos sin motivo.

—Pero… —Y ella vuelve a mirarlo a él. Al hacerlo, vuelve a temblar, y se masajea más la frente, y aprieta sus párpados con fuerza—. ¿Te pasa que ciertos ambientes te recuerdan sensaciones?

Trunks suplica: deja de hacerlo, deja de ilusionarme, deja de hacerme pensar que…

Que…

—Sí —responde, derrotado.

—Esta luz, por ejemplo…

Dorada, como la del cuarto. Dorada, como cuando él le hacía él amor y ella se desahogaba al gritar sobre su cuerpo. Dorada, como cuando ella era la mujer y él era el muchacho-anestesia.

—Me trae recuerdos, sí —contesta él, y la voz le tiembla al ritmo del cuerpo entero, de la piel, del sentir que lo abruma y le señala a esa mujer.

—A mí también, Trunks. Me trae recuerdos…

Trunks jura que el piso tiembla por causa de los dos y no sólo por causa de él. Hay algo, en el ambiente, que le hace sentir que no está solo en esta trascendental emoción. ¡Pero no puede ser! ¡Pero no es posible!

—¿Qué…? —farfulla él, confuso.

—¿Qué clase de recuerdos, preguntas? —Ve cómo ella apoya los dedos en el borde de la ventana, ve cómo hunde más y más los ojos en el horizonte. Trunks susurra un casi imperceptible «sí»—. Felices.

Trunks camina hacia atrás. Hunde una palma entera en la pared contraria.

—¿Felices…?

—Sí. —Videl gira hacia él, ahogada—. Cuando veo esta clase de luz, dorada… No sé, me emociono mucho. —La voz le tiembla, se quiebra por completo, y los ojos se humedecen al fin. Está emocionada de verdad—. Me da ganas de llorar y no sé por qué… Es como cuando escucho una canción y me hace pensar en mi mamá…

—Nostalgia, Videl… —susurra Trunks de espaldas a ella.

—Nostalgia de algo que me hizo muy feliz.

Y al escucharla, Trunks se tapa la boca. Se despeina, respira agitado. Manotea, con la urgencia de un adicto, un cigarro de su bolsillo. Recuesta la espalda contra la pared y, evitando a Videl, se lo lleva a la boca.

Y ella hace un gesto.

—No deberías fumar.

Y frena con esa frase del pasado al dedo que se disponía, hasta sus palabras, usar el encendedor. Y el encendedor se va al piso. Hablan uno sobre el otro:

—¡Oh, Trunks! Lo siento…

—No te preocupes, yo…

Y los dos se agachan para recogerlo.

Y las manos, once años después de la última vez, se rozan.

El encendedor queda en el suelo y se lo olvida como aquello que es efímero y no posee significado alguno en una escena verdaderamente importante. El tiempo se detiene y no es una sensación, porque lo hace de verdad. Entre ellos, algo se detiene y no vuelve a avanzar más. Retrocede, en realidad.

Trunks fija los ojos donde no debe, donde no quiere, donde el instinto le ordena que los fije: en las manos, que bajo esta luz lucen tan doradas, tan desnudas, tan como antes. Nota su temblor, en él y también en ella, y cuando a fuerza de voluntad aleja su mano, no, no puede; Videl apoya las puntas de sus temblorosos dedos sobre las de él con una urgencia que resulta conmovedora, con desesperación pero también con ternura. El temblor se multiplica. No es electricidad lo que el roce de las pieles les produce; es un terremoto, y es de alivio.

Las respiraciones aceleran. Los ojos de él, sin más, suben.

—Videl…

Y ella ya lo mira, lo hace fijamente. Las puntas se pegan más, ejercen una fuerza anormal. Se hunden los dedos en los dedos, hasta entrelazarse. El apriete les produce dolor.

Les produce felicidad.

—Trunks…

Y ella se suelta. Al hacerlo, Videl observa su propia mano, lo hace atentamente. La estudia, busca explicar lo que acaba de suceder. Se sonroja, derrotada. No hay explicación alguna.

—O quizá sí —se dice en voz alta, y el rojo estalla en sus mejillas al percatarse de la extraña situación. Traga saliva—. Lo siento, Trunks. Yo… Yo no sé… —Masajea su frente unos segundos—. No entiendo por qué hice… eso…

Cuando se fija en él, ve la fijeza de la mirada, lo penetrante que le resulta el azul sobre su celeste. Él parece en trance y ella sospecha, de alguna forma, que sería inútil en este momento hablarle; él, sabe, no la escuchará.

Ni a ella ni a nadie.

—¿Qué sucede? —pregunta—. Trunks… Lo siento, no quise tomarte la mano así. Yo…

Él no la escucha, efectivamente. Cuando Videl lo entiende, va de su mano a él, de su mano a él, una y otra vez, sin mover la cabeza, moviendo nada más que las pupilas de una forma casi imperceptible. ¿Pensará que yo…? ¿Acaso…?

Entrecierra los ojos. Se lo dice a sí misma al fijar los ojos en los ojos, al ser absorbida por el mismo trance que lo tiene así a él: ¿por qué siento esto?

¿Por qué siento que esto ya lo viví?

Ve las luces, las ve al verlo a él. Une al entorno con este hombre que con tanta fijeza la mira, sin parpadear, sin denotar vida. En la garganta de Videl se produce un nudo, y lo sabe: sí, esto ya lo viví.

—¿Trunks…?

¿Pero cuándo? ¡¿Cuándo lo viví?!

En un impulso, sin embargo, observando la mano que él aún tiene suspendida entre los dos, Videl lo toca una vez más. Apoya cada punta en cada punta y concentra su humanidad entera en ese toque, en lo que siente al tocarlo, en lo que siente al ver estas manos que se tocan rodeadas por esta luz dorada que tanto, en los últimos once años, la ha sumido en la más cruel de las nostalgias, en esa angustia sin motivo, en esa emoción sofocante.

Tiemblan los dedos, más de él que los de ella.

—¿Sabes…? —dice ella, y se asombra de la voz trémula que expulsa por su propia garganta. Es como si no fuera ella. Es como si no lo fuera pero lo fuera al mismo tiempo. ¿Por qué?—. Cuando veo esta clase de luz… —susurra, y ve el encendedor tirado en el piso, y ve cómo tiemblan los dedos de Trunks. Y mira sus ojos y éstos tiemblan también—. Cuando la veo, a veces lloro, a veces me angustio, porque es como si sintiera una… ¡No sé! Una especie de ausencia…

»Pero ahora…

Así, nota que al borde de los ojos de Trunks hay humedad. En torno al iris, el blanco se ha puesto rojo, y las pupilas tiemblan como si hubiera un terremoto dentro de ese ser. Y lo hay.

—¿Ahora qué? —pregunta Trunks, y su tono no es el que Videl le conoce, el de los últimos minutos; el tono tiene algo adolescente entintándolo.

Videl se fija en las manos. Los dedos tiemblan tanto, los de ella y los de él, que se desplazan. Es como si, involuntariamente, se acariciaran gracias al temblor compartido. Ella suspira; él siente que muere cada segundo un poco más.

—Ahora se siente… bien —afirma Videl, y Trunks jura que se le tiñe el mundo entero al verla sonreír. Todo es dorado, todo es perfecto, todo es como tanto ha soñado que sea, como pensaba sólo era posible en ficción, no en la realidad—. Se siente bien, Trunks…

»¿Por qué?

Las manos tiemblan más, las rodillas en el piso, las cuatro. No hay frío, no hay miedo, no hay motivo para que tiemblen así, no en ella, que no entiende este lapso, que no es capaz de cuestionarlo, que no es capaz de describirlo. Pero en él, en él sí hay motivos:

¿Ha vivido, acaso, en una mentira?

Observando las manos, viendo la caricia involuntaria que le dedican al otro, él larga una risa. Ella nota, en ésta, la misma amargura de antes, aunque potenciada hasta niveles casi escalofriantes.

—Qué fácil sería recordártelo, pero no lo haré —dice él, odiándose por decirlo, odiándose por sentir todo lo que siente aún.

Videl ejerce, sin proponérselo, más fuerza sobre los dedos de él. El temblor se distorsiona ante los dos.

—¿Qué? ¿Por qué no me lo recordarás? —indagará ella—. Trunks… ¿De…?

—Porque es tarde.

—¿Tarde?

Él sonríe. Ella ve más amargura de la que detectó en la risa proferida hace un momento. Es exagerado, ya.

—Videl… Eres más feliz así, ignorándolo.

Es exagerado para alguien que no recuerda, mas es lo mínimo para quien sí lo hace.

Ella aprieta más los dedos de él.

—¿Ignorando qué?

Y él también ejerce presión sobre ella.

—La gente es más feliz cuando no tiene idea. ¡Es más fácil así, no recordar, no saber, no nada! —exclama él, y las lágrimas se le caen de una vez—. Créeme, Videl: eres más feliz así…

Y ejercen aún más fuerza sobre el otro. La caricia involuntaria se intensifica, y ya no es involuntaria, y es más bien necesaria, obvia. La caricia es nostálgica. Es adictiva.

—Pero…

Cuando Trunks siente enloquecer, aleja su mano de la de ella. Se pone de pie y le da la espalda, pues sabe, entiende que si la mira un segundo más, la desnuda; que si la mira un segundo más, le recuerda absolutamente todo al hacerle el amor.

Y cuántas ganas tiene de eso, se dice sin dejar de lado el temblor; cuántas ganas tengo de hacerle el amor.

Ahora que sé que me equivoqué…

Ahora que sé que quizá, yo, no…

—Trunks —insiste ella, de pie detrás de él, observando la nuca que la luz torna dorada, observando la nuca y sintiendo que la recuerda, que le suena, que la conoce.

Y no.

¿O sí?

—No —contesta él.

Videl siente que sus emociones se le sueltan, que se expanden, que le atraviesan la piel para hablar por sí mismas. La mandan al diablo a Videl todas y cada una de las emociones que la subyugan y profieren con su voz todo cuanto desean indagar:

—Trunks… ¿Tú…?

—No…

—¿Tú sabes algo sobre esa noche?

—¿Cuál noche…?

—Desperté con sangre en mis dedos…

—No sé nada de eso.

—Sí lo sabes…

—No.

Sin dejar de temblar ni por un segundo, ella camina como puede hasta él, hasta encararlo. Se miran a los ojos y, debajo del dorado, algo se sigue sintiendo como se ha sentido durante este diálogo, familiar.

—Sí sabes —dice ella, y con lágrimas en los ojos esboza una desconsolada sonrisa, tan amarga como la de él—. Y sabes por qué me siento observada, y sabes por qué me emociono sin motivo ante ciertas cosas, ciertos aromas, ciertas luces… —Llora, Videl llora y Trunks siente que se muere allí mismo, que ya está muerto, que todo está perdido—. Sabes por qué siento, ahora, lo que sentí esa noche cuando vi sangre en mis dedos…

Trunks retrocede y ella avanza. Ella, fuera de sí, lo encierra contra la pared.

—¿Qué sentiste…? —farfulla él con la voz de un adolescente una vez más.

—Que se me desprendía la piel…

Y lloran, lloran como dos imbéciles. Trunks se tapa la boca, ella también, y lloran sin dejar de mirarse entre el dorado, la alegría y el grito ensordecedor de cada piel. Porque gritan, lo hacen; las pieles gritan y se reclaman, la piel de ella sin saber por qué, la piel de él sabiéndolo perfectamente.

Es la nostalgia del pasado aquello que los hace felices; es el reencuentro, es saberse juntos una vez más, porque es la piel la que llora, la piel de los dos reclamándose como si esta fuera la primera vez.

No era química, entonces.

No era química, sino más.

—No preguntes más, Videl. Es mejor así…

—¿De qué sirve ser feliz en la ignorancia, si esa felicidad es falsa? Trunks…

»¿Por qué tocar tu mano me hizo tan feliz…?

Se miran a los ojos. Las manos, una de él, una de ella, se tocan una vez más.

—¿Por qué, Trunks…?

Y él se responde. No a ella, sí a sí mismo: porque sí me quisiste, Videl.

La suelta y cubre su rostro con las dos manos.

Se lo repite: sí, me quisiste.

Sí, me amaste.

Sí, lo hiciste y he vivido en una mentira los últimos once años.

Me amabas, se repite; si no me hubieras amado, si hubiera sido para ti sólo lo que siempre he pensado que era, el muchacho-anestesia, el olvido, el escape de tu realidad, el maldito adolescente que con su intensidad te hartó…

Sí sólo hubiera sido eso para ti…

Unas manos se apoyan sobre las suyas.

—Me hace feliz… ¿Por qué?

Si realmente te hubieras alejado de mí por no soportarme, por haberte hartado…

—No lo sé…

Si hubiera sido eso solamente, si hubiera sido eso y nada más…

—Mientes y es muy obvio. Si dijeras la verdad no estarías extrañado de este comportamiento tan anormal que estoy teniendo.

Si hubiera sido eso nada más, mi amor, entonces esta nostalgia que sientes de mí no te daría felicidad.

—Videl…

Porque es eso: la nostalgia es inútil, es el sentir más inútil, ¿pero cómo negarla, si a veces es inevitable? Recordar a alguien, amar para siempre a alguien que ya no está contigo, quedarte en ese pasado para que todo parezca mejor en torno a ti.

Recordar personas, momentos que te hicieron inmensamente feliz…

A veces, la nostalgia no es inútil. Ante ciertas personas, la nostalgia es lo único que te queda. Es la realidad.

Saber que me amaste, saber que estuve once años equivocado.

Saber que esa vez en la cama, cuando me llamaste «mi amor» mientras peinabas mi cabello, decías la verdad…

Que yo era eso para ti…

Que no lo era Gohan, sino yo.

Videl, ¿cómo negarme esta nostalgia ahora, si me hace tan feliz?

—Dime la verdad, Trunks. ¿Qué quieres decir con eso de que soy más feliz sin saber? ¿Qué…?

Asombrada y no tanto, ella siente cómo él le sujeta las manos. Algo en la desesperación, en la intensidad del aferro de él a ella la sume en una nueva e inconcebible sensación de familiaridad. Trunks mira las manos, las mira y las besa de un segundo al otro, despacio, en total disfrute, en absoluta naturalidad. Aprieta los párpados, mientras, odiándose por lo que hace, por besarla, pero incapaz al mismo tiempo de detenerse. Videl siente una indescriptible felicidad al sentir sus labios sobre ella, mientras. Es como si él la conociera; es como si él supiera, como si tuviera un conocimiento implícito sobre su cuerpo. El calor sube, los dos tiemblan por su causa, por la alegría, por la pasión.

¿Pasión?

El terremoto que los encierra sólo es un recordatorio; muy obvio es todo. Videl se suelta con toda la delicadeza que es capaz de dominar entre tanta incertidumbre, asustada de la intensidad que la embarga, asustada de lo que siente, de la que se siente ante él, una que no es, una que ya no recuerda haber sido. Y lo fue.

Y lo será contra esa piel, siempre.

Trunks aclara su garganta. Cuando se dispone a disculparse con toda la vehemencia que ella le inspira, Videl lo interrumpe con las palabras justas, con el sentir exacto. Con la verdad:

—Es como si… hubiera química entre nosotros.

Claro. ¿Por qué se deja tocar y no piensa en su mujer? ¿Por qué ella se deja tocar y no piensa en su marido? Trunks se responde en su fuero interno con una fatalidad devastadora: porque no importa cuánto ame a Mai, porque no importa cuánto ames a Gohan, Videl…

Lo nuestro era pasión. Era química. Era piel. Y nuestra piel no se enamora de quien se enamora nuestra mente, de quien se enamora nuestro corazón.

Nuestra piel no elige. Es la más sincera de todas. Nuestra piel no elige sino que demuestra. Nuestra piel nos avisa cuando alguien será inolvidable en nuestras vidas.

Él sonríe con la misma amargura de antes. La verdad es una confirmación.

—La hay.

—La hay… —dice ella, sabiendo sin saber—. Pero…

Trunks siente su propio corazón desbocársele ante lo límite de la escena que vive. Siente el nudo en la garganta, el desprendimiento de la piel; siente todo, siente más y mejor ante y por ella. La ha deseado todos estos años, la ha extrañado cada noche mucho más de lo que se atreve a confesar. No ha vuelto a ser completamente feliz, nunca, no después de aquella vez, cuando ella y él estaban desnudos en la cama y ella mientras lo peinaba se lo susurró.

«Mi amor».

«Mi amor»; escucharla decirle así fue su instante de más cristalina felicidad. Once años después, momentos bellos, varios, unos cuantos, pero ninguno como ese, como cuando tenía diecinueve años y ella veintisiete, como cuando creía estar hartándola con su intensidad, cuando creía ser anestesia y no eso que ella misma le había dicho que era. Su amor.

El hombre por el cual sentía algo; el hombre con el cual tenía la más profunda y elemental química.

El hombre que, pese a lo inoportuno y desafortunado, la hacía feliz.

—Vete, Videl —dice pese a todo el sentir que lo embarga.

—No me iré sin que me expliques —espeta ella, al borde de la furia.

—Tienes que irte.

—¡No!

—Sí…

—¡¿Por qué?!

Él la observa entera. Al sentir los ojos de él recorrerla ella no sólo siente confusión, miedo, odio, rechazo; siente alegría, familiaridad. Siente nostalgia, y es ésta la que aúna todos los demás sentires en el centro de su corazón.

—Porque si te quedas un minuto más no respondo de mí. Te voy a lastimar, Videl. ¡Te voy a hacer infeliz! ¡Y no! Antes muerto.

»Te prometo que te haré muy, muy feliz…

—¿Hacerme feliz? ¡¿De qué diablos…?!

Él no se detiene: mira sus labios y recuerda cómo besarlos como si los acabara de besar; mira sus pechos, y recuerda que son su punto débil, que le fascina que la acaricien allí, que cuando le tocan los pechos ella cede y se rinde, deja de luchar, deja de resistirse, se entrega a la pasión, se hunde en la voluptuosidad y ya nada la detiene, no hasta gritar, no hasta alcanzar la cúspide de toda felicidad, el cuerpo y el alma fusionados en lo mismo.

Mira las piernas y entre ellas, mira las rodillas, la cintura, el cabello, la nariz, los ojos, todo. Mira todo y para cada retazo de piel sabe qué hacer.

Cuánto sabe de ella, de su pasión, de su corazón, de su esencia. Cuánto sabe y cuán poco derecho tiene de saber.

Resignado, sonríe.

—Te lo prometo, Videl.

—¿Qué cosa me prometes?

—Te prometo que serás feliz.

Cae una lágrima por su rostro, lágrima que descoloca a Videl. Él le sujeta las manos. Las mira, las estudia, se reencuentra con esas líneas que tanto disfrutaba contarle en el pasado, mientras ella dormía; le sujetaba una mano y empezaba a memorizar. Encuentra todo justo como lo dejó, incluso esa magia que ella tenía en sus manos, una magia capaz de controlarlo como a un monigote.

Sin poder resistirse, besa sus manos por última vez. Videl tirita al sentir la intensidad del apriete de la boca contra su piel. Cuando siente tiritar entera por lo que el beso le provoca, más allá de todas las emociones que la llenan, una destaca. ¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué no le pego una cachetada por atreverse a besarme así, como si fuéramos algo que no somos? ¿Por qué no siento reproche? ¿Por qué no siento culpa? ¿Por qué no siento a Gohan?

¿Por qué no me causa rechazo el beso de este hombre que, evidentemente, no es Gohan?

En este preciso instante, no en otro en realidad, ella reacciona. Lo mira: la luz, su piel, sus ojos concentrados en la piel de ella, el disfrute plasmado en su rostro al estar en contacto con ella; el espejo que él es del sentir de ella ahora mismo. Videl no recuerda, no tiene idea, pero su piel, que en contacto con los labios de Trunks no tarda en erizarse, se siente sumida en una poderosa hipnosis, parece domar un conocimiento que se ha desconocido la vida entera, algo que con sólo el tacto entre los dos ha aprendido. Es la remembranza de lo que sucedido entre los dos.

Es algo que la hace feliz.

Se sueltan, y al hacerlo los atraviesa la misma desolación. Videl lleva sus manos a los hombros de Trunks sin saber qué está haciendo, guiada por el saber implícito de su piel. Sujeta los hombros y los baja, insta a Trunks a descender unos centímetros debajo de su altura. Trunks entiende lo que ella busca, lo entiende y las lágrimas descienden a la par de su rostro. Se miran con una fijeza abrumadora.

—Trunks…

—Videl…

Ahora, él está en igualdad de alturas con ella. Al verlo a esta altura específica, ella termina de reaccionar.

Agitación, palpitaciones, sudor, miedo, culpa, felicidad, excitación; todo aterriza sobre los dos, los pisa con el peso de la verdad. Hay piel, aún la hay y siempre la habrá.

Aunque no lo quieran, la hay.

Aunque no lo queramos, nuestras pasiones se desatan sólo ante una cosa: ante la verdad.

Él mira sus labios por última vez y siente que será capaz de todo si permanece un segundo más junto a ella: subirle la falda, levantar sus piernas, enredarlas en su cintura y hacerle el amor con una felicidad perpetua, sabiendo al fin que ella, en realidad, sí lo amó, que lo amó y es por eso que ahora luce feliz, radiante, eterna en unos veintisiete años que ya no tiene, sumida ella y sumido él en la misma nostalgia, una cama hecha de nostalgia, un placer teñido por la nostalgia.

Inevitable: ¿cómo no caer rendido a la nostalgia? ¿Cómo no abrazarla como si ésta fuera una amante, como si la nostalgia fuera Videl en sí misma y no un mero sentir? Mirar los labios de Videl es inspiración suficiente para condenarse un minuto más. Sólo un minuto, suplica; si lo haces un segundo más, morirás.

O lo harás de verdad.

Lo imagina con un detalle inaudito: la besa y ella corresponde. Funden sus bocas en el fervor de un beso añorado por siglos, el reencuentro de dos almas en la vida siguiente. No hay lugar para quienes son sus parejas oficiales, para aquellos a quienes los atan vínculos escritos en un papel; hay lugar para la demostración de la piel, la representante de la pasión en el exterior del cuerpo del ser. Es la piel la que se enfría, la que hierve, la que se eriza, la que siente. Es la piel la que exterioriza las pasiones.

Es la piel la que sabe la verdad de lo que somos.

Por eso se besan así, tan desesperadamente, en su imaginación: porque la piel se los pide, porque es imperativo. Y ella se aleja de él un instante por causa de la razón: ¿qué estamos haciendo?, le preguntan los ojos celestes. Él le responde de la misma forma y con la misma honestidad: estamos haciendo lo que nunca debimos dejar de hacer, apasionarnos juntos, dejar que la química fluya entre nosotros.

Amarnos, Videl.

Amarnos con la pasión que sólo el otro ha generado hasta este demencial punto en los dos.

Lo imagina: Videl vuelve a besarlo al leer la respuesta en el azul.

En su imaginación, las rodillas se estampan en el suelo al mismo tiempo, luego de flaquearles a ambos. No se sueltan las bocas ni un instante. Heridos en sus respiraciones, buscan aire con desesperación. Forcejean mientras se besan; exudan una apoteótica sensualidad. La excitación es desgarradora, tanto como la alegría, tanto como la incomprensión de ella y el delirio de él.

Delirio, sí.

Delirio porque este beso sólo es producto de su imaginación y no una realidad. Porque nunca podrá ser completamente real.

Es obvio, piensa: once años, y los dos han moldeado sus vidas. Ella se ha quedado en su vieja vida con su marido, lo ha elegido a Gohan; él se ha casado con Mai y todo lo comparte junto a ella.

Es tarde para ellos.

Es tarde y él lo ha arruinado todo.

No hay vuelta atrás.

—Trunks, háblame —exige ella en un hilo de voz—. ¡Háblame! —Y aprieta sus hombros—. ¡Hazlo! —Y lo sacude.

Trunks retorna a la realidad al escucharla, donde no la ha besado, donde sabe que esta es la despedida definitiva.

—Ve con Gohan —pide él, y su voz atestigua el punzante dolor que lo atraviesa—. Todo estará bien —agrega sintiendo ese ki.

Videl frunce el ceño, más perdida que nunca. Mira a la derecha y lo hace al ver a Gohan, el perfecto Gohan, el ideal Gohan, su amigo, su compañero, el padre de su hija y el protagonista de su vida. Al verlo y ver la luz, al verlo y como tantas otras veces, el cortocircuito se produce. La luz le da felicidad, una felicidad perpetua que no es capaz de describir.

Gohan no es parte de esa felicidad. No encaja.

Nunca lo hizo ni nunca lo hará, ¡no!, no después de esa noche; eso piensa cuando lo ve: ¿cuántas veces lloré luego de hacerlo con él en alguna noche nostálgica para los dos? ¿Cuántas veces sentí que algo faltaba al estar con él? ¿Cuántas veces sentí que no se trataba de él? Mira a Trunks e indaga; él le evita la mirada.

¡¿Qué es todo esto, Trunks?!

Frustrada, limpia sus lágrimas justo como Trunks lo hace. Gohan no nota las huellas del llanto proferido con anterioridad.

—¡Ah, Videl! —dice él justo antes de alcanzarlos—. Te buscaba. —Se fija en Trunks—. ¿Cómo estás? No te había visto afuera.

Trunks saca un cigarro, se lo prende y abre del todo la ventana.

—Fumaba, Gohan —contesta, seco—. Me crucé con Videl hace un momento y me estaba diciendo que no lo haga, que no debería fumar.

Videl se extraña por la actitud fingidamente tranquila de Trunks. Gohan, relajado, asiente. Videl los observa y no entiende nada de lo que sucede. La confusión es mortal y la obliga a masajear su frente para así calmar el dolor.

—De hecho, ella tiene razón, Trunks. —Gohan palmea el hombro de éste, quien no parece inmutarse por el reto de hermano mayor que recibe por su vicio—. Fumas mucho o eso me ha dicho Goten. No deberías.

—No debería, es verdad —dice Trunks, y sonriente observa a Videl, quien ante la pesadez del azul traga saliva, en trance aún—. No debí, no debo y no debería nunca más, pero nunca podré dejar de hacerlo, Gohan. Soy adicto.

Lo soy, dice él para sus adentros sin quitar los ojos de los de Videl; lo soy, mi amor. Y si fuera un adolescente aún mandaría al carajo todo, mi vida, la tuya, todo; mandaría todo al carajo y pediría ese deseo egoísta que se me ocurrió la primera vez, pero no.

Es tarde y no te merezco.

Es tarde y ya lo arruiné todo con mi estupidez.

Gohan parpadea repetidas veces. Algo en Trunks lo descoloca. Se pregunta si se encuentra bien. Su mirada es explícita, al parecer, porque Trunks lo percibe. Y lo odia, lo hace, porque Gohan es perfecto, tan perfecto que no parece humano, tan perfecto que no lo es. Es papel, no es carne. Es papel y nunca, ahora lo sabe, habrá entre ellos la química que entre ella y él hubo, hay, habrá.

Nunca.

—¿Sucede algo, mi amor? —pregunta Gohan al ver cómo Videl, sin dejar de observar a Trunks, se masajea la frente con cierta insistencia.

—Me duele la cabeza —dice ella, y su marido la siente inalcanzable.

Subyugado por ese sentir, la abraza.

—¿Te duele? ¿De nuevo? Mi amor, cada vez es más insistente, me preocupa…

—No tienes que preocuparte —afirma ella, y no lo mira a él, y ya no le pertenece a él y Gohan lo sabe justo y como lo ha hecho los últimos once años—. Estaré bien.

—Bueno, pero vamos por un té, ¿sí? Vamos, mi amor…

Gohan avanza, se aleja de Trunks; Videl no. Antes de seguir a su marido, ella dice a Trunks una cosa más:

—Luego —susurra— me lo explicarás.

Sin más, se marcha también. Videl alcanza a Gohan y éste la abraza. Trunks, al ver cómo se alejan, lanza el cigarro por la ventana, a la mitad. Videl se sujeta de la cintura de Gohan y, sin que su marido lo note, voltea por última vez. Al ver cómo se aleja de la luz, de la nostalgia, de la alegría que ésta nostalgia le ha provocado junto a Trunks, Videl llora con todas sus fuerzas. Trunks, en la lejanía, derrama una lágrima junto a ella. Y él le sonríe justo como al final, como cuando pidió el deseo ante el dragón. Y ella, por esa sonrisa, parece llorar aún más.

Antes de que Gohan se percate de su llanto, Trunks se aleja del pasillo, se pierde del lado contrario y ya no los ve más.

Suspira. Camina hacia el laboratorio temblando profusamente, haciéndolo más de lo que piensa, entendiendo cuán equivocado ha estado los últimos once años con respecto a ella, a Gohan, a Mai y a sí mismo, sobre todo. Llega, va hacia el escritorio de su madre, revuelve el tercer cajón y allí está otra vez el radar. Lo mira, lo besa.

—Serás feliz, mi amor… —se jura en voz baja, remarcando el «mi amor», sabiendo que, aunque ya nadie lo recuerde, le pertenece.

Serás feliz, se repite; serás feliz porque nunca más volveré a tocarte, Videl; porque nunca más volveré a poner en peligro tu felicidad.

¿Felicidad?, se cuestiona; felicidad, se repite. Claro que es felicidad, porque aunque no sea la mejor, aunque no sea la más anhelada, aunque no sea la verdadera, es la única que encaja en la maqueta de nuestras vidas.

Es triste hablar de conformarse, de acostumbrarse, de apagar el fuego que tenemos adentro en pos de aceptar la tranquilidad de lo inamovible y perpetuo, ¿pero acaso no es esa la esencia de la adultez? Para los cobardes como nosotros, Videl, sí, esa es la esencia de la adultez: conformarte es aceptar la felicidad incompleta como la única posible.

Cobardes, dice; cobardes, porque tú no te alejaste de mí porque yo te haya hartado, sino por no ser capaz de aceptarme a tu lado; porque yo pedí ese deseo en vez de luchar contra Gohan. Fuimos cobardes, no supimos…

No entendimos cómo…

Irónico, realmente: le borró la memoria hace ya once años. Le extirpó su recuerdo de la mente y la mente olvidó, pero la piel, ¡oh!, la piel no lo hizo. Eso sí que no se lo hubiera esperado; eso es lo que lo tiene sin dominio de sí mismo, y lo tendrá. Por siempre, lo tendrá.

La piel es la piel, concluye. La piel no es la mente: la piel es la representante del alma en el cuerpo. La piel no olvida, porque la piel, a diferencia de la mente, siente. Escalofríos, calor. La piel arde, se congela, se disuelve. La piel siente porque la piel sufre. Adolece, disfruta, se emociona.

La piel sabe cuándo el ser al que encierra es feliz.

Y él, sin ella, nunca lo será, no en el centro del fuego, no al ciento por ciento. Y ella, sin él, tampoco. Ahora lo sabe. Por eso, lo hará, lo cambiará, lo decidirá: serás feliz. Serás feliz en la ignorancia y yo lo seré de alguna manera también. Tú por la ignorancia que volveré a provocar luego de esta escena, yo por la convicción de mantenernos a los dos en la vida que, errados o no, elegimos junto a personas que no son las personas para nosotros pese a cuán significativas puedan ser para nosotros.

Seremos felices porque nos amamos, Videl. Y es mejor saberlo que no, para mí. Y es mejor que no lo sepas a que lo hagas, para ti.

La próxima vez será, se jura al levantar vuelo, al atravesar el cielo como una flecha; en la siguiente vida, mi amor. En otras vidas espero hacerte muy, muy feliz. Y sabré que eres tú, no tendré dudas de que eres tú, no me frenaré ni un segundo al saber que se trata de ti.

La piel hará que nos volvamos a encontrar. Porque la piel no olvida, Videl.

La piel no olvida. Nunca.


F I N


Hola… =)

Ante todo, GRACIAS POR LEER ESTA HISTORIA. Gracias a todos aquellos que llegaron hasta acá, que leyeron, que sintieron, que me hicieron compañía durante este año y dos meses y pico de publicación. ¡Gracias!

Segundo: PERDÓN por atrasarme. Tengo dos motivos: la fecha que lancé en el capítulo anterior no la pude cumplir porque me cambiaron la fecha de un examen. Esa semana, pensaba, iba a ser mi semana post-exámenes, y no; se atrasó una semana todo, y con ello mi update. No pude dedicarle a Química el tiempo adecuado porque las obligaciones no lo permitieron. Escribí este capítulo una parte el viernes y sábado y el resto el domingo de hace dos fin de semanas. Ese domingo escribí de un tirón tres cuartos de este epílogo, y fue tremendo, me emocioné mucho. Sin embargo, me costó corregirlo, por eso lo publico hoy apenas. ¿Qué me pasó al corregir? Sobre todo me pasó que me costó concentrarme. Suele sucederme cuando llegan los finales, porque me emociono mucho y me cuesta enormemente publicarlos. Estoy que no doy más de la emoción.

Nada. Disculpen y gracias.

Tengo mucho por decir. Como acostumbro, voy a dejar una nota de autor extensa para poderme despedir apropiadamente de Química. Son libres de saltearse lo que sigue. Si les interesa, empiezo con algunas aclaraciones:

Sobre quedarse juntos por un hijo, pasa. Y pienso que pasa más de lo que pensamos. ¿Está bien? ¿Está mal? Creo que infiere mucho ser padres o no para analizarlo apropiadamente. Yo no soy mamá, así que no les sé decir. Pero más allá de los hijos, muchas relaciones permanecen a lo largo del tiempo por infinitos factores, aun cuando la pasión se apagó. Depende de qué valore cada persona poder llevar adelante cierta clase de relaciones, pienso. A mi juicio, veo a Gohan como una persona que no pondría a la pasión en un lugar protagonista, eso pienso de él a título personal y puedo estar muy equivocada, mas eso percibo de él. Videl, en cambio, me da otro palo… Videl sí es apasionada. Si su relación fuera real, si DB no fuera un dibujo animado sino la realidad en sí misma, veo fisuras en ellos a futuro, las veo y perdón si mi punto de vista es molesto, lo digo con el mayor de los respetos. Es lo que siento y, por fortuna, las personas sentimos cosas distintas con respecto a distintas situaciones. Menos mal, sino todo sería muy aburrido y gris.

¿La pasión debe ser protagonista o no? La vida depende del ojo que mira, del corazón que siente; algo así escribí una vez en Tri y lo sigo pensando. La respuesta tiene que ver con qué clase de persona se sea. No creo que haya personas «mejores» y «peores» en ese aspecto; pienso que hay personas con puntos de vista diferentes. Y todos los válidos.

Todos.

Quizá notaron las citas que incluí en el capítulo anterior y acá, dos de Henry Miller y dos de Anaïs Nin. No es casualidad, por supuesto, que los haya elegido a ellos dos. Quisiera contar por qué, si me lo permiten: tengo dos motivos, el primero es que ellos están en mi panteón de héroes literarios. Tengo varios y por distintos motivos, pero ellos dos son particularmente especiales para mí. Los quiero mucho a los dos, son enormes influencias para mí, todos los días están conmigo. Muchas de sus frases son las que siempre tengo en la punta de la lengua, para ciertos momentos las de ella, para ciertos momentos las de él. Los elegí por eso, porque los amo desde que no tenía edad para leerlos, y los elegí también porque fueron amantes durante décadas y compartieron un vínculo pocas veces visto entre autores de literatura. La pasión que compartieron fue especial y es inspiradora para mí.

Si tienen la oportunidad, googleen su correspondencia. A veces me incomoda leer correspondencia, ¿pero cómo no hacerlo luego de ver las joyas literarias que uno encuentra ahí? Ejemplo: las cartas donde Rimbaud dice su más famosa frase, mi favorita: «yo es otro»… «Tanto peor para la madera que se descubre violín»… «Si el cobre se despierta convertido en trompeta, la culpa no es en ningún modo suya». Con un poco de vergüenza a veces leo correspondencia de mis autores favoritos, lo admito, aunque la correspondencia de Anaïs la publicó ella misma, así que supongo que no debería sentir tanta culpa (?). Las cartas que se mandaban con Henry son las mejores cartas, las mejores. Desbordan pasión y locura, son pequeñas joyas. La carta que cité al final, la carta con la que él se despidió de ella, es la mejor carta de amor que leí en mi vida. Me hace llorar, es espectacular.

Y este humilde e imperfecto fic llamado Química, porque así lo siento, humilde e imperfecto, es quizá la historia de amor más intensa que escribí. Por eso quise darle belleza a través de esas citas, dejar esas citas acá para poder pensar en algo más, para enriquecer, para completar, para invitarlos, si es que nunca los leyeron, a leerlos. Trópico de cáncer, de Henry, es uno de mis libros favoritos, tiene otra de las frases de mi vida: «haz cualquier cosa, pero que produzca gozo. Haz cualquier cosa, pero que produzca éxtasis». Pasión, en resumen; la pasión es mi motor. Soy una persona apasionada y esa pasión a veces espanta, lo digo en serio. Lo he charlado más de una vez con mis seres queridos: siempre tengo miedo de alejar a la gente de mí por lo intensa que soy para algunas cosas. Y pasa, siempre pasa, porque la intensidad que tengo viene de mi pasión, esa que a veces no soy capaz de controlar adecuadamente.

Soy rara, jajaja.

Química es uno de mis fics más apasionados. Habla mucho de la pasión, que a mi juicio es la explosión más sincera del amor, la verdadera y definitiva explosión. Pienso que es el sentir fundamental que las personas podemos sentir, el que cambia vidas, el que determina situaciones, el que gana batallas, el que crea el arte más significativo. A diferencia de Triángulo, quizá mi fic más erótico y retorcido, la pasión de Química es más visceral, sincera, desordenada. Tal vez, sólo tal vez, sea más real. En cierto sentido, por lo menos.

Ponele.

Intenté describir ese amor, esa locura, esa pasión incontenible y enferma, visceral y sublime. Lo intenté. Ojalá haya sido, para Uds., una lectura digna.

Sé que muchas cosas expuestas en esta historia me costaron lectores. Sé que fue así y lo lamento en el alma, en verdad. Yo sólo quería ensayar, ver si lograba hacer una historia sencilla, humana y que al mismo tiempo, pese a su sencillez, pudiera ser más o menos profunda. Viendo reviews, pms llenos de secretos, confesiones de gente del otro lado de la pantalla, hombres, mujeres, de mi edad o más grandes o más chicos, adolescentes, adultos, creo que estuve más cerca de lograrlo que de no hacerlo. Siento mucho si lastimé a alguien y les agradezco en el alma a los que me regalaron un fragmento de su historia de vida por sentirse identificados con personajes del fic. Confieso que estoy MUY sorprendida por la respuesta que tuvo Química, nunca me hubiera esperado esos reviews extensos y sentidos, esos pms con «gracias» en cada párrafo, esos reconocimientos de «sentí que sabías algo de mi vida» que me dijeron tantas veces. ¡Tantas! Y no presumo, jamás, porque aunque haya gente que me diga que antes de dialogar conmigo le parecía soberbia, no, nada que ver. Se sorprenderían al saber mi historia de vida, al entender el gran conflicto que encierra mi alma, la lucha que guía mi existencia: mi desprecio a mi persona y cuánto me cuesta quererme, cuánto me cuesta creer tantas cosas lindas que me dicen a veces, ya sea un lector o mi propia mamá. No creerían cuánto me cuesta, más ahora, que vengo de vivir algunas cosas que no hicieron más que hacerme retroceder y reencontrarme con capítulos que creía terminados en mi vida. Cuando de chico te marcan ciertos hechos, la herida se queda. Nomás hay que curarla cada tanto, asegurarnos de que se quede cerrada. Y si digo estas tonteras es porque me regalaron tantos fragmentos de ustedes que me parece imperativo compartirles un fragmento de mí. Acá lo tienen. Perdonen mis sentimentalismos, por favor, y perdonen los lectores que se enojaron conmigo. No quise, de verdad. No quise…

Yo sólo escribí esto porque lo necesitaba. Necesitaba a Química y me ayudó mucho a sentirme bien. Más abajo les cuento por qué.

Contradictoriamente (?), le dedico y regalo esta historia a mi novio, Marcos (Marki para sus fans XD). Marki es el ser más resplandeciente que conocí en mi vida, un ser imperfecto, testarudo, pasional, creativo, alocado, desabrido, hermoso por dentro y por fuera. Una mezcla de Goten, Vegeta y Mirai Trunks, como me gusta decirle (?!). Marki es real y el amor que le tengo es real. Y sano, sobre todo. Marki es mi compañero de ruta hace casi ocho años, desde que éramos un par de inmaduros adolescentes que habían sufrido demasiado y necesitaban sentirse amados con verdad. Nos amamos con verdad y estamos orgullosos de nuestra relación y del otro. Marki es músico, toca la guitarra con inmensa pasión y fue un poco autor de este fic, porque tanto él como yo, antes de conocernos, tuvimos nuestras Videls, es decir nuestro amor adolescente, y salimos lastimados de esas relaciones, muy. Se dieron paralelismos curiosos sin siquiera conocernos, como haber vivido ese amor con gente mayor a nosotros, que ya era adulta y no adolescente como lo éramos. Así como Trunks y Mai, pasamos muchas noches de estos casi ocho años hablando de esas personas. Aceptamos que amamos antes de amarnos y agradecemos haberlo hecho, porque lo insalubre de algunos amoríos que tuvimos nos enseñó a amar «bien», y por amarnos así es que lo nuestro funciona, por eso y por la química que tenemos el uno con el otro, ese tocarnos y saber que todo tiene sentido al unirnos. Le dedico este fic porque mi primer borrador lo escribí al lado de él, hablando con él, con palabras mías y de él, y sentí que se entusiasmaba con mi idea. Sentí que le gustaba, que la sentía real, y eso me dio ánimos para seguir.

Incluso hay una frase que dice Trunks que se la cité directamente a él. No voy a decir cuál, ese es nuestro secreto (?), pero sí, y creo que es una de las frases más significativas del fic.

Te amo, Marki. Siempre digo que siento mis hijitos a mis fics. Este hijo es de los dos. Gracias por dejarme ser yo y por ser vos junto a mí.

Y sí: Trunks está inspirado en nosotros dos. Tiene algo de Marki y tiene algo de mí. Si Trunks les pareció excesivo, exagerado, oscuro, egoísta, lo que fuere… Nosotros éramos un poco así. Es lo que recordamos de la adolescencia, el amor desmedido que sentíamos por personas a las cuales idealizábamos y cómo el sentir que les profesábamos nos sacaba lo mejor y lo peor de adentro. Química es, ni más ni menos, una suerte de tributo o remembranza de esos amores apasionados que, antes de conocernos, vivimos. Esos amores locos y sufridos que nos enseñaron a amarnos como lo hacemos, con esta pasión tremenda e incontenible que sentimos por el otro.

¿La piel olvida? A esto quería llegar: no, no lo hace. En eso, basada en mi experiencia, creo. Cuando tuvimos química con otro cuerpo, con otra alma, con otro corazón o con todo al mismo tiempo, nunca olvidamos. Algo dentro de mí y dentro de Marki aún recuerdan esos amores tan sofocantes del pasado. Una chispa de amor sobrevive, porque fue en la adolescencia, y lo que ahí sucede perdura por siempre, simplemente porque, en esa etapa, es cuando más sentimos. Somos vírgenes, de cuerpo, de alma, de corazón, al llegar a esa etapa, y nunca salimos ilesos de ella. En eso creo porque eso fue lo que viví.

Por eso este fic es así.

Y Química también es algo más, lo es sobre todo, y también lo voy a contar completamente sonrojada: Química es mi duelo por el final de Triángulo.

¿Duelo? WTF! ¿Se puede atravesar un duelo por terminar una historia? No lo sé. Me gustaría preguntárselos, si es que escriben fics. ¿Queda un vacío al final de una historia o soy yo y mi locura? La realidad es que el final de Tri me mató. Fue escribir «fin» y tirarme en la cama y llorar, llorar y llorar sin ser capaz de detenerme. Mamá, papá y mi hermano me preguntaban qué me pasaba pero yo no podía parar de llorar. Marki trató de consolarme pero no, no había manera. No podía parar. Cuando escribí «fin», se me desmoronó el alma, se me quebró algo adentro y pasé meses intentando revivirlo. Me bloqueé, desaparecí unos meses de acá. ¡Escuchaba una canción que me le recordaba mientras estaba en el trabajo y se me llenaban los ojos de lágrimas! ¡Absurdo pero real! No podía escribir nada y ya nada me emocionaba, estaba deprimida, envuelta en un duelo que hasta hoy sigue avergonzándome por lo absurdo de sus circunstancias, pero del cual no puedo burlarme porque lo viví, porque pasó, porque terminar Tri fue dejar ir al sostén, al amigo, al amante, que tuve por cuatro largos años, el que me despertaba, con el que me dormía, el monstruo kilométrico, denso e imposible de leer que me cambió la vida por innumerables motivos.

Era lo que le daba significado a mi vida. Era mi salvación.

¿Y qué tiene que ver Química con estas tonteras? Videl desesperada al inicio de la historia, añorando el pasado, a la que era antes de marchitarse en su nueva vida. Algo en ella era yo añorando a Tri. Y algo en Trunks era ese falso consuelo inicial de intentar revivir lo que ya quedó atrás. Creo que, con el final de Química, llega el final de mi duelo. Y le estoy muy agradecida por haberme devuelto las energías para escribir. ¿Y saben qué? No lloré al final de Química; sonreí.

Sí: el duelo terminó. =)

Y creo que, si soy objetiva, Química es mejor que Tri en algunos aspectos. Es más prolijo, más conciso, más «normal», más legible, más «lectura». Las comparaciones son odiosas, pero Química salió bastante bien y me sirvió de experiencia. Tiene errores, muchos, pero es un paso más en mi crecimiento. Por los errores les pido disculpas, no soy profesional y no soy Toriyama. Creo que muchas de sus fallas se deben a la pasión visceral con la cual lo escribí, a cuánta desesperación y cuánta energía le puse. Imperfecta como lo es, espero Química haya sido, de todos modos, una buena lectura para Uds.

Cada fic me enseña algo, y este me enseñó muchísimo. Gracias por estar del otro lado y compartirlo conmigo.

Otro tema (?): la música. ¿Cómo no agradecerle si siempre está conmigo? Hay muchas canciones que sonaron durante Química, pero creo que hay algunas que vale la pena mencionar para recomendarlas a quien desee escucharlas, Amo la música, es una de mis grandes pasiones, por eso es natural para mí sentirla una parte importante de lo que escribo.

Ejem, veamos: En el borde de Soda Stereo es un tema sobre infidelidad que sonó muchas veces, muchísimas. Tiempo y, sobre todo, Imán de Miranda! (del primer disco, el único que me gusta de ellos) son dos canciones que van con el fic, especialmente Imán, que de hecho fue el tema con el cual terminé de escribirlo. ¡Temazos! Glory Box de Portishead y Crazy in love de Beyonce (la versión de Cincuenta sombras… XD Lo que quieran, pero la canción es MUY sexy) sonaron en algunos lemon. Watching me fall de The Cure sonó en momentos dramáticos, así como otras canciones del grupo, especialmente de sus discos Disintegration y Bloodflowers, probablemente mis dos favoritos junto con Pornography (como le dicen, la trilogía gótica de The Cure). Exposing the Sickness de Diva Destruction es el disco que más sonó mientras escribía Química, es el de mis comas fantasiosos mientras viajo de aquí para allá. Todas las canciones sonaron, y la oscuridad que transmiten ayudó a la oscuridad que yo le siento a este fic. Especialmente The one, qué temazo… ¡No puedo describir cuánto significó ese disco para mí mientras escribía! Demasiado. El disco entero es fabuloso. También, temas de Trapnest, el grupo de Reira de Nana, ese anime que tanto me gusta, acompañaron muchos momentos, especialmente Recorded Butterflies y A little pain.

Y bueno. Si hay UN tema que sonó más que ningún otro mientras escribía Química, ese es Jeremy de Pearl Jam. La letra no tiene NADA que ver con Química, NADA. Sin embargo, algo en lo que la melodía transmite lo siento sumamente atado a lo que intenté decir acá. Hay algo desesperado, sufrido, triste y furioso en esa canción, ese algo que sentía de igual forma al escribir este fic. Ese es EL tema de Química, no por lo que dice sino por lo que transmite. El deseo de Trunks a Shenlong con los segundos finales de la canción quedan muy sentidos, les recomiendo el efecto (?).

Otra cosa que quiero ahora, en este espacio, es hablar de sexo, del sexo que tan presente está en el fic. No les voy a mentir y lo digo con mucha sinceridad: soy una persona de mente muy abierta y que no tiene ningún miedo, prejuicio ni reserva con respecto al sexo. Lo vivo con naturalidad. En este fic, el sexo es la máxima expresión del sentir que Trunks y Videl se tienen, la raíz misma de la pasión que los une, aquella que nace de la química de sus cuerpos. Si me preguntan, que Trunks se toque pensando en ella y que ella y él terminen desparramados en el suelo al hacerlo vehementemente no es algo que simbolice violencia, obsesión o un amor malsano y retorcido; para mí, desde mi punto de vista, es algo netamente pasional y sublime, sublime por la intensidad de su expresión. Si les pareció muy sexual, muy perverso el fic, lo siento. Me tomo esto con naturalidad, como dije, y expresar la pasión corporal entre los dos no tuvo, para mí, nada de malo.

Tampoco todo es flores, dulzura o lo que fuere; hay momentos fuertes, momentos retorcidos, momentos límite en su angustia o desesperación. Pero creo que a muchos puede pasarnos, llegar a límites, cometer errores, desear cosas imposibles. Química es eso, se trata de dos personas que tienen piel y que se equivocan. Trata sobre dos personas que, al hundirse en la pasión sofocante que los enlaza, cometen innumerables errores que perjudican su unión y el entorno al cual pertenecen. Nada más. No quise irme al diablo. Si así lo sintieron, perdón.

Meto sexo en mis fics no porque quiera más lectores o por mera perversión; meto sexo en mis fics porque el sexo es la cosa más natural del mundo y no le veo nada de malo a este contenido. El sexo dice algo distinto de un personaje o de una relación. Explorarlo, así como el sexo en sí, me parece natural.

Eso.

Y antes del final de esta despedida, quisiera hablar del destino.

Agradezco a Vanessa por mencionarlo en Facebook hace unos días, me sirve de introducción a esto que voy a decir: Vanessa me dijo que Trunks en este fic cambió su futuro así como Mirai Trunks lo hizo. No lo hice conscientemente; me di cuenta después, ese domingo cuando escribía la parte en la que Trunks y Mai hablan del destino en este epílogo. De repente, al plasmarlo, me dije que Trunks se olvidaba de algo: según el destino, su vida iba a ser la de Mirai, no la que terminó teniendo precisamente gracias a Mirai. Es decir: Gohan iba a morir joven; ese era su destino, no el que terminó teniendo, otra vez, gracias a Mirai.

Plotwist. XD

Pensé en reflexionar sobre eso pero no, me iba a ir por las ramas: Trunks cree en lo que cree y ni yo lo voy a hacer cambiar de parecer. Pero sí voy a dejar esa reflexión para el hermano de Química, Tres formas de unión, al cual le falta sólo un capítulo que intentaré tener listo antes de fin de año. En ese fic, Gohan muere al enfrentar a los androides y Trunks y Videl se reúnen en tres puntos distintos de sus vidas, en principio para recordar a Gohan; luego, para entender que es hora de superar su muerte. Trunks está profundamente enamorado de Videl pero al mismo tiempo siente mucha culpa por sentir algo por quien fuera la novia de su maestro. Ella aprecia mucho a Trunks pero siente que mirar a otro hombre sería una traición, al mismo tiempo que los dos sienten miedo de sentir algo especial por alguien porque temen que pase como con Gohan y perderlo y hundirse así en la infelicidad.

Ese «en otra vida será» fue un guiño a esa historia. No creo que Tres formas… sea mejor que Química, de hecho considero que es un fic poco atractivo, pero le tengo cariño porque es un fic sobre Mirai, y a todos mis fics línea Mirai los quiero especialmente. Dejaré ese debate para allá. Por lo pronto, acá puedo decir que Trunks debió analizarlo mejor, y también diré que no creo en el destino tanto como él lo expresó. Aunque un poco creo en eso. A veces, «el destino» es la única respuesta ante lo inexplicable. ¿Cómo no creer en eso, si mi papá se fue de un trabajo, y al otro día se vino abajo el techo de la oficina que ocupaba? A veces no tengo forma de creer en la casualidad. Todo es por algo; esa frase, la frase que repito en casi todos mis fics, es una de las que describen mis creencias. Todo es por algo, las cosas suceden por un motivo.

Y nada…

Gracias a IkuKidGakupo por cada cita que dejaste en tu Facebook, por escribir tan maravillosamente y por haber sentido tanto a Química. Gracias Fiorella, Maggie, TourquoiseMoon por estar siempre y ser tan lindas conmigo. Gracias a mi amore Kattie por aguantarme esas noches de reflexión y por pelearme cuando le digo que me gusta más Videl que Pan para Trunks. XD Gracias a Skipper por ser tan talentoso, por ser el lector más maravilloso del universo y hacerme llorar con cada palabra dedicada a Química, porque sí, lloré con más de un review tuyo, especialmente con el último, que me tomé el atrevimiento de contárselo en susurros a Marki, quien me abrazó bien fuerte luego de que lo hiciera. Nunca me van a alcanzar las palabras para describirte cuánto te agradezco tu humanidad, Oscar; sos excepcional. Gracias a Diosa de la muerte por sumarse recientemente a la lectura de este fic. Gracias a Gii y Vanessa del Facebook por el apoyo, son geniales. Gracias a Zary por ser la tremenda persona, lectora y escritora, una inspiración inmensa para mí. Gracias a Manrica, Gloria y FaithJokab por sus últimos comentarios. Gracias Kuraudea por el apoyo y por las portadas que me regalaste. Gracias Tomoecita por volver a leerme. ¡Te adoro! Gracias a mi hermosa Emperatriz Kawaii Destruction por las observaciones y la maravillosa entrevista que me hizo con motivo de Química. Y obvio, obvio, obvio, GRACIAS a mis queridas Dika, Dev, Nadeshico e Hildis por estar conmigo y ser tan parte de mi vida cada día que pasa. Las quiero. Especialmente gracias a vos, DeviDev, porque siento (quizá me equivoque) que Química te gustó especialmente a vos. ¡Gracias por ser mis amigas, mis peeeeerras hermosas! XD Y a Corita por ser mi musa. n.n ¡Y perdón si me olvido de alguien! Gracias a cada rw, pm, mensaje en el FB; ¡gracias a cada palabra, favorito y follow que le han dado a Química!

Gracias a todos, en definitiva, a los que llegaron hasta acá y a los que no, a TODOS les agradezco por leer esta historia. Cuando la publiqué pensé que no iba a llegar a los tres reviews por capítulo y resulta que faltan 25 para los 200… ¡Qué locura! ¡GRACIAS POR TANTO Y PERDÓN POR TAN POCO! Gracias miles desde el fondo de mi corazón.

Y me dejo de hinchar. ¡Basta, Pame! XD

Química es un fic que quizá no esté al nivel de otros que tengo, pero se va a quedar siempre dentro de mi corazón, en ese lugar reservado para las historias que me ayudaron a superar adversidades, junto a su hermano directo, aquel a quien Química le debe la vida: Triángulo. Gracias a mi Tri por darme, a través de Química, su regalo final. =)

Será en otro fic, nomás. Gracias de nuevo y, para lo que necesiten, ya saben: review, pm, mail, lo que dispongan; siempre cuentan conmigo. Un encanto y un PLACER leerlos, siempre.

Besos miles, millones. Un gustazo.

¡Nos leemos!


Pamela, a.k.a Schala S.-


Dragon Ball © Akira Toriyama