Este es un poco corto, pero de momento Anjélica poco tiene que decir o hacer. más adelante le daré más importancia.
Por supuesto, se agradecen reviwes y comentarios que me den una idea de si va gustando. Eso anima a las musas!
Enjoy it!
Capitulo 1.
.Anjélica.
Dos caballos pastaban a paso lento por una colina, observados de lejos por una mujer que llevaba cogida de la mano a una hermosa niñita de largo cabello negro recogido en una larga trenza que caía por su espalda. La mujer tenía su cabello castaño trenzado en pequeñas rastas y trenzas adornadas con pequeñas perlas y plumas con las que la niña se divertía jugando. La túnica azul de la mujer se ondulaba con la brisa, haciendo que las runas cosidas con hilo de plata destellaran con el sol. La mujer sonreía maternalmente a su niña, quién se había arrodillado delante de un pequeño jardincito lleno de lirios salvajes y observaba las flores embelesada. Su sonrisa dio paso a una risilla que sonó como campanillas de plata cuando su niñita alzó su carita hacia ella para enseñarle la enorme mariposa que tenía posada en la nariz. Cuando intentó cogerla con sus manitas, esta echó a volar, dejando a la niña con sus ojitos llenos de lágrimas.
- No, no, mi princesa. – Viviane alzó a la niña de 4 añitos en sus brazos. Dejó un beso en la punta de su nariz para sacarle una nueva sonrisa, y lo logró. – No. Deja que tu amiguita siga libre y vuelva a reunirse con su familia.
- ¿Cuándo veré yo a mi familia? –preguntó la niña con inocencia.
- Pronto. Pero primero tienes que prometerme una cosa. –respondió su madrina con seriedad.
- ¿Qué tengo que prometerte? –los ojos de la niña brillaban de emoción al ser tratada como una niña mayor.
- Tienes que prometerme que no te separarás de mi lado en ningún momento sin mi permiso.
- Te lo prometo, madrina.
-En ese caso… Vamos mi niña, tenemos aún un dia entero de viaje por delante.
La pequeña se aferró al cuello de la mujer, quien llamó a sus caballos con un silbido. Cuando se acercaron montó a la niña en la grupa del animal, montándose ella detrás para que mantuviera el equilibrio, pues aún era demasiado joven para llevar ella sola al animal, aunque este la adorase tanto que jamás se arriesgaría a hacerle daño a su joven dueña. El otro caballo los seguía cargando con una bolsa con comida y ropas de recambio para las dos.
El cielo empezaba a oscurecerse ya cuando a lo lejos distinguieron el perfil del castillo destacando contra el horizonte.
Viviane llevaba en brazos a una dormida Anjélica, quien ni siquiera protestó cuando su madrina se bajó de su caballo y alquiló una habitación para las dos en una posada del pueblo donde pasar la noche. Solo despertó a la mañana siguiente cuando el olor de los panecillos recién hechos hizo rugir su pequeño estómago con muy poca delicadeza. Fue entonces cuando, al abrir los ojos, se percató de su entorno desconocido. La habitación no era muy lujosa, pero era limpia y confortable. Había una cama grande junto a una pared, que era donde las dos habían dormido. Sobre ella, una ventana que dejaba entrar la luz y con vistas al bosque por el que habían llegado. En la pared de enfrente había un mueble con un jarrón y un cuenco con el que lavarse la cara.
La niña buscó con la mirada a su madrina, pero se encontró sola en la habitación, lo cual la asustó mucho al principio. Pero la niña sabía que Viviane no se alejaría mucho de ella en un pueblo desconocido. Cerró los ojos y se concentró en la imagen de la mujer, en cada detalle. Visualizó su vestido azul, el brillo de las perlas trenzadas en su cabello, en los tatuajes de sus manos, pecho y frente. Concentró su mente en la imagen de la sonrisa afable que su madrina siempre tenia para ella y una corriente de amor recorrió su cuerpecito. El amor incondicional que Viviane sentía por ella. La niña sonrió tranquila y dejó ir su magia al tiempo que la puerta de su habitación se abría y la hechicera entraba con una bandeja repleta de comida y una jarra con zumo recién exprimido para las dos. La mujer sonrió a la niña que la miraba dulcemente desde la cama. Su pequeña aprendía rápido a controlar su magia. Ella había sentido su miedo desde el piso inferior donde esperaba que le sirvieran el desayuno. Al mirar al techo casi podía ver como su niña cerraba los ojos y la llamaba con su magia. Sin dudarlo le envió una corriente de amor para que se tranquilizara.
Dejó la comida a los pies de la cama y se inclinó para besar la cabeza de la niña, quien la miraba con adoración en los ojos. Por un momento su corazón se estremeció de dolor por la pobre niña, tan parecida a la suya, que era criada en el castillo que gobernaba encima de la colina. Sabía de sobra como era la reina Cora y su corazón se dolía por la princesa Regina. Por eso trataba con tanto amor a su Anjélica. Ella estaba destinada a ser el corazón puro que volviese a la luz el de la que sería la Reina Malvada algún día cuando creciesen y se reencontrasen.
- ¿Qué hacemos en este reino, madrina? –preguntó la pequeña, adelantándose a la regañina de su maestra sobre el uso de la magia.
- Tengo un asunto pendiente que tratar en el castillo y pensé que te gustaría visitar los jardines de palacio. Tal vez… Tal vez vieras algo que te interese. –"O a alguien" pensó la hechicera con media sonrisa. Se acercaba el cumpleaños de las niñas y ella quería darle un pequeño regalo a su protegida que ella siempre le había pedido y no pudo cumplir hasta ahora que Anjélica era lo suficientemente mayor como para comprender la importancia de mantenerse en el anonimato.
La niña se animó al oír lo que su maestra le había dicho. ¡Por fin iba a visitar el castillo en el que había nacido! Y tal vez, con suerte, podría ver… podría conocerla…
Xxx...xxX
Un suspiro escapó de sus labios. No conseguía concentrarse en su trabajo desde hacía algún tiempo. Tenía demasiadas cosas en su cabeza. Habían pasado ya 18 años de maldición y en todo este tiempo no había conseguido acercarse a la, ahora y desde que todo empezó, Alcaldesa Mills. Ella vivía sola en su enorme Mansión, regodeándose en su supuesto triunfo así como en su soledad. Cada día que pasaba la había visto convertirse en un ser aún más amargado de lo que creía posible. Lo peor de todo era que sabía que por mucho que lo intentara no podría acercarse a ella para reconfortarla, pues todos en ese pueblo estaban hechizados para que no recordasen nada de sus vidas anteriores. Todos temían a Regina Mills, sin saber bien la verdadera razón, pero procuraban no acercarse demasiado a ella y su amargo carácter y su forma altiva y arrogante de tratar a los demás como si fueran sus sirvientes. Todos sabían que ella podría destruirlos si se lo proponía, y por eso procuraban no hacerla enfadar.
Pero, ¿Sabia realmente alguien como se sentía la Alcaldesa? ¿Se preocupaba alguno de los que la conocían por ella? ¿Por la razón de su forma de ser?
La respuesta a todas las preguntas era la misma. Un rotundo No.
Solo ella y su "madre" conocían la verdad, por que eran las únicas en el pueblo que podían recordar, que podían sentir el dolor de la Señora Mills. El dolor de la Reina. El dolor de su hermana gemela.
Por eso ella debía ser fuerte y esperar. Debía esperar el momento perfecto para estar junto a ella cuando más la necesitase.
