Quiero avisaros sobre una cosa. Vereis, a lo largo del capitulo se hará referencia a cosas que según la serie no han ocurrido o que yo me he inventado. Todo deberia ir explicado en el fic The Not So Evil Queen, pero está incompleto, pero no os preocupeis. Si os perdeis o hay algo que no entendais me lo preguntais sin miedo y yo respondo gustosa.
Tambien quiero pediros que os paseis por las cuentas de LollsBack, EsthefyBautista y SombrasSST , que son unas grandes escritoras ;)
Os dejo con el fic. 3
La reacción de Rubi fue impactante. Tan solo esbozó una sonrisa y le dio un trago a su whisky, dejando a Anjélica descolocada.
- Sabía que eras más de lo que parecías.
- ¡Ohg! Tú y tus puñeteros sentidos animales. A veces te detesto, Rubs. –dijo la morena con un mohín dulce arrugando su nariz en una mueca infantil que era extraña de ver en el severo rostro de Regina, pero que solo acentuaba la dulzura de el de Anjélica, y eso solo consiguió hacer sonreír a Rubi.- Aunque he de decir que no me sorprende. He visto como me miras, como si buscaras algo… -Anjélica sonrió con una mueca de cruel diversión exacta a la de su hermana- algo que hasta ahora no habías comprendido.
- Angie, das miedo cuando sonríes así… Recuerdas un montón a Regina…
- Es lógico. Somos gemelas. Vamos… pregunta. Te mueres de curiosidad.
- … -la loba se tomó su tiempo para hacer la pregunta que le quemaba la lengua desde hacía rato- ¿Regina lo sabe?
- No. Cora se deshizo de mí no bien hube abandonado su cuerpo. Me crió una hechicera que había oído una profecía que decía que una niña crecería y se volvería tan oscura que destruiría reinos enteros en su búsqueda de venganza, que la oscuridad tomaría posesión de ella y se volvería increíblemente peligrosa, pero que habría una esperanza de redención para su alma si su opuesta y gemela la conducía de regreso a la luz.
- Tú. –respondió la loba con seguridad.
- Eso parece. Aunque hasta ahora apenas he podido cruzarme con ella unas pocas veces, ya que le resultaría sumamente fácil detectar la magia en mi, no hablemos de mi pequeño truquito de maquillaje mágico. Ella es muy poderosa en el uso de magia negra. Pero yo lo soy más en la magia blanca.
De nuevo Anjélica sonrió, solo que esta vez lo hizo con una dulzura capaz de derretir el corazón de piedra de una gárgola. Se sentía bien al poder abrirse a su amiga. Tal vez con su ayuda, Viviane y ella avanzarían más rápido en su investigación, así como con la Operación Redención, como lo había bautizado en honor a su sobrino. Si el chico tuviera sus recuerdos le encantaría reclutarlo... Tal vez pronto, cuando lo recordara todo.
Pasaron casi toda la noche poniendo en común anécdotas que habían vivido juntas y que ahora cobraban un nuevo sentido para la loba, pues se daba cuenta de que su amiga la había protegido en su cuerpo animal de unos cazadores furtivos durante una noche de luna llena.
- Fuiste tú quién los hizo volar por los aires cuando iban a dispararme, ¿verdad? – Como respuesta, Anjélica se encogió de hombros con media sonrisa en los labios. – Bueno, pues gracias. Estuvieron a punto de acabar conmigo… Siempre pensé que había sido un Hada Madrina o algo por el estilo…
- Pues no. Esa mafia de Medusas con poderes no es de fiar. –Dijo la morena con rencor. Les guardaba una especial aversión a Azul y a sus acólitas por los años en los que se dejaban las alas volando junto a las princesitas mimadas a concederles sus deseos y caprichos y en cambio Regina languidecía en su habitación, mirando cada estrella fugaz deseando con todo el fervor de su joven corazón que fuera alguien a ayudarla con su madre. Solo quería que alguien le explicase por que su madre, la mujer que le había dado la vida, solo tenía para ella palabras de desprecio y magia cruel para castigarla ante el más mínimo error.
- Vaya. Cuanta animosidad contra unas pobres haditas…- Dijo Rubi sin comprender su repentino ataque de ira. Ella tenía buenos recuerdos de sus pocos tratos con ellas.
Sin pensar, Anjélica se llevó los dedos a la cicatriz de su labio, idéntica a la de Regina, y recordó como se la había hecho.
- Esas polillas no hacen tanto bien a los demás como quieren haceros creer, Rubs. Que mi hermana las convirtiese en monjas aquí en Storybrooke no significa que sean unas santas. –apartó la vista de su amiga y se quedó mirando el infinito, sin ver nada más que sus recuerdos. El pasado dolía, pero no era el suyo el que veía, ni su propio dolor el que rugía por su cuerpo, sino el de una joven Regina de poco más de 12 años de edad. Fue cuando una implacable Cora había usado su magia para abofetear a la niña por haberse reído al estar distraída mirando por la ventana en lugar de atender a su profesor de historia. ¡Solo había mirado como uno de los perros de su padre saltaba sobre su cuidador en un juguetón arranque y lo había tirado al suelo! El castigo de Cora fue rápido y brutal. Lanzó a la niña una onda de aire sólido directo a su cara que fue como un revés de su propia mano, volviéndole la cara por la fuerza del impacto y partiéndole el labio a la vez. Anjélica estaba en el prado, paseando con Viviane tranquilamente cuando sintió el azote de la magia, siendo lanzada al suelo por la fuerza del golpe. Aterrada, Viviane la llevó a su cabaña del bosque, donde usaron la magia para ver el estado de la princesa. La encontraron en su habitación, llorando en silencio mientras una criada curaba su labio partido e hinchado bajo la atenta mirada de su fría madre que le decía que estaba herida por su propia culpa al no haber estado prestando atención a su lección. Desde los cálidos brazos de su madrina, Anjélica lloraba por el dolor de su hermana, por su maldito destino al haber nacido de esa mujer muerta por dentro y por la hipocresía de las que se hacían llamar Hadas Madrinas, protectoras de todos los Inocentes, y que solo atendían a aquellos que ellos decidían ayudar.
Recordó esa historia en silencio, bajo la preocupada mirada de su amiga, quién no hizo preguntas al intuir que aún no estaba preparada para contar ciertas partes de su pasado y el de su hermana pero prometiéndose que la apoyaría y estaría siempre con ella.
La joven volvió a usar su magia para recuperar el rostro que había llevado durante 32 años a la vez que se levantaba de su sofá para marcharse. Era ya muy tarde y necesitaba descansar después de todo el estrés del dia y de la noche de alcohol y confesiones, pero Rubi le cogió la mano y le pidió que se quedase a dormir en el apartamento. Ambas, más Angie que ella, estaban un poco ebrias y la loba no le permitiría conducir en su estado. La hechicera le dijo, entre risitas, que podría transportarse a su casa usando magia a lo que la otra respondió que no debería hacerlo sin descansar antes. Empezó a usar su labia de camarera experimentada en lidiar con borrachos para enredar la embriagada mente de su amiga y que pensara que quedarse a dormir en el apartamento de Rubi había sido idea suya. Rubi la ayudó a cambiarse su ropa por un cálido pijama de la propia Rubi, bastante más recatado del que ella misma usaba para dormir, y ambas se metieron en la cama de la morena para dormir, cayendo en un profundo sueño a los pocos minutos.
.Regina.
Esperar en el coche con Swan a que el sospechoso entrase en su despacho a destruir la supuesta "poción milagrosa" que estaba creando se le hizo eterno, sobre todo por que era terriblemente tarde y tenía sueño, y por que estar encerrada en esa chatarra con la rubia sin nada mejor que hacer que mirar la ventana de su despacho en el Ayuntamiento empezaba a pasarle factura a su cuerpo. Ese asiento seguro que debía tener los muelles rotos, pues le estaba provocando un dolor sordo en todo el cuerpo de llevar tantas horas sentada en la misma posición.
Cansada ya de tanto silencio ensordecedor, y rompiendo una promesa que se había hecho a si misma, abrió la boca para quejarse por decimo quinta vez pero sorprendiéndose al oírse preguntar por el estado de Henry. Si su hijo era feliz en Nueva York. Si tenía amigos. Por sus estudios… Preguntó todo aquello que le dolía el corazón por saber, todo lo que sus falsos recuerdos habían hecho que viviese lejos de ella. Saber que era feliz pese a no recordarla hizo que su corazón se saltase un doloroso latido, pero se dijo que eso era lo que había querido cuando les entregó dichos recuerdos a ambos. Madre e hijo habían llevado una buena vida durante ese año juntos lejos de Storybrooke y de todos cuantos les conocieron y apreciaron en el pueblo. Lejos de su familia. De ella.
Pese a su dolor, tuvo incluso la fuerza para regañar a Miss Swan por alimentar a su hijo con lo que ella consideraba que era comida basura. Le daba pizza para cenar ¡Cada viernes durante todo un año! Esa mujer era una inconsciente… pero ella no pudo estar ahí para cuidar de su pequeño, por lo que se alegraba de que la rubia lo hubiera hecho. Regina crió a Henry durante los primeros once años de su vida. Emma se merecía al menos haber tenido al chico todo un año para ella sola y su forma, equivocada según la perspectiva de Regina, de educarle. Pero debía reconocer que había hecho un buen trabajo con su pequeño Príncipe, aunque le doliese. Al menos eso se lo debía.
Le pareció curiosa su forma de ganarse la vida. Pasarse la noche sentada en su coche, bebiendo café o mirando el teléfono mientras vigilaba una casa… o eso decía ella que hacía. La rubia incluso tuvo la suficiente osadía de bromear con ella diciéndole que a veces incluso miraba la casa del sospechoso que debía vigilar, lo cual le arrancó una sonrisa a la morena a su pesar.
Fue todo un milagro que no discutieran en todo el tiempo que ambas estuvieron encerradas dentro de esa carraca oxidada que Swan se atrevía a llamar su "Bebé". Regina empezaba a impacientarse. Era tarde y ya pensaba que el plan de la rubia no había dado resultado cuando Emma vio movimiento en su despacho. Corrieron directas hasta la puerta del despacho, que la reina había hechizado con una cerradura de sangre previamente para asegurarse de que cualquiera que estuviera dentro no pudiera escapar. Ambas compartieron una mirada decidida y entraron al despacho al mismo tiempo. La morena prendió la luz para encontrarse su despacho patas arriba, los productos de alquimia tirados por el suelo y rotos. En una esquina vieron movimiento al mismo tiempo, pero al mirar en la esquina solo quedaban los restos de una neblina verde oscuro. Su presa se había escapado, dejando desconcertada a Regina. Era IMPOSIBLE que pudiera haberlo hecho. Su hechizo de sangre debería haberlo evitado. Esa bruja era más poderosa de lo que pensaron en un principio. Swan parecía pensar lo mismo, aunque ninguna comprendía del todo las implicaciones que ello conllevaba.
Decidieron reunirse ambas con los padres de la rubia para ponerles al tanto de lo que habían descubierto. En la entrada del piso de Snow y David, los cuatro intentaron llegar a una conclusión razonable sobre la identidad del sospechoso.
- Tenemos humo verde y monos voladores… -dijo Regina, con un nombre en mente pero sin verle sentido a su razón para enviarlos a Storybrooke.
- ¿Quién es? ¿La Bruja Mala del Oeste? – preguntó la rubia con marcado sarcasmo, ganándose una mirada de obvio reproche de la Reina. - ¿En serio existe?
- Emma, ¿tus padres son Blancanieves y su príncipe y estas en un pueblo lleno de personajes de cuentos de Hadas y que esa bruja exista de verdad te sorprende?
Emma abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, sin una réplica mordaz que poder responderle al haber sido pillada a destiempo. ¿Quién en su sano juicio iba a pensar que esa bruja verde existía de verdad? ¿Acaso Ricitos de oro también vivía en el pueblo, viviendo en la casita de tres adorables ositos reciclados en personas humanas? ¿Debía andarse con cuidado cuando paseara por el pueblo por si acaso se cruzaba con Pulgarcita y la aplastaba por no haberla visto a tiempo? La rubia se frotó un lado de la cabeza con los dedos de una mano, empezando a notar los primeros síntomas de una fuerte migraña. No necesitaba tener su memoria para saber por que ese lugar le provocaba dolor de cabeza…
Regina sonreía interiormente ante la cara de frustración de la Salvadora. Solo con mirarla casi podía ver los engranajes de su mente trabajando a toda velocidad y echando humo solo de pensar en todo a lo que se enfrentaba. Henry hubiera frito a preguntas tanto a sus abuelos como a la propia Regina sobre la bruja y sus posibles motivos, pero Emma parecía tener náuseas solo de imaginarlo.
Bajó la vista, desanimada al recordar que el Henry que jugaba a la PSP en el interior del piso ajeno a todo no era el mismo niño curioso y adorable que ella había criado.
Se despidió con una entristecida mirada y se dirigió directamente a su casa en su querido Mercedes. Inmersa en sus pensamientos tristes no se percató de que había luces encendidas en su casa. Solo cuando aparcó el coche y salió de él fue que notó que algo extraño ocurría en su casa. Antes incluso de llegar a la puerta principal y abrirla con magia ya tenía una bola de fuego encendida en su mano derecha y buscaba con la vista al intruso que se había atrevido a allanar su hogar. Sentada tranquilamente en su estudio, de espaldas a la puerta, una muchacha de largos cabellos cobrizos la estaba esperando leyendo uno de los libros de su estantería con una copa de la sidra que siempre tenía en su mueble bar. Regina no comprendió quién era en un principio, tomándola por la maldita Bruja del Oeste, que había ido a su casa para reírse de ella en su propia cara por haberla burlado esa noche de esa manera, por lo que sin pararse a pensarlo le lanzó dicha bola de fuego (que ya había alcanzado enormes proporciones) directa a su espalda, pero para su sorpresa, se desvaneció antes siquiera de rozarle un solo cabello de su cabeza.
- ¿Cómo demonios…? –preguntó en un susurro conmocionado la reina al no haberla podido tomar por sorpresa.
- Era de esperar. Siempre tuviste debilidad por el fuego, querida. Si hubieras intentado estrangularme en lugar de achicharrarme me hubieras pillado desprevenida. – dijo la joven sin siquiera girarse. Su voz dulce sonaba genuinamente divertida. Lentamente se puso en pie, dejando que el libro volviese flotando solito hasta la estantería de donde lo había cogido. Tomó su copa entre sus dedos y se giró para mirar de frente a la dueña de la casa.
La muchacha tenía unos bellos ojos verde-azules, una sonrisa siempre afable pegada en los labios (aunque ahora esa sonrisa fuera un poco más burlona que amable) y los largos cabellos cobrizos heredados de su abuela materna. Le tendió la copa a Regina, quien tenía cara de necesitarla urgentemente y que vació de un solo trago, ganándose una risita de la mujer.
- ¿Te sientes mejor?
- ¿Qué haces aquí? Creí haberte ordenado que te quedases en el bosque con el resto…
- Hace años me prohibiste expresamente que anduviera por los Bosques rodeada de cazadores, salteadores y ladrones… más aún, me prohibiste tener trato alguno con hombres hasta los treinta años... –de nuevo se escuchó su fina risa argentina.
- En aquel entonces eras solo una adolescente testaruda y respondona. Igual que ahora, en realidad… -respondió la reina. – ya que te has colado en mi casa, ¿no le das un abrazo a tu madre, Rapunzel?
La muchacha no se hizo de rogar y enroscó sus brazos al rededor de la cintura de la reina malvada en un sentido y tierno abrazo que ambas necesitaban. Al volver a encontrarse atrapadas en el pueblo Regina buscó a su hija y le ordenó quedarse oculta en su cabaña del bosque, lejos de miradas indiscretas. Sabía que allí estarían a salvo los tres. Su hija del alma y sus jóvenes nietos, Cora y Daniel.
Pensar que a sus (aparentes) 36 años ya tenía una hija adulta y dos nietos adorables la hacía sentirse mareada, pero también había que conocer la verdadera historia de ambas para verle el sentido.
Su niñita había sido criada en un bosque protegido por criaturas mágicas que Cora había colocado allí para que nadie descubriera por azar la ubicación de la torre donde estaba encerrada la niña. En dicha torre, la pequeña fue criada por la misma mujer que había ayudado a Regina a nacer, aunque ella no lo supo nunca. Rapunzel creció rodeada del amor de su niñera y su hija adolescente, que hizo las veces de su madre, así como de las esporádicas visitas de su abuela, la Reina Cora, quién la vigilaba a través de un espejo encantado en la torre incluso después de que su malvada hija la lanzara a otro mundo usando un espejo-portal. Regina no supo de su existencia hasta que la niña tuvo 5 años de edad y descubrió un pequeño retrato de ella entre las cosas que su madre había "dejado olvidadas" en su castillo tras su destierro forzado. La reina malvada había caído de rodillas al suelo, mirando y acariciando el pequeño medallón con la imagen de esa pequeña que se parecía tanto a Daniel que su corazón se estremecía. Usó dicho medallón con un hechizo rastreador que la llevó a lo más profundo del bosque de su reino, a través de trampas mágicas y animales salvajes, hasta la base de una enorme torre. A los pies de esta se encontraba una pequeña cabaña de madera y piedra. Un caballo castaño pastaba tranquilo por el pacífico prado verde que rodeaba ese claro del bosque. Murmuró un hechizo de protección para sí misma y se acercó. Dentro de la cabaña, una anciana y su hija miraban por la ventana como la reina se acercaba a su hogar. ¿Habría descubierto sus identidades, o por el contrario, se había enterado de que su hija estaba viva? La niña vivía feliz, consciente de sus orígenes ya que ellas se lo habían contado cuando fue lo suficientemente mayor para entenderlo, en lo alto de su torre. Jugaba a ser una princesa encerrada por un malvado Dragón, y soñaba con que un día su madre biológica iría a rescatarla y la llevaría con ella, y vivirían juntas felices para siempre. Cada noche le pedía ese deseo a una estrella, esperando que un día un Hada madrina se lo concediese, pero hasta ese momento no había ocurrido nada, más ella seguía intentándolo con la fe inquebrantable fruto de su pura inocencia infantil.
La anciana fue quien se enfrentó a la reina, quien les ordenó a ella y a su hija que respondiesen con la verdad si deseaban mantener sus vidas y sus propios corazones dentro de sus cuerpos. Ellas dijeron la verdad. Cora las había contratado para cuidar de su nieta, quien era hija de la reina y a quien debían proteger con sus vidas puesto que si alguien llegaba a saber de ella podría usarla para destruir a su familia. Ellas, por supuesto, lo hicieron pero no por temor a las represalias de Cora, si no por amor a la niña que era sangre de su sangre.
Regina crió a Rapunzel en secreto, en la misma torre donde se había reencontrado con ella, pues llevaba 3 años casada con el Rey y como no había tenido hijos con él no podía aparecer en la corte con una niña ya criada. Para poder estar con ella en cualquier momento, creó un hechizo que enlazó su habitación en el castillo de invierno con el enorme ventanal situado en lo alto de la torre para poder ir a verla cada vez que lo necesitase.
Cuando Rapunzel alcanzó la adolescencia se volvió un poco rebelde. Empezó a escaparse al bosque para estar sola, para vivir aventuras, o simplemente para escapar de la disciplina de su madre. Fue en una de esas correrías que conoció a un joven y apuesto druida del que se enamoró. Tenía apenas 14 años en aquel entonces, y el druida tendría ya cerca de 25, pero él vivía en un reino en el que el tiempo corría a una velocidad diferente, por lo que cuando la joven ya cumplía los 17 para él apenas habían pasado unos meses. Rapunzel, igual que su madre, quedó embarazada muy joven.
Un día, Regina fue a la torre a ver a su pequeña, encontrándola en su habitación llorando desconsolada. Asustada, le suplicó que le contase que le ocurría. Si estaba enferma o si alguien le había hecho daño de alguna manera. La niña admitió estar embarazada de un druida que la había abandonado al enterarse, arguyendo una guerra en su reino natal, cosa que ella no le creyó en ningún instante. Avergonzada, le suplicó a Regina que la ayudase a deshacerse de ese bebé. Sabía como hacerlo, ya que Regina le contó como su propia abuela se lo había hecho a ella cuando tenía su misma edad. Regina sabía que eso podría causarle daños irreparables en su útero, pero los ruegos de su hija así como su amenaza de acabar ella misma con su propia vida con tal de no tener ese hijo acabaron por convencerla. A regañadientes, y con todo su cuidado, hizo lo que su adorada pequeña le pedía. Arrancó la vida del bebé del vientre de la pelirroja usando ese oscuro hechizo que aprendió y nunca deseó usar… La cuidó durante semanas, prometiéndole que siempre lo haría.
Fue poco después que lanzó su maldición, trayéndola a Storybrooke y asegurándose de que nadie más conseguiría encontrar ese pueblo, al haber sido creado en un mundo sin magia que lo conectase a otros reinos mediante Portales. Pero no había contado con que al romper Emma Swan su maldición, la magia emergió en el pueblo a través del pozo de los deseos del Bosque, permitiendo que se crease un portal que se tragó a Emma y a Snow, creando así un canal de enlace de Storybrooke con los demás reinos que tuviesen la magia y los conocimientos para viajar entre reinos.
Fue así, que poco después de ser rota la maldición, el Druida halló el rastro de su hija y la siguió a través del tiempo y el espacio hasta Maine. Abrió un portal en mitad del bosque, situado entre dos robles centenarios, con la intención de buscarla pero ella misma se puso en su camino. Rapunzel tenía por costumbre salir a correr con su amiga Rubi cada noche de luna llena en el Bosque Encantado, y ahora que la maldición había sido rota, estaban encantadas de retomar su ritual privado, pero no fue a la loba a quien se encontró esa noche en el bosque, si no al mismo hombre al que pensó que nunca volvería a ver.
Pillada por sorpresa, no tuvo tiempo de huir. Él la apresó con magia y la increpó por no haberle esperado en la torre como le había ordenado que hiciera. Preguntó por el hijo que estaba ella esperando en aquel entonces, y que él pensaba que debería seguir gestando, pero ella le gritó furiosa que el niño nunca llegó a nacer, que se había desecho de él. Loco de furia, la golpeó con la fuerza de sus puños y de su magia, dejándola malherida. Aprovechó su indefensión para forzarla allí, sobre el suelo del bosque, en venganza por haberle humillado al huir de él y por matar a su heredero. De nuevo vestido, y con intención de llevársela cogida de su larga cabellera a través del Portal, fue atacado por un inmenso lobo del color del ébano, quien cerró sus potentes fauces alrededor de su torso y mordió con saña, lo zarandeó y lo lanzó a través de los Robles, cerrando así el portal. Lamió a la malherida muchacha y la animó a subirse a su lomo para que pudiese llevarla con la reina, quien podría demostrar que había cambiado curando a una inocente herida. Por supuesto, Regina curó su cuerpo, pero no pudo hacer lo mismo por su mente. La joven se había encerrado en si misma, y no volvió a hablar durante varias semanas, rechazando cualquier contacto físico, viniese de quien viniese. Por su seguridad, Regina la trasladó a una habitación en su propia casa, donde podría cuidar de ella noche y día hasta que se recuperase, cosa que no ocurrió hasta casi tres meses después del ataque. Para entonces ya no cabía duda. Estaba embarazada de nuevo de ese malnacido. Rapunzel creyó enloquecer. Rogó de nuevo a su madre que la ayudara a abortar, pero esta se negó en rotundo pues sabía que si abusaba de esa magia oscura, de ese maldito conjuro, mataría tanto a la madre como al bebé. Convenció a su pequeña de que continuase el embarazo, cosa de la que se alegraron las dos, pues esos gemelos las llenaron de felicidad a ambas. De nuevo eran una familia completa.
Regina, Emma, los Charming, Rumpelstilskin y Hook ya habían partido para Neverland a rescatar a Henry cuando Rapunzel se puso de parto, por lo que para honrar a su madre, Rapunzel puso Daniel a su hijo y Cora a su hija. Los llevaba en brazos el mismo día que regresaron victoriosos en el Jolly Roger. Regina no pudo sentirse más orgullosa de su pequeña, aunque lamentaba profundamente no haberla podido ayudar en tan difícil parto.
Los niños ya contaban un año de edad cuando regresaron a la fuerza a Storybrooke, donde Regina hechizó una cabaña en lo profundo del Bosque del pueblo para que nadie pudiera hacer daño a aquellos que vivieran en ella.
Poco después, algunos habitantes del pueblo fueron al bosque en busca de respuestas y de aquellos que desaparecían, secuestrados por las bestias aladas. Allí se encontraron con una madre joven con sus dos retoños que vivían confortablemente y que parecían estar muy cómodos con esas extrañas máquinas que se habían encontrado en este extraño lugar. Casi todos pertenecían a una banda que se hacía llamar de "hombres alegres" y ella estaba encantada de ayudarles a adaptarse a ese nuevo mundo.
- He oído lo ocurrido en el ayuntamiento, y quería asegurarme de que lo llevabas bien. –dijo la joven, aún abrazando a su madre.- dijo la peliroja, aún entre los brazos de su madre.
- Sabía que iba a ocurrir, por lo que Swan y yo ideamos un plan para desenmascarar a quién nos maldijo de nuevo.
- ¿Lo habéis averiguado?
- Si. Es la Bruja Mala del Oeste.
- Venga ya… -La joven se separó lo justo de la morena para poder mirarla a la cara y constatar que le decía la verdad y no le tomaba el pelo, ganándose una sonrisa burlona de su madre, quien pensó divertida que Emma había puesto casi la misma expresión desconcertada.- Cuéntamelo todo…
Se quedaron hablando hasta que amaneció, poniendo en común lo que ambas sabían de esa bruja o al menos lo que recordaban o habían leído sobre ella, así como intentando idear algunos planes, hechizos o trampas con las que poder descubrir su identidad en el pueblo y acabar con ella.
El sol ya pintaba el cielo de rosa con sus primeros rayos cuando Rapunzel volvió a su casita del bosque junto a sus hijos para cuidarlos y también para avisar a los hombres que prácticamente vivían con ellos
