.Rapunzel.

Tras unas cortas pero reparadoras horas de sueño, se levantó para ocuparse de sus gemelos pequeños y de sus hijos adoptivos. que pululaban por el bosque. Aún le sorprendía que esos grandullones que luchaban contra quimeras para comérselas tuvieran "reparos" a vivir en casas con neveras, hornos, calefacción y electricidad, cosas que habían sido inventadas para mejorar la vida y hacerla más fácil. Pero no, ellos eran unos hombres alegres viviendo en su bosque, teniendo que cazar su comida y que bañarse en los ríos…. En fin, eran Hombres.

Aprovechó que los niños aún dormían para dejar preparados sus desayunos así como ir haciendo tortitas para el suyo propio, y tal vez el de los que estaban tocando a su puesta en ese momento. Sabía que eran inofensivos antes de decir un quedo "está abierto", pues si tuvieran malas intenciones el hechizo protector que rodeaba la cabaña les hubiera impedido encontrarla, para empezar. No se sorprendió al ver entrar a dos hombres y a un niño de no más d años, que se lanzó de cabeza a abrazarla por las piernas, ya que no llegaba más arriba.

- Buenos días Roland, cielo. ¿Tienes hambre? Estoy haciendo tortitas…

- ¡Si! –Respondió entusiasmado.

- Ay, si solo consiguiera que un hombre me dijera eso alguna vez, sin referirse a mi cocina... -dijo ella dramáticamente, haciendo reír a los adultos.

- La culpa es tuya por ser tan buena cocinera, Zell. –el más alto había dado buena cuenta de las tortitas que ya estaban hechas, compartiéndolas con Roland, bajo la severa mirada de la mujer.

- Será mejor que le dejes algo al niño o te sacaré de mi casa de las orejas, chucho… -amenazó ella en tono bajo, pero con una sonrisa que quitaba seriedad a sus palabras. El hombre lobo ni se inmutó, aunque tragó con dificultad fingiendo un ataque de pánico. – Así me gusta.

Ella les puso un plato repleto de tortitas delante a los hombres y desayunaron los cuatro tranquilamente, hasta que del walkie de Rapunzel empezaron a emitirse unos llantos de niños. Dejó a sus invitados en la cocina para ir a por sus pequeños, que ya estaban despiertos y reclamando su atención. Seguida de cerca por el lobo, entró en el cuarto de los gemelos para cambiarlos y vestirlos con la ayuda de su amigo, y pronto ya estaban listos para ir a la cocina a desayunar con los demás.

Para ella era algo normal que Kieron, el jefe de los hombres lobo que residían en el bosque, la ayudara con sus pequeños. Habían forjado una buena amistad desde que se conocieron el primer día de esta nueva maldición. Por supuesto, también era amiga del resto de hombres que vivían en el campamento, aunque no todos fueran tan amables como Kieron. Ni tan apuestos, encantadores, aduladores, peligrosos, fuertes… En fin, no eran como él. Claro que tampoco es que se hubiera fijado en eso, por supuesto.

Desayunaron todos entre una charla tranquila, los adultos hablando de los alimentos y utensilios nuevos que necesitaban en el campamento y Roland jugando con los gemelos, siendo vigilados por sus respectivos padres, por supuesto.

- Rapunzel, ¿Descubriste algo ayer? –preguntó el ladrón.

El lobo miró a uno y a otra sin saber de que hablaban.

- Ayer estuve en casa de Regina. Le pregunté por lo ocurrido en el Ayuntamiento –aclaró ella, ya que habían llegado rumores incluso hasta el Bosque del levantamiento que había habido en contra de la Reina- Ella y la Salvadora están en ello juntas. Tal vez entre los conocimientos de una y de otra puedan averiguar algo que nos sirva. –pensó en los ataques de monos voladores que habían sufrido, y en como el pobre Little John había sido atacado y convertido días atrás- Hacedme una lista de los materiales que necesitáis y yo iré a comprarlos.

- Por supuesto, a cambio de algo. –atajó Kieron.

- Oh si… -respondió ella con una sonrisa maligna, muy parecida a las de Regina en su época Evil Queen – Todo tiene un precio… Después de todo, yo tengo experiencia con este mundo y sus costumbres. Además, tengo permiso de conducir y vosotros no.

- ¿Qué quieres a cambio, entonces? –preguntó Robin, divertido de los continuos piques entre su amigo y la muchacha.

- Que hagáis de niñeras durante unas horas, mientras voy y vuelvo del pueblo. No quiero dejar a los niños encerrados en la cabaña sin vigilancia, ni tampoco llevarlos al pueblo y exponerlos a esa maldita bruja del Oeste…

- ¿Es la Bruja Mala del Oeste? –preguntó Robin, sorprendido.

Con un suspiro, Rapunzel asintió.

- Si, eso parece. Debimos intuirlo, solo por los monos alados, ¿no crees?

- ¿Por qué iba ella a…?

Al no tener respuesta, Rapunzel se encogió de hombros. Su madre no había sabido darle una respuesta, dado que nunca llegó a conocerla en persona, ni tampoco a visitar Oz.

- Vete tranquila, mis hombres y yo cuidaremos de los niños –dijo Kieron, mirando a los gemelos con expresión seria. Rapunzel sabía que podía confiar en él si se trataba de la seguridad de los pequeños.

- Gracias Kieron. Volveré en unas pocas horas. – dijo ella con una sonrisa dulce en los labios. Se levantó de su silla y llevó los platos y tazas sucios a la cocina, dejándolos dentro del lavavajillas. Los hombres se mostraban curiosos sobre el funcionamiento de esos aparatos extraños, pero aún eran muy cautelosos.- Voy a vestirme e iré a comprar. Deseáis que traiga algo más o…

Al recibir una respuesta negativa, dejó a los niños jugando en el salón con los adultos y fue directa a su habitación. Allí se dio una rápida ducha y se vistió con unos vaqueros ceñidos, una camiseta negra de manga larga y unas botas de cuero hasta las rodillas. Se dejó el cabello cobrizo suelto, que al secarse formaba ondas naturales. Se maquilló apenas, lo justo para resaltar sus bellos ojos verduzcos, y bajó a reunirse con los demás. Se despidió de los tres niños con un beso en sus frentes y de los adultos con una dulce sonrisa. Cogió su bolso y condujo su coche hasta el pueblo.

.Anjélica.

Con Rubi de su lado, Anjelica se dijo que sería más sencillo demostrar la inocencia de Regina y, tal vez, averiguar la verdadera identidad del culpable.

Pasó rápidamente por su casa para ducharse y cambiarse de ropa, ya que tenía prisa por volver a Granny´s a tiempo de desayunar con Belle y Mary Margaret. Cuando llegó allí, la morena ya estaba sentada esperando su desayuno, sin Charming ni Emma cerca, lo cual la extrañó, aunque tal vez hubieran salido a seguir alguna pista.

- Buenos días, Mary Margaret.

- Buenos días Angie. ¿Qué tal la mañana?

- Menos pesada que la tuya, querida. – le sonrió dulcemente, acariciando la ya prominente barriga de su amiga, quien le devolvió la sonrisa por la broma.- Ya has pedido, ¿No?

- Si, y me he tomado la libertad de encargar lo tuyo.

- Oh, gracias querida. Eres un ángel. –Anjélica se sentó frente a la morena con una sonrisa, mirando a ambos lados en busca de la mujer que faltaba, Bella. Su amiga debió darse cuenta de a quien buscaba, por que le dijo que la había llamado y le había dicho que no podría desayunar con ellas porque quería buscar alguna pista en la biblioteca.

Rapunzel admitió que tenía sentido, tal vez allí encontrase algo de utilidad. Mary Margaret también la puso al tanto del descubrimiento que hicieron Regina y Emma la pasada noche. La Bruja Mala era un adversario a tener en cuenta. Viviane le había contado historias sobre ella, pero nunca llegaron a conocerla en persona. El hecho de saber a quién se enfrentaban solo consiguió ponerla más nerviosa. Se excusó con su amiga y se alejó hasta el fondo del local para llamar por teléfono a su madrina y decirle lo que había descubierto, lo que a ella tampoco le gustó. Decidieron separarse para buscar información. Viviane iría a la biblioteca a ayudar a Bella y ella tendría que buscar pistas por su cuenta. Al mirar a Mary, vio como una mujer pelirroja se le acercaba, con una enorme sonrisa, y como su amiga le devolvía una igual de radiante. Ella no le vio la cara, pero no notó que su amiga se pusiera tensa, al contrario, estaba tan tranquila como para permitirle que le tocase la barriga. Ella volvió a girarse para terminar de hablar con su madrina, y cuando colgó la desconocida ya había desaparecido.

El resto del desayuno lo pasaron hablando sobre el bebé y todas las dudas que Mary Margaret tenía, las cuales eran muchas. Demasiadas, para una mujer que esperaba su segundo bebé, aunque claro, al primero no lo crió ella así que era algo normal.

Pese a su profundo estado de nervios, la morena se dio cuenta de las miradas entre Rubi y ella, que por lo visto debían ser diferentes a como solían mirarse, por que cuando Rubi les llevó la cuenta, les soltó:

- ¿Os habéis acostado vosotras dos?

- ¡¿Qué?! –preguntaron las dos a la vez

- ¿De donde saca eso tu mente calenturienta? –preguntó Angie.

- Os miráis como si compartierais un secreto…

- Somos amigas, por supuesto que compartimos secretos… Tal vez hayamos dormido en la misma cama pero...

- ¡Rubi! –Interrumpió Anjélica, haciendo que sus dos amigas prorrumpiesen en carcajadas.- Eso está fuera de contexto. Tu piso solo tiene una cama.

- Ya, claro… -Rubi guió un ojo a Mary Margaret con complicidad, haciendo que esta volviese a reírse.

Fingió ofenderse, pero veía claramente el bien que tanta risa y buen humor le hacía a Snow, por lo que solo continuaba pinchando a la loba y sacándole supuestos intentos de seducirla en ocasiones anteriores, lo cual las hacía reír a las tres aún más.

Pasaron una mañana entretenida, entre bromas y pullas, pero pronto Snow tuvo que volver a casa a descansar, dejando vía libre a Anjélica para que fuese a investigar por su cuenta.

Decidió comenzar por un pequeño hechizo de verdad que lanzó en sus dedos, de ese modo, mientras estuviera tocando a alguien este estaría obligado a decirle la verdad sin darse cuenta de nada. Así pasó el resto del día, haciendo preguntas a los ciudadanos sobre sus sospechas y temores sin sacar casi nada en claro, salvo que muchos de ellos temían que la Reina Malvada se volviera loca durante el año perdido y los maldijera para volver a Storybrooke perdiendo ese año de recuerdos y volviendo a la normalidad. Otros pensaban que Regina era inocente, pero pensaban que había enseñado a alguien a lanzar esa maldición, lo cual era posible que se acercase más a la verdad. Unos pocos eran felices de haber vuelto a este mundo, pues les gustaba más que la austeridad y los monstruos del Bosque Encantado. Al menos no todos en el pueblo odiaban a su hermana. Eso era algo bueno.

.Rapunzel.

Con la compra ya hecha y cargada en el coche, puso rumbo de regreso al bosque, tratando de pasar desapercibida entre los demás habitantes, dejándose ver pero sin resaltar entre la gente, pues quería que la gente la viera por la calle pero no que se preguntaran quién era ella ni donde vivía. Era una de las muchas precauciones que tomaba para no llamar una atención no deseada, ya fuera la del repartidor con cara de troll como la de la bruja Mala.

Saludó a unos cuantos conocidos de camino por la calle, ya que conducía como si solo estuviera dando un paseo con el coche. Incluso se detuvo a saludar a Rubi, que había salido de su turno en la cafetería de su abuelita y se ofreció a llevarla hasta el Bosque, ya que sabía que ese era su destino. Durante el trayecto estuvieron comentando las mañanas de cada una, se hicieron bromas y pusieron en común sus teorías sobre la identidad de la Bruja Mala, a cada cual más estrafalaria que la anterior.

Una vez de regreso en la cabaña, Rubi la ayudó a guardar la comida perecedera en el frigorífico y en los armarios de la cocina, apartaron los utensilios que había comprado para los hombres y salieron a reunirse con ellos.

El campamento estaba situado a casi 200 metros de la cabaña, para tener intimidad tanto por un bando y por otro, y para mantenerla oculta a la vista de cualquiera que no supiera que estaba allí. Ambas mujeres se dejaron guiar por sus años de vivir en el bosque y sobre todo por sus olfatos, pues el bosque olía al humo de las hogueras de campamento y también un poco a hombres que no han visto agua en varios días. Rapunzel se anotó mentalmente poner más lavadoras con sus ropas y recordarles que podían usar las duchas de la cabaña. Ambas debieron estar pensando lo mismo, por que arrugaron la nariz al penetrar del todo en el campamento, donde el olor era más persistente.

- Me sorprende que no los hayan encontrado hasta ahora… -murmuró Rubi.

- Creo que el hechizo de protección es más potente de lo que parecía. Eso, o que los monos prefieren no enfrentarse a tal fragancia… Tal vez esta es su forma de mantener el campamento a salvo, algo así como si hubieran marcado su territorio.

Se miraron con unas sonrisas socarronas gemelas. Desde luego, no podían culpar a los monos voladores si preferían mantenerse a distancia.

Kieron y Robin les salieron al paso cuando llegaron a la hoguera más grande de todas, que era el centro de reunión de todos los grupos. Por un lado estaba la banda de Robin Hood, los "hombres alegres", que contaba con más de 20 hombres. Luego estaba la manada de Kieron, formada por seis lobos, todos hombres, que se dedicaban a la caza y a la protección del campamento y la cabaña. Luego estaban los cazadores, un grupo compuesto por algunos habitantes del pueblo así como de hombres que habían llegado a Storybrooke por primera vez y que preferían vivir en el Bosque. Entre estos destacaba Angus FolzRoyth, un viejo cazador bastante bueno, aunque demasiado arrogante para su propio bienestar.

Nada más llegar, al fondo podían ver como empezaban a llegar los hombres con su última pieza de caza, un venado de gran tamaño, y como Angus venía refunfuñando enojado, sujeto por dos de los hombres de su cuadrilla. Detrás, un hombre lobo también gruñendo por lo bajo.

Una sola mirada entre los cuatro amigos les hizo saber que todos pensaban igual. Iba a correr la sangre antes de que cayese la noche, pero se equivocaron. La pelea estalló no bien ubieron llegado al campamento.