.Zelena.

Convencer a la dulce y perfecta reina Snow White, Mary Margaret en este extraño pueblo, para que me contratase como su comadrona para el inminente nacimiento fue insultantemente fácil. No comprendo como a mi queridísima hermanita pequeña le costó tanto matarla, cuando a mí a penas me costó nada acercarme a ella. Pero por supuesto, yo soy mejor que ella en todo lo que me proponga, ya sea el aprendizaje de la magia como en vengarme de todos aquellos que alguna vez se atrevieron a despreciarme… y por supuesto, eso la incluye a ella. A Regina. La queridísima hija favorita de Cora, la aprendiz por excelencia de mi Rumpelstiltskin. La Reina perfecta y amada por todos…

Ese viejo sentimiento de rabia e ira que tan bien conocía volvía a correr con fuerza por las venas de la Bruja, convirtiendo sus finos labios en una mueca de desdén contra el mundo entero por no saber ver su propio potencial, pues ella era la hija mayor de Cora, la niña que abandonó y la que debió ser la hechicera más poderosa de todas, esa a la que Rumpel elegiría para enseñarle magia y convertirla en su favorita… pero no, todos se habían olvidado de ella como si no fuera más importante que el barro de las suelas de sus botas… pero ella les enseñaría cuan equivocados habían estado al despreciarla. Empezaría por la pequeña morena, mostrándole a su hermanita como se conseguía una venganza.

Se pintó una dulce sonrisa en los labios y cogió su bolso para ir directamente a la tienda de su pequeña mascota para conseguir un pequeño "regalo" que necesitaba para su plan. La campanilla de la puerta sonó anunciando su presencia a una joven de pelo castaño y brillantes ojos color zafiro que la recibió con una triste sonrisa.

- Hola, usted debe ser la señora Gold. – Saludó la hechicera fingiendo una esperanzada mirada, sabedora de quién era la muchacha que parecía estar al punto del llanto tras el mostrador tran escuchar esas palabras.

- No, yo no… no soy... Me llamo Bella. Solo Bella.

- Oh, vaya. ¿Se encuentra por aquí el señor Gold? –volvió a intentarlo, metiendo aún más el dedo en la llaga. Disfrutaba demasiado con el evidente dolor de la muchacha que la miraba con los ojos brillantes de lagrimas no derramadas. Si ella no podía tener a su maestro con ella, nadie lo tendría, y mucho menos esa pequeña rata de biblioteca.

- No, él… murió.

- Oh, cuanto lo siento –dijo con su mejor tono de disculpa, aunque por dentro sonreía victoriosa. Si esa niñata tan solo supiera, o recordara… - Verás, estoy buscando un regalo para alguien. Hoy es mi primer día de trabajo y quiero llevarle algo. Ella es la reina Snow White, no se si la conocerás…

- ¿Mary Margaret? Claro que la conozco. –sus ojos azules se iluminaron de felicidad al oír nombrar a la otra mujer, lo cual solo consiguió revolverle el estómago a la bruja – Tengo algo perfecto para ella…

En cuanto la muchachita le dio la espalda, ella la congeló en el lugar para poder acceder a la caja fuerte que sabía que estaba oculta tras un cuadro en la pared del mostrador. Usó la gota de sangre que consiguió del Oscuro al afeitarle esa mañana para abrirla sin forzarla, pues sabía que tendría un importante hechizo de protección que podría ser inconveniente para sus planes. Registró la pequeña caja fuerte en busca de lo que necesitaba, empezando a pensar que no estaría…. Ah si, ¡Ahí! Cogió el tarro de cristal y lo abrió para asegurarse de que era la raíz que necesitaba y, al ver que así era, devolvió el tarro vacío a su lugar y cerró la caja fuerte. Terminó su pequeño teatro con la bibliotecaria y continuó su camino hasta el pequeño apartamento de su presa. En todo el camino, su sonrisa de satisfacción no abandonó sus labios hasta que llamó a la puerta con los nudillos.

Una vez dentro del piso, comenzó la función.

Convencer a esa pequeña insulsa de que su ayuda le sería imprescindible durante el poco tiempo de gestación que le restaba, así como después del parto fue sencillo. También la embrujó con palabras para que llamase a su flamante maridito para que volviera al piso para poder conocerlos a ambos, sin sospechar ningún juego sucio por parte de la "comadrona". Pobre niña estúpida… Regina tenía muy mala suerte en lo que a familia se refería… Por supuesto, el príncipe Encantador acudió a la llamada de su amada haciendo gala de su ridículo nombre, pero Zelena modelo de dulzura y encanto ante el matrimonio, incluso se ofreció a preparar té, por supuesto pensando en el bienestar de la embarazada así como en el plan que tenía para el rubio. Sin que ninguno lo viera, deslizó la raíz machacada en la taza de David y se la entregó. El resto de la entrevista pasó rápido, conversando de los miedos propios de una pareja joven que están a punto de ser padres, tal vez no por primera vez, pero que se sentían primerizos al no haber podido criar a su hija Emma. Si tan solo supieran que tampoco podrían criar a este bebé… Pero si se lo dijese, ¿Dónde estaría la sorpresa?

Terminado el trabajo de hacerse indispensable para Mary Margaret, Zelena regresó a su granja con el símbolo del valor del príncipe en su bolso para prepararle algo de comer a su querida mascota, así como para repartir órdenes entre su ejército de monos voladores, que cada día parecía crecer un poco más con cada ciudadano que se convertía en otra de sus criaturitas.

Con un plato metálico en la mano, caminó los pocos metros que separaban la casa del refugio contra tornados que había reconvertido en el hábitat de su inquilino. Una pérfida sonrisa tironeó de sus labios al pensar el él, el todo poderoso Ser Oscuro convertido en una criatura consumida por la locura, en su marioneta. Ironías de la vida, tenía todo el poder del Oscuro a su merced, pero la mente del individuo estaba en conflicto consigo misma y eso le impedía explotar todo su potencial. En fin, esa situación la arreglaría con el tiempo. De momento no le era imprescindible usarlo, pues como nadie sabía quién era ella, pues sus propios poderes le eran suficientes. En el improbable caso de que la Salvadora o su hermanita pequeña descubriesen su jueguecito antes de tiempo, bueno, demente o no el Oscuro estaba obligado a obedecer todos sus deseos y órdenes.

- Hola, querido. –Como cada día, le encontró centrado en hilar en su rueca. La paja que había esparcida por el suelo empezaba a escasear, siendo sustituida por un largo y grueso hilo de oro puro en su lugar. – Espero que tengas hambre.

Como de costumbre, le respondió con una cancioncilla desquiciada, medio ignorándola-atendiéndola, su mente dividida no le permitía centrarse en una sola cosa para prestarle la debida atención, salvo en la rueca. Eso parecía calmarle la mayor parte del tiempo. Pero ella necesitaba su completa atención así como su total sumisión, por lo que le plantó ante los ojos la daga que le mantenía subyugado a su poder.

- Déjate de tonterías, querido. Necesito respuestas y necesito que estés despejado al darlas. –gruñó molesta por las impertinencias del duendecillo.

- ¿Qué quieres saber que no te haya dicho ya? –dijo él, rematando la frase con esa irritante risilla suya. Tal vez estuviera obligado a servirla, pero disfrutaba irritándola, aunque después tuviera que pagar por ello.

- Hoy he oído un extraño rumor acerca de mi hermana Regina…

- ¿Qué adora hacer macramé? Vergonzoso, pero cierto –risilla maligna- No es algo que le guste que la gente sepa, pero es toda una artista de las agujas…

- ¡Cierra la boca, maldito Imp! ¡No es eso lo que quiero saber!

- ¿Entonces que quieres saber que no sepas ya sobre ella, hmm? La has observado durante años, conoces bien, o eso dices, su vida pasada y sus últimos años durante la maldición gracias a tu magia. ¿O acaso hay algo que ni siquiera tú has podido averiguar sobre ella? Oh, que mala malita es Reginita, ocultándole secretos a su hermanita mayor. –hizo un ruidito seco con la lengua repetidas veces, agudizando la voz igual que solía hacer años antes. De nuevo volvió a reír histérico- Eso no se le hace a la familia.

- ¡Eres imposible, Rumpel! –Zelena se dio por vencida y salió de la celda de su maestro, dejando atrás la risa demente del hombre. Tenía que solucionar lo de su maldita demencia para poder conseguir respuestas cuando las deseara, y no tener que rezar para que el maldito no tuviera uno de sus brotes psicóticos. En otro momento lo volvería a intentar… Pronto.

Mientras tanto debería tratar de averiguar por sus propios medios si el rumor que había escuchado en Granny´s era cierto o no. De ser verdad, acababa de descubrir una nueva forma de hacer sufrir a Regina antes de acabar con ella para conseguir su venganza. "Asesinar a su noviecita y sus hijos," pensó con repulsión, "será un buen golpe antes de arrancarle el corazón del pecho y acabar con ella"

Xxx...xxX

.Rubi.

Era todo muy confuso para la joven loba desde hacía unos cuantos días. Desde que Rapunzel había cortado relaciones con los cazadores del bosque parecía que todo les iba de mal en peor y, según ella, se merecían todo lo que les pasase pero los muy orgullosos echaban la culpa de todas sus desgracias a la hechicera. ¡Hombres! ¿No podían aceptar sus errores, como tampoco podían aceptar que se perdían y necesitaban pedir indicaciones? Rapunzel le avisó de que pasaría, y que por su propia seguridad era mejor que no fuese al bosque, pero la camarera no hizo caso de su advertencia pensando que al ser una loba la respetarían. Se equivocó. Si no hubiera sido por sus reflejos sobrenaturales, una flecha hubiera atravesado su garganta y la hubiera dejado clavada al tronco de un árbol. Al buscar al tirador con la mirada descubrió que este volvía a cargar su ballesta para intentarlo nuevamente. Furiosa, se lanzó a la carrera hacia el peligro y arrebató el arma de las manos del cazador antes de que tuviera tiempo de cargarla de nuevo. Al verse desarmado, y sin el efecto sorpresa, tiró de fuerza bruta contra la mujer descubriendo para su horror que la mujer era más fuerte que él. No por nada era una mujer Lobo. Un ligero empujoncito y el idiota se estrelló de espaldas contra un árbol, cayendo inconsciente al instante.

- Maldito hijo de P*** –gruñó varios insultos entre dientes, cogiendo al hombre del cuello de su camisa y caminando hasta el campamento arrastrándolo tras de sí.

Al llegar, lo dejó caer sin preocuparse de si se golpeaba la cabeza contra el suelo, esperando que se hiciera más daño y que al despertar sintiese como si un ogro estuviera golpeando un enrome Gong dentro de su cabeza. Sin dirigirle una última mirada, y sin soltar la ballesta y las flechas del cazador, buscó a su Alfa para informarle de lo sucedido. Caminando por el campamento, se dio cuenta de que algunos de los hombres la miraban con algo parecido a la ira homicida en la mirada. ¿Qué demonios pensaban? Si intentaban alguna idiotez como la de su amigo, el grupo se vería rápidamente reducido en unos pocos minutos, y no necesitaría ni cambiar a su forma animal para hacerlo. Empezaba ya a flexionar los dedos y a respirar pesadamente cuando una enorme mano se posó en su hombro, previniéndola de no cometer una locura, y también saludándola. Al mirar al dueño de esa manaza se encontró con los cristalinos ojos azules del Alfa, Kieron Keltar, que miraba a los cazadores con una sonrisa torva que los prevenía de no atacar a nadie de su clan, ya fuera a uno de sus hombres o a la única mujer, pues lo lamentarían amargamente durante una agonía terrible mientras esperaban la muerte. Pareció funcionar, pues se dispersaron aunque murmurando cualquier maldad que estuvieran pensando.

- No has debido venir aquí, Rubi. Es peligroso para cualquier amiga de Zell, y sobretodo para ti, por ser una loba además de su mejor amiga. –dijo con voz grave el hombre lobo.

- Ella me dijo que las cosas no os iban bien últimamente, y quise venir a echaros una mano, traer comida…

- Ya has visto como se han puesto los cazadores. Apenas encuentran algunos conejos que traer al campamento. Ahora somos los lobos quienes se ocupan de cazar la comida, ya que somos más rápidos, y ellos están furiosos. Se sienten inútiles y están deseando ponerle las manos encima a quien, según ellos, tiene la culpa de su mala suerte…

- Saben que la culpa es de su maldito orgullo de macho Alfa… sin ofender, Kieron.

Para su sorpresa, el joven se rió entre dientes.

- No me ofendes. Estoy del todo de acuerdo contigo, y con ella, pero ya sabes como son estos tipos de orgullosos. Estarán muriéndose de hambre y no darán su brazo a torcer para admitir un error.

- ¿Creen que ella vendrá y les devolverá su favor así por las buenas? Se nota que no la conocen en absoluto… -La morena se cruzó de brazos, mirando como los hombres se reunían alrededor de una de las hogueras para calentarse.

- Tal vez, pero saben que ella no permitirá que mueran si puede evitarlo…

- No lo hace. Encontráis caza, y no pasáis demasiadas penurias, ¿verdad? Ella misma me dijo que podría haber alejado a los animales del bosque y dejaros a merced de los monos voladores, pero aún os protege, aunque a mi parecer no merecen ni eso.

- Así que es por eso que no encuentran caza… - Kieron sonrió de lado al comprender la simplicidad del hechizo.- Los hombres no encuentran nada que cazar aunque lo tengan delante de sus narices y deben depender de nosotros para traer comida. Les está dando una lección de humildad. ¿Tú sientes frío? –al ver que su compañera se daba cuenta de que no tenía frío como los demás cazadores, volvió a reí- No, ¿verdad? ¿Lo entiendes? Los hechizó haciéndoles creer que estaban desamparados y desprotegidos para que valorasen la ayuda que se les presta desinteresadamente y que ellos daban por sentada. La comida, los utensilios de caza, las ropas, la protección contra los elementos… Los tenían al llegar sin ni siquiera darse cuenta de ello, pensando que siempre los tendrían cuando lo quisieran…

-… y al ver que no era así… Vaya, tan simple… -Rubí sonrió divertida al entenderlo también- no se como no lo había pensado antes. Desde luego, no corremos el peligro de que esos cabezotas se den cuenta de momento. Dejemos que sufran un poco más…

Caminaron hasta la vieja cabaña del bosque, la casa de Rapunzel y de los niños, encontrándola sin problemas. Se despidieron en la puerta pues el lobo tenía el turno de guardia en el campamento, y aunque no era necesario, se tomaba muy en serio sus deberes.

Una vez dentro de la cabaña, la morena esbozó una sonrisa maquiavélica.

- Eres una bruja muy pérfida, ¿lo sabías? Acabo de darme cuenta del verdadero hechizo que has lanzado sobre esos pobres infelices. ¿Sabes que uno de ellos casi me convierte en un pincho moruno? ¡Me ha disparado!

- Hola preciosa. Si, estamos todos bien. No, no necesitamos nada del pueblo, pero gracias por preguntar. A los niños les molestan los dientes, pero eso ya lo sabes… y después de los saludos y cumplidos de rigor… -decía la pelirroja, divertida por las palabras de su amiga. ¡Si que le había costado tiempo comprender! - ¿Qué es eso de que te han disparado? ¿Quién ha sido tan estúpido como para atreverse a prender la ira de una mujer lobo? ¿O la mía?

Rapunzel iba de un lugar a otro de la cabaña, guardando la ropa limpia en su lugar así como algunos juguetes que habían quedado desperdigados por el suelo al haber pasado gran parte del día jugando con los niños, pero al oír que su amiga había sido atacada por uno de los cazadores la dejó congelada a mitad de un paso en el salón y con un oso de peluche en su mano.

- No te preocupes, tiene un buen chichón en la nuca que le recordará su estupidez durante mucho tiempo. Y Kieron no es que le vaya a permitirle olvidarlo, créeme.

La pelirroja la miró con el ceño fruncido, ignorando la broma implícita en el comentario. Se había quedado en lo del ataque que había sufrido Rubi. Pensaba descubrir al desgraciado en cuestión y hacérselo pagar personalmente. No por nada era la nieta de la Reina de Corazones, aunque nadie en el pueblo lo supiera. Tal vez debería aprovecharse de la fama de su supuesta "novia" la Reina Malvada y hacerles ver con quién se la jugaban. Claro que si lo hacía y Regina se enteraba, esta cambiaría su preciosa cabaña en el bosque por la misma torre en la que creció, pero eso sí, agregándole un hechizo de jaula para que no pudiera escapar de ella esta vez. A veces mantener el anonimato era una lata más que una ventaja.

- De cualquier forma, cualquier cosa que Kieron tenga en mente…

- Parecería un balneario en comparación con lo que tú podrías hacerle… Lo se.

La pelirroja rodó los ojos ante la sonrisa burlona de su amiga, pero en realidad tenía razón.

Tras asegurarle por decimo quinta vez que estaba bien, Rubi pudo volver al pueblo, mediante magia por supuesto, pues Rapunzel no quería arriesgarse a que su amiga sufriese un nuevo ataque. Rumió durante algunos minutos más las últimas palabras de Rubi pidiéndole que no cometiese ninguna tontería como presentarse en el campamento y arrasarlo… cosa que cada vez le parecía más atractiva. Aparecer como hizo su madre en la boda de Snow y maldecirlos a todos… Decidió quedarse en la casa hasta que se le pasara ese arranque de ira contra todos los hombres y disfrutar de sus hijos.