Veamos que ha pasado durante esa noche... ¿aque habrá sido de Regina?

.Regina.

Apareció en lo más profundo del bosque, donde nadie la encontraría escondida entre los viejos gigantes de Storybrooke. Sola, rodeada tan solo por algunos animalillos, la Reina Malvada lanzó un alarido de rabia y dolor tan desgarrador que lanzó a las aves que miraban desde las copas de los árboles al vuelo y su eco pudo escucharse en el pueblo. Las lágrimas acudieron raudas a sus ojos y se derramaron ardientes por sus mejillas pálidas. No podía respirar, sus pulmones parecían incapaces de conseguir llenarse del aire necesario. Empezaba a marearse, veía como cuanto la rodeaba giraba en rápidos círculos que la mareaban. Fuertes estremecimientos sacudían su cuerpo, robándole la fuerza a sus rodillas y haciéndola caer sobre el suelo cubierto de tierra y hojas muertas. Cubrió sus ojos con ambas manos, tratando de escapar así el dolor que sentía desgarrar su alma, incapaz de conseguirlo, y sin previo aviso su magia se escapó a su control sin que ella pudiera o quisiera detenerla, pues era más fácil dejar que su lado más oscuro gobernase sus actos y dejase que su conciencia, su yo más intimo, se ocultara en lo más recóndito de su ser para huir de tanto sufrimiento…

Fuego.

Las llamas lo devoraban todo a su paso. Todo cuanto la rodeaba estaba consumiéndose rápidamente en ese infierno privado que había conjurado a su alrededor. Las criaturas del bosque no tenían ninguna oportunidad de escapar a su dolor, pues todos sufrirían el mismo tormento que corroía su alma desde hacía horas. En su estado sabía que no podría soportar acercarse a la cabaña ni a sus ocupantes, pues todo lo veía de color sangre y en ese estado podría hacerle daño a los gemelos… Ellos eran todo cuanto le quedaba, su única conexión con su amada Rapunzel, su única hija…

El dolor de su cuerpo apenas le importaba. El mismo fuego que ella había desatado también quemaba su carne, pero no lo sentía, pues el dolor de su falto corazón era increíblemente intenso para no hallarse latiendo en su pecho. Necesitaba dejarlo salir, destruir algo o más específicamente a alguien… a la causante de su tormento. Zelena iba a morir. No se contentaría solo que detenerla, había decidido destruirla personalmente, y disfrutaría haciéndolo lentamente. Pensaba tomarse su tiempo con cada tortura que le infligiría. Ella deseaba arrebatarle los lujos que disfrutó, toda la riqueza que había poseído durante su reinado, así pues, entonces la haría gritar durante horas hasta que su garganta estuviera en carne viva para hacerle tragar su peso en oro derretido…

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Aunque la reina estaba totalmente fuera de sí por el dolor de la pérdida de su hija y deseaba reducir todo el Bosque a cenizas, el fuego apenas cubrió unos 20 metros de radio desde donde ella se encontraba contenido por una extraña fuerza ajena a ella, quien no veía más allá de las altas llamas.

Había dos observadores allí. Uno sobre uno de los árboles más alejados del fuego, vigilaba la agonía de la reina sin ser consciente de que había otro ser allí también, sufriendo en silencio por esa mujer destruida. Desde lo alto del árbol, el mono alado se impulsó lejos de la rama desde la que había estado espiando para ir a informar a su ama del dolor de esa mujer, sin llegar a ver como la encapuchada cruzaba el anillo del llamas que rodeaban a la Reina y se acercaba a ella por la espalda sin que el fuego le hiciera el menor daño.

Regina estaba tan agotada físicamente que había caído dormida mientras lloraba en el interior de ese infierno que había creado. La mujer encapuchada se acercó a ella y se arrodilló a su lado, apagando el fuego con un leve gesto. Allí, sobre el propio suelo carbonizado, rozó el rostro sucio de hollín y lágrimas de Regina con el dorso de la mano, comprobando su temperatura. Como esperaba, estaba ardiendo al tacto. Soltó un suspiro apesadumbrado y, con una mano sobre su hombro y un revoloteo de humo azul, ambas mujeres desaparecieron del bosque.

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Horas después Regina despertaba en su propia cama, en su propia casa, y sin saber como había llegado allí. Sobre su frente tenía una compresa fría que le cubría también los ojos, hinchados de tanto llorar y también del humo. La tomó con una mano que sentía algo rígida, comprendiendo el por qué al mirarla. La mano, y algunas otras partes de su cuerpo, estaban fuertemente vendadas.

- ¿Cómo…?

- Estabas malherida y hemos tenido que curarte. –Reconoció enseguida esa voz pese a la naciente migraña que notaba que empezaba a formarse en el fondo de su cabeza.

- ¿Señorita Swan? ¿Qué hace en mi casa, si no le importa decírmelo? Y como he llegado aquí… no recuerdo… -Regina se llevó la mano vendada a la cabeza, justo donde sentía el latir de su corazón en la sien.

- Te buscamos durante horas por el pueblo. Yo revisé tu casa, tu cripta… pero no aparecías, así que fui al bosque a pedir ayuda a los cazadores pero no había sido la única que tuvo esa idea. Tu amiga Anjélica ya estaba allí, hablando con un tipo enorme con barba y ojos azules.

Regina se encogió un poco sobre sí misma al reconocer la descripción del Kieron, el Jefe de la manada, el pretendiente de su hija antes del hechizo que cambió los recuerdos de todos… Si no hubiera accedido a lanzar ese maldito conjuro, ella estaría a salvo… Si no…

- Llegué justo a tiempo de oírles comentar lo sucedido en el pueblo. –Continuó contándole Emma, tratando de sacarla así de sus macabros pensamientos, pues imaginaba en que pensaba- Los cazadores habían olido rastros de humo en el bosque. Ese hombre nos llevó hasta allí, mostrándonos la destrucción de ese lugar. Árboles calcinados hasta las raíces, el suelo totalmente negro… fue horrible. Estaba todo destruido… Al volver al campamento, la madre de Anjélica la llamó diciendo que te había encontrado y traído aquí. Vinimos en cuanto nos enteramos. Nos hemos turnado para cuidar de ti desde entonces.

Lo que Swan no le contó fueron los extraños sentimientos que la asaltaban cada vez que dejaba a solas a esa mujer con ella.

- Gracias por su vigilia, Swan pero creo que…

- Regina, eso fue hace dos días.

La reina caída, que estaba sacando las piernas de la cama para empezar a levantarse, se quedó congelada al oír esas pocas palabras. Lentamente alzó la vista para mirar a Emma a los ojos sin poder creerla.

- ¿Dos días?

- Apareciste poco antes del amanecer. Tenías unas quemaduras muy feas y Viviane dijo que te había dado algo que te haría dormir profundamente para que pudieras curarte más rápido… -los hombros de la Salvadora se alzaron impotentes. No podría decirle nada más, ya que ella tampoco entendía bien todo lo que le había explicado aquella mujer salvo la necesidad de vigilarla y mantener controlada su alta temperatura. Emma se había ofrecido como voluntaria para cuidar de Regina, ignorando las miradas que le dirigieron los demás. – Deberías seguir descansando. No quiero dejarte sola, pero tengo que ir a …

- Váyase Swan, no estoy inválida. –espetó la morena con más acritud de la necesaria, pues no quería sentirse agradecida con la rubia por sus cuidados, que debió tomarse muy en serio a juzgar por las enormes manchas violáceas de debajo de sus ojos. Necesitaba estar sola para pensar en que paso debía dar a continuación. Por supuesto los gemelos deberían estar bajo continua vigilancia en la cabaña. Lo siguiente era visitar la cripta para… hacer lo que debería hacerse…

Abajo se escuchó por fin la puerta de la entrada cuando Emma Swan abandonó la Mansión. Con cuidado, la reina se levantó de la cama para espiar a la rubia mientras se marchaba en dirección a la trampa mortal que era su coche. No se daba cuenta de que se abrazaba el torso magullado con los brazos, sintiéndose tan sola de repente… No lo admitiría ante nadie, pero secretamente agradecía la preocupación que la Sheriff sentía por ella. Era agradable sentir que realmente le importas a alguien con quien no estas emparentado mediante lazos de sangre… Si, sería eso… por que cualquier otro tipo de sentimiento que tuviera por ella sería el todo absurdo…

Con esa nueva resolución tomada, la reina entró en su vestidor, tomó un vestido negro, largo hasta la rodilla y de escote cuadrado con una chaqueta beis con las solapas del cuello negras a juego, así como unos altos zapatos negros. Empezó a desvestirse lentamente para poder echar un vistazo a las quemaduras ocultas bajo los vendajes, que notaba rígidos, seguramente por algún mejunje cicatrizante. Al menos había funcionado y su piel volvía a estar tan lisa y tersa como siempre. Decidió darse una buena ducha que eliminase el agarrotamiento de sus músculos así como los restos de esa pasta que se adhería a su piel en algunas zonas.

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Cuando salió de la ducha, ya vestida y maquillada como cada día, la saludó el olor del café recién hecho que subía desde la cocina que se suponía debería estar vacía igual que el resto de la casa. ¿Acaso Emma se había olvidado algo y había tenido que volver a casa? No lo creía, pues habría escuchado el ruido del motor de ese cacharro amarillo incluso debajo del agua de la ducha. Tal vez Anjélica había venido a sustituir a su guardiana rubia para asegurarse de que descansara. Bien, de ser así iba a demostrarle a su hermana que ella no necesitaba tener niñeras que se asegurasen que se encontrara bien ni nadie que se preocupase de su estado de salud o de ánimo.

Bajó rápidamente las escaleras hasta la planta baja, siguió el aroma a café hasta la cocina y entró con un puñado de palabras malsonantes que dedicarle a su eventual niñera, pero quedaron atascadas al ver una salvaje melena pelirroja de espaldas a ella preparándole otra taza para ella.

Todas las ideas de su cabeza desaparecieron de un soplo, dejando solo dolor y confusión, y una sola palabra flotando en el aire entre ellas…

- Tú…