Aviso: capitulo corto, más que nada porque mi portatil ha muerto y mis musas parecen querer guardarle el debido luto... Intentaré seguir escribiendo y actualizar pronto, si mi portatil decide marcárse un "Lázaro" y volver a la vida.

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.Emma.

Dejar sola a Regina en esa inmensa mansión vacía se le hizo extrañamente difícil, pues nunca antes había vuelto la vista hacia la casa con esas repentinas ganas de subir hasta la habitación de la morena y estrecharla entre sus brazos murmurándole que todo saldría bien al oído hasta que cayese dormida de nuevo. Cuando la vio atravesar el cristal de la torre del reloj y desaparecer sintió una extraña opresión en el pecho que le impidió respirar, atribuyéndola al temor por la seguridad del pueblo, y cuando Zelena incineró ante sus ojos impotentes a la joven Rapunzel y después tener que enfrentarse a Regina y su posterior desaparición fue… Recordar ese grito agónico que ni la magia consiguió ocultar aún le provocaba escalofríos. La posterior búsqueda de la mujer por todos los lugares en los que se podía esconder consiguió hacerla temblar en más de un sentido, pues temía la criatura en la que el dolor de una nueva pérdida podría convertir a su Regina… ¿Su Regina? ¿De donde había salido ese pensamiento? Seguramente se refería a la Regina que ella conocía, la madre amantísima, y no a la antigua Reina Malvada que destruía aldeas por diversión… Si, debía ser por eso…

Con un suspiro cansado se subió a su bebé dorado y condujo hasta el centro del pueblo, directa al apartamento de sus padres para decirles que Regina por fin se había despertado, así como para ponerse al día de lo que había pasado durante el tiempo que pasó en la mansión Blanca de la alcaldesa y también para darse una ducha a fondo, cambiarse de ropa y comer algo con sustancia que no fuera otro bocadillo, que era básicamente de lo que había vivido en casa de la morena al no haber querido apartarse de ella en ningún momento. Lo crucial era conseguir que Rumpel les dijera cual era el plan de la bruja y, con suerte, arrebatarle la daga con la que lo controlaba para poder enfrentarse a ella en igualdad de términos… pero hasta la rubia sabía que eso era un plan suicida. Ella apenas sabía encender una vela con su magia, y eso concentrándose a fondo, ¿Cómo pensaba que podría enfrentarse contra una bruja nata que tenía el control de su magia años antes siquiera de que su madre tuviera la edad suficiente como para empezar a fijarse en los chicos, ni hablar de haber nacido siquiera…? Definitivamente había perdido el Norte del todo. Tal vez Regina si que pudiera enfrentarse a Zelena. No dudaba ni por un instante que eso era precisamente lo único que rondaba por la mente de la morena desde hacía días.

Pensar de nuevo en Regina hizo que un escalofrío bajase por la espalda de la Sheriff. ¿Desde cuando le importaba tanto esa mujer que hasta hace poco ni siquiera recordaba? Por supuesto que ahora recordaba cada uno de los enfrentamientos que habían tenido, cada roce, cada mirada incendiaria que le dedicó desde la misma noche que llevó a Henry de regreso aquel día que se escapó… ¿Habían pasado ya casi tres años desde entonces? Una parte de su corazón aún lo sentía como su hubiera sido ayer cuando la conoció. Recordaba perfectamente aquel sencillo vestido beis hasta las rodillas y de escote redondo, los tacones negros repiqueteando por la piedra del porche de la entrada de su casa, su grito llamando a su hijo con el miedo y la desesperación reflejándose claramente en su voz… Su rostro reflejaba tal miedo por su pequeño… pero sus ojos fueron lo que más impactaron a Emma. Amor puro brillaba en aquellos orbes chocolate caramelizado al mirar a su hijo, que rápidamente cambiaron a un profundo dolor ante su rechazo cuando Henry le gritó que había encontrado a su verdadera madre… Ella…

Emma no se había dado cuenta de a donde la había llevado sus pies de tan sumida en sus recuerdos que había estado, pero casi sonrió al ver aquel banco de hierro fundido del muelle donde una vez se reunió con ella hacía tanto tiempo… Ella lo consideraba un lugar especial, uno que tenía con Regina para ellas solas aunque estuviera en un lugar público, pero era "su lugar".

Su boba sonrisa cambió ligeramente al recordar el día en el que Henry se quedó atrapado en la mina. Era un muchacho tan tozudo como sus dos madres juntas, lo cual no era poco. Le había llevado allí su obsesión por hacer que su madre rubia aceptase que era la hija de Blancanieves y que debía romper la maldición que su madre morena, la temible Reina Malvada, había lanzado sobre todo el pueblo…y como siempre el chico tenía razón esa vez, como todas las demás. Pero esta vez ella sabía que Henry era feliz en Nueva York. Tenía amigos, era un buen estudiante y quería volver a su vida… aunque Emma sabía que esa vida que tenían no era verdadera, era una buena vida…

De nuevo estaba ahí esa vieja necesidad de huir…

¿Qué le diría Regina?

"Henry también es mi hijo, Swan" lo sabía, pero Henry no la recordaba por mucho que eso le doliera, ni a ella ni a nadie de su vida anterior, y tal vez era lo mejor. Emma prometió detener a la Bruja Mala, más aún Destruirla, pero después de conseguirlo cogería a su hijo y pondrían pies en polvorosa dirección Nueva York y ella podría esconder la cabeza entre los hombros como una tortuga y fingir que nada había cambiado en esos días. Fingiría que no había recordado que sus padres eran unos reyes de cuento de hadas, y que ella se había enamorado de una villana de cuent-… ¡Para el carro! ¿Se había enamorado de quién? ¿De Regina? ¿La misma mujer que había hecho su vida imposible durante un año? ¿la misma mujer que era la culpable de haber vivido alejada de sus padres, de casa de acogida en casa de acogida? ¿la misma y condenadamente sexy mujer que robaba su espacio personal cada vez que estaban cerca? ¿La misma por cuya culpa tenía una malsana obsesión con las manzanas? … Dios… Necesitaba hablar con Archie... Esto no podía ser cierto…

Vale, Regina tal vez tuviera ciertas inclinaciones, pero ella nunca se había planteado nada con una mujer. Para colmo, no era el mejor momento para acercarse a Regina en medio de su luto por Rapunzel, LA MADRE DE SUS HIJOS, tuvo que recordarse la rubia.

- Oh… Mierda… -Emma se tapó la cara con las manos, acobardada. ¿Cómo se le podía ocurrir? Es más, ¿Desde cuando le interesaba Regina y ella ni siquiera lo sabía? Maldito subconsciente… Ya le valía guardarse información tan importante para él solo…

.

.Anjélica.

Los niños no dejaban de llorar y ella comprendía sus motivos, ya que ella tampoco podía parar. La pérdida de su madre había sido culpa suya, ella no había podido protegerla tal y como había prometido. Era culpa suya, suya y de nadie más. No le sorprendería que Regina fuese a buscarla después de ocuparse de Zelena. Ambas se merecían lo que les ocurriese a manos de la Reina Malvada…

Anjélica estaba sumida en el dolor y la autocompasión. Se culpaba por lo ocurrido por mucho que le dijeran que no había sido culpa suya. Ella recordaba la señal que Rapunzel le hizo para que no interviniera, pero ella sabía que debería haberlo hecho.

Estaba de nuevo sumida en su circulo vicioso de "si hubiera…" cuando un hombretón entró en la cabaña sin hacer ruido, atraído por los llantos de los niños que ella no podía calmar por mucho que los meciera y abrazara murmurándoles palabras tranquilizadoras. Los pobres no escuchaban lo que querían oír, que sus madres vendrían pronto a por ellos… Al menos era seguro que una de las dos no lo haría en un futuro cercano…

- ¿Aún no se calman? –preguntó Kieron con la preocupación y la tristeza tiñendo su voz grave.

- Lo he intentado todo, pero es como si supieran que algo malo ha pasado…

- Puede que así sea, Angie. Recuerda lo unidos que estaban a su madre. Zell siempe estaba con ellos, a todas horas. Notan su ausencia…

Anjélica pensaba lo mismo. Sabía que los lobos tenían unos poderes extraños, diferentes a los suyos, pero los comprendía. Sabía que el hombre lobo había sentido una conexión con Rapunzel casi inmediata, y temblaba al pensar en el dolor que el hombre debería estar sintiendo en esos instantes. Seguramente por eso entendía los llantos continuos de los niños. Tal vez, ese hombretón de dos metros diez de altura también necesitara llorar, pero sabía que no lo haría. No donde pudieran verle.

Dejó que él se acercase a los niños y tratara de calmarlos a su modo. Vio como los cogía a ambos en brazos con la facilidad que proporciona la seguridad en sí mismo, así como unos brazos gruesos y robustos como árboles jóvenes. Colocó las cabecitas de los niños en el hueco de su cuello y les murmuró palabras tranquilizadoras, meciéndolos lentamente mientras caminaba por la cabaña, calmándolos poco a poco y haciéndolos dormir al tararearles la nana que Rapunzel solía cantarles… Cuanto la echaban de menos, y no eran los únicos…