Disclaimer—Los personajes de Harry Potter no me pertenecen, son de la gran J. K. Rowling. El diseño y adaptación de los personajes me pertenece, al igual que algunos personajes de la historia.


Febrero de 1978

Los meses transcurrieron según lo acostumbrado en la mansión Lestrange, con continuas visitas de parte de Narcissa y Durella, constantes salidas por parte de Bellatrix y Rodolphus, además de estrictas ordenes y juramentos para las pocas personas que sabían el secreto que ocultaban. La pequeña niña de nombre Alice, con casi dos meses de edad no suponía grandes problemas; mas los ojos curiosos que en ocasiones llegaban con falsas excusas en busca de algo con que desacreditar a los Lestrange frente al Señor Tenebroso si que lo hacían, habiendo más de uno que estuviera a nada de descubrirla, para fortuna de todos, siempre había algo que impedía que eso ocurriera. Lo que no impedía, eran las constantes discusiones que mantenían Bellatrix y Narcissa, sobre si la primera estaba siendo o no lo suficientemente responsable para mantener en secreto el hecho de haber tenido una hija.

—Siempre estás yendo y viniendo —se quejó Narcissa—, traes contigo personas que podrían descubrir a Alice e informarle al Señor Tenebroso sobre ella. Ella aún es pequeña, ¿Pero qué pasará cuando sea mayor? No podrás tenerla encerrada y oculta toda la vida.

—Sé muy bien lo que estoy haciendo —Bellatrix miró enojada a su hermana—, y precisamente lo hago para no levantar sospechas. Mi lugar dentro de los mortífagos peligra y eso es algo que no puedo permitir de ninguna manera.

—Así que eso es lo único que te importa —la menor le dedicó una mirada incrédula—. ¿Acaso la única razón por la que mantienes oculta a tu hija es para mantener tu posición?

La expresión en Bellatrix cambió por una de indiferencia.

—La única razón por la que sigue aquí es porque no hay otro lugar al que mandarla.

Narcissa no daba crédito a lo que estaba escuchando por parte de su hermana, por la actitud que había presentado después de que Alice naciera había creído que ella cambiaría, aunque sea un poco con el fin de protegerla y evitar todo lo que podría pasar si Lord Voldemort se llegaba a enterar de su existencia.

—Pero es tu hija —susurró.

Bellatrix dio la vuelta antes de responder, dispuesta a marcharse en cuanto le fuera posible.

—Los elfos domésticos ya saben lo que tienen que hacer con la niña, nuestra madre se los ha explicado detalladamente —finalizó Bellatrix, remarcando la falta de experiencia de ambas en cuanto al tema, y aún sin mostrarse afectada por la conversación—. Puedes irte cuando quieras.

Las palabras fueron claras, normalmente había un «vuelve en cuanto puedas» la hablar sobre las veces en que Narcissa regresaba a la mansión Malfoy, pero tras la discusión que acababan de tener, estaba claro que Bellatrix no la quería ver ahí por un largo tiempo.

— Yo... —Narcissa intentó cambiar la opinión de su hermana—. Trataré de volver pronto.

—No —la mayor continuaba de espaldas—. Ya no necesito tu ayuda, los elfos se encargarán de ella.

No había más que agregar, estaba claro que Bellatrix no cambiaría de parecer y a Narcissa no le quedaba más que aceptarlo, callar y observar como su hermana abandonaba la habitación dejando tras de si solamente el sonido de sus pasos resonando sobre el frío suelo de madera; un elfo apareció a su lado pasados unos segundos, con el bolso de Narcissa en las manos, dándole a entender que el «puedes irte cuando quieras», no era más que un simple formalismo utilizado por Bellatrix y que en realidad ella esperaba se marchara en ese mismo instante.

Era la primera de todas las discusiones que habían tenido en la que era echada de aquella manera, normalmente sería Bellatrix quien terminaría aceptando la responsabilidad, sin disculpas ni promesas de no hacerlo más o ser mejor persona, ya que esas eran cosas que su orgullo no le permitiría decir jamás. Todos tenían un limite, y eso era algo que Narcissa sabía perfectamente, lo que no se esperaba era llegar tan rápidamente al de Bellatrix.

-O-

—Se ha ido ya —Bellatrix informó a Druella, con su habitual tono de desinterés—. Rodolphus y yo también nos iremos pronto.

Druella asintió con lentitud, observando por la ventana a la menor de sus hijas caminar hasta la salida de la mansión para después desaparecerse a la vista de los últimos rayos del sol.

—No debiste ser demasiado cruel con ella —respondió pasados algunos minutos en silencio—. Ha estado cuidando a la niña durante estos dos meses, es normal que le haya tomado cariño.

Bellatrix miró a su madre, quien en ese mismo instante le dirigió la mirada, una mirada llena de arrugas y cansancio obtenido por la edad, y una expresión de preocupación que no le había visto hasta ese momento, ni siquiera cuando Andrómeda anunció su matrimonio con un sangre sucia.

—Tenía que ser de esa forma —respondió Bellatrix sin alterarse—. Yo sé que es lo que debo hacer o no para proteger a mi hija. Si se seguía encariñado con ella podría poner todo en peligro.

—Trata de mantenerla cerca —le recordó—. En caso de alguna emergencia ella será la única que podrá ayudarte.

Esta vez fue el turno de Bellatrix para asentir, y tras una última mirada a su madre dio la vuelta y salió de la habitación, aún tenía varias cosas que hacer antes de irse.

Hizo una pausa frente a la puerta del cuarto de Alice, y mientras posaba su mano en el picaporte dudó brevemente en si entrar o no, su mano giraba lentamente, pero al final solo pudo abrir unos cuantos centímetros antes de volver a cerrar y susurrar un «lo siento» al aire. La menor no merecía nada de lo que le esperaba, pero no había más que pudiera hacer.

-O-

Diciembre de 1980

El sonido de pasos ir y venir con desesperación inundaba la habitación, Bellatrix acababa de recibir una lechuza informando que el Señor Tenebroso había decidido llevar a cabo una urgente e importante reunión en la mansión Lestrange. Alice jugueteaba alegremente por los pasillos, a sabiendas de que pronto se celebraría su cumpleaños número tres , pero ignorando los hechos que tendrían lugar aquella noche.

—Por que no llegas —murmuró impaciente Bellatrix, comprobando por séptima vez desde que envió a uno de sus elfos domésticos en busca de su hermana.

Las cosas entre ambas no se habían arreglado por completo desde la discusión que habían tenido casi tres años antes, pero aún así Narcissa acudía siempre que Bellatrix se encontraba en algún problema respecto a Alice, y la mayor esperaba que esa noche no fuera la ocasión.

Pasados algunos minutos más, el sonido de nuevos pasos se unió a los ya existentes.

— ¿Está todo bien con Alice? —Cuestionó Narcissa en cuanto estuvo frente a su hermana.

—Necesito que la saques de aquí —Bellatrix ocultó su nerviosismo, y trató de que su voz sonara igual de despreocupada que siempre—. El Señor Tenebroso ha decidido realizar una reunión de última hora aquí.

— ¿En cuanto tiempo estarán aquí? —Narcissa miró preocupada a su hermana.

—No lo sé —respondió—. Dijo que venían en camino.

Narcissa asintió antes de salir en busca de la pequeña, con la desesperación en aumento a cada paso que daba sin rastro de la niña. Pasaron varios minutos antes de que por fin diera con ella, la encontró mirando discretamente por la ventana, sobre una silla y con una de sus pequeñas manos abriendo la pesada cortina lo suficiente para poder ver con uno de sus ojos.

—Alice —la llamó, mientras cerraba bruscamente la cortina—. Tenemos que irnos ahora.

Narcissa levantó en brazos a la pequeña, para después comenzar a caminar escaleras arriba en la enorme mansión, el sonido de la puerta principal abrirse les indicaba que era demasiado tarde para irse, por lo que solamente les quedaba ocultarse en una de las tantas habitaciones.

—Tía Cissy —Alice tocó el brazo de la mayor y la miró con curiosidad—. ¿Quién era el hombre de ojos raros?

-O-

Lord Voldemort se apareció en una nube negra frente a la mansión Lestrange, andando sin prisas lo que restaba de camino hasta la puerta de entrada, con varios de sus mortífagos más fieles caminando tras él. Una breve mirada a su alrededor le basto para asegurarse de que no había peligro. Sintió una mirada posarse en él, ocasionando que instintivamente dirigiera la mirada hasta el lugar de donde creía —y sabía— que provenía la mirada. Nada, solo el raro recuerdo de unos ojos cafés y la cortina siendo movida por el viento.