Debo empezar agradeciendo a todos los que dejan comentarios en este fic, en serio, a quienes me han dicho que es de sus favoritos y me inspiran a seguirlo porque no quiero decepcionarles. No saben lo feliz que hacen a ésta simple humana común y corriente. La verdad es que no me importa si éste lo leen dos o una persona, yo soy feliz escribiéndolo y soy más feliz cuando a ustedes les gusta lo que escribo. Espero seguir enganchándolos con cada capítulo nuevo, mi meta es no aburrir. Por eso necesito que me dejen sus críticas, buenas, malas o amenazas de muerte, es importante para mí; también pueden dejarme sugerencias, yo leo cada comentario y lo considero (podría darles una sorpresa colocando algo que me hayan pedido).
Los derechos de ciertos personajes le pertenecen a Marvel, el resto (lo que no sea de Marvel) es mío y sólo mío. Sólo hago esto porque me gusta, me entretiene y por un sueño frustrado en donde Steve y Natasha se aman.
PD: El capítulo es larguíto, un regalo de vacaciones.
Capítulo IV
Cada paso que daba aceleraba mi corazón un poquito más; los nervios hacían que me sudaran las manos -cosa que me daba asco-, además, sentía cómo el mango de la maleta resbalaba de vez en cuando por ello. La negatividad me invadía aumentando las ganas de mandar todo al diablo y devolverme por donde había llegado. ¿Y si descubrían que estaba alquilando a Steve? ¿Y si se notaba que no éramos pareja? ¿Si nos hacían demasiadas preguntas y terminábamos enredándonos en nuestra propia mentira? Diablos, ¿Por qué carajos me metí en esto? Romanoff, ¿Eres idiota o qué? De tanto pensar en ello, me dolía la frente y las punzadas atacaban en mi sien.
―Deja de fruncir el ceño, se te va hacer permanente ―. El rubio, quien caminaba al lado, reposó una mano sobre mi hombro.
―Cállate. Me preocupa que no estás preparado para esto ―. Era eso, me asustaba más que él no supiera cómo actuar frente a mi familia.
―Estoy preparado. Tu eres la que no lo está ―. La arrogancia salía de su boca, pero el calmado cielo azul de sus ojos se tornaba más oscuro, cosa que combinaba perfectamente con su poca usual expresión seria―. Pero, ya estamos aquí, no te podemos devolver, ¿O si?
―Como siempre, haciendo comentarios idiotas.
―Solo... Relájate ―Exhaló, mientras yo ponía los ojos en blanco.
Me regaló media sonrisa ¿tranquilizadora? Sí, Steve no era la persona que más me calmaba en el mundo, de hecho, su única misión en la vida era alterarme y hacerme explotar -eso pienso yo, y muy pocas me equivoco-; sin embargo, por alguna extrañísima razón, el gesto surgió efecto sobre mis nervios, los cuales se aplacaron un poco.
―¡Oh, Tasha, querida!
Desconecté el intercambio de mirada que mantenía con el primo de Pepper, poniendo los ojos en blanco por inercia. Consecuencias de escuchar la insufrible voz de cierta mujer pelinegra que se hacía llamar ''mi segunda madre'' e iba acercándose hacia nosotros con una sonrisa hipócrita. La hora de la verdad había llegado.
―Natasha, por fin ―No vi a la rubia que le acompañaba, hasta tenerla al frente extendiéndome sus brazos.
―Sharon.. ―Apenas pude susurrar cuando ella ya me estrechaba contra su cuerpo. Entré en estado de shock.
Creí que podría, en serio, me prometí a mí misma no sucumbir ante los recuerdos que inevitablemente volverían a atormentarme al verlas. Pero hay cosas que uno no puede controlar y, para mi desgracia, mantener la postura frente a tanta falsedad me era complicado. Lo que me provocaba en ese momento era escupirle la cara a la rubia oxigenada que aún se atrevía a llamarme hermana y empujarla para que nunca más en su miserable vida me volviera a tocar.
―Supongo que este chico tan guapo es tu novio ―Comentó Helena, sacándome del trance y señalando a Steve ―. Estoy sorprendida, ¿segura de que no lo alquilaste o algo por el estilo?
Sharon me soltó y empezó a reír por el comentario de la bruja de su madre, junto a mi novio y a la propia arpía mayor. Mi corazón sólo supo acelerar a mil por segundo su ritmo cardiaco, no sabía qué decir para defenderme. Quería hablar, que alguna palabra saliera de mi boca de una maldita vez, dejar de mirarlos reírse de mí en mi cara.
―Creo que en caso de ser así, quien tendría que pagar y suplicar por este lujo sería yo.
Miré sorprendida al rubio que acababa de hablar, me brindaba una sonrisa triunfal y un guiño coqueto, invitándome a despertar de esa actitud dormida en la que caí. Deseé tener poderes telepáticos para agradecerle la salvada épica.
―Lo acepto, esa fue una buena respuesta ―Extendió su mano al hombre quien la estrechó de vuelta―. Helena Romanoff, un gusto.
―Steve Rogers, el gusto es mío.
―Yo soy Sharon, hermana de Tasha, la de la boda ―Le regaló su falsa sonrisa angelical, yo la conocía muy bien. Quería causarle una buena impresión.
―Que bueno conocerte, Sharon, te felicito por eso.
Abrazó a la mencionada brevemente después de felicitarla y luego se acercó a mí, rodeándome la cintura con su brazo libre de equipaje. Sentí un flujo de corriente recorrer desde el lugar que sus dedos rozaban sobre la tela de seda beige hasta el inicio de mis orejas, algo de calor se concentraba en mis mejillas. Me tensé.
―Ok, queridos, seguiremos conversando en el auto. Iván nos espera en casa.
La mujer de cabello negro y su hija dieron vuelta en dirección a la salida del aeropuerto, dejándonos a Steve y a mí atrás.
―Vamos ―Extendí mis maletas hacia él.
―¿Qué? ―Preguntó mirándome extrañado.
―Llévalas ―Fue mi turno de guiñarle un ojo cuando tomó uno de los costosos productos de Louis Vuitton entre sus manos.
―Mierda, tienes que estar transportando cadáveres. Esto no puede ser normal.
―Sí, van junto a tu dignidad.
Me reí en mudo como si fuera una bruja malvada, cosa que el hombre observó con cara de qué diablos. Debía verme estúpida, pero no me importó; estaba vengándome y, debía admitir, era bastante divertido.
―Parece que terminaste de enloquecer ―Sonrió autosuficiente.
―Deja de ser imbécil y camina.
―Oye, no, no soy tu esclavo ―Puso mala cara dispuesto a dejar mis cosas en el suelo.
Ahora la extrañada era yo, analicé su rostro.
―Te estoy pagando lo suficiente para que lo seas, a menos de que estés muriendo, tienes que hacer lo que te diga ―Si él pensaba que podría poner sus propias normas, estaba equivocado, mis habilidades incluían la manipulación como arma letal.
―Ah, ¿si? ―Entrecerró los ojos sosteniéndome la mirada y fingiendo que levantaba un gran peso―. Creo que estoy mareado, voy a vomitar en algún bolso de cuero caro.
Lanzó arcadas, como si realmente lo fuese a hacer. Ese bastardo sería capaz de inducirse vómito con tal de sacarme canas verdes.
―Ni se te ocurra, Rogers, es una edición limitada de Louis Vuitton.
Una sonrisa llena de maldad se asomó a través de sus labios cerrados, el resto pareció suceder en cámara lenta para mí. Él soltando el mango de la maleta, la maleta cayendo, el cuero rebotando sobre un frío piso de aeropuerto.
―Está bien, cariño, me adelanto y te dejo llevar tus maletas, ya que insistes.
Ni vi cómo se alejaba, sólo me quedé ahí, con la boca abierta observando el contenedor de mi ropa, de mis accesorios, de mis perfumes y, en fin, parte esencial de mi vida en el piso, como si no fuese nada. Iba a matar a ese hombre antes de que llegáramos a casa de mi papá, así no tuviese quien me acompañara a la boda.
Todos en la pequeña limusina negra iban riendo por las historias de Steve, hasta Marco había bajado el vidrio que separaba al chofer de sus tripulantes de atrás porque quería escuchar mejor. Le daba crédito, era encantador y le caía bien a las personas; pues, yo sabía de sobra que Helena no era un hueso fácil de roer.
―Oh, Steven, hijo, para que me voy a morir ―Pedía ella tratando de no reír, con una mano en el pecho y la otra sirviéndole como abanico.
Rodé los ojos por su patética dramatización y me enfoqué en lo que sea que hubiera a través de la ventana. Ojalá fuese tan sencillo, entonces me la pasaría contándole chistes o historias, aprendería a ser graciosa con mucho gusto.
―Cuéntanos, Steve, ¿cómo conociste a Tasha?
Aunque la voz Sharon me pareciese lo más fastidioso del mundo, su pregunta llamó mi atención; ahora sí quería escuchar la conversación. Supliqué a los cielos, en microsegundos, que el rubio no metiera la pata.
―Bueno.. ―Me miró, luego miró a sus espectadoras que lo veían ansiosas―. Mi prima es su asistente y nos presentó una noche.
―¿Y? ―Preguntó el botox andante de más edad.
―No te cohibas, nos encanta escuchar hasta el más mínimo detalle. Somos unas románticas empedernidas ―Agregó la rubia cabezahueca.
El hombre de barba rió divertido, mirándome de reojo y mordiéndose el labio inferior.
―Nat tuvo un pequeño accidente esa noche ―Las mujeres lanzaron un bufido de sorpresa, mientras yo procesaba el hecho de que se hubiese referido a mí como ''Nat''―. Pepper, mi prima, se asustó mucho, no paraba de llorar y culparme porque su jefa no despertaba.
Imaginé a Virginia llorando y amenazando a Steve, no era tan difícil pensarlo; aunque solía ser un poquito cruel con ella, sabía del aprecio que me tenía por alguna razón ilógica y masoquista.
―La llevé a.. ―Se frenó allí, gracias a Dios se dio cuenta de lo que estaba a punto de decir. Fingió que tocía antes de seguir; admito que reí en mi interior por eso―. Lo siento, como decía.. Eh.. Fuimos al hospital más cercano y estuvimos ahí como por dos horas hasta que despertó ―Sonrió ligeramente recordando algo que negó con la cabeza―. Estuve casi esas dos horas completas viéndola, se los juro, me sentía culpable de que se hubiese lastimado..
―Pero, ¿qué fue lo que pasó? ―Interrumpió la arpía menor.
―Me caí de una silla porque alguien no sabe respetar el espacio personal de los demás ―Decidí responder en su lugar, señalando con un cabeceo a quien hacía referencia.
―Disculpa, pero creo que te la estabas pasando muy bien ―Se defendió con una sonrisa divertida enviada a mi dirección.
―En tus sueños, cariño ―Me crucé de brazos, atacándolo con una mirada pesada.
―No lo creo, cariño ―Volvió a dirigirse a quienes nos acompañaban en la limusina―. Cuando despertó, Pepper nos dejó solos un momento a lo que ella iba por el bolso de cierta pelirroja con problemas de ira y estrés post-traumático ―Todos, menos yo, rieron por su comentario; incluyendo a Marco que observaba al rubio por medio del retrovisor―. No pude evitar quedarme viéndola de nuevo, en mi cabeza sólo se repetía ''que hermosa es esa mujer, diablos, acaba de despertar y debería verse como el infierno; pero no, luce como todos los malditos ángeles del cielo'', disculpen las palabras, sólo que no había otra forma de describirla.
―No, por favor, continúa.
Sharon parecía una niña estúpida escuchando su cuento de hadas favorito, con la barbilla entre las manos atenta a cada palabra del stripper, y Helena ya se veía fastidiada por tanto parloteo. En cambio, yo estaba preguntándome qué tanto de eso era verdad; mis defensas habían bajado un veinte por ciento y algo en mi estómago se movía, quería creer que eran los ácidos consumiéndose entre sí porque no había comido nada desde la mañana. Tenía unas barras de granola y manzana esperando ser devoradas al llegar a casa de mi papá, por cierto.
―Bueno.. ―Entonces centró sus ojos en los míos, reflejaban ese azul cielo repleto de una dulzura que no te terminaba de empalagar jamás, hipnotizaba. Se dibujó una sonrisa apagada en su cara antes de seguir―. Se lo dije, la invité a salir y aceptó; fuimos a mi restaurant favorito al otro día, tal y como lo planeé mientras estaba inconsciente ―Dejó de verme ahí―. Y ahora heme aquí, sobreviviendo a una pandemia obsesiva en persona.
Una nueva oleada de risas llenaron el vehículo. Casi, casi, casi creí que todo lo que decía era cierto, pero ¿cómo podía ser tan ingenua si lo estaba contratando exactamente para que fingiera eso? Y lo había hecho perfecto, hasta yo caí en su engaño por unos segundos.
Llegamos a la enorme mansión Romanoff, con su portón de entrada despampanante y la fuente de ángeles en medio del jardín tal y como la recordaba el día que me fui. Los arbustos rodeando la estructura, las bases estilo romano que me encantaban incluso cuando no sabía lo que era la arquitectura; mi pasión por el diseño arquitectónico se remontaba a eso años de pequeña correteando por todo el lugar, inspeccionando cada suelo, cada habitación, cada detalle plasmado. Fue allí, en mi casa, donde también vi por última vez a mi madre. Un nudo nostálgico se formó en mi garganta.
―Tenemos que bajar ―Escuché el susurro, seguido de la caricia suave en mi mejilla derecha propiciada por su mano rústica; de la misma contextura que suelen tenerlas quienes trabajan más duro en la vida.
Increíblemente eso hizo que la piel en mis mejillas y sus alrededores se erizara; por unos segundos, me quedé hipnotizada por sus ojos. Pero una cacheta mental me despertó.
―No me vuelvas a tocar así en toda tu miserable vida ―Le dije seria, tratando de borrar mi baja de guardia anterior.
―Quieta, fiera, no me hagas daño, por favor ―Levantaba las manos en señal de rendición. Yo resoplé, bajando de la limusina.
Ya la chupasangre de mi madrastra y su secuaz nos esperaban en la puerta de entrada, sonrientes, en medio de un par de hombres con lentes oscuros y traje que parecían cuidar a la mismísima reina de Inglaterra. Se acercaron dos domésticas en dirección al maletero donde se hallaba nuestro equipaje, pero Steve amablemente las alejó asegurándoles que él se podía encargar de llevarlo, que no se preocuparan. Me reí, ¿qué persona en su sano juicio, disponiendo de servidumbre, preferiría ahorrarles el trabajo? Él, por supuesto, el neoyorquino más estúpido del universo infinito. Aunque algo de su humildad me hizo sentir ligeros sentimientos de respeto, rememoré lo que me había hecho en el aeropuerto no hace más de una hora; así que dejé que llevara todas nuestras cosas solo, aunque tuviese que hacer varios viajes por las demás maletas.
―¿Dónde está mi papá? ―Le pregunté a Helena en cuanto entramos al recibidor.
―Creo que..
―Está aquí, pequeña mía.
El simple sonido de su voz, bajando por las escaleras tras de mí, hizo que toda la piel se me erizara en un santiamén. Su aroma combinado de tabaco cubano y perfume Armani clásico estaba en la lista de mis olores favoritos, imponía tanto su presencia que superaba la distancia de más de tres metros que nos separaban; ¿o mi nariz lo anhelaba tanto que le detectaba a kilómetros? Como fuese, me deleitaba de ello. Volvía a tener cinco años con esa fragancia, la niña que tantas veces observó por la ventana con emoción cuando su padre llegaba de alguno de sus tan largos viajes por el mundo.
―Hola, tesoro ―Embozó una sonrisa cansada en cuanto lo tuve al frente. Llevaba un tanque de oxígeno sobre ruedas.
―Papá.. ―Me mordí los labios para no llorar frente a todos. Cosa que odiaba más que rosas de obsequio, era llorar con testigos; no me gustaba parecer débil o dar lástima.
No esperé mucho para abrazarlo con fuerza, acción que me fue devuelta casi de inmediato. Eso era lo único que alguna vez me hizo querer regresar a San Francisco, los perfectos abrazos de mi papá.
―¿Quién es ese chico alto que nunca había visto antes y parece haber llegado contigo? ―Susurró con un tono gracioso que me hizo reír.
―Un imbécil ―Me retracté mentalmente―. Mi novio.
―Me gusta su currículum ―Ambos reímos por el comentario, entonces me soltó y le extendió una mano a Steve―. Ven, hijo.
Justo cuando volteé a mirarlo caminar hacia mi papá, estaba tragando saliva. Lo entendía, Iván Romanoff siempre intimidaba a los hombres que conocía, algo en su esencia era la de un ruso sin corazón que podría matarte con sólo una mirada; aunque en realidad fuese el hombre más comprensivo y amable que existía. Me divertía a montón ver sufrir al rubio primo de Pepper que tanto me sacaba de mis cabales. Era como una dulce venganza inesperada.
―Iván Romanoff, el padre de Natasha que te podría cortar una mano y exiliar a Siberia si llegases a romperle el corazón a su pequeña ―Le dijo al inseguro ojiazul, poniendo las manos sobre sus hombros.
―Me gustan mis manos, aunque creo que podría soportar un poco de frío; pero no está en mis planes averiguar eso, señor ―Sorpresa para mí, Steve le sonreía a mi papá y él le estaba devolviendo el gesto. El encanto sobrenatural del stripper atacaba de nuevo―. Es todo un honor.
―Me gustas, muchacho. No como le gustas a mi hija, claro, pero me agradas ―Los tres soltamos una pequeña risa―. Eres bienvenido a mi humilde morada.
―Gracias, señor.
―¿Militar?
―En mis tiempos libres, capitán de la brigada cuarenta y dos de Afghanistan.
Sentí que estaba escuchando mal, lo que siguió de la conversación entre mi papá y Steve no fue captado por mis oídos. ¿No se suponía que él era un simple stripper en un bar de los suburbios? ¿En qué momento se hizo militar, soldado, capitán de otros? ¿le mentía a mi padre sobre eso? Me di cuenta que no sabía nada del tipo al cual le estaba pagando más de cinco mil dólares, más de su parentesco con mi asistente, podía ser un asesino en serie y yo estar financiando su próximo asesinato en masa. Tendría que hablarlo cuando estuviésemos solos, porque, ahora que lo pensaba, ¿qué diría cuando nos preguntaran sobre su trabajo?
―Papi, necesitamos ir a llevar las maletas a nuestras habitaciones. Tú y Steve se pueden poner a cotorrear como viejas después, ¿si? ―Los dos hombres asintieron. Me di cuenta entonces de que no sabía un pequeño detalle―. ¿En qué cuarto dormirá Steve?
Tanto mi padre como su desagradable esposa rieron divertidos por mi pregunta.
―Oh, Tasha, ya no nos hacemos esas ilusiones ―Expresó la mujer.
―Arreglamos tu habitación para que los dos duerman allí ―Agregó con una sonrisa el ruso de más de cincuenta.
Un balde de agua con hielo fue lo que en ésta ocasión me mojó. No estaba preparada para eso, ¿en qué momento todo dejó de ser tal cual lo conocía? Tuve que guardarme las palabras de oposición ante la decisión, sería sospechoso. Sólo empujé al rubio quien volvió a tomar el equipaje que había soltado cuando se presento a mi progenitor y me dio paso para que le guiara rumbo a nuestra habitación, dado a que que ambos dormiríamos en mi antiguo cuarto. Maldita suerte.
―Por cierto, queridos, ésta noche iremos todos a una fiesta en casa de los McLaren ―Fue la sofocante voz de Helena la que nos lo notificó―. A las siete deben estar listos.
Asentimos y me dispuse a caminar resignada adelante del -esclavo- rubio fastidioso que esperaba no roncase dormido, no sin antes depositar un beso en la mejilla de mi papá.
En menos de dos horas ya habíamos arreglado nuestras cosas en el closet de mi cuarto, me encontraba rodeada de los pocos recuerdos que perseveraron aún después de que me fuese definitivamente. Oculté algunas cosas que no quería que Steve viese, estaba segura que de ser así me molestaría y se burlaría de mí por toda la eternidad. Un grupo de fotos de mi pre-adolescencia, cuando usaba frenillos y tenía la cara llena de acné; cuando me sentía la chica menos significativa sobre la faz de la tierra. Al superar esa etapa, justo entrando a la universidad, me di cuenta de que la única persona que me detenía para ser grandiosa y exitosa era yo misma, con mi inseguridad absurda; luego de abrir los ojos, lo que vino sólo era bueno. Claro, exceptuando aquello en donde se incluyera a la bruja de mi madrastra.
―¿Te bañas tú, me baño yo o nos bañamos juntos? ―Preguntó el rubio asomándose por la puerta del baño privado de la habitación. Mis labios entraron en algún tipo de colapso nervioso al darme cuenta de que su camisa de cuadros azules ya no estaba.
Arrugué la frente para poder reincorporarme.
―Haré como que no dijiste eso último.
―¿Qué último? ―Una expresión inocente se plasmó en su rostro.
―Bañarnos juntos, ¿acaso eres estúpido? ―Respondí fastidiada de su actitud infantil.
―Vaya, Romanoff, que traviesa ―Me miró con picardía y yo le devolví una interrogante gigantesca, a qué se refería ese payaso―. Pensé que preferirías ducharte primero, pero así es mejor; ahorramos tiempo.. ¿O no?
Después de sonriera de esa manera tan peculiar suya que lograba sacar el ogro dentro de mí en un segundo, entendí lo que quería decir. Ese imbécil creía que por ser ligeramente atractivo podía venir a jugar conmigo uno de sus jueguitos de seducción.
―Vete al infierno, Rogers. Tú y todos tus chistecitos de mal gusto se pueden quemar en el infierno ―Le quité la toalla que sostenía, empujándolo fuera de la línea que dividía el cuarto de baño y el dormitorio.
―Me gusta esa expresión que haces cuando me insultas, en serio.
Supongo que trató de imitarme, porque juntó sus cejas, arrugando la nariz y apretando los labios sin quitarme la mirada de encima. No lo soporté más, tuve que cerrarle la puerta en la cara. Había algo indescriptible en Steve Rogers, en su esencia, en su ser, que me molestaba con sólo escuchar el sonido de su voz. Era inmediato, como si hubiese sido programada para odiarlo.
―¿Podrías apurarte? ―Le decía desde la cama en donde me abrochaba los tacones negros.
―No me presiones ―Terminé de ponerme el tacón derecho, ahora iba por el izquierdo―. Deberías agradecer que ya casi estoy listo, después de que tardaras dos horas en la ducha, es un milagro lo que logré.
―Me estaba vistiendo.
―Podías haberlo hecho afuera ―Se escuchaba lo apresurado en su voz proveniente del baño.
―No me iba a arriesgar a que salieras inesperadamente o espiaras ―Cuando acabé de calzarme, dispuse a levantarme.
―¿Quién diablos crees que soy?
―Steve Rogers, el hombre más insoportable del planeta tierra.
―¿Sabes? Eso podría haberme dolido, si no estuviese acostumbrado ya ―El rubio llegó a mí como un niño pequeño, levantando el mentón y sosteniendo los extremos del accesorio masculino alrededor de su cuello―. No sé atarme la corbata.
―Es la cosa más básica de los hombres, por Dios ―Rodé los ojos antes de hacerle el favor.
―No, comer es la cosa más básica de los hombres ―Sonrió inocentemente.
―¿Sólo sabes pensar en comida? ―Me hallaba concentrada en hacer un buen nudo.
―Pienso mucho en lo que me gusta, Nat ―El tono que usó fue particularmente raro, mi sexto sentido me dijo que él estaba mirándome al hablar.
―Como sea.
Corté la conversación, se notaba en la forma torpe con la que ataba su corbata que me empezaba a poner nerviosa. No podía demostrarle que lograba causar ese efecto en mí. No podía permitir que ese hombre que tanto me fastidiaba causara siquiera algo similar a eso en mí.
Terminé con mi tarea y observé mi obra. Un nudo de corbata perfecto, como todo lo que yo hacía. Sonreí orgullosa de mí misma, pues, a pesar de no tener experiencia en ello, lo había logrado como si llevara años de practica; a veces me sorprendía con mis talentos ocultos.
―Bueno, no está tan mal ―Evaluó el rubio, inspeccionando lo que podía de su accesorio.
―Está perfecto, cállate.
―Si tu lo dices.. ―Se sentó dispuesto a ponerse los zapatos, mostrándome una sonrisa sarcástica.
Quise contestarle algo hiriente por portarse malagradecido, pero, en lugar de eso, me quedé mirándolo; lucía bastante bien, tenía que aceptarlo al menos en mi mente. Ese traje negro clásico le sentaba como a los dioses griegos; se le pegaba al cuerpo, resaltando su espalda fornida y su torso geométricamente perfecto, de dorito ¿seria delicioso y dañino como el aperitivo? -maldita sea, ¿Qué estaba pensando?-. Ese imbécil, con su estúpida y sensual barba corta que raspaba cuando se me acercaba al hombro o cuando susurraba alguna de sus idioteces en mi oído; ocultando esos labios rosados que en ciertas ocasiones me encontré merodeando. Rogers, bastardo, deja de mirarme así y acercarte diciéndome algo que.. ¡Mierda, Romanoff, te está hablando!
―Sé que soy extremadamente atractivo, pero ¿podrías dejar de babear por mí y caminar? ―Me tomó de los hombros, dándome vuelta hacia la puerta de salida.
Me di una de mis acostumbradas cachetadas mentales, reaccionando.
―Sueltame, puedo caminar sola, imbécil ―Sacudí sus brazos, dando un paso adelante―. Y no te estaba viendo a ti, sólo pensaba y tu estabas ahí como tarado.
―Sí, claro, Romanoff ―Rió divertido―. Te espero abajo.
―Es en serio, ¿por qué demoni.. ―No pude terminar de hablarle, pues él ya había cruzado la puerta, saliendo de la habitación.
Me había dejado con la palabra en la boca, el muy desgraciado. Por segunda vez desde que lo conocía, hacía una de las cosas que especifiqué no hiciera; me molestaba que me dejaran hablando sola, pero, me molestaba más que no hicieran las cosas como yo ordenaba.
Eramos demasiado opuestos, no entiendo cómo pude pensar que traerlo era una buena idea. Arruinaría mi semana incluso antes de que Helena lo hiciera.
