¡Holaaaaaaa! Lo sé, lo sé, me odian con todo su corazón y tiene mucho sentido la verdad. Pero es que estuve en intensivo y vaina y vainas y miles de vainas, entonces mi tiempo e inspiración eran tan escasos que agradezco mucho haber tenido éste capítulo avanzado o no estaría subiéndolo hoy. Aparte, aún no tengo internet y, por amor a ustedes y fidelidad, le pedí de favor a mi buena amiga, colega y compatriota _delalluvia que subiera el cap a mis cuentas (Gracias marica, u're rock, love u). Bueno, vean el lado positivo, ya salí de vacaciones por unas semanas y tengo todo el tiempo del mundo para dedicarlo a mis fics (Sé que tengo que actualizar el de El escape de Black Widow, está en proceso, relax), felicítenme porque mi ausencia valió la pena y pasé Física electromagnética e irradien felicidad pues ahora les pertenece mi alma mientras no inicio el semestre –risas insertadas aquí-. Espero que les guste el capítulo, no haber perdido a mis lectoras por mi desaparición y que dejen comentarios larguísimos sobre lo que les gustó y lo que no del capítulo o de la historia en general (Yo leo todos los comentarios con emoción, cuando me llega uno abro rápido el mail y sonrío porque me hace la vida que a ustedes les guste lo que escribo). Ya pues, pararé, a ustedes no les importa mi vida.

Que tengan una buena lectura y, recuerden, los derechos sobre los personajes no son míos pero los tomo sin fines de lucro porque después de que Marvel y Disney me rompieran el corazón permitiendo Brucetasha es lo menos que merezco.

Capítulo V

Desde que entramos sentí todas miradas curiosas y especulativas de las mujeres sobre Steve y sobre mí; todas las chismosas, amigas de Helena, tenían sus ojos puestos en nosotros. Tuve que fingir una sonrisa alegre cuando, una por una, se fueron acercando a ''saludar'', pues mi conocimiento de este mundo me aseguraba un 99,999% -por no decir que el 100% exacto- que la verdadera intención no era otra más que reunir información necesaria para empezar a rodar la noticia del regreso de la Romanoff rebelde y su nuevo e inesperadísimo novio encantador. No es que pensara que el rubio era encantador, puesto que es obvio que para mí es todo lo contrario; pero, pasa que para estas mujeres, él era como un adonis perfecto salido de cualquier revista internacional.

Y ya me estaba molestando la atención extrema -y obstinante- que había obtenido él desde que llegamos. Hasta sabía el plan de las arpías con botox: acercarse a saludar, presentarse y quedarse con la excusa de conversar con mi madrastra y mi papá, buscando las mil maneras de incluir a Steve en su charla rebosante de superficialidad.

Las entendía y compadecía de las pobres, ellas nos solían ver carne fresca y de calidad por esos lares, sus esposos o los socios ricos que se daban el lujo de asistir a estas pequeñas fiestas no eran del tipo visualizable, por así decirlo; los casos que valían la pena se encontraban escasos y fuera de su alcance -aunque poco les importaba la edad-. Rumlow era uno de esos casos, de los atractivos y ricos de la ''alta sociedad'' de San Francisco; de hecho, era el favorito. Tenía el cuerpo, el dinero y la cara para serlo. Casi cada mujer de este círculo social, joven o pasada de los cuarenta, quería estar con él al menos una noche. Pero, debía aceptarlo, Steve le hacía competencia, con su personalidad agradable -aunque fuese a mí a la única que no le agradaba- y Brock jamás podría ser tan humilde como él.

―Yo también pienso que ese anciano es interesante.

Cuando el susurro tras de mí me devolvió a la realidad, caí en cuenta de que me había quedado como tonta mirando al dormido señor Lee por un rato.

―Ay, cállate. Vete a hablar por ahí ―. Juro que ni siquiera pretendía responderle, pero la Natasha impulsiva salió a flote.

Sin embargo, él sólo rió como niño. Un gran niño fastidioso.

―Haces que empiece a pensar que estás ligeramente celosa ―Sonrió de esa manera arrogante que detestaba.

― ¿Celosa de qué? ―pregunté haciéndome la desentendida.

―De que mi atención no está sobre ti.

―En ese caso, tú tendrías que pagar para que lo estuviera ―Le susurré muy cerca de la cara, así evitaba que alguien indeseado oyera.

Pero, el hecho de que me sostuviera la mirada por más de diez segundos, hizo que yo fuese la primera en desertar en el mini reto de miradas que se había desatado y voltear hacia la pista de baile. Vi de reojo cómo me miraba por un par de segundos más.

―Debemos estar juntos, la gente verá todo raro si yo ando por allá y tú por aquí ―Me dijo muy cerca del oído, cosa que fue capaz de provocarme un pequeño escalofrío en todo el cuerpo.
No le miré, no quería hacerlo, así que me enfoqué en las personas que bailaban a unos metros de nosotros. Crucé los brazos e hice como que no me importaba lo que dijera; la verdad: estaba muy cansada para discutir.

―Estuve haciendo mi tarea, todas esas señoras.. ―Hablaba entre dientes. Levantó la copa que no había notado hasta ese momento en dirección a un grupo de brujas reunidas que le sonrieron cual colegiala con las hormonas alborotadas―. ..me aman, algunas ofrecieron cosas si te dejaba.. Así que acepté.

De inmediato dirigí mi cara más sería hacia él, ¿qué mierda acababa de decir?

Su molesta risa hizo la entrada triunfal. Con la mano desocupada metida hasta el fondo del bolsillo, y tomando un poco de vino, se inclinó un poco hacia adelante.

―Es broma, quita esa cara de bulldog, Jesucristo ―Volví a desviarle la mirada, entonces el rubio se cruzó de brazos y buscó mis ojos; como no le veía, se paró frente a mí, reclamando mi atención―. ¿Por qué se supone que estás molesta conmigo?

Nada salió ni saldría de mis labios; la verdad, yo tampoco sabía el porqué de la actitud que estaba tomando. No tenía ninguna base razonable, aún así, el orgullo me impedía dirigirle la palabra.

―Creo que si pudieras decirme las cosas a la cara, todo nos saldría mejor.

Suspiré pesadamente, me estaba comenzando a fastidiar que hablara tanto.

―Soy muy bueno con los monólogos, por si no lo sabías.

―Ya, ¿si? Ya para esto ―Hice un esfuerzo sobrenatural para poder mantener la voz baja ante las ganas inmensas de gritarle―. Sólo estoy cansada, lo menos que quiero ahora es estar en una estúpida fiesta.

Seguro se sorprendió porque no le grité, parecía esperar una de mis bombas atómicas estallando por su insistencia. Otra cosa que odiaba, que me insistieran. Lo único que hizo fue quedarse callado por lo que pudo ser alrededor de un minuto.

―Podríamos irnos, yo también estoy cansado desde el vuelo.

―Sí, antes de que mate alguien.

―Tengo la impresión de que soy el mejor candidato para eso ―Rió para sí mismo mientras caminábamos en busca de mi papá.

― ¡Buenas noches, señoras y señores! ―La voz del anfitrión, el doctor McLaren, llenaba el gran salón gracias a varios amplificadores distribuidos por el lugar―. ¡Es un placer para mí que todos ustedes honren a mi hermoso hogar con su presencia!

Varios aplausos se escucharon, todos los hipócritas presentes mantenían una cara sonriente ante las palabras del médico. Steve y yo tratábamos de ubicar al viejo ruso canoso que se hacía llamar Iván Romanoff entre todos ellos.

―Allá está ―Me señaló el rubio, agarrándose de mi cintura mientras atravesábamos a la multitud reunida.

― ¡Aparte de agradecerles, quiero mencionar dos cosas más que son de mucha importancia esta espléndida noche! ―Faltaban menos de dos personas para llegar hasta mi padre―. ¡La primera, es que quiero felicitar a los próximos señor y señora Rumlow! ―Puse los ojos en blanco por un segundo en cuanto escuché eso―. Aunque el novio no se encuentre aquí por motivos de trabajo en Los Ángeles, la novia sí está. Ya te veo, preciosa.. Y, bueno, quiero que le digas al magnífico hombre, que tendrás pronto como esposo, que estoy feliz por ambos. Sé que su amor es auténtico.

Sí, sí. Tan auténtico como el amor que le tengo a mi madrastra. Demasiado vomito verbal me estaba provocando nauseas, el doctor McLaren me caía bien, pero su ingenuidad hacía que le perdiera un poco del respeto que le tenía. Por suerte, ya estábamos frente a mi papá.

―Papá ―Le llamé cerca del oído.

―Dime, tesoro ―Contestó sin dejar de mirar al hombre con el micrófono.

― ¡Ahora, por último, pero no menos importante!

―Quiero irme, Steve y yo estamos cansados.

Separó los labios, a punto de responderme. Pero las siguientes palabras de su mejor y más sincero amigo, como él mismo decía, lo detuvieron.

― ¡Hay una persona que ha regresado hoy, a la cual todos nosotros extrañábamos! ―Eso me hizo voltear a verlo también, obviamente sabía a quién se refería―. ¡Natasha, preciosa, es un gusto poder verte de nuevo! ―Todas las miradas se centraron en mí, tuve que dar una sonrisa espléndidamente falsa para quienes me observaban―. ¡Y no olvidemos a su novio, un muchacho muy agradable! ―Ahora fue el turno de Steve de recibir la atención―. ¡Yo quisiera, y creo que todos estarán de acuerdo conmigo, que ustedes abran la hora de vals, por favor!

Los presentes aplaudieron soltando exclamaciones de acuerdo con la sugerencia del cabecilla de la fiesta. El militar y yo compartimos un intercambio de miradas, en sus ojos podía leer lo que pensaba: ¿Qué vamos a hacer para escapar de ésta gente? Yo, maldita sea, odiaba esas reuniones precisamente porque siempre salían con cosas así. Estábamos acorralados entre la espada y la pared, no me importaba irme y dejarlos a todos con su ridículo circo, pero dejaría mal a mi padre si hacía eso. Natasha, es tu padre, no puedes decepcionarlo. Puedes soportar ésta ridiculez un poco más, no es por ti, es por él, intenté convencerme de quedarme.

― ¡Vamos, chicos, no sean tímidos!

Un suspiro de mi lado fue suficiente para que el rubio comprendiera que teníamos que ir, ya era obligatorio. Nos acercamos con una sonrisa forzada al medio del círculo de personas expectantes ante cualquier movimiento que hiciéramos. Él sostuvo mi mano derecha con su mano izquierda, atrapó mi cintura con la otra mano que le quedaba libre y fijó la mirada en mí; yo, por mi lado, le rodeé el hombro con el brazo desocupado y desvié la fijación de sus ojos sobre los míos. La insoportable cercanía me estaba causando una extraña presión en el pecho, mis pensamientos se concentraban más en cada exhalación y sabía exactamente donde estaban ubicadas manos; debía evitar que se notara mi respiración acelerada, pero es que él estaba dándome un pequeño masaje en la cintura con el pulgar. ¿Trataba de calmarme?

―Sólo sígueme el paso ―Susurró a poca distancia de mi oído, con su aliento caliente y esa maldita voz ronca y suave que me podría hacer estallar con dos simples palabras.

―Sé bailar, imbécil ―Inicié los lentos movimientos del vaivén característico en cualquier vals. Tenía que ver hacia arriba para mirar su cara, así que preferí concentrarme en el grandioso nudo que le había hecho a su corbata. Sí, me había quedado perfecto―. Una canción y podremos irnos.

―Entonces, ¿me estás dando cuatro minutos para tenerte cerca? ―Supuse que sonrió, al tiempo que pegaba más su cuerpo al mío. Algo caliente se acumuló en mi frente.

Tragué saliva antes de que mi cabeza organizara alguna respuesta digna de mí, estaba prohibido en mi código de vida dejarme intimidar. Y mucho menos por ese idiota.

―Y es todo lo que tendrás en toda tu vida.

―Lo pensaste mucho, ¿estás nerviosa? ―Mierda, volvió a acercar sus labios a mi oído: Rogers, bastardo.

―No, jódete ―Fue patético, sí. Quizás me salió un hilo de voz, sí. Pero era decir eso o ser la burla del malnacido frente a mí por el resto de la vida.

― ¿Qué pasa? Pensé que tendrías mejores respuestas.

Dios mío, ¿cuánto tiempo había pasado? ¿Cuándo se acabaría la jodida canción? Por los mil demonios, que se fuera la luz o cayera un meteorito acabando con la vida sobre la tierra, que ocurriera una epidemia zombi y me comieran primero; que pasara algo, pero que pasara YA.

Su risa insufrible endemonió mi alma, me estaba dejando ridiculizar por ese maldito engreído de más de ciento ochenta centímetros. Un impulso me llegó y no lo ignoré, más bien, sonreí; mientras mi tacón negro aterrizaba con fuerza sobre su zapato de vestir del mismo color y un ligero alarido de dolor salía de su bocota.

―Oh, lo siento, cariño ―Esta vez sí lo miré, regalándole una sonrisa diabólica. Dándole a entender que meterse conmigo no era buena idea.

―Eso fue trampa ―Me miró aún reponiéndose de la pisada.

― ¿Es qué estamos jugando? ―Dije con fingida inocencia.

Él rió negando con la cabeza. Cuando paró, los orbes azul cielo de sus ojos establecieron una conexión con el verde amazónico de los míos. Todo alrededor pareció desvanecerse y sólo quedábamos nosotros dos mirándonos en.. Ya va, ¿qué cosa absurda estaba pensando?

―Deberíamos besarnos.

― ¿Qué? ―Aún nos estábamos mirando fijamente.

―Lo digo porque todos nos están viendo y creo que esperan que nos besemos ―Hizo un gesto con sus ojos que no había visto antes, como señalándome nuestro entorno. Advertí de reojo a lo que se refería, cientos de miradas sobre nuestro momento.

―No cre..

Mis palabras fueron cortadas por sus labios sobre los míos. Al principio, abrí los ojos por lo inesperado e impertinente de su acción, pero después las cosas se fueron dando solas. Sentía el calor del interior de su boca pasar a la mía a la par de que los músculos en nuestras labios se movían en una sincronía perfecta; tenía que aceptar que ese hombre sabía besar bastante bien. Mis manos viajaron a su cuello sin mi permiso, mientras sentía las de él, una rodearme la cintura, pegando nuestros cuerpos, y la otra acariciarme la mejilla. Atrapó mi labio inferior entre los suyos y dio un pequeño mordisco que me hizo saltar de la impresión. Tanto fue el impacto que no identifiqué los aplausos que nos brindaban hasta que reaccioné separando la unión. Lo miré por unos segundos tratando de descifrar esa sonrisa pequeña que se le asomaba.

¿Lo había disfrutado? No, la pregunta correcta era: ¿Yo lo había disfrutado? Basta, Natasha, basta; esos no eran pensamientos tuyos, estabas confundiendo las cosas. Te besó porque era necesario y tú correspondiste ese beso porque, aparte de ser una increíble arquitecto, eres una maravillosa actriz que le gana a todas las de Hollywood. En fin, eres buena en todo lo que haces y no debes olvidar que todo en Steve Rogers te parece fastidioso, de hecho, debes reclamarle por esto, ¿qué se cree ese idiota? Tiene que besarte sólo en una situación de emergencia o cuando tú se lo exijas, se está aprovechando de ti.

―Nat, ya se acabó la canción ―Reaccioné gracias al sonido de su voz, Steve me miraba con curiosidad.

―S-sí, vámonos.

Él sonrió complacido. Había logrado una de las tantas cosas en su lista de cómo fastidiar a Natasha Romanoff, ponerme incómoda. Era algo de eso que últimamente estaba experimentando demasiado y no me gustaba en absoluto.
Y, por millonésima vez desde que llegué con el rubio a San Francisco, pensé que había tenido la peor idea de mi vida.

Bien, esto no estaba en mis planes, yo no pensaba dormir en la misma habitación que el insoportable primo de Pepper. Eso justificaba el hecho de que tuviera más de media hora encerrada en el baño, frente al espejo del lavabo, buscándole las mil salidas a la situación en la cual me hallaba de momento. Pues, resulta que las pijamas que traje para la semana no son del todo ''aptas'' para exponerme frente a mi querido acompañante, podía estar 99% segura de que mi vestimenta se prestaba para que él me fastidiara.

Volví a echarle un ojo al reflejo frente a mí; tenía una pequeña blusa de seda de un color lila con tirantes y encaje en el borde del área de los pechos que hacía juego con el short lo suficientemente corto para que se viera el 90% de cada una de mis piernas. Amaba esa pijama, era muy cómoda y fresca, pero también era algo que usaría para dormir sola o con mi pareja REAL. No Steve Rogers, mi falso novio desesperante.

Suspiré fuerte, el cansancio no me permitía pensármelo mucho.

―Steve.. ―Llamé, asomando solo la cabeza por la puerta.

Pero el silencio invadía el cuarto.

―Pss, ¡Steve! ―Me asomé un poco más, hallando el cuerpo acostado de espaldas del hombre a quien estaba llamado―. Por los diez mil demonios ―Susurré para mí misma.

Tracé un plan en mi cabeza: salir de mi escondite sigilosamente, de puntitas, hasta lograr infiltrarme en la cama matrimonial y taparme cada hebra del cabello con las sábanas. Luego seguía empujar al rubio hasta el suelo para que durmiese allí, porque, obviamente, no iba a dormir en la misma cama que yo, compartir cuatro paredes era suficiente.

Salí disparada, como puma, cumpliendo cada paso del plan a la perfección en mi mente. Llegué a la cama y me cubrí hasta el cuello con la cobija azul eléctrico, mientras buscaba la mejor posición para que mis pies pudiesen mover el pesado cuerpo masculino sin tanta dificultad.

―Rogers, bájate ―Empujé por primera vez, logrando sólo mecerlo y obtener quejidos inentendibles de su parte. De verdad estaba dormido, muy dormido.

Volteé los ojos, no me encontraba de ánimos para eso. Quería cerrar los ojos y no abrirlos al menos en cinco días.

Me aferré bien a la posición que había tomado; sentada en medio de la cama, sosteniendo mi equilibrio con las palmas de las manos y apoyando los pies en la espalda pecosa y musculosa frente a mí. No tenía ganas de un tercer intento, sería ese y ya. Entonces, apliqué toda la fuerza que el gimnasio le forjó a mis piernas en un año; lo empujé con tal magnitud que cayó estruendosamente y asustado en el suelo, soltando un grito ahogado de camino.

― ¡¿Estás loca?! ―Exclamó, sentándose en el piso y sobándose el codo izquierdo con una mirada molesta sobre mí.

―Te estaba llamado, pero no despertabas ―Levanté una ceja, sosteniéndole la mirada.
― ¡¿Qué demonios te pasa?! ―Hizo señas alusivas a su pregunta con las manos―. No vuelvas a hacer eso.

―Ya, supéralo ―Admito que me dio algo de risa su expresión. Alcé los hombros en señal de despreocupación, la verdad me daba igual si se molestaba o no―. Sólo te iba a decir que yo dormiré aquí.

Después de frotarse los ojos, me miró confundido e intrigado.

― ¿Y yo?

―Lejos de mí, preferiblemente ―Suspiré y me dispuse a acostarme, demasiado cansada como para seguir discutiendo. Mucho ajetreo y Steve en un día agotaban la poca paciencia que poseía.

―Oh, no. No, no, no, NO ―Esa última negación, la cual sonó más fuerte que las demás, fue acompañada por él poniéndose de pie con una risa incrédula―. No voy a dormir en el suelo sólo porque tú eres una lunática egoísta e inhumana.

Me senté de golpe tras su referencia ofensiva hacia mi persona, ¿cómo se atrevía ese cretino?

―¡Yo no soy.. ―Detuve el ataque de ira que invadía mis venas por sus palabras, respiré profundo antes de responderle adecuadamente―. No quiero dormir en la misma cama con un extraño.

Algo de lo que dije tuvo que causarle mucha risa, porque llevó una mano a su pecho mientras se inclinaba soltando una carcajada que provocó el alza de una de mis cejas, extrañada e indignada por su inmadurez.

― ¿Hasta ahora me vienes a considerar un extraño? ―Preguntó, en un segundo en el que pausó su fastidiosa risa.

Bueno, tenía razón. Yo jamás lo aceptaría, pero el imbécil tenía toda la razón. Lo contraté siendo un extraño y ahora no podía quejarme de eso, ¿con qué cara? Sin embargo, mi orgullo era más grande que cualquier verdad absoluta.

―Haz lo que quieras ―Volví a acostarme, arrastrando la acolchada cobija sobre mí y dándole la espalda al rubio que seguía sonriendo victorioso.

No mucho después, sentí el peso acumulándose en el colchón, justo del lado izquierdo; el lado que ocuparía él.

Sabía que tenía que dormir e ignorar su -demasiado cercana para mi gusto- presencia, pero el silencio era más ensordecedor que cuando Steve decía alguna de sus estupideces. A pesar de no poder mirarlo, sentía sus ojos sobre mí, lo cual no me ayudaba mucho a relajarme y poder caer en los brazos de Morfeo de una maldita vez. A parte de todo, se estaba moviendo como si su vida dependiera de ello.

― ¿Podrías quedarte quieto?

―No puedo dormir gracias a ti.

―Ni yo, gracias a ti ―Me aferré más a las sábanas, tapándome la nariz con agresividad.

― ¿Por qué? ¿Te incomodo de alguna manera? ―Su aliento frío y fresco por recién haberse lavado los dientes chocó contra mi oreja estremeciéndome ligeramente. Se había acercado tanto a mí que sentía el calor de su torso desnudo aún a través de la cobija de algodón. Maldito engreído―. ¿O acaso quieres que hagamos algo antes de dormir?

―A-l-e-j-a-t-e-d-e-m-í ―Cerré los ojos fuerte, recalcando cada letra con rabia. Escuché cómo reía mientras tomaba una distancia considerada de mí.

―Buena noche, cariño ―Lo último lo dijo en ruso, no sé dónde ni cuándo aprendió esa palabra en mi idioma natal, pero su pronunciación iba por buen camino.

Rodé los ojos, cada vez que intercambiábamos palabras terminaba yo rodando los ojos o cruzada de brazos. Era un tipo de costumbre que había adquirido en estos últimos días, y si le sumaba el peso de encontrarme en el lugar que hace más de doce meses juré no volver a pisar, las cosas no se hallaban a mi favor desde ningún ángulo.

Tenía que soportar unos días, sólo unos días y sería libre de todo este circo barato. Por mi papá valía la pena. Pasaría el resto de lo que me quedaba aquí compartiendo lo más que pudiese con él, creando buenos recuerdos para.. Para cuando ya no pudiese verlo de nuevo. Sonaba raro, a pesar de que tuve todo este tiempo sin poderlo hacer, las cosas cambiaban cuando entendía que lo perdería para siempre. Cuando entendía que su estruendosa risa, sus brazos pesados pero cálidos y ese olor que emanaba y yo amaba tanto desaparecería de mi vida por completo. Sentía que algo en mi interior se estaba rompiendo, acompañado de una lágrima traidora descendiendo por mi nariz.

―No, por favor ―El susurro apenas audible de mi compañero de cama me alertó. Limpié el ojo con la sábana.

Steve comenzó a moverse de nuevo, así que decidí voltear e insultarlo por sus actitudes de niño de cinco años, se suponía que ambos estábamos cansados pero él no dejaba de molestar mientras yo trataba de quedarme dormida. Cuando llevé mi mirada a su lado, pude percatarme de que en realidad estaba dormido boca arriba, con el ceño fruncido como si estuviese teniendo una pesadilla.

―Déjenlo, déjenlo ―Volvió a susurrar, solo que, a diferencia de la anterior vez, aquí su voz se escuchaba quebrada ―. Bucky.. ―Soltó en un hilo.

―Steve ―Esta era yo, debo admitir que un tanto preocupada.

―No.. ¡NO!

Algo parecido a un temblor en su cuerpo precedió a que el rubio a mi lado despertara del sueño que apenas acababa de conciliar, frente a mis ojos abiertos se veía un hombre asustado e indefenso; un soldado con heridas del pasado que aparentemente no terminaban de sanar.

― ¿Estás bien? ―Pregunté al verlo casi sudar, respirando un poco agitado.

―Sí, lo siento ―Se llevó ambas manos a la cara, restregándose los ojos; como si se tratara de convencer de que todo había sido un sueño.

Yo asentí, él se volteó para volver a dormir. Le imité, sin dejar de pensar en lo que acababa de presenciar; un Steve con mirada aterrada que me traía demasiadas preguntas a la cabeza ¿Qué? ¿Por qué? ¿Cuándo? No era propio de mí curiosear en donde no me llaman, pero tampoco nada de lo que estaba haciendo y haría estos días lo era, me hice una nota mental: hablar con mi novio falso sobre su profesión y las posibles razones de ese aparente trauma que llevaba consigo. ¿Quién era Bucky? ¿Qué le había pasado? Necesitaba saberlo, por mi seguridad también, sabía que muchísimos ex combatientes sufrían de las secuelas de presenciar parte de la maldad humana en persona, en primera fila, sin ni un poco de piedad. Hablaría con Steve Rogers sobre eso.