Quizás me amen porque subí un nuevo capítulo rápido o me odien porque es divertido odiarme, como sea, aquí estoy yo tratando de hacerles felices. Espero que les guste el capítulo; confieso que me costó unos días porque pasan varias cosas aquí y es complicado pues jajaja. De todas formas, HAGAN EL FAVOR Y DEJENME COMENTARIOS, así sea de amenazas de muerte bc el capítulo es pura shit o una declaración de amor, o bc el capítulo es hermoso y les dio risa.

Postdata: El siguiente cap de El escape de Black Widow será subido pronto, está en proceso (paciencia, ténganme paciencia y amor)

Bueno, la vaina es que Marvel y Disney tienen los derechos sobre los nombres de ciertos personajes y/o lugares que se puedan mencionar aquí y el único pago que necesito por escribir ésta obra es su amor y el amor por la ship de Captasha. Así que disfruten la lectura.

Capítulo VI

Algo estaba haciendo demasiado ruido para mi gusto, al principio pensé que era un sueño, pero después confirmé que provenía de la realidad. Fui despertando poco a poco, abrí los ojos y tomé el iPhone que reposaba en la mesita de noche justo a mi lado; la luz de la pantalla me encandiló apenas presioné el botón de desbloqueo, sentí que tenía el sol frente a mí. Vi la hora cuando me acostumbré de nuevo al brillo: las 5:35 A.M. Por todos los cielos, ¿Qué hacía yo despierta a esa hora?

En ese momento, se escuchó una voz que venía del baño; pude fijarme en que la claridad de una bombilla encendida escapaba bajo la puerta. Agudizando mi oído, distinguí a Steve cantando Creep de Radiohead bajo el sonido de la ducha. Si me lo contaban, no lo creería; ¿él despertando tan temprano?

Dejé el teléfono de nuevo en la mesa y di media vuelta hacia el lado que anteriormente ocupaba el rubio, aún mantenía calor de su cuerpo y, muy a mi pesar, era una sensación reconfortante. La verdad, hacía frío esa mañana, ni siquiera mi cobija de tres capas era capaz de calentarme lo suficiente. Así que atrapé la almohada que usó mi compañero en un abrazo acurrucado para crear mi propio calentador, mientras las pestañas me pesaban como si alguien hubiese lanzado anclas para cerrarlas.

Suspiré, aún tenía impregnado su perfume de Hugo Boss.

―Buen día, papi ―. Besé la mejilla del robusto hombre cuando me lo conseguí sentado en el desayunador de la cocina, con el New York Times entre sus manos y una taza de café muy negro cerca.

―Hola, tesoro, ¿Lograron descansar?

―Sí ―. Fui en busca de los implementos para poder prepararme mi ensalada de frutas frescas y todo estaba en el lugar que recordaba; definitivamente, Regina no había cambiado nada.

Desde pequeña sabía de memoria los lugares en donde ocultaba los dulces o las cosas que me importaban y, después de un año, seguía haciéndolo así. La anciana regañona de mi infancia no se perdió con el tiempo, permanecía. Eso me hizo sentir como si nunca hubiese faltado en casa.

― ¿Pensando en el soldado? ―. Papá me regalaba una mirada pícara, aún detrás de sus anteojos de lectura.

En ese momento me di cuenta de que había sonreído sin percatarme. Cambié mi expresión a cara de póker gracias a la mención del insoportable rubio.

―En absoluto ―Dije con indiferencia, reacción que mi padre miró con desconcierto―. Me refiero, aún no estoy locamente enamorada de él ―Corregí mi estúpido –muy estúpido– error, terminando con una sonrisa.

Sólo un "mmm" salió de su boca, estirando de nuevo el periódico después de probar un sorbo de su café. Yo entendí que no diría nada más, y seguí con la elaboración de mi deliciosa y perfecta ensalada en silencio. No tardé mucho, le agregué el último toque, que constaba de trozos de kiwi cortados en rodajas, y me senté en el desayunador junto a mi progenitor.

Ya había devorado tres bocados cuando su voz profunda se dirigió hacia mí.

―Te extrañaba ―soltó, sin dejar de centrarse en su columna favorita, la de sucesos. Con ambas cejas levantadas en son de tranquilidad.

Me reí, por su actuación de desinteresado. No tardó en obtener una respuesta igual de mi parte.

―También te extrañaba ―Agregué.

Un nudo en mi garganta se formó cuando me fijé en ese maldito aparato que ahora lo acompañaba a todos lados, en las bolsas oscuras bajo sus ojos y los tubos que transportaban el oxígeno artificial a su nariz y le adornaban el rostro. Sentí un escalofrío correr por todo mi cuerpo, imaginando la vida sin la única puerta a mi verdadero hogar: su cálida sonrisa.

―Estoy orgulloso de ti, Tasha ―. Esta vez sí me miró, intensamente, descubriendo mi temor en ese instante―. Te volviste tan grande, una mujer llena de grandeza ―Sonrió, melancólico. Yo estaba reprimiendo las ganas de llorar―. Creo que tengo una buena hija, aunque por ahí digan que es un poquito obstinada, testaruda y perfeccionista ―Me susurró cerca del oído, lo cual hizo que sonriera, pero al poco tiempo entrecerrara los ojos.

― ¿Quién te dijo eso?

―Alguien que me cae bien ―. Esbozó una sonrisa con misterio, dándole un trago al contenido de su taza.

Maldito Rogers.

― ¿Cuándo viste a Steve? ―. Había olvidado que el imbécil no estaba cuando desperté y no respondía mis llamadas, cosa que ya me empezaba a angustiar –desligado a eso de sentirme preocupada por él, claro que no, sólo me preocupaba que hubiera huido o muerto sin mi consentimiento o estuviese metiendo la pata por allí–.

― ¿Cuál Steve? ¿Es un rubio, musculoso y alto? ―. Se hizo el desentendido, con sarcasmo, obviamente.

―Papá ―Le recriminé.

Lanzó una carcajada, menos sonora de lo que solía en sus mejores condiciones, pero carcajada de Iván Romanoff al fin. Retumbando grave en la cocina.

―Lo vi temprano. Tiene el mismo hábito que yo, desayunamos juntos ―Respondió en cuanto dejó de reír, robándome un bocado de mi plato. Al saborear mi maravillosa obra, puso una cara que no entendí―. Hija… ―Masticaba con dificultad, así que tragó en seco y después terminó su café con necesidad―. Me alegra mucho que hayas conocido a ese muchacho, por favor, no vayas a dejarlo ir.

Le miré extrañada.

― ¿Por qué…

No pude terminar esa pregunta, pues la puerta corrediza del patio se abrió de golpe, dejando entrar a un sudoroso Steve Rogers, portando un pantalón deportivo beige, camisa blanca con cierto tipo de logo de la armada americana y auriculares en sus oídos. Pasándose, justamente, la mano por el mojado cabello y respirando agitado.

― ¡Cariño! ―Estiró sus brazos en mi dirección en cuanto me vio, acercándose.

Maldita sea, él no lo iba a hacer. Él no sería capaz de… sí, mierda, lo sería.

Mis ojos se abrieron insultándolo en todos los idiomas que sabía por cada paso que daba, mandándole señales de que si se atrevía lo descuartizaría y enviaría a Nueva York por correo. Pero su sonrisa, su desgraciada sonrisa, reflejaba una combinación de malevolencia y diversión.

―Detente allí, Rogers ―. Puse la palma de mi mano frente a su cara antes de que desapareciera por completo el espacio vacío entre nosotros.

― ¿Qué pasa, bebé? ―. Ese bastardo y esa estúpida palabra―. No temas, tu papá no me matará por un abrazo.

La mala intensión resonaba en cada letra de cada palabra pronunciada por el ojíazul y yo estaba deseando que las siete plagas le cayeran en ese momento y se lo llevasen directo al infierno.

―Oh, no, no se detengan por mí. Nada me hace más feliz que ver a mi hija siendo querida.

Le estaba dando la espalda a mi padre, y lo odié por un segundo. Más cuando el rubio sonrió y, mil veces más, cuando entró Helena a la cocina. ¿Acaso era una maldita reunión?

―¡Pero, qué conveniente! justo a tiempo para presenciar un abrazo de amor ―. Ella lo dijo porque los brazos de Steve estaban aún a mi alrededor pero no me tocaban, esperando la humillación entera cuando le diese la señal de rendición.

Suspiré profundo, fingiendo una sonrisa, y le extendí los brazos a mi falso, maldito e insoportable novio. Eso debió haber sido para ese idiota como ganar un Oscar, un Emmy o un Grammy; como sacarse mil loterías al mismo tiempo o ganar la guerra.

Tuve que ser fuerte para no vomitar cuando sentí la tela mojada de su camiseta contagiar a la mía, cuando sus brazos pegajosos me rodearon la cintura levantándome en contra de mi voluntad y el calor que desprendía, se trasmitía a mí –antes perfecta– frescura. Lo que debía reconocerle era que no había dejado de oler bien; olía a uno de mis perfumes favoritos, el cual odiaba que usara porque me encantaba, desgraciadamente.

―Te voy a castrar mientras duermes ―le susurré. Tuve que pegar mis labios a su asqueroso oído para decírselo. Y, aunque mi amenaza era un 50% verdadera, escuché su risa fastidiosa.

―También me encantas ―dijo a viva voz.

Me tomo de la mejilla, obligándome a verlo; aún me tenía pegada a su cuerpo repugnante. Cuando visualicé la sonrisa estúpida que me dedicaba, anticipé lo que pasaría y, a pesar de que algo dentro de mí se revolvió, la parte razonable iba a golpearlo con fuerza al encontrarnos solos.

Sus malditos labios se medio abrieron, su maldito aliento era jodidamente atractivo y respiraba como un tipo que necesitaba robarse todo el aire del mundo, mientras yo aspiraba lo que salía de sus labios, asi de cerca estábamos. Y lo hizo; el muy hijo de puta, me besó.

Todo pasó en cámara lenta para mí. Cada movimiento de su lengua dentro de mi boca, explorándola con intensidad, buscando algo; sus manos clavándose en mi cintura como si quisieran ser parte de ella y las mías, por alguna razón de inercia u obligación, se fueron a su cuello. Estaba casi perdida en los movimientos de sus labios. Era extraño. No sabía qué sentía, pues jamás había experimentado ese cosquilleo nervioso en mi estómago antes de conocer a Steve y, por ende, no sabía si me gustaba. Sólo sabía que nos estábamos besando de nuevo, que sus manos hacían una presión reconfortante sobre mis caderas y que, diablos, no tenía que estarlo disfrutando, ¡pero lo hacía!

―Creo que ya es suficiente amor para mis ojos, jovencitos ―La voz burlona de mi papá fue el botón que me detuvo, gracias al cielo, del camino peligroso que esto tomaba.

Volvió mi yo calculadora, razonable y estable. Se esfumó la insensata adolecente hormonada que Steve Rogers había metido en mi cuerpo. Sin embargo, aunque mi padre hubiese hablado, mi compañero parecía no haber escuchado nada; así que le mordí con fuerza el labio inferior. Por lo que separó la unión quejándose, soltándome con sorprendente cuidado y llevándose la mano a donde al parecer le había roto. ¡Y que nadie diga que fue venganza!

―Vaya, que intenso ―Escupió la bruja de mi madrastra, con cierto tono de desagrado.

Yo, en cambio, estaba sonriendo victoriosa mientras Steve me miraba sobándose el labio inferior con un dedo. A pesar de todo, no parecía molesto, más bien se le dibujaba una media sonrisa divertida por mi acción.

―Bueno, debo interrumpir su momento ―Empezó diciendo la arpía, haciendo que ambos volteáramos a verle―. Sharon me dijo que les avisara que Lauren pasará por ustedes a las diez, para una práctica del baile que dedicarán las damas de honor y los padrinos a los novios.

Suspiré fastidiada, rodando los ojos sin importar que me vieran. Por otro lado, mi compañero de actuación sonrió más ampliamente.

―Gracias, Helena ―Le respondió, para después entrelazar sus dedos pegostozos con los míos―. Creo que deberíamos subir a alistarnos, amor.

―Sí, tú definitivamente necesitas una ducha ―Dije, demostrando una cara de asco por el contacto de nuestras manos.

Miré el reloj sobre la chimenea por enésima vez.

―Odio que me digan que esté lista a cierta hora y después me dejen esperando ―. Mi molestia no se comparaba; tenía los brazos cruzados y un pie moviéndose como si estuviese tocando una batería. Llevábamos alrededor de quince minutos esperando en la sala principal a que la irresponsable de Lauren se dignara a recogernos―. Me hubiesen enviado la estúpida dirección y ya estaría allí.

―Son sólo quince minutos, relájate, quizás se le presentó un inconveniente ―. Claro, él no se preocupaba porque le daba igual perder el valioso tiempo que siempre andaba perdiendo―. ¿Qué otras cosas odias?

Volteé a verlo con mi mirada de asesina cuando sentí su fastidiosa sonrisa engreída, encontrándome junto a eso a Steve escribiendo en una libretita azul completamente despreocupado.

― ¿Qué es eso? ―Pregunté, levantando una ceja.

Sus ojos azules me observaron un par de segundos, luego bajaron hasta lo que sea que estuviera plasmado en el papel entre sus manos.

―La Death Note, claramente. ¿Cómo es que se llama la chica que viene por nosotros? ―. No entendí su referencia, pero estaba tan serio que decidí serlo también.

―Lauren, ¿por qué?

― ¿Cómo quieres que muera? Sé bastante específica, así es más divertido.

Lo miré extrañada, cosa que a él le pareció graciosa y empezó a reírse a carcajadas como si le hubiese contado el mejor chiste del mundo.

― ¿Estás drogado? ―. Se llevó una mano al pecho, intensificando su risa.

―Tú necesitas hacer cosas, enserio ―. Se dirigió a mí en cuanto paró de reír, divertido y negando con la cabeza.

―Yo hago cosas ―. Me puse a la defensiva―. Mi éxito no nace de la nada. Pero no lo entenderías.

―Oh ―exclamó con sorpresa, levantando ambas cejas de manera exagerada. Rodé los ojos―. Supongo que en tu mundo de éxito no existe la frase "disfrutar de la vida".

―Disfruto de la vida mientras soy exitosa en todo lo que hago.

― ¿Estás segura? ―Me retó, arqueando una ceja que confronté de la misma forma―. Porque creo que no estaría aquí de ser así.

Tragué saliva y pestañeé rápido al encontrarme acorralada. Tenía razón, pero por supuesto que yo no se la iba a dar; aunque me costase la vida.

―Te crees muy inteligente, ¿no? ―. Fue lo mejor que se me ocurrió, algo en ese bastardo me bloqueaba cuando tenía que decir mis mejores líneas.

―No lo creo, lo soy ―dijo sin mirarme, con toda la calma del mundo; anotando otra cosa en su libreta.

―Vaya, qué pretencioso.

―Sólo estaba imitándote, cariño ―. A eso le anexó una sonrisa arrogante que yo odié de inmediato.

Crucé mis brazos con más fuerza, volviendo a echarle un vistazo a las manecillas del reloj. Era increíble que no se me ocurriera ningún argumento. Era increíble que yo, Natasha Romanoff, le permitiera tener la última palabra a alguien. Mi mala cara se debía notar hasta en China, no digería el encontrarme en esa situación, y mucho menos con él.

―Tienes algo allí ―. Se colocó serio, señalándome al punto medio de mi frente, justo entre las cejas.

― ¿Qué? ―. Me estaba tocando en ese lugar, pero todo parecía encontrarse normal.

―No, nada, mi error ―. Esbozó una media sonrisa burlona―. Sólo es una arruga, seguro se debe a tanto fruncir el ceño.

―Eres un maldi...

Estuve a punto de lanzarle un cojín del sofá, cuando el claxon de un vehículo me detuvo.

Era Lauren, por fin.

―Vamos, antes de que libere al mundo de ti ―No esperé un segundo pitazo y me levanté dirigiéndome hacia la entrada principal.

―Auch, eso dolió un poquito ―Vi de reojo cómo se llevaba una mano dramática al pecho izquierdo, mientras me seguía los pasos.

Así llegamos a la gran puerta doble de la entrada principal y, cuando la abrimos, nos encontramos con un Porsche amarillo convertible aparcado frente a nosotros. El techo estaba guardado y la chica detrás del volante bajó ligeramente sus gigantes lentes de sol para observarnos.

― ¡Natasha! ―Exclamó con una sonrisa que no parecía hipócrita, haciendo ademan de euforia con sus brazos levantados.

―Hola, Lauren ―Saludé en cuanto estuve por abrir la puerta del copiloto.

― ¿Puedo tomarme el atrevimiento? ―. Esa interrogante hizo que tanto la castaña como yo viéramos a Steve. La dueña del auto asintió amable antes de que el rubio saltara hacia el asiento trasero―. Steve, el novio fastidioso de Nat.

Él le extendió una mano que aceptó gustosa.

―Lauren, una vieja amiga de Tasha ―Ya el hombre empezaba a hacer su trabajo cayéndole bien a la gente, pues ella sonaba divertida por su comentario―. Y, ¿por qué fastidioso?

―Esa es una pregunta que también me he hecho, Lauren.

Sentí la voz del imbécil cerca de mi oído dirigiéndose a mí, irritante. Ambos me miraron esperando a que yo diera la respuesta. Lo iba a matar esa noche, ahora sí.

―Estaba bromeando, cariño ―Tuve que fingir una sonrisa para el bastardo―. Sabes que yo... Yo... ―Las siguientes palabras me eran por mucho difíciles de pronunciar, producían arcadas de tan sólo considerarlas.

― ¿Tú...? ―Insistió el susodicho.

Oh, por todos los bolsos de Channel en el mundo que lo iba a matar.

―T–te quiero así ―Dije en apenas un hilo de voz, pero fue suficiente para ellos.

Se quedaron atónitos, yo sabía las diferentes razones. Para Lauren, me conocía desde hace años y, al igual que todos en nuestro círculo social, sabía que yo no solía ser amorosa con nadie –salvo con mi papá–, eso era un evento poco común; para Steve, bueno, el primo de Pepper sólo conocía mi lado obstinado y le encantaba incentivarlo, así que era un sueño hecho realidad el verme caer tan bajo.

― ¿Podríamos irnos ya? ―Estaba harta, tanto por haber esperado como por la situación en la cual Steve me había puesto, y eso se notaba en mi tono al hablar.

―S–sí.

De inmediato la castaña arrancó, rodeada del silencio incómodo en el que nos encontrábamos. El viaje sería eterno.

― ¿Tango? ―Pregunté con la vista en la nada, para confirmar que lo que había escuchado no era una mala jugada de mi cabeza.

―Sí, querida, tango ―. Elliot, el instructor, me guiñó un ojo y se alejó de nosotros dando un salto de ballet como si estuviese en la mismísima presentación del lago de los cisnes.

―Uy ―Susurró Steve a mi oído, cosa que me hizo poner los ojos en blanco―. Voy a poder tocarte sensualmente por horas y horas sin que me detengas.

Volteé a verlo con rabia y ahí estaba, su maldita sonrisa de niño fastidioso. Esa que ponía cuando sabía que podría divertirse molestándome y yo tendría la potestad de objetar.

El hombre afeminado, que se supone nos iba a enseñar el baile, se posicionó en medio del gran salón con espejos donde nos hallábamos.

― ¡Su atención, señoritas, señoritos! ―Aplaudió con delicadeza, mirando el entorno, hasta que se detuvo en mi acompañante―. Sexy modelo de Calvin Klein ―Le guiñó un ojo coqueto, lo cual me hizo reír y no lo disimulé. Después siguió―. Quiero que se dividan en parejas ya.

Obedecimos, agrupándonos con nuestros respectivos compañeros; pero Lauren se había quedado sola en medio de las parejas formadas.

―Mi compañero no ha llegado ―. Fue su defensa.

―No importa, bailas conmigo mientras aparece, querida ―. El hombre alto que hacía de instructor le tomó de la mano, aún con gestos femeninos, y se quedó con ella en el centro―. Los caballeros, mírenme y pongan sus manos exactamente en donde yo pongo las mías, pero en el cuerpo de su pareja.

Dicho eso, Elliot colocó su mano izquierda en la cadera de la castaña, halándola hacia su cuerpo, y, con su mano derecha, entrelazó los dedos con la izquierda de Lauren, tomando el control para que sus brazos quedaran extendidos con firmeza en una dirección en conjunto.

―Ahora, queridas, reposen su otra mano sobre el hombro de su hombre ―Explicó mirando a su compañera, quien siguió las instrucciones―. Así mismo, querida ―. Luego volteó hacia las otras parejas―. ¡Vamos, chiquitos, no pierdan el tiempo!

Todos dejamos de mirarlo y nos dispusimos a hacerle caso. Cuando me fijé en Steve, ya él parecía llevar rato viéndome; entrecerré los ojos, poniendo la mano en donde se suponía que debía ir, sobre su hombro.

Se le dibujó una amplia sonrisa con mi contacto; la cual yo husmeé por un segundo, retomando después nuestra conexión de miradas.

―Se supone que hagas lo que Elliot dijo ―Le exigí, al notar que no se inmutaba.

―Sí, lo sé ―Contestó, observando mis ojos como si fuesen la cosa más increíble que alguna vez vio. Eso sólo me puso incómoda.

―Entonces, ¿qué esperas? ―Quise ignorar mi perturbación haciéndome la impaciente.

―El momento adecuado.

―Eso no existe. O lo haces o no lo haces, no hay punto medio ―Desvié su mirada, no soportaba la intensidad con la cual me veía.

―Te equivocas ―Susurró, al tiempo que posicionaba su mano izquierda con total delicadeza sobre mi cadera.

El pecho se me inflaba rápidamente; el aire parecía empezar a faltarme o sobrarme, como sea que fuese, algo dentro de mí se descontrolaba por el roce que ocasionó el stripper en esa zona de mi cuerpo. Y de reojo vi de nuevo esa maldita sonrisa satisfecha, él sabía lo que causaba. Fue acomodando a paso de tortuga su mano en el lugar, acariciando de camino todo lo que pudiera y estremeciéndome, aún por sobre la tela de mi camiseta.

― ¿Puedes dejar de tardarte tanto? ―Tenía que decir algo o sería demasiado obvio que me derretía a fuego lento.

― ¿Por qué?

―Me fastidia la lentitud ―. Tuve el coraje para verlo otra vez, con una expresión.

―Pero si ahí es donde está la emoción, cariño ―. Miró mis labios, luego mis ojos y sonrió con aire seductor; entrelazando de una sola vez nuestras manos como nos habían explicado.

Yo quería patearlo en la entrepierna en ese momento, pero, al mismo tiempo, algo en mi interior quería… Quería ¿besarlo? –No, maldita sea, no deseaba eso ¡No, no!–.

―Oh–por–¡Dios! ―Interrumpió nuestro profesor frente a nosotros, con una peculiar expresión exagerada―. ¡Ustedes son fuego, fuego que arrrrde y me encanta! ―. Hizo una especie de sacudida de pavo y se llevó las manos a la cara atrapando sus mejillas―. Los quiero al frente ¡ya!

Steve y yo volvimos a cruzar miradas, pero éstas compartían en complicidad una carcajada burlona por lo gracioso de la actitud que tomaba el hombre que decía ser bailarín profesional. Caminamos hasta el frente, sin deshacer los agarres característicos del tango, y nos detuvimos en cuanto llegamos a la posición.

―Perfecto, ahora empecemos con los pasos más básicos ―. Elliot nos llegó a un lado, tomando a Lauren consigo, apunto de iniciar la aparente fastidiosa clase de la cual ya quería huir.

Pero, cuando estuvo a poco de dar las primeras instrucciones, un estruendo que provenía de la entrada abriéndose hizo que todos los presentes volteáramos a fisgonear.

―Lo–lo lamento ―Se disculpó el hombre con una sonrisa nerviosa, rascándose la nuca.

Mi clavícula casi se parte por lo sorprendida que me hallaba. No podía creerlo, después de tanto tiempo, después de… Todo. Allí estaba. Allí, entrando a la práctica del baile sorpresa para la boda de mi hermanastra, tal y como lo recordaba antes de irme.

― ¿Nat? ―Las palabras del primo de Pepper eran un eco lejano para mí en ese instante.

Sonreí cuando el castaño me consiguió entre la gente, hacía más de un año que no veía a mi mejor amigo. Porque era una estúpida. Porque mi orgullo era absurdo. De todas formas, ahí estábamos, tropezando de nuevo.

―Clint ―Dije en voz baja, con un toque de nostalgia.

― ¡Natasha Romanoff!

Esa fue la voz de Barton acercándose y haciéndome soltar con brusquedad al rubio. Encontrándonos donde en el tiempo retrocedió y nos pudimos dar uno de esos viejos abrazos cálidos que sólo Clint Francis Barton sabía darme.