No morí, sólo soy una irresponsable que tarda demasiado. LO SIENTOOOOOOOO Seré breve aquí, traigo un nuevo cap y (supongo yo que lo mejor de todo) es más largo de lo normal. Espero que les guste tanto como a mí, también que le agradezcan a _delalluvia por ser tan bella y escribir una parte importante de la primera escena en la cual estaba trabada (sin ti nada de ésto hubiese sido posible, chamita, eres tú tututú jajajajaja). Les quiero mucho, ¡lean y sean felices! Espero pronto subir El escape de Black Widow, abrazos.

Capítulo VII

―No puedo creerlo, hace tanto tiempo... Tasha ―. Sentí un nudo en mi garganta y también cómo la voz de Clint se entrecortaba un poco.

La verdad había extrañado un poco a ese idiota. Sonreí abrazándolo más fuerte, ya ni siquiera me importaba si todos nos estaban observando. Si éramos el centro de atención. Sólo quería quemar esos días que perdí con él por ser una estúpida al pensar que cualquier contacto de San Francisco me haría mal.

― ¿Dónde estabas metida? ―. Se separó de mí y me echó una hojeada de arriba hacia abajo muy sugerente. Típico de él―. Parece que fue en un buen lugar ―Comentó coqueto.

Ambos reímos como en los viejos tiempos, cuando solíamos coquetear en broma; porque así somos nosotros dos. Hasta que alguien -específicamente Steve Rogers- rodeó mi cintura separándome del castaño de forma agresiva y pegándome a su costado.

― ¿No me presentas a tu amigo, amor? ―. Estaba apretando demasiado y le sonreía a Barton de una manera diferente a la habitual, como forzándose a ello.

―Soy Clint, Clint Barton ―Le ofreció su mano, devolviéndole una sonrisa amable y relajada.

―Steve Rogers, novio de Nat ―Sus manos se estrecharon con firmeza, y algo de presión de más por parte del hombre detrás de mí.

Mi mejor amigo de casi toda la vida sonrió de medio lado aparentemente divertido.

― ¡Vaya! ―Exclamó mirándome―. Tengo algo de miedo ahora mismo.

Ese comentario me hizo reír, lo que también causó que Steve me viera extrañado. Él no iba a entender los chistes de Barton y míos, porque eran precisamente eso, chistes de nosotros; que sólo nosotros captábamos. Estuve a punto de decir algo, pues la cara del rubio era una combinación entre molestia e incomodidad que me motivaba con malevolencia a agregarle más leña al fuego, pero la aparición de Elliot entre nosotros nos trasladó de nuevo a la situación en la cual nos encontrábamos antes de que Clint llegase.

―Ustedes son adorables, queridos, pero tenemos que seguir con el ensayo.

Asentimos. Entonces el rubio me llevó hasta nuestro puesto designado mientras mi amigo era arrastrado por el instructor a su lugar correspondiente, junto a Lauren.

Ahora cada quien tenía su pareja, así que el profesor de baile se colocó al frente, de espaldas a los grandes espejos que nos reflejaban. Levantó ambas manos, aplaudiendo para llamar nuestra atención, supongo.

― ¡Quiero que adopten la última posición que les enseñé, por favor!

Esas palabras fueron acatadas por todos, a excepción de Clint y Lauren, pues, con razones obvias, el recién llegado no tenía ni idea de qué hacer. Me reí mientras observaba a la castaña tratar de enseñarle a mi mejor amigo lo que Elliot nos enseñó a nosotros; seguía teniendo esos dos pies izquierdos para bailar, aunque fuese la coreografía más simple del mundo.

―Estoy al frente ―Lanzó el rubio que me acompañaba, haciéndome dejar de mirar a Barton para verlo a él.

― ¿Cuál es tu problema? ―Fruncí el ceño, porque me molestó ese tono represivo que había utilizado.

―Ninguno, ¿Y el tuyo? ―Dicho eso, intensificó el agarre de su mano y los dedos que tomaban mi cintura. Mirándome con los ojos entrecerrados y algún tipo de sentimiento que no supe identificar.

Le respondí mirándolo extrañada. Misteriosamente, me sentía acorralada e insegura en ese momento. Era como si estuviese viendo a mi verdugo, pero no me asustaba, sólo me aceleraba el corazón y llenaba de una intriga asfixiante. De repente el aire empezó a faltar, ¿O empecé yo a respirar demasiado rápido?

― ¡Eso, eso! ―Escuché la voz afeminada cerca de nosotros―. ¡Quiero que todos vean exactamente así a su pareja!

Vi de reojo que nos estaba señalando, y divisé una media sonrisa dibujarse en los finos y rosados labios de Steve. Tenía arrogancia y victoria contenida. Oh, ese maldito.

―Después, van a mirar con la misma agresividad hacia el frente y caminar unos pasos, pero no dejen de sentir ese fuego en sus ojos.

Dispusimos a hacer lo que nos pidió, algunos mejor que otros, dando pasos largos y agresivos hacia la pared de espejos.

― ¡Paren, paren! ―Levantó los brazos, haciendo una señal alusiva a lo que pedía―. Ahora vuelven a verse y los chicos hacen que las chicas den tres vueltas hasta que quedan frente a frente. ¡Y quiero que sean dramáticos, muy dramáticos!

Steve sonrió de esa manera que anticipaba a una terrible idea, desde mi punto de vista, mordiéndose ligeramente el labio inferior y mirándome.

― ¿Qué cosa estúpida vas a hacer? ―Le susurré con mala cara, antes de que me diera las vueltas correspondientes.

Hizo que girara tres veces sobre mi propio eje; ayudándome gracias a su mano estirada encima de mi cabeza que asemejaba a un soporte bastante estable, a decir verdad. Al final, logró alguna especie de maroma increíble y me dejó caer atrapándome por la cintura a un metro del suelo, haciendo que esa larga cabellera rojiza de la cual enorgullecía quedara guindando e hipnotizando mis ojos con sus diabólicos ojos azules como el hermoso mar del caribe.

― ¿Por qué supones que haré algo estúpido? ―Devolvió el murmullo, sin quitar aquella expresión autosuficiente que yo incluía en mi lista de odio.

Tragué saliva, pues la presión que su mirada ejercía en mí me hacía sentir acorralaba.

―Po-porque pones esa so-sonrisa que...

― ¡Oh, mi, Dios! ―La interrupción del bailarín "experto" en el estudio causó que rompiéramos esa conexión lograda por voltear a verlo. Yo, por supuesto, desde mi visión al revés de todo―. Eso es exactamente lo que quiero lograr; esa mirada ardiente, ese fuego en su cuerpo que... ¡Me encanta!

―Gracias, Elliot ―Fue el rubio quien habló.

― ¿Eres alguna clase de bailarín profesional? Porque -oh, Dios- tu cuerpo y bailas tan bien.

―Podría decirse que...

―Gracias, Elliot. Chao ―Esta vez yo lo corté, porque juraría que el imbécil de Steve estaba a punto de meter la pata.

Ambos me miraron extrañados, así el mencionado se alejó de nuevo a su lugar y mi pareja baile -y de relación falsa- me levantó para seguir con la práctica.

Por suerte, tenía a Clint para distraerme de las miradas realmente intensas que me daba Steve y, de alguna manera muy extraña, me incomodaban. Comencé a hacer muecas con mi amigo. Cosas como: sacar la lengua, fruncir el ceño o los labios, arquear una ceja. Era una especie de costumbre y que nadie notaba mucho, excepto nuestras parejas -pero, poco me importaba si Rogers me veía o no- hasta que al muy idiota se le ocurrió torcer los ojos, viendo hacia su nariz y yo no pude contener la carcajada que brotó de mis labios.

Por alguna razón, el rubio de ojos azules me apretó contra su cuerpo fuertemente de manera instantánea, amortiguando mi ruido y haciéndome percibir su perfume de una manera mucho más fuerte.

Una vez que me hube calmado, tomé una gran respiración y noté que todos estaban en silencio, viendo de mi pareja a mi amigo, simultáneamente. No entendía por qué, hasta que vi la mirada furiosa que Steve le lanzaba a Barton y lo tenso y cerca que estaban uno del otro.

― ¿Steve? ―pregunté un poco desconcertada. Él no dejaba de asesinar a Clint con la mirada―. Steve, ¿Qué diablos...?

―Bueno, parece que hay un poco de tensión aquí. Con permiso ―. Elliot me interrumpió y al igual que interrumpió el contacto visual que ejercían los dos hombres―. ¿Qué les parece si hacemos un baile improvisado? ¿Un vals? Algo para relajar el ambiente ―propuso viendo al stripper, esperando a que él dijera algo.

―Sí, un vals me parece fantástico ―. Saltó Lauren alejando a su prometido de la muy peligrosa distancia que tenía con Steve.

Y no es que yo no confiase en la habilidad de mi amigo en lucha cuerpo a cuerpo, pero si era verdad que el rubio era militar, Clint tenía menos puntos a su favor.

Elliot hizo que las distancias entre parejas fuesen más grande, y comenzó a sonar la música. Steve estaba más tenso que una piedra y su mandíbula estaba apretada, al igual que el agarre sobre mi cintura y mano, hasta el punto de hacerme un poco de daño. Este grandísimo hijo de puta me las va a pagar, aquí y ahora.

"Accidentalmente", mi tacón fue a parar a su pie y pisé fuerte, haciéndolo reaccionar. Mi sonrisa no se hizo esperar y una mirada asesina de parte de él tampoco. Al parecer el señor no estaba de buen humor y a mi poco me importaba.

―Lo siento, cariño. Estaba distraída ―me disculpé con el tono de voz más asquerosamente dulce que puede poner―. ¿Seguimos bailando?

―Claro, ¿Por qué no? ―. El tono un poco rudo y suave de él combinado con una sonrisa un tanto malvada y su mirada echa fuego me hizo estremecer -solo un poco-.

Pasé saliva y esperé a que no hiciera nada que delatara que no éramos una pareja de verdad, porque Elliot no dejaba de mirarnos desde que llegamos y eso me alarmaba. No quería que fuera él quien se diera cuenta, ni nadie obviamente.

Steve rodeó mi cintura con su brazo, mientras su mano se posicionaba junto a la mía. Me acercó a su cuerpo lo suficiente y comenzamos a movernos al ritmo del vals. No dejaba de observar su cuello, pero podía sentir su mirada sobre mí. ¿Qué le estaba pasando a ese hombre? De tanto ver la misma parte de su cuerpo, y moverme en sincronía con él, me di cuenta que no era nada malo bailando y que tenía unos cuantos lunares ocultos en su barba espesa. Su respiración chocaba contra mi cabello y sentía cuán cerca estaba. Definitivamente, quería de vuelta mi espacio personal, y él lo estaba invadiendo y por demasiado tiempo.

― ¿Natasha? ―susurró cerca de mi oído, exaltándome.

No sabía que me encontraba tan concentrada. Sentí la sonrisa de victoria cerca mi rostro, y me dispuse a lanzarle una mirada asesina que fue totalmente interrumpida por sus labios sobre los míos. Abrí los ojos como platos, asombrada por ésta acción, y molesta por tomarse el atrevimiento de besarme, pero mucho más porque mi cuerpo se adaptaba al suyo, y lo increíblemente delicioso que se sentían sus labios sobre los míos. Lo empujé un par de veces por los hombros para alejarlo, pero tomó mis manos con una de las suyas, y evitó que me alejará, pegándome a la pared y atrapándome con su cuerpo, mientras su mano disponible mantenía mi cabeza en la posición exacta para que sus labios encajasen con los míos.

Luché con todo lo que tenía para que se alejara, pero mi muy traidor cuerpo no respondía las órdenes, hasta que mi cerebro se dejó convencer por ese beso lleno de ¿ternura? ¡No! ¡Imposible!

Sus labios se movían lento, delicado, como si yo fuera… Frágil ¡Cosa que no soy! Pero, al contrario de que tenía todo ese saco de músculos, testosterona e idiotez contra mí, así se sentía. Su lengua jugando conmigo y saboreando mis labios como yo lo hacía con los suyos, -aunque realmente no sé en qué momento me permití seguirle el beso–, y sus dientes mordisqueando mi labio inferior, como si fuera la primera vez que lo hacía o no quisiera olvidarlo. El agarre de sus manos se deshizo y me tomó de la mejilla, acariciándola, y enviando electricidad por todo mi cuerpo. ¿Qué estaba haciendo éste gran idiota? Me tenía presa, me besaba de esa manera que…

― ¿Chicos? ―. La voz de Elliot nos sacó del momento.

Empujé fuertemente a Steve, apartándolo de mí unos cuantos pasos y le miré furiosa. ¿Qué diablos estaba pasando por su cabeza? ¡Y por la mía! ¿Por qué carajos lo dejaba besarme y le seguía juego? ¿Qué demonios estaba pasándome? Fijé mi mirada en la azul de mi falsa pareja, buscando alguna explicación, pero sólo había una idiota sonrisa en su horroroso rostro de modelo y un leve rubor en sus mejillas.

―Ay, Natasha, cielo. Pareces un tomate ―exclamó el instructor de baile a mi lado―. Pero, con un hombre así y besándome de esa manera, yo también lo haría.

Le di una mirada mutiladora a Elliot para que se callara, y siguiera con lo suyo, cosa que hizo al instante. El stripper se alejó junto al instructor, muy campante y sonante, mientras yo trataba de poner en orden mis pensamientos. Podía sentir un cosquilleo en las partes donde había tocado él, y eso no me gustaba para nada. Pasé el dorso de mi mano por mis labios, bruscamente, para quitarme esa sensación, pero no fue así, por lo que sólo suspiré y seguí con este juego que ya no me estaba gustando para nada.


El camino a casa de mi padre era silencioso, Steve iba demasiado pensativo y eso me abrumaba; todavía quedaba un ligero recuerdo de la sensación al juntar nuestros labios en el ensayo y, la verdad, me estaba preocupando darle tantas vueltas al asunto.

La noche había caído en San Francisco, haciendo que se viera tan iluminado como la navidad; hacía tanto tiempo que no veía esas luces de mi vieja ciudad y, honestamente, lo extrañé.

―Es bonito ―Comentó, de la nada, mi acompañante; provocando que le mirara de reojo―. Nueva York tiene sus edificios y autopistas también, pero es diferente. Causan sensaciones distintas.

Pude haber jurado que eso último lo dijo con un aire melancólico, sin embargo, decidí ignorar mis supocisiones. Reí con sarcásmo, ni siquiera supe porqué, pero sentí que debía hacerlo creer que consideraba estúpido su argumento; aunque en realidad lo sintiera de la misma forma.

―Ambas son ciudades, tienen grandes estructuras, mucha gente y autos. No hay nada místico en eso ―Tuve que agregarle otro poquito de sal. Tuve que ser un centímetro más perra de lo que ya era por burlarme cuando él me contaba algo tan suyo.

―Sí, pero... ―Aún así, no dejó de ver por la ventana como si estuvese perdido afuera y no adentro de la camioneta conmigo―. Sólo creo que te hacen sentir cosas diferentes.

―Es ridículo. No siento nada singular.

― ¿No te causa algo de calidez volver al lugar en donde creciste? ―Ahora estaba viéndome, parecía impresionado por mi actitud desinteresada.

―No ―Respondí con frialdad, sin quitarle la vista al camino.

―Me sorprende lo mucho que te cuesta aceptar tus sentimientos.

― ¿Cuales sentimientos? No seas patético, Rogers.

Fue su turno de reírse con sarcasmo por mi comentario. Yo arqueé una ceja.

― ¿Qué? ―Ataqué de inmediato.

―Es gracioso que pienses que te creo esa faceta de mujer-sin-alma-ni-corazón que le vendes a todo el mundo.

―No todos tenemos tus ideas absurdas sobre cosas comunes e inanimadas, ni andamos viendo mariposas de colores en desiertos grises ―Le miré por un segundo, mostrando mi mejor cara de póquer y recibiendo esa fastidiosa expresión de diversión de su parte―. ¿Te drogas, verdad?

― ¿Te consideras una droga, Natasha? ―Usó ese maldito y encantador tono de voz que detestaba, junto a esa desgraciada media sonrisa engreída que tenía el cielo e infierno a sus pies.

―Eres un imbécil ―Había sido la única defensa que mi cerebró pensó.

Entonces, el semáforo que tuvo doce segundos deteniéndonos en rojo, pasó a verde y yo pude pisar el acelerador hasta el fondo, logrando hacerlo pegarse al asiento de copiloto con rudeza.

― ¡Oye, no, tranquila! Quiero vivir unos años más ―Alegó con esa típica actitud inmadura en lo que su cuerpo se acostumbraba a la velocidad; después, tocó su estómago suavemente―. ¿Sabes? tengo algo de hambre...

―Vaya, qué novedad ―Respondí sin quitarle atención a la carretera.

―Hablo en serio, no almorzamos por estar ensayando y tengo hambre.

Rodé los ojos, cansada de que estuviese actuando como un niño de cinco años. Aunque, ¿qué otra cosa podía esperar de él? En los pocos días que llevábamos relacionandonos me había cerciorado de que, en efecto, Steve Rogers era un niño de cinco años en el cuerpo de un -muy a mi pesar- atractivo stripper de más de treinta.

―Podrías aprovechar e invitarme a cenar a algún lugar especial en donde te puedas arrodillar y pedirme que me case contigo ―Volteé a verlo con el ceño fruncido―. Y para que no te sorprendas, voy a decirte que lo pensaré, porque tengo que evaluar bien las cosas. Que todos los días me mires así no sería fácil.

―Ja ja, Rogers, JA JA ―Detuve el vehículo, justo tres calles antes de llegar a casa, y lo señalé precediendo otra palabra suya―. Vamos a ir a cenar, pero no porque tú lo quieras ni porque me guste compartir contigo, sino porque tengo hambre, hace un año que no como en el Nostrem y no quiero llegar a verle la cara a Helena en mi cena; si fuese por mí te dejaría morir de hambre, solo que, desgraciadamente, eres mi maldito novio falso.

―Uy, eso dolió ―Se tocó el pecho e hizo un puchero.

Suspiré profundo, reavivando mis vibras positivas y pacientes desde lo más profundo del alma. Si acaso la tenía aún.

―Bien ―Puse en marcha el motor del auto en cuanto recuperé la cordura.

Rumbo al restaurant cuatro estrellas que más amaba en mis tiempos en San Francisco.


― ¿Este es tu restaurant favorito?

―Sí, ahora cierra la boca que vas a babear la mesa ―Me dispuse a mirar el menú que hacía no más de diez minutos nos habían entregado, para evitar avergonzarme por lo asombrado que se veía el rubio.

―Lo siento, es que estoy consternado por lo humilde que eres ―Bajé la carpeta del menú, encontrándome con su destestable sonrisa dirigida a mí.

En un acto de defensa personal, entrecerré los ojos y volví a subir el cartón para interferir en su mirada fija en mi cara. No iba a ser más objeto de diversión de ese infeliz.

―Buenas noches, nuevamente, señores ―El atractivo mesero que nos había tocado volvió a acercarse, salvandome del insufrible stripper―. Quisiera saber si ya se han decidido.

―Yo sí ―Eché un último vistazo al menú, para después cerrarlo y entregarselo al chico―. Quiero unos sorrentinos rellenos con mousse de espárragos en salsa champagne y tomates y, de postre, un soufflé de chocolate blanco y negro con almendras.

El muchacho escribió todo lo que le dicté tan rápido como se lo dije, mientras mi compañero de mesa me miraba con los ojos como platos azules gigantes.

― ¿Y de tomar, madam?

―Vino francés ―Ignoré los orbes azul cielo que bien podrían desnudar mi alma, y finjí que mi teléfono tenía un nuevo mensaje para revisar.

―A usted, señor, ¿qué le apetece? ―Escuché decirle al rubio.

―Eh... Yo... Mmm... ¿No tienen algo como pizza o hamburguesas aquí?

Él no pudo haber dicho semejante estupidez, no pudo preguntar eso. No. Pero sí lo había hecho, desgraciadamente. ¿Iba a un maldito restaurant cuatro estrellas y pedía una asquerosa hamburguesa grasienta llena de colesterol?

Por inercia, como ya era costumbre, rodé los ojos.

―Bueno, sí, tenemos una sección de hamburguesas ―Seguramente el chico se reía en su interior, pero lo supo ocultar bien hablándole con amabilidad a Steve―. En la página cinco, para ser más precisos.

Eché una mirada de reojo, viendo cómo Rogers revisaba meticuloso la página mencionada por el mesero. Segundos luego, sentí que levantó la cara y le entregó el menú que sostenía al jóven de cabello oscuro.

―Creo que quiero la hamburguesa de cordero más unas papas francesas ―El tono relajado de su voz denotaba que sonreía―. Y de tomar, ¿me podrías traer un refresco de uva, por favor?

―Sí, señor ―Decidí verlos justo cuando él le asentía sonriente a mi "novio", para luego dirigirse a ambos―. Vuelvo pronto con su pedido, permiso.

― ¿En serio? ―Dije arqueando la ceja, en cuanto nos hallamos sin un tercero.

― ¿Qué?

―Tienes una carta llena de platos exquisitos que no has probado ¿Y eliges una grasienta hamburguesa?

― ¿Por qué afirmas que no los he probado? ―Me miró inquisitivo.

Levanté ambas cejas, señalando lo obvio. Pero él era tan, bueno, él, que los detalles más lógicos le pasaban desapercibidos. Así que cuando hizo su cara de perrito confundido tuve que aclararle todo.

―Necesitas ciertos ingresos mensuales para darte éste tipo de lujos ―Juro que intenté no sonar despectiva, sin embargo, mi modo perra sin alma no me lo permitió.

―Tengo muchos billetes de uno para gastar después del trabajo, así que tu teoría es errónea ―Aún así, al rubio no pareció molestarle mi acotación malintencionada.

Me reí, porque debía aceptar que el comentario era gracioso. Tan sólo imaginar al primo de Pepper haciendo el tipo de cosas que solía hacer para ganar todos esos billetes; si hubiese estado tomando algún líquido lo habría escupido dramáticamente.

―No puedo creerlo ―Dijo serio, con una expresión extrañada. Luego sonrió de medio lado―. ¿Te estás riendo de mi chiste sin llamarme imbécil o idiota?

―Lo estoy haciendo ―Paré reír y enmarqué una ceja divertida en su dirección―. En mi mente.

Ahora fue su turno de doblarse de la risa, llamando incluso la atención de los ocupantes de las mesas más cercanas a nosotros. Llevó una mano a su pecho, soltando un suspiro telonero de esa maldita mirada encantadora que yo detestaba.

―Y ahora me coqueteas ―Dijo con cierto tono seductor en mi dirección.

― ¿Qué? Claro que no, imbécil ―Le miré retadora, no me iba a dejar intimidar de nuevo.

―Oh, sí, usas ese tono sugerente ―Su estúpida media sonrisa apareció, seguido de un movimiento indeciso de su cabeza―. Y acepto que es atractivo.

―Ay, por Dios. Cállate.

Me crucé de brazos observando al pasillo por donde pronto tendría que salir nuestra comida, mientras Steve se limitaba a reír en silencio mirándome fijo y relajando sus propios brazos sobre la mesa. Supongo que pasaron unos quince minutos -unos insufribles quince minutos- en los que él ni se inmutó a dejar de verme, hasta que llegó la cena e, inmediatamente, su atención pasó a ser exclusiva para el plato que había solicitado.

―Que tengan un maravilloso provecho ―Fue lo último que nos dijo el joven mesero antes de retirarse.

No esperamos ni un segundo más -y lo admito, yo fui parte del club de desesperados por la comida de Rogers― para devorar con fervor esa delicia que yacía frente a nuestras narices hambrientas. Era exquisito, y no para menos, nada de lo fabuloso que recordaba cambió -o al menos no para mal-; cada bocado me provocaba un orgasmo culinario que había anhelado en Nueva York. Y, de reojo, podía comprobar que no era la única en el cielo de la comida.

―¿Puedo decir algo? ―Preguntó el ojiazul con despreocupación en su tono.

―No ―Corté, trayendo otro bocado a mí.

―Acepto que eres muy buena para seguir instrucciones al bailar.

―Eres un imbé... ―Iba a insultarlo, lo usual, pero entonces caí en cuenta de que no me estaba fastidiando; más bien, me felicitaba de alguna forma―. ¿Qué?

― ¿Acaso siempre estás preparada para que diga algo que te moleste? ―Rió de nuevo.

―La verdad, sí... ―Traté de desviar esa manera en la que me estaba viendo, pues incomodaba a montón. Muy a mi pesar, tenía que decir algo para que no se notase mi debilidad―. Mmm... Creo que... ¿Gra-gracias? ―Dije con dificultad.

―Guao ―Se aseguró de recalcar la "O" de su sorpresa, cosa que me hizo voltear hacia él con mi mejor cara de póquer; encontrándome a un bastardo listo para molestar―. ¿es tan difícil para ti?

Decidí rodar los ojos exageradamente y así no tener que responderle o algo cruel o algo incoherente. Las emociones, sensaciones y acciones del día ya me tenían agotada; para ser sincera, no me hallaba en las condiciones -ni mentales ni físicas- de contraatacar como era debido a mi contrincante. Mi mejor cuartada era hacerme la desentendida.

― ¿Ah? ―Pero claro, Steve Rogers no era Steve Rogers si no insistía cuando algo se le metía a la cabeza.

― ¿Me dejas seguir comiendo en paz? ―Pedí con un deje de molestía.

Supe, al ver sus manos levantadas en son de paz, que, por menos un rato, dejaría ese tema.

Gracias a todos los cielos, debí haber gritado en mi interior; porque yo estaba segura de que, si tardaba un segundo más o si él me volvía a pedir una respuesta, el lado primitivo que insidía en mí saldría a flote y terminaría arrepintiéndome de todas las palabras estúpidas que escupiría. En esa milésima de instante donde llegué a cuestionar si ese maldito rubio aún me sofocaba, o yo empezaba a tenerle cierto aprecio irracional.

No olviden comentar, necesito opiniones negativas o positivas sobre mi fic para saber qué debo mejorar. Extiéndanse si lo desean, yo les leo con emoción y una sonrisa gigante en el rostro.