Romper las cadenas

Capítulo 2

La estancia volvió a quedar en silencio y sumida en la oscuridad. Hermione solo pudo oír su respiración por un momento, antes de que el tintineo de las cadenas revelara la posición del profesor Snape. Tardó un rato en moverse, hasta que volvió a sentirse algo segura. Como si se tratara de un fantasma, Hermione seguía sintiendo el agarre de Malfoy en sus senos, sus dedos introducidos en su sexo. Se abrochó el pantalón con movimientos temblorosos, entre sollozos.

No atinó a abrochar de nuevo el sujetador. Estaba demasiado nerviosa para poder hacerlo. Bajó la camiseta, juntando mucho las piernas entre sí y contra su barbilla, mientras los brazos protegían su pecho. No hablaron por un rato, mientras Hermione seguía sollozando desconsolada. Le costó tranquilizarse, pero incluso entonces, las manos seguían temblándole.

—Señorita Granger. —la llamó la voz del profesor Snape. Hermione se mordió los labios, no queriendo responder. Se escuchó un suspiro. —Lamento lo que ha tenido que pasar antes.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Hermione. No dijo nada a la disculpa del profesor: no quería volver a hablar del tema. Nunca más.

—Lucius es un vampiro. —empezó el profesor. Se le notaba la voz débil. —Él me convirtió a mí, y pretende convertir a Draco también. Quiere que Narcissa sea su primera víctima. —se oyó de nuevo el tintineo de las cadenas mientras Snape se recolocaba. Un gemido de dolor sacó a Hermione de su estado catatónico, aunque ella estaba escuchando.

—¿Dónde entro yo? —preguntó de nuevo Hermione.

—Estaba llegando a eso, Granger. —gruñó el profesor desde la oscuridad. —Los vampiros tienen una jerarquía. El conversor tiene poder sobre los convertidos, a no ser que estos realicen el acto de rebeldía. Yo empecé mi acto de rebeldía hace casi veinte años, pero todavía no lo he terminado. Lucius pretende realizar el acto de obediencia para contrarrestar mi rebeldía.

—¿Qué son todos esos actos?

—Para los vampiros, un acto es un… Ritual. Mi acto de rebeldía es matar a mi conversor mediante la extracción de sangre. Todo empieza viendo su sangre. —explicó. —Su acto de obediencia consiste en vaciarme, en quitarme toda la sangre. Realmente, es como si volviera a convertirme de nuevo, con todas las implicaciones que eso conlleva.

—Entonces, mi papel es… Alimentarle después del acto de obediencia de Malfoy. —concluyó Hermione.

—Exacto, señorita Granger. Debe tener en cuenta que la primera víctima tras una conversión – o un acto de obediencia – muere. Siempre. —el tono de Snape fue tajante. —Si le muerdo, será su final.

—No hay salida posible. —determinó Hermione. —No hay un resultado favorable para mí, en ningún caso.

—Estoy pensando en eso, Granger.

Se quedaron en silencio. Hermione no podía creer que realmente moriría allí, en ese suelo húmedo y frío del sótano de Malfoy. Que su muerte tampoco serviría para nada, que sería una de esas víctimas que permanecería desaparecida para siempre. Tragó saliva, pero tenía la boca seca de nuevo. Se hizo un ovillo en el suelo, sintiéndose más desolada que nunca. La voz de Snape, algo forzada, la sacó por un momento de esa espiral de depresión:

—Señorita Granger, ¿sigue ahí? —Hermione asintió, haciendo un pequeño ruido afirmativo. Tenía un nudo horriblemente tenso en la garganta. —Aléjese de mí. Pase lo que pase, diga lo que diga, no debe acercarse a mí. —la instruyó. Hermione se levantó, apoyándose en la pared. El solo movimiento hizo que la tela suelta de su sujetador rozara contra la piel. Le recordó lo que había pasado, lo lamentable que seguía viéndose incluso entonces. Pensó en moverse, pero daba igual: él la iba a matar de todas formas. —Aléjese, he dicho. —se quedó en silencio de nuevo. Hermione no se movió. —Estoy sangrando, Granger. No es inteligente quedarse cerca. —le avisó.

—¿Qué más da? —sin embargo, ella obedeció. Avanzó en dirección contraria a Snape, pegada a la pared. Recordaba la longitud de las cadenas vagamente: no podría moverse por todo el sótano. Volvió a sentarse en la esquina con la pared donde estaba la puerta.

Hermione consiguió sentirse algo más digna después de dormir un rato. No supo cuánto, pues la oscuridad seguía igual de impenetrable que la primera vez que había abierto los ojos. Las manos ya no le temblaban. Las introdujo por debajo de la camiseta, abrochándose el sujetador en el más absoluto de los silencios. Los senos le dolían al roce, pero Hermione no permitió que eso la parara. Su entrepierna seguía sintiéndose dolorida después de la invasión de Malfoy.

Volvió a sentarse en posición fetal. Escuchó atentamente: la respiración del profesor Snape era débil y lenta. No se oía el tintineo de las cadenas que le retenían. Le llamó un par de veces, incluso, pero el hombre simplemente no respondía. Se encogió un poco más: era escalofriante estar allí sola. Sentía la boca seca y la lengua rasposa. Malfoy no había traído comida ni bebida para Hermione; y aunque los vampiros no tenían necesidad de comer, los humanos sí, y ella era humana.

Pensó que, dependiendo de lo que durara el acto de obediencia de Malfoy, Snape terminaría alimentándose de un fiambre. Sus pensamientos se cortaron al escuchar pasos encima de su cabeza. Hermione contuvo la respiración, mordiéndose los labios, pero nadie abrió la puerta del sótano. Las pisadas encima de sus cabezas se repitieron a lo largo del tiempo. De vez en cuando, alguien iba de un lado a otro.

Hermione alcanzó a distinguir tres pisadas. Había sido fácil, dado que sabía que solo había tres personas en la Mansión Malfoy. Porque aquello definitivamente era la casa de los Malfoy, se aseguró Hermione mentalmente. Había unos pasos rápidos, que resonaban por las paredes como si fueran de un joven – ese sería Draco; otros, que daban zancadas cortas, con tacones – Narcissa Malfoy; y unos últimos que atravesaban el piso superior con soltura y seguridad, apoyando con fuerza un bastón en el suelo – Lucius Malfoy.

El profesor Snape pareció despertar después de lo que Hermione creía, eran horas desde que ella había despertado. Su respiración era un poco más rápida que antes y las cadenas habían tintineado un poco. Hermione no dijo nada; el profesor Snape tampoco. Continuaron en un silencio perpetuo por mucho rato. Snape también parecía atento al oír pisadas encima de sus cabezas. Los pies de Draco cruzaron el vestíbulo, solitarios, después de un rato de silencio, y se le escuchó bajar las escaleras.

Hermione se apretó contra el muro a sus espaldas, su respiración entrecortada. Las cadenas de Snape tintinearon, también preparándose, pensó Hermione. Los cerrojos resonaron en el sótano al ir quitándolos uno a uno, y después se encendió la luz. Como la vez anterior, Hermione parpadeó, sintiendo escozor en los ojos, pero no volvió la vista a un lado. La figura de Draco entró en la habitación, cerrando la puerta rápidamente. Llevaba la varita en una mano y una botella de agua en la otra. Hermione se relamió los labios secos y cortados.

—Padrino…—murmuró el joven. La mirada se posó en Hermione. Ella frunció el ceño, intentando no sentirse más pequeña de lo que ya se sentía. —Granger.

—Draco. —le saludó el profesor Snape. —Dale un poco de agua a la señorita Granger. —le indicó. Draco asintió, pero Hermione podía ver su mirada temblorosa y confusa. Se acercó a ella, dejó la redonda botella de agua en el suelo y la empujó en su dirección.

—¿Qué está pasando? —la voz de Draco salió estrangulada, quizás un poco más aguda que de normal. Su varita apuntaba a Hermione, pero ella lo ignoró. Sea lo que fuera que llevara esa botella – Hermione no creía que solo fuera agua – ella necesitaba hidratarse.

—Draco. —susurró Snape, atrayendo de nuevo la atención del muchacho. —¿Sabes dónde está la varita de Granger? ¿Mi varita?

—Sí, padre las dejó en –

—Cógelas y llévalas al vestíbulo. Déjalas dentro de una caja de madera que hay en la cómoda del vestíbulo. —le ordenó el profesor, interrumpiéndole. Draco asintió:

—¿Va a matarte? —su voz era tan pequeña que Hermione casi sintió lástima por él. Se enjugó los labios con un poco de agua, antes de cerrarla de nuevo.

—No va a morir nadie, Draco. Pero tienes que hacer lo que te pido. —el tono de paciencia que el profesor adoptó era desconocido para Hermione. Ella lo examinó desde la distancia: la camisa estaba más empapada que la última vez. —Ahora, recoge la botella de agua, llévatela y no le digas ni una palabra de esto a nadie, ¿entendido? Y nada de pasear por el vestíbulo, ni tú ni tu madre.

Draco asintió. Hermione le lanzó la botella rodando de nuevo por el suelo. El chico estaba pálido y ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos. Salió del sótano con pasos apresurados. Los cierres de la puerta volvieron a resonar en la habitación, y luego, todo se quedó a oscuras de nuevo. Hermione volvió a apoyar la barbilla encima de las rodillas, abrazándose. Snape respiraba profundamente al otro lado de la habitación. Siguieron en silencio un momento, hasta que los pasos de Draco dejaron de oírse. Luego, Snape dijo:

—La próxima vez que Lucius entre, yo no seré… Yo. —aquellas palabras sonaron misteriosas para Hermione. —Es indispensable que se mantenga alejado de mí, señorita Granger. Si jugamos bien nuestras cartas, usted puede salir con vida de aquí.

—¿Cuál es el plan? —murmuró Hermione. Seguro que tenía un plan, quería creer ella. Hermione siempre había sido una chica de planes y estrategias, más que de locuras e improvisación. En situaciones como esa, amaba tener un plan.

—Cuando yo ataque, usted sale corriendo. —le explicó. Hermione se quedó callada, esperando oír alguna indicación más que no llegó.

No dijo nada, aceptando mudamente el plan. Aquello parecía simple, se dijo. Si es que el profesor Snape hacía su parte, pues no había querido explicarle el plan entero, evidentemente. De todas formas, Hermione se mantuvo alerta, esperando que la puerta del sótano se abriera una vez más. Y mientras esperaba, empezó a entender lo que Snape quería decirle: la respiración del profesor, que tan débil y lenta era antes, empezó a hacerse más rápida. Las cadenas tintinearon mientras gruñía, pero ya no parecía ser su voz totalmente.

El profesor Snape trató de liberarse de sus ataduras varias veces, por lo que Hermione oía. Su voz era rasposa y profunda comparada con su tono habitual, casi como el gruñido de una bestia. Parecía rabioso y lleno de vitalidad, al menos durante un tiempo. Después, su respiración volvió a ser la de antes, lenta, débil, con un silbido cada vez que inspiraba. Las cadenas ya no tintineaban y Hermione temió por un momento que el profesor fuera a morirse.

Hermione se sentía cansada y aturdida. La permanente oscuridad hacía que perdiera la noción del tiempo y del espacio. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, con los ojos abiertos, escuchando la respiración de un agonizante Snape como si fuera un murmullo de fondo. No se oía nada más, hasta que de pronto, se escuchó el rítmico bastón de Malfoy golpear el suelo mientras andaba. Las pisadas se dirigieron por el vestíbulo hasta las escaleras. Hermione tragó saliva, entrecerrando los ojos ante el estallido de luz que iba a haber, y esperó.

Los cerrojos resonaron en la habitación, la luz se encendió y la puerta se abrió. Efectivamente, era Lucius Malfoy el que cerró la puerta tras de sí. Miró a Hermione y se relamió los labios lentamente con una sonrisa traviesa. Ella se encogió un poco, recordando de nuevo la sensación de impotencia que había sentido durante la intrusión. Luego, Malfoy se dirigió al profesor Snape.

Hermione aprovechó para mirar alrededor. La puerta estaba efectivamente cerrada. El profesor Snape estaba en el suelo, encogido. Apenas temblaba de forma casi imperceptible. Malfoy sonrió, mirándola a ella de nuevo. Hermione se removió en su sitio y el rubio, en un alarde de arrogancia, levantó el bastón. Descargó un golpe doloroso contra la espalda del profesor, tratando de despertarlo. Y entonces, todo pasó a cámara rápida para Hermione, o quizás los vampiros eran demasiado rápidos para sus ojos.

Como movido por un resorte, Snape se abalanzó contra Malfoy. Las cadenas que lo sujetaban tintinearon, hicieron un sonido agudo al tensarse completamente y después el anclaje de la pared se rompió. Malfoy y Snape cayeron al suelo, rodando. Malfoy gritaba pero Hermione no se giró a ver más: con toda su fuerza de voluntad, se levantó con las piernas acalambradas y corrió hacia la salida.

La puerta se abrió para ella de forma violenta al empujarla. Las barreras que Malfoy debía de haber colocado ya no existían, pues seguramente él estuviera ya muerto. Un gruñido sobrenatural resonó en sus oídos y Hermione continuó avanzando, prometiéndose no mirar atrás. Salió al vestíbulo de la mansión Malfoy. Allí estaba la cómoda con aquella caja de madera de la que habían hablado el profesor Snape y Draco. La abrió con dedos temblorosos y se alegró de que Draco hubiera cumplido las órdenes de Snape.

La varita de Hermione estaba allí, tan diferente de la del profesor Snape. Ella la cogió con prisas, mirando alrededor. No había nadie, ni en el vestíbulo ni en el salón, que se podía ver desde ahí. Hermione corrió por la puerta principal con piernas adoloridas. El sonido de la grava tronando bajo sus pies la calmó, pero no se sintió totalmente a salvo hasta que cruzó la verja metálica de la finca. Con una pequeña detonación, se desapareció.


Nota: sí, la historia es un SevMione. Me parece que por lo que ha pasado en este capítulo, no podría ser un LuMione XD

Saludos,

Paladium