Romper las cadenas

Capítulo 3

Hermione se calló lo que había sucedido. Distintos miembros de la Orden del Fénix trataron de sonsacarle la verdad, pero Hermione les repetía siempre lo mismo: Lucius Malfoy le había atacado cuando iba a Hogwarts y ella había logrado escapar. La retuvieron en la cocina por mucho rato, quizás una o dos horas, antes de que la dejaran marchar a la habitación que compartía con Ginny. En el rellano, cerca del cuadro de la madre de Sirius, sus amigos la esperaban con expresiones preocupadas. La señora Weasley le instruyó para que fuera a ducharse mientras ella le preparaba una sopa de cebolla, su especialidad.

—Hermione. —suspiró Harry aliviado al verla. Ron cerró los ojos, apoyándose en la pared un momento, mientras Ginny se acercaba a ella. Le cogió por las manos, todavía manchadas. Hermione se giró un momento, viendo las miradas crípticas de Lupin, Sirius y Kingsley.

—Voy a ducharme, chicos.

—¿Estás bien? —preguntó Ron finalmente con un hilo de voz. Ella cabeceó varias veces mientras se dirigía al baño del segundo piso.

Ducharse fue muy reconfortante. Hermione cerró la puerta con pestillo, dejando la muda de ropa en el lavabo. Detrás de la puerta del baño había un espejo alto, en el que Hermione se miró una vez quitada la ropa. Tenía el pelo sucio y enredado – más que de costumbre – y marcas rojizas en muñecas y tobillos de cuando el señor Malfoy la había inmovilizado. Esas marcas se extendían por sus brazos, delimitando a la perfección cada dedo de Malfoy en su piel, y por sus senos.

Hermione se giró con lágrimas en los ojos. ¿Cómo no se había sentido tan horrible antes? Había llorado un poco en el sótano de la mansión Malfoy, pero en seguida había centrado sus pensamientos en otros asuntos, haciendo de lado esa agresión intolerable. Se metió en la ducha, poniendo el agua caliente, y se dio un largo baño, tratando de calmarse y limpiarse por completo. No quería que nadie supiera de lo que había pasado con Malfoy; al menos, no de esa agresión.

Por suerte había un botiquín en el baño con crema contra las abrasiones. Hermione trató de no utilizar mucha, pues tenía la sensación de que la Orden no se daría por satisfecha con esa explicación vaga. Ni la Orden ni sus amigos, pensó después. Cuando terminó, las marcas ya no estaban en su piel ni se sentía adolorida. Mientras se vestía con lentitud, disfrutando de un momento de tranquilidad, se preguntó qué había pasado con Malfoy al final.

Ella no había dicho que él podía estar muerto. No lo sabía, y no había nombrado al profesor Snape tampoco, así que supuso en su momento que lo mejor era obviar ese detalle también. Le empezó a doler la cabeza un poco: podía meterse en serios problemas si decía algo de más, pensó Hermione. Por más que todos le llamaran 'el gran murciélago de las mazmorras', Hermione estaba segura de que no sabían que el profesor Snape, de hecho, era un vampiro. Quizás eso explicaría la animadversión del profesor hacia Lupin, aunque el licántropo siempre era cordial con él.

—Hermione, querida, —le llamó la señora Weasley desde el otro lado de la puerta —te dejo la sopa de cebolla en el cuarto.

Hermione sintió una ola de agradecimiento hacia la señora Weasley. Lo último que necesitaba ahora era tener que comer frente a toda la Orden mirándole raro. Sin embargo, terminó comiendo frente a sus amigos mirándole raro; suponía que ellos se habrían enterado de todo. Le miraban con un brillo de preocupación en los ojos, y aunque Hermione se lo agradecía, no pensaba decir nada.

—Harry, Ron, Hermione está cansada. —les echó Ginny en un determinado momento mientras ella terminaba su plato de sopa. Harry y Ron la miraron, enfadados:

—Nos quedaremos a vigilar que no le pase nada. —respondió Ron. Harry asintió con la cabeza. Ginny suspiró:

—Que os larguéis. No le va a pasar nada aquí.

—Gracias por el apoyo, pero realmente no sucederá nada. —la ayudó Hermione, dejando el plato en manos de Harry. —En serio, chicos, no os preocupéis tanto. Ya estoy a salvo.

Harry y Ron se fueron finalmente, no sin refunfuñar y quejarse. Se llevaron el plato vacío y los cubiertos a la cocina, y Ginny cerró la puerta. Hermione estaba segura de que Ginny querría hablar, pero la castaña no iba a decir nada más. Si tuviera que elegir quién le daría la charla que Ginny estaba a punto de empezar, Hermione se habría quedado con Harry o Ron: ellos no eran tan tercos como Ginny y podía tranquilizarlos con unas cuantas palabras. Con Ginny, haría falta más que eso.

—Creo que me acostaré ya, Ginny. —la pelirroja se giró. Pareció dudar un segundo, que Hermione aprovechó para preparar la cama.

—Hermione… —empezó Ginny. Hermione le lanzó una mirada cansada, tratando de apelar a sus sentimientos para aplazar la charla. No surtió efecto, lamentablemente. —Hermione, lo que sea que haya sucedido en estos tres días que has estado fuera, quiero que sepas que cuentas con mi total apoyo. Y con el de Harry y Ron también.

—Lo sé, lo sé. Es sólo que no quiero hablar de ello.

—¿Alguien te ha amenazado para que no digas nada?

—No, claro que no. —gruñó Hermione. —Escucha, Ginny, nadie me está amenazando o coaccionando o lo que sea. Si no digo nada más es porque no me siento cómoda hablando de esto, ¿de acuerdo?

—Pero, quizás… —Ginny se sentó en su cama. Hermione se introdujo debajo de las sábanas. —No sé, quizás si nos dices algo más podamos capturar a los Malfoy. No puede salirse con la suya, tú eres víctima y testigo.

—No creo que Lucius Malfoy pueda ser capturado. —dijo Hermione. —Y su familia no tiene nada que ver con lo sucedido. —añadió.

Ginny la miró con el ceño fruncido. Aquella era la cara que siempre ponía cuando Hermione decía algo muy raro o que no entendía. La castaña se sentía un poco Dumbledore en ese momento, habiendo soltado semejante frase misteriosa, pero lo dejó pasar, acostándose. Ginny suspiró, frotándose la frente, y luego dijo:

—Dumbledore no mandó a nadie a investigar, Hermione. —la susodicha le miró desde su posición. —Harry, Ron y yo insistimos, le dijimos adónde habías ido, contactamos con McGonagall para ver si habías llegado, pero… Dumbledore no hizo nada.

La próxima vez que viera a Dumbledore, Hermione tendría unas palabras con él, pensó. Aquello no podía ser cierto, se dijo. Malfoy no podía tener razón. De alguna forma, ella le había creído cuando Malfoy les había dicho que Dumbledore le había dado la patada al profesor Snape. No sabía por qué, quizás porque el mismo profesor Snape lo creía, pero ella no lo había cuestionado. Sin embargo, había esperado que Dumbledore enviara a alguien a buscarla: seguramente sabría donde estaba si había hecho ese trato con Malfoy, aunque ella no estaba incluida en eso.

Al día siguiente, Dumbledore apareció por la casa después del desayuno, pero no hizo amago de querer hablar con ella. Hermione dedicó ese rato antes de su venida para escuchar las conversaciones en la mesa y leer el Profeta. En el periódico no se nombraba nada de lo sucedido, y en la mesa tampoco se dijo nada del profesor Snape, del que no había tenido noticias después de su huida de la mansión Malfoy. Secretamente, Hermione esperaba que el profesor apareciera por Grimmauld Place y así averiguar qué había pasado.

¿Estaría Malfoy muerto? ¿Qué había pasado con Draco y su madre? Le había dado la impresión de que la señora Malfoy no tenía ni idea de quien estaba en el sótano, y Draco se veía aterrorizado y asqueado por lo que su padre estaba haciendo. A Hermione le había sorprendido la sensibilidad de su compañero, pues ella había supuesto que, teniendo un padre mortífago, él estaría preparado para seguir sus pasos. La realidad era distinta: Draco no se había puesto al servicio de Voldemort, y aunque Hermione tenía la sensación de que él la miraría por encima del hombro como siempre hacía la próxima vez que se vieran, no le gustaba ese ambiente mortífago.

Aquellas eran preguntas que solo una persona podía responderlas; bueno, en realidad eran tres, pues los dos Malfoy también sabrían lo que había sucedido finalmente, pero Hermione no estaba tan loca como para preguntarles a ellos. Ella había pasado la mañana pensativa, mirando un mapa de Australia. Pese a que su vida parecía haberse visto agitada por un terremoto, su intención de recuperar a sus padres seguía firme. Ella los había mandado a Australia, sin recuerdos de su propia hija, pero… Australia era demasiado grande.

Pensaba en cómo conseguir una guía telefónica de toda Australia cuando un ruido la sacó de sus pensamientos. Levantó la vista, mirando a su alrededor. Aquello había sonado como un portazo, y si lo que Malfoy había dicho era cierto, podía ser el profesor Snape con el mayor enfado que había visto jamás Hermione. Se unió a Harry, Ron y Ginny en el rellano del primer piso.

El retrato de la madre de Sirius gritaba profanidades a diestro y siniestro. Sirius y Lupin trataban de volver a dormirla, cerrando las cortinas del retrato. Luego, Sirius se encaró a Snape, que sí, estaba allí tratando de llegar a la cocina. Hermione bajó las escaleras, mirando la escena: el profesor agarró de la pechera de su túnica a Sirius y lo hizo a un lado sin decir absolutamente nada. El hombre entró con pasos largos y fuertes y la voz de Dumbledore se escuchó, amortiguada. Todos salieron.

—¡Será imbécil! —gruñó Sirius, planchando con las manos la arrugada túnica. Hermione avanzó por el pequeño pasillo hasta la cocina. El señor Weasley le paró:

—Hermione, no puedes entrar. El director ha dicho que nos quedemos fuera mientras el profesor Snape y él hablan. —Hermione se deshizo del agarre y abrió la puerta, diciendo:

—Creo que me interesa lo que puedan estar hablando.

Entró en la cocina y cerró detrás de sí, dejando al resto de la Orden fuera. El ambiente en la cocina era tenso. Todavía había en la mesa los restos del té que se estaba tomando Kingsley y el Profeta que alguien leía. Había esperado entrar a mitad de una muy sonora discusión, pero en realidad todo estaba en silencio. Dumbledore estaba sentado a la cabeza de la mesa. El profesor Snape le perforaba la mirada, sin sentarse. Apenas le hizo un leve gesto de reconocimiento a Hermione. Aquello le sorprendió: esperaba que el profesor le hubiera echado casi a maldiciones.

—¿Desde cuándo planeaba esto? —preguntó Snape finalmente. El profesor Dumbledore parecía tan sereno y tranquilo como siempre. A Hermione se le antojó su actitud entonces molesta.

—Severus, por favor, cálmate. No creo que sea buena idea intentar dialogar si no estamos todos tranquilos. —tuvo el coraje de decir.

—¿Y cuánto quiere que me tranquilice?—la voz de Snape sonaba suave, pero también peligrosa. —¿Hasta que mi corazón deje de latir?

—Estás siendo injusto. Estoy seguro de que la señorita Granger coincidirá conmigo en que esa no era mi intención. —el profesor Dumbledore la miró, buscando apoyo. Pero Hermione ya se había cansado del hombre: en ese momento, no tenía la paciencia ni la frialdad para pensar en qué sería mejor. Tan sólo quedaba ese sentimiento de traición que la ahogaba y le decía que hechizara hasta el cansancio al anciano.

—Ni se le ocurra. —Hermione sonaba rabiosa, sin tratar de ocultar sus sentimientos, aunque fueran a resultar ofensivos para alguien. —Hizo un trato con Malfoy para… —Hermione señaló al profesor, sin saber cómo seguir. Él continuó mientras ella se ahogaba de rabia.

—Para hacerme desaparecer, director. Supongo que también estaba al tanto de que Lucius cogería a uno de los suyos, ¿no? Pero le dejó, todo por quitarme de en medio. —Hermione bufó. Dumbledore pasaba su mirada de uno a otro.

—Hice lo que debía hacer. —contestó simplemente. —Eres peligroso, Severus. No deberías haber completado tu acto de rebeldía, ni siquiera deberías saber de todo eso. Y Hermione… Lo lamento, —se disculpó mirándola a los ojos. Tenía un brillo de culpabilidad en la mirada, pero a Hermione eso le daba completamente igual entonces. —pero era necesario. Si todo hubiera salido como debía, se habrían salvado muchas vidas. Pero ahora…

—¿Ahora no? —preguntó Hermione, incrédula. El profesor Snape siempre había sido oscuro y tenebroso, pero no creía que realmente se fuera a convertir en un asesino vicioso o un genocida. Ni siquiera en un nuevo Señor Oscuro, aquello sonaba a risa.

—Me temo que ahora no lo sé con certeza. —sus ojos pasaron a Snape. —Necesitas desaparecer. Por el bien del mundo mágico. No pasaré por una tercera guerra.

Se quedaron en silencio. Hermione no podía creerlo: Dumbledore, el único que había confiado en Snape desde el principio, parecía determinado a creer que este se convertiría en una especie de Señor Oscuro. El profesor Snape también debía de estar pensando en lo mismo que ella porque de repente una carcajada rompió el silencio pesado. El profesor Snape se estaba riendo, pero aquella risa no era agradable, sino todo lo contrario: sonaba pérfida, amargada y llena de odio.

—¿Ahora soy el nuevo Señor Oscuro? —Dumbledore se levantó. Ya no intentaba ocultarse en esa faceta de amable director. La varita del anciano estaba en su mano, pero Snape también tenía la suya lista. —Debería replanteármelo si usted cree que lo haría tan bien como para llevar al mundo mágico a otra estúpida guerra.

—¿Así que ese era su plan? —interrumpió Hermione lo que fuera que Dumbledore quería decir. —¿Destrozarle la vida a tanta gente solo porque usted creía que el profesor se volvería el nuevo Voldemort? —Hermione bufó. Dumbledore levantó su varita.

—Lo lamento, pero esto no va a salir de aquí. —la varita de Dumbledore voló por los aires, poco antes de que él mismo saliera volando, golpeando su espalda vieja contra la pared. El profesor Snape recogió la varita en el aire y la dejó en la mesa.

—Considere esto mi renuncia. —bajó la varita. —No quiero volver a verle.

El profesor Snape perforó con la mirada a Dumbledore, que desde el suelo los miraba a los dos de hito en hito. Hermione suponía que no esperaba ese resultado. Ella tampoco, pues si no fuera porque el profesor había desarmado al anciano, ella ya estaría desmemorizada. Era rápido, pensó recordando su huida. Salió de sus pensamientos para ver la capa negra de Snape revolotear detrás de él. La puerta de la cocina se abrió y el hombre salió, desapareciendo en el pasillo. No escuchó a nadie hablar, así que seguramente Snape les había intimidado a todos.

—Digo lo mismo. —concluyó Hermione tras un momento. Las caras curiosas de los miembros de la Orden la miraban desde el dintel de la puerta. Hubo varias exclamaciones ahogadas al ver el estado del director. —No quiero saber nada más de usted, director.

Hermione giró en redondo y salió de la cocina con pasos airados. La señora Weasley entró en la cocina de forma precipitada para ayudar al director. El resto se apartaron de su camino, sorprendidos por su actitud. Alcanzó a escuchar la voz de Dumbledore decir algo, pero no le prestó atención. Hermione subió al segundo piso, donde se alojaba con Ginny, y comenzó a recoger su ropa. Sentía los ojos picajosos, pero no iba a llorar. No por ese anciano decrépito que pretendía primero matarla y luego borrarle la memoria.

—Hermione, ¿qué ha pasado? —preguntó Harry, entrando en el cuarto.

—Pasa que me voy de Grimmauld Place. —su voz sonaba estrangulada. Hermione cerró el primer cajón del armario, habiendo guardado su ropa en el baúl.

Era extraño que, después de una maldita guerra que la había dejado sin padres – temporalmente, por supuesto – Hermione fuera traicionada por aquellos a los que había apoyado. Ella era parte de la Orden del Fénix, lo había sido durante tres años, desde que cumpliera los diecisiete. Había postergado el comenzar su vida profesional por ayudar a Harry a terminar con Voldemort. Había parado toda su vida solo por restaurar la paz en el mundo mágico, y ahora Dumbledore la traicionaba de esa manera. No iba a quedarse allí a aguantar más de esa basura.

—Pero aquí estás a salvo. —se quejó Ron.

—¿A salvo de quién? No de Dumbledore, ciertamente. —le rebatió. —Escuchad, esto no es… —empezó Hermione, girándose. Ginny también estaba allí. —No tiene nada que ver con vosotros. Me las apañaré ahí fuera.

Hermione cerró el baúl, girándose de nuevo, y lo encogió. Sentía que temblaba y deseaba decirles a sus mejores amigos lo infame que era Dumbledore, pero… No, no haría eso. La infamia del director iba de la mano del secreto de Snape, y ella no iba a decir nada de eso. Al menos, Snape había buscado una solución y la había llevado a cabo, salvándoles a los dos.

Además, ella le apreciaba. Había pasado tres años en la Orden del Fénix, y su principal tarea fuera de pelear había sido reponer las pociones que se agotaban – aunque en realidad, esa había sido la tarea de Snape, pues ella solo le ayudaba. Él no se había comportado como un auténtico energúmeno la mayor parte del tiempo, aunque habían tenido discusiones e insultos a veces. No diría que le conocía, ni que fueran amigos, pero el profesor había sido cordial con ella y Hermione había aprendido algunos trucos interesantes para las pociones.

—¿Qué ha pasado con Snape? —preguntó Harry. No era difícil atar cabos sueltos.

—Nada que yo os vaya a contar.

Hermione inspiró hondo y los abrazó. Era hora de irse: no encontraría mejor momento que ese, cuando todos estaban demasiado aturdidos como para pararle. Cortó el abrazo con rapidez, sintiendo los ojos húmedos, pero también estaba incómoda al notarlos tan cerca, y se marchó. Sirius y Lupin la miraron desde el vestíbulo, pero nadie dijo nada. Hermione lo agradeció, de la misma forma que agradeció no ver a Dumbledore de nuevo. Tenía cosas que hacer, entre las que estaban el encontrar a sus padres y acomodarse en la vieja casa familiar que había abandonado por la guerra.


Nota: Bueno, parece que Dumbledore no se esperaba a Snape y Hermione uniendo fuerzas en su contra. Este viejo tiene unas ideas muy raras, aunque tampoco desencaminadas, ¿no? Snape resultó ser poderoso en el cannon, además de rápido a la hora de lanzar hechizos y con bastantes recursos, como demuestra en su pelea contra McGonagall. Si añadimos el powerup de ser un vampiro hecho y derecho...

Saludos,

Paladium