Romper las cadenas
Capítulo 4
Por unos días, Hermione estuvo sola. Utilizó ese tiempo para volver a poner en marcha la casa familiar, que aún estaba llena de recuerdos y fotografías de la vida que deseaba recuperar. En su mente todavía rondaban los acontecimientos de los últimos días, como si fueran un recordatorio constante para que pusiera más y más protecciones en la vivienda. Los mortífagos continuaban escapando de la justicia, pero ahora Dumbledore también podía tratar de silenciarla, pensaba ella.
Veía poco probable que Dumbledore fuera a atacarle, considerando que siempre había visto al anciano como el afable director, pero aún así nunca estaba de más poner unas cuantas protecciones más. Ron vino a ayudarle a instalarse, aunque Hermione hubiera preferido no verle. Aquel ambiente tan familiar con Ron le dejaba un sentimiento incómodo en el pecho, pues sabía de los sentimientos del otro.
Durante un tiempo le había correspondido, pero definitivamente no estaban hechos el uno para el otro. Hermione había creído que con amor podrían salvar sus diferencias, pero es que en realidad sólo tenían a Harry en común. Él era el que hacía que Ron y Hermione fueran amigos, que hubieran llegado a tener esos sentimientos el uno por el otro. Porque sin Harry, Ron y Hermione jamás se habrían llevado bien, ni siquiera se habrían hablado más de dos frases.
Por suerte, Ron había notado su incomodidad después de que le ofreciera quedarse con ella y no había vuelto. Harry y Ginny le trajeron un poco de comida al día siguiente, pero ninguno dijo nada de la visita del pelirrojo el día anterior: si lo sabían, no nombraron el tema. Finalmente, se quedó todo en paz. La Orden del Fénix estaba algo agitada, pues Dumbledore se negaba a decir nada sobre lo que había pasado, pero eso ya no era problema de Hermione, que también calló ante las preguntas de Harry y Ginny.
Luego llegó él. No sabía cómo había obtenido su dirección, o si le había seguido, pero realmente no esperaba encontrarlo en el dintel de su puerta, vestido con sus túnicas siempre elegantes y el pelo repeinado y pegado a la cabeza. Draco Malfoy la miró desde el otro lado de la puerta cuando ella abrió. No llevaba la varita en la mano ni parecía querer atacarle. Ella ya lo había supuesto, pues un mortífago no llamaría a la puerta de su casa.
—Buenos días, Granger. —la saludó. —¿Tienes un momento para hablar?
—Sí, claro, pasa.
Hermione se hizo a un lado, dejándole pasar. La mirada gris de Draco recorrió los muebles muggles y aunque hubo cierto desprecio en la mueca que compuso, se refrenó de decir nada. Hermione suponía que aquello era lo más que podía sacar de Draco en su intento de mostrarse civilizado y adulto. El muchacho se aclaró la garganta y Hermione le ofreció un vaso de limonada. Se marchó a la cocina, dándole tiempo para que pusiera sus ideas en orden. No quería esperar incómodamente a que el otro empezara a hablar. Cuando llegó, Draco estaba sentado en el sofá del salón.
—Granger, debo saberlo, ¿le has dicho a alguien de la naturaleza de mi padre? —preguntó abruptamente. Hermione se quedó congelada por un momento, sin esperar esa pregunta. Se sentó en el sillón, frente a Draco.
—No, no he dicho nada a nadie. —Malfoy suspiró, aliviado. Hermione contuvo un escalofrío al pensar en él como Malfoy: casi prefería llamarlo en su mente Draco, pues Malfoy le hacía recordar a su padre y todo lo sucedido. Draco miró a un lado y susurró:
—Gracias. —Hermione no dijo nada. —Me gustaría conservar el honor familiar, así que si pudieras no decirle del pequeño secreto de mi padre a nadie, te estaría agradecido. —reformuló Draco. Parecía costarle hablar, pero claro, con lo orgulloso que era…
—Claro. —Hermione asintió, como en un trance. Aquella era la oportunidad perfecta para saber qué había ocurrido, aunque se imaginaba todo. —¿Qué… Qué sucedió?
—¿No lo sabes?
—Me fui en cuanto pude. —explicó ella. Draco hizo un gesto de reconocimiento y luego miró a un lado. No estaba muy orgulloso de su padre.
—Mi padre está muerto. Oficialmente, por un ataque por parte de un grupo radical. —se quedaron un momento en silencio. —El profesor Snape acabó con su vida. Me explicó lo que pretendía hacer mi padre. Me… Me alegra que no haya causado más daño. Aunque… No me agrada que esté muerto.
Hermione no dijo nada. No podía creer lo que oía: Draco Malfoy estaba siendo sincero y honesto con ella por primera vez en su vida. No había orgullo, burla, altanería o soberbia en su voz. Era como si todo lo que conocía de él fuera una mentira y ese chico de sentimientos conflictivos fuera el Draco real. Titubeante, confundido por sus propios sentimientos, descubriendo por primera vez que quizás todas aquellas creencias que le habían inculcado de pequeño no eran verdad. Hermione se calló de todas formas.
—El funeral será mañana a las siete de la tarde. —le informó abruptamente. —Sé que es de mala educación, así que no pediré que vengas. No lo espero de todas formas. Y si piensas venir para burlarte del difunto, mejor ni acudas.
—No pensaba burlarme de nadie. —se defendió Hermione.
—De todas formas tenía que advertirte. —se excusó Draco. Se levantó. —Sé que las cosas nunca han ido bien entre tú y yo, pero no me gustaría que toda nuestra relación se compusiera de odio. —Hermione se incorporó también. Le miró, sorprendida. —No te pido que seamos amigos, tan sólo… No estoy de acuerdo con la mayoría de lo que hizo mi padre. Con ser mortífago, servir al Señor Oscuro…
—Empecemos de nuevo, entonces. —Hermione levantó la mano, poniéndola frente a un Draco Malfoy sorprendido. —Me llamo Hermione Granger.
—Draco Malfoy. —el chico le estrechó la mano. No hizo ningún gesto de asco ni se burló.
Draco se fue después de eso. Dijo que tenía que organizar el funeral para mañana, que no quería que hubiera mucha gente, y se marchó. Hermione se quedó en el dintel de la puerta un poco más, sorprendida por la actitud del rubio. Parecía genuinamente avergonzado por lo que había hecho su padre y había tratado civilizadamente a Hermione en todo momento. Se repitió de nuevo que Draco Malfoy jamás había servido a Voldemort, pero aún así, parecía difícil no sorprenderse.
Pensó en ir al funeral. Ver a Lucius Malfoy de nuevo no era su perspectiva de una buena tarde, pero Draco le había invitado, o más bien le había no-invitado. Estuvo todo el día pensando en ello: Malfoy quería volver a empezar, e incluso si no se había disculpado abiertamente por todos los insultos intercambiados – ella tampoco había pedido perdón – Hermione lo entreveía en sus gestos. Quizás debía ir y apoyarle, aunque parecía de mal gusto ir después de haber conspirado para matar a su padre con el profesor Snape. De todas formas, decidió ir al final. Tenía curiosidad por saber adónde llevaría esa relación tan rara que acababan de empezar Draco y ella, y una parte de Hermione quería ver a Lucius Malfoy con sus propios ojos, cerciorarse de que estaba realmente muerto.
El cementerio donde se celebraría el entierro estaba vacío esa tarde – casi noche, pues el cielo se oscurecía rápidamente. Había nubes gruesas y negras, amenazando con llover, pero Hermione no había llevado paraguas. Vestía una de sus túnicas negras más elegantes, aunque seguía sin poder compararse con las lujosas ropas que llevaban Draco o su madre. Ellos estaban parados al lado del hoyo abierto. La caja de roble donde se encontraba el cuerpo de Lucius Malfoy estaba entreabierta mientras la señora Malfoy lloraba sus últimas lágrimas.
No había nadie más allí, salvo por la honrosa excepción del profesor Snape. Él no parecía haber entendido que un funeral era una ceremonia importante, y por tanto, había que llevar ropas elegantes; seguía vistiendo su túnica negra tan habitual en él. Draco y Snape hablaban en murmullos, de pie frente al hoyo. Un par de enterradores estaban un poco alejados, esperando con sus palas para terminar ese trabajo.
—¿Llego tarde? —preguntó Hermione en voz muy baja, situándose al lado de Draco. Los dos hombres dejaron su charla, mirándola.
—Has venido. —murmuró Draco. Parecía sorprendido.
—Buenas tardes, señorita Granger. —le saludó el profesor. Ella hizo una pequeñísima reverencia, devolviéndole el saludo, y se quedaron en silencio de nuevo.
—Nunca he estado en un funeral mágico. —confesó Hermione después de lo que parecía una eternidad. Los tres magos miraban el gran hoyo de tierra mojada. La señora Malfoy seguía llorando más allá. —De hecho, nunca he estado en un funeral.
—Podría considerarse afortunada. —comentó Snape.
—Los enterradores terminarán de sepultarlo cuando madre… Deje de llorar. —Draco dirigió su mirada a la señora Malfoy. Ella ni siquiera se había acercado a saludar. Hermione hizo un ruido con la boca.
De nuevo se hizo otro silencio. Siguieron escuchando el amortiguado lamento de la señora Malfoy, incómodos. Los enterradores pasaron el peso de un pie al otro.
—No parece que Narcissa tenga intención de parar. —dijo al fin el profesor, mirando a Draco. Y después de otra eternidad, Draco se acercó para hablar con su madre. —No sabía que venía, señorita Granger. ¿Qué asuntos le traen por aquí?
—Malfoy me invitó. Estuvimos hablando un rato ayer y quedamos en volver a empezar. Sin odios ni prejuicios. —el profesor Snape asintió con la cabeza. —Me alegra ver que se encuentra bien, profesor Snape.
—Señor Snape. —le corrigió. —Ya no soy profesor. —se quedaron en silencio. Los ojos de ambos miraban a Draco, que trataba de consolar a su madre y apartarla del sarcófago. —¿Qué ha hecho usted?
—¿Se refiere a Dumbledore? —él asintió. —He dejado la Orden. Me estoy alojando en la casa de mis padres.
—¿No le preocupan los mortífagos?
—Supongo que sí. Pero tengo miedo de que Dumbledore trate de quitarme mis memorias. —se quedaron un momento callados. —No quiero tener nada que ver con él de nuevo.
— Parece razonable. —el profesor Snape la miró un momento. Luego, volvió su mirada al hoyo de tierra mientras decía, con un tono de voz casi casual —¿No preferiría no recordar nada de lo sucedido?
—No lo sé. Todavía me hace sentir incómoda pensar en – en eso. —admitió. Los colores subieron a sus mejillas y ella desvió la mirada. Cambió el tema de conversación. La señora Malfoy lloraba en el hombro de su hijo, abrazándolo con fuerza. —¿Qué va a hacer ahora, señor?
—Abriré un negocio de pociones. Probablemente. —añadió Snape bastante rápido. Hermione asintió. —Quizás debería desaparecer. —murmuró el hombre, más para sí mismo que para ella. Hermione quiso preguntar, pero Snape fue más rápido cuestionándola a ella —¿Y usted, qué hará ahora que la guerra ha terminado?
—Buscaré a mis padres. Los mandé a Australia y quiero recuperarlos. —explicó ante la ceja alzada del que fuera su profesor.
Su conversación se cortó abruptamente. La señora Malfoy, con semblante digno y ojos enrojecidos e hinchados por las lágrimas, se acercó a ellos. Draco se quedó en el lugar que había ocupado su madre. Él miraba el interior de la caja fijamente, sin expresión en la cara. Hermione temió que fuera a llorar también, pero se contuvo.
—Buenas tardes, señorita. —le saludó Narcissa Malfoy. La bruja le tendió la mano, esperando recibir el saludo de vuelta.
—Buenas tardes, señora Malfoy. Soy Hermione Granger.
Narcissa Malfoy no le volvió a dirigir la palabra. No comentó nada desagradable, pero se veía en su cara que Hermione le caía mal por el simple hecho de ser hija de muggles. Se colocó al otro lado de Snape, dejándolo a él como una barrera entre las dos. No dijeron nada. La señora Malfoy se secaba las últimas lágrimas rebeldes de los ojos. Draco cerró el sarcófago por fin, sin esperar a que Hermione o Snape le mandaran sus últimos deseos al muerto. Seguramente Snape ya se habría acercado a verlo, y Hermione ya había comprobado que realmente estaba muerto, así que no había motivo para retrasarlo más. Después se fue a por los dos enterradores.
—Lucius… —escuchó Hermione murmurar a la señora Malfoy en un lamento. Bajaron la caja y después de un momento de silencio, empezaron a cubrirla de tierra.
—Lo siento, Narcissa. —dijo el profesor en voz baja. Hermione se quedó ahí quieta, sin atreverse a mover. Draco estaba al lado de su madre, sujetándola del brazo. Ninguno de los cuatro se miraba a los ojos, pues todos tenían la vista clavada en la lápida blanca de Lucius Malfoy.
—Mentiroso. —le recriminó ella. No había maldad ni odio en sus palabras.
—Como padrino de Draco, debo protegerle de todo mal. —su voz sonó automática, como si estuviera repitiendo una frase que había oído muchas veces. Hermione se refrenó a mirar.
—Lo sé.
Volvieron a quedarse en silencio. La señora Malfoy parecía más calmada, pues ya no se secaba los ojos ni respiraba entrecortadamente. Hermione parecía atada a su lugar, como si hubieran pegado sus pies al suelo. Su visión del mundo había cambiado drásticamente en el momento en que ese hombre que ahora descansaba bajo tierra la había encerrado en su sótano. Casi le agradecía el haberle enseñado la verdadera cara de Dumbledore, pero el resto de faltas, la agresión, hacía que se lo pensase de nuevo.
Los Malfoy, madre e hijo, se marcharon del cementerio despidiéndose con un hilo de voz. Hermione se mantuvo allí de pie, al lado del señor Snape. No parecía como si el hombre tuviera alguna prisa por marcharse; estaba tan absorto en sus pensamientos como ella. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo, recordándole que todavía podía sentir, y tenía frío. La capa negra de Snape cayó sobre sus hombros, sacándola de su ensimismamiento. Para cuando se dio la vuelta, el hombre ya se había ido, sin decir nada.
Hermione suspiró con fuerza, cogiendo la capa por los lados para que no se cayera al suelo. Resbalaba un poco por encima de su túnica negra. Miró un último momento la lápida de mármol blanco y la tierra húmeda delante de ella, y cerró los ojos. Lucius Malfoy estaba muerto, se repitió en su cabeza. Era momento de cerrar ese capítulo de su vida y moverse hacia delante. Lo que él le había hecho no volvería a repetirse, se dijo mientras desaparecía.
El cementerio quedó desierto, la última lápida en ser colocada yacía solitaria, clavada en la tierra.
Nota: Wow con Draco. Bueno, en este fic desde un principio él ha sido un imbécil, ya saben, lo típico de 'soy superior a ti por cuestiones de sangre' y toda esa patraña, pero él jamás se unió a los mortífagos - aunque podemos suponer que ha tenido que convivir con varios de ellos, incluida su familia - y eso es algo que le honra...
Además, a Draco no le agradó la idea de tener a Hermione Granger en su casa, en su sótano. La idea de su padre secuestrando a alguien no es agradable para Draco, menos después de ser juzgado - de nuevo - por ser mortífago y de librarse - de nuevo - de Azkaban. Uno pensaría que el hombre permanecería en un perfil bajo al menos un tiempo XD
La guerra ha cambiado a Draco, eso sí es cierto. Aún sin haber participado activamente en ella, Draco ha dejado de restregarle en la cara a todo el mundo lo rico y puro de sangre que es. Lo que no significa que no crea en ello de todas formas, ser superior a los demás es algo muy Malfoy XD
Narcissa sí que no ha cambiado. Sigue llena de prejuicios hacia los hijos de muggles; de hecho, ella hubiera preferido que Hermione muriera a quedarse sin marido, a pesar de que Lucius pretendía matarla - no personalmente, pero sigue siendo asesinato. Ella está enamorada de Lucius Malfoy, o más bien de su idea de Lucius.
Saludos,
Paladium
