Romper las cadenas

Capítulo 5

Hermione tardó unos días en decidirse. La capa de su antiguo profesor de Pociones estaba colgada de la percha de la entrada y Hermione no había vuelto a tocarla desde que la dejara allí, tras volver del funeral. Las cartas con Harry, Ron y Ginny habían empezado a ser cada vez más escasas. La incomodidad se podía leer en cada trazo de sus cartas y el contenido de las mismas le recordaba a Hermione a las que ella escribía para Harry el verano a quinto curso.

Ellos deseaban saber qué había pasado con Dumbledore. Todos deseaban saberlo, en realidad, pues no todos los días uno se encontraba a Dumbledore desarmado y en el suelo, indefenso. Cómo habían llegado a esa situación era algo que corroía por dentro a la Orden, junto con la misteriosa partida de Hermione y Snape. Incluso Ron había dejado entrever que ellos podían estar haciendo una alianza, pero realmente se estaba volviendo loco tratando de descifrar lo que había pasado.

Tampoco había tenido noticias de Draco. No las esperaba, de todas formas. Ahora mismo, estaban en ese momento en que hablarse era incómodo y no tenían realmente nada de lo que charlar. Aquel tiempo a solas le había venido bien para terminar de poner su vida en orden. Las facturas de la luz, el gas y el agua, junto con suministros para sobrevivir – no tenía nada en la nevera – y un mapa de Australia era a lo que se había dedicado.

Todavía pensaba en la mejor manera de comenzar a buscar. Wendell y Mónica Wilkins debían estar en algún lado, pero Australia era demasiado grande. Necesitaría tiempo para averiguar el paradero de sus padres, pero no lo tenía realmente. No pasaría más de un mes antes de que el poco dinero que tenía ahorrado se agotara. Tenía que buscar un trabajo, pensó, pero eso le quitaría tiempo para continuar la búsqueda.

Era frustrante verse en esa encrucijada, pero Hermione no iba a pedirle ayuda a nadie. No era que fuera orgullosa, que lo era, pero todos los que podían prestarle ayuda estaban en la Orden, y Hermione no quería saber nada más de esa organización o de su líder. Por supuesto que no iba a dejar de lado a Ginny, Ron y Harry, pero si Dumbledore estaba detrás de ella, podía utilizarlos – utilizar su deuda, si les pedía ayuda – para llegar a Hermione.

Hermione pensaba y pensaba. No estaba lista para retomar su vida como le había gustado: todavía no podía dedicarse a cambiar el mundo mágico para que dejara de haber tanta discriminación hacia las criaturas, los muggles y todos aquellos que eran diferentes. Aquello requeriría tiempo, y no le sobraba precisamente. Todavía tenía la cabeza hecha un lío cuando decidió devolver la capa a su dueño, pues este no parecía muy interesado en recuperarla personalmente.

Aquello le despejaría la mente, se dijo mientras desaparecía. Hermione esperaba que Snape viviera en Spinner's End, pues según la guía telefónica, era donde residía. No podía creerse su suerte al ver su nombre allí, en las páginas amarillas llenas de letras diminutas. Por supuesto, ella había mirado allí sin esperar que, de hecho, su nombre estuviera.

Apareció en la dirección que ponía en la guía telefónica. Por la ubicación, Hermione había supuesto que sería un barrio muggle, y había ido convenientemente vestida. La calle estaba desolada y sucia, y el sitio se veía deprimente. Casi le daban ganas de llorar, pensó Hermione recorriendo la calle, no le extrañaba que el profesor estuviera siempre tan taciturno. Llevaba la capa bien doblada en una bolsa de plástico, pues no le había parecido buena idea llevarla al descubierto.

Hermione paró frente a la casa. Observó a su alrededor, mirando con ojo crítico la arquitectura y la fachada. Aquella vivienda era igual que el resto, no se diferenciaba un ápice de las que yacían a su lado, en una hilera. Los ladrillos estaban desgastados y las ventanas sucias y grises parecían mimetizarse con el propio muro. Hermione suspiró, esperando que la persona a la que buscaba estuviera allí. Se acercó y llamó a la puerta con los nudillos.

—Señorita Granger. —Snape abrió la puerta un poco, mirándole desde ahí. Luego, abrió del todo y se hizo a un lado, observando a sus espaldas, como si temiera que les vieran. Hermione entró, pasando por el estrecho pasillo hasta el salón, a mano derecha. —¿A qué debo el placer de su visita? —su tono sonó algo sarcástico, pero no era hiriente. No todavía, pensó Hermione.

—Venía a devolverle la capa, señor. —Snape se sentó en el sillón, y Hermione supuso que su sitio estaba en el sofá. Se sentó allí, temiendo que se destrozara de solo tocarlo. El sitio era terriblemente viejo. Dejó la bolsa con la capa en la otra pieza de sofá. —Me la dejó en el funeral y –

—Sé lo que hice, señorita Granger. No hace falta que me lo recuerde. —de nuevo, era grosero pero seguía sin querer echarle activamente de la casa.

Hermione miró a su alrededor, detectando una publicación de una revista de pociones encima del Profeta de esa mañana. Las paredes estaban forradas de libros de cuero negro o marrón, y aunque el lugar donde vivía era claramente muggle, en esa casa no parecía haber ningún aparato electrónico. Hermione no hizo ningún comentario sobre eso. El silencio era algo incómodo, pero si Snape lo consideraba igual que Hermione, no parecía querer esforzarse por romperlo. Hermione preguntó:

—¿Empezará el negocio de pociones del que me habló? —Snape hizo un gesto con la cabeza, bastante ambiguo. Hermione decidió insistir: quizás si él abría una tienda de pociones ella podría trabajar allí. Ya se conocían, así que Hermione creía que tendría más flexibilidad que en otros lados, y en el mundo mágico siempre pagaban mejor que en el muggle: el cambio de la moneda ya era suficiente para alcanzar esa diferencia. —Ahora parece un buen momento, con todos esos negocios cerrados en el callejón Diagon.

—Realmente quiere que abra un negocio de pociones. —dijo finalmente Snape. Parecía sorprendido por su actitud, y a Hermione no le pareció raro. Decidió explicarle, sintiéndose mal al intentar aprovecharse de otro:

—Estaba pensando en que podría ayudarle. Necesito dinero para mantenerme, pero me gustaría buscar a mis padres, así que no puedo trabajar a tiempo completo.

—¿Qué le hace pensar que necesito ayuda? ¿Que requiero de usted? —Hermione frunció el ceño. El tono que había usado era bastante neutral.

—No he dicho que requiera específicamente de mí. Tan solo me ofrecía. Hemos trabajado juntos antes y no recuerdo que fuera una mala experiencia, al menos no para mí.

Se quedaron en silencio de nuevo. Hermione se removió un poco en su sitio, pensando en lo desconsiderado que era Snape. Ni siquiera le había ofrecido una bebida, gruñó para sus adentros. Y ella realmente la necesitaba: tenía la garganta seca y la boca pastosa. Se removió un poco más y Snape pasó su mirada de la sucia ventana a ella, casi por primera vez. Sus ojos eran como pozos sin fin, huecos e inexpresivos.

—No tenía pensado instalarme en el callejón Diagon. —dijo por fin. Ella le miró y finalmente tuvo el coraje de decir:

—¿Podría tomar agua antes de continuar? —él asintió, mirando la mesita desolada que había en el centro de la habitación como si se acabara de acordar.

—Traeré algo de beber.

Snape se marchó a la cocina. Hermione lo vio trastear allí, pero en seguida dejó de mirar, pensando que era de mal gusto espiar al anfitrión. Cogió la revista de pociones, ojeándola. El profesor regresó, llevando una bandeja muy antigua en las manos. La dejó en la mesa y le dio a Hermione un vaso de agua. Volteó las dos copas que había y sirvió un poco de vino en las dos; luego cogió una y bebió un sorbo.

—No suelo tener visitas, como ya ha adivinado. —Snape hizo un gesto con la mano que sostenía la copa de vino, señalando la habitación. Hermione asintió, sin darle mayor importancia. Bebió el vaso de agua, lo dejó en la mesa y, sin coger su copa de vino, dijo:

—Entonces, ¿no piensa abrir en el callejón Diagon? —retomó la conversación Hermione.

—Si me decido a hacer un negocio de pociones, no quiero vender pócimas contras resfriados y toda esa basura. —respondió francamente Snape. Ella asintió.

—Un sitio especializado. —Snape bebió un sorbo de su copa, y Hermione tomó eso como una afirmación. —¿Tiene alguna idea?

—Dublin parece un buen sitio.

—¿Por qué Dublin? ¿No está muy lejos?

—Esa es la idea. —de nuevo respondió con franqueza. —No quiero tener que ver a adolescentes hormonados ni a antiguos enemigos.

—En Londres tampoco tendría que verlos. Y sería más céntrico. Si además se sitúa cerca del callejón Diagon, tendrá más posibilidades de éxito.

—Parece que tiene todo pensado. —comentó él. Hermione no dijo nada, sin saber qué contestar a eso. —De todas formas, no tengo dinero para eso, así que sus ideas caen en saco roto. —concluyó Snape.

Hermione trató de reprimir la pregunta del millón: ¿cuánto dinero tenía Snape? ¿Tan mal pagaban en Hogwarts? Lo de ser maestro debía de ser por amor al arte, pensó ella, pues si Snape vivía en aquella casa horrible y no tenía tampoco mucho dinero… Hermione siempre había pensado que por poco que pagaran en Hogwarts, estar todo el año en el colegio compensaba. Aún así, Hermione no iba a comentar nada.

—¿No podría pedírselo a los Malfoy? —la ceja alzada de Snape, escéptica, le hizo saber que eso que acababa de decir era una estupidez.

—¿Por qué no va usted a pedirle el dinero que necesita a Potter?

Se quedaron en silencio. Hermione no iba a contestar a su pregunta, que ahora sí, tenía un tono malicioso, y sabía que Snape tampoco respondería la suya. No que el hombre estuviera esperando que ella respondiera, se fijó Hermione. La mirada de él volvía a estar en la ventana. Hermione se preguntó qué vería, pero no se atrevió a formular la pregunta en voz alta.

—De cualquier manera, si encuentra un trabajo en el que yo podría calificar, avíseme, por favor. Todo lo que veo son puestos de dependienta a jornada completa o trabajos demasiado especializados.

El profesor Snape asintió, bebiendo un poco más de su vino. Hermione suspiró y se levantó finalmente, dando por terminada la charla. Snape la acompañó hasta la puerta, aunque ninguno de los dos dijo nada, ni siquiera una despedida breve. Hermione se desapareció, sin creer que Snape la avisaría si encontraba algo interesante para ella. Bueno, a fin de cuentas el Profeta lo leían los dos.


Nota: Ufff, qué incómodo XD

Saludos,

Paladium