Romper las cadenas
Capítulo 6
Una semana después Hermione se encontró en casa del profesor Snape, de nuevo. Parecía haber aclarado su mente acerca de su trabajo y había empezado a tomar encargos de pociones, sobre todo cosas de San Mungo. Le había ofrecido un puesto a Hermione, seguramente viendo los beneficios que podía sacar de aquella alianza. Ella sabía que aquella era una ocasión que no se presentaba dos veces en la vida: sin la maestría en Pociones, no podía tomar esos encargos y sacarse un dinero.
Pero claro, en realidad San Mungo no sabía que Hermione estaba haciendo una parte de las pociones que recibían de Snape. El contrato que el hombre le había enseñado al cuestionarle precisamente eso lo dejaba bien claro: no tenía por qué hacer él mismo las pociones, tan solo supervisar que todo estuviera bien. De cualquier forma, Snape había sacado pergamino y pluma y había redactado un contrato para ella, un contrato satisfactorio, pues ganaba un cuarenta por ciento de los ingresos y trabajaba sólo cinco horas, por las noches, además de ir a comprar los ingredientes con el presupuesto que les daba el hospital.
Hermione debía admitir que era extraño. Acudir cada noche a Spinner's End, lúgubre y siniestra como debía de haber sido por siglos, y trabajar de nuevo codo con codo con el profesor Snape no era algo que ella había pensado que terminaría haciendo. Al principio se le había antojado extraño que él la citara para trabajar en su casa, pues ella suponía que era un hombre reservado. Luego se dio cuenta de que sí, era reservado, pero aquella casa parecía para Snape tan impersonal como un laboratorio.
Eso, o el hombre tenía muy pocas posesiones. Snape le había instruido para que no tocara sus libros o entrara en el dormitorio principal, y eran las únicas prohibiciones que Hermione tenía. El sótano, que era donde trabajaban, era un lugar amplio que parecía haber sido habilitado para trabajar con Pociones. A veces se quedaba a cenar, y esos días, Hermione miraba atentamente todo lo que le rodeaba. La cena solía ser su descanso entre horas de trabajo, aunque no siempre lo tenía, pues a veces se ensimismaba haciendo las pociones y perdía la noción del tiempo.
—¿Cómo va la búsqueda de sus padres, señorita Granger? —preguntó Snape. Estaban sentados en la cocina, comiendo una mísera tortilla.
—Progresa adecuadamente. Creo que mis padres podrían estar en Queensland.
—¿Una ciudad?
—Más bien una región.
Se quedaron en silencio de nuevo. Hermione se preguntó si Snape seguiría trabajando en los encargos cuando ella se iba, terminada su jornada laboral. Él ciertamente tenía pociones empezadas cuando ella llegaba. Tenía curiosidad porque no lo veía. Snape no hablaba gran cosa, salvo para preguntarle cómo iba la búsqueda de sus padres, aunque tampoco era muy vocal en ello, y todo a su alrededor parecía vacío, como si no guardara memorias. Aquella casa era vieja, muy vieja. Probablemente Snape se había criado allí, pero no había nada, absolutamente nada para acreditarlo.
Había hablado también con Draco. No de Snape, por supuesto. Él había venido a visitar a su padrino y los dos jóvenes se habían puesto a hablar acerca de los últimos sucesos. Draco estaba secretamente preocupado por posibles represalias por parte de los mortífagos que quedaban en libertad. Le preguntó por sus amigos, por la Orden del Fénix, pues quería saber si estaban haciendo un esfuerzo real por atraparlos.
Todavía no habían cazado a ninguno. Los asesinos mantenían un perfil relativamente bajo, atacando alguna tienda para obtener suministros y poco más. Draco creía – y Hermione estaba de acuerdo con él – que los mortífagos leales buscaban a los traidores. Malfoy no sabía quiénes eran realmente importantes como para considerar su traición un insulto, pues de nuevo, se repitió Hermione, Draco no había sido mortífago.
Luego estaba el asunto de la traición. Realmente no era traición, había sido igual que en la primera guerra: un montón de mortífagos diciendo que les habían obligado, que se encontraban bajo los efectos de la maldición imperius. Y tal y como había pasado entonces, con unas pocas lágrimas de cocodrilo y otro poco de dinero, muchos habían escapado de Azkaban, reinsertándose en la sociedad como hombres y mujeres de bien. Lucius Malfoy había hecho eso mismo, por eso Draco estaba preocupado.
Independientemente de si su teoría era cierta o falsa, la realidad era que aquellos seguidores de Voldemort que le habían dado la espalda estaban muriendo. Por lo que Hermione sabía – lo que leía en el Profeta – sus muertes no habían sido rápidas. Desmembramientos, caras irreconocibles y tortura hasta la demencia eran algunos de los medios que los asesinos utilizaban antes de dejar la Marca en el cielo.
—¿Cree que irán a por usted? —preguntó Hermione tras un rato de silencio. Tomó su último trozo de tortilla mirando fijamente a Snape. Él le devolvió la mirada si dejar translucir nada.
—Eventualmente. Me sorprende que todavía no me hayan hecho una visita. —Snape sabía de lo que hablaban, se fijó. ¿También estaba pensando en eso? Para lo cruel que era el destino de las víctimas, él parecía bastante tranquilo, como si hablara del tiempo.
—Si vienen, ¿usted peleará? —se sorprendió a sí misma preguntando. Él esbozó una sonrisa algo siniestra.
—Depende. No me meto en peleas que no puedo ganar.
Hermione asintió. Sabía que por estar en esa casa estaba en peligro, pero aún así seguía acudiendo. Ron había tratado de detenerla, Harry había ofrecido su dinero, una casa segura, pero Hermione los había rechazado a todos. No creía que estuviera en mayor peligro en Spinner's End de lo que estaba en su casa, y aunque su hogar tenía buenas protecciones, podía sentir que las de la casa de Snape eran un poco mejores. Bueno, él tenía más experiencia, había pensado Hermione.
Las cosas con sus amigos no iban del todo bien. Hermione les había contado todo lo sucedido en esos últimos días, incluido su nuevo trabajo y esa especie de amistad incipiente con Draco; y ellos tan solo le habían repetido una y otra vez que lo dejara todo, que volviera con ellos. Era frustrante que le dijeran que todo lo que había hecho desde que dejaran de verse estaba mal. Ellos no conocían a Draco de la misma forma en que Hermione lo conocía (aunque ella no se jactaba de saber lo que pasaba por su cabeza), tampoco entendían que Snape había estado de su parte desde el principio.
Harry y Ron, mayormente, la molestaban. Ellos no sabían nada, pero tenían que meter su nariz en los asuntos de Hermione, en vez de dejarla tranquila y apoyarla. O no decir nada si no se veían con ganas de fingir un poco de felicidad. Draco no era malo – vale, quizás no tan malo – y el profesor Snape no iba a trocearla para usarla como ingredientes para sus pociones. Ellos no entendían, se repitió de nuevo. Tampoco querían esforzarse en entenderlo, añadió un momento después, algo amarga.
—¿Se encuentra indispuesta? —preguntó Snape, salido de la nada. Hermione levantó la mirada de su plato. El hombre se levantó, recogiendo la mesa.
—No, no, estoy… Estoy bien. —se quedaron callados un momento y cuando bajaron al sótano de nuevo, Hermione finalmente se atrevió a quejarse —Son mis amigos, Harry y Ron, sobre todo. Me ponen de los nervios diciéndome en sus cartas lo malvados que son Draco y usted.
—No esperaba menos de ellos. Diría que es típico de Gryffindors, pero sin embargo, usted está aquí. —Hermione le miró, levantando la vista de su caldero. Snape continuó su trabajo, ignorando su mirada. —Quizás sea usted la oveja negra de Gryffindor.
—No creo ser tan diferente a los demás.
—Gryffindors y Slytherins se odian. Es la verdad y no puede negarlo. —aseguró Snape.
—Usted es también una oveja negra de Slytherin. —replicó Hermione. Volvió a su poción.
—Eso ya lo era antes de que usted naciera. —Hermione le lanzó una mirada confusa. Snape la miraba a los ojos cuando dijo —Jamás traicionar al Señor Oscuro, señorita Granger. Entonces, esa era una verdad Slytherin. Aunque no te unas a la causa, jamás la traiciones.
—Hizo lo correcto. —se vio obligada a decir. El otro bufó, casi divertido.
—¿Usted cree? Si no los hubiera traicionado, ahora ya tendría todo listo para ser el siguiente Señor Oscuro. —Hermione reprimió una risa al recordar las tonterías que había escupido Dumbledore en su confrontación. El hombre hacía alusión a eso mismo con un tono burlón. —Ahora tengo que buscar seguidores. —se quedaron en silencio. Luego, con voz seria, Snape preguntó —¿Dónde cree que pueda encontrarlos?
—¿En serio?
—¿No tiene curiosidad por saber cómo comenzó la leyenda? —Snape no la miraba. Su tono era ligero, pero Hermione no sentía que el tema de conversación fuera el adecuado. Aún así, no le cortó. —¿Cómo un mestizo huérfano consiguió que tantos magos mataran y murieran por él?
—Harry me contó un poco. —admitió Hermione. Ella no había visto nada de primera mano, pero Harry les había contado todo cuanto sabía a Ron y a ella. —Riddle parecía tener sus encantos. Carisma, sobre todo. Encandilaba a la gente con una sonrisa y las palabras adecuadas.
—Cuando yo lo conocí, no quedaba nada de ese Riddle del que habla. —murmuró Snape. Hermione lo miró fijamente. —Oh, pero las palabras… Siempre tenía las palabras adecuadas para quitarte las ideas tontas de la cabeza.
Se quedaron en silencio. Hermione no había esperado que Snape hablara de sus días de mortífago; ni siquiera trabajando para la Orden, con la guerra rugiendo detrás de las ventanas, él había dicho nada. Quizás entonces no eran tan cercanos como en esos momentos, aunque Hermione no calificaría a Snape como amigo. El antiguo profesor no dijo nada más, y la conversación murió. Pronto, Hermione recogería su capa de viaje del sofá donde la había dejado y se marcharía a casa a descansar.
