Romper las cadenas
Capítulo 8
Los primeros rayos del alba la hicieron despertar. Hermione había pasado la noche en duermevela, despertándose a cada rato con el corazón latiendo fuertemente. Cada vez que había abierto los ojos, Snape continuaba allí, inmóvil pero sin dormir. Los mortífagos no había vuelto a dar señales de vida y su compañero no había hecho amago de moverse.
—A las ocho nos iremos. —dijo Snape mirando la hora con un hechizo tempus. Quedaba media hora más o menos para las ocho.
—¿Adónde vamos?
—A desayunar. —Snape la miró como si su respuesta fuera obvia. Hermione no pudo evitarlo y preguntó:
—¿Los vampiros también comen?
—Podemos, aunque no es necesario. —explicó. —La comida humana nos mantiene sanos y saludables. —Hermione asintió y se reprimió de comentar que el aspecto de Snape no era realmente saludable, ni nunca lo había sido. —Hay un pueblo muggle donde podríamos aprovisionarnos.
—De acuerdo, iré transformando mis ropas en algo más normal.
A las ocho, Hermione y Snape partieron a ese pueblo muggle del que había hablado el segundo. Gracias a unos cuantos hechizos, las ropas de ambos parecían mucho más muggles que antes, e incluso pasaban por unos tipos de ciudad. El pueblo muggle al que fueron era pequeño; sólo tenía una cafetería, en la plaza mayor, y la mayoría de sus habitantes eran ancianos que pasaban su rato sentados en las puertas de sus casas, mirando al resto ir y venir.
Snape pagó por el desayuno con el dinero que había cogido el día anterior de su casa, antes de irse. Pasaron bastante rato en la cafetería, comiendo en silencio. Snape había cogido el periódico de ese día y Hermione encontró el noticiario de otra editorial entre revistas viejas. No había ninguna pequeña pista de que algo hubiera sucedido en el mundo mágico. Lo siguiente y último que hicieron en ese pueblo muggle fue comprar provisiones para el resto del día en una tienda de ultramarinos.
—¿Siguiente destino? —preguntó Hermione, llevando una de las bolsas en la mano.
—Tú también puedes sugerir sitios, ¿sabes? —le reprochó Snape. —Porque si no, vamos a acabar visitando más casas como la de los Bones.
—Vale, vale, no te enfades. —Hermione levantó una mano en son de paz. Caminaban hacia el final del pueblo. —El único sitio que se me ocurre es el Bosque de Dean. —dijo finalmente. —¿Y no deberíamos acudir al Ministerio de Magia o a alguien que nos proteja?
—No parece buena idea. —respondió inmediatamente Snape. Un par de ancianos les miraron meterse en un recodo del camino, escondiéndose para la aparición. —Adelante, Hermione. Llévanos a ese bosque.
Snape le tendió su brazo como si fueran a entrar a un baile juntos. Hermione colocó su mano allí y miró a su alrededor. No había nadie mirando. Finalmente, cerró los ojos, apretó el brazo de Snape y los llevó al Bosque de Dean, donde había estado con Harry y Ron antes del Torneo de los Tres Magos, viendo el final de la Copa Mundial de Quidditch. Hermione sintió el crujir de las hojas de los árboles bajo sus pies, abrió los ojos y soltó el brazo de Snape.
—Severus. —le llamó por su nombre al ver que el hombre se alejaba un poco, mirando a su alrededor. En seguida, él frunció el ceño y la miró. —¿Qué problema hay con acudir al Ministerio?
—Es lo que esperan que hagamos. —el profesor movió su varita en el aire y volvió a transformar sus ropas. Hermione le imitó. —Tendrán a alguien vigilando las entradas al Ministerio y Grimmauld Place.
—Bellatrix no puede tener a tanta gente.
—De hecho, sí la tiene. Salvó a unos cuantos carroñeros de las garras del Ministerio. —Snape pasó el peso de su cuerpo de un pie a otro. —¿Caminamos?
—Los mortífagos están acabados. —refunfuñó Hermione, comenzando a andar en una dirección. Snape la siguió, poniéndose a su lado. —Voldemort ya no existe, Harry lo destruyó para siempre hace tres meses o más.
—Bellatrix no parece recordar ese pequeño detalle. —se burló Snape con cantidades ingentes de sarcasmo. Hermione bufó. —La señora Lestrange está loca, ¿qué es lo que no entiendes? Ella es fuerte y está ida de la cabeza, los que la siguen son todos esos que, o quieren seguir peleando, o saben lo que les espera si se entregan.
—Pero tiene que haber una forma de llegar al Ministerio. Si entramos, Bellatrix no podrá atacar sin quedarse encerrada.
—¿Y una vez dentro, qué? ¿Cuál es tu plan?
—¡No lo sé! —gritó Hermione, furiosa.
Caminaron otro rato más en silencio. El bosque estaba vacío, pues la época ideal para acampar era verano y en esos momentos hacía frío. Un viento suave mecía las copas de los árboles, haciéndolas crujir. Las hojas secas y rojizas se arrastraban por el suelo, rompiéndose al ser pisadas por los dos magos. Hermione se forzó a tranquilizarse mirando el paisaje bucólico. Agradecía que Snape no le hubiera respondido con más gritos o se habrían enzarzado en una pelea verbal.
—Vamos a descansar. —sugirió Hermione, señalando un tronco caído que podía servirles de banco. —¿Tú crees que podrías enseñarme Pociones? —preguntó finalmente una vez se acomodaron.
—He estado enseñándote Pociones durante siete años.
—Lo sé. —Hermione rodó los ojos. —Me refiero a la maestría.
—¿Para qué querrías una maestría en Pociones?
—Porque me gustaría dedicarme a eso. —Hermione se estiró un poco, poniéndose más recta. —Después de haber conseguido que los elfos domésticos sean mejor tratados, por supuesto. Pero creo que puedo trabajar en ambas cosas a la vez.
—Deberías ser capaz de sacar tu maestría sola. —repuso Snape. Hermione le miró con algo de horror:
—¿Sola? Pero si dicen que una maestría es muy difícil sacarla sin un tutor.
—Sólo es seguir instrucciones y estudiar. Creo que eso puedes hacerlo. —Hermione frunció el ceño. Se había informado acerca de las maestrías en las diversas disciplinas del mundo mágico que le interesaban, y todas ellas parecían muy difíciles. Había preguntado por Hogwarts, por supuesto, y todos le habían recomendado estudiar muy duro, esforzarse mucho y encontrar un tutor decente. Decían que el tutor ayudaba bastante, sobre todo con las dudas y el seguimiento de sus estudios. —No es nada que la sabelotodo no pueda afrontar.
—No sé si intentas animarme o te estás burlando de mí. —gruñó Hermione. —De todas formas, ¿tan fácil te pareció tu maestría?
—Yo estudié mi maestría haciendo venenos para el Señor Oscuro. —confesó Snape. —Eso ayudó bastante, tengo que admitirlo. Si quieres una experiencia similar, puedo dejarte las pociones más complicadas a ti.
Hermione asintió, apoyando el codo en la rodilla y la barbilla en la palma de la mano. Aquello era lo más que conseguiría de Snape como ayuda para su maestría. Ella no se sentía realmente segura de poder sacarla adelante sin un tutor, pero quizás podía aprovecharse y usar a Snape como tutor sin que él lo supiera, mientras trabajaban en sus pociones. Aún así, antes que todo eso, Hermione quería encontrar a sus padres. Miró las manos del profesor temblar de reojo.
—¿Necesitas comer? —preguntó Hermione, armándose de valor. Antes no había parecido molesto porque le hiciera preguntas sobre su condición, pero Hermione sabía que aquellas cosas eran algo íntimas.
—Hábil deducción. —murmuró Snape. Escondió sus manos entre los pliegues de la capa de viaje con mala cara. Hermione volvió a mirar al frente.
—¿Quieres mi sangre? —volvió a preguntar. Snape gruñó, sin decir nada, y se quedaron en silencio. —¿Qué vamos a hacer? No podemos estar huyendo siempre.
—Creo que esta noche podemos aventurarnos a la ciudad. Saber qué ha pasado.
—Podemos ir a mi casa. —sugirió Hermione. Snape asintió, aceptando su idea.
El resto del día lo pasaron en silencio. Comieron en el Bosque de Dean, sentados en el tronco caído, y luego continuaron andando un rato más. Hermione empezó a preocuparse por su compañero poco antes de que el crepúsculo cayera sobre el bosque. Snape temblaba de forma notable, ya no tan discreto como antes. Pararon en otro lugar, frente a un árbol grueso y alto, y Hermione se tumbó un rato a descansar.
La luna salía en el cielo sin estrellas cuando Hermione los llevó al pueblo donde vivía, en las afueras de Londres. Los apareció en el lugar habitual, un callejón oscuro a dos calles de distancia de la casa de Hermione. Al instante, sintió que había algo raro. Miró a Snape, como confirmando sus sospechas: ¿los vampiros tenían los sentidos más agudizados? Él había captado la presencia de mortífagos en Spinner's End mucho antes que Hermione. Sacaron las varitas.
—Esto me da mala espina. —murmuró Hermione, saliendo a la calle principal. Snape asintió a su lado, dándole la razón. Las farolas alumbraban la calzada asfaltada. La casa de Hermione podía verse desde allí, haciendo esquina con otra calle. —Muy mala espina.
Snape gruñó cuando se acercaron un poco más a la casa. Hermione miró atrás: había dos hombres fumando en la acera, mirándoles muy fijamente. Se acercó un poco más a Snape, señalándole disimuladamente los dos sujetos sospechosos. Ellos se levantaron, tirando sus cigarros y pisoteándolos, y comenzaron a caminar en la misma dirección que Hermione y Snape.
—Carroñeros. —murmuró Snape de repente. Su mano le agarró del brazo y en un momento, desaparecieron de allí. —Estaban vigilando por si veníamos.
Hermione miró a su alrededor. Estaban en otro callejón oscuro, pero las luces de neón de los anuncios que había fuera iluminaban el sitio a intervalos. Olía mal, como si la basura se hubiera acumulado. Había un contenedor metálico al fondo, del que sobresalían las bolsas de basura negras. Hermione se tapó la nariz, sintiendo una arcada cuando el hedor se coló por sus fosas nasales. Caía una fina lluvia sobre ellos y el cielo estaba encapotado, cubierto de nubes. La luz de una salida de emergencia alumbraba un poco, aunque parecía a punto de fundirse.
—¿Qué hacemos? —preguntó Hermione. Se sentía como un disco rayado, pero Snape no era capaz de darle una contestación satisfactoria.
—Ponte algo muggle y muévete. —Snape volvió a transformar su ropa, saliendo del callejón. Hermione le siguió, imitándole.
—¿Pero qué hacemos? —insistió, frustrándose. La lluvia empezaba a calarle.
—No lo sé, ¿de acuerdo? —paró Snape, enfadado. Un par de muggles les miraron antes de continuar su marcha. —Yo necesito alimentarme.
Hermione bufó, enfadada, pero le siguió. No sabía si estaba molesta con Snape o con ella misma… O con los mortífagos. Ya no lo sabía. Quería saber qué era lo que pretendía Snape dándose a la fuga de esa manera, qué iban a hacer, cuándo terminaría ese viaje inesperado o cómo contactar con Harry, Ron y Ginny para obtener ayuda. Quizás ir a Grimmauld Place era la mejor opción, aunque Dumbledore estaría allí.
Los pasos de Snape les dirigieron al extrarradio de la ciudad, hacia un banco de sangre. No llegaron a acercarse mucho, pues los mortífagos parecían haberles seguido y los encontraron a una manzana de distancia. Hermione reconoció a Dolohov y McNair a la vanguardia, y por suerte para los fugados, Bellatrix no estaba. Todavía había bastantes mortífagos, pero parecía que faltaban un par de los que habían visto en Spinner's End.
Snape la desapareció conjuntamente antes de que Hermione alcanzara a lanzar la primera maldición o los mortífagos pudieran acorralarlos. Aparecieron en otra parte de Londres, en el centro, cerca del teatro al que los padres de Hermione solían llevarla de pequeña. La chica boqueó un par de veces, sorprendida por la desaparición, y esa vez, Snape no le soltó el brazo. La arrastró por las calles, mirando atrás cada poco rato.
—Deberías tomar un poco de sangre. Te ves fatal. —dijo Hermione. Snape gruñó, no queriendo hablar realmente del tema. —Además, si tomaras sangre, ¿no serías capaz de derrotar a esos mortífagos? Quiero decir, si Dumbledore te considera una amenaza, será por algo.
—Cállate, Granger. —Snape giró a la derecha. —Incluso si pudiera con los mortífagos, dudo que pudiera protegerte a ti mientras tanto. Y no estoy diciendo que pueda con ellos.
—¿Y qué vamos a hacer, sino? —se desesperó Hermione. —Si no te alimentas pronto, acabarás dejándome seca en un accidente. Y obviando eso, a largo plazo nuestras únicas opciones son pedir la protección de alguien más o terminar con nuestros perseguidores.
—No pienso pedir la protección de nadie. —espetó Snape. —Si quieres, te dejo en Grimmauld Place.
—Podemos hacerlo. —dijo Hermione. —Sé que el plan puede funcionar.
—¿De qué plan hablas ahora? —Hermione lo empujó a un callejón solitario y le hizo parar.
—Vamos a mi casa, te doy un poco de mi sangre y peleamos contra los mortífagos.
—No es una buena idea. ¿Crees que puedes pelear mientras te desangras?
—Me puedo beber una poción reabastecedora de sangre. ¿Todavía te quedan, no?
Snape no alcanzó a contestar. El barullo habitual del centro de Londres comenzó a escalar, llenándose de gritos. Los mortífagos habían llegado, pensó Hermione. Prestaron atención un momento, y luego ella decidió por los dos. No iban a ir a Grimmauld Place ni al Ministerio. Agitó la varita, mandando un patronus a Harry. Con unos cuantos refuerzos, su plan sería exitoso, determinó Hermione. Transformó sus ropas de nuevo, pues se sentía incómoda con aquella falda muggle, y agarrando el brazo de Severus, se desapareció, sin darle tiempo a quejarse.
