Romper las cadenas

Capítulo 9

Hermione tironeó del brazo de Severus, sacándolo del callejón en el que habían aparecido un rato antes. Corrieron por la calle principal con las capas revoloteando detrás de ellos. Los dos carroñeros continuaban allí, sentados en la puerta de su casa. Hermione no se lo pensó dos veces, aturdiendo al primero antes de que tuvieran ocasión de sacar la varita. Snape se encargó del segundo mientras ella atravesaba el dintel de la puerta.

—Granger… —la llamó Snape entrando en su casa. Hermione encendió las luces con un pase de varita y dejó la capa colgada en la percha del vestíbulo. —No es buena idea.

—Cierra la puerta, por favor. —le indicó ella. Snape le dio un golpe con el pie, dejando que se cerrara. —Y claro que es buena idea.

—Nunca he bebido de alguien. —le explicó. Hermione pasó por delante del salón, donde estaba colgado el mapa de Australia con todas las pistas que había conseguido recoger. Snape la siguió, escaleras arriba.

—Estoy segura de que podrás hacerlo. —confió ella. Estaba nerviosa, para qué negarlo, pero eso no ayudaría a convencer a Snape. —No tenemos puerta trasera que defender, así que deberíamos esperar un ataque desde el frente. —continuó Hermione. Snape gruñó.

—Podría matarte.

—Confío en ti. Sé que no lo harás. —dijo Hermione, reaccionando con rapidez. Snape parecía incómodo; la primera vez que ella había visto a Severus genuinamente incómodo. Se mordió el labio, entrando en su cuarto y sentándose en la cama. —¿Me tumbo?

—Granger, de verdad, no es –

—Mi nombre es Hermione. —repuso, interrumpiéndole. —Deja de preocuparte, no me pasará nada. —Snape volvió a gruñir, mirando por la ventana. Se oía ajetreo al final de la calle. —No tenemos mucho tiempo. Déjame una poción reabastecedora de sangre en la mesilla. ¡Severus! —la llamó, viendo que no le hacía mucho caso.

—Maldita sea, Granger.

—Hermione. —le corrigió ella. — Y me parece que ya no tenemos elección.

Snape gruñó de nuevo. Ya no se cubría las manos, así que Hermione pudo verlas temblar. Tragó saliva, nerviosa, y se tumbó en la cama. Severus dejó la poción en su mesilla a regañadientes mientras Hermione se retiraba el pelo del cuello y desabrochaba su ropa un poco. Tenía la piel fría y húmeda por la lluvia. Los gritos se oían cercanos cuando Snape se alzó sobre ella, apoyado en la cama, y la tomó de los hombros.

Sus manos se sentían heladas sobre la piel de Hermione cuando se colocaron en su nuca, sujetándole la cabeza. Se miraron un momento con fijeza y Hermione asintió, lista para empezar. Los labios finos y pálidos de Severus se abrieron. Hermione vio los dientes amarillentos y torcidos del hombre, y sus colmillos comenzaron a crecer. Luego, como si tuviera miedo de hacer demasiada presión y romperla, Severus acercó su cara al cuello expuesto de Hermione y mordió.

Sintió un pinchazo de dolor donde él había mordido. Los colmillos habían perforado su piel y el resto de sus dientes rozaban contra el cuello. Severus comenzó a tumbarla de nuevo, aunque Hermione apenas se dio cuenta. La habitación comenzaba a oscurecerse, o quizás era la visión de Hermione yéndose a negro. Jadeó, sintiendo de nuevo dolor en el cuello, y cerró los ojos, respirando con dificultad.

Una redoma fría se apoyó contra sus labios. Hermione abrió la boca inmediatamente, aceptando la poción reabastecedora de sangre. Podía oír su corazón en los oídos, latiendo muy fuerte. Una lengua húmeda y caliente recorrió su cuello, justo en la zona en que le dolía, y dejó tras de sí una sensación de cosquilleo. Hermione suspiró, escuchando pasos alejándose de la habitación y los gritos de Bellatrix Lestrange de fondo.

Abrió los ojos, escuchando el ruido de cristales romperse, y se levantó con rapidez, abrochando su túnica y camisa con un movimiento de varita. Estaba mareada y el mundo le daba vueltas. Sujetó la varita a la altura del pecho, enfrentando la puerta cerrada. Sentía un hormigueo en las puntas de los dedos. La voz de Harry resonó por la casa, por encima de los ruidos que producía el duelo que se estaba llevando a cabo en el piso de abajo. Hermione sonrió: al menos habían llegado los refuerzos.

Consiguió levantarse después de mucho esfuerzo. Caminó hasta la puerta con pasos lentos e inseguros e intentó girar el pomo. No se podía. Puso un poco más de fuerza en su mano, sin creérselo, y luego utilizó la varita. Hermione boqueó un par de veces, antes de ir a sentarse de nuevo a la cama, algo indispuesta. Severus la había dejado encerrada en su propia habitación, en su casa. ¡Qué descaro!

Miró por la ventana de forma discreta, cubierta por un manto de oscuridad. Tenía una vista clara de lo que sucedía en la calle frente a su casa. Harry y Ron peleaban contra un par de gorilas enmascarados – Crabbe y Goyle seguramente – al principio de la calle. Severus estaba delante de la casa, peleando contra Bellatrix. En medio, tirados descuidadamente en la calzada, había varios mortífagos, algunos de ellos con sogas a su alrededor. No podía distinguir si habían matado a alguno.

Snape cortó el aire con su varita y Bellatrix gritó cuando su maldición le alcanzó. La sangre saltó por todos lados mientras la mortífaga demente caía al suelo, derrotada. Hermione sintió una arcada subirle desde el estómago al ver toda la sangre que había en la calzada, refulgiendo a la luz de las farolas. La señora Lestrange estaba definitivamente muerta, creía Hermione, nadie podía sobrevivir con semejante pérdida de sangre.

Se escucharon unas detonaciones al final de la calle y Hermione reconoció la distintiva cabellera de Ginny correr hacia ellos. Sirius y Lupin corrían detrás de ella, seguidos por un renqueante Alastor Moody. Sin embargo, el combate ya había acabado. Crabbe y Goyle se rindieron, viendo que estaban en minoría, y Hermione dejó de mirar, sentándose de nuevo en el borde de la cama.

No había pensado en Harry, Ron, Ginny y el resto de la Orden cuando había trazado su plan, y en esos momentos, podían llegar a ser un problema. Si no querían revelar el secreto de Snape, aquella no era una buena situación. Hermione miró alrededor, tratando de encontrar alguna mancha de sangre, pero todo estaba impecable. Eso estaba bien, pensó. Ahora solo tenía que saber qué decir cuando abrieran la puerta y la encontraran sentada en la cama con la cara tan pálida.

Se escucharon pasos por la casa y las escaleras crujieron cuando alguien subió. Los pasos pararon frente a su puerta y la puerta crujió, escuchándose un 'clac' al ser desbloqueada con magia. Hermione se puso de pie mientras la puerta se abría. Podía escuchar las voces de Harry, Ginny y Ron detrás de la madera, antes de que entraran. Tenían las caras blancas con semblantes preocupados. Ella les abrazó.

—¿Qué ha pasado, Hermione? —le preguntaron. Hermione los achuchó para que bajaran abajo. En el camino, ella empezó a contar:

—Nos atacaron los mortífagos hace dos noches. —Hermione miró el salón. Una de las ventanas estaba rota y un hechizo había destrozado su sofá por la mitad. Sirius y Lupin la saludaron con la mano, empezando a arreglar el desaguisado. —Hemos estado huyendo desde entonces.

—¿Os atacaron? —preguntó Ron, como si sospechara. —A Snape y a ti. A la vez. —Hermione se deslizó hasta la cocina. Snape estaba allí, rebuscando por sus armarios.

—¿Qué buscas? —le preguntó Hermione, ignorando momentáneamente al pelirrojo. Si no hacía eso, se pondría a gritarle. ¿No les había dicho ya que estaba trabajando por las noches con Snape?

—Una sartén. Voy a hacer tortilla. —Severus no se volvió, mirando en los armarios encima de los fuegos.

—Está en los de abajo. Podrías hacer para mí también. —le pidió Hermione. Snape gruñó mientras Hermione se sentaba en una silla. Había dos huevos en la encimera, esperando a ser cocinados. —Ron, ya os lo dije. Trabajo con Severus por las noches.

—¿Severus? —preguntó Harry. Ginny y Ron también la miraban con sorpresa. Hermione gruñó, ¿por qué tenían que cuestionar todo lo que hacía?

—Llevo un mes trabajando con él en un ambiente de respeto y tolerancia. —explicó. No sabía por qué lo hacía, por qué después de estar dos días huyendo, todavía les daba explicaciones a ellos. No estaba enfadada, pero sí molesta y algo irritable. Su sofá estaba desgarrado y la ventana, rota. No estaba de humor para aguantar tantas preguntas.

—Trabajas para mí. —puntualizó Snape, dejando una tortilla humeante bajo sus fosas nasales. —Y tampoco te he dado permiso para llamarme por mi nombre. —Severus parecía más divertido que molesto. Se sentó delante de ella en la mesa, con su propia tortilla humeante.

—Gracias por la tortilla. Lo primero es un matiz y sobre lo segundo no pienso comentar. —respondió Hermione. Miró a Harry, Ron y Ginny, que seguían de pie. —Podéis sentaros, chicos.

Harry, Ron y Ginny se sentaron, algo dubitativos. Miraban a Snape con dudas y sospechas, pero él les ignoraba. Hermione también les ignoraba, pensando en otras cosas. Como su sofá roto, o el hecho de que Sirius y Lupin se estaban encargando de repararlo. Aquello le daba mala espina, pero la daba también algo de pena pedirles que no intentaran ayudarla. Al final, tratando de romper el silencio incómodo que se había formado en la cocina, Hermione preguntó:

—¿Qué ha pasado? Con la pelea de afuera. —matizó rápidamente.

—Ganamos. —murmuró Snape. Hermione bufó.

—Hemos capturado a bastantes mortífagos y carroñeros esta noche. —comentó Harry, contento. —Supongo que os seguían a vosotros, porque empezaron a aparecer al descubierto en lugares muggles y no hicieron un auténtico estropicio.

—Nos siguieron unos cuantos. No todos los fugitivos. Vi a unos cuantos más cuando nos atacaron en casa de Severus.

—Quedan de capturar cinco o seis peligrosos, más todos los carroñeros que siguen ahí fuera. —hizo conteo Ron.

—Eso es bueno. —fue todo lo que dijo Hermione.

Se quedaron de nuevo en silencio. Se escuchó una detonación fuera de la casa. Hermione no le dio mayor importancia, pues los aurores estarían organizando a los mortífagos capturados. Albus Dumbledore entró por la puerta de la cocina después de intercambiar unas palabras con Sirius y Lupin. Miró a los cinco sentados en la mesa. Hermione entrecerró los ojos, súbitamente incómoda. ¿Qué hacía Dumbledore allí?

—Buenas noches. —empezó. —Me alegra ver que –

—Váyase de mi casa. —le cortó Hermione sin levantarse. Si Harry, Ron y Ginny le habían puesto de mal humor, la presencia del director hacía que sus ojos chispearan y la bilis subiera por su esófago.

—Por favor, señorita Granger, tranquilícese, no soy un enemigo. —Hermione se levantó, dando un fuerte golpe en la mesa. Estaba al borde de su paciencia.

—Váyase. No lo repetiré otra vez. —Hermione se tambaleó, un poco mareada. Dumbledore no hizo amago de irse. Harry, Ron y Ginny se veían incómodos viendo a su amiga discutir con el director.

—No se hace ningún favor a sí misma enfadándose de esa forma tan infantil.

—Largo. De. Aquí. —pronunció Severus exageradamente bajo. La punta de su varita se clavaba en el pecho de Dumbledore. Hermione sintió una punzada de satisfacción al ver la cara ultrajada del director.

—Sea lo que sea que haya pasado, no hace falta que tratéis así al profesor Dumbledore. —saltó Harry, enfadado. Snape empujó a Dumbledore a un lado para tenerlos a todos de frente.

—Váyase usted también, Potter. De hecho, —añadió con rapidez, —váyanse todos. Me da jaqueca de solo ver sus caras.

—¡No tiene derecho a – ! —empezó Ron. Hermione le cortó:

—Iros, Ron.

Ron la miró, enfadado, y se marchó con pasos furiosos. Ginny y Harry se quedaron un momento quietos, pero la mirada malhumorada de Hermione les hizo desistir, y también se alejaron, murmurando en voz baja. Dumbledore necesitó algo más de tiempo, pues el anciano parecía dispuesto a quedarse allí hasta que le invitaran a un té, pero Severus se lo llevó fuera a punta de varita. Hermione suspiró, escuchando a Sirius y Lupin quejarse, y finalmente la puerta se cerró.

—Deberías descansar. —le dijo Snape desde el dintel de la puerta.

Hermione se levantó, asintiendo, y Severus dejó los platos en el fregadero mientras tanto. Ella se sentía temblorosa, como si todos sus huesos fueran pura gelatina. La mano de Snape se cerró sobre su brazo – como ya era habitual, apostilló Hermione en su cabeza – ayudándole a caminar. Y entonces, surgido el deseo de la nada, Hermione le cogió de la túnica y pegó sus labios carnosos y rosados con los suyos. Cerró los ojos, abriendo un poco más la boca.