Disclaimer: los personajes de Fullmetal Alchemist le pertenecen a Hiromu Arakawa.


Solo un Pensamiento

Odiaba la silla de ruedas.

Él la odiaba absoluta y completamente.

—Oh, anímate, Roy —dijo Maes felizmente caminando cerca de Carol, que estaba empujando la silla de ruedas del Coronel fuera de las puertas principales del hospital; él era el más optimista de que hubiese sido lo primero que Roy había visto justo después de haber dejado Lior—, son reglas del hospital el que estés en silla de ruedas hasta que te subas al auto en vez de dejarte caminar, lo sabes muy bien. Además, después de hoy, no la volverás a usar jamás.

Roy suspiró con irritación: como si no se sintiera débil e inútil en esos momentos... Ahora ni siquiera le dejaban caminar hasta el auto. Era cierto que aún era bastante inestable con las muletas... pero, por todos los cielos, al menos podía cojear hasta el estacionamiento por su propia cuenta.

Aun así, era difícil sentirse completamente enojado dadas las circunstancias: casi había llorado de alivio y gratitud cuando Maes le había dicho que había movido algunos hilos para que Roy pudiera ser dado de alta unos días antes. Había estado en el hospital durante mucho tiempo, las habitaciones blancas y los pasillos lo hacían sentir sofocado; ahora, estando fuera del edificio por primera vez –mientras estaba consciente– desde su captura en Lior, podía respirar nuevamente. Silenciosamente, saboreó el vigoroso viento que soplaba entre los árboles que rodeaban el hospital, aunque su intensidad fuese opacada por el leve sol de la tarde; el mundo estaba lleno de color, y las hojas de los arces estaban empezando a cambiar sus colores a vibrantes tonalidades de dorado y rojo sangre, a la vez que el verano daba sus últimas señales de vida.

— ¿Desde cuándo demonios es otoño? —se preguntó Roy silenciosamente mientras miraba las hojas de los árboles: aún estaban en pleno verano cuando se había ido de Central.

—Desde hace un mes, más o menos —contestó Maes observando de lado a su amigo.

Roy agitó su cabeza, era difícil de creer que se había ido durante tanto tiempo... Y aun así, se sentía como si hubiese estado ausente durante años; todo era extraño para él, incluso el grumoso colchón del hospital se había sentido como si estuviera en extrema decadencia luego del asqueroso suelo cubierto de sangre del auditorio... comparándolos, era tan suave, que honestamente había pensado que se sentiría más cómodo tirado en los fríos azulejos del suelo del hospital.

Pero no podía hacer eso, claro que no. A Maes le hubiera dado un ataque.

Maes había estado observando a Roy muy de cerca últimamente, apenas si había dejado su lado, y lo había estado haciendo desde que Roy había despertado; sin embargo, se había vuelto especialmente apegado y vigilante desde que el último día de la semana, cuando Roy había encendido en llamas la cama. Roy no podía culparlo... pero francamente, Roy estaba medio aliviado de que alguien lo estuviera vigilando para asegurarse de que no lo haría nuevamente; era más que seguro que no quería utilizar su Alquimia de esa manera, solo... solo había sucedido, y ya... Sabía que había asustado sobremanera a Maes, pero eso no era nada comparado con el miedo confuso que se había asentado en el propio pecho de Roy...

Ni siquiera recordaba el momento en el que había chasqueado sus dedos...

Aún así, Roy se sentía mucho mejor ahora que tenía sus guantes de regreso; por fin le habían retirado los vendajes de los dedos un par de días atrás, y había estado utilizando sus guantes casi durante cada segundo que había pasado, incluso los usaba cuando dormía.

—Oye —entonó Maes mientras se acercaban al auto—, ya basta.

Roy exhaló un suspiro irritado, y agachó su mirada hacia donde reposaban sus manos... Lo estaba haciendo nuevamente. Durante los últimos días, Roy había desarrollado el nervioso hábito de frotar sus enguantados dedos, pulgar y medio, creando una diminuta lluvia de chispas inofensivas; la mayor parte del tiempo, Roy ni siquiera se daba cuenta de que eso era lo que estaba haciendo, y Maes siempre andaba regañándolo para que se detuviera, pero Roy no podía evitarlo. Era como un tic que se había desarrollado inconscientemente, una manifestación digna de un trastorno obsesivo compulsivo. Roy quería detenerse –de hecho, la áspera tela estaba haciendo que sus dedos se estuvieran quedando en carne viva, haciéndolos sangrar–, pero no podía; se había detenido por un tiempo, sin embargo, en el momento en que había dejado que su mente divagara, había comenzado a hacerlo nuevamente hasta que Maes se lo había tenido que recordar nuevamente.

Bueno, pues... Era una de las varias incomodidades que debía superar; al menos, había acabado con el hábito de morderse el labio...

Carol detuvo la silla de ruedas junto al auto, y Maes se apresuró a abrir la puerta del asiento trasero; Roy lo observó dubitativamente, frustrantemente inseguro de si sería capaz o no de levantarse por sí mismo de la silla de ruedas, y meterse al auto por sí solo. Maes debió haberse percatado de su vacilación, ya que dio un paso para acercarse y ofreció su brazo como apoyo; aún así, Maes no hizo movimiento alguno para intentar agarrar a Roy para ayudarlo: quería que Roy tomara la decisión acerca de si quería ser tocado o no, incluso cuando era claro de que sería incapaz de meterse al auto sin dicho contacto...

Incluso, era calentador saber que Maes era tan comprensivo con la fobia –de alguna manera irracional– de Roy.

Roy dudó solo por un momento, antes de tomar el brazo de Maes, impulsándose a sí mismo para poder apoyarse inestablemente en su pierna sana; Maes lo favoreció con una radiante y aliviada sonrisa, claramente complacido de que Roy tolerara que lo estuviese tocando. Roy evitó su mirada, demasiado incómodo con el contacto que tenían, más sin embargo no quería demostrarlo; con la ayuda de Maes, Roy se deslizó en el asiento trasero del auto, tomando sus muletas de las manos de Carol, a la vez que hacía una mueca de dolor al golpearse accidentalmente la pierna contra la parte trasera del asiento que estaba frente a él.

—Muchas gracias, Carol —dijo Maes girándose hacia ella y abrazándola cariñosamente—, has sido un gran apoyo en todo esto.

Carol sonrió y le devolvió el abrazo. —Solo me alegra que nuestro Coronel se esté recuperando tan bien. ¡Pronto volverá al trabajo, y estará caminando como si nada! —y con esto, le ofreció un guiño amistoso a Roy, y él le respondió sonriéndole suavemente, no muy seguro acerca de lo que debía decir.

Maes y Carol dijeron unas cuantas palabras de despedida, cada uno prometiendo escribirse a la vez que Maes se sentaba en el asiento del conductor, y encendía el auto. Roy cerró su puerta y se recostó contra el asiento, cerrando los ojos, y reconfortándose ante el pensamiento de que muy pronto estaría de vuelta en su apartamento.

— ¿He de suponer que te alegra regresar a casa? —preguntó Maes mientras conducía para sacar el auto del estacionamiento; Roy alzó la mirada, encontrándose con la alegre y brillante mirada de Maes mirándole por el espejo retrovisor.

—No tienes idea, Maes —sonrió Roy de medio lado, luego se acomodó mejor para que su pierna no se presionara contra la parte trasera del asiento.

—Deberíamos celebrar, estoy seguro que a Gracia no le importaría ser la anfitriona si invitamos a un par de personas a tomar unos tragos, o algo así.

Algo en el interior de Roy se revolvió al pensar en lo que Maes había dicho; Maes no dudaría en invitar al personal de Roy, lo cual estaba bien... pero, estar en esos cuarteles tan pequeños, y con tantas personas... todos observándolo con falsas sonrisas plasmadas en sus rostros consternados...

Él no creía estar listo para lidiar con esa situación por el momento, había sido bastante malo cuando habían ido a visitarlo días atrás: cada uno de ellos intentaban pretender desesperadamente que todo estaba bien, y por ello no quería verlos prontamente. No quería que lo vieran nuevamente tan pronto.

—O tal vez no tenemos que hacerlo... —enmendó Maes observando a Roy a través del espejo retrovisor. Roy maldijo internamente, y luego puso su mejor expresión en blanco: Maes siempre había sido muy bueno leyendo las emociones de Roy y, probablemente, había visto sus turbulentos pensamientos en todo su indefenso rostro.

—Como quieras —murmuró Roy como si estuviera restándole importancia al asunto, desviando su mirada hacia el paisaje que se dibujaba a través de la ventana.

Maes suspiró silenciosamente desde el asiento delantero, aún observando a su amigo por medio del espejo. Roy pretendió no notar la preocupada mirada que Maes le dirigía y, en cambio, se concentró en colorido borrón de árboles mientras los dejaban atrás a gran velocidad.

—...Solo desearía que hablaras conmigo, Roy —dijo Maes tranquilamente.

Roy cerró los ojos.

—No hay nada de qué hablar —dijo Roy monótonamente. En serio, no quería volver a pasar por esto nuevamente.

— ¡Soy tu amigo, Roy! Quiero que sepas que estoy aquí para ti, pero tú sigues empeñándote en apartarme.

— ¡No quiero hablar de eso! —siseó Roy comenzando a sentirse irritado— ¿Qué parte de eso no entiendes?

— ¿Por qué no quieres hablar de eso? —preguntó Maes sinceramente, manteniendo en tono de su voz bajo y controlado.

Roy suspiró ásperamente y se masajeó la sien con una mano enguantada. —...Hay ciertas cosas que nosotros, como hombres, no deberíamos discutir —balbuceó finalmente, su voz era más calmado, y mucho más sombrío de lo que en realidad intentaba parecer.

Por algunos segundos, Maes mantuvo el silencio que flotaba dentro del auto luego de las suaves palabras de Roy, pero luego dijo con tono áspero. —No hay nada que puedas decirme que pueda hacer que piense menos de ti, mi hermano.

Roy apretó las mandíbulas al sentir el repentino y lúgubre sentimiento de opresión que se alojó en su garganta, y tuvo que mirar hacia afuera de la ventana de nuevo sin responder a esas palabras. Maes continuó observándolo mientras conducía, sus ojos verdes meditabundos y tristes.

—...Ya sé que fuiste abusado sexualmente, si es eso lo que te preocupa decirme —susurró Maes dubitativamente luego de unos segundos, su voz tenía un tono indescriptiblemente dolido.

Roy estaba congelado, sus ojos se abrieron desmesuradamente al tiempo que se giraba a mirar a su amigo. El peso de la repentina confesión –zorra– forzó a salir el aire que el Coronel mantenía en los pulmones con un desesperado tipo de violencia. La náusea, el terror y la humillación lo invadieron, recubriendo su interior con una dolorosa y quebradiza capa de auto-repulsión.

— ¿...Cómo te enteraste? —se las arregló para preguntar Roy cuando confío en sí mismo para hablar sin vomitar.

Maes no respondió por unos instantes, pero entonces se hundió un poco en el asiento del conductor, y regresó su mirada al camino. —Tu médico. Cuando me estaba informando acerca de todas tus heridas, él... mencionó algunas cosas. Solo podíamos asumir...

— ¿Alguien... alguien más lo sabe?

—Hawkeye estaba conmigo cuando hablé con el médico.

Roy cerró sus ojos fuertemente, y recargó su cabeza contra el asiento trasero, a la vez que sentía la abrumadora – ¡Grite para mí, Coronel! ¡Sí, grite para mí! – urgencia de querer gritar apoderándose de sus sentidos. Sintió el cálido hormigueo de las lágrimas que comenzaban a formarse bajo sus párpados, y se cubrió los ojos con una mano, rehusándose a rendirse ante su horror y desgracia.

—...Lo siento mucho, Roy... —susurró Maes no por primera vez—...Dios, amigo, lo siento mucho.

Roy no respondió, optando por limpiarse los ojos, y apretar la mandíbula mientras giraba su cabeza para dirigir su mirada nuevamente al paisaje que se mostraba fuera de la ventana. Su mano se contrajo espasmódicamente y comenzó a frotar su dedo pulgar con fuerza contra el dedo medio, encontrando un enfermizo consuelo en el dolor que sentía en sus dañadas huellas. Vagamente podía entender que estaba haciendo eso.

—Tal vez... —continuó Maes con precaución— Tal vez podría ser de ayuda que hablaras de eso, es todo lo que estoy diciendo. No tienes que hablar conmigo, si en verdad no lo deseas... Puedes hablar con un...

— ¿Un qué? —le interrumpió Roy fríamente, su vergüenza se había transformado rápidamente en ira— ¿Un terapeuta? ¿Es eso lo que ibas a decir?

—...Solo era una sugerencia.

— ¡No quiero hablar con nadie, Maes! ¡No quiero ni siquiera pensar en eso! ¿Por qué no puedes olvidar el tema, y dejar que yo olvide lo que sucedió solo por un segundo?

Maes suspiró de nuevo con suavidad, y giró el auto en una calle secundaria sin responder.

—No necesito un terapeuta —continuó Roy con petulancia—Estoy bien.

—La terapia no tiene nada de malo. Muchos de los sobrevivientes están en terapia debido al estrés post–traumático... incluso el soldado Jordan está viendo a un terapeuta.

—Sí, bueno, por lo que he escuchado, Jordan perdió un poco la cordura después de lo que sucedió... Él necesita terapia.

Maes lucía como si tuviese algo qué decir, pero luego decidió no hacerlo. El Mayor mantuvo sus ojos en el camino, de repente lucía muy incómodo.

Un oscura y fría oleada de miedo e incertidumbre se apoderó del pecho de Roy, y observó directamente los ojos de Maes, a través del espejo retrovisor.

—...Maes —comenzó a decir lentamente—, ¿crees que estoy demente?

— ¡No! —respondió Maes con rapidez— No, es solo que... Solo creo que necesitas algún tipo de ayuda...

—Dios mío, lo crees... —murmuró Roy, su corazón se hundió en su pecho y sus ojos se abrieron con horror— Tú crees que he perdido la cordura.

—Roy... —comenzó a decir Maes, como si estuviera intentando defenderse, pero luego se detuvo, sabiendo que no había defensa posible. Realmente creía que Roy necesitaba ayuda psicológica, y no podía negarlo.

—Detén el auto, Maes —dijo Roy con tono áspero, tomando sus muletas—. Déjame salir.

—Solo déjame llevarte a casa, allí podemos hablar de esto... —dijo Maes, sonando como si le estuviera tomando todo su autocontrol el detener las lágrimas.

— ¡Con un demonio, no quiero hablar contigo! ¡Detén el maldito auto!

—No.

Roy observó a Maes, la ira y la indignación hervían bajo su piel, derritiendo la frígida y angustiada vergüenza que rodeaba su corazón. El indignado Coronel tomó el pestillo y abrió la puerta sin esperar a que el auto se detuviera.

Maes lo vio abrir la puerta y murmuró una maldición llena de pánico, pisando los frenos y haciendo que el auto derrapara; lanzado hacia adelante debido al repentino detenimiento del auto, la pierna fracturada de Roy se golpeó violentamente contra en asiento en frente de él, enviando una aguda punzada de dolor tan intensa por todo su ser, que ni siquiera tuvo tiempo de jadear antes de...

"...El mazo se balanceó nuevamente hacia abajo en un arco de gracia mortal, Roy cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes, intentando desesperadamente de contener el grito que luchaba por escaparse de su garganta, a la vez que se preparaba a sí mismo para recibir el golpe. La cabeza del mazo encontró su lugar justo debajo de la rodilla de Roy, sintiendo que los huesos que residían allí se astillaban con tanta claridad, que el grito que profirió fue acallado por el ensordecedor crujido provocado.

Trozos del destrozado hueso sobresalieron de su pierna, podía sentir el congelante dolor de sus huesos –los cuales, hasta esos momentos siempre habían estado protegidos por la cálida carne y los músculos– al ser expuestos al aire libre. Roy se dobló sobre sí mismo, e inhalando pesadamente, la agonía que le producía el dolor de su pierna era tan sorprendentemente insoportable que por un breve instante se preguntó si aquél dolor lo mataría. ¡Dios, desearía que lo hiciera!

Jenkins lo agarró por el cabello y llevó su cabeza hacia atrás con rudeza, luego se inclinó para que sus rostros estuvieran a solo unos centímetros de distancia; estaba tan cerca, que Roy podía oler los cigarrillos en su rancio aliento.

¿Dónde está? —siseó el hombre, ignorando las gotas de la sangre de Roy que se habían esparcido de manera ascendente, y habían salpicado su sucia mejilla.

Roy intentó decir 'No lo sé', pero se lo único que salió de su boca no fue más que un pequeño y frenético jadeo que, desconcertantemente, sonó como un sollozo.

Por favor, no más...

Jenkins profirió un irritado bufido, y se agachó para agarrar el tobillo ensangrentado de Roy, y con gentileza, torció la pierna de Roy un poco.

Roy lanzó su cabeza hacia atrás y gritó en los confines oscuros del auditorio, el sonido tan horriblemente doloroso y antinatural que apenas si podía ser llamado grito; era un sonido tan salvaje y primitivo que no demostraba nada más que una terrible agonía. Los hombres que quedaban del escuadrón de Roy gritaron para darle ánimo y apoyo desde el otro lado de la habitación, pero el Coronel apenas si los escuchó por encima del clamor de sufrimiento que se escuchaba en su propia mente.

¿DÓNDE ESTÁ?

Resembool.

Estuvo a punto de decirlo. Esa palabra estaba en la punta de su ensangrentada lengua, suplicando ser liberada, y tal vez que así se detuviera el dolor. Roy se sobrepuso antes de que se le pudiera escapar algo pero, Dios, no se podría contener por mucho tiempo. Era demasiado.

Jenkins torció su pierna nuevamente, arrancando otro grito indefenso del Coronel.

¡Dile Resembool! ¡Dile Dublith! ¡Dile LO QUE SEA! Gritó la mente del Roy."

— ¡Roy!

"Roy abrió su sangrante boca para hablar, un débil y tembloroso gemido se escapó de su garganta.

¿Sí, Coronel? ¿Algo que quiera decir?"

—Oh, Dios, Roy... Háblame. Solo di algo...

"—Hah... H-hidrógeno... —dijo Roy con tono áspero, su voz era tan baja y estaba tan deformada por el dolor, que era casi inaudible.

¿Dijo 'Hidrógeno'...? —preguntó uno de los hombres de Jenkins con curiosidad.

No... n-no metal; su masa at-t-tómica es de uno punto cero... c-cero siete nueve... cuatro..."

— ¡No! No, Dios, por favor no comiences con eso nuevamente... Por favor, solo mírame...

"—Helio... gas noble; su m-masa atómica... atómica es de cuatro punto cero cero dos seis cero dos..."

— ¡Roy, abre los ojos!

...Roy sintió una mano gentil tomándolo del rostro, a la vez que sentía la respiración de alguien entibiando su mejilla; luchó para que sus ojos se abrieran y vieran al hombre que estaba acuclillado a su lado, pero sus ojos estaban tan nublados de dolor como para ver algo, y las esquinas de su visión comenzaron a oscurecerse con cada latido de su corazón. Roy siseó y clavó sus enguantados dedos en la negra tela del asiento bajo él, haciendo todo lo que estaba en su poder para evitar gritar, mientras una oleada de agonía se apoderó de él.

El dolor en su pierna se irradiaba en un espiral ascendente hasta la línea de su cadera, era un dolor tan intenso que no podía hacer nada excepto por recostarse, e intentar respirar profundamente. El Coronel recostó su cabeza contra el asiento, y jadeó por aire desesperadamente a través de sus apretados dientes, luchando contra la urgencia de vomitar.

— ¡Roy, lo siento mucho...! —gimió Maes frenéticamente, aún acariciando la fría mejilla de Roy— Pensé que ibas a saltar, tenía que detenerme. No quería lastimarte... Oh, maldita sea, estás tan blanco como una hoja... Déjame llevarte de nuevo al hospital...

—N-no —jadeó Roy—, solo llévame a casa...

—Está temblando, Roy... ¿Y si en realidad te lastimé? ¿Y si estás en shock?

Roy giró su cabeza para mirar a Maes: el hombre estaba absolutamente aterrorizado, su rostro estaba pálido y sus labios habían formado una apretada línea de ansiedad. La ira que Roy había sentido hacia él tan solo unos momentos antes, había quedado completamente olvidada en la niebla de dolor; luego de unos segundos de duda, Roy se levantó, y alejó la mano de Maes de su mejilla, apretándola tranquilizadoramente.

—Yo... Yo cr-creo que estoy bien, en serio —dijo Roy suavemente; luego soltó la mano de Maes, a la vez que un lejano estremecimiento le recordaba su fobia, susurrando automáticamente un 'No me toques' en voz baja, sin que lo pudiera evitar.

Nunca escaparás.

Cállate...

Eres mío.

Que te CALLES.

Maes lucía nervioso y dubitativo al mismo tiempo, pero entonces asintió lentamente: —Está bien, Roy... pero me quedaré esta noche en tu casa para vigilarte... por si acaso.

Roy aceptó con una sonrisa temblorosa. Maes se puso en pie desde su posición en cuclillas en la curva donde había tenido que detenerse abruptamente, y cerró la puerta del auto; en los pocos instantes en que Maes había vuelto al asiento del conductor, y había puesto en marcha el auto, la forzada sonrisa se desvaneció del rostro de Roy, cerrando con fuerza los ojos nuevamente, apretando la mandíbula e intentando no comenzar a hiperventilar.

Durante lo que quedaba del viaje –el cual no fue muy largo, aunque la pierna de Roy le estaba matando del dolor, y estaba más que impaciente por poner sus manos sobre algunos de los sedantes que le habían recetado–, Maes siguió mirando furtivamente a su pasajero, a la vez que una profunda preocupación le hacía fruncir la pálida frente. Cuando finalmente llegaron al apartamento de Roy, éste había tenido que soportar el que Maes le hubiese ofrecido como apoyo su hombro o, de lo contrario, jamás habría llegado ni a la puerta; afortunadamente, el dolor había disminuido hasta convertirse en dolor pulsante durante el viaje, pero eso no significaba que Roy pudiese salir del auto y entrar a su apartamento sin ayuda...

—Bien, al menos vives en el primer piso —dijo Maes con lo que parecía ser una ansiosa sonrisa, a la vez que guiaba a su amigo hacia adentro con gentileza.

Roy asintió sin aliento, pero no se aventuró a hablar mientras traspasaba dubitativamente el umbral de la puerta de su domicilio. Maes le hizo sentarse en el sofá tan rápido como le era posible, y lo acomodó en los cojines que había allí; Roy siseó mientras movía su pierna, pero luego se recostó profiriendo un suspiro satisfecho, y observó el techo. Su techo. En su apartamento.

Dios, era bueno estar en casa.

—Ordené tu correo por ti —dijo Maes hurgando en la bolsa de medicamentos de Roy, buscando los anestésicos del Coronel sin que éste tuviera la necesidad de pedirlos—, y le puse agua a tu planta... pero de todas maneras se marchitó.

Roy miró hacia el alféizar de su ventana, y constató que la planta que mantenía allí estaba marchita, de color café, y definitivamente muerta.

—No es una gran pérdida —dijo Roy encogiéndose de hombros con una sonrisa cansina plasmada en el rostro, y con agradecimiento se enrolló la manga para que Maes pudiera inyectarle los sedantes. Luego de ser medicado, Roy se acostó en el sofá, haciéndose un ovillo sobre su lado, y abrazando una de las almohadas contra su pecho; la almohada olía a polvo y a algo mohoso y viejo que le hacía recordar a Roy el olor que provenía de los sepulcros. El apartamento había estado inhabitado por casi tres meses, y Roy casi podía oler lo abandonado que había estado en su ausencia.

— ¿...Estás seguro de que estás bien? —preguntó Maes luego de un corto silencio, ladeando la cabeza hacia un lado mientras que miraba a su amigo.

—Sí —dijo Roy con tranquilidad, su voz amortiguada por la almohada—, es solo que... realmente duele. Estaré bien una vez que los calmantes hagan efecto.

—Bien, Roy, intenta dormir un poco, ha sido un día... difícil.

Roy asintió y cerró los ojos, enterrando su rostro más profundamente en la almohada, y sintiéndose más seguro de lo que se había sentido en meses; De repente estaba muy cansado, podía sentir los calmantes fluyendo a través de sus venas en un cálido flujo que se dirigió directamente a su cabeza. El hombre abró sus ojos, y vio que toda la habitación daba vueltas con lentitud.

...Eso no debería suceder.

—Maldita sea, Maes... ¿qué tanto de esa cosa me diste? —inquirió Roy sintiendo el golpe final del anestésico.

—Más que suficiente para derribarte —admitió Maes, sonando un poco culpable.

Una mínima oleada de miedo embargó el interior de Roy. —No me gusta estar sedado, Maes —dijo vacilante, intentando sentarse nuevamente, pero cayendo derrotado—, solo necesitaba algo para el dolor. No tenías el derecho de sedarme...

—Lo sé... pero lo necesitas. Puedes gritarme todo lo que quieras mañana, pero por ahora, solo duerme un poco. Estaré aquí cuando despiertes.

Una parte de Roy estaba enojada, incluso un poco asustada de que Maes tomara la decisión de sedarlo sin siquiera preguntarle... pero el resto de él ya estaba bajo el efecto del tranquilizante, y sus ojos se cerraron de nuevo; su cabeza se sentía pesada y repleta del desagradable zumbido de los sedantes. Luego de un rato, dejó de luchar contra el fármaco que Maes le había inyectado, y se dejó caer en los brazos de Morfeo, vagamente registrando la sensación de que Maes le quitaba un mechón rebelde de cabello que había caído sobre sus ojos cerrados.

—No... me... toques... —susurró Roy, y luego se dejó arrastrar por el olvido, durmiendo profundamente.


Notas de la Traductora: Sí, ya lo sé, me desaparecí durante demasiado (¿Existe algún otro término que designe una gran cantidad de tiempo?) tiempo y...

¡Bazuca! *Bien, de ahora en adelante le pediré a mis amigos Nemesis y Albert Wesker que me protejan (antes de que digan algo, sí, juego demasiados videojuegos de Resident Evil xD)*

Ya sé, ya sé, querían actualización lo antes posible, y sí, ya sé que me demoré más que eternidades traduciendo este nuevo capítulo, pero, ¿recuerdan que les había dicho que estaba estudiando leyes? Bueno, ahora regresé a la Universidad *¡Yay! De nuevo a la U \_(^_^)_/* ¡Pues no es cierto...! Desde que empecé en Enero me tienen literalmente clavada haciendo investigaciones, proyectos, laboratorios, talleres, y un sinfín de fotocopias y libros por leer, esto de estudiar Salud Ocupacional no es para nada sencillo u.u Pero ya encarrerado el ratón, quiero terminar lo más pronto posible, al menos este semestre...

El caso es, lo siento mucho con mis lectores habituales, pero debo mantener mis calificaciones por encima de 4.5 :)

Bien, son las 11:50 de la noche del 29 de Marzo (¿han notado que esto parece más una bitácora que las notas de la traductora?), y acabo de terminar con la traducción, así que espero disfruten este capítulo, y espero poder traerles muy pronto el capítulo 9 ^^

Se despide,
Yuzuki Kuro :3

P.S: prontamente traeré un nuevo proyecto traducido llamado 'Rommates', escrito para la asombrosa Fast Forward (a quien pueden encontrar aquí en FF . net), y el cual tendrá mucha más angustia, más ataques al corazón y pre–infartos que 'Sálvame' :3

Advertencia acerca de este nuevo proyecto: es un SasuNaru (sí, es un tanto Yaoi, pero vale la pena leerlo, y no, no es por el Yaoi, sino porque Fast Forward escribe historias asombrosas.)

Ahora sí, cambio y fuera, mis pequeños seguidores del mal :3