CAPÍTULO 6: A salvo
Madison estaba estudiando mientras veía la tele que tenía puesta sin sonido. No era la mejor manera, pero es que odiaba la química. El lunes tenía un examen y tenía que empollar todo el fin de semana para sacar una buena nota que destacase entre todos los cerebritos de su clase. Leyó por enésima vez el mismo párrafo mientras no quitaba ojo de la programación y estaba en esas cuando oyó unos golpecitos en la puerta.
Se levantó extrañada. Estaba sola en casa, sus padres habían salido a cenar en su habitual escapada. Caminó descalza, sin hacer ruido a lo largo del pasillo y se asomó prudentemente a la mirilla . Abrió en cuanto reconoció a su amiga.
Becks levantó la mirada con sus grandes ojos llorosos, llevaba corrido el rimel y las greñas le caían por delante de la cara haciendo como un flequillo largo.
- ¿Becks?¿¡Qué ha pasado!? - Madison se sobresaltó cuando vio la camisa a cuadros manchada de sangre. Su amiga parecía estar buscando las palabras para explicarse, pero a Maddie le pareció ver que estaba bloqueada. Con una mano temblorosa se agarraba los jirones de su rasgada camiseta por debajo de la camisa.
- Tranquila, Kate. - Maddie le ayudó a taparse cariñosamente.
Sabía de sobras que Kate era un poco... rebelde. Bueno, seguramente sería la más gamberra de todo el instituto Stuyvesant, pero en su defensa había que decir que no había mucho lugar para rebeldías en esa fábrica de aspirantes a grandes universidades. No era de las que buscaban problemas, pero quizás a veces los problemas la encontraban a ella, o a ellas dos. Así había sido desde que se habían hecho íntimas amigas en primer año.
- Vamos, entra y me lo cuentas. - dijo Maddie cogiéndola de la mano y tirando suavemente de ella.
Becks dejó la guitarra apoyada contra la pared de la romántica e infantil habitación de su buena amiga. No era normal que una adolescente se rodease de tul rosa y posters de "Mi pequeño Pony", pero era una buena tapadera de cara a unos padres que pensaban que nunca había roto un plato. También dejó el casco y la mochila a un lado. Se observó la ropa manchada y rota. Se abrazó como intentando calmarse.
- ¿Estás herida, Kate? - le preguntó Maddie acercándose con algo de ropa.
Le apartó el pelo de la cara y la observó. Estaba asustada. No parecía que hubiese llorado, pero sí que había soltado alguna lágrima de rabia. Algo muy propio de Becks.
- No. Estoy... estoy bien. - dijo frunciendo el ceño.
- ¿Y esta sangre? - le preguntó con delicadeza.
- De... de... - Kate señaló la guitarra, también salpicada de sangre.
- Ah, de tu larguirucho rollete grunge - adivinó Maddie al instante.
- Ex.
- ¿Cómo?
- Hemos cortado... O al menos yo he cortado.
Maddie asintió satisfecha y le ayudó a quitarse la ropa manchada.
- Me alegro. Así podrás ampliar tu limitado fondo de armario. - Apartó la camisa a cuadros a un lado. Cogió una toalla y se dirigieron al aseo.
Becks pensó en lo afortunada que era de tener una amiga a la que no tenía que dar explicaciones para sentirse comprendida. Sabía de sobra que a Maddy no le hacía mucha gracia el mundo tan underground pero siempre había estado a su lado y podía confiar en ella.
Tras diez minutos en el baño Becks salió vestida con una camiseta de Maddie y secándose el pelo con la toalla. Su amiga apartó los libros de la cama para que pudieran sentarse.
- Perdona el desorden... A diferencia de los genios, los demás tenemos que estudiar para los exámenes. Si saco menos de notable mis padres me han amenazado con enviarme el verano a Canadá a un campamento de cerebrines o algo así. Y no me importaría, pero dime, ¿que harías tú sin mi todo el verano? ¿quién te iba a prestar ropa de tu talla, larguirucha?
Becks sonrió y se peinó con lo dedos su enmarañada melena.
- Te debo una.
- ¿Una? Becks, tía, ¿quién te coló en el CBGB? ¿quién consiguió invitaciones para la fiesta de primavera de la NYU? ¿Quién fue tu coartada el año pasado cuando saliste con ese bomboncito de tercero que todo el mundo decía que era de sangre real?
Kate le dio una palmadita amistosa indicando que se había rendido. Maddie cogió un cepillo y se dispuso a cepillarle el pelo.
- En serio, Becks, esta moda grunge ha terminado con tu melena. Voy a tardar un buen rato. - Dijo intentando desenredar un enmarañado mechón.
- ¿Te compensaría las molestias si quedáramos mañana para preparar el examen?
- ¡Hecho! Estoy tan desesperada que haría un pacto con el mismísimo diablo.
- ¡Au! - se quejó Kate al sufrir un tirón.
- Perdona.
- Maddie ¿crees en... elamoraprimeravista? - farfulló tímidamente.
- Oh, Dios, Becks ¿qué rayos te ha pasado esta noche? Yo soy la romántica. Tú eres... Tú eres tú. Lo último que me imagino es enamorándote a primera vista... ¿¡No me digas que acabas de romper y ya has conocido a alguien!? ¡Qué suerte tenéis las gamberras!
- Eu... no. Sólo preguntaba. ¡Auah!
Maddie suspiró y salió un momento del cuarto.
Becks se quedó sola con sus pensamientos. Había sido una noche muy larga. ¿Amor a primera vista?... ¿Un tipo con una hija, casado, y que se disfraza de Batman?... No estaba convencida. Sería mejor dejarlo pasar por el momento y consultarlo con la almohada. Sí, seguramente mañana lo vería todo mucho más claro.
Su amiga volvió a entrar con unas tijeras de costura en la mano.
- Espero que te guste el estilo 'Cleopatra', Becks.
La luz de la luna entraba por las claraboyas del ático iluminando la estancia sugerentemente. Rick observaba pensativo a través de la ventana del salón con una copa en la mano. Su perfil serio y masculino resaltaba en las sobras.
Oyó la puerta de casa abrirse, un rayo de luz del rellano entró durante un segundo hasta que la puerta volvió a cerrarse. El ruido de los tacones atravesaron la sala. No reaccionó, pero oyó la voz de Meredith llamándole en un susurro.
Luego sintió su mano en el hombro y al inclinarse para besarle pudo apreciar ese raro olor que últimamente traía a casa.
- Pensaba que habrías vuelto a la fiesta. - dijo ella y tras una pausa durante la que él sintió como le observaba, añadió - No esperaba encontrarte en casa a oscuras... y desnudo... ¡pero me parece bien!
Utilizó la yema de sus dedos para acariciarle su irritada piel. El desagradable escozor se sumó al torbellino de sentimientos que recorría su mente ahora mismo. Su mujer dio un paso atrás y se quitó el vestido con suma facilidad, quedándose en ropa interior delante suyo. Sólo entonces él giró la cabeza para mirarla a los ojos y sonrió.
- Te he visto, Meredith. - dijo sin perder la sonrisa.
- Y aún te queda mucho por ver, gatito.
Se quitó lo poco que le quedaba de ropa. Se acercó y antes de que le diese tiempo a tocarle, él habló:
- No. Por la ventana. Hace unos minutos. Te ha traído en su coche, te ha dejado en la esquina... - ella paró y dio un paso atrás. Él no dejó de sonreír.
- ... y apuesto que el beso de buenas noches que le has dado ha sido el último de toda una serie de 'favores' previos. - ahora borró la sonrisa de su cara. Ya se le habían acabado las fuerzas de seguir usando su escudo.
- Ricky, tesoro, ha sido un piquito en los labios. Es de lo más normal entre la gente del espectáculo. Te lo he dicho cientos de veces.
Él dio un decidido paso hacia ella, la abrazó fuerte e inspiró su extraño aroma. Castle sintió el delicado cuerpo de su mujer tensándose entre sus brazos. No había querido asustarla, pero sí que es cierto que su inesperada reacción guardaba enfado y deseo a partes iguales.
- No me mientas. - le gruño susurrándole al oído.
- Richard, te lo digo de verdad. - se intentó librar de su abrazo.
- Llevo semanas observándote. Ese olor a colonia de hombre barata. Esa forma de llevarme a la cama y hacerme el amor siempre que puedes para que no note que en realidad ya te has desfogado por ahí...
La apretó con mas fuerza y la besó salvajemente, hasta que ella gimió por la falta de aire. Sólo entonces él se separó y cogió aire antes de seguir hablando.
- ...Y ese sabor a chicle que quiere disimular el horrible tabaco que ese tipo fuma, pero que lo único que consigue es delatarte aún más.
Esperó una reacción de su mujer, pero ella parecía perturbada por su manera de comportarse y no dijo nada. Había dejado de ser el Castle que se dejaba engatusar por sus armas de seducción, el que se derretía al verla desnuda, el que le complacía todos sus caprichos. Él siguió hablando:
- No había dicho nada porque... porque de verdad que quería que esto funcionase, por ti, por mí y por nuestra pequeña. - su voz había dejado de ser feroz, para acabar siendo la voz de un hombre roto por la pena de ver como su proyecto de familia hacía aguas.
Aflojó su abrazo y ella se apartó de él, dispuesta a seguir explicándose ahora que él se había calmado. Meredith no vio el fugaz destello de una lágrima recorriendo la mejilla de Rick en la penumbra del salón. De haberla visto quizás se hubiese dado cuenta de la gravedad de la situación.
- No es lo que parece, Rick, ya sabes cómo les gusta el tonteo a estos peces gordos. Pero yo te quiero, tesoro, eso ya lo sabes.
Hizo mención de acariciarlo pero él se apartó.
- Es lo que siempre me dices. - dijo alicaído.
- Porque es la verdad. - le replicó con demasiado entusiasmo.
- Ya pero... - pensó en su 'piquito' con la rebelde Becks - ...yo ya no te creo.
- Mira, Richard, dejémoslo para mañana, ¿vale? Estoy cansada. - dijo finalmente con desgana.
Ella se agachó, cogió el vestido para tapar su desnudez y caminó hacia la habitación. Él alargó el brazo, volvió a coger la copa, y se quedó en el salón sumido en sus pensamientos. Para desesperación de Meredith, que esta vez no se había salido con la suya.
Kate abrió la puerta de casa con cuidado de no hacer ruido. Enseguida vio la luz de la habitación que tanto su padre como su madre utilizaban como despacho ocasional para repasar sus casos. Era tarde, pero no lo suficiente como para que no la esperaran levantados. Habitualmente le fastidiaba esa actitud, pero hoy se quedó en el pasillo mirando durante unos segundos la puerta del despacho. Dudando. Finalmente miró hacia abajo siguió caminando y entró en su cuarto.
Jim Beckett, sentado en el sillón orejero del despacho, abrió los ojos cuando sintió el golpe de la mochila de su hija en el suelo de su cuarto, al otro lado del pasillo. Se había quedado dormido. Se frotó los ojos y recogió los documentos del suelo, que se debían de haber caído mientras él cabeceaba, como todos los fines de semana. Afortunadamente Katie había llegado y no era demasiado tarde, quizás ahora pudiera concentrarse en adelantar un poco de trabajo.
El pobre Jim se preguntaba de dónde había sacado su hija ese comportamiento tan independiente, rebelde y cabezota. Él mismo siempre se había considerado un joven muy centrado en sus estudios y ya de adulto en su trabajo, algunas personas incluso dirían que era aburrido. De su mujer siempre había tenido sus dudas, pero exceptuando aquella vez que con 18 años se escapó para ir a Woodstock, no había sido una chica problemática. Según tenía él entendido, claro.
El abogado oyó la ducha y se extrañó. El comportamiento habitual de su hija un viernes noche era: mochila y casco al suelo, paseo zombie por el pasillo hasta la cocina, beber batido de chocolate a morro de la botella de la nevera y vuelta a la habitación para sobar hasta las doce del medio día. Cuadró los folios apoyándose en una mesita auxiliar y buscó sus gafas de lectura para repasar el caso que llevaba entre manos.
Hubo un cambio de sonido en la ducha, como si se abriese y se cerrase la puerta. Oyó pasos por el pasillo de ida... y poco después los oyó de vuelta. Miró de reojo por la rendija de la puerta. Reconoció la silueta de su hija, que se encerró en el baño. Jim torció el gesto y se quedó pensando.
Sabía que era sólo una fase, pero echaba dolorosamente de menos a su pequeña Katie, esa que cuando llegaba del colegio por las tardes, le contaba con pelos y señales lo que había aprendido en clase ese día. Y aquellos fines de semana que madrugaban y se iban al parque a jugar al beisbol, o aquellas tardes en las que se la llevaba al estadio, comían perritos, bebían refrescos y disfrutaban del partido. Ahora todo había cambiado, todo era diferente. Tenía suerte si a lo largo de la semana había un día en el que intercambiaban más de una palabra. El resto eran silencios, gruñidos y portazos mientras él intentaba conectar con ella. La echaba muchísimo de menos.
Suspiró y se pellizcó el puente de la nariz mientras cerraba los ojos, agotado después de toda la semana. Pensó en su mujer, que no lo estaba llevando mucho mejor que él, pero es cierto que entre madre e hija había algo más de entendimiento. Siempre había admirado la habilidad de Johanna para lidiar con la gente y los casos más complicados del bufete, y lo demostraba también encarrilando a su hija sin que se diese cuenta, por el camino 'menos malo'.
Oyó la ducha cerrarse y volvió a concentrarse en los papeles. Tenía todas las páginas desordenadas, chasqueó la lengua sobre su paladar y repasó las hojas una a una para encontrar la primera. Cuando la encontró la puso delante y se dispuso a buscar la segunda. Apartó los folios de su cara y se sobresaltó como si hubiese visto un fantasma.
- ¿Katie? - su hija mantenía su mano en el pomo de la puerta entreabierta, cabizbaja. Llevaba pijama: un pantalón largo blanco con ositos azules, de hacía algunos años, que le quedaba corto, y una camiseta negra de manga larga con un personaje de comic que él no llegaba a reconocer. No se movió. Se fijó en su pelo, húmedo y... corto ¿Cuándo se había cortado su hija la mugrienta melena grunge?
- ¿Ha pasado algo, cielo?
Con una rapidez que lo cogió de improviso, su hija se acercó, se le abrazó al cuello y se sentó sobre sus rodillas. Jim soltó las hojas, que se esparcieron otra vez por el suelo con el sonido característico. El hombre sintió a su hija agarrarse fuerte y apoyar su frente en su hombro. Él totalmente desacostumbrado al semejante muestra de afecto, acarició su húmedo cabello y reconoció los trasquilones de pelo recién cortado. Sonrió e inclinó la cabeza para darle un suave beso en la sien.
Johanna Beckett sintió el peso de su marido al acostarse en la cama, seguido de un suspiro. Medio adormilada se giró hacia él, hasta que sintió el calor de su costado.
- Mmmmm, ha llegado pronto. - comentó susurrando.
- Ajam. - contestó Jim dejando en la mesilla de noche el libro de Richard Castle que había estado leyendo su mujer antes de acostarse y que se le había clavado en las costillas al tumbarse junto a ella.
Johanna notó algo en el tono de sus palabras, algo que sólo se lo podía notar ella tras años de convivencia, y que la perturbó lo suficiente como para espabilarse, incorporarse y preguntar con inquietud:
- Jim, ¿pasa algo?
- ... Nada... Pero creo que ya ha pasado la etapa grunge. Se ha cortado el pelo. - Dijo él de buen humor rodeándola con un brazo.
Johanna, aliviada, se recostó en su regazo.
- Gracias a Dios... Te lo juro, Jim, ¡una semana más y le hubiese rapado al cero yo misma!
Jim rió pensando en lo temperamentales que eran las dos mujeres en su vida. Abrazó a su esposa, cerró los ojos y dijo somnoliento:
- Nuestra Katie es una buena chica.
