CAPÍTULO 7: Un nuevo día
Joanna Beckett canturreaba mientras se movía por la cocina con la misma soltura y elegancia que una bailarina en el escenario. Su ropa deportiva por debajo del delantal, dejaba ver que ya había vuelto de hacer jogging y ahora disfrutaba de la preparación de un buen desayuno.
Cuando Kate asomó por la puerta de la cocina ambas se sorprendieron. Fue la madre quien reaccionó primero.
- ¡Buenos días, madrugadora! Y... ¡bonito peinado!- dijo frunciendo el ceño como si en vez de su hija, hubiese entrado un extraterrestre en su cocina. Lo de ver a Katie fuera de la cama antes de las diez de la mañana en fin de semana se podría considerar un fenómeno paranormal.
- Hoy no es Domingo... - fue lo único que se le ocurrió decir a Becks al contemplar, paralizada desde la puerta, el despliegue armamentístico de su madre: tortitas, bacon, gofres, huevos revueltos, pan casero... y el aroma de café característico.
- Hablas igual que tu padre, ¿Es que no se puede ser espontánea en esta casa? - dijo su madre de extremadamente buen humor.
Kate no supo la razón de su felicidad, pero si le hubiesen preguntado a la señora Beckett hubiese dicho que tenía que ver con el fin de la etapa grunge de su hija, con un satisfactorio achuchón mañanero con su marido y con el espléndido sol que la había acompañado en su paseo matinal. Había días así. Y su hija inmediatamente se dejó llevar sentándose en un taburete alto, junto a la encimera de desayunar, cerca de las bandejas de comida.
Johanna, observó en silencio la corta melena sujetada con una cinta a modo de diadema y no dijo ni una palabra, pensando que en este momento era la madre más afortunada del mundo. Además Katie vestía ropa más convencional -más vaquero y menos cuero- y aunque los rotos en los pantalones nunca le habían gustado, en conjunto mejoraba considerablemente al tener la cara lavada y sin maquillar.
Ni siquiera riñó a su hija cuando cogió el crujiente bacon directamente de la fuente. Ella movió los platos como queriendo hacer sitio y le puso las salchichas y el pan más cerca. Y Katie siguió comiendo como si no hubiese probado bocado desde hace horas, cosa que era cierta.
- Vaya juerga la de anoche, ¿eh? ¿Ya quemáis guitarras?
Kate miró de reojo a su madre para averiguar si era una pregunta al azar o si era resultado de algún detalle que a ella se le hubiese pasado por alto. Se había lavado concienzudamente y la ropa manchada de sangre la había dejado en casa de Maddie, que se encargaría de borrar las evidencias. Como la vio concentrada en los fogones respiró aliviada y simplemente contestó.
- Creo que... de momento voy a dejar el grupo... hay... diferencias creativas. - dijo agarrando la botella de zumo, que casualmente se encontraba a su derecha.
Johanna no se giró al oír su explicación. Simplemente asintió con un neutro 'ajá' y siguió cocinando. Sabía de sobra que a Kate le había pasado algo, pero también sabía que era inútil preguntarle directamente por ejemplo, por el sutil arañazo que tenía en el cuello y que intentaba disimular llevando el cuello de la cazadora vaquera subido.
- Es mona esa camiseta ¿es nueva?
Kate se miró a sí misma.
- Es de Maddie. Me la prestó ayer... Pasé por su casa para recoger un libro antes de ir a tocar... Y hemos quedamos para ir a dar una vuelta por ahí, a mirar algo de ropa... - contestó con naturalidad.
A Johanna no se le pasó por alto el exceso de información en la respuesta, nota de que indudablemente mentía, a pesar de la lograda cara de póquer de su hija. Su Katie tenía una habilidad innata para levantar muros alrededor suyo pero ella prefería esperar en las trincheras a que asomara por algún lado antes que ponerse a escalarlo.
Kate se dio cuenta del silencio de su madre. La chica estaba echa un lío, en una sola noche había tenido dos experiencias totalmente diferentes. Una la había hecho sentir feliz y otra la había aterrado. Sabía que no iba a poder hablar de ello hasta que no lo hubiese asimilado, pero tenía ambas cosas atravesadas en su estómago.
- Mamá...- La voz de Katie era poco más que un susurro. Subió la mirada y se encontró con la sonriente cara de su madre que camuflaba la preocupación que estaba empezando a sentir.
- ¿Cómo... sabes si un hombre es... 'tu hombre'...? - se decidió a preguntar tímidamente mientras jugueteaba con un trozo de salchicha.
- ...¿'tu hombre'...? - repitió Johanna disimulando su sorpresa mientras fingía revolver unos huevos que ya estaban más que mareados.
- Si bueno... el 'futuropadredetushijos' y eso... - dijo Kate en un tono más audible pero algo incómoda. Su madre respiró aliviada, si el comportamiento de su hija era debido a ese tipo de dilema es que no había nada raro de qué preocuparse... ¿o sí?
- Hija, tienes 16 años no pienses en 'hombres' aún, confórmate con 'chicos'... buenos chicos -puntualizó señalándole con la cuchara de madera.
- Bueno... pues eso... - dijo Katie elevando la voz y mostrando impaciencia. Johanna pensó que le había faltado decir "jó" al final de la frase para ser la típica contestación de un adolescente.
- No tendrá esto nada que ver con tu amigo grunge... - dijo Johanna para cerciorarse de que no iba a ser abuela precoz de 'grungitos' o como sea que se dijera.
- No. - negó con la cabeza- He roto con él. - dijo Katie con chulería y sin darle mayor importancia ni mostrar pena ninguna, señal indudable de que el chaval ese se había ganado la ruptura con méritos propios.
- Ajam... - Johanna tuvo un momento de debilidad y, casi eufórica al saber de la ruptura, no pudo reprimir lo que sentía... - No te voy a decir que 'te lo dije', pero... ¡Que conste en acta, señoría, que... 'te lo dije'! - dijo levantando las manos como si estuviese en medio de un juicio.
- Mamáaaaaaa... - dijo Katie dejando caer la cabeza sobre la mesa de la cocina y simulando que se golpeaba la frente, aburrida hasta la saciedad de sus 'te lo dije' ...
- ¡No te lo he dicho! ¡No! ¡Pero está en el acta! - dijo triunfalmente Johanna señalando con la cuchara de palo a un tribunal imaginario.
Kate sonrió ante semejante comportamiento materno, digno de dar vergüenza ajena.
Johanna, viendo que la pregunta de su hija iba en serio no pudo hacer otra cosa que contestar...
- No se sabe al momento, no te engañes, no hay un método mágico... Te tienes que fijar en cómo reacciona a los problemas, cómo se enfrenta a ellos, cómo trata a la gente... sólo en momentos de stress se nos cae la coraza y sacamos a nuestro verdadero 'yo'.
- ¿stress? - comentó dándole un bocado a una tortita cargadita de sirope de arce.
- Sí, y también como te trata a tí, y los pequeños detalles... por ejemplo, cuando tu padre intentaba ligar conmigo... - Johanna hizo una pausa y sonrió al recordarlo. Kate se horrorizó pensando que su madre iba a contarle alguna intimidad que hubiese preferido no saber.
-... Fue una época en la que teníamos mucho trabajo. Él se acercaba a mi mesa y me traía chocolate caliente cada noche que teníamos que pasar en vela en el bufete. Me lo ofrecía con una sonrisa que me hacía olvidarme de todo lo demás.
- ¿Chocolate? - dijo Kate aliviada y pensativa. A ella no le parecía tan fácil. Con los chicos con los que había salido había estado más preocupada en no caerse de los tacones y que no se le quedara nada de comida entre los dientes, que en pararse a pensar si estaba a gusto con ellos.
- Sí, y al cabo de un tiempo accedí a salir con él. Era eso o engordar de tanto chocolate que tomaba...
Kate sonrió. ¿Y si en realidad era así de fácil? Sin esforzarse por caer bien, sin concentrarse en ser adorable. Simplemente conocer a un hombre, bueno... un chico y sentir que... ¡Caray! ... que conectáis. ¿Como ella anoche con... Alex-Batman? Diablos, con los nervios ni siquiera se acordaba del apellido. No podía ser. No. Ella era menor. Él era un hombre (no un chico, lo siento, mamá), casado y con una hija. ¿No podía ser un error del destino o algo así?
El silbido de la cafetera italiana de su madre interrumpió sus pensamientos.
El aroma a café recién hecho envolvió la cocina y mientras su madre seguía hablando de las galanterías de su padre, ella se sonrojó al pensar en las provocativas palabras de Alex sobre 'cafés' y 'adultos'. Sólo pensar en ello despertó su entrepierna y se levantó del taburete alto, incómoda.
- ¿Puedo tomar café... ya?
Su madre se le quedó mirando sorprendida. Johanna no era partidaria de que los niños tomaran café y aunque ya de pequeña su hija, atraída por el aroma, le insistía en probarlo, ella siempre le había dicho 'Tomarás café cuando seas mayor, Katie'. Y ahora para su sorpresa, hasta le estaba pidiendo permiso para tomarlo cuando ella pensaba que ya lo habría hecho ella por su cuenta en alguna cafetería.
- Coge una taza del armario - dijo justo antes de darle la espalda diligentemente para coger la cafetera.
Kate se quedó petrificada por un momento por la sorpresa y pero reaccionó rápido por si su madre se arrepentía, abriendo el armario y seleccionando una taza azul de loza que destacaba entre el resto de la vajilla. La puso en la encimera y se volvió a sentar en el taburete.
Johanna le sirvió un humeante chorrito de café que Katie observó caer en la taza, su taza a partir de ahora, sonriente. Cuando aún estaba a medio llenar paró, lo que le valió una mirada de decepción de su hija.
- Espeeeera. - le dijo con paciencia.
Volvió a dejar la cafetera en su sitio. Se acercó a un cazo con leche tibia y con un batidor de huevos la agitó vigorosamente. Kate la observó en silencio ignorando que un simple café necesitara tanta preparación. Su madre se acercó de nuevo y le completó la taza con la leche espumosa. Cuando terminó, la chica envolvió la taza con las palmas de las manos y sonrió ilusionada.
- Solo un detalle más. - le advirtió su madre.
Abrió un armario y sacó un bote sin etiquetar con el que le espolvoreó canela encima de la espuma.
- ¿Ya? - preguntó impaciente.
- Ya. La leche está azucarada, pero si te resulta amargo puedes echarle un poco más de azúcar. - le advirtió volviendo a guardar la canela.
Kate lo cogió y se lo acercó a la boca, pero antes de beber inhaló el agradable aroma. Le trajo a la memoria toda su infancia, anhelando este momento. El instante en que ya fuese mayor. Echó una última mirada a su madre, sonrió y bebió un sorbo.
Johanna vio la luz en los ojos de su hija, y como azotada por un látigo, cayó en la cuenta de lo mayor que se había echo.
- Está... buenísimo. - susurró Kate sin apenas descansar para tomar otro sorbo.
- ¿No quieres más azúcar? - le preguntó casi extrañada.
- No. Me gusta así.
Su madre la miró casi emocionada. No pudo resistirse en levantar la mano para acariciar su cabeza y su recién estrenado corte de pelo. Aprovechó para echar un vistazo disimulado al arañazo del cuello. Nada importante.
- Ya imaginaba. Chica dura. Te gusta como a mí: Dulce y salvaje a la vez.
Kate se le quedó mirando en silencio tras oír esas palabras y tardó exactamente tres segundos en ponerse colorada como un tomate. Su madre sonrió de oreja a oreja.
- Hablaba del café. - dijo Johanna divertida.
Kate no dijo nada de nada y se concentró en seguir disfrutando de su primer café a todos los niveles posibles.
Richard Castle alzó su humeante taza de café, inspiró su aroma, sonrió y bebió un sorbo. Se quedó mirando los
ajetreados viandantes que caminaban por la acera del hospital. Desde donde estaba sentado podía ver perfectamente la moto aparcada a pocos metros de la puerta de urgencias. En momentos como aquel se alegraba de tener un trabajo libre de horarios.
Sabía que lo que estaba haciendo no estaba del todo bien. No era adecuado que un hombre casado estuviera rondando a una adolescente. Estaba nervioso y emocionado. A pesar de su agitada noche, se había levantado temprano y había escrito varios folios inspirado por esa dura chica motera. Ahora esperaba encontrarse casualmente con ella... 'solo para documentarse' se decía a sí mismo.
Bajó la mirada a su taza de café y sonrió pensando en la pasada noche, cuando la señorita Smith casi le arranca la cabeza tras un sugerente comentario. Era... extraño. No era fácil explicar lo que sentía. Era una fuerza magnética que lo atraía hacia esa chica misteriosa. Quería encajar las piezas de esa adolescente de ideales nobles camuflada en una dura grunge maleducada. Siempre le habían gustado los misterios, a fin de cuentas era escritor de novela negra.
Levantó las cejas y sonrió. Le había mentido, bueno, había omitido detalles sobre su vida privada. Nunca le había importado en exceso la imagen pública que proyectaba, pero de un tiempo a esta parte... mejor dicho, desde que nació su pequeño ángel, había procurado llevar una vida más convencional. No lo había conseguido. Era imposible desprenderse de la fama de juerguista, pero todas las noches acostaba a su hijita y le leía un cuento. También se había preocupadado de alimentarla correctamente, asearla y llevarla al parque. Pero los paparacci se hubiesen frotado las manos si se enteran que Richard Castle andaba disfrazado de Batman dando la nota un viernes por la noche mientras su hija estaba en el Hospital.
Por un momento Meredith pasó por su cabeza como un rayo fugaz. Su cara se tornó seria. Sabía que quería a su hija y que lo quería a él... a su 'particular' manera, claro. Sabía perfectamente el carácter de su mujer cuando se casó con ella, tan solo unos meses después de conocerla, por cierto: alegre, despreocupada, divertida y con un encanto embaucador que a él le nublaba la mente. El problema es que después de estos tres años, ella seguía comportándose igual, mientras que él había cambiado sus prioridades.
El haberla sorprendido anoche había sido sólo la guinda del pastel. Un pastel que ya estaba cansado de recomponer y decorar con más y más nata para disimular las grietas y rotos que había ido acumulando en estos años. No obstante aún no había reunido el coraje para romper definitivamente con ella, porque cada vez que lo intentaba le venía a la cabeza la sonrisa de su hija. Una sonrisa que él no quería apagar rompiendo su familia. Así que por eso esta mañana había salido de casa antes de que Meredith despertara evitando el enfrentamiento.
Bebió un sorbo de la taza y suspiró, llevaba horas ahí sentado mirando por el cristal al otro lado de la calle. Se preguntó si en realidad lo que estaba haciendo era huir de sus problemas aferrándose a una misteriosa chica... Estaba empezando a sentirse culpable. Pero es que... lo necesitaba. Ansiaba saber más de Becks, por eso estaba esperando a que ella apareciera para recoger su moto y entonces él saldría como por casualidad de la cafetería y... ¡UF! Tenía que ir al baño. Tanto café se había convertido en una bomba de relojería en su cuerpo. Le fastidiaba dejar su puesto de vigilancia pero...
Se levantó y fue corriendo hacia la parte trasera del bar. Estuvo a punto de tropezar con una camarera que esquivó en el último momento.
Una chica joven sentada en la barra sintió una ráfaga de aire cuando el escritor pasó a toda velocidad por detrás de ella. Se giró y sólo vio la espalda de un hombre alto, con vaqueros y americana que entraba en el baño.
- Estresados...- dijo la chica en voz baja.
Miró el reloj de la pared, cerró el libro de química que había estado ojeando, lo metió en su mochila y pagó el café que se había bebido, pensando en que le había gustado más el que se había tomado hace un rato con su madre y que tendría que haber pedido un batido como había hecho siempre. Antes de bajarse del taburete oyó un grito de alivio que provenía del baño de hombres. Miró de reojo y meneó la cabeza con desaprobación.
Si Richard Castle no hubiera sentido un apretón por beber tanto café en ayunas, o quizás si no hubiese tenido que poner papel higiénico alrededor de la taza del water o tal vez si después no se hubiese entretenido en lavarse las manos, hubiese visto a una chica alta y delgada, vestida con ropa vaquera, de pelo cortado a trasquilones, con casco de moto nuevecito y mochila al hombro, salir de la cafetería, cruzar la calle, ponerse el casco y subirse en la moto que él había estado vigilando durante toda la mañana.
Cuando el Rick salió completamente aliviado hacia su mesa, oyó el ruido de un motor que le sonó familiar.
Muy familiar.
Mierda.
El escritor salió corriendo a la calle y se quedó mirando la moto alejarse, calle abajo. Se quedó quieto, en silencio, mirando como quien acababa de perder el tren que tenía que coger, sólo por unos segundos. Abrió la boca para gritar '¡Espera!' y echar a correr, pero el chirrido de un coche frenando a su espalda le asustó. Dio un salto y se libró por bien poco de ser atropellado. El conductor le pitó rabiosamente.
- ¡Gilipollas! - le gritó desde la ventanilla mientras se alejaba.
Un abatido Castle dio un par de pasos y se metió en la acera, mirando aún a la esquina en donde había girado la moto. Pensó que sería la luz del día, o que apenas había podido verla a lo lejos y de espaldas, pero... Becks parecía cambiada. Antes de llegar a la cafetería había pensado que sólo era curiosidad, y siendo optimistas una amistad, pero el dolor que sentía en su corazón era desproporcionado. Entonces se dio cuenta que se había imaginado algo más, su subconsciente de alguna manera sabía que era algo más.
Rick estaba en una encrucijada: ¿Sería muy raro vigilar el Stuyvesant High School esperando otro encuentro 'por casualidad'? Y si lo consiguiera... ¿Podrían estar juntos? ¿Cuanto durarían?... En serio, aunque se divorciara de Meredith ¿Iba a merecer la pena? Pensó que a él sí, aunque le descubrieran los paparacci, aunque sólo duraran un mes, una semana, una noche... Pero pensó en Becks: Dura, rebelde, valiente, buena, dulce, inocente... No quería que sufriera. No quería meterla en algo así. Era demasiado joven.
Se dio cuenta de lo tonto que había sido. Debería haberse despedido como un adulto y no jugar a darse piquitos. Ahora se sentía culpable. No debía haber sucumbido. Debería haberse conformado con el adiós en el hospital y punto. Debía... olvidarse de ella.
Volvió a su mesa y pagó sus cafés. Tenía que eliminar la desazón que sentía. Caminaría de vuelta a su loft, escribiría hasta que su niña se despertara y luego le daría de comer y la llevaría al parque. Sí, eso era lo que tenía que hacer, no fingir un encuentro fortuito con una chiquilla a la que había conocido en un momento de desesperación y que no podía quitarse de la cabeza.
Y quiso ser optimista: Quizás el tren volviera a pasar algún día, a fin de cuentas Nueva York era un pañuelo.
Hola,
Agradezco con sinceridad vuestros amabilísimos comentarios en las reviews. Yo procuro contestaros uno a uno (a quienes os loggeais), porque a fin de cuentas tanto la que escribe como quienes leéis somos seguidores de Castle y siempre gusta intercambiar alguna opinión. Para todos los que dejáis comentarios anónimamente o sin loggearos: un gracias enorme también.
Un abrazo de oso de Castle para todas y todos.
