CALIFORNICATION
Capítulo 5
Confesiones.
No sabía cuánto tiempo había pasado en mi hermoso paraíso personal. Mientras me acurrucaba entre sus brazos, su mano colocaba mis cabellos fuera de mi frente de manera lenta.
— ¿Adrian? — le pregunté de manera casi imperceptible.
— Dime, mi amor. Creí que estabas dormida ya — susurró.
Sonreí de manera perspicaz mientras me removía y retorcía las piernas entorno a las suyas debajo de las sábanas.
— Realmente estoy demasiado feliz como para dormir…
Él se giró colocándome de frente y me besó los labios primero de manera lenta y luego con ganas, delineando el contorno de mi boca con la lengua, despertando mis dormidas pasiones pero cuando creí que íbamos a continuar, se detuvo besando mi frente.
— ¿Te ha gustado?
Yo parpadee perpleja.
— ¿Por qué no habría de gustarme? Fue incluso mejor que en mis sueños…
Sonrió satisfecho.
— Bella… Disculpa mis palabras pero… — pegó su frente a la mía con devoción— Me alegra que ese idiota te haya dejado. Si eso no hubiese pasado, no habría sido tan feliz como soy ahora— luego carraspeó y cerró sus ojos—. Perdóname por mis pensamientos.
— No — respondí besándole las mejillas —, no te disculpes, también estoy feliz de eso. No sabes cuan dichosa soy ahora que estamos juntos.
Nos besamos con ambición y mi hermoso Adonis comenzó a gemir con anhelo, rozando apenas nuestras intimidades. Cuando lo tomé del cabello para acercarlo a mi boca, se cernió de nuevo abriendo mis piernas con una rodilla.
— Te amo — prometió—, no sabes cuánto, Bella. Te necesito ahora. De nuevo.
— Hazme el amor, Adrian… Otra vez, por favor — le rogué.
Se mordió la boca con ímpetu mientras me miraba a los ojos directamente, apenas alumbrado por la luz de las veladoras que aún no se consumían al completo. Aún estaba oscuro afuera y yo quería que la noche nunca acabara.
Se colocó en mi entrada sin penetrarme y deslizó su boca desde mi cuello hasta mis pechos, aprisionándolos entre sus labios gruesos, pasando lengüetazos como si de ellos quitase la cubierta de su caramelo favorito. Gemí arqueando la espalda, acercándolo a mí con tanta necesidad y tomándolo del cabello le indiqué que no parara ni un segundo. Él tomó mi cadera y la alzó con firmeza, deslizándose primero suavemente. Tomó mis piernas desde la parte trasera de la rodilla y quedó arrodillado frente a mí, como adorando mi cuerpo.
Pero aquel roce lo hizo enloquecer al completo, hundiéndose en mi interior de un golpe haciéndome gritar por aquella deliciosa sensación.
— ¿Te lastimé? — preguntó preocupado y yo negué con la cabeza.
— Solo me has sorprendido — musité cerca de sus labios enredando mis manos en su cuello.
— Sí soy demasiado brusco… — comenzó a decir.
— Lo haré mi amor — prometí —, te diré que pares si algo va mal.
— Buena niña — sonrió.
Sus movimientos primero fueron suaves y levantó mis pantorrillas en el aire. Yo me aferraba a las sábanas y almohadas que tenía alrededor apuñándolas con fuerza por las sensaciones que me invadían. Sus dedos se aferraban a mi piel con demasiada fuerza, quizás dejándome marcas que seguramente quedarían pero no me importó.
— Preciosa, divina… Mi diosa — murmuró apretando mi seno de nuevo con la boca y jugándolo con su lengua. Me sentí enloquecida en cuando sus caderas subieron hacia el sur con mucha prisa, con necesidad de sentirme aún más…
— Adrian… Así… Por favor… — le pedí para que repitiera su deliciosa danza.
Ahora ya ni siquiera hablaba, se limitaba a gruñir mientras el pecho y la frente le eran cubiertos por una fina capa de sudor. Sus hermosos pectorales se marcaban por la fuerza de cada embestida y yo solo retorcía mi espalda hacia enfrente porque lo recibía gustosa. Era perfecto y sensual pero la mejor parte de todas era que era mío completamente.
— Isabella… Mi Annie… — gemía al par de nuestros sexos en movimiento.
Y yo me quedé embelesada solo dejándome llevar. De nuevo jugó con sus dedos, apretando mi sexo mandándome un eléctrico tirón que desató y estiró mi intimidad.
— No te contengas, preciosa. Mírame cuando te corras, bebé. Sabes que lo amo — repitió de manera sensual lanzándome escalofríos por toda la espalda. Y en cuanto fijé mi vista en sus bellos ojos verdes, grité su nombre hasta casi desgarrarme la garganta y él seguía moviéndose con fuerza dentro de mí, colmándome.
— Te amo— murmuró—. Preciosa… — Gimió golpeando mi sexo con el suyo, deleitándome, llevándome a un límite más a allá de lo imposible. Sus dedos subiendo y bajando por mi piel húmeda por el sudor. Aun no llegaba, lo sabía. Pero no me importaba, porque mi cuerpo era suyo. Lo sentí palpitar con fuerza mientras yo me aferraba a las sábanas, teniendo su propio ritmo. Mis senos se movían a la par de sus embestidas y su lengua caliente y húmeda jugó con la punta de ellos, mandándome de nuevo fuera del universo al que me había enviado.
— Dios. Es tan precioso ver cómo te corres, Bella— dijo bramando, introduciendo su manos entre nosotros y yo gemía como loca.
Me mordí los labios con tanta fuerza pensando que me los partiría, pero los suyos ocuparon su lugar y el temblor de su cuerpo comenzó precipitándose por el orgasmo que lo abatió.
Gimió en mi boca, soltando el delicioso aire caliente de su cuerpo en mi garganta y la sensación de sus dientes chocando con mi piel, formando una esplendorosa marca en su frente, por la rendición de su cuerpo dentro del mío.
Su cuerpo enteró vibró anunciándome que había culminado.
Nos quedamos tumbados uno al lado del otro, hasta que nuestras respiraciones se regularizaron y nos quedamos profundamente dormidos después de llenarnos de besos.
-...-
Al despertar entre besos y caricias, nos quedamos en silencio mirándonos a los ojos como si admiráramos nuestras almas. Adrian me cubrió con su cuerpo hasta el baño y después de habernos duchado juntos, repitiendo un asalto sensual y húmedo en la tina, me tomé una pastilla de emergencia recordando que él no había usado preservativo. Él salió primero. Cuando yo terminé luego de cepillarme el cabello, me vestí con su camisa y lo encontré en la cocina solo con unos pantalones holgados mientras preparaba el desayuno. Me senté en la barra admirando su preciosa espalda.
Cuando me sorprendió mirándolo, me guiñó un ojo.
— ¿Has visto algo que te haya gustado? — preguntó coqueto.
Me ruboricé con ganas y él me dio un beso en la frente.
— Hola preciosa, estás divina — saludó depositando un plato rebosante de yogurt griego con frutos, al lado jugo, un plato de huevos fritos con jamón, tocino, tostadas con mantequilla, croquetas de canela, café, té y mermelada.
— Buen día— contesté y miré atónita la barra —. ¿No es mucha comida?
— Para los dos— respondió y yo me sentí apenada—. Pensé que después de toda la actividad física que hemos tenido, debíamos estar hambrientos — susurró besándome y girándose para buscar un vaso de la estantería.
Bien, si tengo hambre pero no precisamente de comida.
— ¿Qué dijiste? — Inquirió girándose del todo.
— ¿Qué? No dije nada — respondí.
— Dijiste "Sí tengo hambre pero no precisamente de comida" — repitió.
Mierda ¿lo dije en voz alta?
Él me sonrió.
— Sí, lo dijiste. Otra vez…
Mi cara se puso rojo escarlata.
— Te amo — y alzó mi barbilla —, pero tengo que alimentarte antes de poder lograr otro asalto.
— Espera, ¿en la cocina?
Su sonrisa se ensanchó de manera enorme y rodeó la barra a paso apresurado.
— ¿Tiene hambre señorita Linton?
Yo parpadee excitada y asentí mordiéndome los labios.
— La quiero alimentar hasta saciarla.
Gimió al encontrar nuestras pieles calientes mientras me besaba los labios con desesperación, me alzó con las piernas alrededor de sus caderas sujetándome por el trasero, me sentó en la mesa del comedor, me rompió las bragas de un tirón y me desnudó de la única prenda que cubría mis pechos.
...
Mientras recorría un dedo por mi espalda desnuda y yo estaba encima de él, me sentí en mi hogar.
— Debería ser más considerado contigo, preciosa.
Yo levanté la cara sorprendida.
— Sabes a lo que me refiero — musitó—. Te tomo por sorpresa. Además, quiero que elijamos un anticonceptivo, bueno mejor dicho que elijas el que más cómoda te haga sentir. No quiero que te dañes tomando esas pastillas del día siguiente. Son como una bomba de hormonas.
Sonreí, siempre tan considerado. Le besé la nariz con ternura.
— Lo haré mi amor. Pediré una cita con la ginecóloga de Rose.
— Eso está bien, mi vida.
Y me besó la boca. Luego su frente hizo un gesto serio.
— Olvidé algo — murmuró y luego me acomodó con cuidado separándose de mí, tan solo vestido con calzoncillos. Yo miré alejarse a su bello trasero y entró al cuarto donde habíamos pasado la noche. Al volver me quedé boquiabierta al mirar una pequeña caja satinada, cuadrada de color rojo de aproximadamente 10 x 10 centímetros—. Feliz cumpleaños — dijo entregándomela y yo la tomé entre las manos mientras maniobraba para cubrirme con una sábana.
— ¿Qué es esto…?
— Un presente para ti, mi hermosa dama.
— Adrian…
— Solo ábrelo y si no te gusta podemos cambiarlo por algo más — murmuró con despreocupación evidente mientras me regalaba una sonrisa sincera y encantadora. Su comentario me desconcertó pero lo obedecí de buena gana.
Mi boca se abrió sorprendida. Dentro, una gargantilla de oro blanco se lucía en todo su esplendor, pequeñas enredaderas con hojas y al centro, una bella flor de cinco pétalos se abría con candor. En el centro, podía jurar que había un diamante.
— Pero, ¿cómo…?
Él me miró culpable y entonces, pensé lo peor.
— ¡No! No es lo que estás pensando Bella, yo compré esta gargantilla con mi dinero.
— Adrian… Pero tu graduación… El dinero…— me apresuré a decir y él colocó un dedo sobre mis labios.
— Bella, hay algo que quiero decirte… Pero necesito que confíes en mí y me hagas las preguntas que quieras solo al terminar.
Yo parpadee frenéticamente y asentí. Aclaró su garganta y me miró directamente a los ojos.
— Bella… Yo… No soy un becado de Harvard. La verdad es que nunca he necesitado una beca aunque con mis notas, soy ganador sin lugar a dudas de una que cubra el 100%— y entonces miró mis ojos de manera recelosa—. Soy hijo de Carlisle Cullen, accionista mayoritario de M&C Co. Mi familia está completamente acomodada en el mundo económico y social.
— ¿Qué…?
— Sí, yo nunca he sufrido de carencias en lo más mínimo pero tampoco soy un pretencioso. Me gano mi dinero trabajando como asistente de mi padre— trabajando desde abajo— y pronto asumiré la presidencia, después de la graduación. Por eso me ausentaba hasta dos semanas para cumplir con mi empleo y la universidad.
— Pero ¿por qué estás aquí? Me refiero a por qué te das esta vida si… — Y no completé la frase, me daba vergüenza y negué dos veces cambiando de pregunta—. ¿Por qué estabas ese día en el restaurant?
— Tenía hambre — sonrió ladino pero preocupado por mi pregunta inconclusa.
— ¿Habiendo otros lugares más sofisticados? — pregunté avergonzada ahora dándome cuenta de que mi hogar no estaba a la altura de un heredero. Y él lo notó.
— Me gustan las hamburguesas— contestó—. Y deja de hacer ese puchero porque eso no cambia lo que soy, Bella. Me gusta la vida contigo ahora y no deseo cambiarla. Estoy aquí porque te amo y no es ningún sacrificio estar aquí. En realidad, me gusta y mucho. No subestimes tu hogar, porque yo amo estar contigo, compartiendo tu espacio.
— ¿Por qué no me dijiste nada?
Él me miró sorprendido.
— En principio pensé que lo sabrías por todo eso de los medios de comunicación, pero cuando me di cuenta de que no sabías quien era en realidad, me quedé fascinado. ¿Sabes por qué?
Yo negué con la cabeza.
— Porque simplemente me estaba mostrando como una persona cualquiera, como alguien más. No un individuo que poseía grandes cantidades de dinero — y yo parpadee incómoda—. En ese momento, yo era solo Adrian Cullen invitando a salir a la chica más hermosa del lugar — y tomó mi cara entre sus manos—, y cuando te preocupabas por mí, me di cuenta de que en verdad no sabías quien era realmente ni el peso de mi apellido. Me atrajiste mucho más de lo que pude imaginar y estaba ansioso por estar contigo— Suspiró—. Por fin una chica encantadora que me veía por quien en realidad era y sobre todo que me amaba honestamente. ¿No es así, Bella?
— Te amo más que a nada en este mundo, Adrian… — le juré.
— Lo sé— respondió pegando su frente a la mía y dándome un pequeño beso en los labios—, estoy completamente seguro de ello. Espero que esto no cambie nada de lo que tenemos, mi amor.
— No lo hará — prometí —, solo sigamos como hasta ahora… No quiero un apellido famoso, quiero simplemente al hombre que me hizo el amor con locura hace unas cuantas horas.
— Así será — dio su palabra y me abrazó con ternura.
Me acomodé entre sus brazos con la frente fruncida. No me gustaba siquiera pensar que era lo que más había tras su apellido porque de cierta manera me habría solo de sentir abrumada por tantas riquezas suyas. Mi corazón latió con fuerza.
— No quiero que nada nos separe, mi amor.
— ¿Por qué algo nos habría de separar?
Yo moví mis labios de manera extraña.
— Yo no soy como tú…
Suspiró y negó lentamente con mi cabeza.
— Eres mejor que yo en muchos aspectos.
Me abrazó fuertemente y yo me quedé ahí, con la consciencia taladrándome la cabeza.
...
Corto pero un poco sorprendente D:!
¿Qué opinan chicas?
