CALIFORNICATION
Capítulo 7
Inesperado
Al día siguiente y esa misma tarde, yo me encontraba en mi departamento mientras me arreglaba para salir a la cena que daría la empresa del padre de mi novio. Opté por el vestido de color azul, me sentí sonrojada y nerviosa de solo pensar que a él le encantaba ese color en mi piel. Calcé los zapatos altos y negros de las cuales yo estaba perfectamente orgullosa y que eran de mi propiedad: Mis Christian Louboutins.
A las 7:15 — justo como Adrian me había dicho— pasó por mí y escuché sonar la puerta.
— Hola, mi amor— saludé rodeándole el cuello con las manos.
— Annie estás, maravillosa — sonrió entregándome una bella rosa.
— Gracias. Tú tampoco estás tan mal — sonreí mirándolo.
Por supuesto que no estaba absolutamente mal. Vestía un impecable traje negro de camisa blanca y corbata a juego. Justo a la medida que hacía denotar su glorioso cuerpo de David tras toda aquella costosa tela que definitivamente yo prefería en el suelo de mi habitación. Me mordí los labios de solo pensarlo.
— ¿Me estás imaginando desnudo? — Inquirió riendo y sacándome de mis pensamientos pervertidos.
— Eh… No…— contesté parpadeando como si me hubiese pescado infraganti.
— Que lastima — murmuró cerca de mis labios y luego quedándose a la altura de mi oído derecho—. Yo sí.
Justo cuando saboree esa deliciosa frase, mis piernas temblaron como gelatina. Él podía hacer que me viniera solo con su erótico lenguaje verbal.
Sonrió al notar mi mirada perdida y excitada. Mordí de nuevo mi boca y me besó los labios.
— Lo que me gustaría hacer con esta boquita — dijo socarrón y yo me ruboricé —, pero ahora no hay tiempo ni para esperar en el tráfico — jugó—. ¿Nos vamos? — me preguntó dándome la mano.
— Por supuesto— contesto y Adrian me escoltó de manera galante.
Cuando salí, me quedé pasmada, ¿Qué había pasado con el Ford Confourt en el que había viajado las últimas semanas? En su lugar, estaba un 9-3 Sport Sedan 2.0 T color plata. Un monstruoso auto alemán o sueco ¡¿Qué mierdas sabía yo?!
— ¿Lindo? — Preguntó mientras un hombre de cabeza rapada nos saluda con un seco asentimiento. El chofer, quizás.
— Adrian… Es… Increíble… — respondí sin más.
— No quería traerlo porque pensé que te haría sentir incómoda— murmuró apenado y abrió la puerta.
— No me sentiré así, si tú permaneces conmigo.
Y su sonrisa se hizo visible.
Me abrió paso como caballero tras luego rodear el auto para poder entrar. Cuando abrochó mi cinturón, yo pude refugiarme en los lujosos asientos de cuero negro.
— ¿Dónde será la cena? — Pregunté después de un rato de silencio.
— Iremos El Matador — respondió para mi sorpresa.
El Matador estaba localizado alrededor de 10 millas al noroeste de Malibú, aquella pequeña playa apartada ofrecía costas rocosas, grandes olas y algunas de las aguas más cristalinas en toda la costa de L.A. El llegar a aquel lugar resultaba difícil de ir y por lo complicado que podía llegar a ser el camino que llevaba hasta esa playa, algunos podrían exasperarse, pero ya que una vez que se llagaba a ella, se encontraban con que era el lugar perfecto para disfrutar de una cena romántica observando el atardecer dentro de una de las cuevas escondidas. ¿Cuántas veces había ido yo a El matador? No lo sabía, pero que triste se sentía ir sola.
— Vaya, que romántico señor Cullen — murmuré sonriendo y sentí su mirada fija en mi rostro.
— Se hace lo que se puede, señorita Linton — y jugó con mis dedos con toque erótico—. No se sorprenda que le pida que me acompañe a una de las cuevas— y me guiñó un ojo de manera traviesa— y entonces se tornó serio—. Riggs, andando.
— Enseguida, señor Cullen.
Y el enorme auto de origen alemán — o sueco — comenzó a andar en la carretera.
Cuando llegamos, el lugar estaba completamente precioso. Había enormes parcas de color blanco cubriendo el sol que se ponía apenas de manera gloriosa, casi siendo las 8:00 pm. Las mesas estaban decorados con lino beige y las sillas de color plateados tenían lirios como los centros de los comedores. Un sinfín de vajillas y montón de cubiertos eran acomodados en los manteles como si comer fuese de más cuestión de usar más porcelana para ser más elegante. Estaba asombrada. Las personas ocupaban sus lugares ya y no pude evitar sonrojarme en cuanto las miradas se colocaron sobre los dos.
— No estés nerviosa, nena. Solo están sorprendidos.
— ¿De qué? — pregunté de modo muy bajo sin perder la sonrisa amable.
— De que esté con la más hermosa de las mujeres — sonrió y yo lo seguí en su gesto.
Al llegar, una pareja sonreí de lado a lado.
— Cariño, estás aquí — celebró una mujer con voz amable besándole ambas mejillas.
— Madre, me alegra tanto de verte — respondió Adrian sonriendo y luego saludó a un hombre que se asemejaba mucho a él. Su padre con seguridad.
La madre era hermosa, parecida a una muñeca de porcelana. Su piel era clara y matizada y su cabello era de color castaño como el de Adrian. Sus ojos en cambio eran de color azul y poseía una figura para matar. El señor Cullen era también increíblemente atractivo — en el buen sentido—, su cuerpo era atlético y su cabello era oscuro, pero no demasiado como el mío. Tenía una alegre sonrisa y sus ojos eran verdes. Ambos vestían de manera elegante, pareciendo auténticas estrellas de cine.
— Y yo de qué estés aquí, hijo— contestó la mujer.
— Que gusto que nos acompañes— murmuró su padre.
— Padres, ella es mi novia, Isabella Anne Linton. Annie — presentó ahora dirigiéndose a mí—, ella es mi madre Lanna Esmerald Cullen y mi padre, Ernest Carlisle Cullen.
— Señorita Linton — saludó la madre dándome un enorme abrazo y besándome las mejillas.
— Llámeme Anne— le respondí sonriente.
— Mucho gusto, Anne — besó mi mano ahora el padre—, es un gusto conocerla al fin.
Adrian rio divertido.
— ¿Al fin? — pregunté desconcertada.
— Sí— dijo la señora Cullen—, no ha dejado de hablar de ti. Gracias en verdad.
¿Por qué?
— Señora... — musité.
— Puedes tutearnos, Anne — me ofreció.
Yo carraspee.
— Lanna, Carlisle — sonreí—, es un gusto conocerlos también.
— Y nosotros a ti, Anne. ¿Por qué no pasamos a nuestros asientos? La cena empezará pronto.
— Claro — respondió mi novio y me escoltó galantemente del brazo.
Los cuatros avanzamos hacia las carpas en donde la arena no hacía que los tacones se hundieran. Yo me acomodé a la derecha de Edward, mientras que sus padres a su izquierda. Me sentía un poco abrumada cuando los demás invitados comenzaron a llegar y me los iban presentando. Era tan difícil poder recordar tantos nombres. El lugar comenzó a escucharse con un barullo agradable mientras se iba ambientando como un fondo de música clásica. Brindamos con champán caro y burbujeante, hasta que a nuestra mesa llegó un enorme fortachón sonriente: el amigo de Adrian.
— Emmet — saludó el festejado—, me alegra que hayas venido— dijo palmeándole la espalda.
— Jamás me lo perdería— contestó sonriendo—, todo con tal de ver a esos viejos retorciéndose en su propio asiento al escuchar que serás el presidente.
Mi novio sonrió sin ganas, sabía que la idea de aquello no le parecía completamente llamativa e importante.
— Te quiero presentar a alguien — dijo tomándome de la mano y lo seguí—. Ella es Isabella Anne Linton, mi novia.
Y el fortachón me alzó con delicadeza del suelo con ademán juguetón y yo giré en el aire.
— ¡Por fin conozco a la famosa Bella! Mi nombre es Emmet Johnson. Amigo de Adrian desde que... Tengo memoria — sonrió.
Yo lo imité.
— Mucho gusto, señor Johnson.
— Llámame Emmet — pidió—. Me da gusto en verdad por fin ver el rostro tras el nombre. Mi amigo no deja de hablar de ti.
— Basta Emmet — pidió Cullen golpeando amistosamente su hombro.
— De acuerdo, de acuerdo. Brindemos pues, esta noche será maravillosa.
Y todos en unísono, alzaron su copa.
Un hombre afroamericano, de traje oscuro, cabello corto y muy atractivo, llamó la atención al pararse al centro de la pista y hablando a través del micrófono. Todos estaban absortos en su relevante presencia mientras llevaba una copa en su mano derecha.
— Buena noche, damas y caballeros. Bienvenidos a la cena en honor del futuro de la empresa M&C Co. Como todos ustedes saben, este impresionante banquete se ha llevado a cabo gracias a los anfitriones de la casa, la familia Cullen, para quienes pido un fuerte aplauso.
Todos los presentes, lo hicimos mientras Lanna y Carlisle sonreían y saludaban.
— Muchas gracias por esta maravillosa cena, señores — y alzó una copa hacia la mesa donde estábamos—. Tampoco queremos olvidarnos de la persona de quien depende todo este imperio, con ustedes… El señor Adrian Edward Cullen.
Él se tensó y apretó mi mano para que le diese seguridad.
Yo le sonreí a medias y entonces se paró de la silla, donde supuse que diría algún tipo de discurso , pero en lugar de eso, se limitó a alzar una copa y sonreír de manera demasiada mecánica, como guardando las apariencias.
Todos aplaudieron de nuevo mientras yo lo miraba con seriedad. Mi pobre corazón, se veía bastante presionado.
— Muchas gracias por esta noche, también a los demás accionistas. Sin más… ¡Que comience la cena!
Adrian tomó mi mano con suavidad mientras sonreía y bebía de su copa. Yo traté de hacerlo sentir seguro pero no sabía si lo estaba realmente logrando.
La cena estuvo realmente maravillosa y elegante. Llegamos a la parte del baile en donde él me invitó y yo gustosa acepté. Todos parecían sorprendidos de que de algún modo, él hubiese ido acompañado o quizás se debía a que nadie en el lugar me conocía, aunque podía entender porque se sentía realmente incómodo al ser el centro de las miradas. Lo entendía a la perfección, así eran mis noches en el maldito club.
— ¿Estás bien? — me preguntó tomando mi cintura al verme tan incómoda.
— Sí… Es solo que… Puedo entender por qué te sientes incómodo — le susurré.
Sonrió tomándome de la cintura.
— No me gusta que todo el mundo crea que soy una persona que goza de estar en estas situaciones, pero si estoy contigo es diferente porque no me miran a mí…
— ¿Entonces?
— A ti — respondió.
— No entiendo por qué.
— Hacía tiempo que no me presentaba con nadie, Annie. Y cuando pienso que puede ser eso, creo que también se debe a que hoy estás increíblemente mucho más hermosa. No todos los días me doy esta clase de lujos — citó para mí, recordando sus palabras y yo sonreí recordándolo todo.
Las baladas en inglés se escuchaban maravillosas en la playa, con el sonido del mar y la brisa salina. Adrian sujetó mis caderas mientras yo posaba mis brazos en sus gruesos hombros, dejándome que me guiara.
— Te ves encantadora esta noche — susurró de nuevo.
— Solo quería gustarte — respondí cuando giramos.
— Le has agradado a mis padres y a los demás presentes. ¿Sabes que eres realmente encantadora?
Me sonrosé.
— Tu familia es maravillosa, cariño.
— Lo son… Pero más lo eres tú… — y entonces comenzó a caminar a fuera de la pista—. Ven… Demos un pequeño paseo.
Lo seguí de buena gana mientras avanzábamos en la arena. Cuando estábamos perdiendo de vista la carpa blanca donde estaban los demás invitados, solo se podía ver a lo lejos dos cuerpos que se alejaban, sin saber quiénes eran en realidad. Adrian, al notar que mis pies se hundían, me cargó entre sus brazos haciéndome chillar.
— ¿A dónde vamos? — le pregunté con las manos enredadas en su cuello.
— ¿Impaciente, señorita Linton?
— Un poco, señor Cullen. ¿Es que acaso usted me está raptando?
— No creo que usted tenga una objeción referente a eso — murmuró y aquella frase me incitó a morderle los labios—. Tenga paciencia. Será bien recompensada por la espera… Se lo prometo.
Suspiré por la expectativa y en unos cuantos minutos, llegamos a lo que se parecía a unas cuevas en la playa, eran altas y oscuras pero podían fácilmente ser iluminadas por la luz de la luna — solamente — desde la parte izquierda de la misma. Cuando nos aproximamos, me depositó en el suelo, justo en un lugar donde nadie podía vernos.
La vista era completamente preciosa e iluminada por medianas lámparas que atenuaban apenas a luz.
— Esto es… Increíble — dije al tiempo que se colocaba a mi espalda y acariciaba mi vientre con la mano izquierda.
Sus labios besaban mi nuca con ternura y con la mano derecha, tomaba mi cuello.
— ¿Te gusta?
— Es… Maravilloso — balbucee cerrando los ojos y disfrutando.
— Tú eres maravillosa — y me besó el lóbulo de la oreja para poder metérselo a la boca.
Jadee ruidosamente, mi parte erógena había sido tocada deliciosamente por el hombre que yo amaba.
— Mmm.
— Quiero hacerte el amor aquí… — musitó subiéndome la falda y tocándome.
Arquee las caderas ante sus caricias y entonces, haciendo a un lado la ropa, hundió un dedo con delicadeza en mí.
— Oh.
— Pequeña… Nunca me decepcionas… — y me giró rápidamente recargándome en una de las paredes.
Me bajó las bragas de un solo movimiento y abrió la cremallera de su pantalón. Le sonreí traviesa mientras lo hacía. Su mano se posicionó perfectamente en mi espalda, me alzó de una pierna y besó mi barbilla con delicadeza.
— Mírame — me pidió tentando entrar a mi interior.
Lo sujeté de la cabeza con ambas manos, sosteniendo su mirada fijamente y al fin, lo sentí dentro de mí.
— Ah…
— Sí — gimió al par que pegaba nuestras frentes y se comenzaba a mover con ganas y mucha velocidad. Mordí mi boca con fuerza esperando no comenzar a gritar por las sensaciones mientras podía o mejor dicho lograba callar los dulces gemidos de él. Sus manos se deslizaban por mis muslos y mi trasero, clavándome las uñas de manera erótica, fue ahí que creí que incluso la idea de tumbarme en la arena blanca para que me lo hiciera no podía ser mala idea, aunque me dejaran en evidencia.
Mis piernas comenzaron a temblar.
— Aguanta, nena — pidió apenas imperceptible, conteniendo mi peso y moviendo las caderas deliciosamente fuerte—. Necesito más de ti.
Yo me mordí los labios y traté por todos los medios de seguir de pie.
Los temblores de mi cuerpo se comenzaban a juntar en mi vientre bajo y el remolino de placer se empujaba y estiraba en mi interior—. Te amo, pequeña… Te amo…
— Te amo, Adrian... Oh
Y entonces, la culminación llegó a mí con verdaderas ganas… Y secundándome, él se vino dentro de mí.
— Annie… — gimió recargándose al par de mí contra la pared dura. Colocó su frente en mi clavícula, respirando erráticamente y luego de unos segundos, me besó los labios.
Salió de mí interior con mucha delicadeza y me ayudó a vestirme en silencio — o alzarme las bragas en este caso—, besó mis piernas con delicadeza, soltando un suspiro en cada roce y yo me contenía de gemir. Al notar mis reacciones, me miró desde donde estaba y sonriendo, bajó la tela fina del vestido azul.
— Siempre me sorprendes, preciosa… — y yo le di unos últimos toques a su traje.
— Te amo — le prometí recargando mi cara en su pecho y me besó el tope de la cabeza.
— También te amo… Pero deberíamos irnos antes de que alguien note que no estamos…
— De acuerdo — respondí y me dio el brazo para escoltarlo.
Caminamos en silencio de nuevo hasta las carpas blancas. La gente estaba bebiendo y platicando como si nada. Yo trataba aun de tranquilizar mis respiraciones erráticas y en seguida giré mi vista hacia él, el cual parecía completamente tranquilo y yo haber subido 20 pisos en tacones.
Mientras lo tomaba con fuerza de la mano, recordé la llamada que había recibido de Aspen.
— Tengo algo que decirte — le susurré antes de que llegáramos enfrente de los demás.
— ¿Pasa algo? — preguntó preocupado sin dejar de avanzar.
— No es nada malo — le aseguré—, pero necesito ir a Colorado y estar ahí el lunes.
Sorprendido, se paró a mitad del camino.
— ¿A qué?
— Hay algunos asuntos de la abuela Marie que debo atender. Se trata de la propiedad de mi familia y la hipoteca, el banco me llamó…— y me quedé callada.
Preocupado, enarcó una ceja.
— ¿Por qué nunca me había contado de esto?
— Adrian — lo miré con firmeza —, después de lo que me dijiste de lo de la empresa, no quería que pensaras que solo estoy contigo por dinero — y lo tomé de la mano—. No es por eso que estoy aquí.
Me sujetó de la barbilla y besó mis labios con delicadeza.
— Yo sé que no, preciosa. Pero me gustaría ayudarte de algún modo… Podría darte…
— De ningún modo— le tajé—. Tú no debes preocuparte por unos asuntos tan banales, bebé.
Gruñó bajito.
— Amo que me llames así… Pequeña — bramó cerca de mi boca.
— Bueno, bebé — le guiñé un ojo mientras le acomodaba el saco—. Tú debes centrarte en lo que tienes y no pensar en más…
— ¿Quieres que te acompañe?
Yo dudé un segundo pero entonces me interrumpió.
— Diablos, el lunes tengo una junta en Sacramento… No podría acompañarte ni aunque quisiera.
— No te preocupes entonces, cariño. Podré ir sola — le besé las mejillas.
Torció el gesto pensativo.
— No me gusta la idea de que viajes sola, ¿Tienes el boleto del avión ya?
Negué con la cabeza.
— Yo me encargo, nena.
— No es…
— Nada de noes… — musitó besándome súbitamente —. Avancemos, señorita Linton. La gente nos está esperando— y palmeó mi trasero de manera traviesa, haciéndome reír.
Ni siquiera tuve la oportunidad de protestar y avanzamos hacia la mesa, donde se encontraban sus padres y Emmet, hablando de manera banal.
Al vernos llegar, comenzaron las interrogativas.
— Anne, Edward — saludó la madre —, ¿dónde estaban?
— Fuimos a pasear por el Matador — y apretó mis dedos de manera cómplice.
— Hermosa playa y muy romántica, ¿no lo crees, querida?
— Estoy absolutamente de acuerdo — respondí y miré de manera pícara a mi novio.
Aquella noche parecía maravillosa y realmente un cuento de hadas. Bailé de nuevo entre sus brazos, riendo como colegiala mientras las burbujas del champán comenzaban a hacer efecto.
— Estás muy risueña esta noche, cariño — murmuró cerca de mi oído.
— Quizás es porque estoy media borracha— musité con una risilla de campana pero ligera.
Adrian me besó la mejilla con ternura.
— A este paso, me parece que tendré que llevarla a casa y desnudarla. No creo que en su estado pueda siquiera quitarse el vestido, señorita Linton — se ofreció de manera picara.
— ¿Me está seduciendo, señor Cullen? — pregunté alzando una ceja de manera divertida.
— Eso depende — respondió apretándome contra su cuerpo.
— ¿De qué?
— De si esté funcionando…
— Desde el primer día — contesté guiñándole un ojo.
Y una sonrisa bella se instaló en su rostro.
Pero en ese instante, fuimos interrumpidos por el enorme fortachón de Johnson, el cual le tocó el hombro y le habló cerca del oído debido a la alta música.
— Cullen, los demás ejecutivos desean hablar contigo — musitó.
Noté como el cuerpo de Adrian se tensaba y fruncía el ceño.
— Diles que esperen — respondió parándose en seco.
— Sabes quienes son los más pesados — dijo como niño pequeño—, no dejaran de jodernos hasta que vayas a hablar con ellos.
Suspiró y se separó de mí.
— Annie, ¿te importaría quedarte un momento con Emmet? Necesito arreglar unos asuntos.
— No hay problema— contesté.
Me besó la mejilla y me tocó con sus pulgares.
— Te amo — me dijo y luego miró a Emmet quien se mostraba burlón y socarrón— Y tú— le ordenó con seriedad—, cuídala.
— Como usted ordene, capitán — respondió con una seña militar y mi novio sonrió, me guiñó un ojo y se alejó.
Cuando nos quedamos solos, Emmet me hizo una señal caballerosa invitándome a bailar la siguiente pieza. Yo acepté con un asentimiento en la cabeza y lo tomé del hombro y él de mi cintura y así, comenzamos a bailar.
Como yo era mucho más pequeña que él, tenía casi la necesidad de pararme en la punta de mis tacones, fue entonces que el enorme fortachón, me alzó en el aire, como si fuese una muñeca la cual los pies se le movían sin rumbo.
— Estás muy alto.
— Casi dos metros, Anne — se pavoneó.
— Debiste pertenecer a un equipo de basquetbol, tal vez— adiviné.
— Estuve en uno de béisbol un tiempo, antes de irme al ejército.
Yo parpadee sorprendida.
— ¿Ejercito?
— Sip— respondió sonriente, ¿siempre se mostraba tan feliz? —. Fue un año difícil, perdí a mis padres un año antes de enlistarme y la familia de Adrian me acogió. Lanna y Carlisle son unas personas maravillosas.
— Me lo imagino — comenté aunque me era muy difícil pensar en aquel risueño fortachón con arma en mano, pero si me lo proponía, hasta resultaba intimidante.
Y giró con lentitud.
— ¿Tú tienes familia? — inquirió de manera repentina, sacándome de mi ensoñación.
Negué con la cabeza lentamente.
— Mi único familiar murió hace más de 2 años, era mi abuela. Mis padres murieron en el atentado del 2011 en Nueva York.
— ¿Estaban cerca de las torres?
Negué de nuevo.
— Iban en uno de los aviones.
Y por primera vez, su semblante se hizo serio.
— Lo lamento — dijo esta vez pero de modo que me hizo decaer un poco en mi autoestima.
— Gracias— suspiré—, eso fue hace mucho tiempo y ahora… Tengo a Adrian— sonreí.
El hombre alto me acomodó de manera que ahora prácticamente giraba en el aire.
— Sí — contestó rompiendo el aire fúnebre de mis confesiones—, Adrian Cullen es mi casi hermano — y corrigió negando—. No, él es mi hermano. También pasó por tiempos difíciles y cuando comenzó a hablar de ti, lo vi muy cambiado.
— ¿De verdad?
Asintió en silencio.
— Supongo que sabes lo que ocurrió con… Ya sabes.
¿Qué…?
Lo miré contrariada y él me miró como si la respuesta fuese obvia.
Ah ya, la desgraciada que lo cambió por un imbécil que actuaba como la mierda. Bueno, la mierda no actuaba y aun así, era mejor.
— Sé un poco…
— Creo que solo lo dijo porque odia tener secretos— suspiró dándome un duro golpe en mi conciencia. ¿Secretos? Yo tenía uno que me hacía sentir como si fuese un grillete en mi tobillo y me dejaran caer en el mar y me centré en la realidad, tratando de no ser evidente—. Creo que solo te dijo lo suficiente…— comentó pensativo.
— ¿Lo suficiente?
— Edward es un hombre fuerte — comenzó a decir ladeándome de derecha a izquierda con mucha paciencia mientras las demás parejas giraban a la par—, pero hubo un tiempo en que nadie lo reconocía, inclusive su familia.
Parpadeé extrañada y Emmet suspiró, como si volviese en un Flashback.
» Su madre siempre vivía con el temor de encontrarlo herido o golpeado de muerte en algún bar de la ciudad, en el peor de los casos, encontrarlo muerto. Casi todas las noches, me desvivía por buscarle para encontrarle sano y salvo, aunque siendo honesto corría más suerte cuando lo hacía aunque estuviese más golpeado que un saco de box. Se reñía por cualquier estupidez y honestamente, no escuchaba a nadie.
Quise más de una vez enfrentármele, pero sabía que solo lograría hacerlo enojar más y lograr que se empeñara en seguir en ese estilo de vida. Me dolía verlo de ese modo— confesó como si no pudiese detenerse ante tales revelaciones—, hasta que un día, todo volvió a la normalidad. O eso creímos. No nos dimos cuenta de que había dejado de consumir alcohol, sino que lo encontramos con paquetes de cocaína, aunque creo que nunca los probó. Eso no me alegró del todo pero era mejor que nada, sin embargo, haberlo encontrado con esas cosas en sus manos, solo significaba algo: sabíamos que todo se iba al caño o era el principio de eso.
Yo respingué por las crudas palabras que había elegido, pero hice como si pudiese mantener la calma.
» Luego de mucha insistencia y muchos meses después de casi encontrarlo dopado hasta casi morir, Adrian asistió a varios grupos de ayuda y cuando creímos que todos los miedos se habían esfumado, vimos la noticia en el periódico acerca de… Ya sabes quién.
Yo asentí, recordándolo.
— Lo encontré furioso cuando fui a visitarlo a Oakland, estaba completamente destruido el lugar en donde se quedaba y yo no entendía hasta que me lo mostró. Entendí que estaba molesto por las acciones que ella había hecho, aunque me juró que no sentía nada por ella, pude entender que su dignidad, su ego, sus ideales habían sido pisoteados por una mujer. Se sentía burlado, alguien inexistente.
» Fue entonces cuando salió corriendo hacia el auto y dio paso a su camino sin detenerse. No pude detenerlo y no supe a donde iba.
Mi mente viajó a esos días y memoricé lo que Adrian me había dicho.
"Yo venía a Los Ángeles para poder buscar a un contacto que vendía cocaína y me conocía perfectamente. Aunque realmente quería ir a Sacramento…"
Parpadee, aun sin procesarlo.
— Ese día… — murmuré.
— ¿Qué ocurrió?
— Ese día fue cuando nos conocimos.
Sus ojos se abrieron a la par.
— ¿Estás bromeando?
— No — dije cuando él me depositó en el suelo y la canción había acabado. Las personas aplaudieron por el baile y yo lo miré a los ojos—, ese día él paró en un restaurant y ahí fue cuando nos vimos la vez primera.
Se despegó de mí sin creerlo.
— ¿Sabes qué significa, Anne?
Yo respiré sin poder creer la verdadera situación y lo escuché con determinación.
— ¿Qué?
— Que le salvaste la vida.
— ¿Qué le salvé la vida? — Inquirí de manera estúpida.
— Bella — me tomó de las manos —, Adrian no quería buscar drogas… ¿Crees que de haber sido así no le era más sencillo pedirlas? Incluso que se las llevaran a su casa en Oakland en lugar de viajar a Los Ángeles, tenía el modo de hacerlo… Él se sentía cansado, de todo. La idea de la mujer que lo había burlado y toda la presión de la empresa, lo tenían al borde… Siempre me dijo que nadie lo buscaba por quien en realidad era, el peso de su apellido, de su nombre lo hacía una persona falsa, ¿Quién estaba con él de verdad? Creo que incluso dudó de su familia y al pensarlo, se encontró en un mero callejón sin salida…— Y suspiró de manera lenta—: Quería suicidarse…
Mi mente — mucho más lenta quizás que la de los demás— comenzó a procesar o intentar entender todo de nuevo. Mi corazón se abría paso con demasiada velocidad. Si alguien me hubiera dicho, que yo había evitado que se fuese a drogar, lo habría creído. Pero el hecho de haber evitado que se suicidara, mostraba que yo había sido la responsable de que estuviese aún, con vida. ¿Qué mierda significaba?
Repetí en mi mente sus palabras…
"Entonces, concédale al destino el honor de juntar a dos extraños aceptando mi invitación… Le aseguro que cosas maravillosas pueden suceder"
"No todos los días tengo el lujo de conocer a alguien como usted"
"No tardes más…"
"Porque ese día, me enamoré profundamente"
"No podía darme el lujo de perderte ahora que te había encontrado"
— Dios mío…— murmuré con las manos en mi boca.
— ¿Qué pasa? — Preguntó preocupado y luego, pareció entenderlo—, ¿No lo sabías, cierto?
Negué con lentitud.
— Creo que fue muy indiscreto — contestó apenado—, pero debo decirte que desde ese día, cambió completamente, incluso, noté que volvió mucho más alegre.
Me sorprendí aún más.
— No te preocupes — respondí tocándole el hombro—, tú no sabías… Además entiendo que él no me lo haya dicho.
— ¿Qué cosa? — preguntó una voz a nuestra espalda y Adrian me tomó de la cintura con una sonrisa en los labios.
Emmet abrió los ojos, sorprendido y asustado, quizás.
— Yo… — Balbucee—. Me refiero a que…
— Anne me comentó que no sabía que tú y yo pertenecíamos a un equipo de béisbol hace años, cuando éramos más jóvenes— explicó salvando el tema.
Mi novio rio divertido.
— Lo recuerdo— comentó haciéndome sentir aliviada —, creo que teníamos 16 años cuando entramos.
— Sí — contestó el forzudo poniendo sus manos en sus bolsillos —, era bueno siendo short stop— luego suspiró y sonrió —, bueno los dejo solos. Iré por un vaso de Brandy y de paso a ver si alguna dama quiere bailar — me guiñó un ojo—, fue un gusto bailar contigo, Anne.
— Igualmente, Emmet.
Luego se giró a mi novio y palmeó su hombro.
— Hablamos luego, hombre.
— Seguro — respondió sin dejarme de tomar de la cintura.
Luego comenzó a sofocar una risita y habló.
— No se pierdan, muchachos. Eso de pasear por la playa son decisiones peligrosas — y comenzó a carcajearse de manera estruendosa, logrando que mi cara se volviese de color escarlata.
Yo bajé la mirada de manera avergonzada, cuando levanté la vista lo noté completamente serio y concentrado en cada una de mis facciones. Me sentí de nuevo nerviosa al notar que su pecho subía y bajaba con moderada cadencia y a la vez saltaba con leve violencia, casi imperceptible.
— ¿Estás bien? — pregunté preocupada.
Él se quedó en silencio mientras me sostenía la vista, su mano derecha se levantó con deliberada lentitud para acariciarme la mejilla y yo me quedé inmóvil.
— Tengo tanta suerte de haberte encontrado en mi camino, Isabella.
Pero antes, incluso en el segundo en que sus palabras entraban por mis oídos y se extendían por todo mi cuerpo, ni siquiera pude ser consciente de la reacción, de sus motivos. Me tomó de la cintura con fuerza, atrayéndome a su cuerpo. Mis manos quedaron inmóviles o quizás estáticas por la repentina intromisión y estampó su boca en un beso voraz y hambriento. Dejé mis ojos abiertos mientras me devoraba la boca con pasión, necesidad y una sutil pizca de melancolía. Pensé en ese pequeño rincón de consciencia que habitaba en mi cabeza, de mi vida… Sin él.
Su lengua pidió permiso, empujando deliberando para juguetear con la mía. Gemí sobre sus labios, soltando el aire tibio de mi respiración, provocando una ligera mueca de placer en su rostro. Y entonces, mientras la lucidez aun habitaba en mí, lo pensé una y otra vez. Y otra vez más.
Me imaginé llegando incluso a la prostitución, sin prejuicios de lo bueno y lo malo y sobre todo, sin límites. Si él no hubiese existido más, mi vida se hubiese ido por un caño, porque nunca lo habría conocido aquel día... Me habría empeñado en ganar dinero a diestra y siniestra sin importarme a quien dañaría y aunque, realmente ahora lo dañaba con mis mentiras, yo no traspasaba los límites infranqueables: la infidelidad.
Con Adrian me sentía mujer en el sentido bíblico.
Mi vida giraba en torno a ese fabuloso hombre con pasado triste y si yo lo había salvado, él me había salvado a mí, de mi misma.
Acepté su beso de buena manera y mis manos se enredaron en su cabello y en su cuello, necesitándolo al completo.
Sus manos se enmarañaron en mi espalda con mucha pasión, casi tocándome el trasero. Quería pedirle que nos fuéramos de ahí, que me llevara al auto y si era preciso — si es que él tampoco podía soportar la espera — que me hiciera el amor en el asiento trasero y no parase en una semana.
Tuve la urgente necesidad de enredar una pierna en sus caderas y lo sentí tensarse, olvidándome de donde estábamos en realidad.
— Mmju — alguien carraspeó a nuestras espaldas y entonces nos separamos de manera rápida, como si hubiésemos sido pillados, como dos adolescentes.
Yo bajé la vista de inmediato.
— Disculpe que lo interrumpa, señor Cullen — murmuró la voz varonil con acento sureño y los folículos de mi piel se erizaron al completo. Mi consciencia se llenó de pánico de manera automática, la voz, la maldita voz—, el señor Hersmals desea hablar con usted antes.
Y alcé la vista, confirmando mis miedos.
— Claro — respondió Adrian de manera brusca por la molesta intromisión—. Antes, le quiero presentar a la señorita Isabella Linton. Bella, te presento a uno de los más importantes accionistas y ejecutivos de la empresa de mi padre.
Y su sonrisa amarillenta se mostró con indulgencia.
— Mucho gusto, señorita Linton, me llamó Bill Northon — dijo tomando mi mano y besándola con educación, mojando con sus labios la piel de mis manos, causándome nauseas automáticas—. Encantado de conocerla.
ME VA A DAR ALGO
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