Capítulo 8

¿Identidad descubierta?

Mi cuerpo se llenó de pánico inminente mientras lo veía a los ojos. Me quedé en silencio, quizás en shock tras recordar su horrible mirada y su amarillenta sonrisa en cuanto se venía en mi boca. La frente me comenzó a sudar de manera fría y escalofríos se instalaron por mi cuerpo, haciéndome sentir las piernas débiles y la boca amargosa.

¿Annie? —escuché la voz de Adrian llamándome con insistencia y yo solo podía ver borroso a mi alrededor, incapaz de poder centrarme en algún punto exacto.

Y entonces, mis pies me traicionaron — o quizás mi consciencia — y caí de bruces en los brazos de ¿mi novio? El horrible olor a viejo se filtraba por mis fosas nasales, sabiendo que había caído en los brazos del horrible, señor Northon.

¡Ayuda! — alguien gritaba con insistencia, pero supe con seguridad quién. Cerré mis ojos sin saber de mí.

Me encontraba sentada en el jardín de mi casa.

Eran principios de abril y mi abuela Marie, me había prometido que comeríamos tarta de manzana después de haber trabajado todo el día en la biblioteca de la ciudad y haber practicado mucho en el estudio de ballet. Me descalcé y pude notar que la punta de mis pies comenzaba a sangrar y me limité a acariciarlos con la palma de las manos.

¿Qué haces tan sola ahí, Isabella?

Alcé mi vista y lo vi. Vestía una playera de los Yankees de Nueva York, unos pantalones azules y un tenis negros. Mathew Nicholas Prestt era el chico más guapo de aquel lugar y era mi novio. Sonreí al verlo y se sentó a mi lado, besando mi hombro.

Gozando de la paz mental, ya sabes.

Sus caricias comenzaron a subir de tono mientras yo me sentía mucho más incómoda a cada segundo.

Deberías estar menos tensa, Isabella…

Me removí de mi lugar tratando de alejarlo pero entonces, intentó meter su mano dentro de mi blusa.

Basta, Mat…

¿Por qué? preguntó con voz ronca cerca de mi oído—, ¿Te gustaría que lo hiciera detrás de los arbustos?

Me alejé tan rápido como pude y entonces me echó sobre el pasto, intentando besarme.

¡No! ¡Aléjate! Chillaba pretendiendo poder hacerlo desistir de sus intenciones.

Eres mía, cariñorelamió mi cuello desabrochándome los botones de la blusa, ¿Lo recuerdas?

¡No!

Y en ese instante en que cerré los ojos, su rostro se deformó y tomó la figura del viejo Bill Northon, intentado poseerme de manera carnal.

— ¡ADRIAN! — Grité despertándome de golpe.

— Eh, eh — dijo tomándome por lo hombros para calmarme y lo vi con el ceño preocupado—, aquí estoy pequeña — besó mi cabeza con tranquilidad. — ¿Tuviste una pesadilla? — me preguntó con preocupación.

Lo miré a los ojos, incapaz de contestar y ante tal reacción me besó de nuevo la cabeza, tomó mi barbilla y sonrió de manera confortante.

— No te preocupes, mi amor… Todo está bien y nada de eso es real… Estoy contigo… Siempre.

Suspiré llenándome de su aroma, junto a su pecho, agradecida de que tuviese razón y cerré los ojos. Al abrirlos de nuevo, miré a mí alrededor, intentando tranquilizarme pero no pude reconocer el lugar. Coloqué la mano sobre mi pecho y comencé a respirar con normalidad.

— ¿Dónde estamos? — inquirí ahora más sosegada.

— En el hotel Normandie LA — Me respondió dándome un vaso de agua.

Sabía dónde, porque alguna vez había pasado frente a él, ni loca hubiese podido pagar una sola noche ahí, ya que era uno de los mejores y nuevos. El hotel estaba localizado en el bullicioso distrito de Koreatown-Wilshire Center. Miré a mí alrededor con detenimiento. La habitación contaba con piso de madera totalmente restaurados, baños estilo Art Deco, en la pared había un televisor de pantalla plana, muy grande para solo una pieza.

La cama donde estaba, tenía ropas de color dorada con beige con una cabecera de color café oscuro. Las paredes eran de color blanco, había lámparas en ellas y en pequeñas mesas de color café con negro, muebles para estar ¡una pequeña sala frente a nosotros! Y hasta donde mi vista alcanzó, noté una pequeña cafetera en una cocina integrada, además de algunas piezas de arte. Había una enorme lámpara central y era la más vistosa de todas, era de cristal fino e iluminaba el centro de la habitación.

Me bebí el vaso lentamente aun viendo a mí alrededor y luego me tendió un par de pastillas, lo miré extrañada.

— Son para el mareo que te dio — y sonrió de manera graciosa —, parece que nos hemos pasado con las copas.

Me las tomé y el vaso de agua completo, luego de dárselo, me miré detenidamente el cuerpo y noté que estaba en ropa interior. Luego lo vi a él y me di cuenta de que no llevaba el saco y que las mangas de su camisa estaban arrolladas por los codos, se veía sexi.

— ¿Cómo te sientes, pequeña? — me preguntó concentrado en mi cara y no en mi cuerpo.

Se sentía bien saber que le preocupaba mi estado de salud antes de fantasear con mi desnudez. Adrian siempre sería un caballero pero algo no me quedaba en claro.

— Me siento mejor — respondí tocándome la frente—, pero ¿Por qué terminé en ropa interior?

— Porque había mucha posibilidad de que te vomitaras el vestido, hermosa… De hecho, pensé que lo harías en el auto — rio.

Mi cara comenzó a quemarme de la vergüenza.

— ¿Hace cuánto que estamos aquí?

Miró su reloj de brazo y frunció el ceño pensativo.

— Son las 12:14 am, cerca de unas dos horas.

— Es tarde— comenté peinándome el cabello con la mano.

— Deberíamos dormir ya— dijo desabrochándose la camisa de manera deliciosamente tentadora y no pude evitar morderme el labio. Se veía increíblemente atractivo y me encantaba.

Me miró con picardía y sonrió.

— ¿De nuevo imaginándome desnudo? — preguntó bajando la cremallera de su pantalón.

— Oh… No tiene idea, señor Cullen — sonreí de manera abierta.

Adrian se quitó rápidamente el pantalón y se quedó en ropa interior, se giró como posando para mí y tuve que intentar no ahogarme con mi propia saliva. Su trasero se veía increíblemente atractivo desde mi ángulo, las sábanas se hicieron remolino debajo de mis palmas, conteniendo la respiración.

Oh madre santa, él es tan…

Se acercó a mí de manera lenta, empujando mi cuerpo contra el blando colchón, alzando mis manos por encima de mi cabeza y besando mi cuello. Mi pulso se aceleró con fuerza y comencé a sentir demasiado calor.

— ¿Está usted bien, señorita Linton? Puedo escuchar su corazón latir con fuerza, parecen las alas de un colibrí… — murmuró cerca de mi piel sensible.

Su cadera rozó con la mía y en esa lenta danza, comencé a intentar frotarme contra él.

Subió de manera lenta sobre mis pechos y luego volvió a mi cuello, ahí se quedó un momento hasta ascender cerca de mi lóbulo, el cual mordisqueó lentamente y succionó con lentitud.

— Ahh.

— Me encanta descubrirte — gruñó tomando mi cintura con una mano y sosteniendo mis brazos sobre la otra—, me encanta descubrir qué es lo que te excita.

Su palma parecía inquieta, bajó de un solo movimiento la copa de mi sostén y miró mi seno de manera detenida mientras se relamía los labios y de un solo golpe, se lo metía a la boca. Me comencé a retorcer bajo su cuerpo, esperando que me soltara de las manos y poder halarlo de la cadera para que entrase de nuevo en mí.

La humedad caliente de su lengua se desenvolvía contra la sensible piel de mi pezón y entonces, mis caderas cobraron vida. Los huesos de esta, se mecían esperando encontrarlo y justo cuando estaba a punto de llegar, se detuvo.

Parpadee frustrada por no haber encontrado mi liberación mientras me soltaba de las manos y bajaba dándome pequeños besos por el estómago y luego el ombligo. Se detuvo en mi vientre y cuando estuvo cerca de mi ingle, comenzó a mordisquear por dentro de mi pierna. Mis caderas se levantaron con ese roce y de nuevo las sábanas se retorcieron bajo mis manos, pidiendo clemencia por medio de los descoordinados gruñidos que salían de mis labios.

Besó ahí por un buen rato y con su nariz pasaba y acariciaba esa zona tan sensible. Me sentía acalorada y se hubiese tenido un punto consciente en mi mente, me habría sentido apenada pero en ese instante no quería que se detuviera. Me apoyé en mis codos y noté su cabello castaño entre mis piernas, moviéndose de arriba abajo sin penetrar la tela de mi ropa interior. Era la escena más erótica que había visto en mi vida.

Eché la cabeza hacia atrás y Adrian tomó mis rodillas abriéndolas un poco más, yo me dejé de llevar porque de manera mecánica era lo que más deseaba, que no se detuviera. Y entonces, noté que el peso de la cama se hacía más liviano, incliné la cabeza hacia delante mientras por mi nuca escurría una gruesa gota de sudor.

Provocador y perverso, se remojó los labios y su mirada verde se oscureció con la mía, hasta ese punto yo fui completamente consciente de su respiración errática y desesperada. Le sostuve la vista y le di un ligero asentimiento, diciéndolo si a cualquier cosa que quisiera.

Colocó las manos sobre mis caderas y cuando creí que me arrastraría al borde de la cama, tomó el borde mis bragas —colección de los regalos de Rose — color negro y las bajó de un solo tirón. Las ligas reventaron dándome pequeños golpecitos en los muslos y aunque había dolido, no sabía porque lo habría disfrutado.

Sonrió divertido y se posó encima de mí, pensando que me besaría pero en realidad, soltó las pocas horquillas de mi peinado y dejó mi cabello caer sobre mi espalda en un suave golpe.

— Me gustas más con el cabello suelto — murmuró poniendo las manos sobre mi espalda, buscando el broche de mi sostén.

Yo apenas era consciente de lo que estaba sucediendo alrededor o inclusive afuera, tan solo me habría gustado gemir alto para que supiese que me volvía loca y que era suya, al completo. Mis ojos se cerraron lentamente y pasé saliva de manera lenta.

Esperé a que me atacara de nuevo, pero en lugar de eso, comenzó a masajear mi cabeza, como destensándome al completo por el forcejeo de mi peinado. Se sentía absolutamente delicioso y comencé a suspirar.

— ¿Te gusta? — me preguntó sin detenerse.

— Se siente increíble — respondí mordiéndome los labios.

— Me agrada escucharlo — y lo sentí posarse ligeramente en mí, su peso me recordó que estaba encima mío y yo a su merced. En un pequeño movimiento, colocó una gran cantidad de mechones hacia mi lado izquierdo de la cabeza y sin detenerse, volvió a succionar de mi lóbulo, logrando que yo casi brincara del colchón, queriéndolo dentro de mí.

Mis manos querían enredarse en su cuello, en su espalda o en cualquier parte de su encantador cuerpo pero era imposible, debido a la sumisa posición en la que estaba.

— Adrian… Te necesito…

— También te necesito — respondió hablándome al oído, al par que su húmeda y caliente respiración erizaba los vellos de mi nuca y mi espalda—, pero antes necesito darte placer de todas las maneras posibles.

Su promesa era tentadora y sentí erguirme de los senos.

— Oh, Dios — musité sentir la excitación golpeándome fuertemente la entrepierna.

Sentía culminar ¡sin que me hubiese penetrado!

— ¿Vas a venirte sin que te toque, nena? — me preguntó y entonces abrí los ojos y lo noté jadeante.

En un segundo, se bajó de mi cuerpo y arrastró el mío hacia el borde de la cama — como lo había pensado desde el principio—. Alzó mis piernas por los tobillos en una posición de 90° grados y en un fantástico movimiento, las abrió.

Me sentí expuesta, demasiada desnuda — aunque ya lo estaba — pero increíblemente excitada. Con una sonrisa maliciosa, se chupó el dedo índice y lo pasó por mi sexo con demasiada lentitud. Me comencé a retorcer por la sensación y justo cuando quise cerrar las piernas, él me lo impidió con el brazo.

— Oh, si — murmuró — siempre tan lista, pequeña.

— Adrian… Por favor…

Y coló primero un dedo en mi interior haciéndome arquear la espalda para su delicioso recibimiento. Mis caderas se comenzaron a mover al par de su muñeca y otro travieso dedo entró, haciéndome gritar de placer.

— Déjame escucharte, preciosa.

Lo sentí moverse, de arriba abajo y luego alternando afuera y adentro. Mis pulmones trataban de acaparar el aire e intentar respirar pero las sensaciones que me abrumaban de manera catártica y sentí un vacío frío en cuanto salió de mi interior.

Alcé la cabeza en un segundo y lo noté irguiéndose sobre.

Oh sí.

— Mírame — ordenó con la voz gruesa y el pecho mojado de sudor.

Lo obedecí con el pecho subiéndome y bajándome con violencia. Pero inconscientemente comencé a cerrar los ojos por las sensaciones.

— Mírame, Anne — dijo de nuevo pero esta vez de manera más ruda y excitante.

Cuando apenas mi vista lograba enfocarse, entró en mi interior de un sordo golpe y luego comenzó a moverse en un movimiento rápido. La punta de mis pies se posicionó bien sobre el borde la cama, en donde yo mantenía alzadas las caderas. Adrian sostuvo mi trasero en el aire y luego comenzó a embestirme sin contenerse, dejándome caer el coxis sobre el lecho.

Me mordí los labios, sintiendo como la sangre se contenía en mi boca sin salir a flote. No me extrañaba que en ese punto, mis labios estuviesen completamente rojos e hinchados. Me miró a los ojos y comenzó a negar lentamente y luego echando la cabeza hacia atrás.

— Bella… — gruñó lentamente y se irguió sobre mí, halándome de la mano y sentándome sobre la cama para luego colgarme a sus caderas. Sostuvo mi peso en el aire y su delicioso rocé llegó a mi interior con mucha más profundidad.

— Adrian… Oh sí — gemí lentamente intentando aguantar las poderosas sensaciones.

Cuando pensé que seguiríamos así, de nuevo caí de espalda sobre la cama y enredé las piernas a sus caderas. Mi novio colocó las manos a ambos lados de mi cara y comenzó besarme con demasiada humedad. Me sentí enloquecer y a gemir tan alto que quizás las personas de las otras habitaciones podrían habernos escuchado, más no me importó.

Y el placer se extendió — increíblemente por mucho más tiempo y de manera más intensa —. Las extremidades de mi cuerpo, comenzaron a tensarse, listos para la liberación

— Di mi nombre… — gimió mirándome a los ojos.

— Ad…r-ii-a-n — fui capaz de decir.

— Dilo de nuevo — me ordenó, contenido por las sensaciones que también lo mantenían al borde de la locura.

— Adrian… Adrian… — y en un momento, cuando apuñé los ojos y sus caderas se fueron deliciosamente apuntando a mi sexo, grité—: ¡ADRIAN!

— Oh… ¡Dios! ¡ISABELLA! — Se unió a mí, explotando, derramándose dentro de mí y hundiendo su cara en mi cuello.

Nos quedamos quietos. Disfrutando de su calor, me permití tocarle la espalda mientras su peso se posaba en mi cuerpo y luego se giraba para hacia mi derecha saliendo lentamente de mi interior. Me apretó contra su cuerpo caliente y su respiración errática comenzó a hacerse lenta y cadente.

No dijo nada, se limitó a acariciar mi cabello con ternura y sostenerme contra su pecho.

— Te amo — murmuré besando su esternón de manera lenta, marcando el contorno de sus músculos.

— Yo también te amo, pequeña.

Suspiré, recordando las palabras que recién me había dicho Emmet esa noche referente a la vida que había tenido Adrian. Su voz en mi interior resonaba en mí como un taladro, como si estuviese dispuesto a joderme la existencia con su un solo murmullo y temblé. Mi cuerpo se llenó de pánico. Estaba completa e incondicionalmente enamorada del maravilloso hombre que me había hecho el amor hacía unos minutos y estaba dispuesta a darlo todo por él.

Y ahora que podía admirarlo así de indefenso, desnudo no solo de su cuerpo y de su alma, había entendido que solo podía valorarlo después de haber sufrido tanto.

— ¿Estás bien? — me preguntó, sin darme cuenta de que las lágrimas habían comenzado a salir.

Yo me quedé en silencio, intentando tranquilizarme. Rogaba porque no se le ocurriese mirarme a la cara y aterrarse al darse cuenta de que estaba llorando.

— Sí — respondí con la voz contenida y los labios temblorosos.

Y justo como pensé, me alzó de la barbilla y me miró a los ojos.

— Mala mentirosa — contestó divertido pero con un dejo de preocupación—, ¿te hice daño?

— Tú jamás me harías daño — y sonreí tristemente mirándolo a los ojos.

— Sabes a lo que me refiero… Quizás fui demasiado brusco contigo, preciosa.

— No — expliqué —, me ha gustado… Mucho en verdad…

Adrian suspiró aliviado pero sin dejar de preocuparse por mí inexplicable llanto.

— Entonces, ¿Por qué lloras?

¿Qué quería que le dijera? No podía simplemente hacerme la valiente por una noche y decirle mi secreto, cuando yo lo sabía casi todo de él ¿O contaban las confesiones de Emmet Johnson? No, no podía perderlo, no cuando lo amaba y necesitaba tanto.

— No sé qué haría sin ti… — le confesé.

— ¿Crees que te dejaré? — inquirió sorprendido, mirándome directamente a los ojos.

— Yo…

— Ni siquiera lo pienses, Isabella Linton. Te amo y estoy completamente enamorado de ti. Ninguna mujer me había hecho sentir como tú y no creo que ninguna mujer lo haga. Me encantaría que fueses completamente consciente de mis sentimientos por ti pero ahora, solo puedo decirte que sin ti… — se detuvo y acarició mi mejilla — Sin ti creo que estaría muerto.

Pasé saliva de manera ruidosa y comencé a llorar.

— Eh, eh ¿Qué pasa? Me estás preocupando — dijo nervioso —, ¿Debería llamar a un doctor?

Yo negué quizás cinco veces en ese instante y me decidí a decirle la verdad. Su verdad, no la mía. La realidad de que yo sabía acerca de su vida.

— He hablado con Emmet mientras bailábamos.

— ¿Qué te ha dicho? — preguntó tocando mis labios con su dedo pulgar y luego acomodando mis cabellos hacia atrás.

— Me… Me… Dijo cosas que omitiste…

Su cuerpo se tensó pero no dejó de tocarme.

— ¿A sí?

Asentí en silencio.

— ¿Qué clase de cosas?...

— Lo que pasó hace algunos meses atrás, Adrian. Justo el día en que nos conocimos…

Pero en ese momento, se detuvo y se alejó de mí con educación. Me sentí al borde de la locura, no quería que dejara de tocarme. Comenzó a tocarse el cabello de manera nerviosa, como si fuese a perder la locura, luego entendí que quería que continuase hablando.

— Tú no venías a Los ángeles por… Ya sabes…— musité colocando mis manos sobre mi regazo.

— ¿Te preocupa que esté enfermo de algo? — preguntó sacándome de mis pensamientos.

¿Qué?

— ¿De qué hablas?

— Me refiero a que tú crees que quizás tenga una enfermedad por culpa de mis drogas o que haya estado con muchas… — interrumpió —. Estoy limpio, no te preocupes — murmuró—. Hace meses que no me drogo ni bebo hasta quedar en la inconciencia… Aunque, bueno si lo hice un par de veces y te dije que no, lo siento… Y sobre todo, eres la primera mujer con quien he estado en más de dos años, Bella.

Yo parpadee, sorprendida. ¿Noche de confesiones?

— Nunca me preocupé por eso— expliqué—, confío plenamente en ti

— Entonces, ¿qué es lo que tanto te preocupa?

— Tú… — balbucee pero luego entendí que no tenía por qué frustrarlo más de lo que ya estaba. Tenía suficiente con todo lo que estaba viviendo de la empresa, debía ser comprensiva con él.

Le sonreí de manera tranquila y besé su pecho grueso.

— Nunca te vayas — fue lo único que pude pedirle.

Adrian me apretó entre sus brazos y besó mi cabeza con ternura.

— Jamás — prometió con su calor, llenando los espacios donde dejaba hueco el dolor y la angustia y cerré los ojos de manera cansada. Escuché como aclaró su garganta y la fuerza de su brazo se intensificó.

— ¿Mi amor…?

— Dime — respondí a medias mientras el cansancio me abatía.

— ¿Qué estabas soñando?

Abrí los ojos de golpe.

— ¿Por qué? — pregunté con miedo.

— Estabas… Gritando que se detuvieran y manoteabas fuertemente — suspiró —, ¿Alguien te obligó a hacer algo que no quisieras, Bella?

Su mirada se volvió fría y acusadora y hasta incluso asesina. Podía leerle casi la mente al creer que alguien había abusado sexualmente de mí y aunque ese no era el caso, podía entender cuál habrían de ser sus intenciones.

Yo me tensé y la sonrisa horrible de Bill Northon vino a mi mente.

Comencé a hiperventilar y desesperar como cuando Rose se había quedado conmigo en el baño del club.

— ¿Bella? — insistió mientras trataba de mitigar el llanto, afortunadamente, lográndolo.

— Nadie abusó de mí — le contesté—, pero… No estaba soñando eso.

— ¿Entonces…? — Inquirió mucho más tranquilo.

— Soñé que… Soñé con mis padres… Los veía… Morir— mentí cruelmente.

— Oh mi preciosa niña — me sostuvo entre sus brazos como bebé pequeño—. Lamento tanto que tuvieses esa pesadilla — y yo me recargué en su pecho de manera culpable—, te prometo que nunca estarás sola, mi amor.

Me sostuvo de la cara y me besó los labios.

— Te lo juro.

Sonreí y de nuevo me acurruqué en su regazo.

— No lo hagas, no me dejes… Por favor.

— ¿Qué quieres que haga para que entiendas que no lo haré?

— Sólo abrázame — le pedí entregándome a su perfume natural y delicioso.

— Toda la vida, mi amor.

Y de la nada, comenzó a tararear una canción muy linda que hablaba sobre volver a la vida, estar consciente de la importancia de la existencia de una persona y soledad apagada con solo tomar su mano.

En la parte más pequeña de mi consciencia, supe que estaría perdida sin él.

...

A la mañana siguiente, me desperté enredada entre sábanas y sola. Apreté los ojos mientras intentaba que la luz de la ventana no me perturbara tanto la vista. Busqué a tientas al lado de mi cama y la encontré vacía. Fruncí el ceño y abrí los ojos de golpe, la habitación estaba sola pero no del todo.

El baño estaba ocupado y de repente, la puerta se abrió y mi hermoso novio, salió usando unos jeans deslavados y casuales, increíble y deliciosamente desnudo del tórax.

Mmm, mamma mia…

— Buen día, ángel — le saludé con una estúpida sonrisa en los labios.

¿Qué le hacía? ¡Estaba enamorada de un Dios griego! Y lo mejor de todo, era que él me amaba a mí.

— Buen día, preciosa— me saludó arrodillándose en la cama y gateando hasta mí para darme un beso en la boca. Rico—. Parece que hoy amanecimos de un excelente humor.

— Quizás se deba a que tuve una excelente madrugada— ronronee.

Adrina rio divertido.

— ¿Qué ayudaría a mantener ese humor? — me preguntó de manera provocadora.

— Tengo una hipótesis — reí traviesa.

— La escucho — musitó remojándose los labios y cruzándose de brazos ahora parado fuera de la cama pero cerca de mí.

— Creo que repetir lo de la noche anterior sería…

Pero no tuve tiempo siquiera de poder terminar cuando ya me estaba besando y tocando por debajo de las sábanas.

— ¿Sexo o desayuno? — preguntó entre besos cuando me permitió respirar, incapaz de dejarlo ir.

— Sólo bésame y házmelo — le ordené.

— Buena elección — respondió gruñendo mientras besaba mi cuello y mi cuerpo comenzaba a responder a sus caricias.

Bueno, la mañana había tenido un excelente comienzo pero tampoco podía negarme a comer. Adrian trajo consigo una muda de ropa casual — que había mandado a comprar con quien sabe quién y no usara el vestido de la noche anterior— para salir del hotel y tras luego de bañarme, me comencé a cambiar. Él vestía bastante juvenil y aquel atuendo le quedaba a tono con humor, se veía feliz y muy relajado.

— ¿Quieres almorzar aquí? — me preguntó mientras me secaba el cabello y se recargaba sobre un brazo en el umbral del baño.

— Donde sea está bien— respondí.

Hizo un gesto muy mono y tocó su cabello.

— Quiero que vayamos a un lugar especial — respondió y me guiño un ojo—, cuando estés lista nos iremos.

Me quedé estática y suspiré. ¿Qué tramaba?

Terminé en menos de 10 minutos y salimos de la recepción. No vi por ningún lado nuestras pertenencias por lo que supuse que alguien más las recogería. Me abrió la puerta del auto y luego entró conmigo. Dentro, tomó mi mano y la besó con ternura.

— Y ¿A dónde vamos? — inquirí curiosa.

— Paciencia, cariño — contestó sonriendo —. Confía en mí.

— Siempre — dije sin más y besó mi mejilla.

Al cabo de lo que pareció una eternidad, el auto de detuvo frente a un restaurant llamado Salt's Cure. El lugar estaba ubicado en el West Hollywood. Se veía acogedor y elegante. Al entrar pude notar que tenía un mostrador en forma de 'L', cocina abierta y fotos de siluetas de animales hechas a base de sal.

Nos ubicamos en una de las mesas que estaban al fondo, al parecer debías tener reservación para poder estar ahí. Me sentí importante. Una mesera de cabello pelirrojo — según se credencial respondía al nombre de Dorothy y a la cual estaban a punto de faltarle algunos dientes— llevó nuestros menús para ordenar mientras se detenía más tiempo en el de Adrian. Traté de mitigar los celos y sonreí al notar que él ni siquiera la miraba.

— ¿Qué deseas comer, cariño?

— No lo sé — respondí pavoneada al escuchar cómo me hablaba y la pelirroja se sulfuraba en su lugar—, ¿Qué tal si pides por mí?

Adrian sonrió y me guiñó un ojo.

— Nos gustaría dos órdenes de tortitas de avena con jugo natural de mango — luego miró de nueva la carta y su ceño se frunció con concentración—. También quisiera ordenar el desayuno 2x2x2, por favor.

— En seguida, señor — contestó la mujer sonriéndole más de lo adecuado.

Yo entorné los ojos en blanco y miré por la ventana.

— ¿Pasa algo? — me preguntó riendo.

— Parece que Dorothy quiere algo más que las órdenes del menú.

Parpadeó sorprendido y luego sonrió de lado.

— ¿Estás celosa, Isabella Anne Linton?

Yo me crucé de brazos, tratando de no marcar la 'V' enorme que surcaba mi frente. Al ver que no sonreía, me tomó de la cara y me obligó a mirarlo a los ojos.

— ¿Sabes lo adorable que te ves cuando estás celosa? — me preguntó desarmándome por dentro.

Yo me ruboricé en seguida pero mi paz mental se fue en cuanto sonrisitas volvió con los platillos.

Maldita zorra…

— Sus orden… Señor — y luego se mordió la boca.

Mi quijada casi se cayó al suelo al ver tal desfachatez.

— Aquí tiene — me contestó secamente a mí, casi lanzándome el plato a la mesa.

— Gracias — respondió él.

Traté de centrarme en mi desayuno y dejar de lado mi rabia antes de lanzar al suelo a la pequeña zorra.

Fije mi vista en el plato. Las tortitas de avena, crujientes en la orilla se servían con mantequilla y canela y un poco de azúcar glass espolvoreada. El desayuno 2x2x2 constaba de dos huevos, dos tiras de delicioso tocino ahumado hecho en casa y dos salchichas de cerdo sazonadas con jengibre, salvia y pimienta acompañados con un bísquet. Mi estómago gruñó con violencia y comencé a comer con rapidez.

No me había dado cuenta de que él estaba viéndome fijamente mientras yo casi me comía los cubiertos. Me sentía famélica.

— Parece que alguien tiene un apetito voraz— murmuró cortando las tortitas de avena.

Yo levanté la vista y sonreí tontamente, dejando los cubiertos de lado.

— Por favor, no te detengas — me pidió —. Es grandioso saber que te estás alimentando como es debido.

Yo bebí del jugo y me limpié los labios con la servilleta.

— Gracias, esto es realmente delicioso.

— Estaba preocupado por ti anoche. No entendí por qué te había desmayado casi por el alcohol si ya habíamos cenado.

Yo me quedé quieta mientras él seguía desayunando.

— No lo sé — respondí sin poder decirle más.

— Bueno, lo que más me sorprendió fue algo en la mañana.

Yo proseguí comiendo sin mirarlo ahora.

— ¿Qué ocurrió? — pregunté de manera banal.

— Bill Northon me llamó para preguntar cómo estabas — y metió un bocado entre sus labios, haciéndome verlo directamente a la cara.

Mi cuerpo se tensó.

— ¿Bill Northon?

Llámame señor Northon.

— ¿Qué quería?

— Llamó para saber si estabas bien…

Parpadee con frenesí.

— Lo raro de todo, fue que te llamó Ema. Yo lo corregí — dijo divertido—, ¿Quién rayos confunde tu nombre con Ema?

Mi corazón se detuvo, recordando sus palabras.

"Bueno, Ema. El nombre a veces no es tan importante pero mi nombre es Bill Northon, llámame señor Northon. Solo importa la persona… ¿No?"

La claustrofobia de ese momento, comenzó a atacar mi corazón.

El viejo Northon lo sabía.

ESE VIEJO HIJO DE... Jajajajaja

Ya sé que muchas lo queremos matar xD

PERO AMO A ADRIAN 3