Capítulo 12
Amor de vida
Los años no le habían pasado en vano — supongo que como a todos—, pero él se veía más avejentado de lo que recordaba. Vestía de forma juvenil y me seguía viendo de la misma manera indecente que desde el principio.
—Siempre me pareciste guapa, pero ahora veo que los años te han sentado de maravilla.
Me cruzo de brazos.
—¿Eso es todo?, ¿Ya me puedo retirar?
—No entiendo por qué la prisa, acabas de llegar.
Todo en el pueblo se sabe. ¡Qué emoción y que sorpresa!
—Prestt, no me importa lo que digas o pienses ¿de acuerdo? Adiós.
Me doy la media vuelta y antes de dar algunos pasos, él me sostiene del brazo.
—¿A dónde crees que te vas tan rápido, mujer? No he terminado de hablar contigo.
—¿Qué haces? —inquirí chillando—. ¡Suéltame!
Y entonces como ráfaga de viento, un brazo sale de la nada y deshace el agarre del imbécil que me sostenía.
—Ella te dijo que la soltaras, hijo de puta.
Y entonces giro mi rostro rápidamente y mi novio me sitúa detrás de su espalda modo sobreprotector. Estoy sorprendida, ¿Qué hace él aquí?
Mathew está tan sorprendido como yo.
—¿Tú quién carajos eres?
—Eso a ti qué mierdas te importa— le respondió con furia.
El hombre frente a nosotros, sonrió con suficiencia.
—Tú eres el nuevo novio… ¿No es así?
Adrian me tomó entre sus brazos y me miró a los ojos.
—Hola pequeña— y acarició mi cara—, te extrañé.
—Y yo a ti, bebé.
Prestt se burló tras de nosotros.
—Ridículos. ¿Sabes, hombre? Me das pena. Viéndote no eres un chico cualquiera y andas con senda puta. ¿O es que crees que nadie lo sabía? Todos saben que la nieta de Marie Swan es una puta levanta vergas.
Abrí los ojos como platos y los puños de Adrian se hicieron nudos enormes a sus costados.
—¿Qué dijiste mal nacido hijo de perra?
Y en un santiamén, Adrian estaba sobre él moliéndolo a golpes.
—¡Edward, basta! Por favor…
—¡No te metas, Bella! Este hijo de puta te ofendió y nadie podrá hacerlo mientras yo esté vivo… ¡SOBRE MI CADAVER SERÁ!
La fuerza brutal de mi novio era tanta que el imbécil de Prestt comenzó a sangrar demasiado rápido. Yo halaba las solapas de Edward pero era casi imposible despegarlo. Estaba cegado por la furia.
—Edward, mírame por favor… Mírame… Vámonos de aquí… Por favor mi amor, por favor.
Al principio ni siquiera me miró pero luego se quedó tenso y me lanzó entre sus brazos hasta casi ahogarme.
—Te amo, Bella… Te juro que te amo— decía mientras me tomaba entre sus manos y me besaba por todo el rostro—. Nadie te va a lastimar, te lo juro. Nadie te dañara mientras estés mi lado.
Yo asentía y como pude me lo llevé de ahí. Si corría con suerte, pocos se enterarían. Pero de algo estaba segura, Mathew no llamaría a la policía. Era demasiado creído para sentirse una "acusadora niñita".
Edward me llevo hasta el auto, estacionado a una cuadra de ahí. Nos subimos en silencio y él comenzó a conducir con las manos casi arrancando el volante.
—¿Cuál es tu calle?
—Eh… Jons St. Esquina con Wallaby número 789… Edward, ¿Estás bien?
—Estoy bien— respondió secamente y un abrir y cerrar de ojos, estábamos frente a donde me hospedaba.
Me abrió a puerta como usualmente lo hacía y entonces, me ayudó a bajar. Caminé hasta la entrada, cuando vi que él se marchaba.
—¿A dónde vas?
—Bella— dijo deteniéndose secamente—, ¿Crees que esto se quedará solo aquí? Voy a matarlo.
—¿Qué locura estás diciendo, Edward? No lo hagas…
—No lo defiendas, él te ofendió. Se metió con lo que más amo en este mundo, Bella. No me pidas que no haga nada al respecto— gruñó.
—Edward, Edward— corrí hasta sus brazos y lo atrape con toda la fuerza que tuve—. Sí haces te van a encarcelar y yo… Yo… Me moriría si te pasa algo.
—No digas esas cosas, mi pequeña…— murmuró cerrando los ojos.
—Entonces, quédate conmigo.
Sus ojos eran dos estanques llenos de una pelea interna. Tenía miedo de no se decidiera por mí, pero el alivio me llegó cuando comenzó a avanzar hacia la puerta. Le sonreí y él me correspondió. Caminé buscando nerviosamente las llaves y entramos.
Cuando ingresé, encendí la calefacción y cuando me giré sus brazos me atraparon suavemente, besándome el cuello por la espalda y metiendo sus manos por debajo de mi ropa.
—Te extrañé, mi amor.
—También yo— gemí cerrando los ojos y sintiendo su dulce contacto.
Los sonidos de su boca sobre mi piel eran tan excitantes que pronto comencé a buscarlo. Lo besé de un modo fiero y desesperado. Nos pegamos a la pared de manera salvaje y comenzó a desvestirme. Primero la blusa, luego su camisa. Cuando creí que haríamos el amor en plena entrada, me sorprendí al no sentir el suelo sobre mis pies. Adrian me alzó con vasta agilidad como recién casado y subió las escaleras conmigo en brazos. A tientas le indiqué cual era mi habitación. Cuando entramos ni siquiera se molestó en encender la luz, ya que las lámparas de enredadera sobre la pared, eran suficientes.
—Venga, preciosa… Quiero hacerte el amor— dijo cuándo me hubo recostado en la cama.
Sonreí como una boba cuando se comenzó a quitar los pantalones y su erección quedo atrapada entre sus boxers.
Me quito la ropa tan rápido que cuando menos lo pensé ya estaba cernido sobre mí.
—Edward…
—Lo siento, mi amor… Lo necesito— y entonces, entró en mí tan inesperadamente que acto reflejo, alcé las caderas.
Era duro y brutal. Sentí un ligero dolor al tenerlo dentro pero sí él lo necesitaba, yo sería su desahogo. Embistió tan fuertemente que mi cabeza casi tocaba el borde la cama. El placer era lento en comparación del suyo. Podía oírlo gemir y aferrarse a mis piernas para que las abriese más de lo que ya daban de sí. Me beso fuertemente, tomó mi cabello hacia los lados de mi cara y mis mechones fueron hechos nudos entre sus puños. No me lastimaba en lo absoluto, debo admitir hasta cierto punto que el placer del sexo salvaje, comenzaba a ser mi favorito. Gimió tanto hasta humedecer mi cuello. Los tirantes de mi sostén los bajó tan rápido que mis pezones no tuvieron tiempo de preparar lo lametazos de su lengua.
Cuando se veía que quería ir más rápido, apretaba mis piernas cual ramillete de flores y los colocaba en noventa grados, aprisionando mis tobillos por encima de su hombro. Aquella posición me hizo sentirlo más dentro de mí, de lo ya acostumbrado.
Se mordía la boca, cerraba los ojos y pude notar como el sudor resbalaba por sus brazos y su frente.
El placer se comenzó a tensar bajo mi vientre, como un nudo demasiado apretado y doloroso que no hallaba la liberación.
Me estiré debajo de su cuerpo y arañé su espalda tan fuertemente que Edward comenzó a gruñir. Nunca lo había lastimado antes, pero era un instinto que me nació tan repentinamente y no podía controlar.
—Nena…—gritó y yo me contraje tan fuertemente que la piernas las sentía desfallecer.
—Cariño… Deseo llegar… Quiero… Correrme— supliqué.
Pero él solo se limitaba a verme fijamente a los ojos y de vez en vez me besaba la boca. Recargó su mejilla en mi clavícula izquierda y me levantó más las piernas. Mis rodillas tocaron los costados de su espalda, haciendo de mis extremidades una enredadera humana. Flexionó las caderas, en donde el roce era tan fascinante pero no liberador. Su cara se puso roja y caliente sin detenerse y yo gemía descontroladamente al sentirme incapaz de encontrar mi orgasmo.
—Isabella— susurró después de un lapso de silencio—: Tú eres mía. Mía y de nadie más— juró entre cada embestida. Yo abrí los ojos, jamás lo había visto tan molesto y excitado y sabía perfectamente que Edward era un hombre tierno —la mayor parte de tiempo—, a la hora de hacer el amor.
—¿A qué?...
—Me muero si eres de otro hombre— dijo tomando mi cara entre sus manos—, lo mato si es necesario, Bella. Tú eres mía solamente. Nadie te ha tocado más que yo, nadie puede ver tu desnudes más que yo, ¡CARAJO! Nadie, ¿escuchaste?
Irguió el cuello tan alto sin dejar de mover las caderas en dirección norte de mi sexo y entonces me miró a los ojos. Yo estaba en una mezcla extraña entre fascinación, rendición, excitación, adoración, deseo y miedo. Nunca me había hablado así.
—Soy tuya— le prometí.
Me tomó por el cuello y comenzó a besarlo desesperadamente. Eso me excitó aun más y yo no pude evitar estallar en un delicioso y placentero orgasmo. Grité y gemí descaradamente, mientras él no detenía sus embestidas y en medio de la faena, se mordió los labios, estiró tantos los brazos mientras me masajeaba los pechos y echó la cabeza para atrás mientras se venía dentro de mí.
La calidez de su semilla me inundó fuertemente. Temblé tan fuerte que creía que iba a desmayarme. Se desplomó sobre mi pecho y oprimió los ojos tan fuertemente que a tientas buscó mi boca.
—Bésame— me rogó—, abrázame Bella.
Lo obedecí. Lo besé tan dulcemente que creí sentir derretir mi boca contra la suya. Giró sobre su propia espalda y quedé encima suyo con ambas manos fuertemente aferradas a mi cintura y me apretó contra su pecho, aun con su sexo dentro del mío.
No abrió los ojos. Se quedó ahí suspirando suavemente hasta que su respiración se hizo un leve murmullo.
Yo por supuesto, estaba exhausta y saciada pero no tenía la menor intención de quedarme dormida como él. A pesar de caer en la inconsciencia, no aflojó el agarre de sus brazos ni un instante. Lo que me pareció el rato suficiente, me despegué suavemente de él hasta poder lograr bajarme de la cama. Me quedé de pie junto a la cama, admirando su maravilloso cuerpo. Cuando me sintió lejos— aun en sueños—, comenzó a gruñir para después de buscar a tientas con la mano y enterrar la cara en una de mis almohadas.
Yo corrí al baño. Estaba un poco desesperada, ¿Qué había sido todo eso? Fuera de la reacción sexual de Edward— la cual cierta parte de mí había adorado—, sus palabras retumbaban en mi cabeza de manera acosadora.
Él no deseaba que nadie más me viese desnuda, provocaba en sí un odio tan grande e incontenible que no podía describir y hacia salir de él una faceta violenta difícil de controlar. Me recargué en el lavabo del baño y admiré mi cuerpo desnudo. Tenía un pequeño cardenal cerca de la base de mi cuello, seguramente a consecuencia de la boca de mi novio.
No me quería ni imaginar que pasaría si él se enterara de mi verdadero trabajo. Mi corazón latió fuertemente y yo sentí el mismo miedo como cuando Rose me encerró en el baño. Tenía ganas de llorar.
—No puedes romperte aquí, Isabella— me dije sola—. No puedes decirle la verdad.
Pero todos saben la verdad, excepto él, dijo mi consciencia.
Mire a la chica de cabellos oscuros, pálida y de ojos verdes que yacían en el espejo.
—No me importa lo que piensen los demás— respondí con seguridad.
Pero te importa que él te odie, remató aquella voz que tan ciertamente, me gritaba la verdad.
Me fui resbalando por la pared fría del baño hasta que mi frente tocó mis rodillas. No sé cuanto tiempo realmente estuve ahí, desnuda, con frío, tembloroso y con miedo. La puerta del baño sonó levemente y supe que era él.
—¿Bella? — me llamó y yo no pude levantar la cara.
—Estoy bien — respondí sin más.
—Ábreme la puerta. Quiero comprobarlo por mí mismo.
—No, Edward. No es el momento, por favor— le rogué. No quería que me viese llorar pero al par de mis palabras, un sollozo salió de mi boca y me tapé los labios para que no me escuchase.
—¿Bella?
—Estoy bien— gemí.
—Abre esa puerta, Isabella— y forcejeó la perilla—. Ábrela o te juro que la voy a tirar. Sé que estás llorando, déjame entrar por el amor de Dios.
Pero mi cuerpo no reaccionaba. Mi cuerpo se convulsionó lentamente hasta ahogarme un llanto incontrolable. No gritaba, pero sabía que fácilmente podría ser escuchado.
—Voy a tirar la puerta, Isabella.
Y al par de su oración la perilla junto con algunos trozos de madera salieron volando en varias direcciones. Me asusté por el acto y me tallé los ojos con los dorsos de la mano aun temblorosa desde el suelo. Edward me miró fijamente y tan rápido como pudo, se arrodilló frente a mí y me echó entre sus brazos como niña pequeña.
Yo no pude aguantar más y comencé a llorar ahora sin poder reprimirlo.
—Perdóname, mi amor. Perdóname, por favor— comenzó a llorar al par mío—. No quería lastimarte— me dijo sin poder evitar mecerme como bebé—, es solo que me ganó la rabia, los celos. Los malditos celos, mi pequeña. Odié lo que ese mal nacido te dijo, todas las maldiciones que escupió su maldita lengua venenosa. Perdón, preciosa— sollozaba besando mi cabello—, no lo haré de nuevo, te lo juro por mi vida. Pero por favor, te lo ruego por mi vida que no me dejes. No quería hacerte esto. Me porté como un animal maldito. Sé que merezco que me dejes pero no lo hagas… Te lo suplico — y me tomó de la cara con ambas manos para poder llenarme el rostro de besos.
¿Él que creía que estaba así por como habíamos hecho el amor? Yo no me había sentido violentada en ningún modo, yo lloraba porque Mathew tenía razón y todo el mundo sabía de ello. Tenía miedo de perder a Edward, de fallarle, de ser alguien que en realidad no soy. Él merecía alguien mejor, no una puta bailarina exótica.
—No te dejaré— le prometí más para él que para mí.
Se despegó de mí no sin antes darme un beso en la frente y salió del baño para segundos después, traer una bata y enredarme en ella; me alzó entre sus brazos y me llevó hasta la cama. Yo me sentía desconcertada, me abrigó entre las sábanas y me enredó tan bien como si temiera que su piel y la mía se tocasen.
—¿Está bien así? — inquirió con temor.
—Sí, mi amor— le aseguré—: estoy bien.
Se acomodó a mi lado. No había notado que llevaba puesto el pantalón y que solo estaba desnudo del torso.
—Lo que te hice no estuvo bien— murmuro con voz queda—. Soy un maldito.
—No, no lo eres.
—Te lastimé— lloró contra mi clavícula y enredó sus brazos entorno a mi cintura muy por encima de todas esas capas de tela.
—No, bebé… No me lastimaste… Ya no llores— le rogué.
—Lastimé al amor de mi vida— susurró y eso hizo que mi piel se estremeciese. El amor de su vida, nunca me lo había dicho. ¿Yo lo era? ¿Era el amor de su vida?
Masajee el cabello de Edward logrando que mis brazos salieran de entre todos los metros de tela a los que me había sometido. Sollozó entre mis brazos como niño pequeño. Yo lo consolaba en silencio y de vez en cuando besaba su piel.
—Te amo, Edward Cullen. Tú no me hiciste daño, mi vida… Es solo que… Tuve una fuerte impresión.
Alzó la cara levemente y pude ver sus ojos tristes.
—¿En verdad no te lastimé?
—Juro que no, bebé.
—Oh, Bella— Me tomó entre sus brazos y comenzó a besarme dulcemente—. Pensé lo peor— y se acurrucó contra mí.
Lo peor, aún no ha pasado porque aún no te enteras mi amor.
—Te amo, no eres culpable de nada. Ni de mi llanto.
—Lo siento, Bella. De verdad creí que te había dañado.
—Tú jamás lo harías — le dije.
—Nunca, preciosa.
Pero yo a ti tal vez sí, pensé.
—Te amo Edward, perdón por asustarte.
—No hay nada que perdonar, pequeña. Te amo perdidamente amor de mi vida. Lo eres todo para mí— susurró abrazándome fuertemente y suspirando.
—Y tú para mí, corazón— respondí honestamente y me quedé ahí abrazada junto al que era el amor de mi existencia.
