GRACIAS POR ESPERAR, SIGO ESCRIBIENDO Y SUBO... No olviden unirse al grupo Los Angeles de la Bestia

para poder ver mis demás fics y demás cositas...

Capítulo 13

¿Qué a cambio?

Cuando desperté eran cerca de las tres de la madrugada. Sentía caliente parte de mi costado y pude notar que Edward seguía apretándome contra su cuerpo. Me sentía ligeramente asfixiada por lo que empujarlo un poco no me pareció tan mala idea. Moví su cuerpo hacia la parte libre de la cama y él giró sobre sí para acomodarse apretándose contra las almohadas. Esta vez, no hizo tanto ruido.

Me salí y corrí de nuevo al baño y no para llorar. Tenía una enorme necesidad de usarlo y como parte ociosa me puse a mirar los mensajes en mi número celular. No tenía ninguno, pero pensé en Rose. Le escribí algo rápido, porque hacía mucho— al menos para mí—, que no sabía nada de ella.

Hola rubia, ¿Cómo has estado? Sé que es un poco tarde (o mejor dicho temprano) pero ojalá en cuanto despiertes puedas responder. Te extraño amiga, tengo muchas ganas de hablar contigo. ¿Te parece si antes de entrar al trabajo hacemos una noche de chicas?

Besos. B.

Cuando terminé me lavé las manos pero una necesidad imperante de tomarme una ducha, me dominó. El agua estaba helada, pero me metí de igual modo. ¿Quién carajos se baña a las tres de la mañana recién se levantó para ir al baño? La única loca temerosa de tener otra crisis de pánico enfrente de su novio.

Al acabar mi ducha tan matutina, busqué la ropa más abrigadora y cómoda que tenía. Me metí entre las sabanas vestida con un pijama de Minnie Mouse que fácilmente podría usar una niña de cinco años pero que a mí me quedaba holgada y larga. Entre las sábanas, entré tan lentamente para no despertar a Edward pero cuando giré mi cabeza hacia el lado contrario de él, sus brazos me volvieron a aplastar contra su pecho.

—¿Por qué el baño? ¿No tienes frío?

—Emmm, lo necesitaba— respondí—. Pensé que dormías.

—Difícilmente duermo cuando no estás conmigo.

Yo me giré lentamente hacia él y besé su nariz.

—¿Desde cuándo?

Edward rio por lo bajo y besó mi frente.

—Cuando niña o adolescente, ¿Tuviste la idea de platicar con tu novio a las casi cuatro de la mañana de cosas románticas? ¿Era acaso una fantasía?

—Tal vez— sonrío—, ¿Me harás realidad ese sueño?

Él abrió los ojos y me miró.

—Tal vez, ¿Qué quieres que te diga?

—¿Qué fue lo primero que viste de mí?

Suspiró acariciando mis mejillas.

—Tu boca.

—¿Por qué?

—Me dieron ganas de morderte los labios y tal vez robarte un beso. ¿Y tú?

—Fácil: tu trasero— digo con orgullo.

—¿¡Mi trasero!?

Yo no puedo evitar reírme y él me miró con ternura.

—Ojalá tuvieras la más mínima idea de lo que significas realmente para mí, Bella. Yo creo que sin ti, moriría.

—No digas eso— lo regañé.

—¿Crees que estoy sobre exagerando?

—Creo que me estimas más de lo que en realidad soy.

—Creo que tengo una estrella muy grande por haberte conocido— y me besó.

Me asustaba la manera en que me quería pero debo decir que hacía muy a mi alma el saber que al menos alguien me amaba.

—No sé qué haría sin ti, Edward… Sino hubieses llegado.

—No lo vuelvas a mencionar— me regañó un poco, lo miré a la cara y besó mi frente—. No quiero traer eso de nuevo al tema.

—No sabía que podías ser…

—¿Violento?

Solo asentí.

—Parte de mí ha muerto, pero no significa que no pueda volver a serlo.

—¿Qué eras antes?

—¿Antes de qué? ¿De ti? Nada.

—Hay algo más en tu pasado que te llevó hasta donde estás— le mencioné mientras tocaba su pecho suavemente con uno de mis dedos.

—¿Estás ansiosa por saberlo?

—Bueno, no tiene por qué contarme nada pero…

Y la verdad es que eso no me incumbía, porque estaba dando permiso de inmiscuirse dentro de mi pasado, de mi actualidad, cosa que no me mantenía muy tranquila que digamos. Pero la vida de Edward me interesaba. Era mi novio y había partes de su vida que yo no sabía… No al menos dichas por él. Emmet se había encargado de redescubrir partes de su pasado que yo no esperaba de una persona como mi novio. Muchas cosas comprometían su privacidad, siendo el próximo heredero de una empresa tan grande como la que su padre le daría en unos cuantos meses. ¿Qué pasaría si al final esto terminaba en algo más formal? La prensa en un depredador sin escrúpulos, no me sorprendería saber que, al ser un empresario joven todos quisieran indagar por la mujer que lo acompañara y que gustoso presumiría como un ángel inmaculado, un ángel inexistente. Me destrozarían en vida y todo se iría a la mierda, pero eso no dejaba de lado que mi vida personal con la de él hasta ahora, fuese un secreto para el público. No ahora que no éramos tan famosos.

Esta no era el tipo de fama que yo siempre había buscado.

—Sé que quieres saber más— me interrumpió con un dulce beso—. Pero… No puedo decirte mucho que ya no sepas…

—Está bien, mi amor— le sonreí.

—¿Por qué no mejor descansas? Mañana temprano iremos a ver lo de la hipoteca.

—¿Vendrás conmigo? — pregunté incrédula.

—Por supuesto— respondió—. No dejaré que andes sola sabiendo que ese imbécil está en la ciudad.

—Gracias, cariño— dije estrechándome entre sus brazos.

—De nada, pequeña. Sabes que haría cualquier cosa por ti.

x-x-x

La mañana me sorprendió con un cúmulo de besos tiernos y un desayuno exprés. Adrian había bajado al café más cercano para comprar lo necesario y que yo no hiciera nada. Todo un amor.

—Trajiste más comida de la necesaria— le comenté mientras bebía de un latte.

—No importa, puedes refrigerarlo y comerlo después— comentó mientras me guiñaba un ojo. Dios, me derretía de amor con éste maravilloso hombre—. Dime, ¿A qué hora es tu cita?

—A las once y treinta. La oficina está media hora de aquí.

—Pues son las nueve— murmuró viendo su reloj de mano—. Aún hay tiempo. ¿Te has llenado?

—¡Uff! Sí, estoy a reventar… Los hot cakes estaban enormes y aparte de todo, rellenos… He ganado como tres kilos por cada uno— reí sobándome la barriga—. Gracias, amor.

Y entonces, sus manos me pillaron desprevenida mientras quitaba los empaques de la cama.

—Bueno, entonces creo que es tiempo de hacer ejercicio cardiovascular por la mañana. ¿No te parece?

Alcé una ceja un poco confundida.

—¿Eh?

—Ven aquí, hermosa… Voy hacerte sudar.

Y sus labios aplastaron los míos, callando cualquier reprimenda o palabra que pude haber dicho porque ya me había entregado a la pasión.

x.x.x

Cerca de una hora después — y luego de un acelerado viaje de veinte minutos—, llegamos hasta el lugar de haciendo donde vería al licenciado que trataba el caso de la hipoteca de mi abuela Marie. El lugar era demasiado modesto y serio, me hacía sentir en una biblioteca. Edward entró de mi mano, mirando hacia todos lados como un felino al acecho, esperando el menor índice de peligro para atacar.

—Te notas nervioso— comenté mientras abríamos el ascensor.

—Estoy concentrado— respondió con seriedad.

—¿En qué? ¿En que no te caiga el techo en la cabeza?

Me miró y frunció el ceño juguetonamente, sacándome la lengua.

—Tengo que cuidarte— sobó mi mejilla con su índice.

—No estoy en peligro.

—No está de más hacerlo. Es una vieja costumbre, además… Contigo siempre me ha salido el aire sobreprotector.

—No me extraña— murmuré mientras los números en rojo ascendían—. ¿A qué temes?

—A que te lastimen y no pueda hacer nada para ayudarte.

—Edward, tú me ayudas siempre.

—Ayer no lo hice— expresó con rabia.

Lo tomé por el rostro y lo miré a los ojos.

—Haz hecho mucho más que nadie en toda mi vida…— y sus ojos verdes brillaron—: Y por eso y más te amo.

Las puertas del elevador se abrieron. Sostuvo mi palma con más energía y se notaba más relajado. Antes de poder decir algo más, me acerqué a ventanilla y pregunté por el licenciado a cargo de mi caso.

—Él no se encuentra ahora por asuntos familiares, pero ha dejado su caso a nombre del licenciado Frank. ¿Tenía cita con él?

—Sí, vengo desde Los ángeles, no sabía que había cambiado— comenté mientras veía a Edward y éste me sonreía para darme seguridad.

—Ya veo— comenta la chica a cargo mientras miraba fijamente la computadora—. ¿Me da su nombre por favor?

—Isabella Anne Linton.

Después de unos segundos de búsqueda, ella suspira.

—Bien, señorita Linton. Si gusta pasar, el licenciado la está esperando.

—Muy amable — se expresó mi novio y ella asintió sonriente.

Me quedé sorprendida, primera chica que no se le lanzó a Edward. Me agradó.

Caminamos juntos y tocamos la puerta. Una voz nos da el paso de entrada y accedemos. La oficina tenía colores tierra y cálidos, llenos de cuadros y muy parecido al de un burócrata. Tras él, un hombre de unos cincuenta y tantos, afroamericano, con gafas y traje de apariencia muy cara, se paró para darnos la mano y saludarnos.

—Bienvenidos, tomen asiento.

—Gracias— decimos en unísono.

—Bien, señorita Swan. ¿En qué le puedo servir?

—Yo… — carraspee—. Tenía una cita con el anterior abogado… Mi prorroga de hipoteca estaba casi vencida por lo que me solicitaban un pago… Algo… Elevado.

—¿Tiene los recibos a la mano?

Suspiré parpadeando y buscando en mi bolso los papeles correspondientes.

—Aquí tiene.

—Gracias— dijo alegre y revisándolos.

Acto seguido y después de fruncir mucho el ceño—cosa que por cierto me alteró los nervios—, buscó en su computadora. Miré a Edward un par de veces mientras me mordía los labios nerviosamente, éste no dejaba de sonreírme y apretar mi mano cálidamente y yo de vez en cuando suspiraba con pesadez.

Lo que me llevó menos tiempo en gemir de frustración, el licenciado Frank alzó la vista y aplaudió sordamente.

—¿Cuál me dijo que era el motivo de su visita?

—Un atraso considerable de pago… Verá…

—Perdón que la interrumpa, señorita Linton. Pero me es grato decirle que usted ha cubierto más de ochenta y cinco por ciento del interés inicial y la deuda en cuestión.

Un sonido de impresora rompió el gesto estupefacto de mi mirada.

—¿Qué yo hice qué?

Frank arrastró la silla de rueditas hasta la mesa de impresión y cortó una hoja de recibo de hacienda. Hizo unos cuentos rayones y comenzó apuntar con su bolígrafo negro.

—Mire— señaló—, éste pago es que usted hizo inicialmente en Marzo del año pasado, de aquí— apuntó contando los meses— a aquí, no se había comunicado con nosotros. Que es lo que pienso que fue el motivo por el cual se le mandó a llamar— menciona mientras yo asiento comprendiendo y reconociendo cada tarifa—. Pero aquí… Usted hizo un depósito por ésta cantidad. No me explico que hace aquí, señorita Linton.

—¿Puedo ver el papel? — inquiero sin dar crédito a sus palabras.

—Claro, adelante— expresa sonriente. ¿Siempre está sonriente?

Novecientos noventa y cinco mil dólares… Depositados para la hipoteca de mi abuela. ¿Cómo? ¿Quién?

—Disculpe pero…—digo entre balbuceos—. ¿Me está jugando una broma?

Frank me mira por primera vez con seriedad.

—En lo absoluto, señorita Linton.

—Yo no he… Es decir… Nunca he visto toda esa cantidad de dinero junta en mis manos… ¿Cómo?...

Y entonces, miré a Edward quien no dejaba de mirar a Frank y al darse cuenta que lo veía, me sonrió.

—Pues… Aquí dice que el pago fue hecho hace menos de dos días. Usted no debería menos de un año de deudas, en comparación de los quince que tenía inicialmente. Los montos pequeños, en comparación de éste último es asombroso, pero, no pude haberme equivocado. Todos los papeles están en tiempo y forma.

—Eso quiere decir que el monto se redujo a…— comentó Edward mientras yo veía el vacío, casi en shock.

Frank hizo cuentas y suspiró. Yo seguía sin dar crédito.

—Menos de trescientos mil.

—Y supongo que éste pago abre de nuevo la prorroga…

—En efecto— suspira el hombre con traje con ambas manos sobre el escritorio.

—¿Lo ves, cariño? No tienes de que preocuparte más.

Creía estar en estado catatónico, no respondí.

—¿Bella? — Inquirió con preocupación mi novio y yo negué—, ¿Estás bien?

—Sí— respondí al fin.

—¿Estás lista para marcharnos, amor?

—¿Eso es todo? — pregunté con ingenuidad, esperando honestamente que todo mundo se riese de mí mientras me gritaban: "¡JA! ¿En serio te lo creíste?".

—No lo sé, ¿Tienes más preguntas?

Negué en silencio.

—De cualquier forma— comentó entregándome una tarjeta—, si tiene alguna duda puede llamarme.

—Gracias— respondí como autómata.

—Gracias, Licenciado Frank— dijo Edward parándose y tendiéndole la mano, yo me levanté por instinto—. Sí surge algo, le llamaremos.

—De nada y que tengan una linda tarde.

Yo parpadee asintiendo y pasando un enorme trago de saliva. Salimos al pasillo y Edward me condujo con la mano hacia el elevador, mientras la secretaria se despedía amablemente y nos deseaba un buen día.

Yo no dije ni pio. Bajamos hasta el auto y una vez dentro, Edward suspiró atrayendo mi atención.

—¿Debo llevarte al doctor? Pareces estar en estado catatónico.

El motor fue encendido y yo sentí seca la garganta.

—¿Qué pasó?

—Ah, por fin me hablas. ¿Quieres ir a almorzar?

—Edward— murmuré—, ¿Tú pagaste esa obscena cantidad de dinero?

—Me apetece una pizza, ¿Quieres ir?

—Edward…— lo regañé cruzándome de brazos mientras esperaba que el semáforo cambiara.

—Bella, para ya. ¿Qué hay de malo con eso?

—Es mucho…

—¿Mucho? Cuando asuma la presidencia triplicaré ese monto en menos de dos horas. No es nada, además… Ese dinero lo ahorré porque…

—¿¡Ahorraste!? Madre mía— espeté cubriéndome la cara—. ¿Gastaste tus ahorros en mí?

—Ya te dije que no es nada— sonrío mientras giraba la esquina hacia la calle principal.

—Es casi un millón… ¡Un millón! — casi grité.

—¿Y qué?

—¿Cómo que "y qué"? Es una fortuna…

—No es por presumir, Bella pero eso no representa no el cero punto, cero, cero, cero dos por ciento de lo que poseo. Aun me queda para una hamburguesa o una pizza— sonríe ladino.

Lo miro con el ceño fruncido y suspiro.

—Ay, Bella. ¿Qué puedo hacer para que estés tranquila?

—Déjame pagarte…

—No pequeña, no es necesario.

—Déjame hacerlo… Tengo ahorrado algo…

—¿Por qué no mejor utilizas eso para saldar la deuda?

—Aun me falta un tanto para el monto final— suspiro bajando la mirada.

—Si quieres…

—Ni hablar— le tajo—, no lo permitiré. Ya bastante hiciste con la ayuda que me diste.

—Sabes que el dinero no es problema…— suspira.

—Es algo serio, no estás obligado a hacer tales cosas por mí.

Me mira fugazmente y sonríe.

—Haría cualquier cosa por ti, Bella. Y sé que no estoy obligado a nada pero… Creo que todo lo mío ya es tuyo… Y no hablo de lo material, aunque ese barco ya zarpó hace tiempo y es un hecho.

—¿Entonces?

—Hablo de mi vida, mi corazón… Todo está en el paquete de Edward A. Cullen— me guiñe un ojo—. Y si te sientes incomoda, créeme que ya encontrarás una forma de cómo pagarme.

—Ningún banco me prestará tanto— suspiro.

—No cariño… No hablo de dinero.

Me mordí los labios, no, él no hablaba de sexo tampoco.

—Me tienes en el limbo.

—Sabrás pronto que deberás darme a cambio… Creo que hasta te quedaré debiendo— sonríe con alegría.

—Eres misterioso.

—Y tú muy hermosa.

Lo besé por la mejilla y nos sumergimos en un cómodo silencio hasta el restaurante. Me puse a pensar en cómo le haría para conseguir el dinero restante. Unos buenos bailes privados me harían saldar la deuda pero eso me tomaría por lo menos unos seis meses si bien me iba, descartando algunos pagos de servicios y ropa que debía comprar por mi trabajo. Mierda, odiaba pensar en eso. No me gustaba siquiera la idea.

Edward estaba dando más de lo que debía hacia mí y yo, seguía temerosa de no poder corresponderle de la manera en la que él merecía.

Yo me estaba enamorando perdidamente, y le seguía mintiendo.