Capítulo 14

Victima errónea

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Los personajes no son míos, la historia sí.

Un capítulo intenso. Gracias por seguir leyendo y creyendo en mí…

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Después de nuestro divertido almuerzo y por supuesto, haber pagado yo la cuenta muy a regañadientes de mi novio, volvimos a la casa para pasar una tarde de ocio juntos.

—¿Cuándo te gradúas?

—En una semana— suspiró mientras comía palomitas y veíamos Iron Man 2—, luego comenzaré la mudanza.

Yo alcé la cabeza.

—¿A dónde irás?

—Lo más cerca posible de ti— me besó la frente—, bueno… Planeaba que vivieras conmigo— alzo los hombros con ademán desinteresado—, pero… Ya sabes…

Yo me afligí.

—Lo siento.

—No, no te preocupes, pequeña— besó mi boca—. Está bien.

—Es un paso importante— me excusé.

Ya de por sí estaba más que ofuscada con todo.

—No tienes por qué justificarte— dice a media mueca—, ya lo habíamos hablado.

—Ya lo sé… Pero, cada vez que lo mencionas…

Y puso un dedo sobre mis labios.

—Te amo, ¿Tú me amas?

—Completamente.

—No quiero que te sientas presionada por nada. Sólo… Se tú misma. No me aparentes lo que no sientas, por favor.

—Eso hago.

—Entonces, estoy feliz.

—Y yo contigo… Entonces— me subí a su regazo—, ¿Quieres que vaya a la ceremonia?

—Por supuesto y después de eso, deseo que vengas con mi familia a una cena….

Mi corazón latió fuertemente.

—¿Irán muchos?

Edward alzó una ceja.

—¿Te molesta algo?

—Las cenas y eventos con muchas personas me ponen nerviosa— respondí.

—Sé que no estás acostumbrada, pero ya verás que no es tan malo. Además, tengo entendido que será algo privado.

—Me hace sentir más tranquila— dije jugando con el borde de su camisa.

Él jugó con los mechones de mi cabello mientras yo cerraba los ojos. La sensación era tan linda.

—¿Qué estás pensando?

—En que me gusta tu tacto… Me siento en paz…

Sus dedos delinearon el contorno de mi rostro con suavidad.

—Tienes una piel exquisita, ¿Te lo había dicho?

—Dices tantas cosas de mí, que me pregunto si son ciertas.

—Son la verdad, yo no miento.

—Eres más transparente que el agua, Edward.

—¿Y tú?

Abrí los ojos de golpe, sonrosándome un poco.

—¿Qué hay conmigo?

—¿Me has ocultado algo?

No ahora, por favor, pensé.

—Sólo te he ocultado algo— murmuré quitando sus botones uno a uno.

—Estás a tiempo de decírmelo— gruño sexy.

—Que quiero hacerte el amor desde hace un buen rato…

Lo besé suave pero provocadoramente mientras mis caderas se tallaban contra las suyas. Edward colocó ambas manos primero deslizándose por mi mandíbula, luego mi cuello, después la espalda, mi cintura y por último acunando con ambas palmas, mi trasero. Me aferré al cabello de su nuca mientras le comía la boca. En verdad lo deseaba, pero debía admitir que distraerlo con sexo era una buena forma de dejar de lado su insistencia en saberlo todo de mí. Dejé de pensar tanto en ello y me concentré en sus caricias. Bajé las manos hasta tomar los dobladillos de la camisa y sacársela por los brazos. Él tiraba de mi ropa y por fin logró sacar mi blusa, luego de habernos despegado por algunos segundos de los labios. No decíamos nada, solo jadeábamos y chupábamos cuanta piel desnuda había a nuestro camino. Primero cayó mi sostén, el algún lugar del piso, lejos de la cama. Sus labios descendieron por mi quijada, mi cuello, hasta el centro de mis pechos, donde su legua traviesa se pasó por el centro repetidas veces hasta hacerme jadear de placer.

Lo sostuve por la cabeza, pegando su lengua lo más posible al centro de mi seno. Dios, se sentía tan bien. Sonreí y abrí los labios cuando sentí sus dientes mordisquear la punta latente de mi pezón, provocando que jalara de su cabello con fuerza. Ese fue el detonante para él. Me colocó con la espalda hacia el colchón y tan pronto como reaccioné, bajó suavemente desde ahí hasta mi vientre, moviendo la lengua de arriba abajo mientras sacaba el único botón de mi falda y me dejaba en ropa interior.

Se separó de mi lado y sonrío mientras se desabrochaba el cinturón y yo me coloqué un dedo dentro de la boca, maravillada, excitada, a la expectativa. Cuando por fin se deshizo de la ropa, me maravillé por su perfecto cuerpo. Era pecado, gloria, cielo, todo en uno. Me quitó las bragas de un tirón y descaradamente se las pasó por la nariz, oliéndolas, cerciorándose de que estaba tan mojada y ansiosa por él.

Erguí las piernas ante la expectativa.

Tomó mis rodillas y las separó suavemente mientras se encaminaba lo más cerca posible de mi sexo. Se chupó un dedo y lo pasó por todo el largo de mi femineidad y yo gemí quedamente por su tacto. Lo supe, quería saber si estaba lista. Y yo lo estaba.

Tan pronto como lo supo, sonrió. Alzó ambas piernas por encima de sus trapecios elevados y sexys. Mis tobillos reposaban muy cerca de su cara y de un tirón, jaló mis caderas hasta que mi trasero topó con sus rodillas.

Me mordí la boca cuando sentí la punta latente de su sexo acariciar el mío. Apuñé con ambas manos la almohada que estaba bajo mi cabeza cuando su glande me atravesó poco a poco. Estiré los dedos de mis pies tanto que sentí tocar el cielo. Meneó las caderas lentamente y luego retrayéndolas, para después iniciar un vaivén rítmico y placentero.

Echó la cabeza hacia atrás cuando estuvo completamente dentro de mí. Ambas manos apretando mis pantorrillas con fuerza por el placer. Hice la cabeza hacia un lado cuando lo sentí acelerarse. No hablamos mientras lo hacíamos. Tomó mi cuello y me obligó casi a verlo a los ojos. Me besó en repetidas ocasiones, por momentos creía escucharlo murmurar que me amaba, pero estaba tan perdida en su tacto que no estaba segura si lo había escuchado.

La primera vez que hacíamos el amor en silencio, pero a la vez nos gritamos de todo.

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Mirábamos el techo de la habitación, mientras mi cabeza era acariciada por su mano derecha. El orgasmo más potente de ambos, casi sincronizado por vez primera. Me sentía la más afortunada.

—Nunca me voy a cansar de esto— confesé.

—Ni yo— respondió sin dejar de tocarme.

—¿Crees que algún día no tendremos que esperar para hacerlo en cualquier momento? — pregunté de la manera más inocente posible.

—Lo estoy deseando— lo oí decir.

Me giré recargándome en su pecho, con ambas manos bajo mi barbilla. Edward acarició el hueso de mi ceja y sonrió.

—Tienes un aspecto muy lindo después de hacer el amor.

—¿De verdad? ¿Qué aspecto tengo?

—Ese que ningún maquillaje jamás logrará igualar. Eres hermosa en todo sentido y hueles a mí. Me encanta.

—¿Por qué eres encantador…? ¿Y posesivo? — me río.

—Soy así, no lo puedo evitar— dijo pellizcando mi mejilla.

—¿Quieres quedarte unos días más?

—Me encantaría, cariño. Pero es algo que no puedo permitirme. Tengo que arreglar lo último de la empresa para empezar lo más pronto posible.

Hice una mueca.

—¿Cuándo inicias?

—Apenas me gradué.

—¿Tan pronto? — inquirí con desgane.

—Sí, cariño.

—No tendrás más tiempo para mí— hice un puchero.

—¿Por qué no habrías de ir al trabajo a verme? De vez en cuando pediré café a domicilio— y me guiñó un ojo.

Me reí nerviosamente. Mierda, lo había olvidado.

—Claro, ¿Por qué no?

El celular comenzó a sonar, rompiendo todo el aire incomodo que sentía y alcé la cabeza ubicándolo en el taburete.

—¿Quién será?

—Tal vez sea Rose. Le envié un mensaje hace poco, debió haberlo leído.

—Pues contesta amor— me invitó mi novio parándose de la cama y enfundándose su bóxer—, yo iré por algo de fruta a la cocina. ¿Quieres algo?

—¿Puedes traerme un tazón de melón con yogurt?

—Claro, pequeña— y besó el tope de mi frente con ternura para después salir de habitación.

Tomé el teléfono y contesté sin mirar la pantalla.

—Hola, Rose. Qué bueno que me respondes… Tengo que contarte que…

¿Hablo con la señorita Linton?

Ante la respuesta de una voz masculina, mis pensamientos se desequilibran.

—Ella es, ¿Quién habla?

Sí, disculpe que la moleste ahora pero he llamado este número como contacto de emergencia.

—¿Emergencia? — inquirí asustada.

La señorita Harper ha sufrido un altercado y está delicada. ¿Podría usted venir a hacer guardia en el hospital?

—¿¡QUÉ!? ¿¡CÓMO ESTÁ ELLA!? ¡¿QUÉ PASO?!

No tengo mucha información al respecto, señorita. Sólo soy un paramédico. Acabamos de ingresar a la señorita Harper hace menos de media hora y no tiene un contacto de emergencia más que el suyo. Debo pensar que no son familia y en su expediente no encontramos a nadie más. ¿Está usted en condiciones d venir?

—No estoy en Los ángeles— murmuré con lágrimas en los ojos—. Pero iré para allá tan pronto como pueda— jadee con el corazón golpeteando mi pecho.

Claro. Estamos en el hospital de Santa Cecilia.

—Bien, llegaré en un par de horas— y colgué.

Mi llanto se asomó bruscamente de mí, sin poder contener los jadeos y convulsiones. ¡Dios! ¿Qué la había pasado a mi rubia? Me tallé los ojos fuertemente mientras intentaba buscar mi ropa y meter todo a la maleta, buscar un maldito vuelo que saliese pronto y correr a su lado.

No me había dado cuenta de que Edward estaba a mi lado, hasta que sentí sus brazos rodearme.

—Bella, ¿Qué te pasa?

Me giré enterrando la cara en su pecho.

—Es Rose, está en el hospital. Me han llamado, no sé lo que le pasó.

—Shh tranquila—, murmuró tallando mi cabello—. Ella estará bien.

—Tengo miedo, Adrian. No sé qué le pasó.

—Lo importante es que ya la están atendiendo. Ahora necesito que estés tranquila. No me gustaría que enfermaras. Vamos, empaca lo esencial, yo iré contigo.

Condujo en menos de una hora al aeropuerto donde pedimos el vuelo más rápido a California. Yo estaba ansiosa, con un tic tembloroso de mis piernas. Edward intentaba tranquilizarme, pero poco faltaba para que yo corriese hacia la entrada del avión. Todo aquel viajé me llenaría de ansiedad. Trece sofocantes horas en la cabina me volverían loca. Traté de dormir pero fue en vano. Sabía algo en mí que nada estaba bien.

—Deberías dormir— me aconsejó mi novio mientras me daba unos tranquilizantes—. Sí vas a estar junto con Rose, debes estar fuerte.

Asentí muy a fuerza de mí sentido común y caí en un profundo sueño.

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Cuando desperté, eran las seis quince de la mañana y estábamos arribando al aeropuerto. Edward leía el periódico muy concentradamente mientras yo me despabilaba.

—¿Cuánto tiempo dormí?

—Como diez horas, pequeña. Me alegra que hayas descansado.

—Sigo preocupada— confesé mientras bebía de una botella de agua.

—Ya llegamos. Y no te preocupes, todo estará bien.

La odisea de recuperar nuestro equipaje nos llevó una media hora más. Pedimos un taxi que nos llevara hasta el hospital y en menos de cuarenta y cinco minutos, estábamos en la recepción del mismo.

—Hola, buen día— saludé con la típica cara de desvelo y jet lag en el rostro—. Busco a la señorita Rosalie Nicole Harper.

—¿Es usted familiar? — preguntó la recepcionista.

—No, soy su amiga. Ella no tiene familia cercana.

La mujer asintió y buscó en su computadora.

—Sí, ella está aquí.

—¿Cómo se encuentra? — pregunté casi subiéndome al escritorio mientras Edward sostenía mi brazo para calmarme.

—La señorita Harper sufrió un accidente, tiene algunos golpes y cortaduras por lo que parece una riña de bar.

Mi corazón se detuvo.

¡Safe & Sound!, pensé en el lugar.

—¿Puedo pasar a verla?

—Claro. Subo al piso tres, habitación cero cincuenta y ocho.

—Gracias— expresé y subí casi corriendo al elevador.

Edward me siguió en silencio y aplanó el botón con el número del piso.

Mientras subíamos, miraba el techo. Su voz me distrajo.

—¿Rose le gusta mucho ir a los bares?

—¿Cómo? — pregunté distraída.

—Sí. Yo pensaba que ella era más… De su casa. No que saliese de noche. ¿Por qué ella estaría involucrada en una riña de bar?

Mi respiración se atoró en mi garganta al par que las puertas se abrían. Es verdad, ¿Qué hacía Rose en un bar? Se suponía que estábamos de vacaciones. No tendría por qué estar en el trabajo. No aún.

—No lo sé, cariño.

Caminé buscando con la mirada el número de la habitación hasta que por fin di. Me sentí mareada. Toqué la puerta y una voz me dio paso. Era una enfermera joven, quien atendía a mi amiga. Fije mi vista en la rubia. Su cara estaba amoratada cerca de su pómulo izquierdo y tenía puntos por varios lados de los brazos y el cuello. Me tragué el sollozo mientras Edward me sostenía por la espalda. ¡Mi dulce rubia!

—Rose— dije como un sollozo grande por mi garganta.

Ella me miró apenas y sonrió. Corrí hasta la cama y me arrodillé hasta su lado para abrazarla. Jadeó de dolor mientras yo me separaba bruscamente.

—Perdóname, rubia— pedí llorando—. No quería…

—No… Te preocupes— murmuró de nuevo sonriente—. Me alegra verte… Castaña.

Edward me abrazó de los hombros y suspiró lleno de rabia. Sabía que estaba enojado por lo que le había hecho a ella.

—¿Cómo te sientes, Rosalie? — le preguntó amablemente.

—Mejor— suspiró.

—¿Necesitas que haga algo por ti?

—Estoy bien— jadeo—. Gracias… Adrian.

Mis lágrimas seguían rodando mientras sostenía su débil mano.

—¿Levantaste ya una denuncia? Porque si eso necesitas, podría conseguirte un abogado que…

—Ni siquiera vi su rostro— murmuró apenas audible—. No sé quién es.

—Te prometo que esto no se quedará así— comentó con seriedad y entonces, su celular comenzó a vibrar. Edward miró la pantalla y suspiró pesadamente.

—¿Quién es? —pregunté sorbiendo por la nariz.

—Mi padre. Discúlpenme, tengo que tomar esta llamada— y salió de la habitación.

Yo miré a Rose. Ver su lindo rostro golpeado me rompió el corazón con un fuerte sollozo.

—Rose, ¿Qué te pasó?

—No lo sé, Bella— dijo quejándose un poco—. No sé qué hice. No sé por qué me pasó esto.

—¿Qué hacías en el Safe and Sound?

—¿Quién… Te dijo eso?

—El paramédico dijo que parecía por una trifulca de bar— murmuré.

—No… No… No fue en un bar… Fue… Afuera de tu casa.

—¿Qué?

—¿Recuerdas que me pediste que cuidara de ella periódicamente por los servicios? — yo asentí—. Yo… Fui y alguien me siguió. Todo fue tan rápido. Un hombre— se quejó—, me preguntó por la mujer que vivía ahí… Me dijo que hacía tiempo su patrón la estaba buscando y ella se ocultaba…

—¿De qué hablas?

—Yo… No lo sé… Él preguntaba por Ema… Le dije que no sabía de qué hablaba. Me golpeó porque pensó que estaba mintiendo.

Me puse ambas manos sobre los labios.

—¿Ema?

Ella asintió.

—Creo que él quiso decir…

—Gema— completé por ella.

Rose asintió sin abrir los ojos.

—¡Perdóname Rose! Esto fue por mi culpa.

—Me alegra que no hayas sido tú— sonrió apenas y yo comencé a llorar.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Tú… Mereces ser feliz… Por fin vives tu historia de amor, Bella… Y yo soy feliz también.

—No, Rose— lloré amargamente.

Ella comenzó a reír apenas.

—¿Quién coño confunde Ema con Gema?

Mi corazón latió desbocado y fuerte.

Edward abrió la puerta y yo giré la cabeza.

—Cariño, ¿Podemos hablar?

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.

—Claro… Vuelvo en seguida, rubia.

Lo seguí hasta el pasillo y cerré la puerta. Lucía preocupado.

—¿Está todo bien?

Edward negó.

—Tengo que irme ahora, pequeña.

—¿Tan pronto? — pregunté con aire sofocado.

—Hay problemas en la empresa.

Yo lo abracé fuertemente por la cintura.

—No quiero que te vayas, te necesito.

—Lo siento, mi vida. Tengo qué.

—¿Y cuando volverás?

—Me temó que tendremos que vernos hasta la graduación.

—Pero falta una semana…

—Lo sé y me duele dejarte con Rose sola. Sé que me necesitas, pero no estás sola— y sacó de su bolsillo una tarjeta de crédito y me la entregó.

—¿Para qué me la das?

—Paga los gastos de Rosalie, amor. Y todas sus curaciones, las medicinas… Todo.

—Yo puedo…

Él me interrumpió.

—No, tú dinero es para la hipoteca de tu abuela. No malgastes ese, ten el mío.

—Adrian, yo…

—Me sentiré más tranquilo. No podrás trabajar mientras la cuidas. Acéptalo, por favor.

Suspiré cansada y asentí.

—De acuerdo.

—Buena niña— besó mi frente—. ¿Cómo está?

—bien.

—¿Si fue en un...?

—No— lo tajé—. Rose no estaba en esos lugares. La… Asaltaron— me inventé.

—¿Dónde?

¿Era conveniente decirle que fue afuera de mi casa? No, eso lo volvería loco de la preocupación. Era mejor ocultarle ciertas cosas, como el hecho de que tenía el presentimiento de que Bill Northon estaba tras todo esto. ¿Quién más me llamaba así más que él? Me afligí profundamente. Esto comenzaba a preocuparme. ¿Por qué me buscaba? Hacía tiempo que ni siquiera se paraba en el bar, pero no me parecía — hasta cierto punto raro— que me buscara después de nuestra última vez juntos en el bar.

—De camino al súper por la noche. Olvidó algo y el muy maldito la acorraló en un callejón.

—Mal nacido— gruñó y después me tomó entre sus manos—. Mi vida, dime que no saldrás tarde por la noche, me moriría si algo te pasara.

Recargué la frente en la suya.

—Todo estará bien, mi amor. Me iré a la casa de Rose para cuidarla allá, cuando salga.

—¿Por qué no en la tuya?

Negué.

—Ella así lo preferiría— mentí por seguridad.

No me arriesgaría a que alguien entrara al lugar.

—De acuerdo — me besó la cabeza y me abrazó fuertemente—. Me iré pronto, jura que te cuidarás.

—Lo juro.

—Te amo pequeña… Si algo pasa, llámame. Tomaré el primer vuelo. No importa la hora que sea. Y por el dinero no pares, es tuyo.

—Gracias mi amor. Eres un ángel— me recargué en su pecho—. Gracias por cuidarme.

—Ese es mi deber, mi pequeña. Daría mi vida y más por ti.

Me aferré a su cuerpo, muy asustada.

—Y yo por ti, Edward.

Alzó mi barbilla, obligándome a verlo a la cara.

—Jura de nuevo que te cuidarás. Porque si algo te pasa, soy capaz de matar a quien te toque el más mínimo cabello de tu cabeza, Bella. Lo sabes…

Pasé un enorme trago de saliva y asentí.

—Todo estará bien, mi amor. No te preocupes— me dije más a mí que a él—. No pasará nada malo— prometí.

Me apretó contra su cuerpo y suspiró mi perfume con ternura, murmurándome que me amaba.

—Confío en que todo estará bien.

Yo también, pensé.