Capítulo 15

Suceso inesperado

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NA: La historia es original, los personajes de la señora Meyer.

Cuando Rosalie fue dada de alta del hospital, la acompañé a casa para que pudiese instalarse. Estaba bastante soñolienta por los medicamentos, así que era una necesidad que alguien la cuidara. Me despedí de Edward apenas unos veinte minutos después de la noticia de que se iba. Obviamente no me sentía segura ni en mi propia casa, por lo que la idea de volver inclusive por ropa, no era una opción. Compré víveres para una semana. Los siguientes días, usaba ropa de Rose, así que no tenía problema.

Lo que me mantenía con miedo, era que faltaban dos días más para volver al trabajo y yo estaba que casi hacía un hoyo en el suelo de tanto caminar.

—Vas a estar bien— me sonrío la rubia.

—Oh, Rose. Me pone nerviosa, no quiero dejarte sola, eso es lo que más me preocupa ahora.

—¿Por qué? No estoy inválida, además… Ya mañana podré ocuparme sola.

Sonreí con ternura.

—De igual modo, aunque vuelva al trabajo, sino te molesta, me gustaría quedarme aquí unos días.

—Los que quieras, nena— me apoyó con felicidad—. Eres bienvenida a mi hogar.

—Gracias— suspiré—. ¿Quieres Ramén?

—Por favor.

Me paré junto a las bolsas de comida japonesa y serví en un bowl. Se lo entregué con dos palillos y le serví dos piezas de carne grandes.

—Parece que quieres engordarme.

—No es eso, tienes que alimentarte mejor. Mira que has sobrevivido a base de jugos y estás en los huesos.

—No me apetecía mucho el hecho de mover las quijadas— se burló de su propia desgracia.

—Basta, Rose.

—Eres tan sensible— me tajó—, quiero hacerte sonreír y tú no te dejas— y come de su sopa—. Mejor dime, ¿Irás con Adrian?

—La semana entrante… Aunque no sé cómo sacaré el permiso. Quizás simplemente tenga que faltar. Larry no se pondrá muy contento con mi ausencia.

—Eres la mejor, hasta donde sé, puedes darte esos lujos.

—Pero la paga es buena y no quiero que me eche. Ya sabes que Edward me ayudó pagando más de la mitad de la deuda, pero eso no quiere decir que puedo tomarme libertades que no me corresponden.

—Debiste dejar que solventara tus gastos.

—No, Rose. Él es mi novio, no mi cajero automático— respondí con una mueca—. No quiero su dinero, lo quiero a él.

—Lo sé, Bella. Pero te está dando la oportunidad de salir del hoyo en el que estás. Sé que uno de los desgraciados que van al bar te fue a buscar a tu casa— comentó con una mueca y yo la miré a los ojos—, y no trates de esconderlo.

—Rose…

—Esa no es la vida que te mereces. Ser acosada por hombres incluso en la paz de tu casa.

—Es parte del trabajo.

—¿Al menos diste parte a las autoridades?

—Lo hice a tu nombre…

—Bella…

—No me regañes, por favor.

—Debes poner una orden de restricción. Tú sabes quién es, sólo que no me lo quieres decir. No lo hagas por mí, hazlo por ti. No te guardo rencor ni nada de eso, siento que no podría odiar a alguien en este vida y mucho menos a ti, así que… Hazlo, cuídate. Renuncia a ese lugar.

—No puedo— tajé.

—No quieres. Es la realidad. Estás tan acostumbrada a vivir entre pequeños lujos que no quieres renunciar a ese dinero…

Voltee la mirada y jadee con cansancio.

—¿En serio no vas a volver?

—¿Estás loca? Tengo caso veinticinco años, un cuarto de mi vida ya se me ha ido por estar en ese maldito lugar. Quiero… Soñar… Creer. Sé que en algún lugar, hay un chico para mí, alguien que me cuidará y él no tiene que saber de las mierdas de mi pasado. Quiero una familia, un hogar limpio. Así tenga que fregar platos, no quiero volver a enseñar mi cuerpo sino es por amor— y tomó mis manos—. Escucha mi consejo, Bella… Sal de ahí. No dejes que el dinero te consuma. Hay algo más allá afuera. Está Adrian, estoy yo…

Cambié de rumbo a la mirada, la culpa me consumía por dentro. No podía.

—Rose…

—¿Sabes? La primera vez que te vi, creí en la bsurda idea de que eres más inteligente, que solo sería un trabajo de emergencia. Han pasado tres años y yo no veo cambio— suspiró.

—No te enojes.

—No estoy molesta, es tu vida. Yo solo, intenté hacerte cambiar de parecer—y se paró con dificultad del sofá—, me iré a dormir…

—Rose…

—Hasta mañana— se despidió y tras sus pies, la puerta se cerró en un sordo golpe.

Me quedé sentada cerca de la mesa, cuando mi celular sonó anunciando la llegada de un mensaje.

Hola hermosa, ¿Todo bien? ¿Cómo está Rose?

Suspiré con una sonrisa de alivio.

Rose está en perfectas condiciones o más bien mejorando. Algo de mal humor, pero solo es por el dolor. ¿Cómo estás? Te extraño.

Y lo envíe.

También te extraño, pequeña. Estoy bien, ahora que sé de ti. Faltan menos de tres días para volver a vernos, ¿Recuerdas? El viernes es mi graduación, quiero que estés ahí, en primera fila.

¿Tres días? Joder, era viernes… Larry me mataría por faltar un día tan ocupado. No podía prometerle algo que no sabía que cumpliría.

Lo intentaré, cariño.

Y el icono del mensaje, quedó como enviado. En menos de dos minutos, mi celular sonó al entrar una llamada. El número de Adrian.

Temerosa, respondí.

—¿Hola?

Vamos, dime que pasa. Y no me digas que nada, tus mensajes me los gritan. ¿Te sientes preocupada por algo?

¿Cómo diablos lo sabe?, pensé.

—No, no es nada… Es solo que… En dos días regreso al café y es fin de mes. Hay… Muchos clientes.

Bueno nena, sé que es importante pero de verdad me gustaría que fueras. Yo podría hablar con tu jefe, sí así lo quieres.

—¿Qué? No, no— me levanté nerviosa—. No es necesario.

Pues no voy a desistir hasta que me digas que sí.

Me mordí los labios y apuñé los ojos con furia.

—De acuerdo, de acuerdo… Ahí estaré.

Primera fila, recuérdalo.

—Primera fila— conmemoré.

Y entonces, descubrí a Rose parada en el umbral, mirándome fijamente y negando con la cabeza.

Dios, me hacía sentir tan culpable.

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A los dos días, me llegó un paquete directo desde Boston por Amazon. Era voluminoso y estaba sellado como frágil.

—¿Qué es? — preguntó mi amiga mientras bebía una taza de té verde y se acomoda el collarín.

—No lo sé— dije con curiosidad.

—¿Dice remitente?

—Quizá esté por debajo.

—Bueno, ¿Qué esperas para abrirlo? — me animó.

Busqué un cúter y abrí la cinta. Mis ojos se abrieron por la impresión.

Saqué la tela más fina y bonita que mis ojos hubiesen visto y mis manos hubiesen tocado.

—Madre mía— chilló Rose—, que hermoso vestido.

Era de encaje no cursi, pero romántico, con un escote abierto por los pechos y recatado por la espalda, caí elegantemente por los hombros y fácilmente podía sentir la seda tocar mis yemas. Su color era una mezcla extraña entre gris y rosado, dando un tono cálido, como el traje de una bailarina de ballet.

Debajo, unas zapatillas negras y altísimas de mi número y muy en el fondo, un par de pendientes de diamantes estilo gota de agua y un collar a juego.

Rose tomó una nota y la desdobló. Yo seguía en shock.

—Para la mujer más hermosa de Los Ángeles. Te amo pequeña, quiero que estés presente y esto hará más fuerte tu compromiso— leyó.

—Déjame verlo— le pedí y releí—. Diablos…

Rose caminó y miró con detenimiento los regalos.

—Parece que de verdad te quiere…

—Es un romántico sin remedio, ése hombre exhala amor.

—¿Y vas a ir?

—Es mañana…

—Bueno, hoy empiezas a trabajar. ¿Qué le dirás a Larry? Edward está muy deseoso de verte.

—Yo también quiero verlo pero…

—¿Pero? ¿No saldrás de los peros como excusa?

—Basta, Rose— suspiré con cansancio.

—¿Sabes qué? — Alzó ambas manos—. No voy a intervenir más. Tú estás grande y sabrás lo que haces.

Y entonces se dio la vuelta y cerró la puerta con más fuerza que la noche anterior.

Yo no podía lidiar con mi amiga irritada y la responsabilidad de ocultarle todo a mi novio. Era algo que no podía hacer. Así que, estaba decidido, volvería a mi casa.

Tomé mis cosas y les escribí una nota a Rose.

Hoy vuelvo al trabajo y me devuelvo a mi casa. Hay sopa en la nevera, llámame si me necesitas.

Bells.

Salí y llamé un taxi que me llevara a mi departamento.

Mientras viajaba me di en la tarea de marcarle a Edward para poder agradecerle el gesto. Siendo honesta conmigo misma, me gustaban este tipo de regalos y más si venían de él. Cuando llegué —lo cual no me tomó más de veinte minutos—, por fin entró la llamada.

Hola hermosa.

—Hola amor— respondí entrando al departamento—, ¿Cómo estás?

Bien ¿y tú?

—También— respondí—, gracias por el regalo. Es bellísimo.

No fue nada, pequeña. Además, me encanta hacerte este tipo de obsequios, aprovechando que sé tu talla— ronroneo.

Eso provocó una risita nerviosa en mí.

—Gracias, amor.

De nada. Pero, entonces ¿Ese es un sí?

—Ammm…

Mira, no importa cual sea tu decisión…

—No entiendo.

Ya compré tu boleto. Llegó a tu correo electrónico.

—¿Cómo lo sabes?

Llamé a Rose. Me dijo también que te habías ido. Sonaba extraña. ¿Todo está bien?

Suspiré colocando una mano en mi frente.

—Sí, sólo que tuve problemas con ella.

Espero que no sean fuertes.

—También yo.

Bueno amor, sólo quiero que estés conmigo y sí tengo que ir por ti, lo haré.

Yo no pude evitar reírme.

—Eso es coerción y secuestro además de todo.

Eso se llama "proteger mis intereses", pero bueno, son excelentes sinónimos. Vamos, no me digas que no quieres verme…

—Por supuesto.

Bien, pues entonces te veré mañana. ¿De acuerdo, hermosa?

—De acuerdo— suspiré.

Linda niña… ¿Quieres que te llame más tarde?

—Oh, cariño. Yo… Yo te llamo— contesté con prisa sabiendo que hoy volvía al trabajo.

¿Estarás ocupada?

—Hay inventario y… Como me fui una semana, tengo que acoplarme de nuevo— me inventé.

De acuerdo, hermosa. No te canses demasiado. Tienes que estar preparada para mañana. ¿De acuerdo?

—Claro, amor.

Suerte en tu trabajo y por favor, cuídate mucho… No olvides que te amo.

—Yo también te amo, bebé. Hasta pronto— y terminé la llamada.

Estaba a punto de arrastrarme por la pared hasta caer al suelo, pero sabía que tenía más cosas que hace antes de estarme lamentando por mis malas decisiones. Tenía que hablar con Larry. O me daba un permiso o simplemente faltaba, no podía fallarle a Edward.

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Para las casi diez de la noche, salí rumbo al bar. Aquello me daba escalofríos, como si fuera la primera vez, y esta ocasión era bastante diferente. No tenía ni a Jake, Rose e incluso mi adorado Paul, quien debía estar a cientos de kilómetros sobresaliendo. Los extrañaría a todos, claro. Parecía que sería la última de todos quienes se quedarían estancada, pero no me quedaba de otra si quería terminar la hipoteca de mi abuela Marie.

Cuando llegué, casi desconocí el lugar. La verdad es que si lo habían cambiado. Todo parecía más una discoteca y bien podría pasar como un lugar plenamente sofisticado. Larry se había esmerado.

Al entrar, algunas chicas me saludaron. Varias ya andaban de un lado a otro como pequeños torbellinos, disfrutando la escenografía y nos nuevos caprichos de los camerinos.

—¡Oye, Bella! — me saludó Susan mientras se acomodaba la peluca, para días de Juniors—. Felicidades.

Alcé una ceja extrañada.

—¿De qué hablas?

Ella río.

—No me digas que no lo sabes. Eres la imagen publicitaria de este lugar— dijo corriendo la cortina y mis ojos se abrieron cual plato.

Ahí estaba yo, sonriendo sensualmente mientras casi me le insinuaba a la pared, llena de fotos de demás chicas, un acto casi vulgar pero sexi, cubriendo mi rostro por un antifaz, sonriendo, amando la lente de la cámara, demonios… ¿Cuándo había pasado eso?

—¿Quién la puso ahí?

—Larry, naturalmente. Eres de las chicas más guapas del grupo, hasta yo lo sé reconocer.

—Dios— comenté mientras pasaba un enorme trago de saliva.

—¿Qué te pasa? Se supone que deberías estar feliz porque los clientes te van a solicitar más que a las demás.

—Bueno… Yo…

Y entonces, uno de los guardias nos interrumpe.

—Empezamos en veinte minutos. Las quiero listas.

El sujeto era nuevo y jamás lo había visto, mi cabeza hizo un clic al entenderlo: él era el reemplazo de Jake. Parecía intimidante y fácilmente le sobrepasaba hasta cinco años a mi amigo. Era intimidante y presumía de una forzada calvicie bañada en aceite para bebé.

—Será mejor que nos cambiemos.

—Claro— respondí como autómata.

Ella se retiró y yo me quedé en shock. ¿Esto qué tipo de consecuencias traería?

Comencé a cambiarme y arreglarme lo más rápido que pude. Me coloqué el antifaz negro y fingí la sonrisa más grande que tenía frente al espejo. Dios, que duro sería volver. Salí después de que las primeras chicas recibieron a los clientes. Uno a uno se fue ocupando por las chicas en turno, mientras yo esperaba al mejor postor. Me contenía, sonreía, coqueteaba… Me sentía como en el papel de una chica que solo buscaba diversión y que no lo hacia por obligación.

—Es tu turno, campanas— susurró Larry muy cerca de mi oido—. Será el número especial.

—¿Yo? Ni siquiera lo hablamos…

—Fue… Improvisado— explicó—. Además, de todas las chicas eres la que más guapa salió en las fotos.

—Larry, yo…

—Es solo bailar, niña. No lo compliques, ¿Quieres?

Lo miré a los ojos y suspiré con resignación.

—De acuerdo — comenté—, pero tendrás que darme algo a cambio.

—Ganas más que las demás— se quejó.

—No hablo de eso— susurré.

—¿Entonces?

—Te busco más tarde en tu oficina— y eso fue lo último que le dije antes de subir al escenario.

Larry asintió sin más y alzó el brazo para dar el sí.

Un hombre de voz profunda, comenzó a hablar y colocó una música suave.

—Caballeros— anunció—, esta noche les traemos a la más hermosa de nuestras joyas. Ella, es una estrella en el cielo, brillando siempre más que los diamantes. Sus sensuales curvas y movimientos pueden encender cualquier hoguera, la reina de la pista, la dama del misterio. Safe&Sound se complace en presentar a: ¡GEEEEEMAAAA!

Y entonces, las persianas color sangre se abrieron de par en par. Alcé los brazos con magnificencia, sintiéndome una diosa. Todos gritaron como salvajes, aventaron sus copas y caminé con gracia por el camino de encerado, estirando mis piernas, regalando sonrisas, guiñando y saludando sin rumbo.

Aquel lugar parecía un grupo de neandertales en celo. Las chicas que estaban ya ocupadas, ni siquiera podían controlarlos. Parecía la carne fresca expuesta hacia los depredadores.

Y debía admitirlo, tenía miedo.

Porque, todo de mí les atraía. Mi imagen casi virginal era lo que ellos buscaban. Yo no enseñaba la piel. ¡QUE VA! Todas hacían eso. Yo llevaba la contraria porque había aprendido las fantasías de un hombre. Era lo casi inalcanzable, el recuerdo de su primera fantasía erótica cuando fueron adolescentes: la vecina tímida que usaba shorts largos, la hija de un buen hombre que iba a la iglesia los domingos, la compañera de salón de clases que usaba pequeños escotes, su primer manoseo en la parte trasera del auto. Todas y cada una de sus frustradas fantasías, todas les recordaba. Mucha ropa y mucho baile ligeramente provocativo. Como una virgen tocada por primera vez, así como decía Madonna. Y era igual, jóvenes y viejos. Entre más inocente parecías, mejor eras pagada. Porque así son los hombres, quieren tener el control, porque ellos no saben que las mujeres somos más listas y les cedemos el poder para que se sientan en las nubes, cuando en realidad las que mandamos somos nosotras.

Caminé con paso firme y una voz sexi murmuró por los estéreos anunciando el inicio de mi baile, alcé de nuevo los brazos y sonreí. Los hombres gritaron enloquecidos mi nombre y un coro de "Gema" se escuchó a lo largo de lugar. Me sentí aclamada y poderosa, y al mirar, al fondo, justo en la entrada del bar, mi corazón se congeló haciendo que mi cuerpo se retrayera de golpe por la visión: Bill Northon estaba entrando al inicio del show pero no estaba solo. Jasper Withlock sonreía como un maleante mientras miraba hacia los lados y justo, detrás de ellos, Edward Cullen los seguía.

Para las que pensaban que esto no tenía avance (en referencia al secreto de Bella, prepárense).