Capítulo 16

Conversación.

Mi corazón sentí abrirse paso hacia mis costillas y luego reventar mi cuerpo al ver lo que antes mis ojos tenía. ¿Qué hacía Edward en el bar y por qué estaba con ese malnacido?

Respiré hondamente mientras sentía la mirada de Larry taladrándome, porque sabía que algo raro estaba sucediendo.

—¿Estás bien? — le escuché susurrar.

—Sí— dije apenas y cerré los ojos.

Larry hizo una señal con las manos y le indicó al presentador que continuara, que todo estaba bien. El hombre carraspeó dos veces y volvió a hablar.

—¡Damas y caballeros! Reciban con un fuerte aplauso a ¡Gemaaa!

La audiencia volvió a gritar y pude ver como claramente la mirada de Bill Northon me taladraba de pies a cabeza. Su sonrisa se ensanchó cuando nuestros ojos se cruzaron, pero desvié tan rápidamente la mirada que solo pude sentir los ojos fijos de Edward. Se quedó paralizado cuando nos miramos al rostro, una vez más sentí aquello la primera vez que nos vimos. Su boca semi abierta, no sé por qué razón, sus ojos verdes brillantes y perspicaces, listos, fieros y salvajes, atentos a cualquier movimiento de mi parte. La música comenzó a sonar lentamente y yo moví la cadera un poco.

Una de las chicas atrajo al trio a una de las mejores mesas del bar —para mi mala suerte una muy cerca del escenario— y los sentó para después ofrecerles una bebida. Yo me moví de mi lugar, diablos, tenía que hacerlo. Comencé a bailar apenas y nuestras miradas rompieron el contacto.

Edward, Jasper y Northon, estaban atentos a mí.

Giré por todo el escenario dando lo mejor de mí, dándolo todo.

Jasper comenzó a murmurar algo cerca del oído del viejo, mientras pude notar cierta incomodidad por parte de mi novio. Joder, no podía concentrarme completamente. ¿Qué hacía él en un lugar como ése?

Mientras bailaba, varias chicas se acercaron a la mesa de los ejecutivos y yo no pude evitar casi gruñir cuando una de ellas se sentó muy cerca de Edward. Susurró cerca de su oído y eso hizo que yo avanzara lo más cerca posible hasta él, hasta bajarme del escenario y enredar mi esponjoso chalé entorno a su cuello.

Sus ojos se abrieron de golpe y me alejé lentamente.

—Tranquilo, Cullen— oí murmurar al viejo maldito—. Ella es mi mujer.

Mi estómago se removió fuertemente. La música estaba por terminarse, así que me moví por la pista apenas mis piernas me lo permitieron. Seguí bailando y me giré para darme cuenta de que el viejo le hablaba a una de las chicas y le hablaba al oído. Sus miradas se posaron en mí e inmediatamente supe que estaban hablando de mí.

Los últimos acordes sonaron y abrí las manos como si fuese la campeona. Me gustó cuando todo había terminado y rápidamente, bajé la mirada. Edward me miraba fijamente, éramos como dos magnetos, nos atraíamos y ambos lo sabíamos, tirábamos de la cuerda como queriendo llamar la atención el uno del otro y aunque sabía que esto era imposible, me atreví a sonreírle.

Se perturbó desde su asiento y rápidamente rompió todo contacto conmigo.

Tragué saliva y salí rápidamente.

—¡Un fuerte aplauso para Geeema! — gritó el animador y yo prácticamente salí corriendo. Era demasiado para mí, con suerte habría personas nuevas y unos cuantos bailes antes de irme a casa.

Diablos, me sentía mal. No quería que Edward se enterara, pero tampoco me hacía gracia que estuviese en este maldito lugar. Tampoco podía llegar a exigirle saber qué era lo que hacía en ese bar, puesto que yo no tendría manera de saberlo.

Me recargué en el tocador y me senté de golpe. Comencé a quitarme los rastros de sudor y a retocarme el maquillaje. También tenía que elegir cual era el siguiente cambio de ropa para los bailes privados que haría.

Cuando me colocaba el pinta labios, una de las chicas entró atropelladamente hasta mi.

—Te solicitan en las mesas.

—¿Quién?

—El viejo Northon.

Mierda, no.

—No puedo.

—Nena, tienes que ir.

—Es noche de Juniors, ni siquiera sé qué diablos hace aquí. No quiero ir.

—Tienes que ir— dijo una voz a mi espalda, Larry me miraba ceñudo—. El señor Northon ha pagado por tu compañía… Por adelantado…

—Larry…

—Nada de Larry, tienes que hacerlo. Me pidió expilcitamente que te quería a ti. No te preocupes, otras chicas irán contigo. No viene solo… Creo que el rubio que siempre lo acompaña y al otro chico jamás lo había visto… Johanna lo atenderá.

—¡No!

—¿Qué has dicho?

Yo comencé a negar.

—Es decir… Yo atenderé al nuevo— tajé.

—Pero Northon te quiere a ti, no para el nuevo…

—Sabré arreglármelas… Heidi puede suplantarme.

—No quiere a nadie que…

—¿Y se lo has preguntado?

—Bueno no. Pero sino preguntó por nadie más, no creo que tenga mucha lógica.

—Déjame hacerlo— casi rogué.

—Mujer— suspiró—, me vas a meter en un serio problema.

—Mira, si ese… Chico… Sí se queda satisfecho, volverá… Así como Northon lo hace. Más visitas, más ganancias— lo engatusé.

Larry dudó y suspiró.

—No suena tan loca la idea.

—Déjame atenderlo…

—¿Y qué haremos con el viejo? No pienso devolverle un solo quinto.

—¿Cuánto ha pagado? — tragué en seco.

—El triple…

—Dos chicas entonces. Eso lo mantendrá ocupado.

Larry río.

—Eres astuta, niña. No sé cómo lo haces pero, de acuerdo. Ve atiende al chico. Mandaré a dos más a reemplazarte. Atiéndelo bien y que vuelva, pero la próxima vez, vas con el señor Northon. Si el chico le gusta tu servicio, que haga fila y que pague como todos…

Dios, que horrible se escuchaba eso. Me sentía una puta.

—Gracias.

—¿Por qué?

Negué.

—Por… Dejarme ayudarte con el bar.

El río y suspiró.

—Te quiero lista en diez minutos. Las chicas irán con el hombre, iré a hablar con él.

—De acuerdo.

Heidi me miró a media sonrisa y siguió los pasos de Larry, a ella tampoco le gustaba pero la paga era buena y más siendo de ese afamado señor.

Me quedé tiesa en cuanto me quedé sola. Dejé caer mi cabeza en la mesa y sollocé sin llorar. Mierda, ¿Qué haría? No tenía más opción que continuar, no había más. Jalé aire, el más que pude. Me polvee la nariz por última vez y con decisión, cambié mi antifaz por uno más oscuro y el que definitivamente cubría más mi identidad.

Me calcé los zapatos más bonitos que tenía, como queriendo agradar su vista. Ni siquiera sabía por qué me esforzaba, ya que, mi único plan era que él quedara insatisfecho por el sitio y jamás volviese.

Salí a paso decidido del camerino, mirando por todos lados. Al fondo, pude ver perfectamente como el maldito viejo sonreía satisfecho por la elección de chicas que Larry le había dado. Los tres se fueron hacia una de las habitaciones — a costa de dinero, la más cara— y el rubio se quedó embelesado, mirando bailar a una morena de labios carnosos. Pronto, ella lo notó y tomó su mano para llevarlo también a una de las cabinas de baile. Edward se había quedado solo.

Se veía tan… No sabía cómo describirlo ¿Tierno? No podía creerlo. Él no encajaba en ese lugar, parecía un punto blanco entre tanta espesura oscura. Tímidamente jugaba con el cristal de su vaso, mientras los hielos tintineaban dentro. Me acerqué a paso decidido, la misma fuerza me arrastraba hacia él y no sabía cómo parar.

Cuando quise darme la vuelta, su rostro se giró hacia mí y bajó la mirada.

—Hola— saludé.

—Hola — respondió.

—¿Puedo sentarme?

Con algo de inseguridad, se movió un poco y me cedió el asiento. Yo me acomodé cerca, pero él hizo todo lo humanamente posible por crear distancia entre los dos.

—Eres nuevo por aquí— dije, pero no había sido una pregunta.

—Sí, nunca había venido.

—¿Por qué? — inquirí con vasta curiosidad.

—Este tipo de…— y entonces se detuvo, lo pude notar, el temor en su mirada al creer que me ofendía.

—Este tipo de lugar no es lo que frecuentas.

—No quería ofenderte.

—No lo has hecho— mentí casi a medias, porque sabía que tenía razón. Nadie del tipo de Edward debería estar aquí, solo la calaña, lo más asqueroso de la sociedad. Incluyéndome—. Pero, sino es indiscreción… Sino es el tipo de lugar, ¿Por qué…?

—¿Por qué estoy aquí? Me han traído sin querer.

—¿Quiénes?

—Los socios de mi empresa— respondió. ¿Por qué me asemejaba un niño pequeño perdido?

Alzo la mirada y su verde y el mío se fundieron. Al notarlo, de nuevo dejo de verme.

—Ellos… Vienen seguido— solté sin querer.

—¿Los atiendes a menudo?

Su pregunta me puso incómoda.

—No tanto— respondí tocando mi garganta que comenzaba a sentirse seca.

—¿Quieres una copa?

—No, gracias. No bebo en el trabajo— confesé sin querer una vez más, sintiéndome libremente al hablar, como si fuera la Bella que él perfectamente conocía.

—Será un agua mineral— dijo y entonces llamó a un mesero—: agua mineral, por favor.

—No tienes que…

El mesero me miró con una enorme incógnita en su rostro. Nadie pedía nada que no fuese alcohol y menos para las chicas. Los clientes tenían la absurda idea de que entre más ebrias estaban, más oportunidad de sexo habría.

Yo asentí y el hombre se retiró.

—¿Por qué?

—¿Qué cosa?

—¿Agua en lugar de alcohol?

—No bebes en el trabajo, además… No creo que sea buena idea estar aturdida y en un lugar donde los hombres buscan lo mínimo para propasarse.

Dios, era tan caballero.

—¿Tú no lo harías? — pregunté sin pensar.

Nos vimos fijamente.

—Por supuesto que no.

—¿Ni siquiera conmigo? — seguí insistiendo.

—Con nadie — soltó sin más—, tengo alguien especial que me está esperando en casa, …

—Soy… Gema… Llámame Gema.

—Gema…— repitió—. Ni siquiera debería estar aquí— dijo suspirando.

—No pareces encajar en este sitio— susurré mordiéndome los labios y noté perfectamente que él se perdió en ese gesto.

Dios, ¿Lo estaba seduciendo?

—Ni tú— respondió ido en mi rostro, en mis labios, en mis ojos.

Aparté la vista de golpe. El mesero trajo el vaso y se retiró. Bebí lentamente, disfrutando.

—Pareces sedienta… Has… Bailado muy bien… Pareces profesional— murmuró con timidez.

Yo dejé de lado todo y lo escuché.

—¿Te lo parece? — sonreí alagada. El primero hombre que aplaudía mis bailes y no mi cuerpo.

—Sí— comentó.

—Gracias, Edward— agradecí sin pensar y abrió los ojos de golpe.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Yo…— titubee—… Es decir… El señor Northon me dijo que…

—¿Te contrató para mí?

¡Diablos! No, no digas eso… Se oye tan mal, pensé.

—Sí — mentí.

—Ese hombre…— maldijo.

—Pero… Tranquilo — traté de sonreír… No voy a…

—Él sabe que estoy con ella…— musitó mientras pellizcaba el puente de su nariz—. Me dijo que sería mi bienvenida a los negocios, ¿Sabes? Técnicamente llegué aquí a base de engaños.

—Tú… ¿Respetas a tu novia?

—La amo— confesó y yo casi sollozó de la emoción—. Ella es tan… Especial…— dijo con un brillo especial en sus ojos—. No quiero que se sienta traicionada por esto, el hecho de estar aquí.

—No lo estará si… Tú… No has tocado a nadie más…

—No le haría nunca eso.

Yo suspiré.

—Eres una buena persona…

Edward sonrió.

—Gracias, Gema. Tú también pareces serlo. No entiendo porque…— y calló.

—¿Qué cosa? — lo animé.

Negó un poco cohibido.

—Yo… Nunca había venido a un lugar como éste, ¿Sabes? Siempre creí que las… Chicas… Llegaban y atraían a los hombres para sacarles dinero…. En cambio tú… Ni siquiera te has acercado… Tú no quieres esto, ni siquiera te esfuerzas.

Bajé la mirada.

—No, no lo quiero.

—¿Qué hace una chica como tú aquí entonces?

—Tratando de sacar adelante mis sueños…

Uno que tú me estás ayudando a cumplir, pensé.

—Todos tenemos sueños…

—Unos más grandes que otros.

—Los soñadores me agradan— sonrió—, me hacen recordar quién soy…

—¿Y quién eres? — pregunté curiosa y me di cuenta de que seguía moviendo su vaso, intacto. No había bebido ni un poco.

—Un soñador, como tú…— sonrió apenas.

Le correspondí.

—Háblame de ella— le pedí.

Se sobresaltó.

—¿Por qué? — preguntó con confusión.

—Las palabras que dijiste, me gustaron… Háblame de ella…

—Ella— suspiró con rendición—. Ella es poesía, ella es amor en el dolor… Es una tarde de lluvia en la sequía y un amanecer después de la tormenta. Es paz, es calidez, es entrega… Nunca. Había conocido a alguien igual…— y entonces me miró a los ojos—. Tiene la mirada más alegre, viva y tierna que jamás he visto… Siento que… jamás podría negarle nada…— río y yo le acompañé casi llorando por la emoción—. De hecho, físicamente… Me la recuerdas un poco.

—¿Yo? — pregunté asustada.

—Cabello chocolate, piel blanca… Si no fuera por ese antifaz y tuvieras los ojos verdes, diría que eres su clon…

—No lo creo — le interrumpí.

—Lo sé— suspiró—, ella jamás vendría aquí…— Levantamos la mirada al mismo tiempo, sus palabras fueron casi una bofetada—. No quiero ofend…

—No soy una prostituta.

—No dije que lo fueras— se disculpó.

Me sentía avergonzada, con ganas de llorar. Dios, quería que se marchara. Él me amaba, más que a nada en el mundo. Le estaba hablando a una simple bailarina de la mujer que más amaba. Yo, con todo lo que era, ni siquiera me miraba con deseo. No sabía siquiera engañarme y que agradecida estaba con eso.

—Me tengo que ir— se disculpó parándose.

—¿Volverás? — pregunté con la esperanza de que me diera una negativa.

—No lo sé… Al señor Northon le gusta estar aquí… Quizás me pidan volver…

Dios, no.

—Sino quieres no deberías hacerlo— invité.

—¿Me estás corriendo?

—No— mentí—, pienso que si… No quieres que tu novia…

—No he hecho nada malo… Y gracias a Dios, nadie ha insistido en que lo haga.

Yo hice una mueca.

—Gracias, Gema.

—¿Por qué?

—Por hacer esto más fácil, por tener una charla conmigo. No intentar…

—¿Propasarme? — me burlé.

—Algo así— río.

—De nada.

Y entonces se paró y puso un puñado de dinero en la mesa y me sonrió amablemente.

—Nos vemos.

—Hasta pronto, Edward…

Él asintió y antes de salir, se giró y me dijo:

—Sí es que vuelvo aquí, la próxima vez… Atiéndeme tú… Sé que contigo no tendré de qué preocuparme, así tenga que quedar bien antes los demás, sin hacer nada malo.

—Claro — contesté nerviosa.

Edward sonrió a medias y salió del bar.

Sentí mi corazón martillar mientras miraba su espalda: él no me había traicionado y no lo haría jamás.