***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento***
"La peor forma de extrañar a alguien es estar sentado a su lado y saber que nunca lo podrás tener"… Gabriel García Márquez
Aquello no estaba sucediendo.
Claire miraba absorta desde el porche toda la escena que se desarrollaba frente a sus ojos. Los invitados poco a poco iban dejando el el lugar, con una expresión indescifrable en el rostro. Las sillas blancas que estaban perfectamente alineadas sobre el césped y adornadas con listones azules, ahora lucían desordenas. El altar en donde se llevaría a cabo la ceremonia parecía triste, ni siquiera los cientos de botones de rosas velvet, traídas desde Holanda lograban quitarle aquel aspecto desolador y vacío. El ministro se estaba quitando su sotana para así retirarse del lugar con el ceño fruncido. El hombre seguramente debía estar enfadado por hacerlo perder el tiempo de esta forma, pensó Claire, aunque quizá no era la primera vez que era testigo de un desastre como el que ocurrió apenas unos minutos atrás.
Las cintas de gasas azul y blanca ondeaban al viento, mientras que el sol del mediodía brillaba orgulloso sobre aquel cielo azulado y claro de abril. Claire podía escuchar cómo dos ancianas murmuraban acerca de la fallida boda de su mejor amigo. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acercarse a ese par de mujeres y decirles un par de cosas antes de echarlas a patadas de la propiedad los Nivans. No sólo ellas hablaban de lo sucedido; hubo invitados que tuvieron el descaro de pedir que les devolvieran el regalo entregado al llegar, Laura Nivans —hermana del novio—, fue la encargada de tan penosa labor, vestida aún con su vestido de fiesta color rosa y con la humillación recibida hacia su familia adornando sus hermosos ojos esmeralda. Debía sonreír y al mismo tiempo disculparse con los asistentes, todo esto sin derramar ninguna lágrima que demostrara lo herida que estaba.
De pronto un par de pisadas la sacaron de sus pensamientos. Se volvió hacia la puerta y se encontró con Chris, aún enfundado en su traje de etiqueta oscuro y con una rosa roja en el ojal de su chaqueta.
— ¿Qué haces aquí? —inquirió Claire, preocupada—. Eres el padrino y su mejor amigo, deberías estar con él este momento.
—Lo sé —respondió Chris, encogiéndose de hombros—. Piers no quiere a nadie cerca por el momento. Debemos respetar su espacio.
— ¿Lo dices en serio? —espetó Claire irritada. No esperaba que Chris fuese tan condescendiente con Piers—. Puede que no quiera ver a nadie, pero juraría que ahora Piers necesita más que nunca a su mejor amigo. ¿Por qué no insistes una vez más?
—Lo intenté, Claire —respondió Chris, molesto por no poder ayudar a su mejor amigo—. Dice que lo dejen en paz.
Claire soltó un suspiro de decepción.
—Jill estuvo con la madre de Piers y ya está un poco mejor. Tuvieron que darle un calmante y hace unos minutos fue a descansar a su habitación. Sandra Nivans dijo que se haría cargo de ella —dijo Chris, metiendo las manos a los bolsillos de su pantalón—. Demonios, necesito un cigarrillo.
—No entiendo porque Lana haría algo como esto —Claire se apoyó en la barandilla de madera de porche y continuó: —Si no lo amaba, para que aceptó casarse con él.
—Parecían felices, jamás pensé que las cosas estuvieran mal entre ellos —agregó Chris con la mirada hacia el jardín—. Creo que deberíamos irnos, Claire. No hay nada más que podamos hacer aquí.
—Quiero conversar con el señor Nivans si no te importa. El pobre hombre no ha dicho palabra alguna del incidente —dijo Claire.
—De acuerdo, le diré a Jill que nos vamos. Te esperamos para cenar.
Chris entró a la sala de estar y justo cuando la puerta se cerró detrás de él, Claire caminó hacia la parte de atrás de la casa. Hablaría con Piers, así tuviera que sacarle las palabras con un tirabuzón. Necesitaba saber por qué Lana Abraham cometió la osadía de dejar plantado a su novio en el altar, frente a toda su familia y demás amigos. Rodeó la propiedad hasta llegar a la ventana del menor de los hijos varones de Samuel y Eva Nivans. Tenía que subir ahí y entrar a la habitación, así que trepó por un viejo roble, sin importarle que se arruinara su costoso vestido de dama de honor color durazno (en realidad, Claire detestaba aquel vestido, aún así por lealtad a Piers aceptó usarlo). Caminó sobre una de las ramas y saltó hacia el balcón. Las cortinas estaban cerradas y no podía ver hacia adentro. Tocó el cristal como si tocase la puerta, pero no recibió respuesta.
—Piers, abre, soy Claire.
Dio un paso atrás y esperó a que él abriera. Al ver que Piers se negaba a responder, tomó una roca que descansaba en un maceta en el balcón y justo cuando se proponía a romper el cristal, Piers apareció.
— ¿Acaso intentas matarme? —dijo él, de mala gana.
— ¿Por qué no abriste cuando llamé a la ventana? —inquirió Claire, irritada.
—No todos los días una pelirroja loca y con tendencias criminales se cuela hasta mi habitación.
—Eres un idiota, Nivans —espetó Claire, furiosa—. ¿Vas a dejarme entrar?
— ¿Acaso tengo opción? —Piers se encaminó hacia su cama y se tumbó sobre ella.
Claire entró a la habitación y arrastró una silla junto a la cama de Piers. Un silencio sepulcral se adueñó de los dos. Mientras él miraba hacia el techo con una expresión vacía en el rostro, ella miró a detalle el lugar. Había un montón de ropa sucia en un rincón y empaques de frituras esparcidos por el suelo. Las paredes estaban cubiertas con papel tapiz azul y el piso era de madera, el cual crujía bajo los pies como ramas secas. El escritorio tenía montañas de libros viejos cubiertos con una ligera capa de polvo, una copia maltratada de El guardián bajo el centeno descansaba bajo la lámpara de trabajo. Ella sabía que Piers era un lector ávido desde niño y que en su infancia tuvo el sueño de convertirse en profesor de historia, pero todo se fue por la borda cuando recibió en su cumpleaños número doce por parte de su abuelo, una Sprinfield M1903 y en el momento en el que enfocó en su mira a su primer objetivo, supo la carrera militar era para lo que había nacido.
—Dispara ya —dijo Piers apoyando la cabeza sobre sus brazos—. ¿A qué has venido?
— ¿Cómo estás? —inquirió Claire, preocupada.
—No lo sé —Piers sonrió con ironía—. Debería estar triste porque la mujer de mi vida me dejó plantado el día de mi boda ó furioso por la humillación que sufrí frente a toda mi familia, creo que estoy un poco confundido.
—Necesitas tiempo para asimilarlo —dijo Claire en un tono casi maternal—. Lamento que hayas tenido que pasar por todo esto.
—Esta vez te equivocaste, Claire—Piers se incorporó de golpe y tomó un juego de llaves que descansaba sobre la mesita de noche—. Lo que necesito es salir de aquí.
—Espera ¿a dónde vas? —Claire se puso de pie y lo tomó del brazo antes de que cruzara la ventana.
—A dar un paseo, tomar aire fresco y hacer todas esas mierdas que dicen los psicólogos para ayudarme a pensar mejor las cosas —Piers se sentó sobre el quicio de la ventana y le dedicó una sonrisa seductora a Claire—. ¿Vienes?
—Está bien —Claire aceptó resignada. No podía dejar a Piers solo en ese estado—. ¿A dónde vamos?
—Deja de hacer preguntas, comienzas a sonar como tu hermano —respondió Piers, con hastío.
—Idiota —Claire murmuró siguiéndolo por la ventana.
Bajaron al jardín por el viejo roble y llegaron a hurtadillas hasta el garaje de la casa. Piers montó su vieja Harley. Puso la llave en el encendido y al girarla, la motocicleta rugió como si fuese un animal salvaje despertando de su letargo. Aquel sonido hizo que la sangre de Claire se encendiera, como un disparo de adrenalina por todo su cuerpo. Ella se subió detrás de él, se acomodó el molesto vestido y lo abrazó por el torso, apoyando su cabeza en la espalda de Piers.
— ¿Lista? —preguntó él, haciendo sonar el motor.
—Siempre —respondió Claire con una sonrisa de complicidad.
Piers salió del garaje y tomaron una calle que los llevaría al norte de la ciudad.
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Las playas Staten Island se encuentran a diecisiete millas al norte de Newark. Cedar Grove Beach se ubicaba como uno de los secretos mejor guardados de Staten Island. La pequeña franja de arena se encontraba resguardada, es ideal para familias, con vistas del Manhattan Bridge. Después de viajar casi una hora, Piers aparcó la Harley en uno de los estacionamientos dispuestos para los turistas y ayudó a Claire a incorporarse.
—Creí que odiabas la playa —dijo Claire cubriéndose los ojos del sol.
—Mentí —admitió Piers quitándose la chaqueta—. Me gusta venir aquí cuando necesito estar solo.
—Entiendo.
—Eres la primera persona con la que vengo a Grove Beach —dijo Piers con nostalgia—. Lana detestaba la playa. Decía que la arena le fastidiaba la ropa y que el sol le provocaba quemaduras severas.
Claire percibió el dolor en la voz de Piers y de inmediato decidió cambiar de tema.
—Vamos —dijo Claire quitándose las zapatillas.
— ¿Qué haces? —inquirió Piers sorprendido.
—Quiero dar un paseo por la orilla del mar y no puedo hacerlo con estos molestos tacones.
—Arruinaras tu vestido —repuso Piers, divertido.
— ¿Acaso importa? Sabes que si lo estoy usando es porque le pediste a Lana que fuera una de las damas de honor. Además siempre odié este color —Claire tomó su bolso—. ¿Dónde está tu espíritu de aventura, Nivans?
Piers sonrió. Enseguida se quitó los zapatos y se aflojó la corbata.
Atravesaron el aparcamiento hasta llegar a la playa. El sol se ocultaba tras un banco de nubes grises y la brisa comenzaba a tornarse cada vez más fresca. Como era sábado, algunas familias disfrutaban del buen clima y la tranquilidad que la playa les ofrecía. Una pareja de padres miraba como sus hijos construían castillos en la arena, mientras que una pareja de jóvenes yacían acostados sobre las tumbonas de madera al tiempo que leían un libro. Algunos turistas miraban a Claire y a Piers con asombro, ¿Quién visita una playa vestido con ropa elegante?, sin embargo; lejos de aquellas miradas de desaprobación los incomodarlos, les parecían divertidas.
—Vivo en Nueva York, pero esta es la primera vez que visito Grove Beach—dijo Claire, admirada por la belleza de la playa.
—Solía venir con mis amigos en la preparatoria. Comprábamos cervezas y encendíamos una fogata cuando la policía no estaba cerca —relató Piers con nostalgia—. Pasábamos la noche entera hablando y nos íbamos cuando el sol comenzaba a salir.
—Lana y tú fueron compañeros de escuela ¿cierto? —inquirió Claire mientras acomodaba un mechón rebelde detrás de su oreja.
—Así es —Piers se encogió de hombros—. Nos vimos unos años después en un bar de Newark, y pasamos la noche recordando nuestros viejos tiempos en la escuela. Después de esa noche nos volvimos a ver hasta que le pedí que saliera conmigo. Recuerdo que siempre quise salir con ella pero no me atrevía a invitarla, a los diecisiete era un completo idiota, pero a los veintiséis decidí que no la dejaría escapar.
Claire sintió una punzada de celos y trató de ocultar su enfado mirando hacia el horizonte. No era la primera vez que se sentía celosa de Lana, tuvo que lidiar con ese sentimiento desde que supo que aquella chica rubia, de ojos azules y figura grácil como la de una bailarina era la novia de Piers.
Continuaron caminando por la orilla de la playa. Esta vez Piers se arremangó la parte baja de sus pantalones. Claire tenía la mirada perdida, sus pensamientos estaban en el día en que descubrió que estaba enamorada del mejor amigo de su hermano; un chico con el que compartía el mismo espíritu rebelde y aventurero, pero que a la vez, era diez años menor que ella.
Fue después de una noche de películas en el apartamento de Chris. Claire y Piers bebieron cervezas hasta muy tarde, mientras Chris dormía agotado en su habitación. Ella no supo si fue la charla subida de tono o el alcohol acabó nublando su juicio, lo que provocó que terminara teniendo sexo con él en el sofá de su hermano. Aún podía recordar las manos del chico recorrer cada rincón de su cuerpo como todo un experto, mientras besaba sus labios con urgencia.
Su mente le decía que estaba cometiendo un error, pero su libido le agradeció que mandara al diablo a su sentido común. Fue la mejor noche de sexo de su vida, terminó exhausta en brazos de Piers y con la certeza de que no sólo había puesto en juego sus propios deseos sino también su corazón.
Aunque sólo se dedicó a disfrutar del momento, al día siguiente el arrepentimiento y la culpa la hicieron sentirse fatal. Se refugió en el trabajo en un intento por aclarar la vorágine de sentimientos surgidos de aquella noche de locura, sin embargo; le fue imposible no pensar en otra cosa que no fuera Piers Nivans y la forma en la que la llevó a la cima del placer. Se alejó de él, no respondió a ninguna de sus llamadas o mensajes, incluso evitó cualquier forma de contacto a través de Chris. La distancia y el tiempo ayudaron a poner en orden las cosas, hasta que por fin los dos pudieron hablar como los dos amigos que solían charlar de motocicletas y bandas de rock clásico, dejando atrás aquel encuentro íntimo entre ellos.
— ¿Y qué hay de ti, Claire? —Inquirió mirando al horizonte, sacándola de sus pensamientos—. ¿Cómo te va con Daniel?
—Daniel… —respondió Claire sorprendida—. Rompimos hace una semana.
— ¿Por qué? ¿Se portó como un cretino contigo ese doctor? —preguntó Piers con irritación en su voz.
—Para nada —Claire soltó una risita divertida—. Simplemente no nos entendíamos. Daniel es médico y siempre tiene su agenda ocupada, no tiene tiempo para salir con alguien en este momento. Además en unos días me mudaré a Estocolmo, así que no tenía sentido continuar con esa relación.
—Eso quiere decir que te irás —dijo Piers mirando la arena húmeda agolparse en sus pies—. Creí que Chris te convencería de no hacerlo.
—Esa decisión ya está tomada —repuso Claire con vehemencia. No le contaría a Piers que aquel viaje a Suecia era un intento para poner distancia entre los dos después de su boda con Lana. Dios sabía lo doloroso que era para ella verlo en brazos de otra mujer—. Chris no tuvo más remedio que aceptar mi decisión.
Piers continuó caminando y Claire lo siguió en silencio. Ahora que él no se casó con Lana, tal vez podría hablar con sus superiores y declinar su oferta de trabajo en Suecia, pero después qué haría, ¿correr a los brazos de Piers? ¿O seguir lidiando con el hecho de estar perdidamente enamorada de un hombre mucho menor que ella?
—Será mejor que te vayas —murmuró para sí misma.
— ¿Dijiste algo? —inquirió Piers.
—No, no fue nada —Claire respondió.
Llegaron a un viejo embarcadero de madera abandonado. Piers se sentó en la orilla del muelle, con los pies colgando dentro del agua. Claire lo siguió sin importarle que su vestido terminara arruinado por el polvo y el moho. La vista del sol detrás de las nubes negras era hermosa; destellos naranjas brillaban sobre la superficie del mar como si fueran cristales flotantes a la deriva, perdiéndose en la inmensidad del océano. La brisa soplaba con un sonido tranquilizador y a la vez hipnótico. Claire cerró los ojos y llenó sus pulmones con el aire puro y salado de la playa. ¿Cómo es que nunca antes visitó Grove Beach?, cuando volviera a Nueva York, le contaría a Jill de aquel lugar para que lo visite y disfrute tanto como ella lo hacía en ese momento.
—Claire, hay algo de lo que debemos hablar —dijo Piers volviéndose hacia ella.
— ¿De qué se trata? —preguntó Claire mirándolo a los ojos, por su expresión se dio cuenta de que se trataba de algo serio.
—Es acerca de lo que sucedió entre nosotros en el apartamento de tu hermano.
Claire tragó saliva con dificultad y sintió una oleada de calor por el cuerpo.
—No hay nada de qué hablar, Piers —dijo Claire haciendo un esfuerzo por ocultar su nerviosismo—. Los dos bebimos demasiado y nos dejamos llevar por el momento, eso fue todo.
— ¿Estás segura que sólo fue eso?, ¿Una aventura nada más? —inquirió Piers, irritado.
Claire no respondió.
—Yo estaba sobrio aquella noche —Piers confesó—. Sabía que no era justo aprovecharme de que eres una mala bebedora, pero fue la única forma en la que pude acercarme a ti y demostrarte lo mucho que me importas.
— ¿Qué estás diciendo? —preguntó Claire asombrada—. Pudiste parar esa locura y decidiste continuar. ¿Qué clase de hombre eres para aprovecharte de una mujer vulnerable?
—No lo entiendes, Claire. A veces la gente comete locuras por amor —dijo Piers bajando la mirada.
¿Amor? ¿Piers la amaba? El corazón de Claire latía desbocado en su pecho.
—Piers… Sabes que lo nuestro no puede ser —repuso Claire con amargura—. Soy mucho mayor que tú y eres el mejor amigo de Chris.
— ¡Lo sé! —espetó Piers, irritado—. Chris es como un hermano para mí, lo que menos deseaba era enamorarme de su hermana, pero sucedió. Traté de sacarte de mis pensamientos pero no pude hacerlo. Salí con otras chicas pero ninguna de ellas era cómo tú.
—Excepto Lana, ¿Cierto? —Soltó Claire, intentando desviar un poco el tema.
—Lana es una gran mujer, es divertida, alegre y muy segura de sí misma. Habría sido una gran esposa —dijo Piers con una sonrisa cargada de amargura—. Ella se merece un hombre que la ame por completo. Yo no podía hacerlo porque sigo sintiendo algo por ti.
Claire no podía creer lo que escuchaba. De pronto la tensión entre ellos creció al punto que ésta podía cortarse con un cuchillo.
—Chris me contó de tu ascenso y que tal vez te irías durante mucho tiempo fuera del país. Te mentiría si dijera que no me sentí terrible cuando lo supe y aún más cuando esa misma noche llevaste al imbécil de tu novio a cenar con nosotros. Traté de ser cordial con todos, aunque en ese momento lo que más deseaba era levantarme de la mesa y partirle la cara a Daniel —Piers apretó los dientes, furioso y continuó: —Pero después te vi sonreírle y tu rostro se iluminó. Fue entonces que entendí que todo estaba perdido. Yo no tenía ninguna oportunidad contigo.
—Piers, aunque no hubiese salido con Daniel. Yo soy mayor que tú, ¿sabes lo que la gente diría? Mereces una chica de tu edad que sea divertida y que tenga la misma energía que tú —Claire hizo un intento porque las lágrimas no brotaran de su rostro y delataran lo mucho que le dolía decirle la verdad a Piers.
— ¡Al diablo la maldita edad! —chilló Piers golpeando con los puños las tablas donde estaban sentados—. ¡No quiero una chiquilla para pasar el rato! ¡Te quiero a ti, Claire!
— ¡¿Entonces para que le propusiste matrimonio a Lana?! —gritó Claire, furiosa. De pronto se dio cuenta que sus celos hacia Lana la habían traicionado y se llevó la mano a la boca.
Piers miró hacia el horizonte y esbozó media sonrisa mientras que Claire deseaba que la tragara la tierra en ese momento. Se recriminó por comportarse como una adolescente celosa, ella era una mujer con un control férreo de sus emociones, ¿Desde cuándo un hombre la hacía perder los estribos de esa forma? Aunque no solía huir de los problemas, la idea de salir corriendo de la playa y volver a Nueva York comenzaba a sonar tentadora; en tres días debía tomar un vuelo hacia Estocolmo, así que sólo tenía que esperar a que el tiempo transcurriera a su ritmo, subir a ese avión y dejar atrás la penosa escena que hizo frente a Piers.
—Lana es una chica especial. Me gustaba pasar el tiempo con ella y era muy divertida —Piers comenzó a tamborilear sus dedos sobre las viejas tablas del muelle y continuó: —Pensé que casándome con ella, lograría olvidarte.
Claire se mantuvo en silencio. No tenía idea de la decisión tan dura que Piers tuvo que tomar en un intento por olvidarse de ella.
—Pero, ¿Por qué no llegó a la boda?, ¿Te dio alguna explicación? —se atrevió a preguntar Claire. Aunque sabía que no tenía derecho a saber algo tan íntimo y doloroso, su curiosidad fue más grande y dejó de lado su sentido común.
—Anoche decidimos darnos una última escapada como novios solteros —comenzó a relatar Piers con seriedad—. Fuimos a Atlantic City. Pasamos la noche apostando y bebiendo tragos. Lana tenía una reservación en un hotel de lujo y nos alojamos ahí. No voy a contarte lo que sucedió dentro.
—Y no quiero saberlo —repuso Claire meneando la cabeza en negación. Imaginarlo en brazos de Lana era algo que no podía soportar.
—Hice algo imperdonable, Claire —se recriminó Piers, molesto.
— ¿Qué hiciste? —inquirió Claire, perpleja. Su tono de voz comenzó a asustarla.
—Mientras hacía el amor con ella, la llamé Claire — confesó Piers, avergonzado.
—No pudiste hacer eso, Piers... —dijo Claire, incrédula—. Seguro sólo estabas pasado de copas.
Piers se volvió hacia ella y fue entonces que Claire supo que estaba diciendo la verdad.
— ¿Qué dijo Lana?
—Se enfadó mucho, ya que no era la primera vez que decía tu nombre, estando con ella —admitió Piers, con pesar—. Fue por eso que Lana no llegó a la boda.
—Debes parar con esto, Piers —Claire se puso de pie.
Piers la siguió y dijo: —Al menos tengo el valor de admitir lo que siento. Fui un cobarde con Lana y pagare caro por ello, pero ¿Qué hay de ti, Claire?, ¿Hasta cuándo seguirás engañándote a ti misma?
—Esto es absurdo— dijo Claire alejándose de Piers
— ¡Espera! —Piers la sujetó del brazo y la atrajo hacia él—. No debí decir esas cosas.
—Piers… basta, sabes que esto no está bien —Claire apoyó las manos sobre su pecho.
—No puedo… —susurró él a su oído.
Claire intentó romper su agarre, sin embargo, Piers la atrajo más hacia él y la besó con dulzura. Ella intentó alejarse, pero aquel beso rompió todas sus defensas, tal y como sucedió aquella noche en el sofá de Chris.
—Debemos parar con esto —susurró Claire llevándose la mano a la boca—. Entiende, esto es una locura.
—Claire, ¿Por qué no nos vamos de aquí? —propuso Piers tomándola por los hombros.
— ¿Qué dices? ¿Irnos? ¿A dónde? —inquirió Claire, sorprendida.
—No lo sé —Piers sonrió—. Podríamos empezar juntos en un lugar nuevo. Piénsalo.
Ella se quedó en silencio, pensando en la propuesta de Piers.
— Tengo que partir mañana a Rusia, hay rumores de un posible brote del Virus T y debemos averiguar que sucede ahí. En cuanto regrese, te espero, aquí en Grove Beach —Piers besó las manos de ella y continuó: —Por una vez en tu vida, deja de pensar en todos y piensa en ti misma. Nos merecemos estar juntos.
—Déjame pensarlo, ¿Está bien? —le pidió Claire, dubitativa.
—Estaré aquí, después de las diez de la noche —dijo Piers con vehemencia—. Si no vienes, entenderé que no quieres estar conmigo y te dejaré tranquila, lo prometo.
—De acuerdo —Claire apretó su bolso—. Será mejor que me vaya.
Pequeñas gotas de lluvia comenzaron a caer sobre la playa. El sol terminó de ocultarse y el viento soplaba con mayor intensidad, haciendo que las olas rompieran en la orilla con fuerza. Claire se alejó del embarcadero con paso firme, mientras Piers la observaba a lo lejos como si perdiese con ella un trozo de su vida.
