***Todos los personajes de Resident Evil son propiedad de Capcom, esta historia fue escrita con fines de entretenimiento**


"Algunas veces hay que decidirse entre una cosa a la que se está acostumbrado y otra que nos gustaría conocer… Paulo Coelho"


Al menos tengo el valor de admitir lo que siento. Fui un cobarde con Lana y pagare caro por ello, pero ¿Qué hay de ti, Claire?, ¿Hasta cuándo seguirás engañándote a ti misma?

—Claire, ¿estás bien? —preguntó Chris, mirando a su hermana por encima de su taza de café.

—Por supuesto —Claire respondió dando un sorbo a su taza de té.

— ¿Acaso escuchaste algo acerca de lo que te dije? —inquirió Chris, molesto.

—Chris, deja de ser tan duro con ella —intervino Jill tomando a Claire de la mano—. Mira su cara, se ve que ha pasado una noche terrible.

—Gracias, Jill —dijo Claire esbozando una sonrisa forzada.

Chris cogió el periódico y se levantó de la mesa, irritado. Jill continuó comiendo de su tazón de cereales mientras que Claire continuaba jugando con la cucharilla en el fondo de su taza té.

—Bien, ahora que he ahuyentado a tu hermano, ¿Me vas a decir de una buena vez que te pasa? —la reprendió Jill como si le hablase a uno de sus subordinados.

—Ya les dije, estoy bien —Claire respondió de mala gana.

—Es por Piers, ¿Cierto? —preguntó Jill.

Claire escupió el té encima de la mesa y tuvo un acceso de tos.

—A ustedes los Redfield no se le da bien mentir —Jill sonrió victoriosa.

— ¿Tú sabes algo, Jill? —inquirió Claire, nerviosa.

—Vamos, la tensión entre ese chico y tú podía verse a kilómetros —Jill dio un sorbo a su vaso de jugo y continuó: —Siempre creí que ustedes dos terminarían juntos. Piers no dejaba de insinuar lo mucho que le interesabas, casi siempre trataba de estar aquí con nosotros cuando tú venías de visita.

—No tenía idea —repuso Claire, sorprendida.

—Te confieso que me desconcertó un poco todo el asunto de su compromiso con Lana —admitió Jill con seriedad—. Pero en vista de que aquella boda fue todo un fracaso, ¿Qué piensas hacer?

Claire miró el fondo de su taza mientras las palabras de Piers en el embarcadero de Grove Beach, resonaban como eco en su memoria. Durante los últimos años, Jill Valentine se había convertido en algo más que la esposa de su hermano, era su mejor amiga y consejera.

—Piers me propuso fugarnos esta noche —Claire le confesó a Jill.

—¿Y lo vas a hacer? —inquirió Jill, intrigada.

—Es una locura. Piers es menor que yo y es el subordinado de mi hermano. ¿Te imaginas lo que dirá cuando se entere de que me fugué con su mejor amigo?

—Lo sé —Jill suspiró—. Se pondrá como loco y los buscará hasta el fin del mundo. Sabes que no estoy de acuerdo con Chris acerca de su trato hacia ti. No eres una niña, Claire. Eres una mujer adulta capaz de tomar tus propias decisiones. Entiendo que ames a tu hermano pero no dejes que tu amor por él nuble tu juicio.

— ¿Tú te fugarías con un hombre por amor? —preguntó Claire.

—Mira linda, si tu hermano me hubiese propuesto fugarnos juntos, yo misma habría estado esperándolo en su puerta con mis maletas hechas. Pero ya lo conoces, todo debe ser correcto para él. Creo que Piers es muy atrevido y valiente al proponerte escapar con él, sabe que se arriesga a que Chris le rompa las piernas por robarse a su hermanita —dijo Jill en un tono casi maternal.

De pronto los únicos sonidos que podían escucharse eran el goteo del grifo del lavadero y el rechinido estridente e irritante del ventilador de techo.

—Creo que será mejor que me vaya, tengo una reunión en una hora y no debo llegar tarde —dijo Claire levantándose de la mesa.

—Claire —Jill la tomó del brazo—. Sólo haz lo que tu corazón te dicte. Recuerda que las segundas oportunidades muy pocas veces se presentan en la vida.

Claire se levantó de la mesa y se encaminó a la habitación de invitados, irritada. Odiaba el hecho de que Jill tuviera razón; a pesar de tener treinta y seis años, Chris nunca la dejó de tratarla como una chica incapaz de defenderse. Cuando era joven, su hermano interrogaba a sus citas como si fuesen criminales, y casi siempre los pobres chicos salían huyendo, dejándola sola. Llegó a la puerta y se apoyó en el quicio, pensativa. Piers estaría en Rusia al menos dos días, así que tenía tiempo para aceptar o no su oferta.

.

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Piers se encontraba tumbado sobre el tejado del que fuera alguna vez el hospital principal de la provincia de Oboyan. Su trabajo consistía en vigilar desde las alturas el avance del convoy enviado por la rama Europea de la BSAA para limpiar de la infección a aquel pequeño pueblo de Rusia. Tres francotiradores fueron enviados para cuidar que los vehículos cargados de medicamentos, víveres, ayuda médica y militar no fuesen atacados por las pandillas de rebeldes y personas infectadas con el virus T, pero por desgracia, dos de sus compañeros francotiradores fueron heridos en un ataque a su campamento durante la noche anterior.

El joven soldado enfocó su ojo derecho sobre la mira y mientras vigilaba desde lo alto de aquel viejo edificio, cantó en voz baja una canción:

Long as I remember

The rain been comin' down

Clouds of mystery pourin'

Confusion on the ground

Good men through the ages

Tryin' to find the sun

And I wonder, still I wonder

Who'll stop the rain?

Un hombre con una capucha negra se acercó sigilosamente al convoy por la parte de atrás del mismo. Piers lo siguió con la mira puesta y el dedo en el gatillo.

I went down Virginia

Seekin' shelter from the storm

Caught up in the fable

I watched the tower grow

Five year plans and new deals

Wrapped in golden chains

And I wonder, still I wonder

Who'll stop the rain?

El sospechoso sacó una botella y encendió una mecha. Piers apuntó en medio de su cabeza y disparó. Se escuchó un sonido parecido al de un látigo ondeando en el aire y el hombre cayó. El fuego se apoderó de su cuerpo, consumiendolo en cuestión de minutos. Piers sonrió, recargó su rifle y volvió a su posición. Sus compañeros lo miraron y le ofrecieron una sonrisa en señal de agradecimiento.

El convoy continuó su camino. Se encontraban a menos de quinientos metros del campamento que servía de refugio a los sobrevivientes. Piers ahora se encontraba sobre el techo de una tienda de autoservicio. Colocó su rifle, oculto entre un depósito de basura y el conducto del aire acondicionado. Puso el ojo en la mira y continuó con su canción mientras vigila a sus compañeros.

Heard the singers playin'

How we cheered for more

Una jauría de perros infectados se aproximaba por el este, cruzando por el estacionamiento de la única escuela primaria de Oboyan. Piers contó al menos diez canes, algunos de ellos con la carne de sus patas y su torso expuesta. Mostraban unos dientes feroces; colmillos afilados y brillantes como picos de jade blanco, de su boca manaba espuma viscosa y verdosa, sus ojos escarlatas resplandecían amenazantes, fijos sobre el convoy que avanzaba a paso lento sobre la empedrada avenida.

Piers apuntó al primer perro, y disparó, dándole en la cabeza. El resto de los canes se puso en alerta, sin embargo; continuaron su camino por un callejón estrecho. Piers activó su mira infrarroja y aprovechó la oscuridad para acabar con cinco perros más.

The crowd had rushed together

Tryin' to keep warm

El resto de la jauría se acercó a escasos cincuenta metros del convoy. Piers cambió de nuevo la mira y se apresuró a derribar al resto de los perros.

Still the rain kept pourin'

Fallin' on my ears

And I wonder, still I wonder

Who'll stop the rain?

El convoy logró llegar al campamento. Personal voluntario y paramédicos se acercaron a los vehículos para comenzar a descargar la ayuda enviada por la ONU y diversos organismos humanitarios. Piers caminó hacia el refugio con su rifle antimaterial colgado en el brazo. Había sido un buen día de trabajo, pensó. Se alegraba de formar parte de una agencia tan importante como la BSAA en la lucha contra el bioterrorismo, tal vez no pudieron evitar que la infección se propagara y acabara con la vida de decenas de personas, sin embargo; lograron cruzar el pueblo, llevando con ellos algo más que medicinas y alimentos: habían traído esperanza y consuelo a las víctimas en medio de la tragedia.

Piers se sentó en el comedor del refugio y una de las voluntarias le sirvió una taza café y un plato de cereales caliente. Aunque odiaba la comida durante sus misiones, tenía que admitir que aquel desayuno improvisado era mejor que la comida deshidratada que llevaba en su mochila. Bebió de su taza mientras observaba a una enfermera alimentar a un anciano que yacía sobre una camilla portatil. La chica sonreía, a pesar de que sus ropas estaban manchadas de sangre y tierra. Ni siquiera el cansancio y las profundas ojeras le restaron brillo a su mirada. Piers se sintió conmovido ante la actitud de servicio de la joven, pensó en Claire y en las historias que le contaba cada vez que volvía de algún campo de refugiados en sus viajes como activista de Terra Save.

Apenas llevaba dos días lejos de ella y ya la echaba de menos. Aún podía sentir la suavidad de sus labios sobre los suyos, durante aquel beso que le robó en Grove Beach. Claire podría engañarse a sí misma, sin embargo; Piers sabía que detrás de su rechazo, se escondía un sentimiento tan fuerte por él, que el sólo admitirlo, la asustaba. Quizá no debió proponerle la idea de huir juntos, pero se había dejado llevar por el momento; esperaba que aceptara y no lo dejara plantado, de lo contrario, tendría que renunciar a una vida con ella y continuar su camino.

— ¡Nivans! —una voz masculina y profunda lo sacó de sus pensamientos.

Piers se volvió hacia el hombre que estaba frente a él. El Capitán Gordon, un hombre alto, corpulento, le dedicaba una mirada asesina mientras mascaba tabaco de forma repulsiva.

—Diga, señor —Piers se levantó de su asiento de mala gana. No podía entender cómo aquel hombre desagradable y prepotente fue elevado al puesto de Capitán. Aunque no era miembro de su escuadrón, sentía pena por los pobres cabos que tenían la desdicha de estar bajo sus órdenes.

—No viajaste desde Norteamérica para venir a holgazanear y mirar el trasero de las voluntarias. Y no me vengas con que no eres miembro de mi equipo, me importa un bledo que seas hombre de confianza del imbécil Redfield. —lo reprendió Gordon con voz autoritaria—. Tenemos que descargar los camiones y estamos retrasados. Mañana tenemos que limpiar el lugar, así que nos espera mucho trabajo, chico.

Gordon se alejó con paso firme hacia donde sus hombres descargaban los camiones. Piers dio un último sorbo a su taza de café, tomó su rifle y se encaminó hasta donde estaban sus compañeros. Los voluntarios abrían las cajas y acomodaban los víveres junto con los medicamentos. De pronto uno de ellos sacó un artefacto de metal y lo miró con curiosidad.

— ¡Sueltalo! —gritó Gordon al joven voluntario—. ¡Todos al suelo!

Un destello de luz, seguido de una explosión se adueñó de todo el lugar. Piers se tumbó en el piso y se llevó las manos a la cabeza. Pasaron un par de minutos y después se volvió hacia el refugio, el cual ardía en llamas. El joven soldado intentó ponerse de pie, no obstante; un dolor agudo se apoderó de su pierna izquierda, obligándolo a caer de nuevo al suelo. Se arrastró por la acera empedrada hasta llegar a una de las paredes de un viejo edificio, se aferró a las grietas entre los ladrillos y logró incorporarse.

Apoyado en lo que fuera alguna vez el edificio de correos, volvió su vista hacia el refugio y vio como el personal que ahí laboraba intentaba rescatar a los heridos y demás sobrevivientes que se recuperaban en el lugar. Piers miró su pierna dolorida y vio que un tenía un trozo de metal incrustado, el cual le estaba causando una herida.

—Maldición —murmuró, apretando los dientes.

Piers mordió la manga de su uniforme y arrancó de golpe el metal de su pierna, provocando que su herida sangrara. De pronto el aire comenzó a llenarse de un aroma nauseabundo, era el olor de los cuerpos quemados que no lograron escapar del incendio. Una columna de humo se elevaba por lo alto del cielo, mientras que las llamas cobraron mayor intensidad. Divisó cerca del comedor, el cuerpo del Capitán Gordon completamente calcinado (lo reconoció por su placa pegada al uniforme). El personal y los enfermos que lograron salvarse de la explosión se encontraban heridos, tendidos en el suelo.

— ¡Adentro hay más personas! —Gritaba una de las enfermeras, intentando incorporarse, sin éxito—. ¡Ayúdenlos!

Frank Berry, Michael Roberts y Tony Carduccio, miembros del equipo del fallecido Capitán Gordon, rápidamente se pusieron de pie y corrieron hacia el albergue en llamas para rescatar a las víctimas. Piers se encaminó tras ellos a pesar del terrible dolor que le provocaba su herida.

—Nivans, ¿Estás loco? —Espetó Tony con su característico acento italiano—. Mirate esa pierna.

—Es sólo un rasguño —repuso Piers, apretando los dientes.

—Aparte de loco, suicida —dijo Tony en tono de broma—. Eres un idiota, Piers.

—Eso no fue lo que tu madre me dijo anoche mientras dormía en mi tienda —respondió Piers, dejando a Tony atónito.

Tomaron las cobijas de sus mochilas y entraron entre las llamas, ayudando a salir a quienes estaban atrapados entre los restos del refugio. Uno a uno, los sobrevivientes fueron saliendo y éstos eran atendidos por el personal médico que quedaba. Cuando no quedaba mucho del campamento, los soldados se tumbaron sobre la acera, exhaustos. De pronto el grito de auxilio de una mujer se escuchó de entre los escombros.

—Creí que eran todos —dijo Michael Roberts.

—Yo iré por ella —Piers se encaminó hacia el albergue.

— ¡Piers, detente!, ¡Esa cosa está a punto de venirse abajo! —chilló Frank, incorporándose enseguida.

Fran trató de tomarlo del brazo pero Piers logró evadir el agarre y se dirigió al albergue en llamas. La pierna le dolía tanto que temía que pudiera desmayarse en cualquier momento, sin embargo; avanzó lo más deprisa que pudo y se adentró en el lugar. El espeso humo hizo que el aire de pronto se volviera irrespirable, las llamas brillaban y se ondeaban como si fuesen los mismos guardianes del infierno. Piers cubrió su nariz con su bufanda y caminó hacia donde la mujer yacía inconsciente. Pasó el brazo de ella sobre sus hombros y la levantó del suelo. Una viga con fuego cayó frente a él, cubriendo la entrada.

—No puede ser —dijo Piers, furioso.

Buscó otra salida y se encaminó hacia una de las puertas laterales. El calor era cada vez más sofocante y el oxígeno se hacía escaso. Piers comenzó a sentirse mareado pero el dolor de su pierna le recordaba que debía salir de ahí antes de que todo el lugar se viniera abajo. De pronto una segunda explosión se escuchó al fondo del refugio; uno de los tanques de oxígeno no soportó las altas temperaturas y colapsó. Parte del techo de lámina comenzó a derrumbarse, así que ya no había tiempo para buscar más pasajes ni puertas de emergencia. Piers caminó hacia una de las ventanas y la rompió de un puñetazo. Quitó los cristales con la mano que tenía libre y subió a la mujer por el quicio y la empujó hacia afuera.

Un segundo tanque explotó con mayor fuerza que el anterior. Piers se deslizó por la ventana y se dejó caer sobre el suelo, soltando un alarido de dolor. Sus compañeros se apresuraron a auxiliarlo; sin embargo, antes de que éstos llegaran, el joven francotirador perdió el sentido.

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Claire revisaba una vez más los planes de trabajo del personal que estaba a su cargo dentro de Terra Save. Sentada en un pequeño escritorio de caoba, miraba la pantalla de su ordenador portátil con cara de pocos amigos. Tenía una cita en cinco minutos con su jefe, Alan Rose en su oficina para discutir los detalles de su ascenso como Jefa de Operaciones en Suecia. Su humor no estaba para lidiar con aquel hombre inglés, adicto a la cafeína y fanático de los Beatles. Ady, su asistente, tenía la vista pegada al móvil mientras tecleaba en la pantalla tan rápido como sus pequeños dedos se lo permitían. Si bien, podía reprender a la chica, Claire decidió dejar que perdiera la mañana enviando mensajes de texto a su novio en turno.

—Al menos alguien es feliz el día de hoy —murmuró Claire mirando a Ady por encima de la pantalla de su ordenador.

Siguió con su labor, no obstante; por más que intentaba concentrarse en lo que la pantalla del ordenador mostraba, sus pensamientos estaban en otra parte. Ya habían pasado tres días desde la última vez que vio a Piers y desde entonces no tenía noticias suyas, excepto que su ex- prometida, Lana, visitó la casa de los Nivans en un intento por hablar con él. Por suerte su familia se hizo cargo y quedaron que en cuanto volviera su misión, hablaría con ella.

De pronto la posibilidad de que Piers volviese con su ex- prometida, cruzó por la cabeza de Claire y una punzada de celos cruzó por su pecho. Aunque fuese poco probable que después de aquella boda fallida y lo sucedido en Atlantic City durante su última noche de solteros.

El teléfono sonó y miró el identificador de llamadas, por el número, supo que Alan Rose era quien llamaba. Decidió no responder, tomó su libreta de notas y se encaminó hacia la oficina de su jefe. Caminó por el pasillo que llevaba al despacho de Rose, una vez que llegó, tocó tres veces antes de que la secretaría de éste la atendiera.

—En un momento te atenderá, Clare —dijo la chica con una sonrisa amable.

Alan Rose salió de su oficina y le hizo una seña a Claire para que entrara. Ella cruzó la puerta y se detuvo a mirar el nuevo cuadro de Paul McCartney que colgaba justo detrás de la pesada silla ejecutiva de su jefe. Ni siquiera la foto de su esposa o de sus hijos ocupaba aquel lugar tan privilegiado. Nada había cambiado en aquel despacho durante los cuatro años que Claire trabajó bajo las órdenes de Rose; las mismas sillas de caoba antigua, que a pesar de que pedían a gritos una buena mano de barniz, le daban cierto aire nostálgico al lugar; era como visitar la cocina de la abuela en una tarde de verano. La alfombra marrón a juego con las paredes color durazno. Una vitrina llena de trofeos de golf y algunos reconocimientos obtenidos por su ardua lucha contra el bioterrorismo, adornaban el lugar.

Claire se sentó en una de las sillas frente a su jefe, mientras Alan sacaba de su escritorio una carpeta color azul y la deslizó sobre el escritorio para entregársela a ella.

—Aquí está todo lo que necesitas para su traslado a Estocolmo —dijo Alan sacando un cigarrillo de su cigarrera.

— ¿No se supone que está prohibido fumar en este edificio? —Claire bromeó.

— ¿Quién eres?', ¿Un federal? —inquirió Alan con una sonrisa burlona.

—Para nada —Claire soltó una carcajada—. Pero sabes que odio que fumes, Alan.

—Comienzas a sonar como a mi esposa —Alan dejó la cigarrera de lado y continuó: —Bien, sólo necesito que firmes estos documentos y en tres días estarás volando a Suecia y yo podré fumar mis cigarrillos en paz.

Claire tomó la carpeta y leyó uno a uno los documentos en ella. Su nuevo contrato se encontraba al final de todos los papeles. Serían cinco años en Estocolmo, lejos de su familia, de sus amigos y de Piers. De pronto la propuesta de huir con el mejor amigo de su hermano resonó en su mente como un eco. Piers volvería en cinco días, así que cuando él volviera, Claire estaría a miles de kilómetros de él.

¿Estás segura que es esto lo que quieres?, ¿Huir de Piers?, ¿Desde cuándo te volviste cobarde, Claire?

—Claire, ¿sucede algo? —inquirió Alan, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz.

— ¿Puedo ir al baño?

—Claro —respondió Alan, perplejo por la petición de Claire.

Ella salió de la oficina y tomó el camino hacia el baño de mujeres. Necesitaba pensar mejor las cosas, antes de firmar el documento que hacía su ascenso fuese oficial. Entró al tocador y se miró en el espejo. Tomó un poco de agua del grifo y la vertió sobre su rostro, esperando que la ayudara a calmar un poco la tensión que se comenzó a acumular su cabeza. Una vorágine de sentimientos se apoderó de Claire y se sentía más confundida que nunca. Necesitaba un consejo, así que sacó su móvil y buscó el número de Jill, pero antes de marcar, fue la misma Jill quien la llamó.

— ¿Claire?

—Hola, Jill —Claire se apoyó de espaldas al lavabo.

—Linda, tengo malas noticias —dijo Jill en tono de preocupación.

— ¿Le sucedió algo a Chris? —inquirió Claire, exaltada.

—Tu hermano está bien —respondió Jill—. Se trata de Piers.

— ¿Piers? —Claire apretó el móvil con fuerza.

—Recibimos una llamada esta mañana, hubo un atentado en el refugio en el cual su escuadrón trabajaba. Una bomba oculta en las cajas de provisiones explotó y todo el lugar se incendió —relató Jill al otro lado de la línea—. Piers sufrió heridas graves. Sus compañeros lo sacaron apenas con vida y fue trasladado a Moscú. Chris viajará a Rusia en unas horas. Creo que es importante que estés enterada.

De repente todo a su alrededor comenzó a volverse borroso. Claire sintió como sus piernas fallaron y se dejó caer sobre el frío piso del baño, sin soltar su móvil. Las lágrimas empezaron a caer por sus mejillas y tuvo que llevarse la mano a la boca para reprimir un sollozo.

— ¿Claire?, ¿Estás ahí? —preguntó Jill.

—Si —Claire hizo un esfuerzo para que su voz no delatara su llanto—. ¿La familia de Piers sabe todo esto?

—Voy a conducir a Jersey y me quedaré en casa de los Nivans. Hablé con su hermana y dice que lo mejor es que yo se lo diga a su madre en persona.

—Entiendo. Sabes, estoy justo en medio de una reunión —dijo Claire intentando cortar la conversación.

—Lo siento, no quise interrumpirte —repuso Jill, apenada—. Bueno, debo irme. Te llamo después.

—Hasta luego —y Claire colgó el teléfono.

Guardó el móvil en su chaqueta y se llevó las manos al rostro. No podía creer lo que Jill acababa de decirle. Piers, el mejor francotirador de la BSAA, el menor de los hijos varones de Samuel y Eva Nivans, y el hombre por el cual había perdido la cabeza, ahora se encontraba mal herido, en un país que apenas conocía y a miles de kilómetros de la gente que lo amaba. De pronto, imaginó su vida sin aquel chico alegre y despreocupado, sin sus malos chistes haciéndola reír, sus largas charlas nocturnas de los viernes en el apartamento de su hermano o sus mensajes en el móvil deseando que tuviera un feliz día. Un sentimiento de vacío se instaló en su pecho, no podía concebir su existencia sin él y fue entonces que todo se volvió claro.

—Lo siento, Alan. Tendrás que buscar a alguien más para el puesto —dijo Claire incorporándose sobre su rodilla, antes de salir del tocador.