Amor ciego.

Disclaimer: Star Trek no es de mi propiedad.


3. El primer día.

La sonrisa que Jim lucía ese día era inmensa, le surcaba la cara de una oreja a otra. Bones no pudo hacer otra cosa que rodar los ojos, incapaz de poder seguir apoyando esa descabellada idea. Pero no había otra opción, Jim merecía poder ver aquel mundo por el que tanto luchaba.

Aunque a veces prefería que jamás lo viese, pues temía que aquel mundo tan corrompido no pudiese soportar la mirada cargada de fe e ilusión de Jim. ¿Qué pasaría cuando se encontrasen finalmente, quién caería ante el otro? Leonard rogaba entonces, pese a no ser muy creyente, para que nada malo le pasase al muchacho.

Pero eso era un futuro que aún no les tocaba, por lo que se centró en el presente, en ese Jim revoltoso que quería ir corriendo hacia su destino, como siempre.

—Recuerda no sobre esforzarte, no hacer nada que pueda dejarte en evidencia ni te delante.—Comenzó a recitar nuevamente mientras le ponía bien el cuello del uniforme, a la entrada del ala de despachos donde Spock le esperaba para empezar el trabajo.

Bones parecía una mamá histérica dejando a su hijo en el primer día de colegio, pensó divertido el rubio, dejando pasar el peso de su cuerpo de una pierna a otra.

—Voy a estar bien, lo prometo.—Dijo sonriendo sin poder evitarlo ante la escena.

Leonard negó con la cabeza, dejando escapar un soplido molesto. Un perro, debería haberse comprado un perro en vez de saludar al niño con cara de príncipe Disney.

—Más te vale.—Amenazó mientras seguía con su inspección.—Recuerda que soy médico, no tu mamá.—Masculló dando un paso para atrás mientras daba el visto bueno.—Lo llevas todo… Bien, escucha atentamente chico, porque si no te moleré a hypos: Cómo te ocurra algo voy a convertirme en tu peor pesadilla ¿entendido?

Jim sonrió, imaginado el ceño fruncido del doctor, analizando el tono firme y decidido de este, que rezaba una amenaza muda. Porque sin duda era capaz de cumplir aquella amenaza mal disimulada.

—No te preocupes, lo tengo todo bajo control.—Comentó, luego bajó un poco la voz y le susurró.—He memorizado los planos del lugar, además el ordenador habla.

—Entra antes de que me arrepienta.—Suspiró cansado, sonriendo vagamente.

Jim le despidió con la mano, sonriendo alegremente, abriendo la puerta de cristal y perdiéndose por el pasillo que conducía hasta el trabajo. Sus pasos decididos anulaban la posible idea de que fuese invidente, pues la pena era un sentimiento que odiaba despertar en los demás.

Ese niño iba a acabar con él, pensó Leonard mientras se marchaba a la enfermería pese a la angustia que sentía al dejarlo marchar solo.

Porque sin el divorcio hubiese podido ayudarle a pagar la operación, librándole de pasar todo eso.

Pero como siempre decía Jim cada vez que se ponía pesimista: «Nos quedan los huesos». Que venía a significar —por lo que había entendido—que mientras quedase un mero cimiento en pie uno podría seguir adelante.

O también podía ser un guiño, o una burla, a la primera conversación que tuvieron en el transportador antes de ir a la Academia.

Jim aumentó disimuladamente el ritmo de sus pasos, queriendo no parecer nervioso ni nada por el estilo. Quería causar una buena impresión, aunque aún no sabía si era a Pike o Spock… Eso era lo de menos en ese momento, se dijo, volviendo su atención a los pasos que daba. Sesenta y nueve, ochenta… ahora estaba llegando.

Spock alzó la vista al oír llegar al cadete Kirk—que de una manera inexplicable había pasado la prueba—. Spock no pudo evitar preguntarse una vez más, por repetitivo que fuera, en el criterio del Capitán Pike, que había apoyado a Jim desde el principio de la entrevista. ¿Favoritismo, tal vez?

En cualquier caso el cadete Kirk tenía el puesto y estaba a punto de entrar al despacho, extendiendo la mano hacia la puerta (entreabierta) mientras saludaba a una estudiante en prácticas. El Capitán Pike a su lado dejó escapar un suspiro cansado, negando desaprobatoriamente con la cabeza, el vulcano tan solo siguió observando al cadete que sería su ayudante—aunque aún no sabía cómo lo había hecho—.

Y pasó lo inevitable. La mano de Jim no tocó el pomo, por lo que dedujo erróneamente que la puerta estaba abierta, bajando la guardia y chocando con la puerta de cara. Dio unos pasos hacia atrás, llevándose una mano al rostro sumamente molesto y abochornado, soltando una maldición muy de bar y nada acorde con la Academia.

Pike se puso en pie rápidamente, yendo a socorrer al cadete que con voz cansada decía que estaba bien. Spock observó la escena un tanto contrariado, no tenía sentido que el Capitán mostrase sus sentimientos hacia su acogido tan abiertamente, ni que éste hubiese tenido ese accidente por andar mirando faldas.

¿De verdad había pasado la prueba? ¿Era el mismo cadete que, tan brillantemente, había respondido a todas las preguntas? Spock empezaba a tener sus dudas.

Jim entró finalmente, bajo un cúmulo de reprimendas impregnadas de preocupación por parte de Christopher y tan rojo como su uniforme de cadete.

—Yo no soy el que deja las puertas entreabiertas.—Se quejó, pues era bien sabido que las puertas siempre debían estar cerradas o abiertas para un ciego.

Pike dejó escapar un suspiro suave y relajado, que llevaba inscrito en su interior una disculpa y el alivio más sincero.

Jim sacudió la cabeza, despejándose del estúpido golpe finalmente. Vaya forma de empezar un trabajo, seguro que había quedado como el idiota más torpe del mundo... era una suerte que no pudiese verse, pensó mientras llegaba hasta la mesa donde Spock les esperaba.

—Buenas señor Spock. —Saludó con una sonrisa jovial. —¿Son puertas anti-robos? Porque están duras como una piedra.

—Es una puerta exactamente igual al resto de las de la Academia, cadete Kirk, creo que debería saber la respuesta.

Jim rió suavemente.

—Acabo de ser atacado por una puerta, dame cuartelillo hombre.

Spock alzó una ceja.

—Temo decirle que eso carece de lógica, es imposible que un objeto inanimado ataque a un ser vivo. — Explicó con voz neutra.

El Capitán Pike carraspeó, llamando la atención de los presentes antes de que se enzarzaran en un debate sobre la ilógica y la lógica de un hecho como aquel, que acabarían extendiendo a todo lo demás (al fin y al cabo parecían las representaciones en vivo y en directo de dichos términos). Jim jugueteó con la cartera que llevaba mientras su atención volvía a Christopher, Spock por su lado centró su interés en el Capitán. Cuanto antes comenzasen el trabajo antes terminarían, lo que elevaría la producción de la Flota.

—Aquí es donde trabajaréis a partir de ahora, todo lo que necesitáis está aquí, ya conocéis los horarios, por lo que la puntualidad se da por hecha. —Comenzó a recitar el Capitán. —Se mandará un informe semanal sobre el trabajo, en el que adjuntaréis todo cuanto sea necesario. Solo espero lo mejor, no en cambio sois los elegidos más aptos para este trabajo. —Terminó de decir, hablando en ese tono que Jim también conocía.

Lo había oído antes y significaba: «creo en ti, no me decepciones porque toda mi fe está depositada sobre tus hombros». Así había sonado cuando Pike le había retado a ser mejor, brindándole una oportunidad que nunca creyó suya, guiándole hasta su inevitable destino, que le esperaba indomable y latiente cual corcel salvaje.

Porque eso era Jim, un alma libre e inquieta, un ánima destinada a brillar para aquellos que necesitaban un sol.

—Comprendido Capitán, mi informe llegará puntual. — Aseguró un formal Spock, inclinando la cabeza respetuosamente.

—No es usted el que me preocupa... —Murmuró mirando a su acogido, el cual solo sonrió pese a no haber visto la mirada.

No le hacía falta.

—Ten fe. —Dijo a modo de despedida, sentándose en la mesa más cercana a la puerta para ejercer su labor.

Christopher se fue algo inquieto, echando rápidas miradas hacia atrás de tanto en tanto. Porque había aprendido a querer a ese alocado niño como si fuese suyo, sobre todo por sus defectos y su carácter indómito.

Porque dentro de aquel joven se hallaba todo un entresijo de virtudes que merecían ser mostradas al mundo, solo necesitaba un apoyo, un impulso, una mano que se quedase junto a él y le mostrase el camino.

Jim se acomodó en su silla, mientras oía a Spock sentarse en la mesa del fondo a la izquierda, apartado de la, digamos, sala central. Por los informes era una habitación amplia, con una puerta principal de cristal al igual que el resto de la pared que daba al pasillo del ala de investigación. Dentro estaba un pequeño recibidor, a la derecha su mesa (tras una semi pared) y enfrente Spock y su mesa. Además en esa parte se hallaban todos los útiles para su investigación.

Lo malo de ese trabajo era que la cafetería quedaba lejos, lo único cercano era un replicador de comidas bastante básico situado en la parte de la habitación a la que había nombrado pre-despacho. Esperaba que el café valiese la pena al menos y que no estuviese muy caro tampoco, porque si no tendría unas jornadas laborales muy tediosas.

Siempre podía llevar un termo de café. Si no recordaba mal tenía uno de «persona mayor», si Joanna y Bones no habían vuelto a jugar a cambiarle el termo por otro. No le importaba, de verdad, simplemente no quería estar tomando café delante de Spock de un termo decorado con haditas llenas de purpurina.

Se moriría de la vergüenza.

Colocó lo básico y necesario en la mesa, tratando de no delatar su invalidez frente a Spock, porque sabía que Pike no le habría dicho nada esperando que tuviese que lidiar él con el problema del descubrimiento.

Pike siempre decía que debía enfrentar sus problemas como un hombre.

Pero él era Don Pelo-Perfecto, según Scotty, por lo que no tendría que lidiar con ese problema tampoco.

Se puso disimuladamente los cascos, los conectó a su padd y preparó (reajustó) el sistema para que se adaptase a él con naturalidad. Pronto comenzó su tarea, sumergiéndose en los informes y números, comparando y mandando a Spock los informes que requería. Mas mientras hacía todo eso no dejaba su curiosidad de lado, haciendo interrogatorios a sus sentidos sobre el vulcano.

Pero decidió centrarse en el trabajo, era lo más sensato al fin y al cabo. Además no podría echarse miraditas con Spock (aunque él no quería hacer tal cosa), pues: a) los vulcanos no coquetean, al menos Spock no tenía fama de ello (y sí, había investigado al duende); y b) él no echaba miradas de ningún tipo.

Qué bien iban, pensó reajustado un sistema para que pudiese soportar el formato que les habían pedido.

La jornada transcurrió sin apenas incidentes, siendo el más notorio y ridículo su pelea con la puerta, aunque para poder considerar que existía una pela deberían pegarse ambas partes y él, muy a su pesar, era el que se había llevado el golpe. Por lo tanto decidió catalogarlo como: Accidente laboral número uno, ya que se negaba a contar a nadie que una puerta le había pegado una paliza.

Jim se rascó la nuca, bostezando descaradamente, sin importarle molestar a su compañero de oficina. Entonces fue cuando cayó en la cuenta de algo que llevaba rondándole desde hacía tiempo, pues se encontraba tan aburrido que su cerebro trabajaba paralelamente en dos cuestiones principales: la laboral y la que se centraba en Spock.

—Señor Spock.—Dijo a media voz, con la esperanza de llamar la atención del Vulcano, quien le miró extrañado durante unos instantes.

Jim dudó si seguir, incapaz de saber si su petición molestaría o no.

—Puedes decirme Jim, ¿sabes? Todo el mundo me llama así.

Spock dejó el padd sobre el escritorio, frente al ordenador.

—¿Por qué me pide eso, cadete?

Jim sonrió.

—Vamos a estar trabajando juntos una buena temporada y, para que mentir, es más rápido decir Jim qué cadete Kirk, o Spock en lugar de señor Spock.—Explicó mientras se encogía de hombros sutilmente.—Me parece más práctico.

Spock lo pensó durante unos segundos. En ese sentido la lógica del cadete era solida y no podía hallar reproche.

—De acuerdo.—Dijo, vislumbrando la sonrisa de triunfo de Jim.

—Ahora todo será más relajado.—Dijo en tono jovial, devolviendo la vista al padd con una sonrisa suave.

Spock alzó una ceja. El cadete Kirk—Jim—era decididamente muy fascinante.

—Jim.—Llamó de pronto, captando la atención del rubio en un santiamén.

—¿Spock?—Preguntó con un tono gentil y relajado.

—¿Está escuchando música?—Preguntó mientras fijaba su vista en los cascos de Jim.

Jim rió, de forma suave y ascendente.

—¿El sonido de tu voz cuenta?—Preguntó con una sonrisa coqueta y gesto relajado.

Spock estuvo tentado a fruncir el ceño. Pero los vulcanos, se recordó, no hacen esas cosas. Los vulcanos no tienen sentimientos.

—No creo que cuente.—Respondió.—Hablar no es música.

Jim agitó una mano a modo de negación.

—Tonterías, tonterías.—Replicó con gesto seguro.—Creo que cada uno considera música a lo que quiere.

Spock caviló sobre el tema. Cada cultura, pensó, tenía su propia idea sobre que era música y que no lo era, igual que con la belleza. Visto así el cadete—Jim se recordó—tenía toda la razón—aunque le costase reconocerlo—.

—Supongo que en ese sentido tiene razón.

Continuará...


Espero que os haya gustado el capítulo y siento la tardanza, he estado muy liada los últimos días.

En cualquier caso, y como ya es habitual, se admiten dudas, quejas, sugerencias, correcciones...